Lc 4, 38-44: La suegra de Simón Pedro y otras curaciones

Texto Bíblico

38 Al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. 39 Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
40 Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. 41 De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
42 Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. 43 Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
44 Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Jerónimo, presbítero

Homilía: Jesús nos toma de la mano

Hom. sobre el evangelio de Marcos

«Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó» (Mc 1, 31)

Luego, saliendo de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. Había instruido el Señor a su cuadriga  y era ensalzado por encima de los querubines. Y entra en la casa de Pedro. Digna era su alma para recibir a un huésped tan grande. «Vinieron—dice el Evangelio—a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre» (Mc 1,29).

¡Ojalá venga y entre el Señor en nuestra casa y con un mandato suyo cure las fiebres de nuestros pecados! Porque todos nosotros tenemos fiebre. Tengo fiebre, por ejemplo, cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Por ello, pidamos a los apóstoles que intercedan ante Jesús, para que venga a nosotros y nos tome de la mano, pues si él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante. El es un médico egregio, el verdadero protomédico. Médico fue Moisés, médico Isaías, médicos todos los santos, mas éste es el protomédico. Sabe tocar sabiamente las venas y escrutar los secretos de las enfermedades. No toca el oído, no toca la frente, no toca ninguna otra parte del cuerpo, sino la mano. Tenía la fiebre, porque no poseía obras buenas. En primer lugar, por tanto, hay que sanar las obras, y luego quitar la fiebre. No puede huir la fiebre, si no son sanadas las obras. Cuando nuestra mano posee obras malas, yacemos en el lecho, sin podernos levantar, sin poder andar, pues estamos sumidos totalmente en la enfermedad.

Y acercándose  a aquella, que estaba enferma… Ella misma no pudo levantarse, pues yacía en el lecho, y no pudo, por tanto, salirle al encuentro al que venía. Mas, este médico misericordioso acude él mismo junto al lecho; el que había llevado sobre sus hombros a la ovejita enferma, él mismo va junto al lecho. «Y acercándose… » Encima se acerca, y lo hace además para curarla. «Y acercándose… » Fíjate en lo que dice. Es como decir: hubieras debido salirme al encuentro, llegarte a la puerta, y recibirme, para que tu salud no fuera sólo obra de mi misericordia, sino también de tu voluntad. Pero, ya que te encuentras oprimida por la magnitud de las fiebres y no puedes levantarte, yo mismo vengo. Y acercándose, la levantó. Ya que ella misma no podía levantarse, es tomada por el Señor. Y la levantó, tomándola de la mano. La tomó precisamente de la mano. También Pedro, cuando peligraba en el mar y se hundía, fue cogido de la mano y levantado. «Y la levantó tomándola de la mano». Con su mano tomó el Señor la mano de ella. ¡Oh feliz amistad, oh hermosa caricia! La levantó tomándola de la mano: con su mano sanó la mano de ella. Cogió su mano como un médico, le tomó el pulso, comprobó la magnitud de las fiebres, él mismo, que es médico y medicina al mismo tiempo.

La toca Jesús y huye la fiebre. Que toque también nuestra mano, para que sean purificadas nuestras obras, que entre en nuestra casa: levantémonos por fin del lecho, no permanezcamos tumbados. Está Jesús de pie ante nuestro lecho, ¿y nosotros yacemos? Levantémonos y estemos de pie: es para nosotros una vergüenza que estemos acostados ante Jesús. Alguien podrá decir: ¿dónde está Jesús? Jesús está ahora aquí. «En medio de vosotros—dice el Evangelio—está uno a quien no conocéis». «El reino de Dios está entre vosotros». Creamos y veamos que Jesús está presente. Si no podemos tocar su mano, postrémonos a sus pies. Si no podemos llegar a su cabeza, al menos lavemos sus pies con nuestras lágrimas. Nuestra penitencia es ungüento del Salvador. Mira cuán grande es su misericordia. Nuestros pecados huelen, son podredumbre y, sin embargo, si hacemos penitencia por los pecados, si los lloramos, nuestros pútridos pecados se convierten en ungüento del Señor. Pidamos, por tanto, al Señor que nos tome de la mano.

Y al instante dice la fiebre la dejó. Apenas la toma de la mano, huye la fiebre. Fijaos en lo que sigue. «Al instante la fiebre la dejó». Ten esperanza, pecador, con tal de que te levantes del lecho. Esto mismo ocurrió con el santo David, que había pecado, yaciendo en la cama con Betsabé, la mujer de Urías el hitita y sintiendo la fiebre del adulterio, después que el Señor le sanó, después que había dicho: «Ten piedad de mí, oh Dios por tu gran misericordia», así como: «Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí». «Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios mío… » Pues él había derramado la sangre de Urías, al haber ordenado derramarla. «Líbrame, dice, de la sangre, oh Dios, Dios mío, y un espíritu firme renueva dentro de mí». Fíjate en lo que dice: «renueva». Porque en el tiempo en que cometí el adulterio y perpetré el adulterio y perpetré el homicidio, el Espíritu Santo envejeció en mí. ¿Y qué más dice? «Lávame y quedaré más blanco que la nieve». Porque me has lavado con mis lágrimas. Mis lágrimas y mi penitencia han sido para mí como el bautismo. Fijaos, por tanto, de penitente en qué se convierte. Hizo penitencia y lloró, por ello fue purificado. ¿Qué sigue inmediatamente después? «Enseñaré a los inicuos tus caminos y los pecadores volverán a ti»”. De penitente se convirtió en maestro.

¿Por qué dije todo esto? Porque aquí está escrito: Y al instante la fiebre la dejó y se puso a servirles. No basta con que la fiebre la dejase, sino que se levanta para el servicio de Cristo. «Y se puso a servirles». Les servía con los pies, con las manos, corría de un sitio a otro, veneraba al que le había curado. Sirvamos también nosotros a Jesús. Él acoge con gusto nuestro servicio, aunque tengamos las manos manchadas: él se digna mirar lo que sanó, porque él mismo lo sanó. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

San Pedro Crisólogo, obispo

Sermón: Dios busca a los hombres, no las cosas de los hombres

Serm. 18 : PL 52, 246-249 – Liturgia de las Horas

La lectura evangélica de hoy enseña al oyente atento por qué el Señor del cielo y restaurador del universo entró en los hogares terrenos de sus siervos. Aunque nada tiene de extraño que afablemente se haya mostrado cercano a todos, él que clementemente había venido a socorrer a todos.

Conocéis ya lo que movió a Cristo a entrar en la casa de Pedro: no ciertamente el placer de recostarse a la mesa, sino la enfermedad de la que estaba en la cama; no la necesidad de comer, sino la oportunidad de curar; la obra del poder divino, no la pompa del banquete humano. En casa de Pedro no se escanciaban vinos, sino que se derramaban lágrimas. Por eso entró allí Cristo, no a banquetear, sino a vivificar. Dios busca a los hombres, no las cosas de los hombres; desea dispensar bienes celestiales, no aspira a conseguir los terrenales. En resumen: Cristo vino en busca nuestra, no en busca de nuestras cosas.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre. Entrando Cristo en casa de Pedro, vio lo que venía buscando. No se fijó en la calidad de la casa, ni en la afluencia de gente, ni en los ceremoniosos saludos, ni en la reunión familiar; no paró mientes tampoco en el decoro de los preparativos: se fijó en los gemidos de la enferma, dirigió su atención al ardor de la que estaba bajo la acción de la fiebre. Vio el peligro de la que estaba más allá de toda esperanza, e inmediatamente pone manos a la obra de su deidad: ni Cristo se sentó a tomar el alimento humano, antes de que la mujer que yacía en cama se levantara a las cosas divinas. La cogió de la mano, y se le pasó la fiebre. Veis cómo abandona la fiebre a quien coge la mano de Cristo. La enfermedad no se resiste, donde el autor de la salud asiste; la muerte no tiene acceso alguno, donde entró el dador de la vida.

Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él con su palabra expulsó los espíritus. El anochecer se produce al acabarse el día del siglo, cuando el mundo bascula hacia la puesta de la luz de los tiempos. Al caer de la tarde viene el restaurador de la luz, para introducirnos en el día sin ocaso, a nosotros que venimos de la noche secular del paganismo.

Al anochecer, es decir, en el último momento, la piadosa y solemne devoción de los apóstoles nos ofrece a Dios Padre, a nosotros procedentes del paganismo: son expulsados de nosotros los demonios, que nos imponían el culto a los ídolos. Desconociendo al único Dios, servíamos a innumerables dioses en nefanda y sacrílega servidumbre.

Como Cristo ya no viene a nosotros en la carne, viene en la palabra: y dondequiera que la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo, allí la fe nos libera de la servidumbre del demonio, mientras que los demonios, de impíos tiranos, se han convertido en prisioneros. De aquí que los demonios, sometidos a nuestro poder, son atormentados a nuestra voluntad. Lo único que importa, hermanos, es que la infidelidad no vuelva a reducirnos a su servidumbre: pongámonos más bien, en nuestro ser y en nuestro hacer, en manos de Dios, entreguémonos al Padre, confiémonos a Dios: pues la vida del hombre está en manos de Dios; en consecuencia, como Padre dirige las acciones de sus hijos, y como Señor no deja de preocuparse por su familia.

San Vicente de Paúl

Carta: Que nuestro Señor nos vea

Carta del 16-08-1656

«Jesús se acerca y la coge de la mano» (Mc 1, 31)

Es bello leer lo que le sucede a la suegra de san Pedro en el Evangelio. Esta buena mujer, estando enferma de una fiebre extraña, escuchó decir que el Señor estaba en Cafarnaún, que hacía grandes milagros, curando a los enfermos, expulsando a los demonios de los poseídos, y otras maravillas. Sabía que su yerno estaba con el Hijo de Dios y podía decirle a san Pedro: ” Hijo mío, tu Maestro es poderoso y tiene poder para librarme de esta enfermedad”. Algún tiempo después, el Señor vino a su casa, pero ella no demuestra, en absoluto, impaciencia por su dolor; ni se queja, ni pide nada a su yerno, ni al Señor, al que podía decirle: ” Sé que tienes poder de curar todo tipo de enfermedades, Señor; ten compasión de mí”. Sin embargo no dice nada de todo eso, y nuestro Señor, viendo su indiferencia, mandó a la fiebre dejarla, y en el mismo instante quedó curada.

En todas las cosas lastimosas que nos llegan, no nos entristezcamos, abandonémoslo todo a la Providencia, y que nos baste que nuestro Señor nos vea y sepa lo que aguantamos por su amor y para imitar los bellos ejemplos que nos dio, particularmente en el huerto de los Olivos, cuando aceptó el cáliz… Porque, aunque hubiera pedido que pasara, si pudiera ser, sin beberlo, añadió en seguida que se cumpliera la voluntad de su Padre (Mt 26,42).

San Francisco de Sales

Sermón: Querer lo que Dios quiere.

Sermón del 3 de marzo de 1622. X, 281.283-294.

Sucedió así: habiendo entrado a la casa para comer el Salvador, Juan, Santiago y Andrés, con su hermano Pedro, se pusieron de acuerdo, antes de sentarse a la mesa, para pedirle que curase a esa mujer. Esta petición nos recuerda la comunión de los santos por la cual, el cuerpo de la Iglesia está tan unido que todos sus miembros participan en el bien de cada uno de ellos. Por eso todos los cristianos tienen parte en las oraciones y buenas obras que se hacen en la Iglesia. Y esta comunión no es solamente en la tierra, sino que se extiende a la otra vida, pues nosotros participamos de las oraciones de los bienaventurados que están en el Cielo. En eso consiste la comunión de los santos, que está aquí representada en la curación de esta enferma, que no la consiguió ella, con sus ruegos, sino que se hizo por los ruegos de los Apóstoles intercediendo por ella.

La enferma es admirable; no sólo no va publicando su mal, ni se entretiene en hablar de él, ni cree su deber el llamar a un médico. Y lo que es más extraño, estando en su casa el soberano Médico que podría curarla, no le dice ni palabra, le mira como a su Dios, al que ella pertenece en salud y en enfermedad. Testimonia esta mujer así, que no quiere verse libre de la fiebre hasta que Dios no quiera… 

No basta estar enfermo porque esa es la Voluntad de Dios; hay que llevar la enfermedad como Él quiere y cuanto Él quiera, poniéndonos en sus manos y poniendo en ellas nuestra salud, para que esté también a sus órdenes… 

Su dulzura y su resignación fueron grandes al no alborotar con su enfermedad ni darla a entender con palabras, pues ni al Salvador ni a los que tenía alrededor les dijo que deseaba sanarse antes que estar enferma. Aunque puede ser bueno pedir la salud al que nos la puede dar, si es para mejor servir a nuestro Señor. Pero siempre hay que pedirla con esta condición: si es su voluntad. 

El Salvador miró pues a la enferma, que le estaba mirando. Se acercó a su lecho, la tomó de la mano e increpando a la fiebre, le mandó que la dejara. Instantáneamente quedó curada y levantándose, se puso a servirles. 

La curada demostró mucha virtud y el provecho que había sacado de su enfermedad; por haberla sufrido con tanta resignación, en cuanto estuvo curada sólo quiso usar de su salud en el servicio de El. 

No era de esas mujeres flojas y delicadas que, por una enfermedad de unos días necesitan luego semanas y meses para reponerse, para que los que todavía no se han enterado de su enfermedad, lo sepan en este tiempo y puedan compadecerlas. 

Fijaros en el amor con que esta mujer servía a su querido Maestro, con cuánto gozo y alegría. Cómo le miraba y cómo su corazón se abrasaba de amor por El. 

Pensad también en lo que hacían, por su parte, los Apóstoles, que habían visto el milagro. Y, por fin, tomad nota de cómo se ha de comportar uno en las enfermedades corporales y cuánto provecho se puede sacar de ellas.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Los milagros de Jesús y el evangelio del reino

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1261-1262.

Todo nos permite suponer que los diversos elementos que recoge nuestro texto están fundados en un recuerdo histórico: la curación de la suegra de Simón (Pedro) (4,38-39), las curaciones numerosas (4,40-41), la exigencia de extender el mensaje del reino fuera de la ciudad de Cafarnaum (4,42-44). Sin embargo, la elaboración de esos rasgos y la unidad del conjunto parecen ser obra de un redactor, probablemente de Marcos (1,29-39), a quien Lucas ha seguido. Teniendo esto en cuenta veamos el sentido de los elementos del texto. 

Sorprende el hecho de que Jesús ofrece curación a todos los presentes: la suegra de Simón, los enfermos y posesos. En su gesto de ayuda se ha expresado la verdad de la presencia del 

Espíritu que viene a transformar el mundo (cfr 4,18-21). Su poder no es destrucción, sino comienzo de una vida verdadera; su juicio no es castigo, sino ofrenda de perdón que se dirige a todos los que estaban oprimidos por las fuerzas de lo malo. La presencia escatológica de Dios ha comenzado a realizarse de una forma decidida sobre el mundo. 

En este contexto se debe anotar la relación de Jesús con los poderes malos. El hecho de que los demonios le conozcan significa que su actividad se mantiene en el plano de la lucha contra todo lo que aquéllos significan de opresión y destrucción para los hombres. Al conocerle (saber el nombre significa tener poder sobre alguien), los demonios pretender inutilizar su obra, pero Jesús no les deja hablar y les expulsa (4,41). En este rasgo, común en los antiguos exorcismos, se descubre que es preciso luchar contra lo malo sin detenerse a discutir sus pretensiones. 

Todos sabemos que el mal se puede revestir de una apariencia buena, engañando a los que vienen a escuchar sus ruegos. Jesús no se ha parado. Sabía que todo lo que destruye al hombre es perverso y se ha esforzado por vencerlo. 

La obra de Jesús suscita una reacción egoísta entre las gentes: quieren aprovecharle, monopolizar el aspecto más extenso de su actividad y utilizarle como un simple curandero. Por eso vienen a buscarle (4,42). Nuestra relación con Jesús y el cristianismo puede moverse en ese plano: les aceptamos simplemente en la medida en que nos ayudan a resolver nuestros problemas (nos ofrecen tranquilidad psicológica, garantizan un orden en la familia o el estado, sancionan unas normas de conducta que pensamos provechosas). Esa forma de utilizar el evangelio es vieja; quizá puede aplicarse a ella las palabras de condena que Jesús dirige a Cafarnaum (Lc 10,15), la ciudad que pretendía monopolizar sus obras milagrosas. 

La respuesta de Jesús es clara: tiene que anunciar el reino en otros pueblos (4,43). Su exigencia se traduce en un don que se halla abierto a todos los que esperan. Ciertamente, el evangelio es un regalo que enriquece la existencia: pero es un regalo que no se puede encerrar, un regalo que nos abre sin cesar hacia los otros.

A. Stöger, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Lc): En Cafarnaúm (ii)

Comentario para la lectura espiritual. Herder, Barcelona (1979), Tomo I, pp. 146-148.

38 Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón se encontraba atacada de fiebre grande y le suplicaron por ella. 39 E inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y ésta se le quitó. Inmediatamente ella se levantó y les servía. 

La enferma está acostada en una estera. Jesús se acerca como un médico a su cabecera. Se inclinó sobre ella. La misma palabra conminatoria que al demonio se dirige también a la fiebre. La palabra produce efecto. Inmediatamente sobreviene la curación. Nada puede oponerse a la palabra de Dios, pronunciada por Jesús. 

La suegra de Simón, una vez curada, sirve a la mesa. Se organiza una comida, y la que ha sido curada la sirve. La enfermedad había desaparecido al instante y totalmente. En Cafarnaúm, en casa de Simón, halla Jesús un nuevo hogar. «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica» (8,21). La casa de Simón se equipara a la sinagoga. Aquí, como allí, lleva a cabo la palabra de Dios las obras salvíficas. La palabra sale de la sinagoga y pasa a las casas de los hombres. 

40Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaron a él; entonces él les iba imponiendo las manos a cada uno y los curaba. 41 También los demonios salían de muchos, gritando así: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él les increpaba y no les permitía decir eso, porque sabían que él era el Mesías. 

Expresamente se dice que Jesús es el Salvador de todos en todas las cosas. «Todos han de ver la salvación de Dios»: así lo había anunciado el Bautista. La gracia de Dios desborda en Jesús. A cada uno de ellos les iba imponiendo las manos. La curación se efectúa por la virtud del Espíritu al que Jesús poseía. La imposición de manos es comunicación de la fuerza que hay en él y que sana. A cada uno imponía las manos. Con esto se expresa la bondad de Jesús: se interesa por todos al interesarse por cada uno. 

Los demonios se resisten a Jesús. Gritando su nombre quieren desvirtuarlo. En la antigüedad se creía que se podía expulsar al demonio pronunciando su nombre. La magia del nombre que los hombres emplean contra los demonios, dirigen éstos contra Jesús. En la lucha que se desencadena entre Jesús y los demonios una vez que se ha iniciado el tiempo de salvación, sale Cristo triunfante, pese a todas las intentonas de los poderes diabólicos. 

La grandeza de Jesús se muestra en el título de Hijo de Dios; se le da este título porque él es el Mesías (el Ungido). Cristo fue desde un principio ungido con el Espíritu, por lo cual se llama también Hijo de Dios (1,35). Pero Jesús no los dejó hablar. No quiere recibir la confesión de demonios. La confesión de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, el santo de Dios, se alcanzará por el camino de la muerte de Cristo (Flp 2,8ss). La imposición de las manos y la palabra son las manifestaciones de poder del Espíritu que obra en Cristo. 

42 Cuando amaneció, salió y se fue a un lugar desierto, las multitudes lo andaban buscando; llegaron hasta él e intentaban retenerlo, para que no se alejara de ellos. 43 Pero él les dijo: También a otras ciudades tengo que anunciar la buena nueva del reino de Dios, pues para esto he sido enviado. 44 E iba predicando por las sinagogas de Judea. 

Jesús no deja que le retengan en Cafarnaúm, Su vida es una peregrinación. Dos veces se expresa esto. Marcos habla de la oración de Jesús en la montaña (Mc 1,35), Lucas gusta de referirse a la oración solitaria de Jesús; pero en esta ocasión renuncia Lucas a hablar de ello. Jesús camina sin demora. La palabra necesita extenderse, Jesús no permite que nadie ni nada le detenga. 

Jesús no puede atarse a una ciudad. Tiene que caminar. Esta es su misión, tal es la necesidad que impone el designio divino. La palabra de Dios es para él un encargo que le impele a buscar amplios horizontes. Ni las ventajas personales ni las muchedumbres del pueblo deciden de su vida, sino únicamente la palabra, en último término Dios. 

La acción de Jesús consiste en proclamar la buena nueva de que el reino de Dios está presente. Esta nueva debe llenar la tierra entera de los judíos. El campo de acción se extiende: de Nazaret a Cafarnaúm y a la región circundante, de aquí a Judea, nombre con que se designa la tierra entera de Palestina. En todas las sinagogas resuena su mensaje, pero sólo en las sinagogas, en el pueblo de Israel. Sólo cuando sea exaltado, se verá enteramente libre de límites su proclamación.

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Curación de la suegra de Pedro, 4:38-39 (Mt 8:14-15; Mc 1:32-34).
Cf. Comentario a Mt 8:14-15.

La tradición de los tres sinópticos ha recogido este pequeño episodio. Probablemente influyó en ello la figura de Pedro. Lc es el único que al hablar de su enfermedad la diagnostica de una “gran fiebre.” Era un término técnico de la medicina de la época y usado probablemente por Lc a causa de sus aficiones médicas. Mientras Mt-Mc dicen que la cura “tomándola de la mano,” Lc destaca explícitamente la autoridad de Cristo, diciendo, sin el detalle de los otros, que “mandó” (έπετι’μησεν) a la fiebre dejarla, haciéndose la curación súbita.

Nuevas curaciones, 4:40-41 (Mt 8:16-17; Mc1:32-34).
Cf. comentario a Mt 8:16-17.

Los tres sinópticos traen este cuadro, aunque no en la misma perspectiva. Es como un clisé histórico con el que pretende cada uno, y a su propósito, de una pincelada, hacer ver la grandeza de Cristo. Mt ve en ello, conforme a su método, el cumplimiento mesiánico de una profecía de Isaías. Mc, ante la curación de “endemoniados,” dice que a “éstos” les prohibía hablar. Lc explica el porqué: los “demonios salían también de muchos gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios.” La expresión “el Hijo de Dios,” si no es una interpretación posterior cristiana (cf. Mc1:1), ha de ser sólo sinónima de Mesías (v.41b). “Pero él los reprendía y no los dejaba hablar, porque conocían que era el Mesías.” La proclamación prematura de su mesianismo, interpretada erróneamente en aquel ambiente, como el Mesías nacionalista esperado, podría traer obstáculos a su obra, posibles tumultos “teocráticos” e intervenciones de Roma. Es la hora todavía del “secreto mesiánico” en su aspecto de repercusión social.

Por otra parte, la sospecha de que Cristo fuese el Mesías estaba en la estimación de muchas gentes (Mt 12:33ss).

Lc destacará también que las curaciones las hacía Cristo “imponiendo las manos a cada uno.” Es un signo más de su poder, en contraposición a las largas fórmulas de exorcismos que los judíos usaban para expulsar los demonios.

Cristo sale de Cafarnaúm, 4:42-44 (Mc 1:35-38).

Lc dirá que todo este trajín de las gentes por buscarle y traerle enfermos fue “llegado el día,” — día natural — con lo cual quiere indicar el fin del reposo sabático, por lo que ya les era lícito esto. Así Cristo, “llegado el día,” se había retirado a un lugar desierto. Hasta tal punto estaban subyugados por su obra benéfica, que le “retenían” para que no se partiese de ellos. Buscaban sus curaciones. Pero El se quedó allí para “orar” (Mc). Detalle curioso: lo omite Lc, que destaca el tema de la oración, y lo trae Mc. Mas, a la mañana siguiente, la gente vuelve a forcejear por estar con El, presionándole por medio de Simón y los que “estaban con él,” los apóstoles (Mc). Pero el plan del Padre estaba trazado. Tenía que ir a predicar la Buena Nueva por otros pueblos, aprovechando la oportunidad de la enseñanza sinagogal.

“E iba predicando por las sinagogas de Judea.” Mc pone que esta predicación, si el pasaje es absolutamente paralelo, en su perspectiva real o literaria, la hacía por Galilea. En Lc, esta lectura, aunque oscila, críticamente Judea es la lectura más probable. La expresión Judea puede equivaler a toda Palestina (Lc 1:5; 6:17; 7:17). Escribiendo para lectores no judíos, es posible que Lc hable vagamente de la geografía de Cristo, indicando así que, saliendo de allí, su predicación quedó entroncada en las sinagogas palestinenses. Lo que es comentario del “universalista” Lc a las palabras de Cristo, que transmite inmediatamente antes: “Es preciso que anuncie el reino de Dios en otras ciudades, porque para esto he sido enviado.” Es un relato de tipo “sumario.” El tema de “enviado” es tema joánico (Jn 4:34; 5:23).

J. Fitzmyer, El Evangelio según san Lucas: Enseñanza y curación en la sinagoga de Cafarnaún

Tomo II. Traducción y Comentarios. Cristiandad, Madrid (1987), cf. pp. 462-477.

La suegra de Pedro (4,38-39) 

v. 38. Al salir de la sinagoga 

La traducción literal —«levantándose de la sinagoga»— revela una de las construcciones características de Lucas: el uso del participio anastas con la preposición apo (cf. Lc 22,45). Pero en este caso la construcción es elíptica, ya que habría que esperar un subsiguiente verbo en indicativo, por ejemplo, exelthen (= «salió»). La formulación sincopada puede deberse a la presencia del inmediato eisélthen (— «entró»). 

Simón 

Primera mención de este personaje. El único dato es que posee una casa en Cafarnaún. La formulación de la frase: «en casa de Simón», sugiere naturalmente que Simón es el propietario. Véase la «nota» exegética a Lc 5,3. La precisión está tomada del relato de Marcos (Mc 1,29); pero ese detalle parece que está en contradicción con el dato de Jn 1,44, donde se habla de Betsaida como «la ciudad de Andrés y de Pedro». Por supuesto que ambos evangelistas —o sus respectivas tradiciones— pueden referirse a cosas distintas; Juan podría aludir al lugar de nacimiento de Andrés y Pedro, mientras que Marcos —y, por consiguiente, Lucas— haría mención del lugar de residencia de Simón Pedro. 

El nombre griego Simón se usaba generalmente como abreviatura de Symeon, que traduce la forma hebrea Simeón (véase la «nota» exegética a Lc 2,25). En Hch 15,15 se usa la forma griega Symeon con referencia a Simón Pedro (para la problemática que plantea esa forma, véase CBiJ, art. 46, n. 33). En el curso de la narración de Lucas, concretamente en Lc 6,14, se hará referencia explícita al cambio de nombre: Pedro en vez de Simón. Sobre la frecuencia de este nombre entre los judíos de Palestina durante el s. i, véase ESBNT, 105-112. Conviene notar que la redacción de Mateo ha alterado el texto de Marcos, y dice expresamente: «la casa de Pedro» (Mt 8,14). 

En la obra de Lucas, el nombre de Pedro adquiere una gran diversidad de variantes. Por ejemplo, el jefe de los apóstoles aparece como Simón en Lc 5,3.4.5.10; 22,31; 24,34; simplemente como Petros, en Lc 8,45.51; 9,20.28.32.33; 12,41; 18,28; 22,34.54.58.60.61, y es la forma más frecuente en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1-15), hasta un total de cincuenta y seis veces; el nombre compuesto Simón Petros sólo aparece en Lc 5,8, pero la forma «Simón, llamado Pedro» se emplea en Lc 6,14; Hch 10,5.18.32; 11,13. Lucas no utiliza jamás el nombre arameo Képhas. Véase, para más detalles, nuestro «comentario» general a Lc 5,1-11. 

Suegra 

De 1 Cor 9,5 se deduce con toda claridad que Pedro estaba casado. La formulación lucana de este episodio parece sugerir que la suegra de Simón vivía realmente en casa de su yerno o, por lo menos, que se hallaba de visita. Por lo que hemos dicho anteriormente sobre «la casa de Simón», resulta difícil pensar que la suegra fuera la verdadera dueña de la casa y que fuera el propio Simón el que estuviera de visita. 

Estaba con una fiebre muy alta 

Mientras que la narración de Marcos (Mc 1,30) se contenta con describir la situación de la suegra de Simón como katekeito pyressousa ( = «estaba en cama con fiebre»), Lucas intensifica la descripción: en synechomené pyreto megaló (= «estaba aquejada de una fiebre muy alta»). 

En su análisis de esta frase, W. K. Hobart, The Medical Language of St. Luke (Dublín 1882) 3-5, compara esa expresión con el texto de Hch 28,8 y con otros escritores médicos que emplean el término synechomenos para referirse a esas afecciones; en particular, cita a Galeno, De differentiis febrium, 1, 1: «En estos casos de diferencia (de calor), los médicos suelen hablar de fiebre alta o de fiebre baja» (ton megan te kai mikron pyreton). En base a este presunto lenguaje médico, lo que Hobart quería demostrar es que el autor del tercer Evangelio era el personaje Lucas, reconocido por la tradición como «el querido médico» mencionado en Col 4,14. Como ya indicamos en nuestra introducción general (cf. tomo I, pp. 98ss), H. J. Cadbury ha refutado convincentemente esa tesis tan extendida; sobre el argumento de la fiebre en particular, véase su artículo en JBL 45 (1926) 190-209, espec. 194-195 y 203 y la nota en p. 207. Cadbury observa que el propio Galeno, en el curso de su monografía, reprueba esta práctica generalizada entre los profesionales de la medicina. 

Lo más probable es que Lucas describa esa fiebre como «muy alta» para hacer ver a sus lectores que para curarla se requiere una «poderosa» actuación de parte de Jesús. 

Le pidieron que hiciera algo por ella 

No se dice expresamente quiénes se lo pidieron a Jesús; pero por el contexto de la narración de Lucas tiene que referirse a los miembros de la familia de Simón. En cambio, en la narración de Marcos se podría interpretar como una «información» por parte de los cuatro discípulos que acompañan a Jesús. 

Lucas evita el uso del presente histórico: legousin (— «[se lo] dijeron»: Mc 1,30). 

v. 39. Se inclinó sobre ella 

Lucas emplea el verbo genérico ephistanai (= «presentarse», «personarse»); véase la «nota» exegética a Lc 2,9. Marcos, por su parte, es más vivido: «se acercó, la cogió de la mano y la levantó» (Mc 1,31). 

Increpó a la fiebre 

Véanse las precedentes «notas» exegéticas a Lc 4,33.35. La narración de Marcos no emplea el verbo epetimésen (— «intimó», «increpó»); en la redacción de Lucas, el verbo actúa como «enlace verbal» entre Lc 4, 35 y 4,41. Los tres episodios, unidos por el mismo verbo, presentan a Jesús en pleno uso de su palabra imperativa, que trae la salud y la salvación. 

Inmediatamente 

Sobre el adverbio parachréma, véase la «nota» exegética a Lc 1,64. Su función aquí consiste en demostrar lo instantáneo de la curación, y la indicación siguiente sobre el «servicio» subraya el carácter prodigioso del acontecimiento. 

Se puso a servirles 

Lucas emplea el verbo diakonein (= «servir») en imperfecto. Tanto el significado como el matiz concreto es ambiguo; en sentido absoluto, puede significar «servir a la mesa» o simplemente «servir» de un modo genérico. 

Curaciones al atardecer (4,40-41) 

v. 40. Al ponerse el sol 

Lucas simplifica en un solo rasgo la redundancia de su fuente, que acumula dos indicaciones de tiempo: «Al anochecer, cuando se puso el sol» (Mc 1,32); a Lucas le basta un simple genitivo absoluto: dynontos de tou béliou ( = «al ponerse el sol», «cuando ya se ponía el sol»). Mateo, en el sumario correspondiente (Mt 8,16), también emplea una sola indicación de tiempo, aunque conserva el inicial genitivo absoluto de Marcos. 

Conviene notar que en estos sumarios no hay ningún elemento que pueda sugerir que esa afluencia de enfermos tuvo lugar en una sola ocasión. 

Todos los que tenían (parientes) enfermos de diversas dolencias 

La narración de Marcos usa el imperfecto epheron (= «[se los] llevaban»); Lucas, por su parte, emplea el aoristo égagon («[se los] presentaron» o simplemente «llevaron»). W. R. Farmer (The Synoptic Problem, Nueva York 1964, 128-130) defiende que el uso de pherein con complemento directo de persona, como aparece en el texto de Marcos, es el resultado de una contaminación helenística entre el posterior verbo pherein y un uso más antiguo del verbo agein. Éste es uno de sus argumentos para mantener que la redacción de Marcos es posterior a la de Lucas: «Al elaborar su resumen de la narración de Mateo, o su combinación de los textos de Mateo y Lucas, Marcos dio amplia cabida en su redacción a sus propias preferencias estilísticas» (op. cit., 129). Pero conviene notar que este uso del verbo pherein se remonta al propio Homero. Lo único que ha hecho Lucas ha sido introducir un verbo griego más apropiado, el verbo agein. Véase mi contribución The Use of Agein and Pherein in the Synoptic Gospels: Hom. a F. Wilbur Gingrich (eds. E. H. Barth/R. E. Cocroft; Leiden 1972) 147-160. Cf. BGD, 14. 

Él imponía las manos 

La imposición de manos, como signo de curación, es un gesto desconocido en el Antiguo Testamento y en la literatura rabínica, pero sí aparece en la literatura de Qumrán. En lQapGn 20,28-29, Abrahán ora e impone las manos sobre la cabeza del faraón y exorciza al «mal espíritu» que aflige al rey (y a toda su familia) por haber llevado a Sara a su palacio. Véanse las respectivas «notas» exegéticas a Lc 4,35 y 4,39. 

De una comparación de estas dos narraciones resulta que el único elemento ausente en el relato de Lucas es precisamente la oración; esa ausencia resulta verdaderamente sorprendente, ya que en la redacción de Lucas la oración de Jesús es uno de los elementos más destacados (véanse nuestras reflexiones en la introducción general a este comentario en el tomo I, pp. 411ss). Para ulteriores detalles, véase D. Flusser, Healing through the Laying-On of Hands in a Dead Sea Scroll: IEJ 7 (1957) 107-108; A. Dupont-Sommer, Exorcismes et guérisons dans les écrits de Qumran, en Congress Volume, Oxford 1959 (VTSup 7; Leiden 1960) 246-261; J. A. Fitzmyer, The Génesis Apocryphon of Qumran Cave 1 (BibOr 18A; Roma 1971) 140-141. 

A cada uno de ellos 

Lucas amplía el número de los curados por Jesús; igual que Mateo (Mt 8,16), donde se habla genéricamente de «todos». Por su parte, Marcos limita la indicación reduciéndola a «muchos» (Mc 1,34). 

v. 41. Tú eres el Hijo de Dios 

Ese título, como fórmula de reconocimiento, no aparece en los demás paralelos, ni en el pasaje de Marcos (Mc 1,34) ni en el texto correspondiente de Mateo (Mt 8,16). Se trata de una aportación personal de Lucas, que confiere al sumario una tonalidad más dramática y más concreta. La formulación de Lucas está inspirada en el propio texto de Marcos (Mc 1,34b), donde se dice que Jesús «no toleraba que los demonios hablasen porque sabían quién era». En el Evangelio según Marcos esta indicación forma parte del secreto mesiánico. Lucas, por lo general, prescinde de ese aspecto, aunque conserva ciertas reminiscencias en la última parte del v. 41: «no les dejaba hablar porque sabían que él era el Mesías». 

La identificación de Jesús como «Hijo de Dios» es una resonancia de la escena del bautismo (Lc 3,22), recogida también, con visión retrospectiva, en las narraciones de la infancia (cf. Lc 1,32.35). El contexto global del v. 41 hace pensar que Lucas equipara el título de «Hijo de Dios» con el de «Mesías», aunque en el resto de la narración se emplean independientemente uno de otro debido a su diversidad de origen veterotestamentario. 

Él les increpaba 

Nueva presencia de la «palabra» conminatoria, expresada una vez más con el imperfecto del verbo epitiman (= «increpar», «intimar»). Véanse las respectivas «notas» exegéticas a Lc 4,35 y 4,39. 

Él era el Mesías 

A propósito del título, véase la «nota» exegética a Lc 2,11. La última parte del v. 41 es un comentario personal del evangelista, totalmente distinto del título «Hijo de Dios» puesto en boca de los demonios. Esta última reflexión se debe obviamente al estadio de redacción final del evangelista, que compone su narración del ministerio de Jesús varias generaciones después de que el protagonista realizara históricamente su actividad. 

Salida de Cafarnaún (4,42-44) 

v. 42. Al hacerse de día 

Nueva simplificación de la referencia temporal, que, en la narración correspondiente de Marcos, aparece más recargada: «De madrugada, (cuando) todavía (estaba) muy oscuro» (proi ennycha lian). \,2L sustitución de Lucas —un genitivo absoluto— resulta más elegante, desde el punto de vista literario (cf. Lc 4,40). 

Salió y se fue 

Literalmente: «saliendo, se marchó hacia». Vuelve a aparecer el típico verbo poreuesthai, que sale incluso dos veces en este mismo versículo. Véase la «nota» exegética a Lc 4,30. 

Un lugar desierto 

No hay que interpretar esa indicación como si se refiriese a un determinado lugar del desierto de Judea. La narración presenta a Jesús buscando la soledad, lejos del bullicio de la multitud. 

El gentío 

Lucas sustituye con un solo término la frase de Marcos: «Simón y sus compañeros» (Mc 1,36). Recuérdese lo que hemos expuesto en el «comentario» general a este episodio y véase la «nota» exegética sobre ochloi en Lc 3,7. 

Trataban de impedir que se les escapase 

Literalmente habría que traducir: «trataban de retenerle para que no siguiera su camino (poreuesthai), dejándolos a ellos (ap autón). 

v. 43. Tengo que proclamar 

Lucas emplea aquí el verbo euangelizesthai con un complemento directo bien preciso (véanse las «notas» exegéticas a Lc 1,9; 3,18. Cf., además, tomo I, p. 247). Hay que notar que, en el versículo siguiente (v. 44), la proclamación se expresa con el verbo keryssein. 

Pero lo más importante de este versículo es la presencia del verbo impersonal dei (— «es necesario [que yo]», «tengo que»; véase la «nota» exegética a Lc 2,49). Jesús da comienzo a una misión, de la que nada ni nadie logrará apartarle. 

El Reino de Dios 

Por primera vez, en la narración evangélica propiamente dicha se hace referencia al Reino de Dios. Esta fórmula completa es la más normal en el Evangelio según Lucas (cf. Lc 6,20; 7,28; 8,1.10; 9,2.11.27.60. 62; 10,9.11; 11,20; 13,18.20.28.29; 14,15; 16,16; 17,20bis.21; 18,16. 17.24.25.29; 19,11; 21,31; 22,16.18; 23,51). A veces, la referencia es únicamente a «el Reino» (cf. Lc 11,2; 12,31.32; 22,29.30; 23,42). Pero en el Evangelio según Lucas no aparece jamás la expresión «Reino de los cielos», que es la que Mateo emplea con mayor frecuencia. 

El tema de «el Reino» constituye el anuncio kerigmático más importante en toda la tradición sinóptica. Destaca el Evangelio según Mateo, donde aparece cincuenta y cinco veces, seguido del Evangelio según Lucas con treinta y ocho menciones y sólo catorce en el Evangelio según Marcos. En el cuarto Evangelio, el Reino aflora únicamente en cinco ocasiones. También se encuentra esporádicamente en las primeras cartas de Pablo; pero en la literatura paulina «el Reino» aparece más desvaído y no es ese elemento operativo y dinámico que acapara el kerigma de la tradición sinóptica. De hecho, fuera de unos cuantos pasajes (por ejemplo, 1 Cor 15,24; Col 1,13), el corpus paulino en general no emplea esa noción más que en catálogos de vicios o en ciertos pasajes que reflejan la primitiva catequesis cristiana. 

Es sorprendente que en esta primera presencia de la temática en la narración evangélica de Lucas no se haga el más mínimo esfuerzo por definir la naturaleza exacta de «el Reino de Dios». Pero lo mismo se puede decir de los otros dos sinópticos. Todos ellos presentan a Jesús como el portavoz de una idea veterotestamentaria, a la que confiere un nuevo énfasis en su proclamación kerigmática. Para un desarrollo ulterior del tema, véase nuestra introducción general, tomo I, pp. 256ss. 

También en otras ciudades 

Lucas introduce un pequeño cambio en la formulación de su fuente; donde Marcos dice: eis tas echomenas kdmopoleis (= «a las aldeas cercanas»), Lucas escribe: kai tais heterais polesin ( = «incluso a las demás ciudades»), G. Schwarz (NTS 23, 1976-1977, 344) explica la diferencia entre komopolis, término usado por Marcos, y polis, que es la palabra empleada por Lucas, como dos traducciones diversas del mismo término arameo mdhózá’, que, en su opinión, puede significar: «emporio», «ciudad» o incluso «región». Es posible. Pero parece más probable que Lucas se haya contentado con sustituir un término más bien raro, como el que emplea Marcos, por una palabra más habitual en el griego corriente. En realidad, komopolis es un compuesto de kóme (— «aldea») y polis (= «ciudad»). Estrabón emplea esa palabra en su Geographia, 12, 2, 6; ulteriormente aparece con relativa frecuencia en los escritores del período bizantino, tal vez influidos por el uso de Marcos. 

Para eso he sido enviado 

El texto paralelo de Marcos dice: «porque para eso he salido» (Mc 1, 38). La formulación de Lucas subraya decididamente el plan salvífico del Padre y relaciona la predicación del Reino con una misión cuyo objetivo es llevar a cumplimiento ese plan de Dios. La presencia del aoristo segundo pasivo: apestalen (= «he sido enviado»), es otro ejemplo de la llamada «pasiva teológica»; es decir, «he sido enviado» equivale a «Dios me ha enviado» (cf. M. Zerwick, Graecitas bíblica, n. 236). 

v. 44. Se fue predicando 

Literalmente: «estaba predicando» (en keryssdn); el imperfecto del verbo einai (= «ser», «estar») con participio presente subraya la idea de continuidad y progresión. 

Por 

La lectura mejor representada por los manuscritos es eis (= «hacia»), pero véase la «nota» exegética a Lc 4,23, a propósito de la expresión eis ten Kapharnaoum (= «en Cafamaún»). La traducción que ofrecemos: «por», no sólo recoge el sentido locativo, sino que da cabida al dinamismo de la proclamación. 

Del país judío 

Los manuscritos más importantes y representativos —P , x, B, muchos códices minúsculos de la familia Lake y algunas versiones siríacas— leen aquí: Ioudaias (= «de Judea»). Otro nutrido grupo de manuscritos —códices A, D, 0 y la tradición textual «koiné»— cambian el texto por Galilaias (— «de Galilea»). Pero obviamente se trata de una corrección para armonizar el texto con la tónica general de la narración de Lucas en esta etapa de su composición evangélica. Por tanto, hay que mantener Ioudaias en cuanto lectio difficilior. Con todo, lo más probable es que no haya que restringir el significado a ese área concreta de Palestina •—como distinta de la región de Galilea—, sino que hay que interpretar la indicación más bien en sentido genérico: «el país de los judíos» o «el país judío», igual que en otros pasajes semejantes (cf. Lc 1,5; 6,17; 7,17; 23,5; Hch 10,37). 

Sin embargo, esta frase no deja de crear problemas. Si la comparamos con Lc 5,17; 6,17; 7,17, puede dar la impresión, a primera vista, que el marco geográfico excede los confines de Galilea. Pero lo que se pone de relieve en estos pasajes es más bien la procedencia de la gente que acude a escuchar a Jesús, esté donde esté —de hecho, la localización geográfica del protagonista no queda claramente especificada—; y así viene la gente «de las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén» (Lc 5,17), o «procedente de todo el país judío (Judea), de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón» (Lc 6,17), o la noticia se divulga «por todo el país judío (Judea) y la comarca circundante» (Lc 7,17). 

Nos encontramos, una vez más, con la típica incoherencia de Lucas. ¿Pretende el evangelista que el lector saque la conclusión de que Jesús ha abandonado los confines de Galilea? Hay indicaciones curiosas, como Lc 7,1: «entró en Cafamaún», es decir, vuelve a Galilea; en Lc 8,26, Jesús se retira a la región de los gerasenos, «que está enfrente de Galilea». Obviamente, Lucas sigue pensando, en términos generales, en el ministerio desarrollado por Jesús en Galilea; pero advierte que su influjo se deja sentir en todo «el país de los judíos». Habrá que esperar hasta Lc 9,51, comienzo del gran viaje de Jesús a Jerusalén, para advertir, en un detalle específico, el cambio de perspectiva geográfica. Lo importante es que, en este estadio del ministerio de Jesús, antes de que empiece a reunir el grupo de discípulos y futuros testigos de su actuación, Lucas no ve ningún problema en que la actividad desarrollada por su protagonista en Galilea se pueda entender en un sentido bastante más amplio. 

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