Lc 6, 43-49: Parábolas (ii)

Texto Bíblico

43 Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; 44 por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. 45 El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. 46 ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?
47 Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: 48 se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida. 49 El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Bernardo, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Cada árbol se conoce por sus frutos.

Sermón 24 sobre el Cantar de los Cantares.

«No se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos» (Lc 6,44).

Si vosotros creéis en Cristo, haced las obras de Cristo, para que se avive vuestra fe; el amor animará esta fe, la acción será la prueba. Vosotros que pretendéis permanecer en Cristo Jesús, os es necesario caminar a su mismo `paso. Si vosotros queréis encontrar la gloria, si envidiáis a los dichosos de este mundo, si decís mal de los ausentes y devolvéis mal por mal, son cosas que Cristo no ha hecho. Decís que conocéis a Dios, pero vuestros actos lo niegan… “Este hombre me honra con los labios, dice la Escritura, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13). (…)

Ahora bien la fe recta, no basta para hacer un santo, un hombre recto, si no obra el amor. Quien está sin amor es incapaz de amar a la Esposa, la Iglesia de Cristo. Y las obras, aún realizadas en la rectitud no llegan sin la fe a hacer un corazón justo. No se puede atribuir la rectitud a un hombre que no agrada a Dios; ahora bien, dice la epístola a los Hebreos: “Sin la fe, es imposible agradar a Dios”(Hb 11,6). Aquel que no agrada a Dios, no puede agradarle. Pero aquel a quien Dios agrada no podrá desagradar a Dios. Y aquel a quien Dios no agrada, la Iglesia-Esposa tampoco le agrada. Como pues podría ser recto, aquel que no ama a Dios ni a su Iglesia, a la cual se ha dicho: “los justos saben amarte” (Ct 1,3 Vulgata).

Al santo, no basta la fe sin obras, ni las obras sin la fe, para hacer justa al alma. Hermanos, nosotros que creemos en Cristo nos es necesario procurar seguir una vía recta. Elevemos a Dios nuestros corazones y nuestras manos juntas, afin de ser encontrados enteramente rectos confirmando con hechos de rectitud, la rectitud de nuestra fe, amando a la Iglesia- Esposa, y amados del Esposo, nuestro Señor Jesucristo, bendito por Dios en los siglos.

San Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia

Obras: Todos llamados a la santidad.

Introducción a la vida devota, I, 3

«El árbol se reconoce por sus frutos» (Lc 6,44).

En la creación, manda Dios a las plantas que lleven sus frutos, cada una según su especie (Gn 1,11); de la misma manera que a los cristianos, plantas vivas de la Iglesia, les manda que produzcan frutos de devoción, cada uno según su condición y estado. De diferente manera han de practicar la devoción el noble y el artesano, el criado y el príncipe, la viuda, la soltera y la casada; y no solamente esto, sino que es menester acomodar la práctica de la devoción a las fuerzas, a los quehaceres y a las obligaciones de cada persona en particular… ¿sería cosa puesta en razón que el obispo quisiera vivir en la soledad, como los cartujos? Y si los casados nada quisieran allegar, como los capuchinos, y el artesano estuviese todo el día en la iglesia, como los religiosos, y el religioso tratase continuamente con toda clase de personas por el bien del prójimo, como lo hace el obispo, ¿no sería esta devoción ridícula, desordenada e insufrible? Sin embargo, este desorden es demasiado frecuente, No,…, la devoción nada echa a perder, cuando es verdadera; al contrario, todo lo perfecciona, y, cuando es contraria a la vocación de alguno, es, sin la menor duda, falsa. La abeja, dice Aristóteles, saca su miel de las flores sin dañarlas y las deja frescas y enteras, según las encontró; mas la verdadera devoción todavía hace más, porque no sólo no causa perjuicio a vocación ni negocio alguno, sino, antes bien, los adorna y embellece. Las piedras preciosas, introducidas en la miel, se vuelven más relucientes, cada una según su propio color; así también cada uno de nosotros se hace más agradable a Dios en su vocación, cuando la acomoda a la devoción: el gobierno de la familia se hace más amoroso; el amor del marido y de la mujer, más sincero; el servicio del príncipe, más fiel; y todas las ocupaciones, más suaves y amables.

Es un error, y aun una herejía, querer desterrar la vida devota de las compañías de los soldados, del taller de los obreros, de la corte de los príncipes y del hogar de los casados. Es cierto… que la devoción puramente contemplativa, monástica y propia de los religiosos, no puede ser ejercitada en aquellas vocaciones; pero también lo es que, además de estas tres clases de devoción, existen muchas otras, muy a propósito para perfeccionar a los que viven en el siglo.

Afraates, monje y obispo

Obras: Poner los cimientos sobre la roca.

Explicación del Sermón de la Montaña, 19.

«El que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, edifica sobre la roca» (cf. Lc 6,47s).

Escúchame que voy a hablarte de la fe cimentada sobre la roca y del edificio que se levanta sobre esa roca. En efecto, el hombre comienza por creer, y cuando cree, ama; cuando ama, espera; cuando espera, es justificado; cuando está justificado, está acabado; cuando está acabado, llega a la cima. Cuando todo su edificio está levantado, llegado a la cima y acabado, llega a ser casa y templo habitado por Cristo/el Mesías… Esto es lo que dice el bienaventurado apóstol Pablo: «Sois templo de Dios, y el Espíritu de Cristo habita en vosotros» (1Cor 3,16; 6,19). Y nuestro Señor mismo dice a sus discípulos: «Vosotros estáis en mí y yo en vosotros» n 14,20)…

Cuando el edificio llega a ser casa habitada, entonces el hombre comienza a preocuparse de lo que le pide el que habita en esta casa. Es como una casa en la que vive el rey o un hombre de noble familia que lleva un nombre real. Entonces se piden para el rey todas las insignias de la realeza y todo el servicio que corresponde a su dignidad real. Nunca un rey vive en una casa vacía… Así ocurre con el hombre que ha llegado a ser casa habitada por Cristo/el Mesías: atiende a lo que conviene para el servicio del Mesías que le habita, a las cosas que le dan gusto.

En efecto, ese hombre primero construye su edificio sobre roca, es decir, sobre el mismo Cristo. Sobre esta piedra pone su fe… El bienaventurado Pablo dice estas dos cosas: «Como hábil arquitecto coloqué el cimiento. Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo» (1C 3,10.11) Y también: «El Espíritu de Cristo/el Mesías habita en vosotros» porque nuestro Señor dice: «Mi Padre y yo somos uno» (Jn 10,30). Desde entonces se realiza la palabra según la cual el Mesías habita en los hombres que creen en él, y él es el fundamento sobre el cual se levanta todo el edificio.

San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario: Somos templo de Dios.

Comentario al salmo 126, PL 9, 696.

«Arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla» (Lc 6,48).

«Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sl 126,1). «Sois el templo de Dios, y el Espíritu del Dios habita en vosotros» (1C 3,16). Esta casa es este templo de Dios, lleno de las enseñanzas y de las gracias de Dios, esta morada que contiene la santidad del corazón de Dios, y que el mismo profeta ha dado testimonio de ello: «Tu templo es santo, maravilloso por la justicia» (Dan 3, 53). La santidad, la justicia, la castidad del hombre son un templo para Dios.

Esta casa, pues, debe ser construida por Dios. Una construcción levantada con el trabajo de los hombres, no dura; lo que ha sido instituido por las doctrinas de este mundo no se aguanta; nuestras vanos trabajos y nuestros desvelos son guardianes inútiles. Será preciso, pues, construir de otra manera, guardar de otro modo esta casa. Es preciso no fundamentarla sobre el suelo, sobre arena movediza; es necesario poner sus fundamentos sobre los profetas y los apóstoles.

Es preciso levantarla con piedras vivas, mantenerla a través de la piedra angular, hacerla subir con estructuras progresivas hasta alcanzar la talla del hombre perfecto, la estatura del cuerpo de Cristo (1P 2,5; Ef 2,20; 4,12-13). Se la debe decorar con el esplendor y la belleza de las gracias espirituales. Si así debe ser construida por Dios, es decir, según sus enseñanzas, no caerá. Y esta casa se extenderá a muchas otras, porque lo que edifica cada fiel aprovecha a cada uno de nosotros para el embellecimiento y crecimiento de la ciudad bienaventurada.

San Ireneo de Lyon, obispo y mártir

Tratado: Poner sobre roca los fundamentos.

Contra las herejías III, 24, 1-2.

«Una casa sólidamente construida» (Lc 6,48).

La predicación de la Iglesia presenta, desde todos los puntos de vista, una inquebrantable solidez; permanece idéntica a sí misma y se beneficia del testimonio de los profetas, de los apóstoles y de todos sus discípulos, testimonio que engloba «el principio, el entremedio y el fin», la totalidad del designio de Dios ordenado infaliblemente a la salvación de los hombres y siendo el fundamento de nuestra fe. Desde entonces, esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la conservamos con sumo cuidado… Es a esta Iglesia a la que se le ha confiado el «don de Dios» (Jn 4,10) –como el aliento que había sido confiado a la primera obra que Dios había modelado, Adán (Gn 2,7)- a fin de que todos los miembros de la Iglesia puedan participar de ella y por ella ser vivificados. Es en ella que ha sido depositada la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, arras del don de incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escalera de nuestra ascensión a Dios: «En la Iglesia, escribe san Pablo, Dios ha colocado a los apóstoles, a los profetas, a los que tienen encargo de enseñar» y a todo el resto, por la acción del Espíritu (1Co12, 28.11).

Porque donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia. Y el Espíritu es Verdad (1Jn 5,6). Por eso los que se excluyen de él ya no se nutren más de los pechos de su Madre para recibir la vida y ya no participan de la fuente límpida que mana del cuerpo de Cristo (Jn 7,37), sino que «se hacen cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jr 2,13)… Llegados a ser extraños a la verdad, es fatal que sigan rodando en el error y sean bamboleados por él, que… no tengan doctrina firmemente establecida, puesto que prefieren ser razonadores de palabras antes que discípulos de la verdad. Porque no están fundamentados sobre la Roca única, sino sobre arena.

Santa Teresa de Calcuta, religiosa y fundadora

Comentario: ¿Qué fruto espera Dios de nosotros?

No hay amor más grande.

«Cada árbol se reconoce por sus frutos» (Lc 6,44).

Si una cosa hay que siempre nos asegurará el Cielo, son los actos de caridad y de generosidad con los que habremos llenado nuestra existencia. ¿Acaso sabremos jamás cuál es el bien que nos puede acarrear una simple sonrisa? Proclamamos como Dios acoge, comprende, perdona. Pero, ¿acaso somos nosotros la prueba viviente de ello? ¿Ven en nuestras vidas que esta acogida, esta comprensión, este perdón, son verdaderos? Seamos sinceros en nuestras mutuas relaciones; tengamos el valor de acogernos unos a otros tal como somos. No estemos sorprendidos o preocupados por nuestros fracasos ni por los de los demás; sino que procuremos antes ver el bien que hay en cada uno de nosotros; busquémosle, porque cada uno de nosotros ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

No olvidemos que todavía no somos santos, sino que nos esforzamos para llegar a serlo. Seamos, pues, extremadamente pacientes en lo que se refiere a nuestras faltas y caídas. No te sirvas de tu lengua si no es para hablar bien de los otros, «porque de la abundancia del corazón, habla la boca ». Es preciso que, aquellos cuya misión es dar tengamos alguna cosa en el corazón antes de poder dar; debemos primero, crecer en el conocimiento de Dios.

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Si no escucháis a Dios, todo lo construís es ruina.

Sermón 179.

«Construir sobre roca» (Lc 6,48).

Hermanos, el apóstol Santiago se dirige a un auditorio asiduo a la palabra de Dios, diciendo: “Poned, pues, en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos” (Sant 1,22). No sería al autor de la Palabra a quien engañaríais ni al que os la anuncia, sino a vosotros mismos…El predicador anunciaría inútilmente la palabra de Dios hacia fuera si no la escuchara él mismo en su interior para ponerla en práctica…

¿Quién practica interiormente la palabra? Aquel que se guarde de los malos deseos. ¿Quién observa exteriormente? Aquel que “parte su pan con el hambriento” (cf Is 58,7) Nuestro prójimo ve lo que nosotros hacemos, pero no ve por qué motivo lo hacemos. Sólo Dios es testigo de ello. ¡Poned, pues, en práctica la palabra, no os contentéis de escucharla, os engañaríais a vosotros mismos! No engañaríais a Dios ni a su ministro. Yo no puedo leer en vuestro corazón, pero Dios que escruta los corazones sabe lo que hay en el hombre. Ve vuestro deseo de escuchar, vuestros pensamientos, vuestras decisiones, los progresos que hacéis gracias a su ayuda, la asiduidad de vuestra oración, las peticiones que le dirigís para obtener lo que os falta y vuestras acciones de gracias por sus beneficios…

¡Pensadlo bien, hermanos! Si es loable escuchar la palabra de Dios ¡cuánto más lo es meterla en práctica! Si no la escucháis permanecéis en la negligencia y no podéis construir nada. Si la escucháis sin practicarla, no construís más que ruinas. El Señor nos da para ello una comparación muy pertinente: “El que escucha mi palabra y la pone en práctica es como un hombre prudente que construye sobre roca”(cf Lc 6,48). Escuchar y poner en práctica es construir sobre roca… Escuchar sin poner en práctica es construir sobre arena. Rehusar incluso de escuchar la palabra es no construir nada.

San Patricio, obispo

Comentario: Cristo, totalmente Cristo.

Lorica: “ La coraza” (Ef 6,14).

«Afianzado sobre roca» (Lc 6,48).

Hoy me ciño con la fuerza poderosa de la invocación a la Trinidad, de la fe en Dios, uno y trino, Creador del universo.

Hoy me ciño de la fuerza de la encarnación de Cristo y de su bautismo, de la fuerza de su cruz y de su sepultura, de la fuerza de su resurrección y de su ascensión, de la fuerza de su venida gloriosa en el día del juicio.

Hoy me ciño de la fuerza del amor de los serafines, de la obediencia de los ángeles, del servicio de los arcángeles, de la esperanza de la resurrección en vistas a la recompensa, de las oraciones de los patriarcas, de las profecías de los profetas, de la predicación de los apóstoles, de la fidelidad de los confesores, de la inocencia de las vírgenes santas, de las acciones de todos los justos.

Hoy me ciño de la fuerza de los cielos, de la luz del sol, de la claridad de la luna, del esplendor del fuego, del resplandor de los relámpagos, de la rapidez del viento, de la profundidad del mar, de la estabilidad de la tierra, de la solidez de las piedras.

Hoy me ciño de la fuerza de Dios para guiarme, del poder de Dios para sostenerme, de la sabiduría de Dios para instruirme, del ojo de Dios para guardarme, del oído de Dios para escucharme, de la palabra de Dios para hablarme, de la mano de Dios para guiarme, del camino de Dios para precederme, del yelmo de Dios para protegerme, de las armas de Dios para salvarme de las trampas de los demonios, de la seducción de los vicios, de los abismos de la naturaleza, y de todos aquellos que me persiguen…

Cristo conmigo, Cristo delante de mí, Cristo detrás de mí, Cristo en mí, Cristo por encima de mí, Cristo por debajo de mí, Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda, Cristo cuando me levanto, Cristo cuando me acuesto, Cristo en cada corazón que piensa en mí, Cristo en cada boca que me habla, Cristo en cada ojo que me mira, Cristo en cada oído que me escucha.

Hoy me ciño de la fuerza poderosa de la invocación a la Trinidad, de la fe en Dios, uno y trino, Creador del universo.


Comentarios exegéticos

Próximamente… no puedo hacerse ahora por falta de tiempo.

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