Lc 3, 1-6: Predicación de Juan el Bautista

Texto Bíblico

1 En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, 2 bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 3 Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, 4 como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
«Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos;
5 los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano.
6 Y toda carne verá la salvación de Dios».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Orígenes, presbítero

Homilía:

Homilías sobre San Lucas, nº 22, 1-4.

«Preparad el camino del Señor» (Lc 3,).

Refiriéndose a Juan vemos escrito: «Una voz grita en el desierto. Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Pero lo que sigue concierne únicamente al Señor, nuestro Salvador. Porque no es Juan quien «ha elevado los valles», sino el Señor, nuestro Salvador. Que cada uno consideres qué era antes de tener fe: constatará que era un valle profundo, que descendía y se precipitaba hacia el abismo. Pero el Señor Jesús vino y ha enviado al Espíritu Santo en su lugar; entonces «todo valle ha sido elevado». Ha sido elevado con las buenas obras y los frutos del Espíritu Santo. La caridad no deja que subsista en ti el valle, y si posees la paz, la paciencia y la bondad, no tan sólo dejarás de ser valle sino que empezarás a ser montaña de Dios…

«Los montes y las colinas se abajarán.» En estas montañas y estas colinas abajadas, se pueden ver las fuerzas del enemigo que se levantaban contra los hombres. En efecto, para que los valles de los cuales estamos hablando sean elevados, las fuerzas enemigas, montañas y colinas, deberán ser abajadas.

Pero veamos si la profecía siguiente que se refiere a la venida de Cristo, se ha cumplido. De hecho, el texto prosigue: «todo lo torcido se enderezará». Cada uno de nosotros estaba torcido –por lo menos si se trata de lo que era en otro tiempo y no de lo que todavía hoy somos- y la venida de Cristo, que se ha realizado en nuestras almas, ha enderezado todo lo que estaba torcido… Oremos para que cada día se cumpla su venida en nosotros y podamos decir: «Vivo, pero ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Juan Bautista decía: «Todo valle será rellenado» (Lc 3,5), pero no es Juan quien llenó todo valle; es el Señor nuestro Salvador… «Todo lo torcido se enderezará… Cada uno de nosotros estaba torcido… y es la venida de Cristo que ha llegado hasta nuestra alma la que ha enderezado todo lo que estaba torcido… Nada había más impracticable que vosotros. Mirad bien los deseos tortuosos de otro tiempo, vuestros arrebatos y vuestras inclinaciones malas – y si, no obstante, han desaparecido: comprenderéis que no había nada tan impracticable como vosotros o, según una fórmula más expresiva, nada había más áspero. Áspera era vuestra conducta, vuestras palabras y vuestras obras eran ásperas.

Pero mi Señor Jesús vino y aplanó vuestras rugosidades, cambió todo ese caos en caminos unidos para hacer en vosotros un camino sin tropiezos, sino bien unido y muy limpio para que Dios Padre pueda caminar en vosotros, y Cristo Señor haga en vosotros su morada y pueda decir: «Mi Padre y yo vendremos y haremos morada en él» (Jn 14,23).

San Francisco de Sales, obispo

Sermón

Sermón del 20 de diciembre de 1620. IX, 442.444

«Preparad los caminos…» (Lc 3,4).

Preparad los caminos, allanad las sendas. Aunque estas palabras fueron pronunciadas con ocasión de que Ciro el Grande iba a dejar volver a los israelitas de la cautividad a la tierra prometida, sin duda el profeta Isaías tenía la intención de hablar de la venida de nuestro Señor. Por eso San Juan, al predicar la penitencia y anunciar al pueblo de Dios que el Salvador estaba ya próximo, se sirve de las mismas palabras del profeta y dice: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad los caminos del Señor, porque el Señor está ya cerca.” ¿Y qué tendremos que hacer para preparar su venida? San Juan nos lo enseña en sus predicaciones al decir: “haced penitencia, porque el Señor está ya próximo.” Y ciertamente, la mejor disposición para la venida del Salvador es hacer penitencia; todos tenemos que pasar por ahí. Y como todos somos pecadores, todos tenemos necesidad de penitencia. Pero decir esto, es decir algo muy vago y general, así que vamos a tratar de algunas particularidades.

San Juan indica en su Evangelio: “Allanad los caminos del Señor, rellenad los valles, abajad los montes y colinas.” Hay tantos montes… tantos valles… tantas tortuosidades… Para enderezar todo eso, no hay otro medio que la penitencia.

Los valles que San Juan quiere que se rellenen no son sino el temor, el cual, cuando es muy grande, lleva al desánimo. Rellenad los valles, es decir, llenad vuestros corazones de confianza y de esperanza porque la salvación está cerca. Ésos son los barrancos y los valles que hay que rellenar para la venida de nuestro Señor.

El temor y la esperanza nunca deben estar el uno sin el otro, ya que si el temor no va acompañado de esperanza ya no es temor sino desesperación; y la esperanza sin el temor es presunción.

Por tanto, hay que rellenar esos valles que el espanto ha excavado y que provienen del conocimiento de nuestras faltas; os digo que hay que rellenarlos de confianza en Dios.

“Que las colinas sean rebajadas…” Lc 3,5

“Rebajad, dice San Juan, los montes y colinas y montañas.” ¿Qué montes son éstos? La presunción y el orgullo, que son un gran impedimento para la venida de nuestro

Señor. Porque Él acostumbra a humillar y rebajar a los soberbios, y penetra hasta el fondo del corazón para descubrir el orgullo que allí esconde.

Ante Él, nada vale decir: soy Obispo, soy Sacerdote, soy Religiosa… Todo eso está muy bien, pero: si eres Obispo, ¿cómo te comportas en tu cargo? ¿cuál es tu vida? ¿es conforme a esa vocación? ¿no estás lleno de soberbia, de presunción como el fariseo del que habla la parábola en el Evangelio? ¿o quizá te pareces al publicano?

El fariseo era una montaña de orgullo, tenía algunas virtudes aparentes, de las que presumía y se gloriaba. Y decía con seguridad: “Señor, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: pago el diezmo, ayuno…” y otras cosas parecidas que él alegaba. Pero Dios, al ver su orgullo, lo rechazó.

Y el pobre publicano, que ante el mundo era una montaña alta y abrupta, fue rebajado y allanado ante la divina Majestad cuando vino al templo; porque “no osaba levantar los ojos para mirar al cielo” a causa de sus grandes pecados y se quedó a la puerta con un corazón contrito y humillado. Y por ello fue digno de encontrar gracia ante Dios.

Tengo más cosas que decir a este respecto, pero me contento con lo que os he dicho, que es bastante por esta vez.

San Gregorio Taumaturgo, obispo

Homilía:

Homilía (atribuida) sobre la santa Teofanía, 4: PG 10, 1181.

«No soy digno de desatarle las sandalias» (Lc 3,).

[Jesús fue a Juan para que lo bautizara. Juan dijo: ¡soy yo quien tengo que ser bautizado por ti! (Mt 3,3.14).] En tu presencia, Señor, no me puedo callar, porque «yo soy la voz, y la voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3,3.14).

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios (Juan 1,1) ; eres el reflejo resplandeciente de la gloria del Padre, la expresión perfecta del Padre(He 1,3); eres la verdadera luz que ilumina el mundo(Jn 1,9); tú que aunque estabas en el mundo, viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne, pero que habitas en nosotros(Jn 1,14; 14,23) y que te mostraste a tus siervos en condición de siervo(Fil 2,7); tú que uniste la tierra y el cielo con tu santo nombre como puente; ¿Eres tú quien vienes a mi?¿Tú que eres tan poderoso en comparación a mi pobreza? El rey hacia el servidor, el Señor hacia el servidor…

“Yo sé cuál es el abismo entre la tierra y el Creador». Cuál la diferencia entre el barro de la tierra y el que la ha modelado (Gen 2,7). Yo sé que tú eres el sol de justicia mayor que yo, que soy la lámpara de tu gracia (Mt 3,20 y Jn 5,35). Y mientras estás cubierto por la nube de tu cuerpo puro, yo, sin embargo, reconozco mi condición de siervo, que proclama tu gloria. “Yo no soy digno de desatar la correa de tus sandalias.” ¿Y cómo me atrevo a tocar tu cabeza? Cómo extenderé la mano sobre ti, »que has extendido los cielos como una tienda de campaña” y que has afianzado «las aguas sobre la tierra” (Sal 103,2, 135,6) … ¿Qué oración voy a hacer sobre ti, que acoges las oraciones de aquellos que te ignoran?

San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía:

Sobre Isaías, III, 3.

«Preparad el camino del Señor» (Lc 3,).

«¡El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerán como flor de narciso!» (Is 35,1). Esa que la Escritura inspirada llama, generalmente, desierta y estéril, es la Iglesia venida del paganismo. Existía antaño, entre los pueblos, pero no había recibido del cielo a su Esposo místico, quiero decir a Cristo… Mas, Cristo vino a ella: su fe le cautivó y la enriqueció con el agua divina que fluye de él; fluye porque él es «fuente de vida, torrente de delicias» (Sl 35,10.9)… Desde entonces, por su presencia, la Iglesia ha dejado de ser estéril y desierta; ha encontrado a su Esposo, y ha dado al mundo innumerables hijos, se ha cubierto de flores místicas…

Isaías continúa: «Lo cruzará una calzada pura que llamarán Vía Sacra» (v.8). La calzada pura es la fuerza del Evangelio penetrando la vida o, dicho con otras palabras, es la purificación del Espíritu. Porque el Espíritu borra la mancha impresa en el alma humana, la libera del pecado y la hace superar toda suciedad. Esta calzada es llamada, con razón, santa y pura; es inaccesible a cualquiera que no esté purificado. En efecto, nadie puede vivir según el Evangelio si primeramente no ha sido purificado por el santo bautismo; nadie, pues, puede llegar a él sin la fe…

Sólo los que han sido liberados de la tiranía del demonio podrán llevar la vida gloriosa que el profeta da a entender con estas imágenes: «No habrá allí leones, ni se acercarán las bestias feroces» (v.9), allí, en esta calzada pura. En efecto, antaño, el diablo, este inventor del pecado, como bestia feroz atacaba, con los espíritus malos, a los habitantes de la tierra. Pero fue reducido a la nada por Cristo, echado lejos del rebaño de creyentes, despojado de la dominación que sobre ellos ejercía. Por eso, rescatados por Cristo y unidos en la fe, caminarán con un solo corazón sobre esta calzada pura (v.9). Abandonando sus antiguos caminos «volverán para llegar a Sión», es decir, a la Iglesia, «con gozo y alegría sin fin» (v.10) tanto sobre la tierra, como en los cielos, y darán gloria a Dios, su Salvador.

Beato Guerrico de Igny, abad

Sermón:

5º sermón para el Adviento.

«Una voz grita en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor’» (Lc 3,).

«Preparad el camino del Señor». Hermanos, el camino del Señor que él nos ha dicho preparásemos, se prepara caminando, es preparándolo que se camina. Incluso aunque estéis muy adelantados en este camino os queda siempre algo que preparar, a fin de que en el punto en que habéis llegado, tendáis siempre a ir más adelante. He aquí que, a cada paso que hacéis, el Señor para quien preparáis el camino, viene a vuestro encuentro, un encuentro siempre nuevo, siempre más grande. Es, pues, con razón que el justo ora así: «Enséñame, Señor, el camino de tus preceptos, yo lo quiero seguir puntualmente» (Sl 118, 33). Es posible que se le llame «camino eterno» porque la Providencia ha previsto el camino para cada uno y le ha fijado un término, pero la bondad de aquél hacia el cual avanzáis no tiene límite. Por eso el viajero prudente y decidido, al llegar siempre dirá que no ha hecho más que comenzar; olvidará lo que queda detrás de él par poder decirse cada día: «Ahora comienzo» (Flp 3,13; Sl 76,11 Vulg)…

Pero nosotros que estamos hablando de progreso en este camino, ¡quiera el cielo que, por lo menos, hayamos comenzado! Me parece que, cualquiera que se pone en ruta está ya en el buen camino: tan sólo es necesario que lo haya comenzado verdaderamente, que haya «encontrado el camino de la ciudad habitada», tal como dice el salmo (106,4). Porque «son muy pocos los que lo encuentran» dice la misma Verdad (Mt 7,14). Son numerosos los que «vagan por las soledades»…

Y tú, Señor, nos has preparado un camino, y sólo tenemos que consentir y comprometernos en él. Nos has enseñado el camino de tu voluntad diciéndonos: «Este es el camino, seguidlo sin extraviaros ni a derecha ni a izquierda» (Is 30,21). Es el camino que el profeta había prometido: «Habrá allí una senda y un camino, no pasará el impuro por ella, ni los necios por ella vagarán» (Is 35,8). Yo era joven, ahora ya soy viejo (Sl 36, 25) y, y si tengo buena memoria nunca he visto a un insensato extraviarse en tu camino; he visto apenas a algunos prudentes que lo han podido seguir hasta el final.

San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

Homilía:

Homilía sobre el Evangelio, nº 20.

«Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (Lc 3,).

Es evidente para cualquier lector que Juan no solamente predicó, sino que confirió un bautismo de penitencia. Sin embargo, no pudo dar un bautismo que perdonara los pecados, porque la remisión de los pecados se nos concede solamente en el bautismo de Cristo. Es por eso que el evangelista dice que “predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3,3); no pudiendo dar él mismo el bautismo que perdonaría los pecados, anunciaba al que iba a venir. De la misma manera que con la palabra de su predicación era el precursor de la Palabra del Padre hecha carne, así su bautismo… precedía, como sombra de la verdad, al del Señor (Col 2,17).

Este mismo Juan, preguntado sobre quién era él, respondió: “Yo soy la voz que grita en el desierto” (Jn 1,23; Is 40,3). El profeta Isaías lo había llamado “voz” porque precedía a la Palabra. Lo que él gritaba nos lo dice seguidamente: “Preparad los caminos del Señor, allanad sus senderos”. El que predica la fe recta y las buenas obras ¿qué hace si no es preparar el camino en los corazones de los oyentes para el Señor que viene? Así la gracia todopoderosa podrá penetrar en los corazones, la luz de la verdad iluminarlos…

San Lucas añade: “Los valles se elevarán, las montañas y las colinas se allanarán”. ¿Qué es lo que aquí quiere decir con “los valles” sino los humildes, y con “los montes y colinas” sino los orgullosos? con la venida del Redentor…, según su misma palabra “el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”(Lc 14,11)… Por su fe en el “uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús”(1Tm 2,5), los que creen en él reciben la plenitud de la gracia, mientras que los que rechazan creer en él son allanados en su orgullo. Todo valle se elevará, porque los corazones humildes acogen la palabra de la santa doctrina, y se llenarán de la gracia de las virtudes, según está escrito: “De los manantiales sacas los ríos para que fluyan entre los montes” (Sal 103, 10).

Francisco, papa

Lumen fidei:

Carta Encíclica Lumen fidei, nn. 20-21.

«Él os bautizará con el Espíritu Santo» (Lc 3,).

La nueva lógica de la fe está centrada en Cristo. La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros… Cristo ha bajado a la tierra y ha resucitado de entre los muertos; con su encarnación y resurrección, el Hijo de Dios ha abrazado todo el camino del hombre y habita en nuestros corazones mediante el Espíritu santo. La fe sabe que Dios se ha hecho muy cercano a nosotros, que Cristo se nos ha dado como un gran don que nos transforma interiormente, que habita en nosotros, y así nos da la luz que ilumina el origen y el final de la vida, el arco completo del camino humano.

Así podemos entender la novedad que aporta la fe. El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo. Por eso, san Pablo puede afirmar: “No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20), y exhortar: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17). En la fe, el “yo” del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor. En esto consiste la acción propia del Espíritu Santo. El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu. Y en este Amor se recibe en cierto modo la visión propia de Jesús. Sin esta conformación en el Amor, sin la presencia del Espíritu que lo infunde en nuestros corazones (cf. Rm 5,5), es imposible confesar a Jesús como Señor (cf. 1 Co 12,3).

Concilio Vaticano II

Constitución (GS): Tierra nueva y cielo nuevo.

n. 39.

39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.

Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios.

Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: “reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz”. El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.


Comentarios exegéticos

Alberto Benito

Dabar 1988

Dabar 1988, 2.

Texto.

Dos frases articulan el texto: vino la palabra de Dios sobre Juan (v. 2). Juan recorrió toda la comarca del Jordán (v. 3.).

La primera frase reproduce la fórmula del Antiguo Testamento para el llamamiento a ser profeta. Este llamamiento lo sitúa en un marco ambiental relacionado con la historia de Roma, de Palestina y de las zonas limítrofes a ésta. El autor no busca datar con exactitud; simplemente señala un marco histórico internacional y no exclusivamente judío. Sitúa a su vez en el desierto el llamamiento profético de Juan. Por el contexto de este desierto no puede ser otro que el de Judea, es decir, toda la franja este de Judea hasta el río Jordán, zona en la que también vivía durante este período la comunidad esenia de Qumrán.

La segunda frase formula la actividad del profeta, caracterizándola como proclamación de un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. La formulación escueta y concisa puede dar lugar a equívocos. Su sentido parece ser el siguiente: Juan proclama que el perdón del pecado por parte de Dios está vinculado a una ablución ritual acompañada de un cambio de mentalidad y de una reforma de vida.

Esta actividad del profeta Juan está vista a la luz del texto de Isaías 40, 3-5. Lucas interpreta la actividad de Juan como un cumplimiento de este texto. También la comunidad esenia de Qumrán acudía a este texto de Isaías para dar razón de su vida en el desierto como preparación del camino para el señor. Sólo que el modo de preparar ese camino lo entendía de manera diferente a Juan. Mientras que los esenios hacían consistir la preparación en el estudio de la Ley y en su estricta observancia, el profeta Juan la hacía consistir en un cambio de mentalidad y de vida expresado en el bautismo.

Es también importante reseñar que Lucas prolonga la cita de Isaías hasta incluir la proyección universal de la salvación: Todos verán la salvación de Dios. Mateo y Marcos, en cambio, que también citan este texto de Isaías, lo hacen fijándose sólo en el aspecto de preparación del camino y no en el de dimensión universal (veánse los paralelos en Mt. 3, 3 y Mc. 1, 3).

Como rasgos típicos de Lucas en este texto destacan, pues, los tres siguientes: enmarcación dentro de la historia contemporánea, presentación de Juan como profeta y perspectiva universal.

Comentario.

Lucas nos sitúa ante un profeta. Profeta no se es por predecir el futuro, sino por interpretar la historia contemporánea desde la perspectiva de Dios.

Esta interpretación rompe por fuerza con moldes, esquemas y hábitos religiosos. Lucas nos presenta a Juan rompiendo con la comunidad religiosa de Qumrán , en la que probablemente vivió.

El profeta arremete contra la sociedad civil sólo si ésta hace gala de confesionalidad religiosa. Lo característico del profeta es arremeter contra la sociedad religiosa.

Lo que el profeta pide a la sociedad religiosa es un cambio de mentalidad y de comportamiento. Sólo a partir de un cambio así es como todos podrán ver la salvación de Dios.

La presencia de Dios en nuestro mundo depende de la credibilidad que ofrezca la Iglesia. Luego si decimos que Dios no se nota mucho en nuestro mundo, habremos de concluir que la Iglesia no ofrece mucha credibilidad. ¡Habrá, pues, que cambiar de imagen, es decir, de mentalidad y de comportamientos

Dabar 1994

Dabar 1994, 2.

Texto.

Se abre con un solemne período literario, estilísticamente bien elaborado en la versión original griega. El período indica con suficiente claridad que el movimiento narrativo empieza algo nuevo, y el lector así lo percibe.

Un séxtuple sincronismo relaciona la llamada y la actuación de Juan con la historia contemporánea, tanto de Roma como de Israel. No se puede interpretar como una datación exacta de la aparición de Juan. Lo que pretende es, más bien, ofrecer un marco ambiental, histórica y literariamente solemne, y resaltar así la importancia del momento.

El período literario formado por los dos primeros versículos culmina con la llamada de Juan, formulada en el más puro estilo de los viejos libros proféticos del Antiguo Testamento.

Lucas presenta la llamada de Juan según el modelo de los profetas del Antiguo Testamento. Más adelante escribirá lo siguiente:la ley y los profetas hasta Juan (Lc. 16,16).

Juan es para Lucas el último profeta, que marca la transición a un tiempo nuevo, el de Jesús.

El pleno de la tradición evangélica, es decir, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, coinciden en explicar la actuación de Juan a la luz del capítulo 40 de Isaías. Pero mientras Mateo, Marcos y Juan sólo citan el versículo 3 de ese capítulo, Lucas es el único evangelista que prolonga la cita hasta incluir el v. 5, que habla de la oferta de la salvación para todos: todos verán la salvación de Dios.

La actuación de Juan se localiza en la depresión geográfica del río Jordán en su desembocadura en el mar Muerto. En la traducción litúrgica a esa actuación se la califica de predicación. El texto original habla más bien de proclamación, es decir, de publicación solemne de una noticia que debe ser conocida. La proclamación equivale al bando, es decir, a algo que se hace saber de parte de un superior. Por su misma naturaleza, la proclamación debe tender a la brevedad, si quiere ser efectiva. La proclamación de Juan tiene todas estas características. Su formulación se encuentra en el v. 3: bautismo de conversión para el perdón de los pecados. El sentido de la apretada expresión bautismo de conversión lo ilumina el siguiente texto del historiador judío del s. I de nuestra era -FlavioJosefo: «Herodes había hecho asesinar a este hombre bueno (Juan), que exhortaba a los judíos a llevar una vida honrada, tratándose con justicia unos con otros, sometiéndose religiosamente a Dios y participando en un bautismo. De hecho, el propio Juan estaba convencido de que esa ablución no sería aceptable como perdón de los pecados, sino que se quedaría en una mera purificación temporal, si antes no se limpiaba el espíritu mediante una conducta honrada» (Antigüedades judías).

Comentario.

Hay en el texto de hoy una dinámica que no se debería dejar pasar por alto: convertirse para que la salvación ofrecida por Dios pueda llegar a todos. La conversión obedece, pues, a una doble exigencia: la que dimana del propio individuo pecador, y la que dimana del otro, que sin mi conversión se va a quedar sin saber que Dios tiene una oferta de Salvación para él. Sería triste y trágico que, en un momento en el que cada vez hay menos salvaciones, dejara de percibirse la única que es realmente acreedora al nombre de salvación: la que proviene de Dios.

Revista Eucaristía (1988)

Eucaristía 1988,7.

El evangelio, en sentido estricto, comienza a partir del bautismo de Jesús en el Jordán.

Marcos y Juan inician su relato a partir de la predicación del bautista, delimitando así y describiendo la situación en la que Jesús aparece en Galilea anunciando el reinado de Dios. Por su parte, Lucas, que nos habla a modo de preludio de la infancia de Jesús, consciente de la importancia de la vida pública de Jesús, sitúa solemnemente la predicación de Juan en el contexto de la historia universal. De esa manera asume también el mismo criterio de los otros evangelistas para determinar el evangelio en sentido propio.

Con la expresión, “vino la palabra”, frecuente en los libros proféticos (cf. Jr 1,2; Zac 1, 1; Miq 1, 1), se quiere destacar la soberanía de la palabra de Dios, su fuerza y su carácter de acontecimiento. Cuando Dios habla, hace historia. Con la venida de la palabra de Dios sobre el bautista, el precursor, se abre al espacio en el que va a culminar la historia de salvación de Dios en Jesucristo.

Pero la historia de la salvación, que es siempre la historia del diálogo de Dios con su pueblo, no acontece sin la conversión de este pueblo. De ahí la llamada que hace Juan a la penitencia. Juan predica una penitencia que es cambio hacia el futuro de Dios, que es salida al encuentro del que viene. Lucas ha visto en el bautista el mensajero anunciado por Malaquías (3,1), pero ha resumido su mensaje con palabras tomadas del 2º. Isaías (4, 3-5).

Dado que el autor escribe su evangelio para los gentiles y el interés que tiene de mostrarles su carácter universalista, a diferencia de Marcos, amplía la cita de Isaías para decirnos que “todos verán la salvación de Dios”. Sabido es que Isaías se refiere a la manifestación salvadora de Dios ante todo el mundo y en favor del mundo entero.

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