Jn 15, 9-17 – Yo os he elegido y destinado a dar fruto

Texto Bíblico

9 Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
12 Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 16 No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. 17 Esto os mando: que os améis unos a otros.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco de Sales

Introducción a la Vida Devota: La devoción se ha de ejercitar de diversas maneras«Os he llamado para que deis fruto» (cf. Jn 15,16)

Parte 1, capítulo 3


En la misma creación, Dios creador mandó a las plantas que diera cada una fruto según su propia especie: así también mandó a los cristianos, que son como las plantas de su Iglesia viva, que cada uno diera un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación.

La devoción, insisto, se ha de ejercitar de diversas maneras, según que se trate de una persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. Más aún: la devoción se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y ocupaciones particulares de cada uno.

Dime, te ruego, mi Filotea, si sería lógico que los obispos quisieran vivir entregados a la soledad, al modo de los cartujos; que los casados no se preocuparan de aumentar su peculio más que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara el día en la iglesia, como un religioso; o que un religioso, por el contrario, estuviera continuamente absorbido, a la manera de un obispo, por todas las circunstancias que atañen a las necesidades del prójimo. Una tal devoción ¿por ventura no sería algo ridículo, desordenado o inadmisible?

Y, con todo, esta equivocación absurda es de lo más frecuente. No ha de ser así; la devoción, en efecto, mientras sea auténtica y sincera, nada destruye, sino que todo lo perfecciona y completa, y, si alguna vez resulta de verdad contraria a la vocación o estado de alguien, sin duda es porque se trata de una falsa devoción.

La abeja saca miel de las flores sin dañarlas ni destruirlas, dejándolas tan íntegras, incontaminadas y frescas como las ha encontrado. Lo mismo, y mejor aún, hace la verdadera devoción: ella no destruye ninguna clase de vocación o de ocupaciones, sino que las adorna y embellece.

Del mismo modo que algunas piedras preciosas bañadas en miel se vuelven más fúlgidas y brillantes, sin perder su propio color, así también el que a su propia vocación junta la devoción se hace más agradable a Dios y más perfecto. Esta devoción hace que sea mucho más apacible el cuidado de la familia, que el amor mutuo entre marido y mujer sea más sincero, que la sumisión debida a los gobernantes sea más leal, y que todas las ocupaciones, de cualquier clase que sean, resulten más llevaderas y hechas con más perfección.

Es, por tanto, un error, por no decir una herejía, el pretender excluir la devoción de los regimientos militares, del taller de los obreros, del palacio de los príncipes, de los hogares y familias; hay que admitir, amadísima Filotea, que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa no puede ser ejercida en estos oficios y estados; pero, además de este triple género de devoción, existen también otros muchos y muy acomodados a las diversas situaciones de la vida seglar.

Así pues, en cualquier situación en que nos hallemos, debemos y podemos aspirar a la vida de perfección.

Cirilo de Alejandría

Homilía: Yo os he elegido, no vosotros a mí

«Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn 15,17)
Libro 10: PG 74, 379.382-383.390-391 (Liturgia de las Horas)

PG

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Con estas palabras explica el Señor con más claridad lo dicho anteriormente, esto es, que los discípulos disfruten en sí mismos de su mismo gozo. A los que quieran seguirme —dice—, les mando esto, y les enseño a hacerlo y a sentirlo en lo íntimo de su alma: que tengan un amor recíproco tan profundo como el que yo les he demostrado y he practicado previamente. Cuán generosa sea la medida del amor de Cristo, él mismo lo ha indicado al decir que nadie tiene un amor más grande que el que va hasta dar la vida por los amigos.

Además, enseña a sus discípulos que para salvar a los hombres no hay que arredrarse ante la lucha, sino aceptar con intrépida fortaleza el sufrir hasta la misma muerte. Hasta ese extremo límite llegó el gran amor de nuestro Salvador. Hablar de este modo, es simplemente incitar a sus discípulos a una intrepidez sobrenatural y vigorosa y al más alto grado de amor fraterno; es crear en ellos un ánimo generoso y poseído por el amor, elevarlos a una caridad invicta e invencible, pronta a dar todo lo que a Dios pluguiere. Pablo demostró tener este temple, cuando dijo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Y añadía: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? ¿Oyes cómo no hay nada que pueda separarnos del amor de Cristo? Y si apacentar el rebaño y los corderos de Cristo es amarle a él, ¿cómo no va a ser evidente de toda evidencia que el apóstol, predicador de la salvación a quien no conoce a Dios, deberá ser superior a la muerte y a las persecuciones y considerar una nonada cualquiera dificultad?

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Revestíos de mutuo amor, discípulos míos. Vosotros mismos debéis gustar estas cosas llevándolas a la práctica, y hacer unos por otros con ferventísimo deseo y esforzado ánimo, todo cuanto primeramente he hecho yo con vosotros.

Yo os he elegido, no vosotros a mí. Con inaudita bondad y gran generosidad me he revelado a vosotros que no me conocíais, y os he conducido a una tan grande constancia y firmeza de ánimo, para que podáis caminar y progresar siempre hacia lo mejor y dar fruto para Dios; os he dado una confianza tan grande, de modo que todo lo que pidáis en mi nombre, estad seguros que lo recibiréis. Por eso, si seguís las huellas que os he señalado con mis palabras y con mi manera de actuar, si estáis llenos de aquel espíritu que conviene a los verdaderos y legítimos discípulos, no debéis contemporizar esperando que alguien venga por sí mismo a la fe y al culto de Dios, sino que debéis ofreceros como guías a los que todavía no conocen a Dios y están en el error, o aún no han espontáneamente aceptado la predicación de la salvación.

Conviene que vosotros los exhortéis con calor a profundizar, mediante una plena comprensión, el verdadero conocimiento de Dios, aunque se irrite el ánimo de los oyentes, persistiendo en la incredulidad. De este modo, también ellos acabarán haciendo como vosotros, esto es, avanzarán por el buen camino y, progresando en el bien, volverán a producir en Dios frutos vitales y duraderos. De manera que sus plegarias, gratas y aceptas a Dios, conseguirán lo que piden, si lo piden en mi nombre.

Agustín de Hipona

Interpretación Literal del Génesis: Amamos a Cristo en la medida en que guardamos sus mandamientos

«Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14)
82, 1-4: CCL 36, 532-534 (Liturgia de las Horas)

CCL

En este discurso a los discípulos, el Salvador vuelve insistentemente sobre el tema de la gracia que nos salva, diciendo: Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. Y si con esto recibe gloria Dios Padre, con que demos fruto abundante y así seamos discípulos suyos, no lo adjudiquemos a nuestra propia gloria, como si hubiera de atribuirse a nuestra capacidad lo que hemos realizado. Suya es esta gracia y a él -no a nosotros- le corresponde la gloria. Por eso, habiendo dicho en otro lugar: Alumbre así vuestra luz a los hombres,para que vean vuestras buenas obras, para que no se creyeran los autores de tales obras buenas, añadió a renglón seguido: y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos. Con esto recibe gloria el Padre, con que demos fruto abundante y así seamos discípulos suyos. Y ¿quién nos hace discípulos sino aquel cuya misericordia nos ha prevenido?

Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las obras buenas. Como el Padre me ha amado -dice-, así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí está el origen de todas nuestras buenas obras. Pues, ¿cómo podrían ser nuestras, sino por la fe activa en la práctica del amor? Y ¿cómo podríamos nosotros amar, si no hubiéramos sido amados primero? Lo dijo clarísimamente el mismo evangelista en su carta: Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. El Padre ciertamente nos ama también a nosotros, pero en sí mismo; porque con esto recibe gloria el Padre, con que demos fruto en la vid, esto es, en el Hijo, y así seamos discípulos suyos Permaneced -dice-, en mi amor. ¿Cómo permaneceremos?

Escucha lo que sigue: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. ¿Es el amor el que hace guardar los mandamientos o es la guarda de los mandamientos la que hace el amor? ¿Pero es que puede dudarse de que es el amor el que precede? El que no ama no tiene razón suficiente para observar los mandamientos. Por eso, lo que sigue: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, muestra no dónde se genera el amor, sino cómo se manifiesta. Es como si dijera: No penséis permanecer en mi amor, si no guardáis mis mandamientos; pues si no los guardáis, no permaneceréis. Es decir, en esto se manifestará que permanecéis en mi amor, si guardáis mis mandamientos. Para que nadie se llame a engaño, diciendo que le ama, si no guarda mis mandamientos. Pues amamos a Cristo en la medida en que guardamos sus mandamientos; si somos remisos en la guarda de los mandamientos, lo seremos asimismo en el amor. Por consiguiente, no guardemos primero sus mandamientos para que nos ame; pero si no nos ama, no podemos guardar sus mandamientos. Ésta es la gracia patente a los humildes, latente en los soberbios.

Pablo VI

Audiencia General (12-06-1974): La juventud perenne de la Iglesia

«Que vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16)


Hoy fijamos nuestro pensamiento en un aspecto propio de Pentecostés: la animación sobrenatural producida por la efusión del Espíritu Santo en el cuerpo visible, social y humano de los discípulos de Cristo. Este efecto es la perenne juventud de la Iglesia... La humanidad que forma la Iglesia está bajo los influjos del tiempo, está encerrada, sepultada en la muerte; pero esta realidad no suspende ni interrumpe el testimonio de la Iglesia en la historia a lo largo de los siglos.

Jesús lo anunció y lo prometió: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Lo dio a entender a Simón dándole un nombre nuevo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18). Uno puede objetar enseguida, como tanta gente de hoy día: Quizá sí, la Iglesia es permanente, ya que existe desde hace dos mil años, pero que, justamente por ser tan antigua, está envejecida... La Iglesia, dicen, es venerable por el hecho de su antigüedad..., pero no vive del soplo actual y siempre nuevo de la juventud. Ya no es joven. ¡Es una objeción fuerte!... Haría falta un tratado extenso para responder a ella.

Para los espíritus abiertos a la verdad, sin embargo, bastaría con decir que esta perennidad de la Iglesia es sinónimo de juventud. «Es obra del Señor y es realmente admirable.» (Mt 21,42). La Iglesia es joven. Lo más asombroso es que el secreto de su juventud es su persistencia inalterable en el tiempo. El tiempo no hace envejecer a la Iglesia. La hace crecer, la estimula hacia la vida y la plenitud... Ciertamente, todos sus miembros mueren como todos los mortales, pero la Iglesia, como tal, no sólo tiene un principio invencible de inmortalidad más allá de la historia, sino que posee también una fuerza incalculable de renovación.


**103**


Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Domingo VI (Ciclo B)



Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.