Lc 11, 27-28: Elogio a la madre de Jesús

Texto Bíblico

27 Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». 28 Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Beda el Venerable, monje benedictino, doctor de la Iglesia

Homilía: Concebir espiritualmente.

Homilía sobre S. Lucas; L. IV, 49.

«Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28).

«Dichosa la madre que te engendró y los pechos que te amamantaron». Grande es la devoción y grande es la fe que expresan estas palabras de la mujer del evangelio. Mientras que los escribas y fariseos blasfeman y ponen a prueba al Señor, esta mujer reconoce, delante de todos, su encarnación con una lealtad tal y le confiesa con tanta seguridad, que llega a hacer que queden confundidos la calumnia de sus contemporáneos y la falsa fe de los futuros herejes. Los contemporáneos de Jesús negaban que fuera verdaderamente hijo de Dios, consubstancial al Padre, con lo cual hacían agravio a la obra del Espíritu Santo. Después, a lo largo del tiempo, también han existido hombres que han negado que María siempre virgen, diera, por obra del Espíritu Santo, la substancia de su carne al Hijo de Dios que había de nacer con un verdadero cuerpo humano; negaron que fuera verdaderamente Hijo del hombre, de la misma naturaleza que su madre. Mas el apóstol Pablo desmiente esta opinión cuando dice que Jesús es «nacido de mujer, sujeto a la ley» (Gal 4,4). Porque, concebido en el seno de la Virgen, ha sacado su carne no de la nada, ni de otra parte, sino del cuerpo de su madre. Si no fuera así no sería correcto llamarle verdaderamente Hijo del hombre…

Verdaderamente dichosa madre que, según expresión del poeta, «dio a luz al Rey que gobierna cielos y tierra por los siglos de los siglos. Ella tiene el gozo de la maternidad y el honor de la virginidad. Antes que ella no ha habido mujer semejante, y no se verá otra después de ella» (Sedulius). Y, sin embargo, el Señor añade: «Son aún más dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». El Salvador confirma magníficamente el testimonio de esta mujer, pues no tan sólo declara dichosa a aquella a quien se le ha concedido dar a luz corporalmente al Verbo de Dios, sino también dichosos todos aquellos que procurarán concebir espiritualmente al mismo Verbo al permanecer atentos a la fe y, teniéndole presente y practicando el bien, darán a luz y alimentarán su corazón y el de otros.

San Bernardo, monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Sermón: La Palabra de Dios tiene que pasar a las entrañas del alma.

Sermón para Adviento (Liturgia de las Horas, Miércoles I de Adviento).

«Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51).

El que me ama –nos dice– guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a Él. (Jn 14,23). He leído en otra parte: El que teme a Dios obrará el bien; pero pienso que se dice algo más del que ama, porque éste guardará su palabra. ¿Y dónde va a guardarla? En el corazón sin duda alguna, como dice el profeta: En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti. (Sal. 118,11).

Así es cómo has de cumplir la palabra de Dios, porque son dichosos los que la cumplen. Es como si la palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta. Haz del bien tu comida, y tu alma disfrutará con este alimento sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea que tu corazón se vuelva árido: por el contrario, que tu alma rebose completamente satisfecha.

Si es así cómo guardas la palabra de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti. El Hijo vendrá a ti en compañía del Padre, vendrá el gran Profeta, que renovará Jerusalén, el que lo hace todo nuevo. (Hch. 3,22; Jl 4,1; Ap 21,5).

Sermón: Dios purifica el corazón a través de la fe.

Sermón 31 sobre el Cantar de los Cantares.

«Dichosa la que ha creído; porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45).

En la Antigua Alianza los hombres estaban bajo el régimen de los símbolos. Por la gracia de Cristo, presente en la carne, la misma verdad ha resplandecido para nosotros. Y sin embargo, con relación al mundo venidero, todavía vivimos, en cierta manera, en la sombra de la verdad. El apóstol Pablo escribe: «Mi conocer es por ahora inmaduro, entonces podré conocer como Dios me conoce» (1Co 13,9) y «no es que ya haya conseguido el premio» (Flp 3,13). En efecto, ¿cómo no hacer diferencia entre el que camina en la fe o el que se encuentra ya en la clara visión? Así «el justo vive de fe» (Ha 2,4; Rm 1,17) –es el bienaventurado que exulta por la visión de la verdad; mientras, el hombre santo vive todavía en la sombra de Cristo… Es buena esta oscuridad de la fe; filtra la luz cegadora para nuestra mirada todavía en la tiniebla y prepara nuestro ojo para que pueda soportar la luz. En efecto, está escrito: «Dios ha purificado sus corazones a través de la fe» (Hch 15,9). Porque el efecto de la fe no es apagar la luz, sino conservarla. Todo lo que los ángeles contemplan a rostro descubierto, la fe lo guarda oculto para mí; lo hace descansar en su seno para revelarlo en el momento querido. ¿Acaso no es una buena cosa que tenga envuelto lo que tu todavía no puedes captar sin velo?

Por otra parte, la madre del Señor también vivía en la oscuridad de la fe, puesto que le fue dicho: «Dichosa tú que has creído» (Lc 1,45). También del cuerpo de Cristo recibió una sombra, según el mensaje del ángel: «El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). Esta sombra pues, no tiene nada de despreciable porque es el poder del Altísimo que la proyecta. Sí, verdaderamente, en la carne de Cristo había una fuerza que cubría a la Virgen con su sombra, a fin de que la pantalla de su cuerpo vivificante le permitiera soportar la presencia divina, aguantar el resplandor de la luz inaccesible, lo cual era imposible a una mujer mortal. Este poder ha domado toda fuerza adversa; la fuerza de esta sombra echa fuera los demonios y protege a los hombres. ¡Poder verdaderamente vivificador y sombra verdaderamente refrigerante! Y es totalmente en la sombra de Cristo que nosotros vivimos, puesto que caminamos por la fe y recibimos la vida alimentándonos con su carne.

Obra: María es pronta en la escucha.

Falta referencia.

«Felices los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28).

María era muy reservada; nosotros encontramos la prueba en el Evangelio. ¿Cuándo habéis visto que ella fuera locuaz o llena de presunción? Un día, ella estaba asomada a la puerta, dejando hablar a su hijo, pero no usa de su autoridad maternal ni para interrumpir su predicación, ni para entrar en la casa donde estaba el predicando (Mc,3,31).

Si yo tengo buena memoria, los evangelistas nos hacen escuchar por cuatro veces las palabras de María. La primera, cuando ella le pregunta al ángel; esperando una respuesta: La segunda, en su visita a su prima Isabel, en el momento en que es ensalzada por su prima, María quiere aun mas ensalzar al Señor. La tercera, cuando ella se queja a su hijo, a la edad de doce años, que su padre y ella misma le había buscado con inquietud. La cuarta, en las bodas de Caná, cuando ella interpela a su hijo por los servidores.

En todas las otras circunstancias, María se muestra lenta en el hablar, pronta para la escucha, pues ”ella conservaba todas estas palabras , meditándolas en su corazón” (Lc 2,19.51). No, no encontrareis en ninguna parte que ella hay hablado, del mismo misterio de la Encarnación. ¡Desdichados nosotros que debemos respirar por la nariz! ¡ Desdichados nosotros que desparramamos nuestra alma, como un recipiente que está agujereado!

¡Que fe tenía Maria al escuchar a su hijo, no solamente hablaba en parábolas a la multitud, pero en la intimidad, revelaba a sus discípulos los secretos del Reino de los cielos!. Ella le ha visto hacer milagros, después suspendido en la cruz, muerto, resucitado, y subido al cielo. ¿Qué fe nos dice a nosotros que en todas estas circunstancias la voz de la Virgen se escuchó?…..Cuanto mas que María es grande ya que ella se humilló no solamente en todo, sino mas que todos.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz [Edith Stein], mártir, co-patrona de Europa

Obras: Diálogo silencioso con Dios.

La Oración de la Iglesia.

«Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28).

La redención del género humano es una decisión tomada en el silencio eterno de la vida interior de Dios. Y la encarnación del Salvador se realizó en la oscuridad de una casa silenciosa de Nazaret, cuando la fuerza del Espíritu Santo descendió sobre la Virgen silenciosa, solitaria y orante. Luego, reunida en torno a la Virgen silenciosa, (cf Hch 1,14) la Iglesia naciente, en oración, esperaba la nueva efusión del Espíritu que le había sido prometido para darle vida, darle claridad interior, fecundidad y eficacia…

En este diálogo silencioso entre los seres benditos de Dios y su Señor se preparan los acontecimientos de la historia de la Iglesia, visibles de lejos, que renuevan la faz de la tierra (cf Sal 103,30) La Virgen que guardaba todas las cosas dichas por el Señor en su corazón(cf Lc 1,45; 2,19, prefigura a las almas atentas en las que sin cesar renace la oración sacerdotal de Jesús.

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: ¿Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre?

Sermón sobre el Evangelio de Mateo, 25, 7-8 : PL 46, 937 (Liturgia de las Horas, 21 de Noviembre).

«Dichosa la madre que te llevó en sus entrañas» (Lc 11,27).

Atiende a lo que dice Cristo, el Señor, extendiendo la mano hacia sus discípulos: “He aquí mi madre y mis hermanos”. Y luego: “El que hace la voluntad de mi Padre, que me envió, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50). ¿Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre, ella que creyó por la fe, que concibió por la fe?… Santa María hizo, sí, la voluntad del Padre, y por consiguiente… María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz al Maestro, lo llevó en su seno.

Ved si lo que digo no es verdad. Cuando el Señor pasaba, seguido por la muchedumbre y haciendo milagros, una mujer se puso a decir: “¡Feliz y bienaventurado, el pecho qué te llevó!” ¿Y qué le replicó el Señor, para evitar que se coloque la felicidad en la carne? “¡ Feliz más bien aquellos qué escuchan la palabra de Dios y la cumplen!”. Pues, María es bienaventurada también porque oyó la palabra de Dios y la cumplió: su alma guardó la verdad más, que su pecho guardó la carne. La Verdad, es Cristo; la carne, es Cristo. La verdad, es Cristo en el corazón de María; la carne, es Cristo en el seno de María. Lo que está en el alma es más que lo que está en el seno. ¡Santa María, bienaventurada María!…

Pero vosotros, queridísimos, mirad:vosotros sois miembros Cristo, y sois el cuerpo del Cristo (1Co 12,27)… « El que escucha y hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre”… Porque sólo hay una herencia. Y es por eso que Cristo, aunque era el Hijo único, no quiso ser único; en su misericordia, quiso que fuéramos herederos del Padre, que fuéramos herederos con Él (Rm 8,17).

San Sofronio de Jerusalén, obispo

Homilía: Su escucha transformó en bendición la maldición de Eva.

Homilía para la Anunciación 2; PG 87, 3, 3241.

«Dichoso el vientre que te llevó» (Lc 11,27).

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Oh Virgen María, ¿puede haber algo superior a este gozo? ¿Puede haber gracia más alta que ésta?… Verdaderamente «bendita eres entre todas las mujeres» (Lc 1,42), porque has transformado en bendición la maldición de Eva; porque Adán, que antiguamente había sido maldecido, por ti ha obtenido la bendición.

Verdaderamente «bendita eres entre todas las mujeres» porque, gracias a ti, la bendición del Padre ha sido derramada sobre los hombres y les ha librado de la antigua maldición.

Verdaderamente, «bendita eres entre todas las mujeres» porque gracias a ti, han sido salvados tus antepasados, porque eres tú quien va a engendrar al Salvador que les traerá la salvación.

Verdaderamente, «bendita eres entre todas las mujeres», porque sin haber recibido la semilla, has dado el fruto que procura a la tierra entera la bendición, y la rescata de la maldición de la que nacen las espinas.

Verdaderamente, «bendita eres entre todas las mujeres» porque siendo mujer por naturaleza, llegas a ser efectivamente Madre de Dios. Porque si aquel a quien darás a luz es verdaderamente Dios encarnado, a ti te llaman Madre de Dios con toda propiedad porque es verdaderamente Dios el que tú darás a luz.

San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Llevar a Cristo en nuestro corazón.

Sermón 45 : PL 144, 747.

«Dichosos los que acogen la Palabra de Dios, su Verbo» (cf. Lc 11,28).

Es propio de la Virgen María haber concebido a Cristo en su seno, pero es herencia de todos los escogidos llevarle con amor en su corazón. Dichosa sí, muy dichosa es la mujer que ha llevado a Jesús en su seno durante nueve meses (Lc 11,27). Dichosos también nosotros cuando estamos vigilantes para poder llevarlo siempre en nuestro corazón. Ciertamente, la concepción de Cristo en el seno de María fue una gran maravilla, pero no es una maravilla menor ver como se hace huésped de nuestro corazón. Éste es el sentido del testimonio de Juan: « Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20)… Consideremos, hermanos, cuál es nuestra dignidad y nuestra semejanza con María. La Virgen concibió a Cristo en sus entrañas de carne, y nosotros lo llevaremos en las de nuestro corazón. María ha alimentado a Cristo dando a sus labios la leche de su seno, y nosotros podemos ofrecerle la comida variada de las buenas acciones, en las que él se deleita.


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