Lc 6, 6-11: Curación en sábado del hombre de la mano paralizada

Texto Bíblico

6 Otro sábado, entró él en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. 7 Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. 8 Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada: «Levántate y ponte en medio». Y, levantándose, se quedó en pie.
9 Jesús les dijo: «Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?». 10 Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo: «Extiende tu mano». Él lo hizo y su mano quedó restablecida. 11 Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario: Es el mal el que no debe trabajar.

Comentario al evangelio de Lucas, V, 39.

«Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho» ().

La mano que Adán había alargado para coger el fruto del árbol prohibido, el Señor la impregnó de la savia saludable de las buenas obras, a fin de que, secada por la falta, fuera curada por las buenas obras. En esta ocasión Jesús acusa a sus adversarios que, con su falsas interpretaciones, violaban los preceptos de la Ley; ellos defendían que en día de sábado era preciso no hacer ni tan sólo buenas obras, siendo así que la Ley, que prefiguraba en el presente lo que debía ser en el futuro, dice, ciertamente, que es el mal el que no debe trabajar, pero no el bien…

Has oído las palabras del Señor: «Extiende el brazo». Este es el remedio para todos. Y tú que crees tener sana la mano, vigila la avaricia, vigila que el sacrilegio no la paralice. Extiéndela a menudo: extiéndela hacia el pobre que te suplica, extiéndela para ayudar al prójimo, para socorrer a la viuda, para arrancar de la injusticia al que ves sometido a una vejación inmerecida; extiéndela hacia Dios por tus pecados. Es de esta manera que se extiende la mano; es de esta manera que sana.

San Atanasio, obispo de Alejandría, doctor de la Iglesia

Obras: Una curación el sábado: señal de la consumación de la creación.

Contra los paganos : SC 18, 190.

«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?» (Lc 6,9).

Este mundo es bueno, tal como está hecho y tal como le vemos, porque Dios lo quiere así. Nadie tiene duda de ello. Si la creación fuera desordenada, si el universo evolucionara por azar, uno podría poner en duda esta afirmación. Pero como el mundo ha sido hecho con sabiduría y ciencia, de manera razonable, ya que está ataviado de toda belleza, no puede ser otro el que lo preside y lo organizó que la Palabra de Dios, su Verbo…

Siendo la Palabra buena por ser de Dios bueno, esta Palabra ha dispuesto el orden de todas las cosas, ha reunido los contrarios con los contrarios para formar una única armonía. Es ella “poder de Dios y sabiduría de Dios” (cf 1Cor 1,24) que hace moverse el cielo y que suspende la tierra sin que repose en lugar alguno. (Hb 1,3) El sol ilumina la tierra por la luz que recibe de la Palabra y la luna recibe su medida de esa luz. Por ella, el agua queda suspendida en las nubes, las lluvias riegan la tierra, el mar guarda sus límites, la tierra se cubre de plantas de toda especie (cf Sal 103)…

La razón por la que esta Palabra de Dios ha venido hasta las criaturas es realmente admirable… La naturaleza de les seres creados es pasajera, débil, mortal. Pero como Dios, por naturaleza, es bueno y magnífico y ama a los hombres…, viendo, pues, que la creación, por ella misma, se disuelve y se escurre, para evitarlo y para que el universo no vuelva a la nada…, Dios no la abandona a las fluctuaciones de su naturaleza. En su bondad, por su Palabra, Dios gobierna y mantiene toda la creación… Por eso, no corre la suerte de la aniquilación que sería la suya si la Palabra no la guardara. “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda criatura. En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo lo ha creado Dios por él y para él…Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia.”

San Cesáreo de Arlés, obispo

Sermón: Cristo cura las heridas del pecado.

Sermones al pueblo, n° 57,4.

«Los escribas y fariseos le espiaban…con el fin de encontrar un motivo para acusarlo» (Lc 6,7).

El Señor dirá a los que han menospreciado su misericordia : «Hombre, soy yo quien con mis manos te he formado del barro, soy yo quien con mi aliento he puesto el espíritu en tu cuerpo de tierra, soy yo quien se ha dignado darte nuestra imagen y semejanza, soy yo quien te ha puesto en el centro de las delicias del Paraíso. Pero tú, menospreciando los mandamientos de vida, has preferido seguir al seductor antes que al Señor…

«Luego, cuando has sido expulsado del Paraíso y, por el pecado, retenido por las ataduras de la muerte, conmovido por la misericordia, para venir al mundo he entrado en un seno virginal, sin perjuicio de su virginidad . He sido recostado en un pesebre, envuelto en pañales; he soportado las dificultades de la infancia y los sufrimientos humanos, a través de los cuales me he hecho semejante a ti con la única finalidad de hacerte semejante a mí. He soportado las bofetadas y salivazos de los que se burlaban de mí, he bebido vinagre mezclado con hiel. Azotado con varas, coronado de espinas, clavado en la cruz, traspasado por la lanza, en medio de los tormentos he entregado mi alma para arrancarte a ti de la muerte. Puedes ver las señales de los clavos de los que he sido suspendido ; puedes ver mi costado traspasado lleno de heridas. He soportado los sufrimientos que eran para ti a fin de poder darte mi gloria; he sufrido tu muerte para que tú vivas por toda la eternidad. He descansado, encerrado en el sepulcro, para que tu puedas reinar en el cielo.

«¿Por qué has perdido lo que he sufrido por ti ? ¿Por qué has renunciado a las gracias de tu redención ?… Devuélveme tu vida, por la que he dado la mía ; devuélveme tu vida que, sin cesar, has destruido por las heridas de tus pecados.»

San Francisco de Sales

Obras: Dos maneras de amar a Dios.

Tratado del Amor de Dios, Libro VI, 1. IV, 301.

«Jesús, enseñaba en una sinagoga en Sábado. Los escribas y fariseos le observaban… Jesús conocía sus pensamientos…» (Lc 6,7-8).

Tenemos dos principales maneras de amar a Nuestro Dios: una afectiva, la obra efectiva, o como dice San Bernardo, activa. Por la primera, amamos a Dios y todo lo que El ama; y por la segunda, servimos a Dios y hacemos lo que nos ordena: Aquélla nos une con la bondad de Dios y ésta nos hace ejecutar su voluntad.

La una nos llena de complacencia, de benevolencia, de fervor y de deseos; la otra nos da la sólida resolución, la firmeza de valor y la inviolable obediencia que se requiere para cumplir lo que manda la voluntad de Dios, y para sufrir, aceptar, aprobar y abrazar todo lo que proviene del beneplácito divino.

La una nos hace gozar de Dios y la otra, que le agrademos. Por la una concebimos y por la otra producimos. Con la una ponemos a Dios en nuestro corazón y por la otra lo llevamos en nuestros brazos.

El primer ejercicio consiste principalmente en la oración; en ella pasan tantos movimientos interiores que es imposible expresarlos todos; no sólo porque son muchos en cantidad sino también por su calidad que, como es espiritual, no es fácil perfilarla y es casi imperceptible a nuestro entendimiento.

Dios es el único que, por su infinita ciencia, ve, sondea y penetra todas las vueltas y revueltas de nuestro espíritu; entiende de lejos nuestros pensamientos, sabe todos nuestros senderos, astucias y sutilezas. Su ciencia es admirable, prevé por encima de nuestra capacidad y no podemos alcanzarla.

Si nuestros espíritus quisieran hacerse una introspección reflexionando sobre los repliegues de sus acciones, se meterían en un laberinto en el que se perderían. Y sería insoportable saber cuáles son nuestros pensamientos, considerar nuestras consideraciones, discernir lo que discernimos, recordar que nos acordamos: resultaría un embrollo imposible de deshacer.

La oración es cosa secreta, Teótimo; hay que confiársela solamente a Dios.

Melitón de Sardes, obispo

Homilía: Venid, recibid el perdón de vuestros pecados.

Homilía pascual

«El Señor me ayuda, por eso soportaba los ultrajes, por eso endurecí mi rostro como el pedernal, sabiendo que no quedaré defraudado…» (Is 50, 7-8).

Cristo era Dios y se revistió de la condición humana. Sufrió por el que sufre, fue arrestado por el que es vencido, fue juzgado por el que es condenado y fue enterrado por quien es enterrado, y resucita de entre los muertos. Os anuncia estas palabras: “¿quién me quiere denunciar? ¡Comparezcamos juntos!” (Is 50,8) Soy yo quien libera al condenado, soy yo quien resucita a los muertos, yo quien saco del sepulcro. ¿Quién me replica? Soy yo, dice Cristo, soy yo quien he abolido la muerte, quien ha vencido al enemigo, quien ha pisado el infierno y ligado al maligno (cf Lc 11,22). Yo he exaltado al hombre más allá de los cielos, yo, Cristo.

“Venid, pues, todos los pueblos de los hombres que estáis metidos en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados. Yo soy vuestro perdón, yo soy la Pascua de la salvación, yo soy el cordero inmolado por vosotros, o soy el agua que os purifica, yo soy vuestra luz, yo vuestro Salvador, vuestra resurrección, vuestro rey. Os llevo conmigo al cielo, os mostraré al Padre celestial, os resucitaré con mi derecha.”

Este es el que hizo el cielo y la tierra, que formó al hombre al inicio de la creación, que se anunció en la Ley y los profetas, el que tomó carne de la Virgen, que fue colgado en un madero, puesto en un sepulcro y resucitó de entre los muertos, que está sentado a la derecha del Padre y tiene poder de juzgarlo todo y de salvar todo. Por él, el Padre creó todo lo que existe desde los orígenes hasta la eternidad. El es el alfa y la omega, el principio y el fin, él es el Cristo… A él la gloria y el poder por los siglos. Amén.

Epístola llamada de Bernabé

130, §15.

«Su mano quedó restablecida» (Lc 6,10).

Pasando a otro punto, también acerca del sábado, se escribe en el decálogo, es decir, en las diez palabras que habló Dios en el monte Sinaí a Moisés cara a cara: «Y santificad el sábado del Señor con manos limpias y corazón puro». Y en otro lugar dice: «Si mis hijos guardaren el sábado, entonces pondré sobre ellos mi misericordia». (cf. Ex 20,8; Sal 23,4).  Del sábado habla al principio de la creación: «E hizo Dios en seis días las obras de sus manos y acabólas en el día séptimo, y descansó en él y lo santificó». (Gn 2,2-3).  Atended, hijos, qué quiere decir lo de:«Acabólos en seis días». Esto significa que en seis mil años consumará todas las cosas el Señor, pues un día es para Él mil años. Lo cual, Él mismo lo atestigua, diciendo: «He aquí que el día del Señor será como mil años». Por lo tanto, hijos, en seis días, es decir, en los seis mil años, se consumarán todas las cosas. «Y descansó en el día séptimo». Esto quiere decir: Cuando venga su hijo y destruya el siglo del inicuo y juzgue a los impíos y mudare el sol, la luna y las estrellas, entonces descansará de verdad en el día séptimo.

Y también dice: «Lo santificarás con manos limpias y corazón puro».

Ahora, pues, si pensamos que pueda nadie santificar, sin ser puro de corazón, el día que santificó Dios mismo, nos equivocamos de todo en todo…  consiguientemente, entonces por nuestro descanso lo santificaremos de verdad, cuando, justificados nosotros mismos y en posesión ya de la promesa, seremos capaces de santificarlo; es decir, cuando ya no exista la iniquidad, sino que nos hayamos vuelto todos nuevos por el Señor, entonces, si, santificados primero nosotros, podremos santificar el día séptimo.

San Elredo de Rievaulx, monje cisterciense

Obras: Entrar en la verdadera paz del “sábado”.

El Espejo de la caridad, III 3-6.

«Su mano quedó restablecida» (Lc 6,10).

Cuando el hombre, apartándose del bullicio exterior, se ha recogido en el secreto de su corazón, ha cerrado la puerta a la muchedumbre ruidosa de las vanidades…, cuando en él no queda nada de agitación ni de desordenado, nada que le atraiga, nada que le atenace…, está en la gozosa celebración de un primer “sábado”… Pero se puede salir de esta cámara íntima en la que se alberga su corazón…, para entrar en el descanso gozoso y pacífico de la dulzura del amor fraterno. Está en el segundo “sábado”, el de la caridad fraterna…

Una vez purificado por estas dos formas de amor [a sí misma y a su prójimo], el alma aspira tanto más ardientemente los gozos del abrazo divino cuanto más asegurada está. Ardiendo en un deseo extremo, su mirada va más allá del velo de la carne y, entrando en el santuario (Hb 10,20) en que Cristo es espíritu ante su rostro, queda totalmente absorbida por una luz indecible y de dulzura no habitual. Habiéndose hecho el silencio en relación a todo lo que es corporal, sensible, cambiante, con una mirada penetrante se fija en Lo que Es, Lo que siempre permanece, idéntico a sí mismo, Lo que es Uno. Libre para ver que el mismo Señor es Dios (Sal 45,11), celebra sin ninguna duda el “sábado de los sábados” en los dulces abrazos de la misma Caridad.


Comentarios exegéticos

Próximamente… no puedo hacerse ahora por falta de tiempo.

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