Jn 20, 1-2.11-18: No me toques

*Entrada en proceso de creación. A lo largo del día se ampliará, DM.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Autor anónimo del siglo XIII

Homilía: Al que buscas fuera está dentro

Meditación sobre la pasión y la resurrección de Cristo, 38; PL 184, 766.

«¿Mujer, por qué lloras, a quién estás buscando?» (Jn 20,15)

¿Mujer, por qué lloras?” ¿A quién buscas? “Lo sabéis bien, ángeles santos, a quién busca y a quién llora. ¿Por qué entonces, avivar su llanto recordándole su pena? María da libre curso a su pena y a sus lágrimas ya que se acerca el gozo de un inesperado consuelo. “Ella se volvió hacia atrás y entonces vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.” (Jn 20,14) Una escena llena de belleza y de bondad cuando el deseado y el buscado se muestra y al mismo tiempo se oculta. Se oculta para ser buscado con más ardor, encontrado con más gozo, retenido con más ansia hasta ser introducido en la casa del amor (Ct 3,4) Es así como la Sabiduría “jugaba con el orbe de la tierra y su alegría era estar con los hombres.” (cf Prov 8,31)

“¿Mujer, por qué lloras, a quién estás buscando?” Tienes al que buscas y ¿lo ignoras? Tienes el gozo auténtico de la eternidad y ¿lloras? Tienes dentro de ti al que buscas fuera. Realmente, estás fuera de todo, llorando cerca de una tumba. Mi tumba es tu corazón. No estoy muerto, reposo dentro de ti, vivo por toda la eternidad. Tu alma es mi jardín. Tenías razón al pensar que era el jardinero. Como nuevo Adán, cultivo mi paraíso y lo guardo. Tus lágrimas, tu amor y tu deseo son obra mía. Me posees en ti sin saberlo y por esto me buscas fuera. Te me voy a mostrar fuera para hacerte entrar en ti misma para que en el interior encuentres al que buscas fuera.

San Gregorio Palamás, obispo

Homilía: Perseverancia

Homilía 20: PG 151, 265-266.271.

«Ve a buscar a mis hermanos»

La oscuridad reinaba en el exterior, todavía no era de día, pero aquella pequeña cavidad estaba llena de la luz de la resurrección. María vio esta luz por la gracia de Dios: su amor por Cristo creció, y tuvo la fuerza para ver ángeles… que le dijeron: ” ¿Mujer, por qué lloras? Lo que ves en esta pequeña cueva es el cielo o más bien un templo celeste en lugar de una tumba cavada para ser una prisión… Entonces ¿Por qué lloras? “… En el exterior, el día permanece indeciso, y el Señor no deja ver este resplandor divino que le habría hecho que lo reconocieran en el mismo corazón del sufrimiento. María no lo reconoce… Cuando habló y cuando se dio a conocer, hasta entonces, aún viéndolo vivo, no tuvo ni idea de su grandeza divina y se dirigió como a un hombre cualquiera… En un arranque de su corazón, quiere echarse sobre sus rodillas, y tocar sus pies.

Pero Jesús le dice: “No me toques, porque el cuerpo del que ahora estoy revestido es muy ligero y más volátil que el fuego; puede subir al cielo, hasta muy cerca de mi Padre, a lo más alto de los cielos. Yo todavía no he subido a mi Padre, porque todavía no me he mostrado a mis discípulos. Ves a encontrarlos; son mis hermanos, porque todos somos hijos de un solo Padre ” (cf Ga 3,26)…

La iglesia donde estamos es el símbolo de esta cavidad. Es el mejor símbolo: es por decirlo así otro Santo sepulcro. Allí se encuentra el lugar donde se deposita el cuerpo del Maestro; allí se encuentra la mesa sagrada. Así pues, el que corra de todo corazón hacia esta divina tumba, morada verdadera de Dios, aprenderá allí las palabras de los libros inspirados que le instruirán a manera de los ángeles sobre la divinidad y la humanidad del Verbo, la Palabra de Dios encarnado.

Y así verá, sin error posible, al mismo Señor … Porque el que mira con fe la mesa mística y el pan de vida depositado sobre ella, ve allí en su realidad al Verbo de Dios que se hizo carne por nosotros y estableció su morada entre nosotros (Jn 1,14). Y si se muestra digno de recibirlo, no sólo lo ve sino que también participa de su ser; lo recibe en él para que se quede allí.

Entre las mujeres que llevaron el perfume a la tumba de Cristo, María Magdalena, es la única de la cuál celebramos su memoria. Cristo había expulsado de ella siete demonios (Lc 8,2), para dar cabida a los siete dones del Espíritu. Su perseverancia en permanecer cerca de la tumba, le ha valido la visión y la conversación con los ángeles y luego, después de haber visto al Señor, se convierte en su apóstol ante los apóstoles. Instruida y plenamente garantizada por la boca misma de Dios, les va a anunciar que ha visto al Señor y a repetirles lo que le dijo.

Consideremos, hermanos míos, cómo María Magdalena le precede en dignidad a Pedro, el jefe de los apóstoles, y a Juan, el discípulo muy amado de Cristo, y cómo, por tanto, ella ha sido más favorecida que éstos. Ellos cuando se acercaron al sepulcro, no vieron más que las vendas y el sudario; pero, ella, que había permanecido hasta el final con una firme perseverancia en la puerta de la tumba, ha visto, antes que los apóstoles, no sólo a los ángeles, sino al mismo Señor de los ángeles resucitado, en la carne. Ha oído su voz y así Dios, se ha servido de su palabra.

San Agustín, obispo

Sermón: Tocar a Cristo de verdad

Primer Sermón para el Jueves Santo, Morin Guelferbytanus 13 : PLS 2, 572

«Subo al Padre mío y Padre vuestro» «Suéltame, que todavía no he subido al Padre».

¿Qué es lo que dice? Que se palpa mejor a Cristo a través de la fe que a través de la carne. Tocar a Cristo por la fe, es tocarle en toda verdad. Es lo que le sucedió a la mujer que sufría pérdidas de sangre: se acercó a Cristo, llena de fe, y tocó su vestidura… Y el Señor, apretujado por la multitud, no es tocado más que por esta mujer… porque creyó (Mc 5,25s).

Hoy, hermanos, Jesús está en el cielo. Cuando estaba entre sus discípulos, revestido de una carne visible y poseyendo un cuerpo palpable, se le podía ver, se le podía tocar. Pero hoy que está sentado a la derecha del Padre ¿quién de entre nosotros le puede tocar? Y sin embargo, somos unos desgraciados si no le tocamos. Todos los que creemos, le tocamos. Está en el cielo, está lejos, y las distancias que le separan de nosotros no son mesurables. Pero si crees, le tocas. ¿Qué digo? ¿Eres tú quien le toca? Si crees, tienes junto a ti a aquel en quien crees…

¿Queréis saber cómo es que María quería tocarle? Le buscaba muerto y no creía que debía resucitar: «¡Se han llevado a mi Señor del sepulcro!» (Jn 20,2). Llora a un hombre… «Suéltame, que todavía no he subido al Padre y en mí no ves más que un hombre. ¿Qué te da esta fe? Déjame subir al Padre. Nunca lo he dejado, pero subiré para ti si me crees igual al Padre». Nuestro Señor Jesucristo no dejó de estar con su Padre cuando descendió de junto a él. Y cuando desde nosotros subió a él nunca nos abandonó. Porque en el momento de subir y sentarse a derecha del Padre, tan lejos, dijo a sus discípulos: «Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

San Bernardo, abad

Sermón: Tocar a Cristo con la fe, no con los sentidos.

Sermón sobre el Cantar de los Cantares, n° 28, 9

«¿Qué buscas?»

Sólo el sentido del oído puede alcanzar la verdad, porque solo él entiende la palabra… “No me toques”, esto es: desentiéndete de ese sentido seductor;apóyate en la palabra y familiarízate con la fe. La fe ignora el error, la fe abarca lo invisible, no conoce la limitación de los sentidos; además trasciende los límites de la razón humana, el proceso de la naturaleza, los términos de la experiencia ¿Por qué le preguntas a la mirada lo que no puede saber? ¿Para qué se empeñan las manos en palpar lo que le supera? Todo lo que te pueden enseñar es de un nivel inferior. Pero la fe te dirá de mí cosas que no menguan en nada mi majestad. Aprende a poseer con más certeza, a seguir con más seguridad lo que ella te aconseja.

“No me toques, que aun no estoy arriba con el Padre”. Como si cuando haya subido, quisiera que lo tocasen o fuese ello posible. Claro que podrá; pero con su afecto, no con sus manos; con el deseo, no con la mirada; con la fe, no con los sentidos. ¿Por qué quieres tocarme ahora, si valoras la gloria de mi resurrección por lo que te dicen los sentidos? ¿No sabes que durante el tiempo de mi mortalidad, los ojos de mis discípulos no pudieron soportar la gloria de mi cuerpo transfigurado, que aún debía morir?

Todavía complaceré tus sentidos revistiéndome de siervo, para que puedas conocerme como antes. Pero mi gloria es extraordinaria…Prescinde, pues, de tu juicio… de un misterio reservado para la fe… Lo que el ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado (1Co 2,9), la fe lo lleva cerrado y lo guarda sellado dentro de sí misma. Me tocará dignamente la fe, si me acepta sentado a la derecha del Padre (Mc 16,19; Sal. 109,1), no en la forma de siervo, sino en un cuerpo celestial idéntico al anterior, aunque de forma distinta. ¿Por qué quieres tocar mi cuerpo deforme? Espera un poco y tocarás mi cuerpo hermoso. Pues lo que ahora es deforme se volverá bello.

San Gregorio Magno, papa

Homilía: Perseverar en la búsqueda.

Homilías sobre el Evangelio, 25, 1-2.4-5: PL 76, 1189-1993 (Liturgia de las Horas, 22 de julio)

«Ardía en deseos de Cristo, a quien pensaba que se lo habían llevado»

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos: Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade, a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.

Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.

Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.

Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.

Jesús le dice: “¡María!” Después de haberla llamado con el nombre genérico de “mujer”, sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera: “Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial”.

María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: “Rabboni“, es decir: “Maestro”, ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.

San Máximo de Turín, obispo

Sermón: Tocar a Cristo con la fe

CC Sermón 39a: PL 57, 359

«Ve a buscar a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro»

Después de la resurrección, María Magdalena buscó al Señor en la tumba, olvidó su promesa de regresar de los infiernos al tercer día, lo imaginó preso en la tierra… Una fe humilde e ignorante busca lo que no sabe, olvida al que le enseñó; es pronta para venerar, pero su creencia es imperfecta. Se preocupa de las heridas que el Señor llevó en su carne, pero duda de la gloria de su resurrección. Llora porque ama a Cristo, se aflige por no haber encontrado su cuerpo; imagina muerto al que ya reinaba…

Le reprochamos pues a la bienaventurada María, haber sido demasiado lenta en creer (Lc 24, 5s); reconoció al Señor, un poco tarde. Por eso el Salvador le dice: ” No me toques, porque todavía no he subido al Padre “… Es decir, ¿por qué deseas tocarme, tú que, buscándome entre las tumbas, no crees que subí cerca de mi Padre, tú que, buscándome en el lugar de los muertos, dudas que haya regresado al cielo; tú que, buscándome entre los muertos, no te esperas verme vivir cerca de Dios, mi Padre? “Todavía no he subido al Padre “, dice, es decir: para ti todavía no he subido al Padre, yo que, según tu fe, estoy retenido para siempre en la tumba…

El que quiere tocar al Señor debe primero, por fe, colocarle a la derecha de Dios; su corazón, más bien que buscarle entre los muertos, debe situarlo en el cielo. El Señor sube hacia el Padre, él que sabe estar siempre en el Padre… “El Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios ” (Jn 1,1)… San Pablo nos enseña cómo buscar nosotros también al Salvador en el cielo, diciendo: “Buscad las cosas de arriba, allí dónde está Cristo, sentado a la derecha de Dios”.

Y para hacernos olvidar completamente la búsqueda a ras de tierra de María, añade: “Desead las cosas de arriba, no las de la tierra” (Col 3,1-2). No es pues en la tierra, ni bajo la tierra, ni según la carne, donde debemos buscar al Salvador, si queremos encontrarlo y tocarlo, sino en la gloria de la majestad divina.

Beato John Henry Newman

Obras: Reterner a Cristo

Sobre la Justificación, n°9, §8

«He visto al Señor y me ha dicho» «No me toques, porque aún no he subido al Padre».

¿Por qué el Señor no puede ser tocado antes de su ascensión, y cómo podrá ser tocado después? … No me toques, porque he aquí que, para vuestro bien, me apresuro de la tierra al cielo, de la carne y la sangre a la gloria, de un cuerpo humano a un cuerpo espiritual (1 Cor 15,44)… Asciendo, en cuerpo y alma, a mi Padre… Por lo tanto, yo estaré presente, aunque invisible: más realmente presente que ahora. Entonces me podrás tocar y coger – sin un abrazo visible, pero más real, a través de la fe y la devoción…

«Tú me has visto, María, pero no has podido retenerme. Te me has acercado, lo suficiente como para besar mis pies y ser tocada por mi mano. Tú has dicho: ¡Oh, si yo supiera cómo guardarlo, retenerlo para siempre! Si pudiera tenerlo y nunca perderlo! (Job 23,3; Ct 5,6) Tu deseo hecho realidad: cuando yo me haya ido al cielo, no verás nada, pero lo tendrás todo. A mi deseada sombra te podrás sentar, y mi fruto será dulce a tu paladar (Canto 2:3). Me tendrás plena y enteramente. Estaré cerca de ti, en ti; entraré en tu corazón, plenamente Salvador, enteramente Cristo, en toda mi plenitud, Dios y el hombre, por la fuerza prodigiosa de mi cuerpo y mi sangre».


Comentarios exegéticos

X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan

Jn 18-21, Vol. IV. Biblioteca de Estudios Bíblicos (96). Sígueme, Salamanca (1998), pp. 165-178

Introducción (Jn 20, 1-2).

El relato de Jn se sitúa al final de una larga tradición sobre los acontecimientos que tuvieron lugar en torno al sepulcro de Jesús.

En el principio de esta tradición se reconoce el recuerdo de la visita de las mujeres que se encontraron con el sepulcro abierto y vacío.Este recuerdo tiene valor histórico,ya que el relato,en el que se interpreta inmediatamente el hecho mediante el anuncio de un ángel, no tiene originariamente ninguna intención apologética: se refiere a unas mujeres que en aquella época no podían actuar jurídicamente como testigos. Luego se le añadió el mensaje de la cita en Galilea, destinado a los discípulos (Mc 16, 7 par.), y la mención de una visita de los discípulos al sepulcro, para verificar los rumores de las mujeres (cf. Lc 24, 12.24).

Jn reelaboró fuertemente esta tradición. La visita de los discípulos al sepulcro vacío se desarrolla en un relato donde interviene el Discípulo con Pedro; la de las mujeres se individualiza en un solo personaje, María de Magdala, a la que se aparecerá el mismo Jesús. Los dos primeros versículos del capítulo 20 sirven para introducir ambos episodios.

Según la tradición común, el descubrimiento del sepulcro abierto y vacío tuvo lugar, no «el tercer día», en el que sitúan el acontecimiento de la resurrección las fórmulas kerigmáticas ‘, sino a los dos días de la crucifixión, es decir, el día que sigue al sábado, fecha que para los cristianos corresponde al domingo, el día de su asamblea litúrgica. En el contexto pascual, la expresión «primer día» sugiere que ha comenzado un tiempo nuevo para el mundo (cf. 2 Cor 5, 17). Jn modifica la indicación sinóptica sobre la hora: no «después de salir el sol» (Mc 16, 2), ni «al amanecer» (Lc 24, 1), sino cuando no había acabado todavía la noche, o sea, entre las 3 y las 6; el griego emplea aquí la palabra skotía («las tinieblas»), típica del lenguaje de Jn.

María de Magdala, mencionada en 19,25 entre las mujeres al pie de la cruz, está sola. Al no hablar de las otras mujeres que según los sinópticos la acompañaban, Jn prepara el encuentro personal de María con Jesús. No se indica nada sobre el motivo de la visita de María al sepulcro: ni la intención de ungir el cadáver (Mc-Lc) —ya que el sepelio se había hecho según las normas— ni la de una lamentación ritual (Mt); la continuación del relato muestra que se trataba simplemente de un impulso del corazón.

Al ver la piedra «quitada», María, sin entrar siquiera en el sepulcro, corre a avisar a los discípulos. El relato se distingue del de los sinópticos, que en el lenguaje de la Iglesia primitiva refieren una respuesta de Dios: «Buscáis a Jesús el Nazareno, el Crucificado. Ha resucitado; no está aquí» (Mc 16, 6 par.). Al no haber oído nada, María no tiene ningún mensaje que trasmitir; sigue con todo realismo una lógica perfectamente humana y deduce, al ver abierto el sepulcro, que se han llevado el cadáver.

De hecho corre a Pedro, el jefe de los Doce, y también al Discípulo, precisión que revela la mano de Jn, deseoso de situar a este personaje al lado de Pedro en las situaciones importantes. María no les dice que han quitado la piedra ni el «cuerpo», sino que se han llevado al «Señor». Aquí podría percibirse la ironía de Jn: el lector sabe que, igual que no ha sido quitada la piedra del sepulcro, tampoco el «Señor» ha sido quitado por manos de hombre. Al mismo tiempo se evoca la leyenda de un rapto o de un traslado accidental del cadáver . ¿Quiere indicar Jn que los mismos discípulos habían considerado ya esta explicación, una explicación que se verá desmentida por la presencia de los lienzos en el sepulcro? En todo caso, las palabras de María muestran su afecto por aquél a quien ha visto morir, pero también su desconcierto. Las tinieblas en que se encuentra, lo mismo que los discípulos, se sugieren en la indicación inicial: «Cuando todavía estaba oscuro».

María encuentra a Jesús (20, 11-18)

El relato de la visita de María de Magdala al sepulcro, interrumpido en 20, 2, se reanuda en el v 11 Está allí llorando la desaparición del cadáver, último vestigio de la presencia del Maestro Esta escena admirable, donde la mujer llena de amor que busca a un muerto se encuentra con el Viviente, ha inspirado a grandes pintores, como Giotto o Fray Angélico, y ha impregnado la imaginería cristiana Un largo suspense (vv 11-15) prepara el cara a cara deslumbrante, que se produce por entero en el intercambio de sus nombres (v 16) Pero la intención del texto radica en lo que di- ce el Hijo glorificado por su subida al Padre, la relación de los creyentes con Dios se ha transfigurado en la suya propia Jn no procede como los sinópticos, para éstos, las santas mujeres conocen el acontecimiento de la resurrección, no directamente, sino por medio del ángel Sólo Mateo refiere que, después de esto, el mismo Jesús se les apareció (Mt 28, 8-10) La estructura tripartita de los relatos de aparición pascual es común en Mt y Jn.

Mt 28 Jn 20
9 Jesús salió a su encuentro y les dijo «¡Salve!»
Ellas se acercaron a él
INICIATIVA 16 Jesús le dijo «¡María!» Vuelta (hacia él) ella le dice
y se echaron a sus pies
10 Entonces Jesús les dijo «¡No temáis!
RECONOCIMIENTO «¡Rabbuni!»
17 Jesús le dice «¡Deja de tocarme!
Id a decir a mis hermanos » MISIÓN Pero ve a mis hermanos y diles»

El relato de Jn se distingue por su concentración en un único personaje, por el desconcierto de María, por la carga emotiva del encuentro y por el contenido del mensaje que se le confía, a saber, no ya el anuncio de las apariciones posteriores, sino la revelación de que se ha cumplido la alianza entre Dios y los hombres.

J. Mateos – J. Barreto, El Evangelio de Juan

Análisis lingüístico y comentario exegético. 2ª Edición. Cristiandad, Madrid (1982), pp. 842-860

Lectura

María en el sepulcro; su anuncio a dos discípulos

20,1a El primer día de la semana. 

Mientras podía esperarse una descripción del «día solemne» anunciado en 19,31, Jn sitúa inmediatamente después de la preparación el primer día de la semana. Terminada la creación (19,30) y preparada la Pascua (19,31-42), comienza sin interrupción el nuevo ciclo: el de la creación nueva y la Pascua definitiva. Prescinde Jn del dato cronológico exacto, para subrayar que el tiempo mesiánico sigue inmediatamente a la muerte de Jesús. «El último día», que alboreó en la cruz, viene presentado ahora como «el primer día», que abre el tiempo nuevo. 

1b por la mañana temprano, todavía en tinieblas, fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada del sepulcro. 

Por la mañana temprano indica un momento en que ya hay luz (18,28 nota); cronológicamente, este dato es difícil de conciliar con el que sigue: todavía en tinieblas. Según el lenguaje de Jn, sin embargo, «la tiniebla» designa la ideología contraria a la verdad de la vida (1,5; 3,19; 6,17; 12,35). María va al sepulcro poseída por la falsa concepción de la muerte, y no se da cuenta de que el día ha comenzado ya. De hecho, va a buscar a Jesús en el sepulcro. Es clara la alusión al Cantar (3,1: «En mi cama, por la noche, buscaba el amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré … Por las calles y las plazas … lo busqué y no lo encontré»). María es la figura de la comunidad-esposa, anticipada en la hermana de Lázaro (12,3; 19,25 Lects.). Las alusiones al Cantar crearán el trasfondo para la escena del encuentro de María con Jesús resucitado. 

María cree que la muerte ha triunfado. Va únicamente a visitar el sepulcro, sin llevar nada. La comunidad ha olvidado la recomendación de Jesús en Betania (12,7): la fe en la vida, simbolizada allí por el perfume, está ausente de María y de los discípulos que aparecerán a continuación. Busca al dador de vida como a un cadáver. 

Al llegar, vio la losa quitada del sepulcro. La losa puesta habría sido el sello de la muerte definitiva (cf. ll,38s.41). Ni siquiera se ha señalado, en el momento de la sepultura, que hubiese sido puesta. La muerte de Jesús no interrumpía su vida, su historia no se ha cerrado. 

2 Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y también al otro discípulo a quien quería Jesús y les dijo: «Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto». 

La reacción de María es de alarma y va a avisar por separado a dos discípulos (cf. nota). Como Jesús lo había anunciado, su muerte ha provocado la dispersión (16,32: se acerca la hora, y ya está aquí, de que os disperséis cada uno por vuestro lado y a mí me dejéis sólo). 

El primer discípulo es Simón Pedro; el segundo, aquel a quien quería Jesús. En este pasaje, la cuarta vez que aparece, cambia Jn la denominación ordinaria de este discípulo, señalándolo como el amigo de Jesús (cf. nota). Alude así a lo dicho en la Cena: Vosotros sois amigos míos si hacéis lo que os mando (15,14), es decir, si aman como ha amado él (15,12.17). Caracteriza, por tanto, a este discípulo como al que está dispuesto a dar su vida como Jesús; así lo había demostrado entrando con él en el atrio del sumo sacerdote (18,15b Lect.) [1]. Esta denominación sintetiza, pues, los datos que aparecían en las dos primeras ocasiones: el discípulo es el amigo de Jesús, que experimenta su amor (13,23), responde a él y cumple su mandamiento (18,15s). 

Las dos veces que Pedro y este discípulo han aparecido juntos (13,23-25; 18,15ss) ha establecido Jn una oposición entre ellos dando la ventaja al segundo. Un nuevo caso aparecerá en esta perícopa. 

La mención del sepulcro, de la losa y del discípulo amigo de Jesús relacionan este episodio con el de Lázaro (11,31.38a.39.41); hay que tenerlo en cuenta para la exégesis de los versículos que siguen. 

En vez de anunciar que estaba quitada la losa, anuncia María que han quitado al Señor (cf. nota). Lo que era señal de vida lo interpreta como signo de muerte. Para ella, Jesús es el Señor, pero un Señor impotente; piensa que está aún a la merced de lo que quieran hacer con él. No ha superado la experiencia de la entrega y muerte de Jesús. El plural que utiliza: no sabemos, muestra a la comunidad desorientada. 

«La tiniebla» (20,1) era, por tanto, el reflejo de la situación de desamparo en que la comunidad se siente por la muerte de Jesús (16,18: ¿Qué significa ese «Dentro de poco»? No sabemos de qué habla; cf. 14, 18: No os voy a dejar desamparados, volveré con vosotros; 16,16: Dentro de poco dejaréis de verme, pero un poco más tarde me veréis aparecer). María piensa que existen unos terceros, anónimos, quienes, como poder hostil, se han apoderado de Jesús y lo han colocado fuera del alcance de los suyos. 

La comunidad se siente perdida sin Jesús. Hay una actitud de búsqueda, pero buscan a un Señor muerto. El representaba su fuerza; al creer que ha pasado a ser debilidad e impotencia, la comunidad queda ella misma sin fuerzas. 

Síntesis 

La experiencia del resucitado tiene dos aspectos: negativo y positivo. Es, en primer lugar, la de una ausencia, que se descubre, sin embargo, como signo de vida. En segundo lugar, reconoce y experimenta la vida anunciada. En otras palabras: Jesús ha muerto, pero no es un cadáver, está vivo y presente. 

Es inútil ir a buscarlo al sepulcro, no está allí. El sepulcro es un pasado que remite al presente. No se puede vincular su memoria a un lugar determinado, ni erigirle un monumento como a un difunto ilustre. Tal ha sido la intención de José y Nicodemo. La historia de Jesús no se ha cerrado con su muerte. 

Subraya la perícopa la dificultad de llegar a descubrir la vida en la muerte. La comunidad cristiana (María Magdalena) ni incluso el discípulo modelo habían llegado a comprender que la muerte física no podía interrumpir la vida de Jesús, cuyo amor hasta el final ha manifestado la fuerza de Dios. 

La resurrección de Jesús funda y confirma la experiencia cristiana; el hombre creado por Jesús con el Espíritu posee una vida que, entregada al amor de los demás, supera la muerte. Tal es el proyecto creador, expresión del amor de Dios a la humanidad. 

11-18

Contenido y división

El tema de la perícopa es el encuentro de Jesús, vivo después de su muerte, con María Magdalena, que figura a la comunidad como esposa. En la escena se presenta en el huerto-jardín la nueva pareja que comienza la nueva humanidad. Sin embargo, la fiesta definitiva no puede celebrarse aún: la esposa tiene que prepararse para subir al Padre con el esposo. 

La perícopa comienza con el llanto de María y su diálogo con los ángeles (20,11-13). La escena central describe el encuentro con Jesús, el reconocimiento y su encargo a María (20,14-17). Termina con el cumplimiento del encargo (20,18). 

Lectura

Llanto de María y diálogo con los mensajeros

20,11a María se había quedado junto al sepulcro, fuera, llorando. 

Jesús había anunciado la tristeza de sus discípulos por su muerte, pero asegurándoles la brevedad de la prueba, la certeza de su vuelta y la alegría que los inundaría entonces (16,16-23a). María, en cambio, llora aún sin esperanza, como habían llorado la hermana de Lázaro y los judíos por la muerte de éste (11,33 Lect.). María ha olvidado las palabras de Jesús, no queda confortada en su dolor por la certeza de la vida. No entiende que ha llegado ya la hora del gozo, porque ha nacido el hombre (16,21). No se separa del sepulcro y allí no puede encontrar ya a Jesús. 

11b-12 Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco sentados uno a la cabecera y otro a los pies, en el sitio donde había estado puesto el cuerpo de Jesús. 

María no interrumpe su llanto, pero se asoma al sepulcro; en los extremos del lecho ve dos ángeles o mensajeros de Dios. La escena, que continúa la comenzada en 20,1, sigue inspirándose en el Cantar; aparece María en su búsqueda del esposo. En el Cantar se describe así la escena: «Me levanté y recorrí la ciudad … buscando al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré. Me han encontrado los guardias que rondan por la ciudad: ‘¿Visteis al amor de mi alma?’» (Cant 3,2s). 

Los guardianes del lecho son los testigos de la resurrección; pero, además, son mensajeros dispuestos a anunciarla. Están vestidos de blanco, el color de la gloria divina. Su misma presencia es ya un anuncio de vida y de resurrección. 

Su carácter de testigos queda subrayado por la precisión del evangelista: uno a la cabecera y otro a los pies, en el lugar donde había estado puesto el cuerpo de Jesús. Colocados a un lado y a otro, muestran conocer lo que allí ha sucedido. Están sentados; el sepulcro vacío es el término de su misión; dan testimonio de que Jesús no está en él. 

13 Le preguntaron ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Les dijo: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». 

Al contrario del texto del Cantar citado antes, no es María la que pregunta a los guardianes, sino ellos a María. Siendo mensajeros, si ella les preguntara, le darían la información que poseen. Pero son ellos los que la interpelan, preguntándole el motivo de su llanto; su misma presencia gloriosa demuestra que el llanto es infundado; ellos saben lo que ha ocurrido; pero María, obsesionada con su desesperanza, repite la frase que expresa su desorientación y su pena. Bajo esta descripción poética, subraya fuertemente Jn la dificultad que experimentó el grupo de discípulos en tomar conciencia de la resurrección de Jesús. 

El vestido y la pregunta de los ángeles muestran que no hay razón para el luto. Parece ser ésta la última oposición entre Jesús y Moisés. En efecto, entre las leyendas judías acerca de Moisés se hablaba del dolor de Josué y de Dios mismo por su muerte, así como del duelo de los ángeles[2]

Los mensajeros de Dios, en cambio, están aquí vestidos de blanco, color de la alegría y de la gloria. Su pregunta indica a María que no hay razón para el luto ni las lágrimas. El mediador de la antigua alianza murió para reunirse con sus padres (Dt 32,16). Jesús, que funda la nueva alianza (1,17), tiene la vida y es fuente de vida para los suyos. 

Se dirigen a ella con el apelativo Mujer, que Jesús había usado con su madre en Cana (2,4) y en la cruz (19,26), y con la samaritana (4,21), la esposa fiel y la esposa infiel de la antigua alianza (cf. índice temático, «Mujer»). Los ángeles ven en María a la esposa de la nueva alianza, que busca al esposo desolada, pensando que lo ha perdido. María, de hecho, llama a Jesús mi Señor (cf. 20,2: al Señor), como mujer al marido, según el uso de entonces. 

La respuesta de María delata su estado de ánimo; se encuentra en la misma situación que cuando llegó por primera vez al sepulcro (20,2). Siendo en esta escena el único representante de la comunidad, habla en singular: no sé (cf. 20,2: no sabemos). Sigue pensando que con la muerte de Jesús todo ha terminado. 

Encuentro con Jesús

14 Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. 

María acaba de expresar su desesperanza y su angustia ante el sepulcro vacío. Piensa ser aquél el lugar propio de Jesús. Sin embargo, mientras siga mirando hacia allá no podrá encontrarlo nunca, pues Jesús está vivo y ha dejado el sepulcro. Es inútil buscarlo entre los muertos ni querer encontrar su cadáver. 

En cuanto se vuelve hacia atrás, ve a Jesús, que está de pie, como corresponde a una persona viva; de pie se opone a puesto, tendido (20,12), la postura del muerto. María, sin embargo, no lo reconoce; para ella, lo único cierto es el hecho de la muerte y no concibe que pueda cambiarse. Igual que Marta no veía en su hermano más que un cadáver (11,39-40), así ahora María con Jesús. No cree en la fuerza de la vida ni en la inmortalidad del amor. 

Habría reconocido a un Jesús yacente, pero no lo reconoce vivo. Esta ceguera de María será reflejada más tarde en la de Tomás (20,25). Estos dos personajes muestran a la comunidad anclada en la concepción de la muerte como hecho definitivo. Se ve ahora claramente por qué Jn puso como culminación del día del Mesías el episodio de Lázaro. La creencia en la continuidad de la vida a través de la muerte es la piedra de toque de la fe en Jesús. 

15 Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, pensando que era el hortelano, le dice-. «Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré». 

La pregunta de Jesús repite en primer lugar la de los ángeles. Como los mensajeros, insinúa a María que no hay motivo para llorar. 

Añade Jesús: ¿A quién buscas? La pregunta es paralela a la que hizo Jesús en el huerto a los que iban a prenderlo (18,4.7) y espera la misma respuesta que dieron entonces: A Jesús, el Nazareno, el Mesías descendiente de David, para responder: Yo soy. Pero María no pronuncia el nombre de Jesús ni habla siquiera de «su Señor». 

Al no reconocer a Jesús, su presencia en el huerto le hace pensar que sea el hortelano. Con esta palabra reintroduce Jn el tema del huerto- jardín, volviendo al lenguaje del Cantar (19,41a Lect.). Se prepara el encuentro de la esposa con el esposo. María no lo reconoce aún, pero ya está presente la primera pareja del mundo nuevo, el comienzo de la nueva humanidad. Jesús, como los ángeles, la ha llamado «Mujer» (esposa). Ella, expresando sin saberlo la realidad de Jesús, lo llama «Señor» (esposo, marido). 

María, sin embargo, sigue obsesionada con su idea: si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto. Sigue sin comprender la causa de la ausencia de Jesús; piensa que se debe a la acción de otros. En la frase de María aflora la ironía del evangelista: de hecho, Jesús se ha arrebatado él mismo del sepulcro. Ella no sabe que, dando su vida libremente, , tenía en su mano recobrarla (10,18). Piensa también que su presencia está vinculada a un lugar preciso (dónde lo has puesto; cf. 20,2.13), donde ella podría encontrarlo. Quiere asegurarse la cercanía de Jesús, ¡ aunque sea muerto: y yo me lo llevaré. No sabe que, resucitado, ya no se circunscribe a un lugar y que está siempre cercano, presente entre los suyos. 

16 Le dice Jesús: «María». Volviéndose ella, le dijo en su lengua: «Rabbuni» (que equivale a «Maestro»). 

Jesús la llama por su nombre (10,3) y ella lo reconoce por la voz, aunque no lo había reconocido por la vista. Este tema aparece también en el Cantar: «Estaba durmiendo, mi corazón en vela, cuando oigo a mi amado (lit. «voz de mi amado») que me llama: ‘¡Ábreme, amada mía!’» (5,2; cf. 2,8 hebr., LXX). 

Al oír la voz de Jesús y reconocerlo, María se vuelve del todo, no mira más al sepulcro, que es el pasado; se abre para ella su horizonte propio: la nueva creación que comienza. Ahora responde a Jesús. 

Juan Bautista había oído la voz del esposo y se había llenado de alegría, viendo el cumplimiento de la salvación anunciada. Ahora, al esposo responde la esposa; se forma la comunidad mesiánica. Ha llegado la restauración anunciada por Jeremías: «Se escuchará la voz alegre y la voz gozosa, la voz del novio y la voz de la novia» (Jr 33,11). Se consuma la nueva alianza por medio del Mesías[3].

La voz de Jesús, que María reconoce, llama al seguimiento (10,4: camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz); toca ahora a los discípulos recorrer su mismo camino hacia el Padre (14,6). 

La respuesta de María: Rabbuni, Señor mío, tratamiento que se usaba para los maestros, pone este momento en relación con la escena donde Marta dice a su hermana: El Maestro está ahí y te llama (11,28). Por otra parte, aunque los términos «Rabbi» y «Rabbuni» sean prácticamente sinónimos (Señor mío), el segundo se encuentra solamente en esta escena, después de la resurrección. Reconocer a Jesús como «Rabbi», usado para dirigirse a los maestros judíos (3,2), fue el punto de partida de los discípulos, antes de conocer a Jesús (1,38). «Rabbuni» es el punto de llegada, después que su enseñanza ha culminado dando su vida en la cruz: Jesús es maestro de un modo nuevo, distinto de los del pasado. Al mismo tiempo, «Rabbuni» podía ser usado por la mujer  dirigiéndose al marido [4]. Se combinan así los dos aspectos de la escena: el lenguaje nupcial expresa la relación de amor que une la comunidad a Jesús; pero este amor se concibe en términos de discipulado, es decir, de seguimiento: se corresponde a su amor practicando un amor como el  suyo (1,16; 13,34: igual que yo os he amado) [5]

17a Le dijo Jesús: «Suéltame, que aún no he subido con el Padre para quedarme». 

Hay un gesto implícito de María respecto a Jesús, que corresponde a Cant 3,4: «Encontré al amor de mi alma: lo agarraré y ya no lo soltaré, hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en sus entrañas». La alegría del encuentro hace olvidar a María que su respuesta a Jesús ha de ser el amor a los demás. 

A este gesto responde Jesús al decir a María: Suéltame, y añade la razón: que aún no he subido con el Padre para quedarme. «Con el Padre» se opone a «la casa de la madre» del texto del Cantar, mostrando la importancia del esposo: es él quien da la identidad a los suyos. El ha de llevarse a la esposa a su propio hogar, que es el del Padre, pero aún no ha llegado el momento. 

La fiesta nupcial será el estadio último, cuando la esposa, después de recorrer su camino, el del amor total, llegue a su mismo tálamo, el que está preparado (20,6) en el jardín (19,41) donde no se conoce la muerte (20,7). 

Jn está llamando a la realidad a las comunidades cristianas. Aún no se encuentran en el estadio final, sino en el de la misión (20,21), cuyo éxito está asegurado por el Espíritu que reciben. El evangelista invita a la actividad. Hay que continuar la misión de Jesús realizando las obras del que lo envió (9,4), mostrando hasta el final el amor de Dios por el hombre (17,22s). 

La vida de la comunidad queda situada en la perspectiva del paso al Padre. Para llegar a la tierra de la vida hay que pasar por la muerte. Este «pasar por la muerte» es, sin embargo, una expresión de sentido complejo. Así como la calidad de la vida presente es ya definitiva y supera la muerte, del mismo modo este «más allá» del sepulcro es también una realidad presente. La muerte del discípulo no es un acto único, sino la actitud de donación total que orienta su vida (12,24 lect.). Así también, el jardín de la vida se va encontrando incesantemente en el don de sí a los demás. Es lo que Jesús había descrito afirmando: está en mi mano entregarla y está en mi mano recobrarla (10,17-18a Lect.). Dar la vida física o aceptar la muerte por amor al hombre será el acto final y definitivo de entrega; a él corresponderá el estadio final de la realidad que ya vive, la plenitud de la creación de Dios.

Esta tensión entre el «ya» y el «todavía no» dinamiza la vida cristiana. Así, María Magdalena encuentra a Jesús en el huerto-jardín y, sin embargo, él la manda a cumplir una misión. Ella posee a Jesús y, al mismo tiempo, aún no lo posee. 

La subida definitiva con el Padre significará el fin de la actividad de Jesús en su comunidad, que está aún en el mundo (17,11) y, junto con ella, en la misión (21,4ss). Todavía va a estar Jesús presente con los suyos y seguirá «llegando» a su comunidad (20,19.26; 21,13). Cuando deje de llegar (21,11: mientras sigo viniendo) será el momento de esta subida. En ella, por tanto, quedará incorporada toda la nueva humanidad, realizada a lo largo de la historia y representada aquí en su primicia por María Magdalena, la esposa de la nueva alianza. Será entonces cuando obtenga la unión definitiva. 

Esta subida describe figuradamente el triunfo del Mesías, la entrada del reino de Dios en su estadio final, la creación plenamente realizada (3,13 Lect.). Es el final del itinerario del Mesías con su pueblo. De ahí que en esta frase no llame a Dios «su Padre», sino «el Padre» de todos los que quieren hacerse hijos siguiéndolo a él. 

Desde su condición de crucificado, es decir, desde su amor hasta el extremo (13,1), Jesús tirará de todos hacia sí (12,32), para hacerlos llegar a su nivel de Hombre (cf. 12,23.34) y constituir así la humanidad acabada que subirá con el Padre definitivamente. 

Hay que tener en cuenta el sentido figurado de «subir», en relación con el origen de Jesús (3,13: el que ha bajado del cielo) y su pertenencia (8,23: yo pertenezco a lo de arriba). Estas expresiones no tienen sentido local (3,13 Lect.), indican solamente la diferencia cualitativa entre la esfera de Dios, la del Espíritu, que existe dentro de la historia, pero que ha de llegar aún a su realización total, y la del mundo sometido al mal y a la injusticia (8,23: lo de aquí abajo). 

17c «En cambio, ve a decirles a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, que es vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios’». 

Jesús interrumpe el deseo de unión definitiva para enviar a María con un mensaje para los discípulos, a los que, por primera vez, llama sus hermanos. Como lo significó con el lavado de los pies (13,5), él constituye una comunidad de iguales. El amor entre él y los suyos es un amor fraterno; siendo el Señor y el Maestro, no se pone por encima de ellos: sus amigos (15,15) son también sus hermanos. 

Antes de la subida definitiva junto con la humanidad nueva, que coronará la obra realizada, hay otra subida de Jesús al Padre, que dará comienzo a la nueva historia. Jesús no los deja desamparados, volverá con ellos (14,18) para darles la vida; así podrán contemplarlo vivo y experimentar la identificación de Jesús con el Padre y la de ellos con Jesús (14,18-20). Esta es la subida que Jesús anuncia a los discípulos por medio de María. 

La mención del Padre de Jesús como Padre de los discípulos alude a la promesa que les había hecho en la Cena: En el hogar de mi Padre hay vivienda para muchos; si no, os lo habría dicho. La prueba es que voy a prepararos sitio. Además, cuando vaya y os lo prepare, vendré de nuevo y os acogeré conmigo; así, donde estoy yo, también vosotros estaréis (14,2-3). Como les había anunciado, Jesús sube ahora al Padre para prepararles sitio, es decir, para obtener para ellos la condición de hijos. Por eso, esta subida está también en relación con el don del Espíritu: yo, a mi vez, le rogaré al Padre y os dará otro valedor que esté con vosotros siempre, el Espíritu de la verdad (14,16s). En la perícopa siguiente se describirá precisamente la vuelta de Jesús a su comunidad, donde le comunicará el Espíritu, reuniéndolos así consigo y haciéndolos estar donde está él. Comienza el período que irá realizando y preparando el estadio final. 

El Padre de Jesús lo es ahora también de los discípulos, por eso los llama hermanos; van a vivir en el mismo hogar (14,2), es decir, el Padre, como Jesús, va a vivir con cada uno de ellos (14,23). Por haber un mismo Espíritu, común a Jesús y a los suyos (7,37-39; 20,22; cf. 1,16), hay un mismo Padre. 

Por la experiencia del Espíritu, los discípulos conocerán a Dios como Padre (17,3 Lect.). Esa es su primera experiencia verdadera de Dios. No es que llamen Padre al que conocen como Dios, sino al contrario: llaman Dios al que experimentan como Padre. No reconocen a otro Dios más que al que ha manifestado en la cruz de Jesús su amor gratuito y generoso por el hombre, comunicándole su propia vida. Ese es el Dios de quien Jesús, único Dios engendrado, ha sido la explicación (1,18) al manifestar su gloria en la cruz (17,1). No hay más Dios verdadero que el dador de vida (17,3). 

Anuncio a los discípulos

18 Marta fue anunciando a los discípulos: «He visto al Señor en persona», y que le había dicho aquello. 

Por boca de su representante, la comunidad recibe noticia de la resurrección de Jesús. María, que lo ha visto, se convierte en mensajera (cf. 20,12). Su anuncio parte de la experiencia personal de Jesús y del mensaje que él le comunica. No es anuncio que nace de la lectura de un hecho (20,8), sino mensaje recibido de Jesús vivo y presente. 

Con este mensaje comienza la nueva comunidad de hermanos, cuyo centro es Jesús, que manifiesta su gloria (17,24), expresada en la cruz con el derroche de su amor; esta comunidad contempla la Escritura nueva y definitiva, la persona de Jesús que da la vida por los suyos (19, 20-22). El desposorio celebrado anuncia la fiesta de bodas; la nueva creación tiende ya a su estado definitivo. 

Síntesis 

Aparece claramente en esta perícopa la concepción que Jn tiene de la obra de Jesús: consiste en la creación de una humanidad y un mundo nuevos. Simboliza esta idea con el encuentro en el huerto de la nueva pareja primordial que le da origen. Jesús está vivo y presente entre los suyos, que son las primicias de la nueva creación. 

La creación que comienza ha de ser continuada, está destinada a toda la humanidad. Por eso la presencia de Jesús en la comunidad no absorbe sus energías, sino que la proyecta hacia fuera, enviándola a un anuncio que se prolongará en la misión. 

Existe una realidad nueva, ya presente, pero en tensión hacia el futuro. No hay sólo esperanza, sino posesión de una vida que se desarrolla en la actividad del amor. Existe ya el reino de Dios, pero ha de crecer hasta su estadio final, en que culminará la realidad que se ha vivido y preparado. Están realizados los desposorios, pero la unión definitiva queda en el futuro, cuando los discípulos hayan recorrido el camino de Jesús. 


Notas

[1] La expresión «amigo de Jesús» se había aplicado antes a Lázaro, también en contexto de resurrección (11,3; cf. 11,11). Con esta aproximación caracteriza Jn a este discípulo como el que posee la vida definitiva, como la poseía Lázaro y las hermanas; sin embargo, como ellos, no se ha dado cuenta aún de la calidad de la vida que da Jesús, capaz de vencer la muerte. 
[2] Cuando murió Moisés, Josué lo lloró durante muchos días, hasta que el Santo le dijo: «Josué, ¿hasta cuándo estarás desolado? ¿Es que ha muerto sólo para ti? ¿No ha muerto también para mí?». Pues desde que ha muerto hay luto en mi presencia (según Is 22,12: «El Señor de los ejércitos los invitaba aquel día a llanto y a luto, a raparse la cabeza y a ceñir sayal») (cf. Bonsirven, n.° 342). Moisés, cuando murió, fue llevado sobre las alas de la Shekinah (Dios, la Gloria), los ángeles del servicio hacían duelo por él (ibíd., n.° 377). 
[3] También en la literatura rabínica se comparaban los días del Mesías a una fiesta de bodas, cf. S.-B. I, 517. 
[4] Rabbouni, Señor mío. En los Targumin, rabbon = ‘adon, señor, se usa también referido a hombres: Onq. Gn 45,8: «señor de su casa» (Jerus. I rabb en lugar de ‘adon); Onq. y Jerus. I Gen 18,12: rabboni, mi señor (Sara de Abrahán). Cf. S.-B. II, 25. 
[5] Hay muchos puntos de contacto entre esta narración y la del primer encuentro de dos discípulos con Jesús (1,35-39). En aquel caso los discípulos seguían a Jesús, y éste se volvió y los vio. Aquí es María la que se vuelve y ve a Jesús de pie (cf. nota). Es muy parecida la pregunta que Jesús dirige en ambos casos: ¿Qué buscáis? I ¿A quién buscas? Al principio, Jesús era aún un desconocido para los dos discípulos, que lo seguían solamente por haber oído a Juan Bautista; les pregunta la intención de su seguimiento. Ahora, en cambio, María ya conoce a Jesús, ha estado al píe de la cruz donde él ha manifestado su amor. El modo de dirigirse a Jesús es también muy semejante: Rabbi (Maestro) / Rabbouni (maestro), son dos formas del mismo tratamiento. La ligera diferencia que hace Jn entre ambas muestra que Jesús no es maestro para los suyos del mismo modo que lo eran los letrados para los judíos (cf. 3,2: Rabbi en boca de Nicodemo). 

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