Jn 18,1-19,42: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan

Zevini-Cabra, Lectio Divina

Tomo I, Los Relatos de la Pasión, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2006, pp. 215-268.

NOTA: ESTE TEXTO TIENE QUE SER REVISADO ORTOGRÁFICAMENTE.

El arresto (Jn 18,1-11) 

LECTIO 

El evangelista Juan, aunque estuvo presente, no cuenta nada de la agonía de Jesús en Getsemaní. En cambio, describe con abundancia de detalles el arresto, refiriendo un diálogo que falta en los sinópticos (vv. 4-8). Esta opción da prioridad a una determinada orientación: la de mostrar a Jesús en su «hora», como sujeto de los acontecimientos, como único protagonista (cf. v. 8), consciente y determinado (v. 4), como rey vencedor del pecado y de la muerte ya desde este instante (v. 6). En el capítulo anterior, el 17, encontramos la clave de lectura de este fragmento, concretamente en el pasaje donde Jesús reconoce que la «hora» tan esperada ya ha llegado (17,1) y que se trata de la «hora» de la glorificación: «Ahora, pues, Padre, glorifícame con aquella gloria que ya compartía contigo antes de que el mundo existiera» (17,5). 

El fragmento se condensa, efectivamente, en un diá- logo central (vv. 4-8) que es una auténtica autorrevela- ción de la divinidad de Jesús. En el diálogo aparecen dos palabras clave: el verbo «buscar», zeteo, y la expre- sión «yo soy», ego eimí. El cuarto evangelio se abre y se cierra, de hecho, precisamente con los que «buscan»: bus- can algo los discípulos del Bautista que encuentran a Jesús en el Jordán y le reconocen como Mesías (Jn 1,38); busca a alguien María Magdalena en el sepulcro (Jn 20,14). La Escritura resume en el verbo «buscar» todo el acontecer de la relación del hombre con Dios, puesto que, si, por 

una parte, buscar al Señor responde a un mandamiento concreto (Dt 4,29; Sal 105; 1 Cor 16,11; 2 Cor 7,14 y 11,16; Zac 2,3; Is 55,6; Jr 29,13; Bar 4,28), por otra, esto es lo único que da sentido y dinamismo a cada existencia humana (Sal 27,8 y 40,17; cf. 42,2). En el v. 5 Jesús da cumplimiento con su pregunta-respuesta a esta larga búsqueda del hombre en la historia, y se ma- nifiesta como la meta: «Yo soy». Y con esta expresión se profesa como el Dios de Abrahán (cf. Gn 15,7), de Isaac (Gn 26,24), de Jacob (Gn 28,13) y de Moisés, que le vio cara a cara en el monte (Ex 3,6) y a quien le reveló su nombre (Ex 3,14). El hombre, en efecto, no podría en- contrar a Dios si él no se dejara encontrar, si Dios no se le «entregara». El Hijo es el lugar en el que el hombre 

encuentra a su Dios. 

La reacción del hombre ante el misterio de Dios que se le revela es «caer» (v. 6). El verbo pipto puede indicar en la Escritura una actitud de adoración o de temor re- verencial (cf. Gn 17,3.17; Lv 9,24; Eclo 50,17; Mt 2,11; 4,9; 17,6), pero también la derrota de los enemigos y de los impíos (cf. 2 Sm 22,39; Sal 18,39 y 36,13; Is 21,9; Ez 30,6), y aquí Juan parece recoger ambos significados. Los soldados retroceden ante la majestad divina y caen en tierra impotentes, anticipando la verdad que Jesús revelará después a Pilato: «No tendrías autoridad alguna sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,11). El arresto de Jesús supone, en realidad, que él se entre- ga plena y libremente a la voluntad del Padre (bebe la copa que le presentan las manos del Padre). 

MEDITATIO 

Es de noche (Jn 13,30) cuando sales al encuentro de los que te buscan, sabiendo perfectamente todo lo que te iba a suceder (18,4). Esta noche es una noche espe- cial, una noche exodal. «¿Qué diferencia hay entre esta noche y todas las demas noches?D, preguntaba el mas pequetio de cada familia judia al caer el sol, en esta nue- va fiesta de Pesah, y al oir estas palabras el cabeza de fa- milia empezaba el largo relato de la gesta de la libera- ciOn de tu pueblo del poder de Egipto, figura de toda opresiOn del mal, concluyendo el canto de la memoria diciendo: (Aguella noche el Senor veto para sacarlos de Egipto» (Ex 12,42). Noche especial aquella en la que ahora solo ante tu hora (16,32), te preparas para hacer frente a la prueba, recibiendo de las manos del Padre la copa que sella una comuniOn eterna. No la bebes por- que es una copa, sino imicamente porque es tu Padre quien te la ofrece. .Se acerca el principe de este mundo.

aunque no tiene ningan poder sobre ml, tiene que ser asi para demostrar at mundo que amo at Padre y que cumplo fielmente la misiOn que me encomendo» (14,30-31). 

Hay muchas noches en nuestra existencia, hay mu- chas pruebas. Se trata de una busqueda inexhausta de un rostro que de sentido y reposo a nuestro andar a tientas en la oscuridad… Tn nos sales al encuentro y te revelas como alguien que ya ha llevado nuestro fardo, como alguien que ya ha superado nuestra prueba por nosotros, alguien que ya ha dispersado las tinieblas y vencido todo miedo. Ttl nos revelas que todas nuestras horas estan en tu hora, toda nuestra lucha en tu victo- ria. La vida es este exodo glorioso y fatigoso al mismo tiempo, este paso recorrido individualmente en la fe y en la pobreza de nuestra propia debilidad, esta Pascua, a la que tU ya hiciste frente, en la que ya triunfaste y de la que, por un inconmensurable don de amor, nos haces participes y protagonistas. La prueba que nos reserva la vida es la ocasion para comprender lo que somos capa- ces de amarte y de creer en tu salvacion: 0E1 Senor, vues- tro Dios, quiere probaros, para saber si realmente amciis at Senor, vuestro Dios, con todo vuestro corazon y con todo vuestro ser. (Dt 13,4, pero tambien 8,2; y Ex 16,4 y 20,20). Es el tiempo propicio para aprender que las ti-nieblas no se dispersan con antorchas y linternas (18,3), y la lucha contra el pecado no se gana con armas (18,3) y espadas (18,10), sino con una perfecta obediencia a la voluntad del Padre. 

ORATIO 

Senor, ta eres aquel que andamos buscando desde siempre, con ansia y deseo que no encuentran reposo. Ta eres el rostro hacia el que extendemos nuestros bra- zos como un nitio que espera ser levantado a lo alto; ta eres nuestra luz en la noche oscura, nuestra fuerza con- tra la tentaciOn y el enemigo… Tta que te ofreces a no- sotros: de Dios te haces hombre, para que podamos amarte; de Setior te haces siervo, para que podamos mi- rarte a los ojos; de Maestro te haces palabra, para que aprendamos a conocerte; de Omnipotente te haces pri- sionero, para que nos demos cuenta de que no somos 

capaces de poseerte.
Haz que no te hagamos prisionero de nuestros pre- 

juicios, que no te encerremos en nuestras categorfas conservadoras; haz que no levantemos la mano sobre tu misterio para apoderarnos de lo que es sOlo puro don de lo alto; haz que no nos cansemos de buscarte y aprendamos a esperarte. Dejate encontrar, para que, entregados a ti, que eres el Sefior, nos convirtamos tambien nosotros en perfectos hacedores de la voluntad del Padre. 

CONTEMPLATIO 

Pues eldonde te halle para conocerte -porque cierta- mente no estabas en mi memoria antes de que te cono- ciese-, dOnde te hall& pues, para conocerte, sino en ti 

2. El proceso judio y la negacion de Pedro (Jn 18,12-27) 

LECTIO 

En el fragmento encontramos dos cuadros que se cortan (a: vv. 15-18.25ss; b: vv. 19-24), con dos protago- nistas diferentes: el discípulo y el Maestro. Se trata, en realidad, de dos interrogatorios. Uno de ellos oficial: el proceso judío a Jesús en casa de Anás; el otro, informal: las preguntas que hacen los criados a Pedro en el patio. Es interesante señalar que el evangelista presenta el cuadro «oficial» como una inclusión entre la primera pregunta a Pedro (vv. 15-18) y sus dos últimas nega- ciones (vv. 25ss). Ambos cuadros están también en es- trecha relación: en el primero, los criados interrogan a Pedro respecto a su ser «discípulo de ese hombre» (w. 

17.25.26); en el segundo, el sumo sacerdote interroga a Jesús sobre si es un «maestro», sobre su doctrina y sus discípulos (v. 19). Se podría decir que Juan representa un único interrogatorio en dos planos. «En el de abajo», los criados y la portera ponen en aprietos a Pedro. «En el de arriba», Anás y Caifás procesan a Jesús. Si Pedro es uno de sus discípulos, Jesús es un maestro y tiene una doctrina de la que debe dar cuentas; si Jesús admi- te que tiene discípulos y una doctrina propia, el que le sigue es discípulo suyo: bastaba con que uno de los dos respondiera de manera exhaustiva a las preguntas para que el otro quedara directamente implicado. 

Jesús apela en su respuesta al testimonio de los que le han oído, porque en 8,13 los fariseos ya le habían ob- jetado: «Estás dando testimonio de ti mismo; por tanto, tu testimonio carece de valor», y sabía que ellos juzgaban según la carne (8,14). Además, Juan introduce una nota que es una alusión explícita al fragmento de la Pasión: «Jesús dijo esto cuando estaba enseñando en el templo, en el lugar donde se encuentran las arcas de las ofrendas. Sin embargo, nadie se atrevió a detenerlo, porque aún no ha- bía llegado su hora» (8,20). En consecuencia, el capítulo 8 puede ser una clave de lectura para el capítulo 18, y, en efecto, en él encontramos la respuesta a las pregun- tas que aquí se repiten de manera implícita: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces reconoce- réis que yo soy. Yo no hago nada por mi propia cuenta; solamente enseño lo que aprendí del Padre» (8,28). Al triple «yo soy» del fragmento inmediatamente anterior (vv. 5.6.8) hace eco la triple negación de Pedro: «No lo soy» (vv. 17,25.26). En la triple negación de Pedro se cumple, en realidad, el designio del Padre (16,32), que ya había predicho Jesús a su discípulo más ardiente, precisamente durante la cena, en el contexto en que anuncia el canto del gallo (13,36-38). 

MEDITATIO 

¿Forma parte de la intención del evangelista Juan que este fragmento situado al comienzo de la Pasión re- cuerde así de cerca la escena del epílogo glorioso de to- dos estos acontecimientos? Pedro y Juan corren juntos a la tumba; uno entra y el otro se queda en la puerta, pero entra despues, y «vio y crey6», alli donde Pedro sOlo habia visto (Jn 20,1ss). Pedro es el mas entusiasta, el mas apasionado, el mas humano de los discipulos de Jesus. Si Juan es eel discipulo al que Jesas tanto queria», como 61 mismo atestigua varias veces en su evangelio (Jn 13,23; 19,26; 20,2; 21,7.20), Pedro es, a buen seguro -lo atestigua el propio Juan-, el discipulo que mas ama- ba a Jesus (Jn 21,1ss). Y Jesus, que lo sabe, pone a su discipulo en condiciones de tomar conciencia de ello, mas alla de todas sus debilidades. Pedro no traiciona a su maestro; en efecto, en 13,21 Jesus predice que «uno de vosotros» -solo uno!- le traicionard; Pedro, en cam- bio -tal vez para beneficio nuestro-, experimenta su de- bilidad constitucional, la distancia que media entre su apasionado amor por el Maestro y su real capacidad para seguirle. 

Tambien nosotros vivimos esta tension entre el ya y el todavia no, inquietud de un amor que quisiera ser capaz de comprometerse por Cristo hasta la entrega de la pro- pia vida (cf. Jn 13,37) y que, sin embargo, experimenta retrasos y cansancios, miedo y timidez. Pedro, con su vida, esta delante de nosotros como un espejo, signo de esperanza en su capacidad de dejarse implicar por la mi- rada de amor de aquel que siempre perdona (cf. Lc 22,61 y Jn 1,42), y con su fuerza para empezar a correr de nuevo tras el maestro, que interiormente le llama a 61 (Jn 20,1ss); con la obediencia sencilla y confiada que le caracterizo desde el primer instante, que le permitiO ca- minar sobre las aguas (Mt 14,28ss) y echar la red obede- ciendo a la Palabra de Jesus (Lc 5,1ss; Jn 21,6ss), que le hace estar atento al suspiro del Espiritu y le hace decir las palabras del Padre (Mt 16,15-19). Pedro, en la vispera del drama de la PasiOn, es como cada uno de nosotros frente a las pruebas de la vida: llamadas progresivas (ivo- cacion!) a un seguimiento cada vez mas radical, enamo- 

rado y generoso, de aquel que se revela como el unico Se- nor. Un titubeo que puede ser Unicamente ocasion para un conocimiento mas profundo de si mismo y de una mayor confianza en el… Porque la fe y la fortaleza que brota de ella son antes que nada don del Espiritu. 

ORATIO 

Senor, confirma en ml aquel don inefable del Espiri- tu que infundiste en mi alma el dia del bautismo y re- novaste con la confirmacion; vivifica en la comunion de tu cuerpo y de tu sangre la fuerza viva del amor que por la fe vive en mi corazon; concedeme un espiritu ardien- te y animoso, que no tema sus propias debilidades e in- congruencias, que no se vuelva prisionero de los senti- mientos de culpa que paralizan la esperanza; haz que, como Pedro, Tomas y Pablo, fortalecido con tu perdon, tenga yo siempre la fuerza de empezar de nuevo, de ele- var la mirada a ti, que no cesas de mirarme fijamente con amor. Haz que sepa escuchar la palabra tranquili- 

zadora de tu corazon que me confirme como discipulo tuyo: eTe basta ml gracia». 

CONTEMPLATIO 

«Simon, hijo de Juan, eme amas mcis que estos?». Ob- serva que Jesus interroga a Pedro no una sola vez, sino una segunda y una tercera, y la tercera vez oye final- mente que es amado por Pedro. A la triple negacion contrapone una triple declaracion de amor, a fin de que la lengua no quede mas esclava del terrior que del amor. Recordad que son tres las partes del cuerpo de las cua- les procede la muerte o la vida: el corazon, la lengua y la mano. Del corazon viene el consentimiento al bien o al mal; de la lengua, el paso sucesivo a la palabra; de la mano, la ejecución de la obra. Si con estas tres partes hemos negado al Señor, puesto que los contrarios se cu- ran con los contrarios, con las mismas partes confesemos al Señor. 

Niega con el corazón el que no cree o el que consien- te el pecado mortal. De modo semejante, niega a Cristo con la lengua el que destruye la verdad con la mentira o calumnia y denigra al prójimo. Igualmente, reniega con la mano el que realiza obras perversas. 

Que los que de este modo niegan a Cristo tres veces en las tinieblas de los pecados, al canto del gallo, es de- cir, a la predicación de la Palabra de Dios, se arrepien- tan, para ser después capaces, a la luz de la penitencia, junto con el bienaventurado Pedro, de declarar por tres veces: « ¡ A m o , amo, amo!». Amo con el corazón por me- dio de la fe y de la devoción; amo con la lengua por medio de la profesión de la verdad y de la edificación del prójimo; amo con la mano por medio de la pureza de las obras (Antonio de Padua, 1Sermoni, Padua 1995, 

1212, passim [edición española: Sermones dominicales y festivos, Editorial Espigas y Azucenas, Murcia 1996]). 

ACTIO 

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: 

«¿No eres tú uno de los discípulos de ese hombre?» 

(Jn 18,17). 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL 

Divisé, apoyado contra un muro, replegado sobre sí mismo, a un hombre que tenía la cabeza escondida entre los brazos. A primera vista, creí que se trataba de un borracho dormido. Pero por el estremecimiento convulso de sus hombros, comprendí que 

estaba llorando… Me incliné hacia él y le puse mi mano en el hombro, llamándole por su nombre: «¡Pedro!». No sé por qué me dirigí a él con el nombre que le había dado el Maestro. 

El hombre se volvió con un estremecimiento: «¡Ah! ¿Eres tú, Rabí?». Su rostro estaba bañado de lágrimas. «¡No me llames así! No soy digno de este nombre. No soy piedra, soy tierra, ce- niza, polvo del camino. ¿Sabes lo que he hecho?», preguntó entre sollozos mientras aferraba un borde de mi simlah, como para retenerme por miedo a que me fuera de allí dejando de escucharle. «¡Yo… yo le he negado! He dicho .que no le cono- cía…, que no sabía quién era…, que nunca le había visto». 

«¿Dónde ha pasado todo eso?», le pregunté. «En la corte del sumo sacerdote», dijo entre gemidos. Me acordé entonces de la gigantesca figura que había chocado conmigo al huir del pala- cio de Caifás. Me sorprendí de que se hubiera atrevido a acer- carse precisamente a ese lugar, e intenté consolarle. «No llores», le dije, cogiéndole más fuerte el brazo. «Son cosas que pasan… El hombre es…». Pero ninguna palabra podía consolarle. Prosi- guió entre lágrimas, balbuciendo y golpeándose el pecho con el puño: «¡Le he traicionado! ¡Le he negado!… A él, que tanto amaba a todos. Yo también creía amarle… ¡Estaba tan seguro de mí! Incluso me indigné con Judas, que le había entregado al… Ahora soy peor, soy mucho peor que él». 

Pobre Simón. Le ha negado, pero no duda. Es verdad, pen- saba yo: Jesús amaba mucho a todos. Aunque tuviera que so- portar por una sola persona, incluso si fuera sólo por mí, todo lo que está sufriendo ahora, lo haría sin pensarlo dos veces. Si- món siente esto, aunque no llega a comprenderlo. ¿Y yo? Yo no le he negado, pero tal vez sea porque no me han hecho ningu- na de las preguntas que le han hecho a Simón. El destino, o sólo la casualidad ha dispuesto que yo no fuera sometido a severas amenazas. Tal vez seré expulsado del sanedrín o del gran con- sejo, y éste será el único procedimiento que podrán emprender contra mí. Tal vez por eso no he negado yo al Maestro, pero yo dudo de él. Simón le ha negado, es cierto, pero cree en él (J. 

Dobraczynsky, Lettere di Nicodemo. La vita di Gesú, Brescia 1994, pp. 310ss) [edición española: Cartas de Nicodemo, Edi- torial Herder, Barcelona 1993]). 

3. Jesus y Pilato (Jn 18,28-40) 

LECTIO 

Con la precisión de un cronista, la fuerza expresiva de un testigo y la profundidad de un teólogo narrador que cuenta la Pasión de Jesús a fin de celebrarla en la comunidad, recordando cada detalle de lo que sucedió en Jerusalén, Juan narra la escena del encuentro de Je- sús con Pilato, con una introducción y una conclusión. Todo ello con la lógica de tres confrontaciones progre- sivas que llevan a Jesús hacia la Pasión y la crucifixión. Jesús está presente en las tres confrontaciones y consti- tuye también el punto de referencia. Ahora bien, es es- pecialmente en el encuentro de Jesús con Pilato donde revela toda su grandeza. 

La primera confrontación, paso del juicio religioso al civil, tiene lugar en el camino desde la casa de Caifás al pretorio, donde habitaba el gobernador Pilato. En las palabras de Juan se nota la inconsistencia de las acusa- ciones y la voluntad de condena por parte de las autori- dades religiosas. Se vislumbra cierta hipocresía que se desarrolla entre la voluntad decidida de condenar a muerte a Jesús, cargando la responsabilidad última al Imperio, y la búsqueda de la pureza legal a fin de poder comer la Pascua esa misma noche. La indicación cronológica es precisa: es la mañana del día en la que el pueblo debía celebrar la Pascua. Juan lo recuerda en otras ocasiones (cf. 19,14.31). La muerte de Cristo, como cordero pascual, coincide con la celebración de la Pascuadelpuebloelegido.LasacusacionescontraJesús se suponen, pero no se indican con claridad. La pre- gunta de Pilato encuentra sólo una respuesta evasiva. Y la respuesta a la réplica de Pilato, que quiere quedarse al margen de esta lid de difícil resolución, está orien- 

tada, evidentemente, hacia una condena máxima: «A 

nosotros no nos está permitido condenar a muerte a nadie». 

Como aparece a lo largo del evangelio de Juan, el desti- no de Jesús es la muerte; la voluntad de sus perseguido- res es quitarle de en medio cueste lo que cueste, aunque siempre con la excusa de la legalidad. 

La confrontación central, cara a cara, entre el repre- sentante del Imperio y el consagrado del Señor, más allá de la dramaticidad de las palabras y de los gestos, de los silencios y de las miradas, se convierte en una página de revelación. Jesús revela, precisamente en este momen- to, y no lo había hecho nunca en ninguna otra circuns- tancia en el evangelio de Juan, que él es rey. Jesús lo hace con solemnidad, sin subterfugios, con riqueza de detalles, remitiendo a otro Reino. Ahora bien, su reale- 

za está ligada, según el más puro lenguaje joáneo, al tes- timonio de la verdad, a la afirmación de su origen divi- no. Para esto ha venido al mundo y para eso ha nacido. Y con la realeza de escuchar su palabra de verdad se relaciona el ser discípulos y siervos de este Reino. El desconcierto de Pilato tiene que ver mas bien con la pre- gunta de un cinico que con la busqueda de un filosofo: Yqui es la verdad?». Jesus no responde. El mismo es 

la respuesta: el es la verdad. 

La tercera confrontacion, casi desesperada, en busca de un compromiso, tiene lugar entre Pilato y, como pa- rece deducirse del texto de Juan, los que han llevado a Jesds ante el, y no la muchedumbre, como aparece en los otros evangelistas. Su evidente voluntad de liberar a Jesds choca con una decision precisa y con una decision ahora convicta: debe morir cueste lo que cueste. No hay cambio, no hay ninguna oportunidad de liberar a Jesds. 

Se prefiere el bandido al rey. Pilato intentard jugar to- da-via una Ultima carta. Pero en esta Pasion gloriosa contada por Juan, Jesus conserva la majestad de un rey, la fuerza de la verdad que es el mismo. Y ante el se hun- den las mentiras del mundo. 

MEDITATIO 

La Pasion de Jesus segan Juan tiene la fascinacion del paso glorioso de Jesus, a traves del dolor, de este mundo al Padre. Lo habia anunciado el discipulo ama- do al comienzo del libro de la gloria que abre los relatos de la Ultima cena y de la Pasion (Jn 13,1-4). Estas pala- bras iniciales son como el protocolo interpretativo de toda la Pasion, la cave de comprension de todo lo que sucede. Se trata del paso de este mundo al Padre, y todo tiene la fascinacion de una secreta atraccion que ejerce en Jesus la obediencia al Padre, el retorno a su seno. Es una aventura en la que se consuma el amor de Jesus a los suyos hasta el extremo. Y se trata aim de la nitida conciencia de vivirlo todo con una extrema libertad. 

Sabe que el Padre ha dejado todo en sus manos, que de el venia y a el regresaba. El paso, el amor extremo, la 1ibertad suprema, nos permiten escrutar la actitud sere- na de Cristo, que no es de impasibilidad, mientras que todos se agitan a su alrededor por su causa y se descu- bren los secretos de sus corazones. 

A partir de la narraciOn joanea se hace evidente, en esta agitacion de los corazones, que estan claras las in- tenciones de los que pretenden trasladar el proceso reli- gioso a una responsabilidad civil, la de la autoridad de Roma, con tal de conseguir el objetivo de condenar a Je- sus a muerte. En la desnuda lectura del texto se descubre que al principio no lanzaron contra Jesus ninguna acu- sacion, aunque manifiestan ahora su intenciOn de verle condenado a muerte. La serenidad de Jesus desconcier- ta, y Juan seiiala: oAsi se cumplio la palabra de Jesus, que habia anunciado de que forma iba a morir» (Jn 18,32). Todo el evangelio de Juan esta invadido por este destino y por este contraste entre Jesus y sus enemigos, con pun- ta s de polemicas, acusaciones y calumnias, lanzamiento de piedras y amenazas de deshacerse de el. El Hijo ama- disimo lo vive todo con libertad y dirigido al Padre. Aho- ra nos encontramos en el final. El designio malvado esta a punto de cumplirse, pero quieren que sea Pilato quien cargue con todas las responsabilidades. 

El gobernador romano que interviene en la escena, y cuyo recuerdo -vaya usted a saber por que- ha quedado para siempre en los labios de los fieles que recitan la profesion de fe, como apunte historico de la verdad de la Pasion de Jesds («padecio bajo el poder de Poncio Pilato»), en su condicion de ‘person* oficial, parece, con todo, mas honesto que los hombres religiosos de Israel. No es en el fondo un pagano que tiene un cora- zon recto, como el centurion, ni llega a la profesion de fe, pero, de todos modos, es alguien que se ha dejado medir por Jesus, por sus palabras, por el dialogo clari- ficador con el. No merece enseguida un reproche un hombre que intenta comprender algo en una cuestion enredada como la que tiene delante. Se muestra hones- to cuando no se fia de las acusaciones y quiere oir al acusado. No la emprende con Jesús cuando éste confie- sa su calidad real, ni siente amenazado el Imperio por aquel hombre. Manifiesta su curiosidad, tal vez entre la búsqueda de la verdad y el agnosticismo pagano, cuan- do pregunta por la verdad: «¿ Y qué es la verdad?». Y no duda la primera vez en manifestar su veredicto absolu- torio: «Yo no encuentro delito alguno en este hombre». En un primer momento, se siente interpelado ante Cris- to, aunque después vacila y cede. ¿Y nosotros? ¿cómo nos habríamos comportado ante Jesús? 

ORATIO 

Meditando tu Pasión gloriosa, recorremos contigo el camino pascual que va del cenáculo a la cruz y más allá de ella. Te admiramos en la serenidad plena de con- ciencia y amor con la que vas pasando de mano en mano, de tribunal en tribunal, de acusación en acusa- ción, de condena en condena, y te acercas cada vez más a la orilla de tu vivir y de tu morir para encontrarte de nuevo con toda tu existencia junto al Padre. Te revelaste y definiste como rey, y como rey te adoramos. Sabemos que tu Reino no es como los de este mundo y aceptamos la debilidad de tu reinar desde el leño de la cruz por amor. No impones por la violencia tu Reino, sino que lo ofreces, lo propones, para que, con nuestra libertad, también nosotros seamos Reino de verdad y de gracia, de justicia y de paz. 

Respondiste a Pilato, que deseaba saber qué era la verdad, con tu silencio, y, con todo tu ser ante el Padre y ante nosotros, te revelaste como la plenitud de la ver- dad y de la vida. Prefirieron a un bandido antes que a ti. Y no ha sido ésta la última vez, pues con gran frecuen- cia muchos hombres y mujeres prefieren otras opciones y te dejan de lado en su vida. Concédenos algo de la ho- nestidad de Pilato, aunque sólo sea el deseo de saber qué es la verdad. Tal vez descubramos al final, en la paradoja de tu Pasión, que tú, que revelas el hombre al hombre, eres la verdad. 

CONTEMPLATIO 

Considero, pues, auspiciable decir aquí algo de los sufrimientos que por mí sufriste, oh Dios de todos. Te pusiste de pie en el tribunal de la criatura, en una natu- raleza que era la mía. No hablaste, tú que das la pala- bra. No levantaste la voz, tú que creaste la lengua. No gritaste, tú que agitas la tierra. No rugiste, tú que eres la trompa que resuena majestuosamente en los oídos de todos. No los censuraste, a pesar de tus beneficios, ni les cerraste la boca, a pesar de su maldad. No abandonaste 

a la confusión a quien te abandonaba a los tormentos de la muerte. No opusiste resistencia cuando te ataban, ni te indignaste cuando te abofeteaban, ni los injuriaste cuando te cubrían de salivazos, ni te estremeciste cuan- do te daban puñetazos. Cuando te hacían burlas, no te enojaste. Y cuando te escarnecían, no alteraste tu rostro. 

Le despojaron de la túnica que le cubría como si fue- ra impotente y le revistieron de nuevo como un deteni- do incapaz de huir… Con la flagelación le propinaron la última ignominia. Lo entregaron a la plebe abyecta. Doblaron ante él la rodilla para insultarle y le pusieron en la cabeza una corona de desprecio (Gregorio de Na- rek, «Liber orationum», en I Padri vivi. Commenti pa- tristici al vangelo domenicale, Roma 1980, pp. 75ss). 

ACTIO 

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Y qué es la verdad?» (Jn 18,38). 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La personalidad de Pilato, ante el cual fue conducido Jestis y quien decidio de manera soberana sobre su muerte, ha sido analizada por los historiadores modernos con resultados discor- dantes. Para muchos, por lo demas, la polemica es ya connatu- ral en algunos juicios perentorios. En efecto, hay quien conside- ra a Pilato como un hombre violento, dotado de una ferocidad que empuja hasta la crueldad: asi lo presentan Flavio Josef°, Filon e incluso el evangelista Lucas (13,1). Otros, basandose sobre todo en la narracion evangelica del proceso de Jess, lo pintan como un hombre vacilante y Ileno de escrUpulos, cuyos sentimientos de justicia y de rectitud habrian cedido finalmente a la presion de las autoridades y de la plebe judia. Como puede verse, esta Ultima opinion tiende a oponer al obuenD procurador romano contra los ornalos>> judios, que, en definitiva, serian los unicos responsables de la muerte de Cristo. Como ocurre con frecuencia en este tipo de controversias, la verdad se sitUa, segu- ramente, entre los dos puntos de vista extremos: este Gauleiter (gobernador de provincia en la Alemania de Hitler), que debe garantizar el orden en una provincia ocupada, probablemente no sea tan malo, para su tiempo, como lo describen los histo- riadores judios y el evangelista Lucas, pero tampoco debio de ser tan escrupuloso como dejan suponer las descripciones de los acontecimientos judiciales referidos por los cuatro evangelistas. En su compleja personalidad se asocian rasgos de caracter di- ferente, Si no contradictorios. Pilato es, en efecto, brutal, a veces feroz, pero tambien astuto y con frecuencia calculador; se mues- tra atento para no lesionar los principios romanos de la equidad 

y la justicia, pero todavia se muestra m6s atento para no perju- dicar a su propia carrera. Este tipo humano era frecuente entre los gobernadores de provincias romanas, y tampoco es raro en- contrarlo en otros tiempos y en otros lugares. 

JesUs fue conducido ante Pilaf° o, como precisan los textos evangelicos, fue (centregado),. A este respecto surge un peque- no problema a partir de dos frases breves del evangelio de Juan. aPor que Pilaf° , cuando le presentan a Jesus completamente ata- do, sin mediar un solo comentario, ni un solo gesto, se limita a plantear esta pregunta: a aDe que acusois a este hombre?)›. A la respuesta de los sumos sacerdotes —Si no fuese un criminal, no te lo habriamos entregado>,– replica impasible: aLlevthoslo y juz- gadlo segtin vuestra ler. Dos son las explicaciones que pode- mos encontrar: o Pilato ignora que se ha desarrollado antes un proceso ante el sanedrin, y en este caso no hay ninguna razon para considerar su decision posterior como la confirmacion o la sancion de un proceso cuya existencia ignoraba, o bien —se- gunda hipotesis, adelantada par algunos comentadores— Pilato sabe que el sanedrin ha juzgado antes a JesUs y lo ha conside- rado reo de muerte. Esta al corriente de las sentencias del sane- drin y con esta Erase sarcastica deja entender a sus interlocutores que, a pesar de sus leyes, no pueden Ilegar a ninguna sentencia sin el. Tonto si la replica de Pilato es la prueba de su ignorancia del hecho (primera hipotesis) coma si es la manifestacion de su ironia caustica (segunda hipotesis), se impone una conclusion: Pilato no pretende tener en cuenta el juicio del sanedrin, y su sentencia no puede ser la ratificacion de la del proceso judio (J. lmbert, II process° di Ges0, Brescia 1984, pp. 89-90.126, passim). 

4. Flagelación y condena (Jn 19,1-16) 

LECTIO 

El relato de la PasiOn continua con detalles parti- culares de la cronica y de la teologia joaneas. En un mo- mento en el que, por lo que respecta a Pilato, parece interlocutorio, hasta el punto de casi conceder una tre- gua, y en un momento de cambio de opinion por lo que se refiere a los acusadores de Jesus, se castiga al conde- nado, segun la costumbre romana, con la flagelacion. Pero dejado a merced de los soldados romanos, que tal vez han oido hablar de la vulgar acusacion contra Jesus, el hecho de hacerse llamar rey, y considerandolo casi como un iluso, le hacen blanco de burlas con una au- tentica flagelacion de su persona y de su dignidad: le po- nen la corona de espinas en la cabeza, el manto de pin.- pura sobre los hombres sangrantes, le dirigen el saludo de escarnio: a Salve, rey de los judios!. (v. 3), y le dan tambien bofetadas en el rostro. 

Pilato quiere jugar todavia una Ultima carta. Presen- ta a Jesus ante la muchedumbre con la corona de espi- nas y el manto de pUrpura. Este rey reducido a una po- breza humana inverosimil no puede hacer dafio a nadie, no puede ser considerado en absoluto como rey. Por consiguiente, carece de culpa, no es peligroso, ya ha sido reducido con la fuerza del castigo ejemplar del Im- perio a la medida de un pobre hombre, tal vez un iluso. Se entreve un poco de la justicia romana en el gesto de- sesperado de Pilato, que, con palabras profeticas, se di- rige a Jesus asi: Este es el hombre!. (v. 5). 

El gobernador romano quiere mantenerse tambien alejado de la responsabilidad de una condena a muerte que carece de fundamento en la legislacion romana: .17o no encuentro delito alguno en este hombre. (v. 6). Lo vuel- ve a entregar a los sumos sacerdotes y se unen a ellos los guardias para gritar con fuerza su inevitable condena, pero, seglin su propia ley, porque se ha hecho Hijo de Dios. 

El miedoso Pilato vuelve donde Jesus casi en una busqueda desesperada de la respuesta que pueda libe- rarle aun del peso de la conciencia o que le ayude a li- berar a Jesus. En estos momentos de suspension, pesa- dos como pefiascos, sin via de salida, el argumento definitivo de los judios, que gritan y alternan, en favor de la condena a muerte, o bien una causa religiosa o bien un oportunismo politico, hunde a Pilato. Se trata del argumento que pone en peligro la misma legitimidad de su gobierno, la acusación de traición a la auto- ridad del césar: «Si pones en libertad a este hombre, no eres amigo del césar. Porque cualquiera que tenga la pre- tensión de ser rey es enemigo del césar» (v. 12). 

El gobernador se siente herido en su dignidad y en su responsabilidad; padece el chantaje más inesperado, un chantaje que pone en peligro su oficio e incluso tal vez su propia vida. Asume entonces su función de juez, sen- tándose en la cátedra como en un tribunal civil. Se venga aún a la desesperada con un golpe cortante: «¡He aquí a vuestro rey!» (v. 14), pero recibe como respuesta apremiante el grito: «¡Crucifícalo!» (v. 15). Es la conde- na premeditada y el fin rápido de una presencia que se ha vuelto ahora demasiado embarazosa. 

Los piadosos sumos sacerdotes no tienen vergüenza de plegarse como siervos ante la autoridad odiada y de atribuir ahora, con palabras claras, el título de rey a un hombre, el césar, cuando en realidad el título de rey estaba reservado en las oraciones de la Pascua, que es- taban a punto de celebrar, únicamente al Dios de la creación y de la liberación pascual de la esclavitud de Egipto. 

Prosigue el juego de la ambigüedad, se prolonga la descarga de la responsabilidad. Al final, Pilato, con la colaboración de los soldados romanos, entrega a Jesús a los sumos sacerdotes para que sea crucificado. 

MEDITATIO 

El relato de Juan, que probablemente quiere intro- ducir orden en las precedentes narraciones de los sinóp- ticos, describe con una gran intensidad de detalles la crueldad de la Pasión de Jesús en el pretorio por obra de los soldados romanos. Se enlazan los ritos de sadismo, como la flagelación, con momentos de suprema burla, como la coronación real con una corona de espinas, el ponerle el manto de púrpura, el acto sarcástico del ho- menaje de fidelidad. En la Pasión de Jesús no faltan los dolores físicos, lancinantes, que, desde el cuerpo, hieren el alma y la sensibilidad, pero tampoco faltan los dolores morales, que minan la estabilidad psicológica, como los gestos de desprecio, tanto más bajos cuanto más alto e inocente es el personaje; tan inmensamente sentidos por Jesús, que ha proclamado con tan inmensa man- sedumbre y verdad su calidad de rey como inmensa es la bajeza de los soldados romanos que se burlan de él y le ridiculizan. 

Maltrecho de este modo, Pilato muestra después a Jesús a la muchedumbre. Su figura aparece casi bufo- nesca: es el Jesús arlequín de ciertas pinturas de G. Rouault. El procurador emplea sus palabras, típicas de una fórmula romana que concede poco a la fantasía, pero que están dotadas de una misteriosa rigurosidad y que han quedado en las mentes de todos: «Ecce horno» (¡Éste es el hombre!). No se sabe si Pilato, con este rito de la mostración del reo, quiso enternecer a la muche- dumbre poniendo el acento en su debilidad, su sufri- miento, su extrema fragilidad, o si quiso humillar aún más a Jesús, que se había proclamado rey. 

Las consideraciones sobre esto son dos: ¿esperaba tal vez calmar la furia del pueblo con el espectáculo de un hombre reducido a la nada, con el cuerpo martiri- zado, de la cabeza a los pies, por el sufrimiento físico, pero despreciado también hasta la extrema humilla- ción, siendo que Jesús había aparecido en otros mo- mentos como un taumaturgo omnipotente? ¿Es posi- ble que quisiera demostrar a los judíos que aquel hombre que le había sido presentado como rey de los judíos, como un rebelde peligroso, capaz de derribar el mando del Imperio en Galilea, era solamente un pobre hombre, extenuado, impotente, del que no se podía temer nada? 

Lo que mas sorprende, sea cual fuere la intencion de Pilato, es que nadie se conmovio, excepto los discipulos y discipulas desconocidos que habia entre la gente, y que prevalecio una vez mas por delante de la extrema fragilidad del omnipotente, por delante de la manse- dumbre y humildad del soberano, la terrible logica de querer aplastarlo y llevarlo a la muerte, con el rechazo de su realeza y con el deseo de verle muerto en el pati- bulo de la cruz. Y acuden a la mente las palabras de amor, y no de odio, que el antiguo himno latino de la fiesta de Cristo Rey dirigia al Senor como tributo de amor en esta estrofa: «Scelesta turba clamitat… La per- versa turba clama en alta voz. No queremos que Cristo reine sobre nosotros, pero te aclamamos para procla- marte rey universal de todos». Es Jesus verdaderamente el rey de tu vida? 

ORATIO 

i Oh Cristo! Tü nos dijiste un « Quien de entre vo- sotros me convencera de pecado?.. Ese es tu crimen. Es- tabas sin pecado entre hombres sin inocencia. Era nece- sario que murieras y ellos te condenaron. Y nosotros estabamos presentes. Porque en ese momento toda la his- toria del mundo se desarrollo en tomo a ti como el man- to de color sangre con el que los ejecutores te revistieron. 

;Oh Cristo! Hijo del hombre condenado por el hom- bre, esta came que tomaste por nosotros, este cuerpo que nosotros te habiamos dado, no estamos dispuestos a recogerlo jirOn a jir6n, bajo el mordisco de latigos y de espinas. 

Oh Cristo! En este camino de tu agonia, somos nosotros en realidad quienes necesitamos tu piedad. Quien cancelard la vergiienza que sentimos ante tu suplicio? Te lo suplicamos: «iPerdona! iMemoria eterna, olvida!» (A. Frossard, Via crucis al Colosseo, Ciudad del 

Vaticano 1986). 

CONTEMPLATIO 

«Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron». Es el mundo entero -la humanidad compuesta de judios, cristianos y paganos- el que condena ahora a su creador y redentor. La condena salio de la pequeiia muchedum- bre de los que habian seguido a Jesus. De Judas, al que este Mesias no le parecia bastante eficaz en el piano his- torico y que por eso lo vendio a los judios, quienes as- piraban a un poder y a una liberacion politica. Pedro lo neg6. Los otros discipulos escaparon. 

Esta es la imagen, sin truco, de la Iglesia naciente a la hora de la verdad. Pero tampoco los judios recono- cieron en Jesus el ideal del mesias politico que se ha- Wan fabricado, muy alejado de la fe de Abrahan. Y se desenmascaran por si mismos cuando dicen a Pilato: «Nuestro anico rey es el cesar». Pilato, el pagano, inten- ta liberar a Jesus, pero no lo consigue y cede por amor a la paz en Jerusalen. iY nadie quiere ser culpable! Judas devuelve el dinero. Los judios y en en Jesils a un blasfemo que es condenado con razon. Pilato se lava las manos. Todos son culpables, pero nadie quiere serlo. Nin- guno de los pecadores ha reconocido a Dios tal como El es verdaderamente. «Dios ha permitido que todos seamos rebeldes para tener misericordia de todos» (Rom 11,32), cristianos, judios y paganos. 

Setior, Dios nuestro, condenado por todos noso- tros, ten piedad de nosotros. Pero el hecho de que car- gues sobre ti nuestro rechazo, en tu superior libertad, es ya expresion de tu misericordia (H. U. von Balthasar, Via crucis al Colosseo, Ciudad del Vaticano 1988). 

ACTIO 

Ora con santa Teresa de Jesús: 

«Juntos andemos, Señor. Por donde fuereis, tengo de ir. Por donde pasareis, tengo de pasar» (Teresa de Jesús, Camino de perfección, 26,6). 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL 

Así describe la escena un novelista, Luigi Santucci, en su li- bro Volete andarvene anche voi?: «Animo, Jesús, el plan de Pi- lato es genial. Los golpes que te caen encima son terribles, pero te salvarán la vida. Los jirones de carne que quedan pe- gados al látigo te transformarán en un monstruo tan lastimoso que tu Pasión se acabará con esta granizada de golpes. Pila- to tiene razón: a los treinta años, un hombre se cura de eso en unas cuantas semanas. Estás en el horno más rojo del dolor; ahora ya no caen los golpes sobre ti, sino sobre tu segundo cuerpo ‘desollado; sobre los desgarros y nervios color carmesí, donde el más leve toque produciría espasmo, allí mismo cae el cuero de los látigos; tú callas, pero, si pudieras gritar, tu grito nos rompería los tímpanos. Pero nosotros confiamos en Pilato, y también en los hombres, en su piedad e incluso en su re- pugnancia». 

Jesús recibe en la flagelación, por así decirlo, antes incluso que los plomos sobre los hombros, el peso aplastante del leño que lleva el nombre de cruz, el sacramento del sufrimiento hu- mano. Es decir, sobre todo, el peso del sufrimiento infligido por la ferocidad del hombre a su propio hermano. Estamos pensan- do, naturalmente, en la violencia, en la tortura, en los campos de exterminio, en el rehén sometido a todo tipo de sevicias y humillaciones, en nuestras aceras ensangrentadas con excesiva frecuencia. He aquí el cuerpo que lleva sobre sí el dolor cruel, absurdo, de todos los hombres que son víctimas de la falta de humanidad de sus propios semejantes. He aquí el cuerpo sím- bolo de todos los cuerpos martirizados, deformados, masacra- dos, profanados por el odio, por la maldad, por la venganza. 

He aquí el cuerpo que se convierte en el continente desmesura- 

do del dolor «fabricado» por el hombre. 

Todo el episodio narrado por los evangelistas sería una di- versión de los soldados romanos, que de este modo matan el aburrimiento durante el largo parlamento del procurador con las autoridades y las muchedumbres judías. Jesús fue despojado de su ropa, le echaron encima una desgarrada capa militar de co- lor púrpura, le pusieron en la cabeza una corona trenzada de espinas (en Palestina hay espinas de más de un dedo de largas). A continuación, organizan una parodia de los honores reales, una especie de ceremonia irrisoria de la aclamación -Ave, 

Caesar imperatoN y de la consagración del rey. Todo ello acom- pañado de salivazos y golpes en la cabeza con una caña (que, probablemente, el condenado había rechazado como cetro”), y entremezclado por genuflexiones burlescas. Jesús no reacciona. No hace nada: deja que le hagan todo lo que quieren. Se con- vierte en una especie de juguete en manos ‘de los hombres. San Atanasio capta el significado del episodio con este texto estu- pendo: «Le condenan a muerte como hombre y, ahora que está a punto de morir, le adoran como Dios. Le reducen a menos que nada y después le proclaman rey. Le arrancan del dorso sus ropas de pobre, para imponerle la púrpura. Ignoran quién es aquel al que cubren de insultos y de ultrajes, pero, a pesar de ello, le llaman profeta. Y mientras se burlan de él, mientras le golpean, le conceden el trofeo de vencedor: la clámide de púrpu- ra, la corona trenzada de espinas, el cetro de caña. Es verdad que hacían todo esto por burla; sin embargo, sin que ellos lo supieran, y a su pesar, no hacía más que tomar para sí lo que se le debía (A. Pronzato, «Flagellazione e coronazione di spine», en A A . W . , La passione di Gesú. Trasmissioni della radio vatica- na, Roma 1986, pp. 123ss, passim). 

5. La crucifixion (Jn 19,17-27) 

LECTIO 

Entre las muchas teorías que tratan de interpretar el relato de la Pasión según Juan, nos complace escoger en esta ocasión la del relato litúrgico, es decir, la de la na- rración de la Pasión gloriosa del Señor como una espe- cie de celebración narrativa del recuerdo de la Pasión de Jesús a la luz de la victoria de su Pascua. Todo está im- pregnado de un sabor, no de dolor, sino de gloria, y todo tiene a la vez el sentido histórico y simbólico del testigo y del teólogo, del que narra y del que contempla, más allá de lo que acaece, el significado más profundo, es- condido. En esta lectura aparece la narración de la cru- cifixión de Jesús sin rigideces hermenéuticas, como la gran liturgia del Calvario. Los momentos, los gestos, las palabras, tienen la solemnidad de una liturgia pascual definitiva, especialmente si la colocamos, como Juan pretende hacerlo, en el día mismo de la Parasceve, la preparación para el gran día de la Pascua, que aquel ario caía en sábado -un gran sábado aquella vez- y ha- bía sido anticipada en el templo con el sacrificio de los corderos y en las casas con la celebración pascual. Nada se quita a la historicidad garantizada por el testigo, aun- que es preciso considerar los acontecimientos con los ojos iluminados por la Pascua y la profundidad contemplativa del testigo del Verbo. 

Jesús se encamina hacia el Gólgota llevando la cruz y le crucifican entre dos ladrones. La inscripción que Pi- lato hizo poner sobre la cruz en las tres lenguas más usadas en aquel momento tal vez traiciona en Juan la presentación de la cruz como un trono real, en el que Jesús es rey. Los cristianos de los primeros siglos no du- daron en añadir al texto de David sobre la realeza del Mesías, y sin avergonzarse, la alusión a la cruz: Regna- vit a ligno Deus -Dios reinó desde la cruz-. Es el trono real de una liturgia real y mesiánica. Los soldados se re- parten la ropa, pero no desgarran la túnica, tejida toda de una pieza, de arriba abajo. Es la vestidura del rey o, por referencia al templo, la vestidura del Cristo sacerdo- te, desde la perspectiva joánea de los versículos siguien- tes y de su primera carta, en los que Jesús ofrece y se ofrece como sacrificio de expiación. 

En este contexto, Juan, que se autopresenta como testigo de cuanto sucede, describe la presencia de María y de las mujeres, la mirada de Jesús a su madre y al dis- cípulo, las palabras que dirige a la una y al otro. Pala- bras misteriosas, como misteriosa es la presencia de María a los pies de la cruz, atestiguada exclusiva y con- cretamente, llamándola por su nombre, por parte del discípulo amado. Liturgia del testamento y de la entre- ga. Por una parte, la comunión con el Crucificado de un pequeño grupo constituido por la madre, el discípulo amado y las otras mujeres fieles. Presencia de fidelidad, de participación, presencia eclesial con mil significados simbólicos: el nuevo Adán, la nueva Eva, la madre de los hijos dispersos, la Iglesia de los comienzos…, con todo el dinamismo de los versículos que siguen. Es no- table el paso lingüístico de los nombres de María como en una metamorfosis: «su madre, la madre, dijo a la ma- dre, mujer.. tu madre…». Un verdadero paso que confie- re a María una maternidad nueva: la madre de Jesús se convierte en la madre universal, en la mujer, en la ma- dre del discípulo. Esta transformación se realiza a tra- vés de unas palabras constitutivas que realizan lo que dicen, como las palabras de la cena en las que Cristo se entrega a sí mismo en la eucaristía del pan y del vino. 

Paso de la maternidad peculiar de Maria a la materni- dad universal de la nueva Eva, la mujer, a la de madre del discipulo y de los discipulos… Don y acogida, pues- to que Juan recibe y acoge -y en el lo hace la comuni- dad eclesial- a la madre de Jesus como madre propia, en la familia de los discipulos. Maria es acogida en las cosas propias del discipulo, como el tesoro mas rico y mas hermoso. Es el testamento de Jesus, que entrega a los discipulos en el discipulo a su propia madre. 

MEDITATIO 

Esta sublime liturgia del Calvario, que la Iglesia pro- clama con amor cada aiio en el viernes de la Pasion del Seiior, es la hora de Jesus. Todo converge hacia este lu- gar y hacia este momento. Un momento que permane- cera de manera perenne en la historia y en la eternidad. Porque el Jesds que permanece vivo en la historia es el Crucificado del Calvario. Y el Jesus de la eternidad es el Crucificado-Resucitado. En torno a este acontecimien- to, a la seriedad de la redencion por medio de la sangre y del amor hasta la muerte, hasta la consumacion, pa- rece que los hombres de alrededor se dedican Unica- mente a jugar. Esta el juego polemic° entre Pilato y los judios sobre el titulo de la cruz, que, en realidad, por la precision del romano era como la sintesis del motivo de la condena, aunque al mismo tiempo podia ser una venganza suprema del procurador, obligado al final a ceder al griterio de la muchedumbre. Pero esta tambien el juego humano de la verdad y la universalidad de este Jesils el Nazareno, nombre y procedencia, rey de los ju- dios, verdadero titulo mesianico, aunque rechazado. Los soldados que se reparten la ropa del Senor realizan un juego trivial; son pocos los vestidos que le quedan y ha- cen con ellos cuatro partes. Cuatro, dice Juan, tan atento a los numeros y a su simbolismo. Y la timica, Unica, se sortea, pero no se divide ni se desgarra. Un misterio escondido tambien. Pero se cumplen las Escrituras. 

Sin embargo, frente a los soldados y a los enemigos, a la muchedumbre furiosa y tal vez aterrorizada, se en- cuentra, llena de amor y de fidelidad, la familia de Je- sus. Se nombra a cuatro mujeres. Pero estan tambien los discipulos. Juan y, a cierta distancia, Jose de Arima- tea. La pequeria familia natural de Jesus, su madre, y el pequeiio grupo de los discipulos con el discipulo. Con- mueve su fidelidad, su decision de estar alli para acorn- panar hasta el final al hijo amado y al maestro amado. Serail ellos, sobre todo la madre y el discipulo del amor, los destinatarios de un Ultimo mensaje; mas aim, de una definitiva entrega eclesial, de un Ultimo testamento, porque es preciso seguir hasta el fondo los gestos y las palabras de esta liturgia solemne del sacrificio del cor- dero para captar hasta la muerte, y mas alla de ella, el significado de esta ofrenda sacrificial de expiaciOn y de amor supremo. 

Es preciso tener los ojos del clarividente Juan y el corazon de la amantisima madre del Crucificado para permanecer a los pies de la cruz, donde se ocultan los secretos mas intimos de Dios, que amo tanto al mundo que le dio a su Hijo. Este, elevado ahora entre el cielo y la tierra, atrae a todos y todo a si y se dispone a efundir su Espiritu, hacia el Padre, como acto de supremo abandono, y sobre la tierra, para fecundar la nueva creacion de la Iglesia, presente en Maria y en Juan. 

ORATIO 

Jesus, que desde la cruz diriges la mirada a tu madre y al discipulo, concedenos, en medio de los sufrimien- tos, la audacia y la alegria de acogerte y de seguirte con un abandono confiado. 

Cristo, fuente de la vida, de toda gracia y de toda be- lleza, concédenos contemplar tu rostro sonriente, rostro de quien salva al mundo y lo conduce hacia el Padre. 

Señor, suba a ti nuestra alabanza, guiada por la Igle- sia y por tu madre; concédenos vislumbrar en la locura de la cruz, la promesa de nuestra resurrección. 

A ti, Jesús, cuyo rostro resplandece en la hora de las tinieblas, como el rostro del Maestro, del Amigo, del Hijo, nuestro amor y nuestro reconocimiento, con el Pa- dre y el Espíritu Santo en el tiempo que huye y en la eternidad estable. 

CONTEMPLATIO 

Jesús es el verdadero cordero pascual, en virtud del cual el ángel exterminador, al golpear a los egipcios, pasó de largo por las casas de los judíos. El mismo Se- ñor hizo comprender esto a sus apóstoles cuando con- sumió con ellos por última vez el cordero pascual y se entregó a ellos como alimento. ¿Por qué escogió como símbolo precisamente el cordero? ¿Por qué se hizo ver aún bajo esta figura, en el trono eterno de la gloria? Por- que era inocente como un cordero -y como un cordero, humilde- y porque como un cordero había venido a ha- cerse llevar al matadero (cf. Is 53,7). 

Juan también había contemplado esto cuando el Se- ñor, en el huerto de los Olivos, se dejó atar y, en el Gól- gota, clavar en la cruz. Allí, en el Gólgota, se realizaba el verdadero sacrificio de reconciliación, tras el cual los sacrificios antiguos perdieron su eficacia y pronto, tras las destrucción del templo, cesaron por completo. De este modo, cesó también el sacerdocio antiguo. 

Juan había sido testigo ocular; por eso, contemplar al Cordero no era para él algo extraño. Y por la fe y el tes- timonio prestado al Cordero pudo contemplar también a su esposa. La virgen esposa se convertirá en la madre de todos los redimidos; como la célula germinal de la que nacen siempre nuevas células, construirá la vivien- te ciudad de Dios. Este misterio escondido fue revelado a Juan mientras estaba a los pies de la cruz junto a la virgen madre y era confiado a ella como hijo. En ese momento empezó la Iglesia su existencia visible; había llegado su hora, pero todavía no había llegado su cum- plimiento. Ella vive, es la esposa del Cordero, pero la hora del solemne convite llegará sólo cuando sea venci- do definitivamente el dragón y los últimos redimidos hayan terminado su batalla. 

Como el Cordero, antes de subir al trono de la gloria, tuvo que morir, así el camino de la gloria conduce a to- dos los elegidos al convite esponsal a través de los sufri- mientos y de la cruz… Quien quiera celebrar las bodas con el Cordero, debe dejarse clavar primero en la cruz: a eso están llamados todos los marcados con la sangre del Cordero, es decir, todos los bautizados, aunque no todos escuchan la llamada y la obedecen (E. Stein, «Le nozze dell’Agnello», en Stare davanti a Dio per tutti. Vita. Antologia. Scritti, Roma 1991, pp. 285ss). 

ACTIO 

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26ss). 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL 

La Iglesia recibe copiosamente de esta cooperación, es decir, de la mediación materna, que es característica de María, ya que en la tierra ella cooperó a la generación y educación de los hi- jos e hijas de la Iglesia como madre de aquel Hijo «a quien Dios constituyó como hermanos». 

En ello cooper6 -coma ensena el Concilio Vaticano II- con materno amor. Se descubre aqui el valor real de las palabras dichas por Jesus a su madre cuando estaba en la cruz: oMu- jer, ahi tienes a tu hijo>> y al discipulo: oAhi tienes a tu madre>> (in 19,26-27). Son palabras,Rue determinan el lugar de Maria en la vida de los discipulos de Cristo y expresan -coma ya he dicho- su nueva maternidad como madre del Redentor: la ma- ternidad espiritual, nacida de lo profundo del misterio pascual del Redentor del mundo. Es una maternidad en el orden de la gracia, porque implora el don del Espiritu Santo que suscita los nuevos hijos de Dios, redimidos mediante el sacrificio de Cristo: aquel Espiritu que, junto con la Iglesia, Maria ha recibido tam- bien el clia de Pentecostes. 

Esta maternidad suya ha sido comprendida y vivida particu- larmente por el pueblo cristiano en el sagrado Banquete -cele- bracion litUrgica del misterio de la Redencion-, en el cual Cristo, su verdadero cuerpo, nacido de Maria Virgen, se hace presente. 

Con razor’ la piedad del pueblo cristiano ha visto siempre un profundo vinculo entre la devocion a la Santisima Virgen y el cul- to a la eucaristia; es un hecho de relieve en la liturgia tanto occi- dental coma oriental: en la tradicion de las familias religiosas, en la espiritualidad de los movimientos contemporaneos -incluso de los juveniles-, en la pastoral de los santuarios marianos, Maria guia a los fieles a la eucaristia. 

Es esencial a ia maternidad la referenda a la persona. La ma- ternidad determina siempre una relacion Unica e irrepetible en- tre dos personas: la de la madre con el hijo y la del hijo con la madre. Aun cuando una misma mujer sea madre de muchos hi- jos, su relacion personal con cada uno de ellos caracteriza la maternidad en su misma esencia. En elect°, coda hijo es en- gendrado de un modo Unica e irrepetible, y esto vale tanto para Ia madre como para el hijo. Coda hijo es rodeado del mismo modo par ese amor materno, sobre el que se basa su formaciOn y maduraciOn en la humanidad. 

Se puede afirmar que la maternidad oen el orden de la gra- cia>> mantiene la analogia con cuanto en el orden de la natura- leza>> caracteriza la union de la madre con el hijo. En esta luz se hace mos comprensible el hecho de que, en el testament ° de Cristo en el Golgota, la nueva maternidad de su madre haya sido expresada en singular, refiriendose a un hombre: oAhi 

tienes a tu hijo>>. 

Se puede decir ademas que en estas mismas palabras esta indicado plenamente el motivo de la dimension mariana de la vida de los discipulos de Cristo; no solo de Juan, que en aguel instante se encontraba a los pies de la cruz en compania de la madre de su Maestro, sino de todo discipulo de Cristo, de todo cristiano. El Redentor confia su madre al discipulo y, al mismo tiempo, se la do coma madre. La maternidad de Maria, que se convierte en herencia del hombre, es un don: un don que Cristo mismo hace personalmente a coda hombre. El Redentor confia Maria a Juan, en la medida en que confia Juan a Maria. A los pies de la cruz comienza esa especial entrega del hombre a la madre de Cristo, que en la historia de la Igiesia se ha ejerci- do y expresado posteriormente de modos diversos. Comenzo cuando el mismo apostol y evangelista, despues de haber reco- gido las palabras dichas por Jesus en la cruz a su madre y a el misnno, anode: oY desde aquella hora el discipulo la acogio en su casa>> (in 19,27). Esta afirmacion quiere decir con certeza que al discipulo se le atribuye el papel de hijo y que el cuid6 de la madre del Maestro amado. Y ya que Maria fue dada coma madre personalmente a el, la afirmacion senala, aunque sea 

indirectamente, lo que expresa la relacion intima de un hijo con la madre. Y todo esto se encierra en la palabra oentrega>>. La entrega es la respuesta al amor de una persona; en concreto, al amor de la madre. 

La dimension mariana de la vida de un discipulo de Cristo se manifiesta de modo especial precisamente mediante esta entre- ga filial respecto a la madre de Dios, iniciada con el testamento del Redentor en el GOlgota. Entregandose filialmente a Maria, el cristiano, coma el apostol Juan, oacoge entre sus cosas propias>> a la madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su oyo>> humano y cristiano: ((La acogiO en su casa>>. Asi, el cristiano trata de entrar en el radio de accion de esa ocaridad materna>> con la que la madre del Redentor ocuida de los hermanos de su Hijo>>, oa cuya generacion y edu- cacion coopera>> segUn la medida del don, propia de cada uno por la virtud del Espiritu de Cristo (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 44ss). 

6. Muerte, transfixión, sepultura (Jn 19,28-42) 

LECTIO 

Tres acontecimientos cargados de misterio centran la atencion orante de quien medita sobre los ultimos mo- mentos de la vida terrena de Jesus. La parsimonia de la narracion evangelica enmarca y da relieve a la densidad de los hechos y a la sublimidad del misterio que anun- cian. 

Jesas nos ama con su amor y nos configura con la entrega suprema de si mismo. Sorprende la repetida alu- siOn al hecho de que Jestis supiera que todo estaba aho- ra cumplido (v. 28) y al (v. 30), asi como la alusion, tambien repetida, al cumplimiento de las Escrituras (vv. 28 y 36). 

La primera vez, la alusion sigue al «despues de esto. y, por consiguiente, evoca e incluye la escena preceden- te (vv. 25-27). Marfa y el discipulo estan al pie de la cruz, participando en la conclusion de la mision mesianica de Jesus. Sabe que ha cumplido todo y exclama: «Tengo sect.. Es una sed fisica, signo y manifestacion de ague- lla otra, mas ardiente, de la salvacion de la humanidad, de la obediencia a la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34; 5,30; 6,38 passim). 

Inmediatamente despues de la aceptacion del vinagre (cf. Sal 68,22), el «todo estci cumplido>> preludia el anun- cio de la inclinacion de la cabeza y del «entree el espi- ritu.. La referencia inmediata a entregar el espiritu, ex- pirar, morir, no excluye las otras acepciones: la entrega del espfritu al Padre o la efusion de este sobre la era a la que da comienzo el acontecimiento-muerte. Efundido el espiritu del protagonista, ya se ha cumplido todo lo que preludia el desarrollo. 

El conjunto esta inscrito en la referencia a la verdad de la Escritura que habia anunciado enteramente los acontecimientos. Estos no se han cumplido para afir- mar la verdad, pero con su realizacion la han convali- dado. 

Las llagas que curan (vv. 31-36). La estructura de la pericopa es tambien muy evocadora. La verdad del agua y de la sangre que brota del costado traspasado figuran en el centro de la narracion. Para los Padres, se trata del bautismo y de la eucaristia, que alimentan a la Iglesia en su peregrinacion y en su mision. La fe amorosa de los fieles contempla estas llagas de las que brota la cu- racion (1 Pe 3,25); en ellas convergen las miradas y la 

compasion amorosa de los creyentes, que buscan y en- cuentran en esas llagas refugio y consuelo. La verdad y la importancia del hecho estan confirmadas por el so- lemne y repetido testimonio del evangelista que lo ates- tigua y, una vez mas, por la alusion al cumplimiento de lo que atestiguan las Escrituras. 

El gran silencio (vv. 38-42). La colocacion de Jesils en el sepulcro se realiza, segun las tradiciones, antes del comienzo de la fiesta, con permiso de Pilato. La lleva a cabo Jose de Arimatea junto con Nicodemo. Ambos eran discipulos ocultos y juntos ofrecen un tratamiento real a Jesus. Le ungen con ungUentos preciosos, aro- mas, y le envuelven con vendas. 

Cae asi el silencio sobre esta suprema expresion de la lucha entre el misterio de la misericordia y el amor, por un lado, y el de la iniquidad, por otro. 

MEDITATIO

Jesús se vuelve presencia invisible. Según las Escritu- ras, sólo algunas pocas personas tendrán el privilegio de verle después de la resurrección. La adhesión a él en el tiempo de la tensión entre el todo está cumplido y la con- signa de llevar a cumplimiento lo que falta a su Pasión en favor de su cuerpo (cf. Col 1,24) se realizará de ahora en adelante en la fe, que ama y no ve (cf. 1 Pe 1,8.9). La mi- sericordia del Padre se ha entregado del todo en él, la cabeza, y ahora se irradia a sus miembros. Éstos cami- nan por la vía que él abrió en el curso de su vida terre- na (1 Pe 2,22) y que el Espíritu que él envió habilita para recorrer en su Iglesia peregrina. En ella nos acoge, nos consuela y nos enseña María. A ella nos ha confiado a todos, y ella nos exhorta a hacer «todo lo que él nos diga» (Jn 2,5). 

Los fieles, en su cuerpo místico, se alimentan de su cuerpo y sangre entregados en la cruz. Su obrar no se añade al de Cristo, que crece en los que crecen en él como vida de vida, luz de luz, amor de amor. La reden- ción llevada a cabo por Cristo es asociativa, se multipli- ca en la vida que nace en ella y que fluye de ella en los sarmientos. Éstos dan, a su vez, los frutos (cf. Jn 15,1ss) de la misericordia, que se hace cargo de la miseria hu- mana no para convertirse en víctima de ella, sino para transformarla en la caridad entregada por completo en la cruz. 

ORATIO 

Gracias, Jesús, por el amor con el que nos amas y nos haces amantes en tu cruz. Por desgracia, la suprema re- velación del amor en la memoria de muchos de noso- tros está ofuscada por los recuerdos de las discusiones que a lo largo de los siglos han analizado tu cruz e in- dagado sus aspectos. Libéranos de las fantasías que nos impiden concentrarnos en el misterio de tu amor misericordioso: el amor con el que te ama el Padre al que amas y que te acoge con la ternura de la gloria que tenías en él antes de la creación del mundo; el amor con que te ofreces al Padre ahora que has cumplido la misión para la que te envió; el amor con que te ama el Espíritu que te ama, que en ti y contigo ha obrado todo y que envías ahora para que se quede con nosotros y nos haga dóciles a tu misericordia; el amor con el que te ama María, la madre amada, a quien pide que sea 

nuestra madre; el amor con el que nos amas en la crea- ción que es tuya y que quieres liberada; el amor con que eres amado por las criaturas que el Espíritu hace amantes. 

Elevado en la cruz, nos abriste tu costado, en el que podemos morar y del que podemos recibir los sacra- mentos de nuestra salvación. 

A personas como nosotros has concedido acogerte y expresarte las primicias del don de la ternura humana para con tu cuerpo santo. En ellos, a través de una su- cesión nunca interrumpida, acoges las ternuras de to- dos los José de Arimatea, de todos los Nicodemo y, tam- bién, las que las María Magdalena desean manifestarte cuando se inclinan sobre los miembros de tu cuerpo místico que sufren. A través de la acogida de nuestra ternura nos has enseñado a ser tiernos entre nosotros 

en la hora de la prueba y de la muerte. 

Concédenos, Señor, tener sed en tu sed, efundir la cu- ración de las llagas que la maldad humana inflige cada día a tu cuerpo. Haznos acoger a tu Espíritu efundido en tu muerte. Concédenos decir al Padre en ti y contigo: Cumplo tu voluntad, deseo que tu misericordia se vuel- va fuente y fruto de tu misericordia. 

CONTEMPLATIO 

«Jesas gusto el vinagre y dijo: Todo estei cumplido. E in- clinando la cabeza, entree, el espiritu» (Jn 19,30) […]. Ya ha sonado la hora de llevar el anuncio de la salvaciOn a los es- pfritus que se encuentran en los infiemos. El ha venido, en efecto, para establecer su Reino tanto sobre los muer- tos como sobre los vivos; el sufrio por nosotros la misma muerte en la came que asumio, en comun con nuestra naturaleza, el que por su naturaleza, en cuanto Dios, es la vida misma. Quiso todo esto expresamente para des- tronar a las potencias de los infiemos y preparar asf el retorno de la naturaleza humana a la vida verdadera. El es oprimicia de los que han muerto,) (1 Cor 15,20) y opri- mogenito de los que resucitan de Los muertosD (Col 1,16). 

oEntrego el espiritu». Parece que, casi obligado por una inspiracion particular, el evangelista no haya dicho simplemente «murioD, sino oentrego el espiritto>. 0 sea, entrego su espiritu en manos de Dios Padre, segun lo que el mismo habia dicho, tambien a traves de la voz profetica del salmista: «Padre, en tus manos entrego mi espiritw> (Lc 23,46; cf. Sal 30,6). Pero, entre tanto, la fuerza y el sentido de estas palabras establecian para nosotros el comienzo y el fundamento de la bienaven- turada esperanza. 

Debemos creer, en efecto, que las almas de los sanos, al salir del cuerpo, no sOlo se confian en manos del Pa- dre amadisimo, Dios de bondad y de misericordia, sino que incluso muchas veces se apresuran hacia el Padre de todos y a nuestro Salvador Jesucristo, que nos abrio el camino. Y no es justo pensar, como algu- nos paganos, que estas almas merodean en torno a la tumba esperando los sacrificios ofrecidos por los muertos, o bien que son precipitadas, como las almas de los pecadores, en el lugar del inmenso suplicio, es decir, en el infierno. 

Cristo entrego en manos del Padre su alma para que en ella y por ella alcanzasemos el comienzo de lumino- sas esperanzas, sintiendo y creyendo firmemente que, despues de haber soportado la muerte de la came, esta- remos en manos de Dios, en un estado de vida infinita- mente mejor que cuando estabamos en la came. Por eso, el doctor de los gentiles escribe que es mejor ser li- berado del cuerpo para estar con Cristo (cf. Flp 1,23) (Cirilo de Alejandria, .Comentario al evangelio de Juan, en Breviario momistico). 

ACTIO 

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: 

«Dulce letio del que pende el Salvador del mundo, de ti ha venido la alegria a todos. Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, ten piedad de nosotros» (de la liturgia). 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL 

El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta bilsque- da no este’ destinada solo a la conquista de verdades parciales, factuales o cientificas; no busca solo el verdadero bien para cada una de sus decisiones. Su bOsqueda tiende hacia una ver- dad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida; por eso es una btisqueda que no puede encontrar solucion si no es en el absoluto. Gracias a la capacidad del pensamiento, el hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital y esen- cial para su existencia, esta verdad se logra no solo por via ra- cional, sino tambien mediante el abandono confiado en otras 

personas que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma. La capacidad y la opcion de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropologicamente mos significativos y expre- sivos. 

No se debe olvidar que también la razón necesita ser sos- tenida en su búsqueda por un diálogo confiado y una amistad sincera. El clima de sospecha y de desconfianza, que a veces rodea la investigación especulativa, olvida la enseñanza de los filósofos antiguos, quienes consideraban la amistad como uno de los contextos más adecuados para el buen filosofar. 

De todo lo que he dicho hasta aquí resulta que el hombre se encuentra en un camino de búsqueda, humanamente intermina- ble: búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse. La fe cristiana le ayuda ofreciéndole la posibilidad con- creta de ver realizado el objetivo de esta búsqueda. En efecto, superando el estadio de la simple creencia, la fe cristiana coloca al hombre en ese orden de gracia que le permite participar en el misterio de Cristo, en el cual se le ofrece el conocimiento ver- dadero y coherente de Dios Uno y Trino. Así, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida a la hu- manidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia (Juan Pablo II, Fides et ratio, 33). 

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