Lc 7, 31-35: Lamentación sobre la generación presente

Texto Bíblico

31 «¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes? 32 Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
“Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
33 Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”; 34 vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. 35 Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Basilio, obispo y doctor de la Iglesia

Regla: Dios nos llama a la conversión incansablemente.

Grandes Reglas monásticas, prólogo.

«Todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón» (Lc 7,35).

Hermanos, no permanezcamos en la despreocupación y la relajación; no dejemos ligeramente, para mañana o aún para más tarde, para comenzar a hacer lo que debemos. “Ahora es la hora favorable, dice el apóstol Pablo, ahora es el día de la salvación” (2Co 6,2). Actualmente es, para nosotros, el tiempo de la penitencia, más tarde será el de la recompensa; ahora es el tiempo de la perseverancia, un día llegará el de la consolación. Dios viene ahora para ayudar a los que se alejan del bien; más adelante Él será el juez de nuestros actos, de nuestras palabras y de nuestros pensamientos como hombres. Hoy nos aprovechamos de su paciencia; en el día de la resurrección conoceremos sus justos juicios, cuando cada uno reciba lo que corresponda a nuestras obras.

¿Hasta cuándo esperamos decidirnos a obedecer a Cristo que nos llama a su Reino celestial? ¿No nos vamos a purificar? ¿No vamos a dejar de una vez este género de vida que llevamos para seguir a fondo el Evangelio?… Pretendemos desear el Reinado de Dios, pero sin preocuparnos demasiado por los medios a emplear para conseguirlo.

Aún más, por la vanidad de nuestro espíritu, sin preocuparnos lo más mínimo por observar los mandamientos del Señor, nos creemos ser dignos de recibir las mismas recompensas que aquellos que han resistido al pecado hasta la muerte. Pero ¿quién en tiempo de la siembra ha podido quedarse sentado y dormir en casa, y después recoger con los brazos bien abiertos las gavillas segadas? ¿Quién ha vendimiado sin haber plantado y cultivado la viña? Los frutos son para los que han trabajado; las recompensas y las coronas para los que han vencido. ¿Es que alguna vez alguien ha coronado a un atleta sin que éste ni tan sólo se haya revestido para combatir con el adversario? Y, por consiguiente, no sólo es necesario vencer sino también “luchar según las reglas”, como lo dice el apóstol Pablo (2Tes 114,5), es decir, según los mandamientos que nos han sido dados…

Dios es bueno, pero también es justo…:”El Señor ama la justicia y el derecho” (Sal 32,5); por eso “Señor voy a cantar la bondad y la justicia (Sal 100, 1)… Fíjate con que discernimiento el Señor usa de la bondad. No es misericordioso sin más ni más, no juzga sin piedad, porque “el Señor es benigno y justo” (Sal 114,5). No tengamos, pues, de Dios una idea equivocada; su amor por los hombres no debe ser para nosotros pretexto de negligencia.

San Bernardo, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: La ignorancia de los que no se convierten.

Sermón 38 sobre el Cantar de los Cantares.

«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación?» (Lc 7,31).

El Apóstol Pablo dice: “Lo que algunos tienen es ignorancia de Dios” (1Co 15,34). Yo digo, que permanecen en esta ignorancia todos aquellos que no quieren convertirse a Dios. Ellos rechazan esta conversión por la única razón de que ellos imaginan a Dios solemne y severo cuando es todo suavidad; ellos lo imaginan duro e implacable cuando es todo misericordia; creen que es violento y terrible cuando es adorable. Así el impío se engaña a sí mismo y se fabrica un ídolo en vez de conocer a Dios tal cual es.

¿Qué teme esta gente de poca fe? ¿Qué Dios no querrá perdonar sus pecados? Pero si Él mismo, con sus propias manos, los clavó en la cruz (Col 2,14). ¿Qué pueden temer todavía? ¿Ser ellos mismos débiles y vulnerables? Pero si Él conoce muy bien la arcilla con que nos ha hecho. ¿De qué tienen miedo? ¿De estar demasiado acostumbrados al mal para abandonar las costumbres de la carne? Pero el Señor liberta a los cautivos (Sal 145,7). ¿Temen por tanto que Dios, irritado por la inmensidad de sus faltas, vacile en tenderles una mano que los socorra? Pero allí donde abundó el pecado, la gracia sobreabundó (Rm 5, 20). ¿Quizá la preocupación por el vestido, el alimento y otras necesidades de su vida, les impide separarse de sus bienes? Dios sabe que tenemos necesidad de todo esto (Mt 6, 32). ¿Qué más quieren? ¿Cuál es el obstáculo para su salvación? Ignoran a Dios, no creen en nuestra palabra. Por tanto es necesario que se fíen de la experiencia de los demás.

San Francisco de Sales, obispo

Obras: Contra la maledicencia.

Introducción a la Vida Devota, 3a parte, Cáp. 29. III, 239.

«Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: es comilón y bebedor» (Lc 7,34).

El juicio temerario engendra inquietud, desprecio del prójimo, orgullo, complacencia en sí mismo y cien otros efectos muy perniciosos, entre ellos la maledicencia, verdadera peste de las conversaciones y que ocupa el primer puesto entre estos males.

Si yo tuviera un carbón ardiendo, para purificar de este pecado los labios de los hombres, como el ángel purificó los del profeta Isaías. Quien quitase la maledicencia del mundo, quitaría una gran parte de los pecados y de las injusticias. La maledicencia es una especie de homicidio. En efecto, tenemos tres clases de vida:
la vida espiritual, que vive en la gracia de Dios; la vida corporal, que está en el alma y la vida civil que está en la reputación. El pecado nos quita la primera; la muerte, la segunda; y la maledicencia la tercera.

El maldiciente, con un sus movimiento de la lengua, lleva a cabo tres muertes: asesina a su alma y al alma del que le escucha y quita la vida civil a quien está quitando la fama. El demonio está en la boca del maldiciente y en el oído del que le escucha.

Te conjuro, Filotea, que jamás hables mal de nadie, ni directa ni indirectamente. Guárdate de achacar faltas imaginarias a tu prójimo, de revelar sus secretos pecados, de agrandar los que todos ven.

También debes guardarte de interpretar mal las buenas acciones, de negar lo bueno que sabes de otra persona, o de disimularlo maliciosamente, o de disminuirlo… Ofenderías a Dios gravemente. Pero, sobre todo, evita el acusar falsamente o deformar la verdad en perjuicio del prójimo; serías doblemente culpable: mintiendo y haciendo daño a otro.

… En dos palabras: cuando hable del prójimo, mi lengua debe estar en mi boca como el bisturí en manos del cirujano, que va a trabajar entre nervios y tendones. El tajo ha de ser tan certero y justo, que yo no diga ni demasiado ni demasiado poco. Y sobre todo, que, al reprobar el vicio, salve, en lo posible a la persona que lo ha cometido.

San Juan Pablo II, papa

Encíclica: En la Iglesia Cristo nos llama a la conversión.

Carta encíclica “Dives in Misericordia”, n. 13.

«Amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34).

La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia —el atributo más estupendo del Creador y del Redentor— y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado la meditación constante de la palabra de Dios, y sobre todo la participación consciente y madura en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación.

La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte (Ct 8,6): en efecto, « cada vez que comemos de este pan o bebemos de este cáliz », no sólo anunciamos la muerte del Redentor, sino que además proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la gloria (Cfr. 1 Cor 11, 26; aclamación en el «Misal Romano»). El mismo rito eucarístico, celebrado en memoria de quien en su misión mesiánica nos ha revelado al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua el amor inagotable, en virtud del cual desea siempre El unirse e identificarse con nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones humanos.

Es el sacramento de la penitencia o reconciliación el que allana el camino (Lc 3,3; Is 40,3) a cada uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado.

San Siluan, monje ruso

Escritos: Responder a las llamadas del Señor.

«Adán, ¿dónde estás?» (Gn 3,9).

Mi alma desfallece por el Señor, y le busco con lágrimas. ¿Cómo podría no buscarte? Tú has sido el primero en encontrarme. Me has dado poder vivir la dulzura de tu Espíritu, y mi alma te ha amado. Tú, Señor, ves mis penas y mis lágrimas. Si tú no me hubieras atraído con tu amor, no te buscaría así como te busco. Pero tu Espíritu me ha concedido poderte conocer, y mi alma se regocija de que tú seas mi Dios y mi Señor y, hasta derramar lágrimas languidece por ti.

Señor misericordioso, tú ves mi caída y mi dolor; pero humildemente imploro tu clemencia: derrama sobre mí, pecador como soy, la gracia de tu Espíritu. Su recuerdo lleva a mi espíritu a encontrar de nuevo tu misericordia. Señor, dame tu Espíritu para que no pierda de nuevo tu gracia, y que no me lamente, como Adán, que lloraba haber perdido a Dios y al Paraíso.

El Espíritu de Cristo, que el Señor me ha dado, quiere la salvación de todos, desea que todos conozcan a Dios. El Señor ha dado el Paraíso al ladrón; igualmente lo dará a todo pecador. Por mis pecados soy peor que un perro sarnoso, pero he pedido al Señor que me los perdone y me ha concedido no sólo su perdón sino también el Santo Espíritu. Y en el Santo Espíritu, he conocido a Dios…

El Señor es misericordioso; esto, lo sabe mi alma, pero es imposible describirlo. Es infinitamente manso y humilde, y cuando el alma lo ve, toda ella se transforma en amor de Dios y del prójimo; ella misma se convierte en mansa y humilde. Pero si el hombre pierde la gracia, llorará tal como lo hizo Adán cuando fue echado del Paraíso… Danos, Señor, el arrepentimiento de Adán y tu santa humildad.


Comentarios exegéticos

Próximamente… no pudo hacerse ahora por falta de tiempo.

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