Lc 9, 51-62 – La subida a Jerusalén: Mala acogida en pueblo samaritano y exigencias de la vocación apostólica

Texto Bíblico

51 Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. 52 Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. 53 Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. 54 Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». 55 Él se volvió y los regañó. 56 Y se encaminaron hacia otra aldea.
57 Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». 58 Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». 59 A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». 60 Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». 61 Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». 62 Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

León Magno

Sermón: Por la Resurrección de Cristo somos nueva creatura

«Nadie que echa mano al arado y sigue mirando atrás, es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,62)
71, para la Resurrección del Señor: PL 54, 388

PL

Amados míos, Pablo, el apóstol de los paganos no contradice en nada nuestra fe cuando dice: «Aunque alguna vez hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no es así» (2Co 5,16). La resurrección del Señor no ha puesto fin a su carne, sino que la ha transformado. El aumento de su poder no ha destruido su sustancia; la calidad ha cambiado; la naturaleza no ha sido anonadada. Clavaron su cuerpo en la cruz: se volvió inaccesible al sufrimiento. Fue condenado a muerte: se volvió eterno. Lo mataron: se volvió incorruptible. Y se puede muy bien decir que la carne de Cristo ya no es la misma que conocimos; porque ya no queda en ella ningún rastro de sufrimiento o debilidad. Permanece la misma en su sustancia, pero ya no es la misma desde el punto de vista de la gloria. ¿Por qué sorprenderse, por otra parte, de que san Pablo se exprese así a propósito del cuerpo de Jesucristo cuando, hablando a todos los cristianos que viven según el espíritu, les dice: «Desde ahora ya no conocemos a nadie según la carne»?

Con ello quiere decir que nuestra resurrección ha comenzado en Jesucristo. En él, que murió por todos, nuestra esperanza ha adquirido consistencia. Ninguna duda ni reticencia en nosotros, ninguna decepción en la espera: las promesas se han comenzado a cumplir ya, y con los ojos de la fe, vemos las gracias de las que mañana seremos saciados. Nuestra naturaleza ha sido elevada; entonces, con gozo, poseemos ya el objeto de nuestra fe...

Que el pueblo de Dios tome conciencia que es «una nueva creación en Cristo» (2Co 5,17). Que comprenda bien quién le ha escogido, y a quién el mismo ha escogido. Que el ser renovado no vuelva a la inestabilidad de su antiguo estado. Que el que «ha echado mano al arado» no cese de trabajar, que vele sobre el grano que ha sembrado, y que no se gire a mirar lo que ha abandonado. Este es el camino de salvación; esta es la manera de imitar la resurrección en Cristo.

Bernardo

Sermón: «No le recibieron» (Lc 9,53)

Sigámoslo con el empeño de una vida santa
1 para el domingo de las kalendas de noviembre, 2: Opera omnia, Edit Cister t. 5, 305

Opera omnia, Edit Ci

En distintas ocasiones y de muchas maneras no sólo habló Dios por los profetas, sino que fue visto por los profetas. Lo conoció David hecho poco inferior a los ángeles; Jeremías lo vio incluso viviendo entre los hombres; Isaías nos asegura que lo vio unas veces sobre un trono excelso, y otras no sólo inferior a los ángeles o entre los hombres, sino como leproso, es decir, no sólo en la carne, sino en una carne pecadora como la nuestra.

También tú, si deseas verlo sublime, cuida de ver primero a Jesús humilde. Vuelve primero los ojos a la serpiente elevada en el desierto, si deseas ver al Rey sentado en su trono. Que esta visión te humille, para que aquélla exalte al humillado. Que ésta reprima y cure tu hinchazón, para que aquélla colme y sacie tu deseo. ¿Lo ves anonadado? Que no sea ociosa esta visión, pues no podrías ociosamente contemplar al exaltado. Cuando lo vieres tal cual es, serás semejante a él; sé ya desde ahora semejante a él, viéndolo tal cual por ti se ha hecho él.

Pues si ni en la humildad desdeñas ser semejante a él, seguramente te esperará también la semejanza con él en la gloria. Nunca permitirá él que sea excluido de la comunión en la gloria el que haya participado en su tribulación. Finalmente, hasta tal punto no desdeña admitir consigo en el reino a quien hubiere compartido su pasión, que el ladrón que le confesó en la cruz estuvo aquel mismo día con él en el paraíso. He aquí por qué dijo también a los Apóstoles: Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas y yo os transmito el reino. Y dado que si sufrimos con él también reinaremos con él, sea entre tanto, hermanos, nuestra meditación Cristo, y éste crucificado. Grabémosle como un sello en nuestro corazón, como un sello en nuestro brazo. Abracémosle con los brazos de un amor recíproco, sigámoslo con el empeño de una vida santa. Este es el camino por el que se nos muestra él mismo, que es la salvación de Dios, pero no ya privado de belleza y esplendor, sino con tanta claridad, que su gloria llena la tierra.

Francisco de Sales

Tratado del Amor de Dios: No sólo sentir, también consentir

«Te seguiré, pero...» (cf. Lc 9,57-62)
Libro II, 11 y 12. IV, 122, 123, 127


«Mientras iban de camino, le dijo uno: Te seguiré a donde vayas.... A otro le dijo: Sígueme. El respondió: Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» (Lc 9, 51-62).

San Pablo nos exhorta a no recibir la gracia de Dios en vano; y la recibimos en vano cuando la recibimos a la puerta del corazón; pero sin el consentimiento del corazón, porque así la recibimos sin recibirla, es decir, sin fruto; ya que no basta sentir la inspiración, hay que consentir en ella...

A veces, la inspiración nos pide hacer mucho y no consentimos en toda esa inspiración, sino sólo en una parte de ella, como hicieron esos personajes del evangelio que, bajo la inspiración del Señor, le siguieron, pero con reservas; el uno por ir a enterrar a su padre, el otro por ir a despedirse de los suyos.

¿Cuál es la razón de que no estemos más avanzados en el amor de Dios? ¿Es que Dios no nos ha dado su gracia? Es que no hemos correspondido como debíamos a sus inspiraciones. Y ¿esto, por qué? Porque, al ser libres, hemos abusado de nuestra libertad.

Es algo admirable y muy verdadero: cuando nuestra voluntad sigue el atractivo y consiente al movimiento divino, lo sigue tan libremente como libremente resiste también, cuando resiste.

El consentimiento a la gracia depende mucho más de la gracia que de nuestra propia voluntad solamente; pero la resistencia a la gracia depende únicamente de la sola voluntad.

Así de amorosa es la mano de Dios al manejar nuestro corazón; y así de diestra para comunicarnos su fuerza sin quitarnos nuestra libertad.

Y para darnos el movimiento de su poder sin impedir el de nuestro querer, ajusta su poder a su suavidad de tal modo que, respecto al bien, su potencia nos da suavemente el poder y su suavidad mantiene poderosamente la libertad de nuestro querer.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo XIII (Ciclo C)



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