Lc 10, 17-24 Retorno misión de los setenta y dos y alegría de Jesús

Texto Bíblico

17 Los setenta y dos volvieron con alegría, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». 18 Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. 19 Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. 20 Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
21 En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. 22 Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
23 Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! 24 Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Para la Catena Aurea se pueden ver estas perícopas: Lc 10, 1-12.17-20 y también Lc 10, 21-24


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ireneo, obispo y mártir

Tratado: Uno es Dios.

Contra las herejías, IV, 6, 3-7.

«Todo me ha sido dado por mi Padre» (Lc 10,22).

Pero nadie puede conocer al Padre si no se lo revela el Verbo de Dios, esto es el Hijo; ni al Hijo, sin el beneplácito del Padre. Porque el Hijo realiza el beneplácito del Padre: ya que el Padre envía, el Hijo es enviado y viene. Y al Padre, que para nosotros es invisible e indeterminable, lo conoce su mismo Verbo; y siendo aquél inenarrable, éste nos lo da a conocer. De modo semejante, sólo el Padre conoce a su Verbo (…).

En efecto, el Verbo revela a Dios Creador por medio de la misma creación, al Hacedor del mundo por medio del mundo, al artista Plasmador por medio de los seres plasmados, y por medio del Hijo al Padre que engendró al Hijo. Todos ellos hablan de modo parecido, pero no tienen la misma fe. Así también por medio de los profetas el Verbo se predicó a sí mismo y al Padre. También en este caso todos oyeron lo mismo, pero no todos creyeron igualmente. Y, finalmente, el Padre se manifestó en su Verbo hecho visible y palpable (1Jn 1,1): todos vieron al Padre en el Hijo, aunque no todos creyeron en él. Pues lo invisible del Hijo es el Padre, y lo visible del Padre es el Hijo (Jn 14,9). (…)

Pues el Hijo, en servicio del Padre, lleva todas las cosas a su perfección, a partir de la creación hasta el final, y sin él nadie es capaz de conocer a Dios. (…)Desde el principio el Hijo da asistencia a su propia creatura, revelando a todos al Padre, según el Padre quiere, cuando quiere y como quiere. Por ello en todo y por todo uno solo es el Padre, uno el Verbo y uno el Espíritu, así como la salvación es una sola para todos los que creen en él.

San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía: La revelación del misterio escondido desde antes de la creación del mundo.

Homilia 65 sobre Lucas.

«Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21).

Considerando las palabras que Jesús nos dirige cuando habla con su Padre de nosotros: “Tu has escondido todas estas cosas a los prudentes y a los sabios, y tu las has revelado a los pequeños. Si, Padre, porque así lo has querido”. En efecto, Dios Padre nos ha revelado el misterio escondido desde antes de la creación del mundo en el silencio de Dios, el misterio de su Hijo único hecho hombre, el misterio conocido desde antes de la creación del mundo y rebelado a los hombres al final de los tiempos. San Pablo, en efecto, escribe: “A mí, el más insignificante de entre los santos, se me ha concedido la gracia de anunciar a las naciones la insondable riqueza de Cristo, y de mostrar a todos cómo se cumple este misterioso plan escondido desde el principio de los siglos en Dios que crea el universo” (Ef. 3,8-9).

Este grande y adorable misterio de nuestro Salvador estaba escondido en el conocimiento del Padre, desde antes de la creación del mundo. También nosotros, somos conocidos y predestinados, adoptados como hijos. Así lo enseña San Pablo cuando dice: “Bendito sea Dios, Pare de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. El nos eligió antes de la creación del mundo para que nosotros fuéramos santos e inmaculados en su presencia; en su amor El nos ha destinado a ser adoptados como hijos suyos, por medio de Jesucristo” (Ef. 1,3-5) El Padre nos ha dado a conocer, a nosotros los pequeños, el misterio escondido de todos los tiempos…” A vosotros, dice Jesús, se os ha concedido comprender los misterios del Reino de los cielos” (Lc.8,10), a vosotros que habéis creído, que habéis conocido la Revelación del Cristo, que entedéis la ley en su sentido espiritual, que estáis atentos a entender las profecías, que confesais que Cristo es Dios y Hijo de Dios, a vosotros a quien el Padre ha tenido a bien de revelar a su Hijo.

Francisco, papa.

Homilía (23-04-2013): Alegría del evangelizador.

Homilía del 23-04-2013.

«Los setenta y dos discípulos a los que Jesús había enviado, volvieron muy alegres» (Lc 10,17).

“Y una multitud considerable se adhirió al Señor” (Hch 11,24) —, cuando vio aquella multitud, se alegró. “Al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró” (Hch 11,23). Es la alegría propia del evangelizador. Es, como decía Pablo VI, “la dulce y consoladora alegría de evangelizar” (cf. Exort. Ap. Evangelii nuntiandi, 80). Y esta alegría comienza con una persecución, con una gran tristeza, y termina con alegría. Y así, la Iglesia va adelante, como dice un santo, entre las persecuciones del mundo y los consuelos del Señor (cf. San Agustín, De civitate Dei, 18,51,2: PL 41,614). Así es la vida de la Iglesia. Si queremos ir por la senda de la mundanidad, negociando con el mundo —como se quiso hacer con los Macabeos, tentados en aquel tiempo—, nunca tendremos el consuelo del Señor. Y si buscamos únicamente el consuelo, será un consuelo superficial, no el del Señor, será un consuelo humano. La Iglesia está siempre entre la Cruz y la Resurrección, entre las persecuciones y los consuelos del Señor. Y este es el camino: quien va por él no se equivoca.

Pensemos hoy en la pujanza misionera de la Iglesia: en estos discípulos que salieron de sí mismos para ponerse en camino, y también en los que tuvieron la valentía de anunciar a Jesús a los griegos… Pensemos en la Iglesia Madre que crece, que crece con nuevos hijos, a los que da la identidad de la fe, porque no se puede creer en Jesús sin la Iglesia… Y pidamos al Señor esa libertad de espíritu, ese fervor apostólico que nos impulse a seguir adelante, como hermanos, todos nosotros:¡adelante!

San Francisco de Asís, fundador de los Hermanos menores

Regla: Restituir a Dios los bienes.

Regla Primera, n. 17.

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Lc 10,21).

Por lo que, en la caridad que es Dios (cf. Jn 4,16), ruego a todos mis hermanos, predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que procuren humillarse en todo, no gloriarse ni gozarse en sí mismos, ni exaltarse interiormente de las palabras y obras buenas, más aún, de ningún bien que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por ellos, según lo que dice el Señor: Pero no os alegréis de que los espíritus os estén sometidos (Lc 10,20).

Y tengamos la firme convicción de que a nosotros no nos pertenecen sino los vicios y pecados…El espíritu del Señor, en cambio, quiere que la carne sea mortificada y despreciada, tenida por vil y abyecta. Y se afana por la humildad y la paciencia, y la pura, y simple, y verdadera paz del espíritu… Y restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de El procede. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, posea, a El se le tributen y El reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las acciones de gracias y la gloria, suyo es todo bien; sólo El es bueno (cf. Lc 8,19).

Y, si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos, hagamos bien y alabemos a Dios (cf. Rom 11,21), que es bendito por los siglos (Rom 1,25).

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía: Alegría en medio de la prueba.

Homilía I sobre la 1ª carta a los Tesalonicenses.

«Jesús exulta de gozo, bajo la acción del Espíritu Santo» (cf. Lc 10,21).

«Vosotros habéis llegado a ser los imitadores del divino Maestro» dice Pablo. ¿Cómo es esto? «Recibiendo la palabra junto con las pruebas, en la alegría de el Espíritu Santo» (1T 1,6)… La prueba afecta a la parte material de nuestro ser; la alegría brilla en la parte espiritual. Me explico: los acontecimientos de la vida son tristes y dolorosos, pero los resultados son gozosos, el Espíritu lo quiere así. Es pues posible, que no se acoja con gozo cuando se sufre, si se sufre por los propios pecados, pero se dejará flagelar con regocijo si es por Cristo (cf. Hch 5,41).

Esto es lo que el apóstol llama el «gozo del Espíritu»; se respira en lo que la naturaleza rechaza con horror. Donde habéis suscitado mil penas, dice, habéis sufrido la persecución, pero el Espíritu no os ha abandonado en estas pruebas.

Como los tres jóvenes fueron rodeados de un suave rocío en el horno (Dn 3), vosotros lo estáis también en la prueba. Sin duda esto no dependía de la naturaleza del fuego y no podía tener otra causa, que el soplo del Espíritu. No entra en la naturaleza de la prueba, dar alegría, y esta alegría no puede venir más que de un sufrimiento pasado anteriormente por Cristo y del divino rocío del Espíritu, que transforma en lugar de descanso, el horno de las pruebas. «Con alegría» dice, y no con una alegría cualquiera, sino con una alegría inagotable; es esto lo que es necesario entender, en cuanto que el Espíritu Santo es el autor.

San Agustín, obispo

Sermón: La reprensión tuya es alabanza de Dios.

Sermón 67.

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21).

Al leer el santo evangelio hemos oído que el Señor Jesús exultó en el espíritu y dijo: Te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, porque escondiste esto a los sabios y prudentes y lo revelaste a los pequeñuelos (Mt 11,25). Consideremos piadosamente y con esmero, como se merece, las primeras palabras. Vemos, ante todo, que cuando la Escritura emplea el término «confesión» no siempre debemos suponer la voz de un pecador. Era de la mayor importancia decir esto y avisar a vuestra caridad. Porque en cuanto la palabra sonó en la boca del lector, se siguió el rumor de los golpes de vuestro pecho; es decir, nada más oír lo que dijo el Señor: Te confieso, Padre. En cuanto oísteis la palabra «confieso» os golpeasteis el pecho. ¿Y qué es golpear el pecho, sino indicar que el pecado late en él y que hay que castigar al oculto con un golpe visible? ¿Por qué hicisteis eso, sino porque oísteis Te confieso, Padre? Habéis oído Confieso pero no habéis reparado en quién confiesa. Reparad, pues, ahora. Si Cristo dijo Confieso y está lejos de él todo pecado, tal palabra no es exclusiva del pecador, sino que pertenece también al que alaba. Confesamos, pues, ya cuando alabamos a Dios, ya cuando nos acusamos a nosotros mismos. Piadosas son ambas confesiones, ya cuando te reprendes tú que no estás sin pecado, ya cuando alabas a aquel que no puede tener pecado.

Si pensamos bien, la reprensión tuya es alabanza suya. Pues, ¿por qué confiesas ya en la acusación de tu pecado? ¿Por qué confiesas al acusarte a ti mismo, sino porque estabas muerto y estás vivo? Así dice la Escritura: Perece la confesión en el muerto, como si no existiera (Eclo 17,26). Si la confesión perece en el muerto, quien confiesa vive y, si confiesa el pecado, sin duda revivió de la muerte. Y si el confesor del pecado revivió de la muerte, .quién le resucitó? Ningún muerto se resucita a sí mismo. Sólo pudo resucitarse quien no murió al morir su carne. Así resucitó lo que había muerto. Se resucitó, pues, aquel que vivía en sí mismo y había muerto en su carne para resucitarla…

Ya nos acusemos, ya alabemos a Dios, doblemente le alabamos. Sin duda alabamos a Dios cuando nos acusamos piadosamente. Cuando alabamos a Dios le proclamamos carente de pecado y cuando nos acusamos a nosotros mismos, damos gloria a aquel que nos ha resucitado. Si esto hicieres, el enemigo no hallará ocasión alguna para arrastrarte ante el juez, pues si tú eres tu propio acusador y Dios tu libertador, ¿qué será aquél sino calumniador? Por eso, con razón Pablo se procuró tutela contra los enemigos, no los manifiestos, la carne y la sangre, dignas más bien de compasión que de defensa, sino contra aquellos otros frente a los cuales nos manda armarnos: Nuestra pelea no es contra la carne y la sangre, esto es, contra los hombres que abiertamente se ensañan contra nosotros. Son vasos utilizados por otro; son instrumentos manejados por otro. Así dice: Se introdujo el diablo en el corazón de Judas para que entregara al Señor (Jn 13,2). Y dirá alguno: «¿Qué hice yo entonces?» Escucha al Apóstol: No deis lugar al diablo (Ef 4,27). Con tu mala voluntad le diste cabida; entró, te poseyó, te manipula. Si no le dieras cabida, no te poseería. Por eso nos amonesta diciendo: Nuestra pelea no es contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades…

Escucha, pues al Señor que hace su confesión: Te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra. Te confieso, te alabo. Te alabo a ti, no me acuso a mí. En lo que toca a la asunción del hombre por el Verbo, hay gracia total, gracia singular, gracia perfecta. ¿Qué mereció aquel hombre que es Cristo, si quitas la gracia, y una gracia tal como corresponde a ese único Cristo, para que sea ese hombre que conocemos? Quita esa gracia y ¿qué es Cristo, sino un hombre? ¿Qué es sino lo mismo que tú? Tomó el alma, tomó el cuerpo, tomó el hombre entero, lo asume y el Señor constituye con el siervo una sola persona. ¡Cuán grande es esa gracia! Cristo en el cielo, Cristo en la tierra, Cristo a la vez en el cielo y en la tierra. Cristo con el Padre, Cristo en el seno de la Virgen, Cristo en la cruz, Cristo en los infiernos para socorrer a algunos, y en el mismo día, Cristo en el paraíso con el ladrón confesor. ¿Y cómo lo mereció el ladrón, sino porque retuvo aquel camino en que se manifestó su salvación? No apartes tú los pies de ese camino, pues el ladrón, al acusarse, alabó a Dios e hizo feliz su vida…

Escucha, pues, al Señor, que confiesa: Te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra. Y ¿que confieso? ¿En qué te alabo? Como he dicho, esta confesión implica alabanza. Porque escondiste esto a los sabios y prudentes y lo revelaste a los pequeños (Mt 11,25). ¿Qué significa esto, hermanos? Entended el sentido de esta oposición. Lo escondiste, dice, a los sabios y prudentes; pero no dice: y lo revelaste a los necios e imprudentes. Lo que dijo fue esto: Lo escondiste a los sabios y prudentes y lo revelaste a los pequeños. A los ridículos sabios y prudentes, a los arrogantes, en apariencia grandes y en realidad hinchados, opuso no los incipientes, no los imprudentes, sino los pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños? Los humildes. Por tanto, lo escondiste a los sabios y prudentes. Él mismo explicó que bajo el nombre de sabios y prudentes había que entender a los soberbios al decir: Lo revelaste a los pequeños. Luego lo escondiste a los no pequeños.

¿Qué significa no pequeños? No humildes ¿Y qué significa no humildes, sino soberbios? ;Oh camino del Señor! O no existía o estaba oculto para revelársenos a nosotros. ¿Y por qué exultaba el Señor? Porque el camino fue revelado a los pequeños.

Debemos ser pequeños; pues si pretendemos ser grandes, como sabios y prudentes, no se nos revelará ese camino. ¿Quiénes son grandes? los sabios y prudentes. Diciendo que eran sabios se hicieron necios (Rom 1,22. Pero tienes el remedio por contraste. Si diciendo que eres sabio, te haces necio, di que eres necio y te harás sabio. Pero dilo, y dilo interiormente. Porque es así como lo dices. Si lo dices, no lo proclames ante los hombres y lo calles ante Dios. En cuanto se trata de ti y de tus cosas, eres tenebroso. ¿Qué significa ser necio, sino tenebroso en el corazón? Y de éstos dijo: Se entenebreció su insipiente corazón (Rom 22,21). Di que no eres luz para ti mismo. Como mucho, eres ojo, no luz. ¿Qué aprovecha un ojo abierto y sano si no hay luz? Di, pues, que no eres luz para ti mismo y proclama lo que está escrito: Tú darás luz a mi lámpara, Señor. Con tu luz, Señor, iluminarás mis tinieblas (Sal 17,29). Nada tengo, sino tinieblas; pero tú eres la luz que disipa las tinieblas al iluminarme. La luz que tengo no viene de mí, sino que es luz participada de ti… Juan Bautista era una lámpara, esto es, una realidad iluminada, encendida para dar luz. Y lo que puede encenderse, puede asimismo apagarse. Para que no se extinga, que no le dé el viento de la soberbia.

Por eso, Te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, porque escondiste esto a los sabios y prudentes (Mt 11,25), a los que se creían luz v eran tinieblas. Como eran tinieblas v se creían luz no podían ser iluminados. En cambio, los que eran tinieblas, pero confesaban serlo, eran pequeños, no grandes; humildes, no soberbios. Decían con motivo: Tú iluminarás mi lámpara, Señor (Sal 17,29). Se conocían a sí mismos, no se apartaban del camino salvador.

El Pastor de Hermas

Obra cristiana del Siglo II: El Pastor, 10º precepto.

«Jesús exultó de gozo bajo la acción del Espíritu Santo… No pongáis triste al Espíritu Santo. Dios os ha marcado con él» (Ef 4,30).

Cuando el hombre indeciso fracasa en cualquier empresa, la tristeza invade su alma, aflige al Espíritu Santo y le echa fuera… aleja, pues, de tu corazón la tristeza y no ahogues al Espíritu Santo que habita en ti. (1Tes 5,19), por miedo a que llame a dios contra ti y te deje. Porque el Espíritu de Dios, que te ha sido dado en tu carne, no soporta ni la tristeza ni incomodidad.

Revístete de alegría y haz de ella tu delicia. Eso es lo que agrada a Dios; eso es lo que él acoge favorablemente. Porque todo el que está lleno de gozo obra bien, piensa bien y pone a la tristeza debajo de sus pies. Por el contrario, el hombre triste obra siempre mal; primeramente, hace mal contristando al Espíritu Santo que con gozo ha sido dado al hombre; seguidamente comete una falta de piedad no orando ni alabando al Señor. Porque la oración del hombre triste no tiene jamás la fuerza necesaria para subir al altar de Dios… Así como el vinagre mezclado con el vino hace perder el buen sabor a éste, de la misma manera la tristeza, mezclada con el Espíritu Santo, debilita la eficacia de la oración. Purifica, pues, tu corazón de esta tristeza perniciosa, y vivirás para Dios, igual que todos los que se habrán despojado de la tristeza y revestido de gozo.

San Juan Pablo II, papa

Encíclica: Teofanía trinitaria.

Carta Encíclica «Dominum et vivificantem», nn. 20-21.

«Te doy gracias, Padre… has revelado estas cosas a los más pequeños» (Lc 10,21).

«Jesús, lleno de gozo y bajo la acción del Espíritu Santo exclamó: ‘Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes, y las has revelado a los más pequeños. Sí, Padre, porque este ha sido tu deseo’». Jesús exulta de gozo por la paternidad divina; exulta de gozo porque puede revelar esta paternidad; exulta, en fin, porque en los «más pequeños» se revela un esplendor particular de la paternidad divina. Y el evangelista Lucas califica todo ello de «gozo desbordante en el Espíritu Santo»…

Eso que, durante la teofanía trinitaria junto al Jordán (Lc 3,22) ha venido, por decirlo de alguna manera, «del exterior», de lo alto, proviene aquí «del interior», es decir, de lo más profundo de lo que Jesús es. Es otra revelación del Padre y del Hijo, unidos en el Espíritu Santo. Jesús habla solamente de la paternidad de Dios y de su propia filiación; no habla, explícitamente, del Espíritu que es Amor y, por tanto, unión del Padre y del Hijo. Y, sin embargo, lo que dice del Padre y de sí mismo como Hijo viene de la plenitud del Espíritu que está en él, que llena completamente su corazón, penetra su propio yo, inspira y vivifica su acción en toda su profundidad. De ahí proviene ese desbordamiento de gozo en el Espíritu Santo. La unión de Cristo con el Espíritu Santo, de la cual Jesús tiene perfecta conciencia, se expresa en este desbordamiento de gozo, el cual, en un sentido, hace perceptible la fuente secreta que reside en él. De ello proviene una manifestación y una particular exhaltación propias del Hijo del hombre, de Cristo el Mesías, cuya humanidad pertenece a la persona del Hijo de Dios, sustancialmente uno con el Espíritu Santo en su divinidad.

En esta magnífica confesión de la paternidad de Dios, Jesús de Nazaret, se manifiesta, pues, a sí mismo, manifiesta su «yo» divino : en efecto, él es el Hijo «de la misma substancia» (Credo), y por eso, «nadie conoce al Hijo sino es el Padre, ni nadie conoce al Padre sino es el Hijo», este Hijo que «por nosotros y por nuestra salvación» (Credo) se hace hombre por obra del Espíritu Santo y nació de una virgen cuyo nombre era María.

Beato Pablo VI, papa

Exhortación: Participar del gozo de Cristo.

Exhortación apostólica «Gaudete in Domino» sobre el gozo cristiano

«En aquel momento, Jesús se llenó de alegría» (Lc 10,21).

Por su misma esencia, el gozo cristiano es la participación espiritual en el gozo insondable, conjuntamente divino y humano, que está en el corazón de Jesucristo glorificado…Contemplémosle a lo largo de su vida terrestre; en su humanidad hizo experiencia de nuestros gozos. Jesús, manifiestamente ha conocido, apreciado, celebrado toda una gama de gozos humanos, de estos gozos simples y cotidianos, al alcance de todos. La profundidad de su vida interior no ha debilitado lo concreto de su mirada, ni su sensibilidad. Admira los pájaros y los lirios del campo. De buenas a primeras une en su mirar, la mirada de Dios sobre la creación al amanecer de la historia. Gustosamente exalta el gozo del sembrador y del segador, el del hombre que encuentra un tesoro escondido, el del pastor que recupera su oveja o el de la mujer que encuentra la moneda perdida, el gozo de los invitados a la fiesta, el gozo de las bodas. El del padre que acoge a su hijo el regresar de una vida de pródigo y el de la mujer que acaba de dar a luz a un hijo.

Estos gozos humanos tienen para Jesús tanta consistencia que para él son signos de los gozos espirituales del Reino de Dios: gozo de los hombres que entran en este Reino, que vuelven a él o trabajan en él, gozo del Padre que los acoge. Por su parte, Jesús mismo manifiesta su satisfacción y su ternura cuando encuentra a unos niños que desean acercársele, a un hombre rico, fiel y preocupado de hacer todo de su parte, amigos que le abren la puerta de su casa como Marta, María, Lázaro. Su dicha se encuentra sobre todo al ver acogida la Palabra, liberados los posesos, convertirse a una mujer pecadora o un publicano como Zaqueo, una viuda que coge de su propia indigencia para dar. Exulta igualmente de gozo cuando constata que la revelación del Reino, que permanece escondida a los sabios y entendidos, se da a los más pequeños. Sí, puesto que Cristo vivió nuestra condición humana y fue «probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15) acogió y experimentó los gozos afectivos y espirituales como un don de Dios. Y no cesó en su empeño hasta que no hubo «anunciado a los pobres la Buena Noticia, y a los afligidos el gozo» (cfr. Lc 4,10).

Benedicto XVI, papa

Encíclica: El último puesto está en la cruz.

Encíclica «Deus caritas est», n. 35.

«No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10,20).

Éste es un modo de servir que hace humilde al que sirve. No adopta una posición de superioridad ante el otro, por miserable que sea momentáneamente su situación. Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz—, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia.

Cuanto más se esfuerza uno por los demás, mejor comprenderá y hará suya la palabra de Cristo: « Somos unos pobres siervos » (Lc 17,10). En efecto, reconoce que no actúa fundándose en una superioridad o mayor capacidad personal, sino porque el Señor le concede este don. A veces, el exceso de necesidades y lo limitado de sus propias actuaciones le harán sentir la tentación del desaliento. Pero, precisamente entonces, le aliviará saber que, en definitiva, él no es más que un instrumento en manos del Señor; se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo —algo siempre necesario— en primera persona y por sí solo. Hará con humildad lo que le es posible y, con humildad, confiará el resto al Señor.

Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas. Sin embargo, hacer todo lo que está en nuestras manos con las capacidades que tenemos, es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno de Jesucristo: « Nos apremia el amor de Cristo » (2Co 5, 14).

Beato John Henry Newman

Escritos: Aún sabemos poco de Jesús.

Meditaciones y Devociones : Part III, 2, 2 «Our Lord refuses sympathy».

«Muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros» (Lc 10,24).

El compartir profundamente los sentimientos se puede ser llamar una ley eterna, porque ello viene significado, o más bien se cumple y de manera primordial, en el amor mutuo e indecible de la Trinidad. Dios, infinitamente uno, siempre ha sido tres. Desde siempre, se goza en su Hijo y en su Espíritu, y ellos en él… Cuando el Hijo tomó carne, vivió durante treinta años con María y José, formando así una imagen de la Trinidad en la tierra…

Pero convenía que aquél que debía ser el verdadero Sumo Sacerdote y ejercer su ministerio para toda la raza humana estuviera libre de los lazos de unos sentimientos. Así, en otro tiempo, se dijo que Melquisedec no tenía ni padre ni madre (Heb 7,3)… Dejar a su madre, tal como Jesús lo da a entender en Caná (Jn 2,4), es pues el primer paso solemne para llevar a término la salvación del mundo… Jesús renunció no sólo a María y a José, sino también a sus amigos secretos. Cuando llegó su tiempo, él debió de renunciar a ellos.

Pero podemos muy bien suponer que Jesús estaba en comunión con los santos patriarcas que habían preparado y profetizado su venida. En una ocasión solemne se le vio conversar con Moisés y Elías sobre su Pasión. ¡Qué campo inmenso de pensamiento se nos abre sobre la persona de Jesús de quien sabemos tan poca cosa! Cuando pasaba noches enteras en oración… ¿quién mejor que ellos podían sostener al Señor y darle fuerzas sino la «admirable fórmula» de los profetas de quienes él era modelo y cumplimiento? Así podía conversar con Abrahán «que había visto su día» (Jn 8, 56), y con Moisés…, o con David y Jeremías, que lo habían prefigurado de manera eminente, o con aquellos que más habían hablado de él, como Isaías y Daniel. Allí encontraba él un fondo de gran simpatía. Cuando subió a Jerusalén para padecer, todos los santos sacerdotes de la antigua alianza debieron ir a su encuentro, precisamente ellos que habían ofrecido sacrificios prefigurando el suyo.


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