Lc 11, 1-13 – Pedid y recibiréis

Texto Bíblico

1 Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». 2 Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, 3 danos cada día nuestro pan cotidiano, 4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
5 Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, 6 pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; 7 y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; 8 os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. 9 Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; 10 porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. 11 ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? 12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 13 Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Catalina de Siena

Diálogos: Padre de Misericordia

«Pedid y recibiréis» (cf. Lc 11,9)
Capítulo 134


Tu verdad ha dicho que si llamamos nos responderán, que si golpeamos, nos abrirán, que si pedimos, recibiremos: oh Padre eterno, tus servidores están clamando tu misericordia. Respóndeles, pues. Porque sé que la misericordia es propiedad tuya y por eso no puedes rechazar a quien te la pide. Están golpeando la puerta de tu verdad, puesto que es en tu verdad, tu Hijo (Jn 14,6) que conocen el amor inefable que tú tienes al hombre. Por eso golpean tu puerta. Y es porque el fuego de la caridad no podrá, no puede no abrir a los que llaman con perseverancia.

Abre, pues, dilata, rompe los corazones endurecidos de aquellos que tú mismo has creado –si no es por los que no llaman, al menos por tu infinita bondad y por el amor de tus servidores que llaman a ti por los demás. Escúchales, Padre eterno... Abre la puerta de tu caridad ilimitada, que nos ha llegado por la puerta del Verbo. Sí, yo sé que tú abres antes que llamemos porque es con la voluntad y el amor que tú les has dado que tus siervos golpean y te llaman, por tu honor y por la salvación de sus almas. Dales, pues, el pan de vida, es decir, el fruto de la sangre de tu Hijo único.

Orígenes

Sobre la Oración: Dios lo sabe todo antes de que suceda

«Enséñanos a orar» (Lc 11,1)
2.5: PG 11, 422-423. 430-434

PG

Según creo, fue uno de los discípulos de Jesús quien, consciente de cuán lejos está la debilidad humana del recto modo de orar, opinión que vio enormemente reforzada al escuchar las doctas y sublimes palabras pronunciadas por el Salvador en su oración al Padre, dijo, una vez que el Señor hubo terminado su oración: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

Pero, ¿cómo es posible que un hombre educado en la disciplina de la ley, oyente consagrado del mensaje de los profetas, cliente asiduo de las sinagogas no supiera orar de alguna manera hasta que vio rezar al Señor en cierto lugar? Y ¿qué es lo que el mismo Juan enseñaba sobre la oración a sus discípulos cuando, procedentes de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán, acudían a él a que los bautizara? A no ser que pensemos que al ser él más que profeta, había tenido ciertas intuiciones acerca de la oración, que él probablemente transmitía en secreto a los que se le presentaban antes del bautismo para ser instruidos y no a todos los que acudían a ser bautizados.

Algunas de estas oraciones, realmente espirituales por rezarlas el Espíritu en el corazón de los santos, están redactadas con una densa, recóndita y admirable doctrina.

Tenemos, por una parte, la oración de Ana en el primer libro de Samuel: ésta, mientras rezaba y rezaba hablando para sí, no necesitaba de texto escrito. En cambio, en el libro de los Salmos, el salmo ochenta y nueve es la oración de Moisés, el hombre de Dios, y el ciento uno, la oración del afligido que, en su angustia, derrama su llanto ante el Señor. Estas oraciones, al ser realmente compuestas y formuladas por el Espíritu, están también llenas de preceptos de la divina Sabiduría, de suerte que de las promesas que en ellas se hacen, puede decirse: ¿Quién será el sabio que comprenda, el prudente que lo entienda?

Siendo, pues, tan difícil disertar sobre la oración, tanto que necesitamos que el Padre nos ilumine, que el Verbo primogénito nos adoctrine y que el Espíritu coopere con nosotros, para poder entender y decir algo digno de tan sublime argumento, yo ruego como hombre, repito, ruego que se me conceda su ubérrimo y espiritual conocimiento y me abra la explicación de las oraciones recogidas en los evangelios.

Pero, ¿qué necesidad hay de elevar oraciones a aquel que antes de que recemos conoce ya lo que necesitamos? Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis. En efecto, es justo que quien es Padre y Creador del universo, que ama a todos los seres y no odia nada de lo que ha hecho, proporcione saludablemente a cada cual lo que le conviene, aunque no se lo pidan, comportándose como un padre que, al educar a sus niños, no espera a que se lo pidan, pues o bien son absolutamente incapaces de hacerlo, o debido a su inexperiencia muchas veces desean tener cosas contrarias a su propia utilidad o inoportunas. Y nosotros los hombres distamos más del modo de pensar de Dios que cualquier niño del pensamiento de sus padres. Y es de creer que Dios no se limita a prever las cosas futuras, sino también a predeterminarlas, y nada puede acaecer al margen de lo previamente ordenado por él.

Voy a transcribir aquí las mismas palabras que escribiste en la carta que me enviaste: «Si Dios conoce de antemano el futuro y éste no puede no llegar a existir, la oración es inútil. Si todo sucede según la voluntad de Dios y sus determinaciones son irrevocables, ni puede cambiarse nada de lo que él quiere, la oración es vana».

Pienso que es útil plantear de entrada estas dificultades, que nos ayudarán

Agustín de Hipona

Cartas: Sobre la oración dominical

«Cuando oréis decid: Padre nuestro...» (Lc 11,2)
Carta 130, 11, 21—12, 22 a Proba: CSEL 44, 63-64

CSEL

A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir; pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.

Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente, redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios.

Y cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no.

Cuando decimos: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo.

Cuando decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna.

Cuando decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos.

Cuando decimos: No nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción.

Cuando decimos: Líbranos del mal, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno. Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.

Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual.

Tomás de Aquino

El Padre Nuestro Comentado: Exposición del Padre Nuestro

Athanasius-Scholastica, Buenos Aires, 1991«Padre» (Lc 11,2)
pp. 23-33


I.

1. La oración dominical es la principal entre todas las oraciones.

A) Reúne en efecto las cinco cualidades que en la oración se requieren. Porque la oración debe ser confiada, recta, ordenada, devota y humilde.

2. a) La oración debe ser ante todo confiada, de modo que nos acerquemos con confianza al trono de la gracia, como se dice en la epístola a los Hebreos (4, 16). Debe proceder también de una fe sin defecto, como se recomienda en la carta del apóstol Santiago: Si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídala a Dios..., pero pídala con fe, sin sombra de duda (1, 6).

Ahora bien, el Padrenuestro es la oración que ofrece el fundamento más seguro a la confianza, porque fue compuesta por Cristo, nuestro abogado, que es el más sabio de los orantes, en quien se encuentran todos los tesoros de la sabiduría (cf. Col. 2, 3), de quien S. Juan ha dicho: Tenemos junto al Padre un abogado, Jesucristo, el justo (1 Jo. 2, 1). Por eso S. Cipriano escribe en su libro «Sobre la oración dominical»: «Teniendo a Cristo como abogado junto al Padre por nuestros pecados, al pedir perdón por nuestros delitos usemos las palabras de nuestro abogado»

El Padrenuestro cimenta también firmemente la confianza de que seremos escuchados por el hecho de que el mismo Cristo, que nos enseñó esta oración, la escucha juntamente con el Padre, según aquello que dice el Señor en la Escritura: Clamará a mí y yo lo escucharé (Ps. 90, 15). Por lo que escribe S. Cipriano: «Rogar a Dios utilizando sus mismas palabras es oración amistosa, familiar y devota». Nadie dice jamás esta oración sin algún fruto, pues por la misma se perdonan los pecados veniales, según enseña S. Agustín.

3. b) Nuestra oración debe, en segundo lugar, ser recta, de modo que el que ore pida a Dios aquellas cosas que verdaderamente le convienen. «La oración»- dice S. Juan Damasceno- «es la petición a Dios de las cosas que conviene pedir». Muchas veces la oración no es escuchada porque en ella se piden cosas inconvenientes. Pedís y no recibís, porque pedís mal, escribe Santiago (4, 3). Es muy difícil saber lo que se ha de pedir, por ser muy difícil saber lo que se debe desear. No se puede pedir lícitamente en la oración sino aquello que lícitamente se puede desear. Por eso dice el Apóstol que no sabemos pedir como conviene (Rom 8, 26).

Sin embargo, tenemos un maestro que es el mismo Cristo. Él nos enseñará lo que nos conviene pedir. Los Discípulos le dijeron: Señor, enséñanos a orar (Lc. 11, 1). Por tanto, los bienes que Él nos enseñó a pedir en la oración, se piden con toda rectitud. «Si recta y convenientemente oramos»- comenta S. Agustín- «cualesquiera sean las palabras que utilicemos, no haremos sino repetir lo que ya se encuentra en esta oración dominical».

4. c) También la oración debe ser ordenada como el deseo, ya que ella es intérprete del deseo.

El orden conveniente consiste en que prefiramos en nuestros deseos y oraciones, los bienes espirituales a los carnales y los celestiales a los terrenos, conforme a la recomendación del Señor: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt. 6, 33). Es lo que el Señor nos enseñó a guardar en esta oración: en ella se piden primero las cosas celestiales sólo después las terrenas.

5. d) Además la oración debe ser devota, porque la unción de la devoción hace que el sacrificio de la oración sea aceptable a Dios, según aquello del salmo: En tu nombre, Señor, alzaré mis manos, y mi alma se empapará como de untura y de gracia (Ps. 62, 5-6). La devoción se debilita muchas veces por la extensión de la oración. Por ello el Señor nos enseñó a evitar la extensión excesiva en la oración: No habléis mucho al orar, nos recomienda el Evangelio (Mt. 6,7). Y S. Agustín, escribiendo a Proba, le dice también: «Cuida que en tu oración no haya abundancia de palabras; sin embargo, si tu voluntad persevera fervientemente, no dejes de suplicar con intensidad». Esta es la razón por la que el Señor quiso que el Padrenuestro fuera una oración breve.

6. La devoción nace de la caridad, que es amor a Dios y al prójimo. En la oración dominical se ponen de manifiesto ambos amores. En efecto, para mostrar nuestro amor a Dios, lo llamamos «Padre», y para significar nuestro amor al prójimo, rezamos por todos en general diciendo: «Padre nuestro...perdónanos nuestras deudas», porque es el amor al prójimo el que nos incita a expresarnos así.

7. e) Finalmente la oración debe ser humilde. Dios miró la oración de los humildes, leemos en el salterio (Ps. 101, 18); cosa que el Señor confirmó en la parábola del fariseo y el publicano (Cf. Lc. 18, 9-15). Por eso Judit, orando al Señor le decía: Siempre te agradó la súplica de los humildes y de los mansos (Jud 9, 16).

Humildad que se observa por cierto en el Padrenuestro, pues hay humildad verdadera cuando uno nada espera en sus propias fuerzas, sino que espera alcanzarlo todo del poder divino.

II.

8. B) Tres son los beneficios que produce la oración.

a) En primer lugar es un remedio útil y eficaz contra los males.

En efecto, libra ante todo de los pecados cometidos. Tú perdonaste, dice el Salmista, la impiedad de mi pecado; por ello todos los hombres santos elevarán hacia Ti su oración (Ps. 31, 5-6). Así oró el ladrón en la cruz, y obtuvo perdón, como se ve por la respuesta de Cristo: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc. 23, 43).

La oración libra también del temor de los pecados futuros, de las tribulaciones y tristezas. ¿Está triste alguno entre vosotros? , escribe Santiago. Que ore (5, 13) con ánimo sereno.

Asimismo la oración libra de las persecuciones y de los enemigos. Leemos, en efecto, en el salterio: en vez de amarme, me acusaban, pero yo hacía oración (Ps 108, 4).

9. b) En segundo lugar, la oración es un medio útil y eficaz para obtener todo lo que se desee. Todo cuanto pidáis en la oración, dice Jesús, creed que lo recibiréis (Lc. 11, 24). Si no somos escuchados, es que no pedimos con insistencia: Hay que orar siempre, y no desfallecer, dice Jesús (Lc. 18, 1); o porque no pedimos lo que más conviene a nuestra salvación, ya que, como enseña S. Agustín: «Bueno es el Señor, que con frecuencia no nos da lo que pedimos, para darnos los bienes que preferiríamos» (si nuestra voluntad estuviese más conforme con la suya). S. Pablo es un ejemplo de ello ya que habiendo pedido tres veces verse librado de un punzante dolor en su cuerpo, no fue escuchado (Cf. 2 Cor 12, 8).

10. c) En tercer lugar, la oración es útil porque nos familiariza con Dios. Asciende mi oración como incienso en tu presencia, oraba el Salmista (Ps. 140, 2).

Pedro Julián Eymard

Obras Eucarísticas: El espíritu de oración

Eucaristía, Madrid, 1963«Uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1)
pp. 374-377


Dios, al prometer el mesías al pueblo judío, caracteriza su misión con estas palabras: «Derramaré sobre la casa de David y sobre todos los moradores de Jerusalén el espíritu de gracia y de oración.» Aunque antes de la venida de Jesucristo se oraba y Dios daba la gracia, sin la cual nunca hubiesen podido santificarse los justos; pero esta gracia de oración no era buscada con ardor, ni debidamente estimada. Jesucristo vino como rocío de gracia que cubre toda la tierra, y derramó por doquier el espíritu de oración.

La oración es la característica de la religión católica y la señal de la santidad de un alma y aun la santidad misma; ella hace los santos y es la primera señal de su santidad. Cuando veáis que alguno vive de oración, decid: veo un santo.

Siente san Pablo el llamamiento de Dios, y al punto se pone en oración. ¿Qué hace en Damasco durante tres días? Ora. Es enviado Ananías por el Señor para bautizarle. Iba a resistir un instante a la orden de Dios, temiendo al perseguidor de los cristianos, cuando «vete, le dice el Señor, pues le encontrarás en oración: Ecce enim orat». Ya es un santo, puesto que ora. No dice el Señor: Se mortifica o ayuna, sino ora. Quienquiera ore, llegará a hacerse santo.

La oración es luz y poder; es la acción misma de Dios, de cuyo poder dispone el que ora.

Nunca veréis que se hace Santo uno que no ora. No os dejéis engañar por hermosas palabras o por apariencias que también el demonio puede mucho y es muy sabio: a lo mejor se cambia en ángel de luz. No os fiéis de la ciencia, que no es ella la que hace santo. El conocimiento sólo de la verdad es ineficaz para santificar; es menester que se le junte el amor. Pero ¡qué digo! ¡Si entre ver la verdad y la santidad media un abismo! ¡Cuántos genios se han Condenado!

Voy aún más lejos, y digo que las buenas obras de celo no santifican tampoco por sí solas No es éste el carácter que Dios ha dado a la santidad. Aunque los fariseos observaban la ley, hacían limosna y consagraban los diezmos al Señor, el Salvador los llama «sepulcros blanqueados». El evangelio nos muestra que la prudencia, la templanza y la abnegación pueden juntarse con una conciencia viciosa; así lo atestiguan los fariseos, cuyas obras no oraban nunca, por más que trabajaran mucho.

Las buenas obras exteriores no constituyen, por consiguiente, la santidad de un alma, así como tampoco la penitencia y la mortificación. ¡Qué hipocresía y orgullo no encubren a veces un hábito pobre y una cara extenuada por las privaciones!

Si, al contrario, un alma ora, posee un carácter que nunca engaña. Cuando se ora se tienen todas las demás virtudes y se es santo. ¿Qué otra cosa es la oración sino la santidad practicada? En ella encuentran ejercicio todas las demás virtudes, como la humildad, que hace que confeséis ante Dios que os falta todo, que nada poseéis; que os hace confesar vuestros pecados; levantar los ojos a Dios y proclamar que sólo El es santo y bueno.

En la oración se ejercitan también la fe, la esperanza y la caridad. ¿Qué más? Orando ejercitamos todas las virtudes morales y evangélicas.

Cuando oramos hacemos penitencia, nos mortificamos; la imaginación queda sojuzgada, se clava la voluntad, encadénase el corazón, se practica la humildad. La oración es la mismísima santidad, pues que encierra el ejercicio de todas las demás virtudes.

Hay quienes dicen: ¡Si la oración no es más que pereza! ¿Sí? Vengan los mayores trabajadores, los que se dan febrilmente a las obras, que pronto sentirán harto mayor dificultad en orar que en entregarse a sacrificarse por cualesquiera obras de celo. ¡Ah! ¡Es más dulce, más consolador para la naturaleza y más fácil el dar que el pedir a Dios!

Sí; la oración por sí sola vale por todas las virtudes, y sin ella nada hay que valga ni dure. La misma caridad se seca como planta sin raíz cuando falta la oración que la fecunde y la refresque.

Porque en el plan divino la oración no es otra cosa que la misma gracia. ¿No habéis parado mientes en que las tentaciones más violentas son las que se desencadenan contra la oración? Tanto teme el demonio o la oración que nos dejaría hacer todas las buenas obras posibles limitando su actividad a impedir que oremos o a viciar nuestra oración. Por lo que debemos estar de continuo sobre aviso, alimentar incesantemente de oración nuestro espíritu, hacer de la oración el primero de nuestros deberes. No se dice en el evangelio que haya de preferirse la salvación del prójimo a la propia, sino todo lo contrario: «¿Qué servirá al hombre convertir al universo mundo, si perdiera su alma?» La primera ley es salvarse a si mismo y no se salva sino orando. Es esta, ¡ay!, una ley que se viola todos los días. Fácilmente se descuida uno por, favorecer a los otros y se entrega a las obras de caridad. Claro, la caridad es fácil y consoladora, nos eleva y honra, en tanto que la oración... huímos de ella por ser perezosos. No nos atrevemos a entregarnos a esta práctica de la oración, porque es cosa que no mete ruido y resulta humillante para la naturaleza.

Si para vivir naturalmente hace falta alimentarse, la condición ineludible para vivir sobrenaturalmente es orar. Nunca abandonéis la oración, aun cuando fuera preciso abandonar para ello la penitencia, las obras de celo y hasta la misma Comunión. La oración es propia de todos los estados y todos los santifica. — ¡Cómo! ¿Dejar la Comunión, que nos da a Jesús, antes que la oración?—Sí; porque sin la oración ese Jesús que recibís es como un remedio cuya envoltura os impide recibir sus saludables efectos. Nada grande se hace por Jesucristo sin la oración; la oración os reviste de sus virtudes, y si no oráis, ni los santos ni el mismísimo Dios os harán adelantar un paso en el camino de la perfección.

Hasta tal punto es la oración ley de la santidad, que cuando Dios quiere elevar a un alma no aumenta sus virtudes, sino su espíritu de oración, o sea su potencialidad. La aproxima más a sí mismo, y en eso está todo el secreto de la santidad. Consultad vuestra propia experiencia. Cuantas veces os habéis sentido inclinados hacia Dios, otras tantas habéis recurrido a la oración y al retiro. Y los santos, que sabían la importancia de la oración, la estimaban más que todo lo demás; suspiraban de continuo por el momento en que quedasen libres para darse a la oración, la cual les atraía como el imán al hierro. Por eso su recompensa ha sido la oración y en el cielo están orando continuamente.

¡Ah, sí, los santos oraban siempre y dondequiera! Esta era la gracia de su santidad, y es también la de cuantos quieren santificarse. Y, lo que vale más, sabían hacer orar a cuanto les rodeaba. Escuchad a David: Benedicite, omnia opera Domini, Domino, Omnia, todas las cosas. David presta a todos los seres, aun inanimados, un canto de amor a Dios. ¿Qué quiere decir esto? ¡Ah, que las criaturas alaban a Dios si nosotros sabemos ser su voz; nosotros debemos alabar por ellas! Podemos animar toda la naturaleza con este divino soplo de la oración y formar con todos los seres creados un magnífico concierto de oraciones a Dios.

Oremos, por tanto, gustemos de orar, aumentemos de día en día nuestro espíritu de oración. Si no oráis, os perderéis; y si Dios os abandona, tened entendido que es porque no oráis. Os parecéis al desdichado que con estar ahogándose rehusa la cuerda que se le tiende para arrancarle a la muerte. ¿Qué hacer en este caso? ¡Está irremediablemente perdido!

¡Oh, os lo vuelvo a repetir, dejadlo todo, pero nunca la oración; ella os volverá al buen camino, por lejos que estéis de Dios, pero sólo ella!

Si os aficionáis a ella en la vida cristiana, os conducirá a la santidad y a la felicidad en este mundo y en el otro.

Ambrosio de Milán

Sobre el evangelio de Lucas: El amigo importuno

«Al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite» (Lc 11,8)
Obras de San Ambrosio, t. I, BAC, 1966, p. 386-388


Si alguno de vosotros tiene un amigo y viniere a él media noche y le dijere: Amigo, préstame tres panes… Este es un Pasaje del que se desprende el precepto de que hemos de orar en cada momento no sólo de día, sino también de noche; en efecto, ves que este que a media noche va a pedir tres panes a su amigo y persevera en esa demanda instantemente, no es defraudado en lo que pide. Pero ¿qué significan estos tres panes? ¿Acaso no son una figura del alimento celestial?; y es que, si amas al Señor tu Dios, conseguirás sin duda, lo que pides no sólo en provecho tuyo, sino también en favor de los otros. Pues ¿quién puede ser más amigo nuestro que Aquel que entregó su cuerpo por nosotros? David le pidió a media noche panes y los consiguió; porque en verdad lo pidió cuando decía: Me levantaba a media noche para alabarte (Sal 118,62); por eso mereció esos panes que después nos preparó a nosotros para que los comiéramos. También los pidió cuando dijo: Lavaré mi lecho cada noche (Sal 6,7); y no temió despertar de su sueño a quien sabe que siempre vive vigilando.

Haciendo caso, pues, a las Escrituras, pidamos el perdón de nuestros pecados con instantes oraciones, día y noche; pues si hombre tan santo y que estaba tan ocupado en el gobierno del reino alababa al Señor siete veces al día (Sal 118,164), pronto siempre a ofrecer sacrificios matutinos y vespertinos, ¿qué hemos de hacer nosotros, que debemos rezar más que él, puesto que, por la fragilidad de nuestra carne y espíritu, pecamos con más frecuencia, para que no falte a nuestro ser, para su alimento, el pan que robustece el corazón del hombre (Sal 103,1), a nosotros que estamos ya cansados del camino, muy fatigados del transcurrir de este mundo y hastiados de las cosas de esta vida?

No quiere decir el Señor que haya que vigilar solamente a media noche, sino en todos los momentos; pues El puede llamar por la tarde, o a la segunda o tercera vigilia. Bienaventurados, pues, aquellos siervos a los que encuentre el Señor vigilantes cuando venga. Por tanto, si tú quieres que el poder de Dios te defienda y te guarde (Lc 12,37), debes estar siempre vigilando; pues nos cercan muchas insidias, y el sueño del cuerpo frecuentemente resulta peligroso para aquel que, durmiéndose, perderá de seguro el vigor de su virtud. Sacude, pues, tu sueño, para que puedas llamara la puerta de Cristo, esa puerta que pide también Pablo se le abra para él, pidiendo para tal fin las plegarias del pueblo, no confiándose sólo en las suyas; y así pueda tener la puerta abierta y pueda hablar del misterio de Cristo (Col 4,3).

Quizás sea ésta la puerta que vio abierta Juan; pues, al verla dijo: Después de estas cosas tuve una visión y vi una puerta abierta en el cielo, y la voz aquella primera que había oído como de trompeta me hablaba y decía: Sube acá y te mostraré las cosas que han de acaecer (Ap 4,1). En verdad, la puerta ha estado abierta para Juan, y abierta también para Pablo, con el fin de que recibiesen los panes que nosotros comeremos. Y, en efecto, este ha perseverado llamando a la puerta oportuna e importunamente (2 Tim 4,2) para dar nueva vida, por medio de la abundancia del alimento espiritual, a los gentiles que estaban cansados del camino de este mundo.

Este pasaje, primero por medio de un mandato, y después a través del ejemplo, nos prescribe la oración frecuente, la esperanza de conseguir lo pedido y una especie de arte para persuadir a Dios. En verdad, cuando se promete una cosa se debe tener esperanza en lo prometido, de suerte que se preste obediencia a los avisos y fe a las promesas, esa fe, que mediante la consideración de la piedad humana, logra enraizar en si misma una esperanza mayor en la bondad eterna, aunque todo con tal que se pidan cosas justas y la oración no se convierta en pecado (Sal 108,7). Tampoco Pablo tuvo vergüenza en pedir el mismo favor repetidas veces, y eso con objeto de que no pareciera que desconfiaba de la misericordia del Señor, o que se quejaba con arrogancia de que no había obtenido lo que pedía con su primera oración; por lo cual —dijo— he rogado tres veces al Señor (2 Cor 12,8); con eso nos enseñó que, con frecuencia, Dios no concede lo que se le pide por la razón de que sabe que, lo que creemos que nos va a ser bueno, nos va a resultar perjudicial.

Fray Justo Perez de Urbel

Vida de Cristo: Orar se aprende

Rialp, Madrid, 1987«Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1)
pp. 428-431


La oración perfecta

Jesús no les declaró lo que El decía a su Padre, pero les reveló una fórmula maravillosa en que estaba condensado todo lo que El acababa de decir. «Cuando queráis orar, decid: Padrenuestro, que estás en los cielos...» Son sólo unas líneas. Todos los espíritus pueden comprenderlas, todas las memorias retenerlas con facilidad; pero es difícil encontrar palabras que, en medio de tanta sencillez, encierren tanta grandeza y fecundidad. Tres cláusulas, que tienen por objeto la gloria de Dios; otras tres encaminadas a procurar el bienestar del hombre. No falta nada ni sobra nada; no hay una palabra de más; es la plegaria perfecta; es, además, la plegaria amada y familiar de Dios, la que repite sus palabras, la que hace subir a sus oídos la súplica de Cristo. Todo es nuevo en ella desde la primera palabra. El rey de los gentiles, el Zeus de los rayos, el Adonai terrible, cuyo nombre no era lícito pronunciar, el autor y dominador de nuestra vida, se convierte en el Padre, ante el cual podemos derramar con filial confianza nuestros deseos y exponer nuestras necesidades. Es nuestro Padre; no podemos presentarnos ante El en el aislamiento de nuestro egoísmo, sino animados por la idea de que ese Padre tiene otros muchos hijos, que son nuestros hermanos, y cuyo bienestar no puede ser una cosa indiferente para nosotros. El Doctor de la paz, el Maestro de la unidad no quiere que nuestra oración sea solitaria. Pedimos nuestro pan, nuestro perdón, nuestra victoria y nuestra liberación del mal. Es una oración pública y común, la oración de todo el pueblo cristiano, integrado por todos los discípulos de Jesús. ¡Qué lejos están ya aquellas peticiones frías, protocolarias, egoístas e interesadas, que arrojaban los paganos ante las estatuas de sus dioses! «Demanda de Stotoetis, hijo de Apinguis, hijo de Tesenuphis: Espero quedar libre de mi enfermedad. Concédemelo.» Ahora no; cuando decimos la oración dominical, con nosotros ruegan todos nuestros hermanos, todos los que han repetido esas mismas palabras desde los albores de la Iglesia, los miles y miles de santos que han santificado la tierra, y el mismo Cristo, que, según la expresión de Clemente de Alejandría, dirige este coro de la oración.

El Padrenuestro debió parecer demasiado breve a los discípulos de Jesús cuando le oyeron por primera vez. Al ver El sus miradas llenas de asombro y de interrogación, siente la necesidad de tranquilizarlos, y les dice: «Cuando oréis, no habléis mucho, como los gentiles y todos los que creen que no van a ser oídos, si no emplean muchas palabras.» No menos extraña era aquella libertad con que uno podía presentarse delante de la majestad divina. Jesús «sabe lo que hay en el interior del hombre»; conoce sus recelos más íntimos, su incurable desconfianza, su tendencia a considerar a Dios como un enemigo de quien hay que defenderse con un arte especial, a quien hay que desarmar con fórmulas mágicas, con cultos sangrientos, con ritos fríos y matemáticos. Por eso, con la fórmula nueva quiere inculcar una actitud nueva del espíritu. Si llamamos a Dios nuestro Padre, podemos acudir a El con la confianza de hijos, y hasta con la importunidad que tiene un niño pequeño con su padre, cuando le pide, tal vez, algo que es un puro capricho. Se acabaron los tiempos de la ignorancia y del terror, y han llegado los del amor y la gracia; y el amor y la gracia dan derecho a pedir con confianza y hasta con obstinación. Jesús enseñó esta doctrina con varios ejemplos de un tono jovial y lleno de buen humor, que debió plegar sus labios en una sonrisa bondadosa.

Cómo se ha de orar

Un ejemplo es el del hombre despertado a medianoche. «Amigo—le gritan desde la puerta—, préstame tres panes. Acaba de llegar a mi casa un conocido, y no tengo nada que ofrecerle.» Es la voz de un vecino, pero ya pudiera haber venido en hora más oportuna. Le ha cortado el primer sueño, y al día siguiente tiene que levantarse temprano. «Déjame en paz!», contesta de mal humor, da dos razones que parecen de peso: la puerta está cerrada y los niños están con él en la cama. El de afuera insiste y sigue golpeando a la puerta, y el amo de la casa no tiene más remedio que levantarse, si no por amor al vecino, por lo menos para reanudar cuanto antes el sueño. «Yo os digo—añade Jesús—: pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide, alcanza; el que busca, encuentra, y al que llama, se le abrirá.» Los hombres son avaros y perversos, y, sin embargo, no hay un padre que se burle de su hijo dándole un objeto inútil o perjudicial en lugar del que pide. ¿«Quién de entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra; si le pide un pez, le dará en su lugar una serpiente? Y si le pide un huevo, ¿sería capaz de ofrecerle un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará espíritu bueno a los que se lo pidan?» La tenacidad estaba bien justificada. Su fundamento es la bondad de padre que tiene Dios con sus criaturas. Ningún padre sería capaz de dar a su hijo un escorpión, uno de aquellos gruesos escorpiones de Palestina de vientre abultado y blancuzco, que, encogidos, se parecen tanto a un huevo, en lugar de un huevo auténtico.

Y lo que sucede a los que piden el pan de cada día les sucederá también a los que piden justicia contra la violencia y la agresión. «Había un juez lleno de vicios, que no temía a Dios ni a los hombres. Y había también una viuda, que se acercó a él, diciéndole:

«Defiéndeme de mi adversario.» Pero como no tenía dinero ni valedores, sólo recibía desprecios. Y venía todos los días, llorando, gritando, braceando; unas veces, humilde; otras, arrogante y amenazadora. Hasta que el terrible bajá no tuvo más remedio que decirse: «Si no arreglo las cosas de esta mujer, acabará por sacarme los ojos.» La conclusión es bien clara: si una súplica perseverante llega a triunfar de la iniquidad de un juez perverso, ¿qué poder no tendrá sobre el corazón del más amante de los padres? ¿«No hará Dios justicia a sus escogidos, que claman a El día y noche? ¿No se compadecerá de ellos? Yo os digo que les hará justicia muy pronto.» Y añadió esta frase que parece hacer alusión a la justicia del último día: ¿«Creéis que el Hijo del hombre, cuando venga, ha de encontrar fe sobre la tierra?»

Juan Pablo II

Mensaje (22-04-1999): Meditación sobre el Padre Nuestro

«Padre Nuestro...» (cf. Lc 11,2)
XXXVI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones


[...] En este 1999 dedicado al Padre celestial, quisiera invitar a todos los fieles a reflexionar sobre las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada, siguiendo los pasos de la oración que Jesús mismo nos enseñó, el "Padre nuestro".

1. "Padre nuestro, que estás en el cielo"

Invocar a Dios como Padre significa reconocer que su amor es el manantial de la vida. En el Padre celestial el hombre, llamado a ser su hijo descubre «haber sido elegido antes de la constitución del mundo, para ser santo e irreprensible en su presencia por la caridad» (Ef,1,4). El Concilio Vaticano II recuerda que «Cristo... en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes, 22). Para la persona humana la fidelidad a Dios es garantía de fidelidad a sí mismo y, de esta manera, de plena realización del propio proyecto de vida.

Toda vocación tiene su raíz en el Bautismo, cuando el cristiano, "renacido por el agua y por el Espíritu" (Jn 3,5) participa del acontecimiento de gracia que a las orillas del río Jordán manifestó a Jesús como "hijo predilecto" en el que el Padre se había complacido (Lc 3,22). En el Bautismo radica, para toda vocación, el manantial de la verdadera fecundidad. Es necesario, por tanto, que se preste especial atención para iniciar a los catecúmenos y a los pequeños en el redescubrimiento del Bautismo, y conseguir establecer una auténtica relación filial con Dios.

2. "Santificado sea tu nombre"

La vocación a ser "santos, porque él es santo" (Lv 11,44) se lleva a cabo cuando se reconoce a Dios el puesto que le corresponde. En nuestro tiempo, secularizado y también fascinado por la búsqueda de lo sagrado, hay especial necesidad de santos que, viviendo intensamente el primado de Dios en su vida, hagan perceptible su presencia amorosa y providente.

La santidad, don que se debe pedir continuamente, constituye la respuesta más preciosa y eficaz al hambre de esperanza y de vida del mundo contemporáneo. La humanidad necesita presbíteros santos y almas consagradas que vivan diariamente la entrega total de sí a Dios y al prójimo; padres y madres capaces de testimoniar dentro de los muros domésticos la gracia del sacramento del matrimonio, despertando en cuantos se les aproximan el deseo de realizar el proyecto del Creador sobre la familia; jóvenes que hayan descubierto personalmente a Cristo y quedado tan fascinados por él como para apasionar a sus coetáneos por la causa del Evangelio.

3. "Venga a nosotros tu Reino"

La santidad remite al "Reino de Dios", que Jesús representó simbólicamente en el grande y gozoso banquete propuesto a todos, pero destinado sólo a quien acepta llevar la "vestidura nupcial" de la gracia.

La invocación "venga tu Reino" llama a la conversión y recuerda que la jornada terrena del hombre debe estar marcada por la diuturna búsqueda del reino de Dios antes y por encima de cualquier otra cosa. Es una invocación que invita a dejar el mundo de las palabras que se esfuman para asumir generosamente, a pesar de cualquier dificultad y oposición, los compromisos a los que el Señor llama.

Pedir al Señor "venga tu Reino" conlleva, además, considerar la casa del Padre como propia morada, viviendo y actuando según el estilo del Evangelio y amando en el Espíritu de Jesús; significa, al mismo tiempo, descubrir que el Reino es una "semilla pequeña" dotada de una insospechable plenitud de vida, pero expuesta continuamente al riesgo de ser rechazada y pisoteada.

Que cuantos son llamados al sacerdocio o a la vida consagrada acojan con generosa disponibilidad la semilla de la vocación que Dios ha depositado en su corazón. Atrayéndoles a seguir a Cristo con corazón indiviso, el Padre les invita a ser apóstoles alegres y libres del Reino. En la respuesta generosa a la invitación, ellos encontrarán aquella felicidad verdadera a la que aspira su corazón.

4. "Hágase tu voluntad"

Jesús dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra" (Jn, 4,34). Con estas palabras, él revela que el proyecto personal de la vida está escrito por un benévolo designio del Padre. Para descubrirlo es necesario renunciar a una interpretación demasiado terrena de la vida, y poner en Dios el fundamento y el sentido de la propia existencia. La vocación es ante todo don de Dios: no es escoger, sino ser escogido; es respuesta a un amor que precede y acompaña. Para quien se hace dócil a la voluntad del Señor la vida llega a ser un bien recibido, que tiende por su naturaleza a transformarse en ofrenda y don.

5. "Danos hoy nuestro pan de cada día"

Jesús hizo de la voluntad del Padre su alimento diario (cfr Jn, 4,34), e invitó a los suyos a gustar aquel pan que sacia el hambre del espíritu: el pan de la Palabra y de la Eucaristía.

A ejemplo de María, es preciso aprender a educar el corazón a la esperanza, abriéndolo a aquel "imposible" de Dios, que hace exultar de gozo y de agradecimiento. Para aquellos que responden generosamente a la invitación del Señor, los acontecimientos agradables y dolorosos de la vida llegan a ser, de esta manera, motivo de coloquio confiado con el Padre, y ocasión de continuo descubrimiento de la propia identidad de hijos predilectos llamados a participar con un papel propio y específico en la gran obra de salvación del mundo, comenzada por Cristo y confiada ahora a su Iglesia.

6. "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden"

El perdón y la reconciliación son el gran don que ha hecho irrupción en el mundo desde el momento en que Jesús, enviado por el Padre, declaró abierto "el año de gracia del Señor" (Lc 4,19). El se hizo "amigo de los pecadores" (Mt 11,19), dio su vida "para la remisión de los pecados" (Mt 26,28) y, por fin, envió a sus discípulos al último confín de la tierra para anunciar la penitencia y el perdón.

Conociendo la fragilidad humana, Dios preparó para el hombre el camino de la misericordia y del perdón como experiencia que compartir -se es perdonado si se perdona- para que aparezcan en la vida renovada por la gracia los rasgos auténticos de los verdaderos hijos del único Padre celestial.

7. "No nos dejes en la tentación, y líbranos del mal"

La vida cristiana es un proceso constante de liberación del mal y del pecado. Por el sacramento de la Reconciliación el poder de Dios y su santidad se comunican como fuerza nueva que conduce a la libertad de amar, haciendo triunfar el bien.

La lucha contra el mal, que Cristo libró decididamente, está hoy confiada a la Iglesia y a cada cristiano, según la vocación, el carisma y el ministerio de cada uno. Un rol fundamental está reservado a cuantos han sido elegidos al ministerio ordenado: obispos, presbíteros y diáconos. Pero un insustituible y específico aporte es ofrecido también por los Institutos de vida consagrada, cuyos miembros «hacen visible, en su consagración y total entrega, la presencia amorosa y salvadora de Cristo, el consagrado del Padre, enviado en misión» (Vita consecrata, 76).

¿Cómo no subrayar que la promoción de las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada debe llegar a ser compromiso armónico de toda la Iglesia y de cada uno de los creyentes? A éstos manda el Señor: «Rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2).

Conscientes de esto, nos dirigimos unidos en la oración al Padre celestial, dador de todo bien:

8. Padre bueno,
en Cristo tu Hijo
nos revelas tu amor,
nos abrazas como a tus hijos
y nos ofreces la posibilidad de descubrir
en tu voluntad los rasgos
de nuestro verdadero rostro
.

Padre santo,
Tú nos llamas a ser santos
como tú eres santo.
Te pedimos que nunca falten
a tu Iglesia ministros y apóstoles santos
que, con la palabra y los sacramentos,
preparen el camino para el encuentro contigo
.

Padre misericordioso
da a la humanidad descarriada
hombres y mujeres que,
con el testimonio de una vida transfigurada
a imagen de tu Hijo,
caminen alegremente
con todos los demás hermanos y hermanas
hacia la patria celestial
.

Padre nuestro,
con la voz de tu Espíritu Santo,
y confiando en la materna intercesión de María,
te pedimos ardientemente:
manda a tu Iglesia sacerdotes,
que sean valientes testimonios
de tu infinita bondad.

¡Amén!

Manuel de Tuya

Biblia Comentada: Padre Nuestro y Amigo Inoportuno

BAC, Madrid, 1964«Todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre» (Lc 11,10)
pp. 840-842


El Padrenuestro

Mientras Mt incrusta el Padrenuestro en un contexto literario que no es el suyo, y adelanta cronológicamente la situación del mismo, Lc, sin precisar la topografía, da la razón de por qué Cristo les enseña esta oración. Al terminar un día su oración, uno de sus discípulos le pidió que les enseñase a orar, como el Bautista hacía con sus discípulos.

La recensión de esta oración en Lc es mucho más breve que en Mt. Diversos problemas planteados a propósito de esta diferencia de recensiones se expresan en el comentario correspondiente a Mt.

Lc omite, después de Padre, «nuestro», posiblemente para evitar en sus lectores de la gentilidad la impresión de una oración estrechada a un círculo judío, lo mismo que «estás en los cielos», de formulación judío-rabínica.

La primera y segunda petición —«santificado sea tu nombre» y el «venga tu reino»—conceptualmente vienen a ser la misma. El pensamiento de ambas, conforme a las ideas del Antiguo Testamento (Ez 36,20 ss), es la gran renovación del pueblo y el establecimiento de «su reinado». Los judíos postexílicos, viendo que las profecías alusivas a estos dos temas no iban a tener realización inmediata, ven que su cumplimiento afecta a los días mesiánicos, y precisamente por obra del Mesías. Es lo que se suele pedir en muchas de las fórmulas de la piedad judía rabínica.

La tercera petición pide la concesión del «pan», pero pone una palabra (epioúsios) para cuyo sentido se dan tres etimologías, El sentido aceptable es o el «pan» material de «cada día» o el pan para nuestra «subsistencia».

En la petición del perdón, Lc pone que se perdonen «nuestros pecados» (hamartías), mientras que Mt y Lc en la segunda vez ponen «deudor» (opheilónti). Se pensó si Lc utilizaría este término para evitar a sus lectores un sentido de deuda pecuniaria. Sin embargo, son sinónimos, pues Lc sólo la modifica la primera vez, seguramente por variación literaria, y destaca que debemos perdonar a «todo» deudor.

La última petición, por su construcción aramaica, desorienta en la lectura. Literalmente sería: «Y no nos introduzcas (eisenégkes) en tentación». No es más que un semitismo que no distingue causa o permisión, como se ve en tantos pasajes de la Escritura.

Parábola del amigo importuno

Evocada por la oración del Padrenuestro, Lc es el único que narra una parábola con un gran colorido oriental, para enseñar la perseverancia en la oración. Inesperadamente llega uno de viaje en la noche. No hay nada preparado (rasgo algún tanto irreal), por lo que va a casa de un amigo a pedir «tres panes» (otro rasgo chocante). Las casas pobres de Palestina sólo tenían una estancia donde, a la noche, echadas unas esteras, todos dormían. Este llamar e insistir no le trae más que complicaciones; los niños se van a despertar sobresaltados y luego no podrán dormir. Como puede, abre la puerta para resolver aquella situación enojosa. Y Cristo añade que, si no le da lo que pide por ser amigo, al menos se lo dará por importuno.

La finalidad de esta parábola, como se ve por la insistencia en llamar, es la perseverancia en la oración. Sin embargo, Lc pone a continuación, como una conclusión enfática, el «pedid y se os dará...». Y luego se describe la seguridad de la concesión por Dios de los bienes pedidos. Mt, en cambio, trae todas estas adiciones a la parábola en otro contexto, como pieza aislada (Mt 7,7-II). ¿Es que Lc, con esta inserción, pretende precisar el sentido de la parábola? No es éste el sentido de este pasaje. La parábola tiene una estructura y finalidad bien definidas. Si Lc le yuxtapone este otro pasaje, con valoración independiente, lo une, sin duda, por razón de una afinidad lógica, por tratarse de temas de oración: primero pone la oración, luego la perseverancia para obtener sus fines, y, por último, la seguridad de la bondad de Dios en la concesión de los bienes pedidos.

En Mt, Dios dará «cosas buenas a quien se las pide»; Lc lo formula de otra manera: «dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden». La redacción de Lc explicita el sentido primitivo de Mt. Como las «cosas buenas», en esta perspectiva religiosa, son los bienes espirituales mesiánicos, Lc las ha sintetizado en lo que es el gran don mesiánico: la efusión del Espíritu Santo, dispensador de todo bien.

Isidro Gomá y Tomás

El Evangelio Explicado: La ciencia de la Oración

, Vol. 2, Acervo, Barcelona, 1967«Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1)
p. 171-174


Explicación. – Después que en el capítulo anterior ha dado Jesús, según San Lucas, a sus discípulos las normas para enseñar (10, 1-24) y para vivir (10, 25-42), les enseña ahora a bien orar. Doctrina y vida ajustada se logran por la oración. El fragmento se divide en tres episodios: la oración de Jesús (1-4), la parábola del amigo importuno (5-8) y la aplicación de la misma (9-13); de estos tres, sólo el segundo es nuevo: la oración del Padre Nuestro es en Lc. una abreviación de la de Mt.; y la aplicación de la parábola es una repetición, casi a la letra, de Mt. (7, 7-11). No es improbable, ni de extrañar, que Jesús las repitiera en distintas ocasiones.

Circunstancias:

LA ORACIÓN DE JESÚS (1-4).-

Y aconteció que estando orando en cierto lugar... Parece ser que tuvo lugar este episodio sobre el tiempo en que ocurrieron hechos anteriormente narrados; intérpretes de gran nota lo colocan inmediatamente después de la parábola del buen pastor. Cuanto al lugar, la tradición no lo ha conservado; creen algunos que ocurrió el hecho en el monte de los Olivos, donde solía Jesús retirarse a orar. En ocasión en que lo había hecho, cuando acabó, movido sin duda por su ejemplo, le dijo uno de sus discípulos, quizás uno recientemente elegido, pues no conoce la oración dominical: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos; por el testimonio que el Precursor había dado de Jesús, era de suponer que éste enseñaría una oración perfectísima.

Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre... La fórmula de Lc. es una abreviación de la análoga de Mt.; de las siete peticiones de ésta, sólo tiene cuatro la de este fragmento. (…) La causa de la diferencia entre ambas fórmulas de la oración dominical se explica de dos maneras: o bien fue el mismo Jesús quien dio las dos fórmulas en distintas ocasiones, enseñando a orar a distintas clases de oyentes, o una misma fórmula hubiese sido abreviada por la tradición oral de los primeros discípulos, recogiéndola así el tercer Evangelista. Ambas opiniones son probables, tanto más cuanto que las peticiones que en esta fórmula faltan pueden comprenderse en las que se consignan.

PARÁBOLA DEL AMIGO IMPORTUNO (5-8).-

A la fórmula de la plegaria añade Jesús una parábola para demostrar la eficacia de la oración y la necesidad de perseverar en ella: Les dijo también, sobre el mismo asunto, ¿Quién de vosotros tendrá un amigo, e irá a él a media noche, cuando el sueño es más profundo, y le dirá: Amigo, préstame tres panes, porque acaba de llegar de viaje un amigo mío, y no tengo qué ponerle adelante...? Las condiciones de la petición son para mover a un amigo: el viandante ha llegado a altas horas de la noche, porque el calor del día no le ha consentido viajar; su fatiga es grande y debe recobrar sus fuerzas: el dueño de la casa no tiene qué darle de comer, porque en el oriente se acostumbra cocer pan sólo para el día; el otro amigo, de familia más numerosa, tiene, quizás, algunos panes sobrantes que son pequeños. Pero en la hipótesis de la parábola, el amigo solicitado pone reparos: Y el otro respondiese de dentro, diciendo: No me seas molesto, fórmula expresiva de mal humor, ya está cerrada la puerta, sólidamente, y no puede abrirse sin trabajo y sin ruido, y mis hijos (pueri, mejor que criados, como vierte San Agustín) están conmigo en la cama: están durmiendo en mi misma habitación y no conviene despertarlos: no me puedo levantar a dártelos; es decir, no quiero, para evitar tantas molestias.

Pero en la tenacidad, la insistencia, la despreocupación en los ruegos son capaces de lograr lo que la afección no pudo: Y si el otro perseverare llamando a la puerta, hasta faltando a toda conciencia, os digo, que no se levantase a dárselos por ser su amigo, cierto por su importunidad, casi por su imprudencia, se levantaría, y le daría cuantos panes hubiese menester, con tal dejara de importunarle.

APLICACIÓN DE LA PARÁBOLA (9-13).-

Estos versículos (…) son representación casi literal de los de Mt. 7, 7-11. Sólo ofrece el texto de Lc. dos modificaciones con respecto al de Mt. A los dos ejemplos del pan y del pez, añade Lc. un tercero (v. 12): O si le pidiere un huevo, ¿por ventura le alargará un escorpión? Como ciertas piedras se parecen al pan, y ciertos peces afectan la forma de serpiente, así el escorpión de la Palestina, cuando se arrolla sobre sí mismo, puede asemejarse a un huevo, por su color y tamaño. Además, la expresión general de Mt.: ¿Cuánto más vuestro Padre dará bienes…?, es substituida en Lc. (v. 13) por la frase más concreta: ¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará Espíritu Santo a quienes se lo pidieren? El espíritu bueno de la Vulgata es aquí el Espíritu Santo, el máximo de los bienes que recibe el hombre, porque él es quien habita en nosotros con la gracia santificante y nos ayuda poderosamente a toda obra buena: sus dones y sus frutos son espléndida manifestación de la vida divina en nosotros.

Lecciones morales.-

A) v. 1.- Señor, enséñanos a orar...- Jesús ora, y enseña el arte de orar. Ora con gran humildad y largo tiempo, con suma reverencia, como lo demuestra el que el discípulo no se atreva a interrumpirle. Ora, porque aunque como Dios goza de la plenitud de toda posesión, y nada le falta, como hombre quiso someterse a la ley de la plegaria, rogando por todos, por todo y para todos. Su oración ha sido la más agradable a Dios y la más eficaz para nosotros. Y enseña a orar, porque una nueva religión y una nueva vida espiritual importan una nueva plegaria, ya que esta es el acto más universal de la religión, y como la síntesis de la vida del alma. Jesús, fundador de la religión cristiana, es el autor de la religión cristiana.

B) v. 2- Cuando orareis, decid: Padre...- Hay dos modos de oración, dice San Basilio: uno de alabanza y de humildad, y otro, más inferior, de petición. Siempre que orares, no empieces por pedir sino por alabar: Padre; olvida un momento a toda criatura visible e invisible, para alabar ante todo al Creador de todas las cosas.

C) v. 5.- Les dijo también...- Porque hubiese podido suceder, dice San Cirilo, que los discípulos hubiesen utilizado en la oración la misma fórmula que les enseñó Jesús, pero con negligencia y debilidad; y que después de haberla proferido una o dos veces, viendo que no alcanzaban lo que querían, hubiesen desistido de la plegaria: lo que hubiese sido su ruina. Por ello propuso la parábola del amigo importuno, para que aprendiéramos que la pusilanimidad en la oración es nociva, y que es utilísimo tener en ella constancia y energía.

D) v. 5.- Y le dirá: Amigo...- Este amigo es Dios, dice Teofilacto, que a todos ama, y que quiere que todos sean salvos. Y ¿quién más amigo que el que nos dio su propio cuerpo?, dice San Ambrosio. Amigo inmensamente rico, que puede colmar todo vacío de nuestra vida; verdadero amigo, que acaba siempre por darnos lo que legítimamente le pedimos; amigo atentísimo, dispuesto a oírnos día y noche, que no se enoja de que le pidamos, como el de la parábola, sino que nos solicita a que tratemos con él de nuestras miserias. No temamos ser importunos a Aquel para quien siempre la buena oración es esperada y oportuna.

E) v. 12.- O si le pidiere un huevo...- Dios, dice Orígenes, no da cosas nocivas en vez de las útiles y nutritivas, lo que viene representado por el huevo y el escorpión. Siempre mejora Dios nuestra oración en cuanto si le pedimos cosas inconvenientes o nocivas nos las niega, como un buen padre niega al hijo lo que puede dañarle: y en cuanto nos da más y mejor de lo que pedimos si nuestra oración tiene las debidas condiciones. Que el gran Padre de familias tiene siempre insospechados tesoros y abismos insondables de bondad con que regala y hasta sorprende a sus hijos.

El Evangelio Explicado: El Padre Nuestro

, Vol. 1, Acervo, Barcelona, 1966«Cuando oréis, decid: “Padre”...» (Lc 11,2)
pp. 526-529


En contraposición a la gárrula palabrería de los gentiles, da Jesús una fórmula brevísima de oración, que Tertuliano ha llamado «el breviario de todo el Evangelio», y cuya riqueza, según testimonio de un exégeta racionalista, ha demostrado la experiencia de todos los siglos: es el «Padrenuestro», con el que no se reprueban las demás fórmulas legítimas de plegaria, y que indica lo que hemos de pedir y el afecto con que debemos hacerlo. Consta de una breve invocación y de siete peticiones, las tres primeras relativas a Dios, y las cuatro últimas a nosotros mismos: Vosotros, pues, así habéis de orar, no con la garrulería de los gentiles, sino pidiendo cosas justas y que atañen a la gloria de Dios y a nuestro bien.

Padrenuestro, que estás en los cielos. Es un exordio lleno de suavidad. La paternidad de Dios era conocida en el Antiguo Testamento (Deut. 32,6; Eccli. 23,1; Is. 63,16, etc.); pero no se le invoca a Dios como Padre. En el Nuevo Testamento se ha revelado de una manera especial la paternidad de Dios para con el hombre en los misterios de la Encarnación, Pasión y Muerte de Jesús. Es Padre «nuestro», para significar la universalidad de este título de Dios y de la hermandad de los hombres. «En los cielos» mora este óptimo Padre, porque los cielos son especialmente su trono (Ioh. 22,12; Ps. 2,4; Is.66, 1). Con esta invocación reconocemos la benignidad, el poder y la majestad de Dios, y con ello nos conciliamos su benevolencia ya al principio de la plegaria.

Santificado sea el tu nombre. El nombre de Dios es representativo de su mismo ser, y el ser de Dios es santidad esencial. Con esta petición queremos significar que es nuestro anhelo sea Dios conocido, amado y glorificado por toda criatura. Santificar equivale aquí a venerar y glorificar. Hacemos con ello cuanto está en nosotros para asemejarnos a los ángeles, que en el cielo cantan el «Santo, Santo, Santo...» (Is. 6, 3). Y entramos en la misma intención de Dios, que ha creado todas las cosas para su propia gloria.

Venga a nos el tu reino. El Reino de Dios es el reino sobrenatural de la gracia y de la gloria, a que Dios plugo llamar al hombre, ya en su creación; del cual cayó Adán y al que fuimos reintegrados por Cristo. Pedimos, pues, aquí, la extensión e intensificación de la doctrina y de la santidad de Cristo en el mundo y el logro de la bienaventuranza del cielo. En ello se comprende la remoción de obstáculos, la derrota de los enemigos, el triunfo y dilatación de la Iglesia, etc. La intensificación y dilatación del reino de Dios es la mejor manera de glorificar su nombre.

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Cúmplase absolutamente la voluntad de Dios en los cielos (Ps. 102, 21; Hebr. 1, 14).- Expresamos aquí nuestro deseo de que la obediencia de los hombres a los mandatos de Dios sea perfecta, ideal, como la de los ángeles en el cielo. No sólo la voluntad de beneplácito, con la que quiere Dios lo que absolutamente quiere que sea y que nadie puede impedir; sino la voluntad, de signo u optativa, significada en los preceptos de orden moral que nos impone y a la que puede resistir la voluntad del hombre.

Danos hoy nuestro pan sobresubstancial. Nos ha enseñado a pedir lo que es de Dios; ahora baja a socorrer nuestras necesidades. El pan es alimento complejo, representativo de toda suerte de alimentos. «Sobresubstancial», equivale, en el sentir de la mayor parte de los exégetas, a «necesario para nuestra subsistencia». En el pasaje paralelo de Lc. (11,3), la misma palabra griega se traduce por «cotidiano», como tenía también la antigua Itala en este lugar de Mt. San Jerónimo conservó el «cotidiano» en el tercer Evangelio y le substituyó por «sobresubstancial» en el primero: prueba de que en ambos se trata del pan material. Le pedimos para hoy, para significar nuestra perpetua dependencia del Padre. Así, en esta cuarta petición, después de haber pedido para la gloria de Dios, imploramos de su providencia el diario sustento de nuestra vida. Y nada más que el ordinario sustento, con lo que Jesús no quiere que pidamos cosas superfluas de lujo y comodidades. Por una aptísima acomodación, que autoriza el mismo Jesús al llamarse así mismo «pan vivo» (Ioh. 6, 35), entienden muchos intérpretes esta petición de la Santísima Eucaristía.

Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Después de haber pedido para la vida del cuerpo, lo hacemos para la del alma. El espíritu vive por la justificación, y ésta supone la remisión de los pecados, verdaderas deudas que tenemos contraídas ante Dios y que no podemos apagar si él no nos las condona. Alegamos como causa motiva de nuestro perdón el que nosotros condonamos a nuestros prójimos las faltas que contra nosotros hayan cometido. Si no se las perdonamos, restamos razón y eficacia a nuestro ruego. Con lo que significamos que nos llegamos a Dios en la oración sin odios, ni rencores, ni espíritu de venganza contra el prójimo, sino con espíritu de fraternidad, que no en vano se lo pedimos al «Padrenuestro».

Y no nos dejes caer en la tentación. Pedido perdón de los pecados pasados, rogamos a Dios nos libre de los futuros. Tentación es todo aquello que nos pone en peligro de pecar o es incentivo del pecado. No pedimos a Dios que no seamos tentados, siendo la tentación una condición necesaria de la vida cristiana; sino que no consienta nos veamos expuestos a tales condiciones y circunstancias de vida, ocasiones, cargos, etc., que importen a nuestra debilidad la segura derrota, con lo que reconocemos la providencia paternal de Dios sobre nosotros y su poder en socorrernos con su gracia.

Mas líbranos del mal. En esta última petición se concretan todas las anteriores. En ella pedimos a Dios nos libre de todo mal, físico y moral, pretérito, presente y futuro. Algunos santos Padres, traduciendo el «mal» en sustantivo, traducen: «mas líbranos de lo malo, o demonio», haciendo de esta petición una continuación de la anterior. Es más propia la primera interpretación.

Amén. Es el resumen de toda oración, fórmula optativa con que pedimos a Dios nos conceda todo lo que le hemos pedido, y que no debe confundirse con los frecuentes «amén», «amén», con que Jesús añadía fuerza a sus afirmaciones.

Explica luego Jesús la petición quinta, relativa al perdón de nuestros prójimos, para demostrar que cuantos más fáciles seamos en perdonar los pecados de los demás, más seguro tendremos el perdón de nuestros pecados por parte de Dios: Porque si perdonareis a los hombres sus pecados, os perdonará también vuestro Padre celestial vuestros pecados. Condición que repite, para darle más fuerza, en su forma negativa: Mas si no perdonareis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados. Una venerable tradición dice que Jesús enseñó por segunda vez la oración del «Padrenuestro» en la ladera occidental del monte Olivete, sobre el Huerto de Getsemaní. Levántase allí, edificada sobre las ruinas de una iglesia que se remontaba más allá del siglo VII, un bello templo llamado del Paternoster, en cuyos claustros se halla reproducida la oración dominical, en cuadros simétricos de ladrillo barnizado, en gran número de lenguas de todas las partes del mundo. Es un hermoso homenaje a la sublime plegaria y al Hombre-Dios que nos la enseñó. Los últimos terremotos, año 1927, dejaron la iglesia en estado ruinoso.

****


Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo XVII (Ciclo C)



Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.