Lc 7, 11-17 – Obras de Jesús Salvador: Resurrección del hijo de la viuda de Naín

Texto Bíblico

11 Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. 12 Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. 13 Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14 Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». 15 El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. 16 Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17 Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Fulgencio de Ruspe

Sermón: Yo te lo ordeno, levántate

«Acercándose Jesús al ataúd, lo tocó» (Lc 7,14)
El perdón de los pecados: CCL 91A, 693

CCL

«En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de última trompeta, porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados». Al decir «nosotros», enseña Pablo que han de gozar junto con él del don de la transformación futura todos aquellos que, en el tiempo presente, se asemejan a él y a sus compañeros por la comunión con la Iglesia y por una conducta recta. Nos insinúa también el modo de esta transformación cuando dice: «Esto corruptible tiene que revestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse e inmortalidad» ( 1Co 15,52-53). Pero a esta transformación, objeto de una justa retribución, debe preceder antes otra transformación, que es puro don gratuito.

La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien.

La primera transformación gratuita consiste en la justificación, que es una resurrección espiritual, don divino que es una incoación de la transformación perfecta que tendrá lugar en la resurrección de los cuerpos de los justificados, cuya gloria será entonces perfecta, inmutable y para siempre. Esta gloria inmutable y eterna es, en efecto, el objetivo al que tienden, primero, la gracia de la justificación y, después, la transformación gloriosa.

En esta vida somos transformados por la primera resurrección, que es la iluminación destinada a la conversión; por ella, pasamos de la muerte a la vida, del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe, de las malas acciones a una conducta santa. Sobre los que así obran no tiene poder alguno la segunda muerte. De ellos, dice el Apocalipsis: «Dichoso aquel a quien le toca en suerte la primera resurrección, sobre ellos la segunda muerte no tiene poder» (20,6). Que se apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de mala a buena conducta pasan de la muerte a la vida, y más tarde serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa.

Agustín de Hipona

Sermón: La Madre Iglesia se regocija por los hombres que cada día resucitan espiritualmente

«El muerto se incorporó y empezó a hablar» (Lc 7,15)
98, 1-3: PL 38, 591-592 [Liturgia de las Horas]

PL

Los milagros de nuestro Señor y Salvador Jesucristo conmueven, es verdad, a todos los creyentes que los escuchan, pero a unos y a otros de muy diversa manera. Pues los hay que, impresionados por sus milagros corporales, no aciertan a intuir milagros mayores; otros, en cambio, los prodigios que escuchan realizados en los cuerpos, los admiran ahora ampliamente realizados en las almas.

Al cristiano no ha de caberle la menor duda de que también ahora son resucitados los muertos. Pero si bien es verdad que todo hombre tiene unos ojos capaces de ver resucitar muertos, como resucitó el hijo de esta viuda de que hace un momento nos hablaba el evangelio, no lo es menos que no todos tienen ojos para ver resucitar a hombres espiritualmente muertos, a no ser los que previamente resucitaron en el corazón. Es más importante resucitar a quien vivirá para siempre que resucitar al que ha de volver a morir.

De la resurrección de aquel joven se alegró su madre viuda; de los hombres que cada día resucitan espiritualmente se regocija la Madre Iglesia. Aquél estaba muerto en el cuerpo; éstos, en el alma. La muerte visible de aquél visiblemente era llorada; la muerte invisible de éstos ni se la buscaba ni se la notaba.

La buscó el que conocía a los muertos: y conocía a los muertos únicamente el que podía devolverles la vida. Pues de no haber venido el Señor para resucitar a los muertos, no habría dicho el Apóstol: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. Oyes que duerme cuando dice: despierta tú que duermes: pero comprende que está muerto cuando escuchas: Levántate de entre los muertos. Muchas veces se llama durmientes a los visiblemente muertos. Y realmente, para quien es capaz de resucitarlos, todos duermen. Para ti, un muerto es un muerto sin más: por más que lo sacudas, por más que lo pellizques, por más que le pegues no se despierta. Para Cristo, en cambio, dormía aquel muchacho a quien dijo: ¡Levántate!, e inmediatamente resucitó. Nadie despierta tan fácilmente en el lecho, como Cristo en el sepulcro.

Nuestro Señor Jesucristo quería que se entendiera también espiritualmente lo que hacía corporalmente. Pues no acudía al milagro por el milagro, sino para que lo que hacía fuese admirable para los testigos presenciales y verdadero para los hombres intelectuales.

Pasa lo mismo con el que, no sabiendo leer, contempla el texto de un códice maravillosamente escrito: pondera ciertamente la habilidad del copista y admira la delicadeza de los trazos, pero ignora su significado, no capta el sentido de aquellos rasgos: es un ciego mental de buen criterio visual. Otro, en cambio, encomia la obra de arte y capta su sentido: éste no sólo puede ver, lo que es común a todos, sino que, además, puede leer, cosa que no es capaz de hacer quien no aprendió a leer. Así ocurrió con los que vieron los milagros de Cristo sin comprender su significado, sin intuir lo que en cierto modo insinuaban a los espíritus inteligentes: se admiraron simplemente del hecho en sí; otros, por el contrario, admiraron los hechos y comprendieron su significado. Como éstos debemos ser nosotros en la escuela de Cristo.

Ambrosio de Milán

Sobre el evangelio de Lucas (05-06-2004): La misericordia divina se inclina hacia nosotros

Resurrección en Naím (Lc 7, 11-17)
Libro V, nn. 89-92


Y como llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre; y ésta era viuda; y estaba con ella mucha gente de la ciudad. En viéndola el Señor, se movió a compasión, y dijo: No llores. Y llegándose al féretro lo tocó.

Este pasaje también es rico en un doble provecho; creemos que la misericordia divina se inclina pronto a las lágrimas de una madre viuda, principalmente cuando está quebrantada por el sufrimiento y por la muerte de su hijo único, viuda, sin embargo, a quien la multitud del duelo restituye el mérito de la maternidad; por otra parte, esta viuda, rodeada por una multitud de pueblo, nos parece algo más que una mujer: ella ha obtenido por sus lágrimas la resurrección del adolescente, su hijo único; es que la Iglesia santa llama a la vida desde el cortejo fúnebre y desde las extremidades del sepulcro al pueblo más joven, en vista de sus lágrimas; está prohibido llorar a quien está reservada la resurrección.

Este muerto era llevado al sepulcro en un féretro por los cuatro elementos de la materia; pero tenía la esperanza de la resurrección, ya que era llevado sobre el leño, el cual, aunque antes no nos aprovechaba, sin embargo, después que Jesús le tocó, comenzó a procurarnos la vida; esto era un signo de que la salvación se extendería en el pueblo por el patíbulo de la cruz. Habiendo oído la palabra de Dios, los lúgubres portadores de este duelo se detuvieron; ellos arrastran el cuerpo humano en el despojo mortal de su naturaleza humana. ¿Qué otra cosa es, sino que yacemos sin vida, como en un féretro, instrumento de los últimos obsequios, cuando el fuego de una pasión sin medida nos consume, o el frío humor nos invade, o una cierta indolencia habitual del cuerpo humano debilita el vigor del alma, o que nuestro espíritu, vacío de la pura luz, alimenta nuestra inteligencia con el pecado? Tales son los portadores de nuestros funerales.

Más, aunque los últimos síntomas de la muerte hayan hecho desaparecer toda esperanza de vida y que los cuerpos de los difuntos estén próximos al sepulcro, sin embargo, a la palabra de Dios, los cadáveres, dispuestos a perecer, resucitan, vuelve la voz, se entrega el hijo a la madre, se llama de la tumba, se arranca del sepulcro. ¿Cuál es esta tumba, la tuya, sino las malas costumbres? Tu tumba es la falta de fe; tu sepulcro es esta garganta —pues su garganta es un sepulcro abierto (Sal 5, 11)— que profiere palabras de muerte. Este es el sepulcro del que Cristo te libra; resucitarás de esa tumba si escuchas la palabra de Dios.

Aunque existe un pecado grave que no puede ser lavado con las lágrimas de tu arrepentimiento, llora por ti la madre Iglesia, que interviene por cada uno de sus hijos como una madre viuda por sus hijos únicos; pues ella se compadece, por un sufrimiento espiritual que le es connatural, cuando ve a sus hijos arrastrarse hacia la muerte por vicios funestos. Somos nosotros entrañas de sus entrañas; pues también existen entrañas espirituales; Pablo las tenía, al decir: Sí, hermano; reciba yo de ti gozo en el Señor; alivia mis entrañas en Cristo (Flm 20). Somos nosotros las entrañas de la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, hechos de su carne y de sus huesos. Que llore, pues, la piadosa madre, y que la multitud la asista; que no sólo la multitud, sino una multitud numerosa compadezca a la buena madre. Entonces tú te levantarás del sepulcro; los ministros de tus funerales, se detendrán, y comenzarás a pronunciar palabras de vida; todos temerán, pues, por el ejemplo de uno solo, serán muchos corregidos; y, más aún, alabarán a Dios, que nos ha concedido tales remedios para evitar la muerte.

Juan Pablo II

Discurso (05-06-2004): Cortejo de muerte

«Levántate» (Lc 7,14)
Encuentro Nacional con los Jóvenes Católicos de Suiza.
Palacio de Deportes de Berna


1. "¡Levántate!" (Lc 7, 14).

Esta palabra del Señor al joven de Naím resuena hoy con fuerza en nuestra asamblea, y se dirige a vosotros...

El Papa ha venido de Roma para volverla a escuchar, juntamente con vosotros, de labios de Cristo y para hacerse eco de ella...

2. El Evangelio de san Lucas narra un encuentro:  por una parte, está el triste cortejo que acompaña al cementerio al joven hijo de una madre viuda; por otra, el grupo festivo de los discípulos que siguen a Jesús y lo escuchan. También hoy, jóvenes amigos, podríais formar parte de aquel triste cortejo que avanza por el camino de la aldea de Naím. Eso sucedería si os dejáis llevar de la desesperación, si los espejismos de la sociedad de consumo os seducen y os alejan de la verdadera alegría enredándoos en placeres pasajeros, si la indiferencia y la superficialidad os envuelven, si ante el mal y el sufrimiento dudáis de la presencia de Dios y de su amor a toda persona, si buscáis saciar vuestra sed interior de amor verdadero y puro en el mar de una afectividad desordenada.

Precisamente en esos momentos, Cristo se acerca a cada uno de vosotros y, como hizo al muchacho de Naím, os dirige la palabra que sacude y despierta:  "¡Levántate!". "Acoge la invitación que te hará ponerte de pie".

No se trata de simples palabras:  es Jesús mismo, el Verbo de Dios encarnado, quien está delante de vosotros. Él es "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9), la verdad que nos hace libres (cf. Jn 14, 6), la vida que el Padre nos da en abundancia (cf. Jn 10, 10). El cristianismo no es un simple libro de cultura o una ideología; y ni siquiera es sólo un sistema de valores o de principios, por más elevados que sean. El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro:  Jesús, el que da sentido y plenitud a la vida del hombre.

3. Pues bien, yo os digo a vosotros, queridos jóvenes:  No tengáis miedo de encontraros con Jesús. Más aún, buscadlo en la lectura atenta y disponible de la sagrada Escritura y en la oración personal y comunitaria; buscadlo participando de forma activa en la Eucaristía; buscadlo acudiendo a un sacerdote para el sacramento de la reconciliación; buscadlo en la Iglesia, que se manifiesta a vosotros en los grupos parroquiales, en los movimientos y en las asociaciones; buscadlo en el rostro del hermano que sufre, del necesitado, del extranjero.

Esta búsqueda caracteriza la existencia de muchos jóvenes coetáneos vuestros que se han puesto en camino hacia la Jornada mundial de la juventud, que se celebrará en Colonia en el verano del año próximo. Ya desde ahora os invito cordialmente también a vosotros a esa gran cita de fe y de testimonio.

También yo, como vosotros, tuve veinte años. Me gustaba hacer deporte, esquiar, declamar. Estudiaba y trabajaba. Tenía deseos e inquietudes. En aquellos años, ya lejanos, en tiempos en que mi patria se hallaba herida por la guerra y luego por el régimen totalitario, buscaba dar un sentido a mi vida. Lo encontré siguiendo al Señor Jesús.

4. La juventud es el momento en que también tú, querido muchacho, querida muchacha, te preguntas qué vas a hacer con tu existencia, cómo puedes contribuir a hacer que el mundo sea un poco mejor, cómo puedes promover la justicia y construir la paz.

Esta es la segunda invitación que te dirijo:  "¡Escucha!". No te canses de entrenarte en la difícil disciplina de la escucha. Escucha la voz del Señor, que te habla a través de los acontecimientos de la vida diaria, a través de las alegrías y los sufrimientos que la acompañan, a través de las personas que se encuentran a tu lado, a través de la voz de tu conciencia, sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y de belleza.

Si abres tu corazón y tu mente con disponibilidad, descubrirás "tu vocación", es decir, el proyecto que Dios, en su amor, desde siempre tiene preparado para ti.

5. Y podrás formar una familia, fundada en el matrimonio como pacto de amor entre un hombre y una mujer que se comprometen a una comunión de vida estable y fiel. Podrás afirmar con tu testimonio personal que, a pesar de las dificultades y los obstáculos, se puede vivir  en plenitud el matrimonio cristiano como experiencia llena de sentido y como "buena nueva" para todas las familias.

Y si Dios te llama, podrás ser sacerdote, religioso o religiosa, entregando con corazón indiviso tu vida a Cristo y a la Iglesia, transformándote así en signo de la presencia amorosa de Dios en el mundo de hoy. Podrás ser, como muchos otros antes que tú, apóstol intrépido e incansable, vigilante en la oración, alegre y acogedor en el servicio a la comunidad.

Sí, también tú podrías ser uno de ellos. Sé muy bien que ante esta propuesta titubeas. Pero te digo. ¡No tengas miedo! Dios no se deja vencer en generosidad. Después de casi sesenta años de sacerdocio, me alegra dar aquí, ante todos vosotros, mi testimonio:  ¡es muy hermoso poder consumirse hasta el final por la causa del reino de Dios!

6. Os quiero hacer una tercera invitación:  joven de Suiza, "¡Ponte en camino!". No te limites a discutir; no esperes para hacer el bien las ocasiones que tal vez no se presenten nunca. ¡Ha llegado el tiempo de la acción!

En los albores de este tercer milenio, también vosotros, jóvenes, estáis llamados a proclamar el mensaje del Evangelio con el testimonio de vuestra vida. La Iglesia necesita vuestras energías, vuestro entusiasmo, vuestros ideales juveniles, para hacer que el Evangelio impregne el entramado de la sociedad y suscite una civilización de auténtica justicia y de amor sin discriminaciones.

Hoy, más que nunca, en un mundo a menudo sin luz y sin la valentía de ideales nobles, no es tiempo para avergonzarse del Evangelio (cf. Rm 1, 16). Más bien, es tiempo de proclamarlo desde las terrazas (cf. Mt 10, 27).

El Papa, vuestros obispos, toda la comunidad cristiana cuentan con vuestro compromiso, con vuestra generosidad y os siguen con confianza y esperanza:  jóvenes de Suiza, ¡poneos en camino! El Señor camina con vosotros.

Llevad en vuestras manos la cruz de Cristo; en vuestros labios, las palabras de vida; y en vuestro corazón, la gracia salvadora del Señor resucitado.
¡Levántate! Es Cristo quien te habla. ¡Escúchalo!




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo X (Ciclo C)
Tiempo Ordinario: Martes XXIV (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Martes XXIV (Impar o Año I)



Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.