Lc 6, 20-26: Dichosos

Texto Bíblico

20 Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
21 Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
22 Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. 23 Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
24 Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
25 ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
26 ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario: Dichosos.

Comentario al evangelio de Lucas, V, 53-55.

«Dichosos los pobres… Dichosos los que lloráis» ().

«Bienaventurados los pobres.» No todos los pobres son bienaventurados; porque la pobreza es una cosa neutra : puede haber pobres buenos y pobres malos…Bienaventurado el pobre que ha clamado al Señor y ha sido escuchado (Sl 33,7) : pobre de faltas, pobre de vicios, el pobre en quien el príncipe de este mundo nada ha encontrado (Jn 14,30), pobre a imitación de ese Pobre, el cual, siendo rico se ha hecho pobre por nosotros (2Co 8,9). Es por eso que Mateo da una explicación más completa : «Dichosos los pobres en espíritu», porque el pobre en espíritu no se hincha, no se ensalza en un pensamiento totalmente humano. Así es la primera bienaventuranza.

[«Bienaventurados los mansos» escribe, seguidamente, Mateo.] Habiendo dejado todo pecado…, estando contento de mi simplicidad, desnudo de mal, sólo me falta moderar mi carácter. ¿De qué me sirve no poseer bienes de este mundo si no soy manso y pacífico? Puesto que seguir el camino recto quiere decir seguir a aquél que dice : «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29)…

Hecho esto, acuérdate de que eres pecador: llora tus pecados, llora tus faltas. Está bien que la tercera bienaventuranza sea para los que lloran sus pecados, porque es la Trinidad la que perdona los pecados. Purifícate, pues, con tus lágrimas y lávate con tu llanto. Si lloras por ti mismo, nadie tendrá que llorarte… Cada uno tiene sus muertos por quien llorar; estamos muertos cuando pecamos… Que el que es pecador llore, pues, por él mismo y se corrija para llegar a ser justo, porque «el justo se acusa a sí mismo» (Pr 18,17).

Beato Carlos de Foucauld

Meditación:

Meditaciones sobre los Evangelios relativos a 15 virtudes, Nazaret 1897-98; nº 15

“Felices ustedes, los que ahora lloran”

Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para […] que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.

Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas. Confiemos todavía más si lloremos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.

Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor pode estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros. ¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!

Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti. Amén.

San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

Sermón:

Sermón 95 ; PL 54, 461
“¡Felices ustedes, los pobres!”

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3). No habrá podido pedir que de algunos pobres la Verdad había querido hablar, diciendo, sí: “Dichosos los pobres”; ella no había añadido nada sobre el género de pobres que tenía que entender: habrá parecido antes que, para merecer el Reino de los cielos, bastaría sólo la indigencia de la que muchos padecen por el efecto de una penosa y dura necesidad. Pero diciendo: “Dichosos los pobres en el espíritu”, el Señor muestra que el Reino de los cielos debe ser dado a los que recomienda la humildad del alma más que la penuria de los recursos.

No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de los prójimos. El don de esta pobreza se da, pues en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo.

León XIII, papa

Encíclica:

Encíclica Rerum Novarum, 20
«Dichosos los pobres»

Los desfavorecidos aprenden de la Iglesia que, según el juicio del mismo Dios, la pobreza no es un oprobio, y que no deben enrojecer por el hecho de tener que ganar el pan con su trabajo. Esto es lo que Cristo nuestro Señor confirmó con su ejemplo, él que «siendo rico, se hizo pobre» (2C 8,9) para la salvación de los hombres; el cual, siendo Hijo de Dios y Dios él mismo, quiso ser tenido a los ojos del mundo por hijo de un obrero; y llegó a pasar gran parte de su vida trabajando para ganarse la vida. «¿No es este el hijo del carpintero, el hijo de María?» (Mc 6,3).

Cualquiera que tenga bajo su mirada este modelo divino comprenderá fácilmente lo que queremos decir: la verdadera dignidad del hombre y su excelencia residen en su forma de obrar, es decir, en la virtud; la virtud es patrimonio común de los mortales, al alcance de todos, de los pequeños como de los mayores, de los pobres como de los ricos; tan solo la virtud y los méritos, donde sea que se encuentren, obtendrán la recompensa de la bienaventuranza eterna. Aún más, es hacia las clases infortunadas que el corazón de Dios parece inclinarse con predilección. Jesucristo llama bienaventurados a los pobres; invita con amor a ir hacia él a todos los que sufren y lloran para consolarlos (Mt 11,28); abraza con más tierna caridad a los pequeños y oprimidos.

Ciertamente que estas doctrinas están hechas para humillar al alma altiva de los ricos y volverlos más compasivos, para levantar el ánimo de los que sufren y llamarlos a la confianza. Podrían ellas disminuir la distancia que el orgullo se complace en mantener; sin dificultad se llegaría a que los dos lados se dieran la mano y las voluntades se unieran en una misma amistad.

Beato Guerrico de Igny

Sermón:

Sermón para Todos los Santos, 6-7; SC 202
«Bienaventurados los pobres… desdichados los ricos»

Con razón el Señor, proclamando la bienaventuranza de los pobres, no dice: “El Reino de los cielos será” pero “es a ellos “… los que están próximos al Reino de Dios, son aquellos que ya poseen y llevan en su corazón al Rey que dijo que servir, es reinar… Otros se pelean por compartir el legado de este mundo: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa» (Sal. 15,5). Que disputen entre ellos quién será el más miserable: yo no envidio nada de lo que buscan, porque mi alma y yo, «tendremos nuestras delicias en el Señor» (Sal. 103,34).

Tú, ¡la herencia gloriosa de pobres! ¡Bienaventurada riqueza de quienes no tienen nada! Tú, no sólo nos proporcionas todo lo que necesitamos, sino que también, estás llena de gloria y desbordas de alegría, porque eres «la medida sobreabundante que se derrama en nuestro seno” (Lc 6,38)…

Que vuestra alma…se gloríe en su humildad, vosotros los pobres, y que mire con desdén toda grandeza de este mundo… Los bienes eternos están preparados y tú ¿los preferirás a las cosas pasajeras, similares a un sueño?…

Como son desafortunados, los que la bienaventurada pobreza hacía dignos de ser herederos del cielo, admirados por el mundo y temidos por el infierno, y que a continuación, en la ceguera de su espíritu, han considerado la pobreza como una miseria y la humildad como una cobardía; que han querido hacerse ricos y han caído en las trampas del diablo, ¡cuando todas las cosas les pertenecían!…

En cuanto a vosotros, que tenéis por amiga a la pobreza y encontráis suave la humildad de corazón, la eterna Verdad os hace dignos de poseer el Reino de los cielos; y os guarda fielmente este Reino que os está reservado.

Isaac de Stella, monje cisterciense

Sermón:

Sermón 2 para Todos los Santos, 13-20
“Dichosos los que lloran…”

“Dichosos los que lloran, porque serán consolados.” (Mt 5,5) Con estas palabras quiere el Señor darnos a comprender que el camino del gozo son las lágrimas. Por la desolación se va a la consolación; perdiendo la vida se la gana, odiando la vida se la recobra (cf Mt 16,24ss) Si te quieres conocer a ti mismo y saber dominarte ¡entra en ti mismo y no busques fuera! ¡Entra en tu interior, pecador, entra donde estás, en tu corazón…! El hombre que entra en si mismo ¿no se descubrirá, desde lejos, como el padre descubre al hijo pródigo, en una región extraña, en un tierra desconocida, donde se sienta y llora por el recuerdo de su padre y de su patria? (cf Lc 15,17)…

“Adán ¿dónde estás?” (Gn 3,9) Tal vez todavía estás en la sombra para no verte a ti mismo. Coses unas hojas de higuera de vanidad para cubrir tu vergüenza, mirando lo que está a tu alrededor y lo que te pertenece… ¡Mira dentro, pecador, entra en tu alma! ¡Mira y llora por el alma sujeta a la vanidad, a la agitación y que no puede liberarse de su cautividad…Es evidente, hermanos, que vivimos fuera de nosotros mismos, somos olvidadizos de nosotros mismos cada vez que nos disipamos en risotadas o distracciones, cuando nos concedemos comodidades fútiles. Por esto, la Sabiduría tiene interés en invitarnos a la casa del arrepentimiento, más bien que a la casa de la diversión, es decir, llamar al hombre mismo desde dentro del mismo, diciendo: “Dichosos los que lloran” y en otro pasaje: “Ay de los que reís ahora”

Hermanos míos, gimamos en presencia del Señor cuya bondad nos perdona. Volvamos hacia nuestro interior, con ayunos, llantos, sobre nosotros mismos, (cf Jl 2,12) para que un día…sus consolaciones alegren nuestras almas. Dichosos, en efecto, los que lloran, no porque lloran, sino porque serán consolados. Las lágrimas son el camino, la consolación es la dicha.

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