Jn 17, 11b-19 – Oración de Jesús: Guárdalos del maligno

Texto Bíblico

11 Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. 12 Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. 13 Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida. 14 Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15 No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. 16 No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17 Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. 18 Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. 19 Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Máximo el Confesor

Mistagogia: Una sola fe, un solo bautismo

«Para que todos sean uno, como tú y yo somos uno» (Jn 17,11b)
n. 1


La Iglesia lleva la impronta y la imagen de Dios ya que Ella tiene la misma actividad que Él... Dios ha llevado todas las cosas a la existencia por su potencia infinita, las contiene, los reúne y los circunscribe. Él une fuertemente a todos los seres entre sí y a sí mismo, en su Providencia... La santa Iglesia aparecerá operando por nosotros los mismos efectos que Dios, de quien Ella es imagen. Muchos, casi innumerables, son los hombres, mujeres, los niños, distantes unos de otros, infinitamente diferentes por el nacimiento, los rasgos, la nacionalidad y la lengua; el tipo de vida y la edad, la habilidad, las costumbres, los hábitos, el conocimiento, la posición económica, el carácter y las relaciones. Pero todos nacen en esta Iglesia y, por su obra, todos renacen a una nueva vida, recreados por el Espíritu Santo.

A todos, la Iglesia ha dado... una única forma, un solo nombre divino: ser de Cristo y llevar su nombre. A todos, ofrece también, una manera de ser único, que no permite distinguir las numerosas diferencias existentes entre unos y otros..., a causa de la reunión de todos en Ella. Es por ellos, sus miembros, por los que absolutamente nadie ha estado separado de la Comunidad, porque todos convergen los unos con los otros, todos están reunidos por la acción de la fuerza indivisible de la gracia y la fe. «Todos, se ha escrito, no tenían más que un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32)... ser un solo cuerpo formado por miembros que aunque diversos son realmente dignos de Cristo, que es nuestra verdadera cabeza (Col 1,18). «En Él, dice el apóstol san Pablo, no hay hombre ni mujer, ni judío ni griego..., ni esclavo ni libre, porque Él lo es todo en todos «(Gal 3,28)... Así pues la santa Iglesia es a la imagen de Dios, ya que realiza entre los creyentes la misma unión que Dios.

Padres Apostólicos

A Diogneto: Los cristianos en el mundo

«No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Jn 17,16)
Capítulos 5-6: Funck 1, 397-401 (Liturgia de las Horas)

Funk

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.

Agustín de Hipona

Sobre el Evangelio de san Juan: La Verdad nos libra del mal

«Santifícalos en la verdad» (Jn 17,17)
nn. 1-5


Por qué odia el mundo

Mientras habla aún el Señor al Padre y ora por sus discípulos, dice: Yo les he dado tu palabra y el mundo les tuvo odio. Aún no habían experimentado esto mediante sus sufrimientos que iban después a acaecerles; pero, según su costumbre, dice esas cosas de modo que con palabras de tiempo pretérito preanuncia lo venidero. Después, para agregar la causa de por qué el mundo los ha odiado, afirma: Porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (Jn 17,14). Esto les fue conferido mediante la regeneración, porque por generación eran del mundo; por eso les había ya dicho: Yo os elegí del mundo (Jn 15,19). Les ha sido, pues, donado que, como él, tampoco ellos fuesen del mundo, pues del mundo los libró él. Ahora bien, él nunca fue del mundo porque, aun según la forma de esclavo, él ha nacido del Espíritu Santo, del cual ellos han renacido. Por cierto, si ellos no son ya del mundo precisamente porque han renacido del Espíritu Santo, él nunca ha sido del mundo porque ha nacido del Espíritu Santo.

Santificar en la verdad

Afirma: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal», pues aunque ya no eran del mundo, sin embargo, tenían aún necesidad de estar en el mundo. Repite idéntica idea; afirma: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad» (Jn 17,15-17), pues así son guardados del mal, cosa que más arriba ha pedido que sucediera. Por otra parte, puede preguntarse cómo no eran ya del mundo si aún no estaban santificados en la verdad o, si ya lo estaban, por qué implora que lo estén. ¿Acaso porque, aun santificados, progresan en idéntica santidad y son hechos más santos, y esto no sin la ayuda de la gracia de Dios, sino porque santifica su progreso el que ha santificado su comienzo? Por ende, también el Apóstol dice: Quien comenzó en vosotros una obra buena, la terminará hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1,6). Así pues, son santificados en la verdad los herederos del Testamento Nuevo, de cuya realidad habían sido sombras las santificaciones del Viejo Testamento y, evidentemente, cuando son santificados en la verdad son santificados en Cristo, quien ha dicho verazmente: Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida (Jn 14,6). Asimismo, cuando aseveró: «La verdad os librará», para exponer poco después por qué lo había dicho afirma: «Si el Hijo os liberare, entonces seréis verdaderamente libres» (Jn 8,32. 36): para mostrar que él había llamado primero «la verdad» a lo que a continuación ha llamado «el Hijo». Qué otra cosa, pues, ha dicho también en este lugar, Santifícalos en la verdad, sino santifícalos en mí?

Cristo, glorificado en sus discípulos
Y he sido esclarecido en ellos (Jn 17,10), afirma. Ahora habla de su esclarecimiento como si hubiese sucedido, aunque era aún futuro; en cambio, más arriba imploraba al Padre que sucediese. Pero, evidentemente, ha de investigarse si ese mismo es el esclarecimiento acerca del que había dicho: Y ahora esclaréceme tú, Padre, junto a ti mismo con la claridad que tuve, antes que el mundo existiese, junto a ti (Jn 17,53). En efecto, si «junto a ti», ¿cómo «en ellos»? ¿Acaso cuando les da a conocer esto mismo, y mediante ellos a todos los que creen a esos testigos suyos? Así podemos entender simple y llanamente que acerca de los apóstoles ha dicho el Señor que ha sido esclarecido en ellos; en efecto, diciendo que ha sucedido ya, muestra que había sido ya predestinado, y ha querido que se tenga por cierto lo que iba a suceder.

Por eso sigue y no deja de insinuar más abiertamente esto: Tu palabra (sermo), afirma, es verdad (Jn 17,17). Qué otra cosa ha dicho sino: Yo soy la Verdad?. En efecto, el evangelio griego tiene lógos, que se lee también donde está dicho: «En el principio existía la Palabra y la Palabra existía en Dios y la Palabra era Dios», y sabemos que esa Palabra misma es, evidentemente, el Unigénito Hijo de Dios, la cual se hizo hombre y habitó entre nosotros (Jn 1,1 14). Por ende, ha podido poner aquí y está puesto en algunos códices «Tu Palabra (verbum) es verdad», como en algunos códices está también escrito allí: En el principio existía la Palabra (sermo). En cambio, en griego, tanto allí como aquí, sin diversidad alguna está lógos. Así pues, el Padre santifica en la verdad, esto es, en su Palabra, en su Unigénito, a sus herederos y coherederos de éste.

Ya no estoy en el mundo.

Y no estoy ya en el mundo, afirma, mas éstos están en el mundo (Jn 17,11). Si te fijas directamente en la hora esa en que hablaba, uno y otros, o sea, tanto él cuanto esos de quienes decía esto, estaban aún en el mundo. Por cierto, no podemos ni debemos entender esto según el progreso del corazón y de la vida, de forma que de ellos se diga que están aún en el mundo precisamente porque saborean aún lo mundano y, en cambio, de él se diga que, saboreando lo divino, no está ya en el mundo. En efecto, está aquí puesta una palabra que no nos permita en absoluto entenderlo así, porque no asevera «y no estoy en el mundo», sino «No estoy «ya» en el mundo», para mediante ella mostrar que él había estado en el mundo, mas que ya no está. ¿Tal vez, pues, es legítimo que creamos que alguna vez había él saboreado lo mundano y que, liberado de este error, ya no lo saboreaba? ¿Quién caerá en parecer tan impío?

Queda, por tanto, que haya dicho —para mediante esto mostrar que él no está ya aquí— que él ya no está en el mundo según él mismo estaba también antes en el mundo, con presencia corporal ciertamente, o sea, que su ausencia del mundo iba ya a suceder pronto; la de ellos, en cambio, más tarde; empero, porque él en persona y ellos estaban aún aquí, ha dicho que están ellos aquí. Por cierto, hombre que se adapta a los hombres, ha hablado como es la costumbre de hablar humana. ¿O, de alguien que va a marcharse cuanto antes, no decimos cotidianamente: «Ya no está aquí»? Y esto suele decirse máxime de los moribundos. Por otra parte, el Señor en persona, como si previera qué podría turbar a quienes iban a leer, ha añadido: «Mas yo voy a ti», para en cierto modo exponer así por qué había dicho: Ya no estoy en el mundo.

Apóstoles, es decir, enviados

Pero ahora habla aún de los apóstoles, porque al seguir agrega: Como me enviaste al mundo, también yo los envié al mundo (Jn 17,18). ¿A quiénes envió sino a sus apóstoles? De hecho, porque aun el nombre mismo de «apóstoles» es griego, en latín no significa, sino «enviados». Envió, pues, Dios a su Hijo no en carne de pecado, sino en semejanza de carne de pecado (Cf Rm 8,3), y su Hijo envió a esos que, nacidos en carne de pecado, santificó en cuanto a la mancha del pecado.

Que todos sean uno.

Al decir, pues: «Padre santo, guarda en tu nombre a esos que me has dado» (Jn 17,11), encomienda al Padre esos que va a abandonar con ausencia corporal. De seguro, como hombre ruega a Dios por sus discípulos, que ha recibido de Dios.

Pero fíjate en lo que sigue: Para que sean, afirma, una sola cosa como también nosotros. No asevera «para que con nosotros sean una sola cosa» o «para que seamos una sola cosa ellos y nosotros, como una sola somos nosotros», sino que asevera: «Para que sean una sola cosa como también nosotros»: evidentemente, en su naturaleza sean ellos una sola cosa, como también nosotros somos una sola cosa en la nuestra. Sin duda, no diría esto como verdadero si no lo dijese en cuanto que es Dios de idéntica naturaleza que el Padre —conforme a lo que en otra parte ha dicho: Yo y el Padre somos una sola cosa— (Jn 10,30), y no en tanto que es también hombre; efectivamente, en atención a esto ha dicho: El Padre es mayor que yo (Jn 14,28). Pero, porque una sola e idéntica persona es Dios y hombre, en el hecho de que ruegue la entendemos como hombre; en cambio, la entendemos como Dios por el hecho de que son una sola cosa tanto él mismo cuanto ese a quien ruega. Pero en lo que sigue hay aún un pasaje donde este asunto ha de examinarse más concienzudamente.

Por ellos me santifico

Pero, porque ellos son miembros suyos por haber sido hecho la cabeza de la Iglesia el Mediador de Dios y hombres, Cristo Jesús hombre, por eso asevera lo que sigue: Y en favor de ellos me santifico a mí mismo (Jn 17,19). En efecto, ¿qué significa «Y en favor de ellos me santifico a mí mismo», sino «los santifico en mí mismo, pues también esos mismos son yo»? Porque, como he dicho, esos de quienes asevera esto son miembros suyos y Cristo es uno solo, cabeza y cuerpo, según el Apóstol enseña y dice de la descendencia de Abrahán: «Por otra parte, si vosotros sois de Cristo, sois, pues, descendencia de Abrahán», tras haber dicho más arriba: No dice «y a las descendencias», cual respecto a muchas, sino, cual respecto a una sola, «y a tu descendencia», que es Cristo (Ga 3,29 16). Si, pues, Cristo es esto, descendencia de Abrahán, a quienes está dicho «Sois, pues, descendencia de Abrahán», ¿qué otra cosa les está dicha sino «sois, pues, Cristo»? A esto se debe lo que en otro lugar asevera idéntico apóstol en persona: Ahora me alegro de los padecimientos por vosotros y en mi carne completo lo que falta de las aflicciones de Cristo (Col 1,24). No ha dicho «de las aflicciones mías», sino «de Cristo», porque era miembro de Cristo y mediante sus persecuciones, cuales era preciso que Cristo sufriera en su cuerpo entero, también ese mismo completaba proporcionalmente las aflicciones de éste.

A fin de que esto sea también cierto en este pasaje, atiende a lo siguiente. En efecto, tras haber dicho: «Y en favor de ellos me santifico a mí mismo», para que entendiéramos que él había dicho esto, que los santificaría en él, ha añadido inmediatamente: Para que también esos mismos sean santificados en la verdad (Jn 17,19). Esto ¿qué otra cosa significa, sino «en mí», en tanto que la verdad es la Palabra aquella, Dios en el principio? También ese mismo, hijo de hombre, fue santificado en ella desde el inicio de su creación, cuando la Palabra se hizo carne, porque la Palabra y el hombre devinieron una única persona. Entonces, pues, se santificó en sí, esto es, a él, hombre, en él, la Palabra.

En cambio, por causa de sus miembros afirma: «Y en favor de ellos, yo» —esto es, para que, como me ha aprovechado en mí porque sin ellos soy hombre, les aproveche también a ellos porque también ésos son yo—, «y yo me santifico a mí mismo» —esto es, en mí los santifico cual a mí mismo yo, porque también ellos son, en mí, yo—, para que también esos mismos sean santificados en la verdad. ¿Qué significa «también esos mismos», sino «como yo, en la verdad, cosa que soy yo mismo»? Después comienza a hablar ya no sólo de los apóstoles, sino también de sus demás miembros, de lo cual, si ese mismo lo concede, se ha de tratar otro sermón.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo cuidan de nosotros

Pues bien, aquí sigue: Mientras estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre (Jn 17,12). Afirma: «Pues yo voy a ti, guárdalos en tu nombre, en el que, cuando estaba con ellos, también yo los guardaba». En el nombre del Padre guardaba a sus discípulos el Hijo hombre, situado con ellos mediante la presencia humana; pero también el Padre guardaba en el nombre del Hijo a los que escuchaba pedir en el nombre del Hijo. Efectivamente, idéntico Hijo les había dicho: En verdad, en verdad os digo: «Si pidiereis algo al Padre en mi nombre, os lo dará» (Jn 16,23).

No debemos entender esto tan carnalmente como si el Padre y el Hijo nos guardasen alternativamente, alternándose la custodia de ambos al custodiarnos, cual si uno se acercase cuando el otro se hubiere retirado; en efecto, a una nos custodian el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, los cuales son el único verdadero y feliz Dios. Pero la Escritura no nos eleva si no desciende a nosotros, como la Palabra hecha carne ha descendido para elevar, no se ha caído para yacer. Si conocemos al que ha descendido, levantémonos con el que eleva y, cuando habla así, entendamos que él distingue las personas, no separa las naturalezas. Cuando, pues, el Hijo guardaba con su presencia corporal a sus discípulos, el Padre, para custodiarlos, no aguardaba suceder al Hijo, tras haberse retirado éste, sino que ambos los guardaban con potencia espiritual y, cuando el Hijo les retiró su presencia corporal, mantuvo con el Padre la custodia espiritual, porque, cuando el Hijo hombre los recibió para custodiarlos, no los retiró de la custodia paterna ni, cuando el Padre los dio al Hijo para custodiarlos, se los dio sin ese mismo a quien se los dio, sino que al hombre Hijo los dio no sin el Dios Hijo, este mismo en persona, evidentemente.

El Hijo, pues, sigue y dice: Custodié a los que me has dado, y ninguno de estos pereció, a no ser el hijo de la perdición, para que la Escritura se cumpla (Jn 17,12). «El hijo de la perdición» se ha llamado al traidor de Cristo, predestinado a la perdición, según la Escritura que acerca de él se profetiza máxime en el salmo centésimo octavo.

Afirma: Ahora, en cambio, voy a ti y hablo de esto en el mundo, para que en sí mismos tengan colmado mi gozo (Jn 17,13). He ahí que dice que en el mundo habla él, que poco antes había dicho: «Ya no estoy en el mundo». Por qué había dicho esto lo expuse allí, mejor dicho, enseñé que él mismo lo había expuesto. Porque, pues, no se había ido aún, aún estaba aquí; mas, porque iba a irse muy pronto, en cierto modo ya no estaba aquí. Por otra parte, cuál es este gozo acerca del que asevera: «Para que en sí mismos tengan colmado mi gozo», ya ha quedado expresado más arriba, donde asevera: Para que sean una sola cosa como también nosotros. Dice que este gozo suyo, esto es, conferido por él a ellos, ha de colmarse en ellos, por lo cual ha dicho que él ha hablado en el mundo. Ésta es la paz y felicidad en la era futura, por conseguir las cuales hay que vivir en esta edad con moderación, justa y piadosamente.

Francisco

Audiencia General (08-10-2014): Caminamos hacia la unidad

«Que sean uno, como nosotros» (Jn 17,11b)


En las últimas catequesis, buscamos destacar la naturaleza y la belleza de la Iglesia, y nos preguntamos qué implica para cada uno de nosotros formar parte de este pueblo, pueblo de Dios que es la Iglesia. No debemos, sin embargo, olvidar que son muchos los hermanos que comparten con nosotros la fe en Cristo, pero que pertenecen a otras confesiones o a tradiciones diferentes de la nuestra. Muchos se han resignado a esta división —también dentro de nuestra Iglesia católica se han resignado—, que en el curso de la historia ha sido a menudo causa de conflictos y sufrimientos, también de guerras y ¡esto es una vergüenza! También hoy, las relaciones no están siempre marcadas por el respeto y la cordialidad... Pero me pregunto: nosotros, ¿cómo nos situamos ante todo esto? ¿Estamos también nosotros resignados, si no hasta indiferentes a esta división? O bien ¿creemos firmemente que se puede y se debe caminar en la dirección de la reconciliación y de la plena comunión? La plena comunión, es decir, poder participar todos juntos en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Las divisiones entre los cristianos, mientras hieren a la Iglesia, hieren a Cristo, y nosotros divididos provocamos una herida a Cristo: la Iglesia, en efecto, es el cuerpo del cual Cristo es la cabeza. Sabemos bien cuánto interesó a Jesús que sus discípulos permanecieran unidos en su amor. Basta pensar en sus palabras referidas en el capítulo diecisiete del Evangelio de san Juan, la oración dirigida al Padre en la inminencia de su pasión: «Padre Santo guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17, 11). Esta unidad era ya amenazada cuando Jesús estaba aún entre los suyos: en el Evangelio, en efecto, se recuerda que los apóstoles discutían entre ellos sobre quién era el más grande, el más importante (cf. Lc 9, 46). El Señor, sin embargo, insistió mucho en la unidad en el nombre del Padre, haciéndonos entender que nuestro anuncio y nuestro testimonio serán tanto más creíbles cuanto más nosotros primero seamos capaces de vivir en comunión y amarnos. Es lo que después sus apóstoles, con la gracia del Espíritu Santo, comprendieron profundamente y tomaron en serio, de modo que san Pablo llegará a implorar a la comunidad de Corinto con estas palabras: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir» (1 Cor 1, 10).

Durante su camino en la historia, la Iglesia es tentada por el maligno, que busca dividirla, y lamentablemente ha estado marcada por separaciones graves y dolorosas. Son divisiones que a veces se han prolongado a lo largo del tiempo, hasta hoy, por lo que resulta ya difícil reconstruir todas sus motivaciones y sobre todo encontrar las posibles soluciones. Las razones que llevaron a las fracturas y a las separaciones pueden ser las más diversas: desde las divergencias sobre principios dogmáticos y morales y sobre concepciones teológicas y pastorales diferentes, los motivos políticos y de conveniencia, hasta las discusiones debidas a antipatías y ambiciones personales... Lo cierto es que, de un modo u otro, detrás de estas laceraciones está siempre la soberbia y el egoísmo, que son causa de todo desacuerdo y que nos hacen intolerantes, incapaces de escuchar y aceptar a quien tiene una visión o una postura diversa de la nuestra.

Ahora, ante todo esto, ¿hay algo que cada uno de nosotros, como miembros de la santa madre Iglesia, podemos y debemos hacer? Desde luego no debe faltar la oración, en continuidad y en comunión con la de Jesús, la oración por la unidad de los cristianos. Y junto con la oración, el Señor nos pide una apertura renovada: nos pide que no nos cerremos al diálogo y al encuentro, sino que acojamos todo lo que de válido y positivo se nos ofrece también de quien piensa diverso de nosotros o mantiene posturas diferentes. Nos pide que no fijemos la mirada sobre lo que nos divide, sino más bien sobre lo que nos une, buscando conocer mejor y amar a Jesús, y compartir la riqueza de su amor. Y esto implica concretamente la adhesión a la verdad, junto con la capacidad de perdonar, de sentirse parte de la misma familia, de considerarse un don el uno para el otro y hacer juntos muchas cosas buenas, y obras de caridad.

Es un dolor pero hay divisiones, existen cristianos divididos, estamos divididos entre nosotros. Pero todos tenemos algo en común: todos creemos en Jesucristo, el Señor. Todos creemos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y todos caminamos juntos, estamos en camino. ¡Ayudémonos unos a otros! Pero tú la piensas así, tú la piensas así... En todas las comunidades hay buenos teólogos, que ellos discutan, que ellos busquen la verdad teológica porque es un deber, pero nosotros caminemos juntos, orando unos por otros y haciendo obras de caridad. Y así hagamos la comunión en camino. Esto se llama ecumenismo espiritual: caminar el camino de la vida todos juntos en nuestra fe, en Jesucristo el Señor. Se dice que no se puede hablar de cosas personales, pero no resisto la tentación. Estamos hablando de comunión... comunión entre nosotros. Y hoy estoy muy agradecido al Señor porque hoy son 70 años desde que hice la Primera Comunión. Pero hacer la primera comunión todos debemos saber que significa entrar en comunión con los demás, en comunión con los hermanos de nuestra Iglesia, pero también en comunión con todos los que pertenecen a comunidades diversas pero creen en Jesús. Agradezcamos al Señor por nuestro Bautismo, agradezcamos al Señor por nuestra comunión, y para que esta comunión termine siendo de todos, juntos.

Queridos amigos, sigamos adelante entonces hacia la plena unidad. La historia nos ha separado, pero estamos en camino hacia la reconciliación y la comunión. ¡Y esto es verdad! ¡Y esto tenemos que defenderlo! Todos estamos en camino hacia la comunión. Y cuando la meta nos parezca demasiado distante, casi inalcanzable, y nos veamos sorprendidos por el desaliento, que nos anime la idea de que Dios no puede hacer oídos sordos a la voz de su propio Hijo Jesús y no atender su oración y la nuestra, para que todos los cristianos sean verdaderamente una sola cosa.

Teresa de Calcuta

La Palabra para ser hablada: La alegría es fruto del amor

«Para que mi alegría este en ellos» (Jn 17,13)
Capítulo 12, 21-22


Jesús puede tomar totalmente posesión de nuestra alma si solamente se le entrega con alegría. "Un santo triste es un triste santo", tenía la costumbre de decir san Francisco de Sales. Santa Teresa de Ávila se inquietaba por sus hermanas sólo cuando veía a una de ellas perder su alegría. A los niños, a los pobres, a todos aquellos que sufren y están solos, dadles una sonrisa alegre; no les ofrezcáis sólo vuestros cuidados sino también vuestro corazón. Posiblemente que no nos encontremos en situación de dar mucho, pero siempre podemos dar la alegría que brota de un corazón que ama a Dios. La alegría es muy comunicativa. Estad pues llenos de alegría cuando estéis entre los pobres.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Domingo VII (Ciclo B)
Tiempo de Pascua: Miércoles VII



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