Jn 20, 1-8: El sepulcro vacío

El Texto

1 El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. 2 Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»

3 Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. 4 Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. 5 Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. 6 Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, 7 y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

1. Como ya había pasado el sábado, durante el cual lo prohibía la Ley, no pudo María Magdalena contenerse, y muy de mañana se fue a buscar consuelo al sepulcro. Por eso dice: “El primer día de la semana, María Magdalena”, etc.

2. El Señor resucita estando cerrado el sepulcro y sellada la losa. Pero como convenía que otros se cercioraran, fue abierto el sepulcro después de su resurrección, y así se cree que sucedió, y fue lo que alarmó a María que, viendo quitada la piedra, no entró, ni miró, sino que aceleradamente, a impulsos de su mucho amor, corrió a anunciarlo a los discípulos. Ella no sabía nada en claro respecto a la resurrección, sino que creía que había sido trasladado el cuerpo.

3. El Evangelista, sin embargo, no privó a la mujer de esta gloria, ni creyó indecoroso que supieran por ella la primera noticia. Por su palabra van ellos con mucha solicitud a reconocer el sepulcro.

4-8. Llegando, pues, reconoció los lienzos; por eso dice: “Y habiéndose inclinado vio puestos los lienzos”. El no averigua nada más, sino que desiste; y esto es lo que sigue: “Mas no entró”. Pero Pedro, entrando resueltamente, lo examina todo con la mayor escrupulosidad, y ve más. Por eso sigue: “Vino, pues, Simón Pedro, y entró en el sepulcro y vio los lienzos y el sudario que había sido puesto en su cabeza, pero no junto con los lienzos, sino envuelto separadamente en otro lugar”. Esto era prueba de resurrección, porque si alguno lo hubiera trasladado no hubiera desnudado su cuerpo. Ni si lo hubieran robado, los ladrones no hubiesen cuidado de quitarle y envolver el sudario poniéndolo en un sitio diferente del de los lienzos, sino que hubieran tomado el cuerpo como se encontraba. Ya había dicho San Juan que al sepultarle lo habían ungido con mirra, la cual pega los lienzos al cuerpo. Y no creas a los que dicen que fue robado, pues no sería tan insensato el ladrón que se ocupara tanto en algo tan inútil.
Después de Pedro entró Juan. Y sigue: “Entonces entró también el otro discípulo”, etc.

San Agustín, De cons. evang. 3, 24 y in Ioannem, tract., 120.122

1. El primer día del sábado, es al otro día del sábado, que es el día que los cristianos llaman día del Señor en recuerdo de la resurrección. Este es el día que San Mateo designa con el nombre de “El primero del sábado”.

No cabe duda que María Magdalena era la que más fervientemente amaba al Señor de entre todas las mujeres que habían amado al Señor; de modo que no sin razón San Juan haga sólo mención de ella sin nombrar a las otras que con ella fueron, como aseguran los otros Evangelistas.

Lo que dice San Marcos “Muy de mañana, saliendo ya el sol” (Mc 16,12), no está en contradicción con lo que aquí se dice “Como aun fuese de noche y amaneciendo el día”, porque los crepúsculos de la noche van desapareciendo a proporción que más avanza la luz. Así debe entenderse lo que dice San Marcos: “Muy de mañana, salido ya el sol”, como si se viera ya el sol sobre la tierra. Porque acostumbramos a decir, cuando queremos expresar algún hecho de la madrugada, al levantarse el sol, esto es, un momento antes, es decir, en el momento de elevarse sobre la tierra.

Ya había, pues, sucedido lo que cuenta San Mateo del terremoto, de la losa separada y del espanto de los guardas.

2. Así se suele nombrar al que amaba Jesús, quien también a todos amaba, pero sobre todos a éste con más familiaridad.
Sigue: “Y les dijo: Quitaron al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto”.

En algunos códices griegos se lee: “Quitaron a mi Señor”, lo que demuestra un amor vehemente como de afecto de familia. Pero esto no lo encontramos en muchos códices que tenemos a la vista.

3-5. Después de haber dicho “que ellos fueron al sepulcro”, retrocedió para contar cómo fueron, y dice: “Corrían, pues, los dos a un tiempo”, y el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro, con lo que da a entender que era él el que llegó primero, pero que lo cuenta todo como de otro.

6-8. Algunos creen que Juan creía ya en la resurrección, pero no lo indica así lo que sigue: Vio vacío el sepulcro y creyó lo que la mujer había dicho. Pues sigue: “Aún no sabían la Escritura”, etc. No creyó, pues, que hubiese resucitado, cuando no sabía que había de resucitar, no obstante que lo oía decir al mismo Señor clarísimamente; pero por la costumbre de oírle hablar en parábolas no lo entendieron, y creyeron que quería decir otra cosa.

San Gregorio, In Evang. hom. 22

1-2. Con razón se dice “Cuando aún era de noche”, porque, en efecto, María buscaba en el sepulcro al Creador del universo, que ella amaba, y porque no le encontró le creyó robado; y por consiguiente encontró tinieblas cuando llegó al sepulcro.
Sigue: “Y vio removida la piedra del sepulcro”.

Hablando así, se expresa el todo por la parte, porque había venido buscando el cuerpo del Señor, y se lamentaba como si todo El hubiera sido robado. ( Moralium, 3, 9 )

3-8. Aquellos, que amaron más que los otros, corrieron más; a saber, Pedro y Juan. Por eso sigue: “Salió, pues, Pedro y el otro discípulo”, etc.

Esta descripción tan detallada del Evangelista no carece de misterio. San Juan, el más joven de los dos, representa la sinagoga judía, y Pedro, el más anciano, la Iglesia universal. Aunque la sinagoga de los judíos precedió en el culto divino a la Iglesia de los gentiles, sin embargo, fue superada en número por la multitud de los gentiles. Corrieron ambas juntamente, porque desde su nacimiento hasta su ocaso, aunque en distinto sentido, corren juntas. La sinagoga llegó primero al monumento, pero no entró, porque aunque entendió los mandatos de la Ley sobre las profecías de la Encarnación y Pasión y muerte del Señor, no quiso creer. Llegó después Simón Pedro y entró en el sepulcro, porque la Iglesia de las naciones, que siguió la última, creyó a Cristo muerto en su humanidad y vivo en su divinidad. El sudario, pues, de la cabeza del Señor, no fue encontrado con los lienzos, porque Dios es la cabeza de Cristo, y los misterios de su divinidad son incomprensibles a la flaqueza de nuestra inteligencia y superiores a las facultades de la naturaleza humana. Se ha dicho que el sudario se ha encontrado, no sólo separado, sino envuelto, porque el lienzo que sirve de envoltura a la cabeza divina, demuestra su grandeza en que no tiene principio ni fin. Esta es, pues, la razón por qué se encontró solo en otro lugar, porque Dios no se encuentra entre las almas que están divididas, y sólo merecen recibir su gracia las que no viven separadas por el escándalo de las sectas. Pero como el lienzo que cubre la cabeza de los operarios sirve para enjugar el sudor, puede entenderse con el nombre de sudario la obra de Dios, que aunque permanece tranquilo e inmutable en sí mismo, manifiesta que sufre y trabaja en la dura perversidad de los hombres. El sudario que había estado sobre su cabeza y encontrado aparte, demuestra que la Pasión de nuestro Redentor es muy diversa de la nuestra, porque El la padeció sin culpa, y nosotros por nuestros pecados; El se ofreció a ella voluntariamente, y nosotros la sufrimos contra nuestra voluntad. Después que entró Pedro entró Juan, porque al fin del mundo Judea entrará también en la fe del Salvador.

Teofilacto

1. O de otro modo: Los judíos llamaban sábado a todos los días de la semana, y primer sábado al primero de los sábados de la semana. Este día es figura del siglo venidero, en el cual no habrá más que un solo día sin interrupción de ninguna noche, porque Dios es el sol sin ocaso. En este día resucitó el Señor revistiéndose de incorruptibilidad corporal, así como seremos nosotros mismos revestidos de incorrupción en el siglo venidero.

3-4. Pero si me preguntas cómo estando los guardas pudieron acercarse al monumento, la pregunta es infundada, porque después que el Señor resucitó y compareció el ángel en el sepulcro en medio del terremoto, se retiraron los guardas para anunciarlo a los fariseos.

O de otro modo: Admira en Pedro la prontitud de la vida activa, y en Juan la contemplación humilde y práctica de las cosas divinas. Con frecuencia los contemplativos llegan por la humildad al conocimiento de las cosas divinas; pero los activos, guiados por su fervorosa asiduidad, llegan primero a la plenitud de este conocimiento.

Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Santa Teresa-Benedicta de la Cruz [Edith Stein], Meditación para el 6 de enero 1941

«Sabemos que su testimonio es verdadero»

El Redentor tampoco quiere que falte en el pesebre quien en vida le fue particularmente querido: el discípulo que Jesús amaba (Jn 13,23). El se nos presenta como la imagen de la pureza virginal. Porque era puro, agradó al Señor. El se apoyó sobre el pecho de Jesús y allí fue iniciado en los misterios del corazón divino (Jn 13,25). Al igual que el Padre del Cielo dio testimonio de su Hijo cuando dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo» (Mc 9,7), así parece señalarnos el Niño Dios a su discípulo amado y decirnos: «ningún incienso me es tan grato como la entrega de un corazón puro. Escuchad a aquel que pudo ver a Dios porque tenía un corazón puro» (Mt 5,8).

Nadie ha contemplado tan profundamente los abismos escondidos de la vida divina como él. Por eso él proclama solemnemente y secretamente… el misterio del eterno nacimiento del Verbo divino. El experimentó las luchas del Señor tan de cerca como sólo lo puede hacer un alma que ama esponsalmente… Cuidadosamente ha guardado y nos ha transmitido testimonios en los cuales el Redentor confesó su divinidad, frente a amigos y enemigos… Por él sabemos qué parte nos corresponde en la vida de Cristo y en la vida del Dios Trinitario…

Juan junto al pesebre nos dice: mirad lo que se concede a quien se entrega a Dios con corazón puro. Estos participarán de la total e inagotable plenitud de la vida humano-divina de Cristo como recompensa real. Venid y bebed de las fuentes de agua viva que el Salvador abre a los sedientos y que continúan manando en la vida eterna (Jn 7,37; 3,14). La Palabra se hizo carne y está ante nosotros bajo la forma de un niño recién nacido.

Ruperto de Deutz, Tratado sobre las obras del Espíritu Santo, IV, 10; SC 165

El discípulo que ha penetrado el misterio de Dios

En proporción a la gracia que hacía que Jesús le amaba y que le había hecho reposar en el pecho de Jesús en Cena (Jn 13,23), Juan recibió en abundancia [los dones del Espíritu] la inteligencia y la sabiduría (Is 11,2) – la inteligencia para comprender las Escrituras; la sabiduría para redactar sus propios libros con un arte admirable.

A decir verdad, no recibió este don desde el momento en que reposó su cabeza en el pecho del Señor, si más tarde lo pudo sacar de su corazón ” donde estaban escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia ” (Col. 2,3). Cuando dice que entrando en la tumba “vio y creyó “, reconoce “que todavía no conocían las Escrituras, y que hacía falta que Jesús resucitara de entre los muertos” (Jn 20,9).

Como los otros apóstoles, Juan recibió la plenitud, cuando vino el Espíritu Santo [en Pentecostés], cuando se dio la gracia a cada uno “según la medida del don del Cristo ” (Ef 4,7)… El Señor Jesús amó a este discípulo más que a otros, y le descubrió los secretos del cielo… para hacer de él el evangelista del misterio profundo del que el hombre mismo no puede decir nada: el misterio del Verbo, la Palabra de Dios, el Verbo que se hizo carne.

Es el fruto de este amor. Pero, aunque le amaba, no es a él a quien Jesús le dijo: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18)… Amando a todos sus discípulos y sobre todo a Pedro con un amor de espíritu y de alma, nuestro Señor amó a Juan con un amor del corazón… En cuanto al apostolado, Simón Pedro recibió el primer puesto y “las llaves del Reino de los cielos ” (Mt 16,19); Juan, obtuvo otra herencia: el espíritu de inteligencia, ” un tesoro de alegría y de gozo” (Eclo. 15,6).

Benedicto XVI, Audiencia general, 05-07-2006

Juan, hijo de Zebedeo

Dedicamos el encuentro de hoy a recordar a otro miembro muy importante del Colegio apostólico: Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Su nombre, típicamente hebreo, significa “el Señor ha dado su gracia”. Estaba arreglando las redes a orillas del lago de Tiberíades, cuando Jesús lo llamó junto a su hermano (cf. Mt 4,21 Mc 1,19).

Juan siempre forma parte del grupo restringido que Jesús lleva consigo en determinadas ocasiones. Está junto a Pedro y Santiago cuando Jesús, en Cafarnaúm, entra en casa de Pedro para curar a su suegra (cf. Mc 1,29); con los otros dos sigue al Maestro a la casa del jefe de la sinagoga, Jairo, a cuya hija resucitará (cf. Mc 5,37); lo sigue cuando sube a la montaña para transfigurarse (cf. Mc 9,2); está a su lado en el Monte de los Olivos cuando, ante el imponente templo de Jerusalén, pronuncia el discurso sobre el fin de la ciudad y del mundo (cf. Mc 13,3); y, por último, está cerca de él cuando en el Huerto de Getsemaní se retira para orar al Padre, antes de la Pasión (cf. Mc 14,33). Poco antes de Pascua, cuando Jesús escoge a dos discípulos para enviarles a preparar la sala para la Cena, les encomienda a él y a Pedro esta misión (cf. Lc 22,8).

Esta posición de relieve en el grupo de los Doce hace, en cierto sentido, comprensible la iniciativa que un día tomó su madre: se acercó a Jesús para pedirle que sus dos hijos, Juan y Santiago, se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en el Reino (cf. Mt 20,20-21). Como sabemos, Jesús respondió preguntándoles si estaban dispuestos a beber el cáliz que él mismo estaba a punto de beber (cf. Mt 20,22). Con estas palabras quería abrirles los ojos a los dos discípulos, introducirlos en el conocimiento del misterio de su persona y anticiparles la futura llamada a ser sus testigos hasta la prueba suprema de la sangre. De hecho, poco después Jesús precisó que no había venido a ser servido sino a servir y a dar la vida como rescate por muchos (cf. Mt 20,28). En los días sucesivos a la resurrección, encontramos a los “hijos de Zebedeo” pescando junto a Pedro y a otros discípulos en una noche sin resultados, a la que sigue, tras la intervención del Resucitado, la pesca milagrosa: “El discípulo a quien Jesús amaba” fue el primero en reconocer al “Señor” y en indicárselo a Pedro (cf. Jn 21,1-13).

Dentro de la Iglesia de Jerusalén, Juan ocupó un puesto importante en la dirección del primer grupo de cristianos. De hecho, Pablo lo incluye entre los que llama las “columnas” de esa comunidad (cf. Ga 2,9). En realidad, Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, lo presenta junto a Pedro mientras van a rezar al templo (cf. Ac 3,1-4 Ac 3,11) o cuando comparecen ante el Sanedrín para testimoniar su fe en Jesucristo (cf. Ac 4,13 Ac 4,19). Junto con Pedro es enviado por la Iglesia de Jerusalén a confirmar a los que habían aceptado el Evangelio en Samaria, orando por ellos para que recibieran el Espíritu Santo (cf. Ac 8,14-15). En particular, conviene recordar lo que dice, junto con Pedro, ante el Sanedrín, que los está procesando: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Ac 4,20). Precisamente esta valentía al confesar su fe queda para todos nosotros como un ejemplo y un estímulo para que siempre estemos dispuestos a declarar con decisión nuestra adhesión inquebrantable a Cristo, anteponiendo la fe a todo cálculo o interés humano.

Según la tradición, Juan es “el discípulo predilecto”, que en el cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena (cf. Jn 13,25), se encuentra al pie de la cruz junto a la Madre de Jesús (cf. Jn 19,25) y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado (cf. Jn 20,2 Jn 21,7).

Sabemos que los expertos discuten hoy esta identificación, pues algunos de ellos sólo ven en él al prototipo del discípulo de Jesús. Dejando que los exegetas aclaren la cuestión, nosotros nos contentamos ahora con sacar una lección importante para nuestra vida: el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto sólo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos: por esto, Jesús dijo un día: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. (…) No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,13 Jn 15,15).

En el libro apócrifo titulado “Hechos de Juan”, al Apóstol no se le presenta como fundador de Iglesias, ni siquiera como guía de comunidades ya constituidas, sino como un comunicador itinerante de la fe en el encuentro con “almas capaces de esperar y de ser salvadas” (18, 10; 23, 8).

Todo lo hace con el paradójico deseo de hacer ver lo invisible. De hecho, la Iglesia oriental lo llama simplemente “el Teólogo”, es decir, el que es capaz de hablar de las cosas divinas en términos accesibles, desvelando un arcano acceso a Dios a través de la adhesión a Jesús.

El culto del apóstol san Juan se consolidó comenzando por la ciudad de Éfeso, donde, según una antigua tradición, vivió durante mucho tiempo; allí murió a una edad extraordinariamente avanzada, en tiempos del emperador Trajano. En Éfeso el emperador Justiniano, en el siglo VI, mandó construir en su honor una gran basílica, de la que todavía quedan imponentes ruinas. Precisamente en Oriente gozó y sigue gozando de gran veneración. En la iconografía bizantina se le representa muy anciano y en intensa contemplación, con la actitud de quien invita al silencio.

En efecto, sin un adecuado recogimiento no es posible acercarse al misterio supremo de Dios y a su revelación. Esto explica por qué, hace años, el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras, a quien el Papa Pablo VI abrazó en un memorable encuentro, afirmó: “Juan se halla en el origen de nuestra más elevada espiritualidad. Como él, los “silenciosos” conocen ese misterioso intercambio de corazones, invocan la presencia de Juan y su corazón se enciende” (O. Clément, Dialoghi con Atenagora, Turín 1972, p. 159). Que el Señor nos ayude a entrar en la escuela de san Juan para aprender la gran lección del amor, de manera que nos sintamos amados por Cristo “hasta el extremo” (Jn 13,1) y gastemos nuestra vida por él.

Juan Pablo II

Audiencia general (extracto), 16-12-1992

La autoridad de Pedro en los inicios de la Iglesia

[…]  6. Conviene subrayar que entre los testigos de la resurrección, en virtud de la voluntad de Cristo, Pedro ocupaba el primer lugar. El ángel que había anunciado a las mujeres la resurrección de Jesús les había dicho: “Id a decir a sus discípulos y a Pedro…”(Mc 16,7). Juan deja entrar a Pedro en primer lugar al sepulcro (cf. Jn 20,1-10). A los discípulos que vuelven de Emaús, los demás les dicen: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”(Lc 24,34). Una tradición primitiva, recogida por la Iglesia y referida por san Pablo, asegura que Cristo resucitado se apareció en primer lugar a Pedro: “Se apareció a Cefas y luego a los Doce”(1Co 15,5).

Esta prioridad corresponde a la misión asignada a Pedro de confirmar a sus hermanos en la fe, como primer testigo de la resurrección.

7. Podemos concluir reconociendo que, de verdad, en los primeros tiempos de la Iglesia, Pedro actúa como quien posee la primera autoridad dentro del colegio de los Apóstoles y que por eso habla en nombre de los Doce como testigo de la resurrección.

Por eso obra milagros que se asemejan a los de Cristo y los realiza en su nombre. Por eso asume la responsabilidad del comportamiento moral de los miembros de la comunidad primitiva y de su desarrollo futuro. Y por eso mismo está en el centro del interés del nuevo pueblo de Dios y de la oración dirigida al cielo para que lo proteja y libere.

Audiencia general (extracto) 29-03-1989

Cristo, victorioso sobre la muerte, está presente activamente también en la historia de hoy.

El cristianismo continúa su camino, porque cuenta con la acción del Verbo encarnado, que se hizo hombre, murió en cruz, fue sepultado y resucitó, como lo había predicho. “La fe cristiana ‒ha escrito el conocido teólogo Romano Guardini‒, se mantiene o se pierde según se crea o no en la resurrección del Señor. La resurrección no es un fenómeno marginal de esta fe; ni siquiera un desenlace mitológico que la fe haya tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón” (“Il Signore”, Parte sexta, resurrección y transfiguración).

Y así, la Iglesia, junto al sepulcro vacío, advierte siempre a los hombres: “¡No busquéis entre los muertos al que vive! No está aquí: ha resucitado!”. “Acordaos ‒dice la Iglesia con las palabras de los ángeles a las mujeres piadosas atemorizadas ante la piedra corrida‒, de lo que os dijo estando todavía en Galilea: ‘El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’”. (Lc 24,6-7).

Pedro, que entró con Juan en el sepulcro vacío, vio “las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6-7). Él, después, con los Apóstoles y los discípulos, le vio resucitado y se entretuvo con Él, como afirmó en el discurso en la casa del centurión Cornelio: “Los judíos lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Ac 10,39-42).

Pedro, los Apóstoles y los discípulos comprendieron perfectamente que les tocaba a ellos la tarea de ser esencialmente y sobre todo los “testigos” de la resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en Él y la aceptación de su mensaje salvífico.

2. También el cristiano, en la época y en el lugar en que vive, es un testigo de Cristo resucitado: ve con los mismos ojos de Pedro y de los Apóstoles; está convencido de la resurrección gloriosa de Cristo crucificado y por ello cree totalmente en Él, camino, verdad, vida y luz del mundo, y lo anuncia con serenidad y valentía. El “testimonio pascual” se convierte, de este modo, en la característica específica del cristiano.

3. Obligado al “testimonio pascual”, el cristiano tiene indudablemente una gran dignidad, pero también una fuerte responsabilidad: en efecto, debe hacerse cada vez más creíble con la claridad de la doctrina y con la coherencia de la vida.

El “testimonio pascual”, por lo tanto, se expresa antes que nada mediante el camino de ascesis espiritual, es decir, mediante la tensión constante y decidida hacia la perfección, en valiente adhesión a las exigencias del bautismo y de la confirmación; se expresa, además, mediante el empeño apostólico, aceptando con sano realismo las tribulaciones y las persecuciones, acordándose siempre de lo que dijo Jesús “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros… Tendréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza: ¡Yo he vencido al mundo!” (Jn 15,18 Jn 16,33); se expresa, por fin, mediante el “ideal de la caridad”, por el que el cristiano, como el buen samaritano, aún sufriendo por tantas situaciones dolorosas en que se encuentra la humanidad, se halla siempre implicado de alguna forma en las obras de misericordia temporales y espirituales, rompiendo constantemente el muro del egoísmo y manifestando así de modo concreto el amor del Padre.

4. Queridísimos: ¡Toda la vida del cristiano debe ser Pascua! ¡Llevad a vuestras familias, a vuestro trabajo, a vuestros intereses, llevad al mundo de la escuela, de la profesión y del tiempo libre, así como al sufrimiento, la serenidad y la paz, la alegría y la confianza que nacen de la certeza de la resurrección de Cristo! ¡Que María Santísima os acompañe y os conforte en este “testimonio pascual” vuestro!

“Scimus Christum surrexisse a mortuis vere: tu nobis victor Rex, miserere!”: “¡Sabemos que en verdad resucitaste de entre los muertos. Rey vencedor, apiádate de nosotros!”.

Audiencia general, (extracto) 1-02-1989

Del “sepulcro vacío” al encuentro con el Resucitado

7. Entre los que recibieron el anuncio de María Magdalena estaban Pedro y Juan (cf. Jn 20,3-8). Ellos se acercaron al sepulcro no sin titubeos, tanto más cuanto que Marta les había hablado de una sustracción del cuerpo de Jesús del sepulcro (cf. Jn 20,2). Llegados al sepulcro, también ellos lo encontraron vacío. Terminaron creyendo, tras haber dudado no poco, porque, como dice Juan, “hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Digamos la verdad: el hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. La misma dificultad, que muestran las tradiciones del acontecimiento. al dar una relación de ello plenamente coherente, confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los afortunados testigos. La referencia “a la Escritura” es la prueba de la oscura percepción que tuvieron al encontrarse ante un misterio sobre el que sólo la Revelación podía dar luz.

8. Sin embargo, he aquí otro dato que se debe considerar bien: si el “sepulcro vacío” dejaba estupefactos a primera vista y podía incluso generar una cierta sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial, como lo anotan los Evangelios, terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección.

En efecto, se nos dice que las mujeres, y sucesivamente los Apóstoles, se encontraron ante un “signo” particular: el signo de la victoria sobre la muerte. Si el sepulcro mismo cerrado por una pesada losa, testimoniaba la muerte, el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte.

9. Para las mujeres y para los Apóstoles el camino abierto por “el signo” se concluye mediante el encuentro con el Resucitado: entonces la percepción aún tímida e incierta se convierte en convicción y, más aún, en fe en Aquel que “ha resucitado verdaderamente”. Así sucedió a las mujeres que al ver a Jesús en su camino y escuchar su saludo, se arrojaron a sus pies y lo adoraron (cf. Mt 28,9). Así le pasó especialmente a María Magdalena, que al escuchar que Jesús le llamaba por su nombre, le dirigió antes que nada el apelativo habitual: Rabbuní, ¡Maestro! (Jn 20,16) y cuando Él la iluminó sobre el misterio pascual corrió radiante a llevar el anuncio a los discípulos: “¡He visto al Señor!” (Jn 20,18). Lo mismo ocurrió a los discípulos reunidos en el Cenáculo que la tarde de aquel “primer día después del sábado”, cuando vieron finalmente entre ellos a Jesús, se sintieron felices por la nueva certeza que había entrado en su corazón: “Se alegraron al ver al Señor” (cf. Jn 20,19-20).

¡El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe!

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