Lc 12, 32-48 – Lámparas encendidas. Vigilancia.

Texto Bíblico

32 No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. 33 Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. 34 Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
35 Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. 36 Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. 37 Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. 38 Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. 39 Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. 40 Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». 41 Pedro le dijo: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?». 42 Y el Señor dijo: «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? 43 Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. 44 En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. 45 Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, 46 vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. 47 El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; 48 pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Ambrosio de Milán

Sobre los Salmos: Que la Palabra de Dios sea lámpara para mis pasos

«Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas» (Lc 12,35)
Sobre el salmo 118, Sermón 14, 11-13: PL 15, 1394-1395 (LH)

PL

Sea la fe precursora de tu camino, sea la Escritura divina tu camino. Bueno es el celestial guía de la palabra. Enciende tu candil en esta lámpara, para que luzca tu ojo interior, que es la lámpara de tu cuerpo. Tienes multitud de lámparas: enciéndelas todas, porque se te ha dicho: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas.

Donde la oscuridad es muy densa, se necesitan muchas lámparas, para que en medio de tan profundas tinieblas brille la luz de nuestros méritos. Estas son las lámparas que la ley dispuso que ardieran continuamente en la tienda del encuentro. En efecto, la tienda del encuentro es este nuestro cuerpo, en el cual vino Cristo a través de un templo más grande y más perfecto, como está escrito, para entrar en el santuario por su propia sangre y purificar nuestra conciencia de la mancha y de las obras muertas; de este modo, en nuestros cuerpos, que mediante el testimonio y calidad de sus actos manifiestan lo oculto y escondido de nuestros pensamientos, brillará, cual otras tantas lámparas, la clara luz de nuestras virtudes. Éstas son las lámparas encendidas, que día y noche lucen en el templo de Dios. Si conservas en tu cuerpo el templo de Dios, si tus miembros son miembros de Cristo, lucirán tus virtudes, que nadie conseguirá apagar, a menos que las apague tu propio pecado. Resplandezca la solemnidad de nuestras fiestas con esta luz de mente pura y afectos sinceros.

Brille, pues, siempre tu lámpara. Reprende Cristo incluso a los que, sirviéndose de la lámpara, no siempre la utilizan, diciendo: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. No nos gocemos eventualmente de la luz. Se goza eventualmente el que en la Iglesia escuchó la palabra y se alegra; pero en saliendo de ella se olvida de lo que oyó y no se preocupa más. Este es el que deambula por su casa sin lámpara; y, en consecuencia, camina en tinieblas, el que se ocupa de actividades propias de las tinieblas, vestido de las vestiduras del diablo y no de Cristo. Esto sucede cada vez que no luce la lámpara de la palabra. Por tanto, no descuidemos jamás la palabra de Dios, que es para nosotros origen de toda virtud y una cierta potenciación de todas nuestras obras.

Si los miembros de nuestro cuerpo no pueden actuar correctamente sin luz —pues sin luz los pies vacilan y las manos yerran—, ¿con cuánta mayor razón no habrán de referirse a la luz de la palabra los pasos de nuestra alma y las operaciones de nuestra mente? Pues existen también unas manos del alma, que tocan acertadamente —como tocó Tomás las señales de la resurrección del Señor—, si nos ilumina la luz de la palabra presente. Que esta lámpara permanezca encendida en toda palabra y en toda obra. Que todos nuestros pasos, externos e internos, se muevan a la luz de esta lámpara.

Isidro Gomá y Tomás

El Evangelio Explicado: Necesidad de la vigilancia

, Vol. 1, Acervo, Barcelona, 1966«Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas» (Lc 12,35)
pp. 189-194


Explicación.

Ha dicho Jesús que sus discípulos deben huir de toda avaricia, y no deben preocuparse con exceso de las cosas temporales; su fin es más alto, porque es el Reino de los cielos y no el de la tierra. Exhorta ahora a la suma vigilancia y atención que debemos parar en conseguir este fin. La lección consiste en una parábola, la de los siervos que están alerta (35-40), y en la explicación que del ámbito de la misma da el Señor a una pregunta de Pedro (41-48).

Parábola de los siervos que están en alerta (35-40). Está tomada de una costumbre ciudadana de Oriente. El dueño de una casa ha salido para asistir a unas bodas; no regresará hasta muy entrada la noche; sus criados deben estar en vela para recibirle bien y a tiempo. Tened ceñidos vuestros lomos: los orientales, que usan trajes talares, levantan su parte inferior cuando deben trabajar o viajar: les serían un estorbo; así deben removerse todos los obstáculos de orden moral que nos impidan caminar expeditos por las sendas del bien, cohibir las pasiones, evitar los peligros, etcétera, y trabajar con denuedo en el cumplimiento de nuestros deberes y en toda obra buena. Y antorchas encendidas en vuestras manos, porque es de noche cuando vendrá el Señor: es la recta intención, el estado de gracia, las buenas obras. Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su señor, cuando vuelva de las bodas, porque es incierto el tiempo de su regreso: para que cuando viniere y llamare a la puerta, luego le abran. Celebrábanse de noche las bodas entre los judíos, y se prolongaba el festín; no se trata aquí de las bodas del señor: es un invitado.

El señor premiará espléndidamente la fidelidad y atención de sus criados: Bienaventurados aquellos siervos a los que hallare velando el Señor cuando viniere. En verdad os digo, que se ceñirá, dispuesto a hacer con ellos los oficios de un siervo, y los hará sentar a la mesa, como hijos suyos y miembros de su familia, y pasando los servirá. Es Jesús mismo el que aquí se describe, hecho siervo por nosotros, que nos ha hecho un puesto en el banquete del Reino de los cielos, donde el mismo Dios se sirve a Sí mismo en visión intuitiva para bienaventuranza eterna de quienes le han servido. Insiste Jesús en la incertidumbre de la hora y en la necesidad de velar: y si viniere en la segunda vela, de ocho a doce de la noche, y si viniere en la tercera vela, de doce a cuatro de la madrugada, y así los hallare, bienaventurados son tales siervos, porque han sabido velar hasta muy tarde, siempre atentos.

Concreta Jesús en otra pequeña parábola la necesidad de la vigilancia continua. El jefe de la casa debe siempre estar prevenido contra un inopinado asalto de los ladrones: Mas esto sabed, palabra de atención, que si el padre de familias supiese la hora en que vendrá el ladrón, velaría sin duda, y no dejaría minar su casa, que se supone construida de tierra o de ladrillos crudos, cosa frecuente en Palestina. El ladrón es el Señor, metáfora clásica en el Nuevo Testamento, para representar el fin de los tiempos (1 Tes 5, 2; 2 Pe 3, 10; Ap 3, 3; etc.); como ladrón visita con la muerte a los suyos, inopinadamente; y como del ladrón, pueden recibir daño de su inopinada visita, si no están prevenidos. Sólo que el Señor avisa con tiempo para que nos prevengamos: Vosotros, pues, estad apercibidos: porque a la hora que no penséis vendrá el Hijo del hombre (Ap 16, 15).

Pregunta de Pedro. Parábola del mayordomo fiel (41-48). Jesús había antes dicho algo para sólo los discípulos (v. 32); la misma parábola de los siervos en vela podía interpretarse exclusivamente de los apóstoles y discípulos; por ellos es que Pedro trata de averiguar el alcance de la parábola: y Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos? Jesús no responde directamente, sino con otra parábola, por la cual da a entender que si la responsabilidad de la vigencia apremia, antes que a todos, a los que tienen en el Reino de Dios una preeminencia, de autoridad, de acción o de doctrina, atañe también a todos los demás cristianos, porque todos tienen deberes y atribuciones sobre que velar. Y dijo el Señor: ¿Quién crees que es el mayordomo fiel y prudente que puso el Señor sobre su familia, para que les dé la medida de trigo a tiempo? El mayordomo es el substituto del señor en la administración doméstica: es fiel si no se aparta a un ápice de la voluntad del dueño; prudente, si tempera su gobierno según las exigencias del tiempo, lugar y personas; cuida del alimento de la dependencia, dando a cada cual a su tiempo lo que necesita para su sustento, significado aquí por la medida de trigo. Si así se porta, el señor le dará un gran premio: Bienaventurado aquel siervo, el mayordomo, que solía ser uno de los esclavos de confianza, al cual el señor, cuando viniere, hallare obrando así, con vigilancia, fidelidad y prudencia: Verdaderamente os digo que lo pondrá sobre todo cuanto posee, haciéndole su intendente general.

Pero puede suceder lo contrario, que el mayordomo se porte mal: Más si dijere el tal siervo en su corazón, dentro de sí, confiado en la tardanza del dueño: Tarda mi señor en venir, y comenzaré a maltratar a los siervos y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, faltas todas contra la fidelidad y prudencia, vendrá el señor de aquel siervo el día que (éste) menos lo espera, y a la hora que no sabe: lo azotará duramente, lo partirá, lo matará, dice el griego, como lo hacían los déspotas orientales con los esclavos sorprendidos en delito, y lo tratará como a los desleales, con lo que se indica a los representados por el mal siervo, es decir, tendrá el mismo eterno destino que los que por su culpa permanecieron infieles, el fuego ardiente, que atormenta y no consume.

Y generalizando Jesús, con lo que responde ya directamente a la pregunta de Pedro, indica la norma que seguirá en el castigo: Porque aquel siervo que supo la voluntad de su señor, y no puso en orden las cosas, ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; a mayor conocimiento mayor castigo, porque el conocimiento debe ser la norma de la vida. Más el que no la supo, no la discernió bien, e hizo cosas digna de castigo, pocos azotes recibirá. Así serán más castigados los que han recibido la luz certísima de la revelación, que los que han debido guiarse sólo por la luz natural. Termina Jesús con una síntesis en que se contienen el principio moral de la acción, los deberes a cumplir, y la cuenta de responsabilidad que se exigirá a cada uno: Porque a todo aquel a quien mucho fue dado, talento, gracia, dones de toda suerte, mucho le será demandado; y al que mucho encomendaron, por la autoridad u oficio que se le confirió, mucho le pedirán: la responsabilidad es proporcional a la dignidad, a la autoridad, al poder, al talento de cada uno.

Lecciones morales.

A) v. 35: Tened ceñidos vuestros lomos, y antorchas encendidas en vuestras manos...Significa esto, dice Teofilacto, que debemos estar siempre dispuestos y fáciles a ejecutar las obras de nuestro Señor, y que no debemos llevar la vida en tinieblas, sino que nos debe guiar la luz de la razón en el obrar. Porque no sólo debemos obrar el bien, sino que debemos tener discreción para obrarlo en la manera debida, y ésta es la antorcha que debemos llevar para que nos alumbre en la noche de la vida. Y notemos que primero nos manda ceñir los lomos, y luego llevar en las manos las antorchas, porque primero es la operación que la especulación.

B) v. 37: Se ceñirá, y los hará sentar a la mesa, y pasando los servirá.- ¡Oh dignación de nuestro buen Dios! A los que hallare ceñidos, sirviéndole, él corresponderá en la misma forma: los hará sentar a la mesa, para que descansen los que se fatigaron, y se refocilen, en el cuerpo y en el alma, los que por él se mortificaron. Y les preparará el banquete de la gloria, distribuirá a cada uno sus dones, la copiosa donación de todo bien, como dice el Areopagita, a cada cual según sus merecimientos, a todos según la misma medida de su propia duración, que es la eternidad.

C) v. 40: A la hora que no pensáis, vendrá el Hijo del hombre. Siempre es impensada la hora de la muerte. El instinto de la vida, junto con este sentido de inmortalidad que Dios ha puesto en el fondo de nuestra naturaleza, hacen que difícilmente nos persuadamos que ha llegado nuestra hora, aunque la precedan todas las señales que en los demás juzgaríamos fatales indicios de la proximidad de la muerte. Ello nos impone una vigilancia continua: vendrá la muerte con lentitud o súbitamente, por paulatina consunción de vejez o en la plenitud de los años, llamando a la puerta, que es la enfermedad o metiéndose de rondón en nuestro organismo, por un accidente imprevisto, un ataque fulminante, etcétera. Siempre será el hijo del hombre, que tiene mil formas de llamar, porque tiene mil maneras de quitarnos una vida que es suya y que nos ha dado en administración. Aguardémosle con serenidad, preparados, en pie y trabajando en el bien. Y venga la muerte como quiera, con tal sea buena; después de ella, el Hijo del hombre nos sentará en el banquete de su bienaventuranza.

D) v. 45: Tarda mi señor en venir...Porque no pensamos en la hora de nuestro fin, dice Teofilacto, cometemos muchos pecados. No digas nunca que tarda tu señor en venir; porque no está lejos, aunque seas joven, aunque seas robusto; porque a jóvenes y a robustos, se presenta inopinadamente el señor de la vida para reclamársela, como suya que es. Y aunque tarde, no tarda; aunque se te alargue la vida hasta llegar a viejo, no confíes; porque pasa rápidamente la sombra de este mundo. Porque la vida es un soplo; una niebla que se disipa; un hábito que fenece; un meteoro que pasa fugaz. Nunca tarda, aunque llegue tarde, el Señor en venir...

E) v.46: Lo tratará como a los desleales. Desleal es el que no obedece a los dictados de su conciencia, que promulga en su interior la ley de la vida y no la sigue. Desleal es el que no sirve al señor a quien juró seguir y servir. ¿Cuántas veces hemos sido desleales con nuestra conciencia y con nuestro Dios y Señor? Nuestra conciencia nos ilumina, nos arguye, nos increpa, nos ruega, nos amenaza; y a pesar de todo, ahogamos sus gritos en el fondo de nuestro pecho. Nuestro Dios nos recuerda los títulos que tiene sobre nosotros, las promesas que le hicimos en el Bautismo; y cada vez que hemos llorado nuestros pecados y hacemos impávidos nuestro camino de infidelidad. Reconozcamos nuestra innumerables deslealtades, tal vez nuestra vida desleal; y temamos ser tratados como se trata a los desleales, siendo separados del Reino de Dios.

F) v. 48 Al que mucho encomendaron, mucho le pedirán. Como no hay igualdad de premios en la otra vida, así tampoco la hay de castigos, dice San Basilio. Todos serán condenados a las llamas los que las hayan merecido, pero unos las sufrirán más intensas que otros; todos serán roídos por el gusano inextinguible; mas éste será más fuerte o más remiso. Por esto, dice Teofilacto, los sabios y los doctores, que debieron obrar según su doctrina, y sacar de ella incremento para los demás, serán con más rigor atormentados. Debiera este pensamiento hacernos temblar, si Dios nos ha favorecido con dones de privilegio en el conocimiento de su voluntad, o nos ha concedido gracias extraordinarias, o nos ha conferido poderes para hacer conocer a los demás su voluntad.

Juan de Maldonado, S.I.

A San Marcos y San Lucas: Comentario exegético

BAC, Madrid, 1954«Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame» (Lc 12,36)
pp. 596-606


No tengáis temor, rebaño pequeño. Muy a tono con lo que precede añade Cristo estas palabras. Después de reprender la exagerada preocupación por lo terreno y enseñar a poner toda nuestra atención y confianza en Dios, que sustenta no sólo a los hombres, sino a los mismos animales, agrega aquí un argumento de lo mayor a lo menor, para mover a sus oyentes a desechar todo temor y ansiedad por estas cosas caducas. Si Dios tiene determinado daros su reino, que es lo que más se puede desear, ¿cómo va a permitir que os falte nada de lo necesario para vivir, que es lo mínimo?

Llama grey pequeña, o bien al grupo de los apóstoles solamente, como entienden algunos; o también de los discípulos, como cree Teofilacto; o de todos los escogidos, como dice San Beda; o según Eutimio, de todos los fieles en general, porque estas palabras parecen dichas a los mismos a quienes se dirigen las anteriores, los cuales eran todos los oyentes, y en persona de ellos, todos aquellos que creían.

No admito lo que dicen algunos que se muestra Cristo aquí como pastor, pues llama rebaño a sus discípulos; porque, aunque ciertamente Él fue el Buen Pastor, que dio su vida por sus ovejas (Jn. 10,14; 1 Jn. 3, 16), mas en este lugar parece llamarlos no rebaño suyo, sino de su Padre. Y la razón por la que dice que no han de temer, es porque tienen como buen amo y pastor al Padre celestial, quien no sólo tiene voluntad de darles el necesario sustento, sino también el reino de los cielos. Ni sólo tienen providencia del alimento y vestido de ellos, que son sus ovejas, sino de todos los demás animales y hasta los lirios de los campos. (vv. 24- 27).

No encuentro ningún autor que trate de lo que es más particular de este pasaje, a saber: por qué llama Cristo aquí rebaño a sus discípulos, más aún, rebaño pequeño, máxime juntando metáforas que no parecen coherentes. Porque ¿qué relación tiene el rebaño con el reino? A mi modo de ver, porque, habiendo usado el ejemplo de unos animales (v. 24), en cuya especie se podían entender todos los demás vivientes, aplica esta imagen del rebaño a sus discípulos, como si dijera: Manteniendo Dios tantos y tan grandes rebaños de todas clases, no temáis vosotros, que sois un rebaño de hombres, hijos suyos, y rebaño bien pequeño. Que con mayor providencia cuidará Dios del rebaño de los hombres que son sus hijos, que no del de las bestias; y más fácil es de suyo mantener un rebaño tan reducido que uno grande.

No sé si hace alusión al proceder de los pastores, los cuales, para engordar más algunos becerros, los apartan de los demás, formando un ganado pequeño, para pastar en sitios más fértiles y con mayor cuidado: Esto mismo se dice que hará Dios con sus hijos (Sal. 22, 1): El Señor me conduce (según el hebreo, «me pastorea»), y nada me faltará. Me ha puesto buenos pastos y me guía junto al agua de abrevar Y en otro lugar (Sal. 79, 2):Mira, tú que riges a Israel (en hebreo, «apacientas»), que conduces a José como una oveja. Y en otro Salmo también (77, 71): Lo tomó de tras las ovejas para que apacentase a Israel, su siervo, y a Israel, que es su heredad. Finalmente, alimentando a todos los hombres y haciendo salir su sol Sobre buenos y malos, promete en particular a los que lo temen que no les faltará cosa alguna.

Porque ha sido del agrado de vuestro Padre daros el reino.- Según el griego, «fue del beneplácito», «pareció bien a vuestro Padre». Según esto, es verdad, como observan todos los comentaristas de este lugar, que el reino de los cielos nos está predestinado por la gracia y benignidad de Dios. Pero yerran aquí los herejes, pensando que, pues sin méritos nuestros está predestinado, también se nos ha de dar sin méritos algunos de nuestra parte. A la verdad no se sigue lo uno de lo otro. Como si alguien que se da gratis el premio que se otorga a los corredores en el estadio porque no se propone por sus méritos sino por la generosidad del príncipe. Pues aunque es cierto que se les propone cuando aún no lo merecen, no se otorga sino a los que de hecho lo merecen con su victoria.

Cada palabra de éstas tiene especial sentido y dulzura. Dice agradó, con lo cual se muestra la particular benevolencia y liberalidad de Dios para con ellos; dice a vuestro Padre, llamando a Dios padre de ellos,, que como tal no puede olvidarse de sus hijos (Is. 49, 15); añade daros a vosotros, como a hijos y herederos suyos; el reino, o sea el celestial y eterno, no el terrenal y temporal.

Vended lo que poseéis y dad limosna.- Enseña con estas palabras la manera de venir a este reino que el Padre quiere darles; a saber, no buscando riquezas con ansiedad y avaricia, antes más bien, dando de las que tengan a los pobres. Porque, aunque se propone gratuitamente el reino de los cielos, pero hay que comprarlo, si bien a tan bajo precio que puede decirse que se da gratis. «Cómpranse con las cosas temporales las eternas (dice San Jerónimo), las cuales, por su dignidad y valor, son respecto a aquéllas como si se comprara un centenar con un número pequeño». Esto significa recibir el ciento por uno y recibir la vida eterna (Mt 19, 29).

Mas ¿cómo es que manda aquí Cristo a todos en general vender cuanto tienen y darlo a los pobres, siendo así que en otro lugar (Mt 19, 21) lo aconseja sólo a los que quieran ser perfectos? No es difícil la respuesta: o bien habla aquí con solos los discípulos, los cuales querían ser perfectos, o si con todos los cristianos, se refiere a la disposición de ánimo, como dicen los teólogos. Porque, si bien no es necesario a todos vender cuanto tengan, sí lo es tener como cristianos tal disposición de ánimo que, si fuese menester, vendan todos sus bienes por no perder a Cristo.

Haceos bolsillos.- Suelen los avaros, cuando disponen su tesoro, echar el dinero en bolsitas. Así dice Cristo aquí bolsillos en vez de tesoro, como luego declara. Y porque, al romperse el bolsillo con el uso, se caen las monedas, añade: Haceos bolsillos que no se gasten, es decir, en los que no se pierda el dinero. Parece entender aquí por tales bolsillos a los pobres de que hablaba, como explica San Beda; pues éstos son en realidad bolsillos que no se gastan con el tiempo, porque cuanto a ellos se da se pone a buen resguardo; más aún, se multiplica, como dice el mismo Dios (Prov. 19, 17): El que da limosna al pobre, da a rédito al Señor; y en el Evangelio (Mt 19, 29): Todo el que dejare su casa, o sus hermanos o hermanas, o su padre o su madre, o su esposa o hijos, o sus posesiones, por mi nombre, recibirá el cien doblado.

Estad ceñidos a la cintura.- Habiendo hecho mención del reino de los cielos y amonestado a sus discípulos a esperarlo, les enseña ahora cómo y con qué diligencia y disposición lo habían de aguardar. Declara esto con el ejemplo de los criados, que, mientras esperan de noche la vuelta del amo, conviene que estén no sólo despiertos, sino bien ceñidos, atentos y listos, y hasta con antorchas encendidas, para no entretenerse, cuando regrese su señor, recogiéndose la túnica o encendiendo las luces. Los orientales de aquel tiempo (y también ahora) llevaban largos vestidos, por lo cual se los habían de recoger con un cíngulo para que no les estorbasen mientras servían. Dedúcese esto mismo del versículo 37, cuando dice: En verdad os digo que se ceñirá el amo y, haciendo que se reclinen a la mesa, se pondrá a servirlos. Y más adelante (c. 17, 8) Cíñete y ponte a servirme.

Aquella otra explicación de muchos antiguos, que entienden figurada en esta frase la virtud de la castidad, corresponde más a la aplicación moral que al sentido literal del texto. Y aún como acomodación no parece bastante completa, pues no nos encarga Cristo aquí estar provistos sólo de la castidad, sino de todas las demás virtudes. Con todo, semejante interpretación puede ser útil para exhortaciones morales, como leemos en San Basilio, San Agustín, San Gregorio, San Beda y casi todos los demás autores.

Y antorchas encendidas en vuestras manos.- Cuando viene el amo de noche, suelen los criados ir delante de él con la antorcha encendida en la mano. Y así quiere Cristo que hagamos también nosotros. Las antorchas encendidas no significan otra cosa sino que hemos de tener todas las cosas arregladas para recibir a Cristo cuando viniere al juicio, de modo que no nos quede nada por arreglar en aquella sazón. ¿Qué puede parecer más sencillo que, mientras el amo llama a la puerta, encender la luz necesaria? Pues aún esto quiere el Señor que esté ya hecho antes de que venga. Pues, además de que no esperaría mientras el otro enciende la antorcha, resultaría esta espera indecorosa e impropia de la dignidad del amo.

Al mismo objetivo tiende aquella otra parábola de las diez vírgenes, de las cuales cinco fueron excluidas del banquete de bodas por no haber sido previsoras en tener sus lámparas encendidas.

No creo haya otra razón de mandarnos Cristo tener en nuestra mano antorchas encendidas, sino que así lo acostumbraban hacer los criados serviciales. San Agustín, San Gregorio, San Ambrosio y San Beda escriben que las antorchas significan el «ejemplo de las buenas obras»; y el mismo San Agustín en otro lugar dice que es «la buena intención»; y según Teofilacto y Eutimio, «las antorchas son dos, una interior, que es la mente, y otra externa, que es la lengua, según aquello que «es menester creer en nuestro corazón, y con la boca se confiesa la fe para ser salvos».

Semejantes a los criados que están esperando a su amo, que vuelve de una boda.- Semejantes a aquellos criados que dice el versículo anterior.

Dice cuando venga de las bodas, porque solía celebrarse éstas por la noche, como se ve en la parábola de las vírgenes (Mt. 22, 1) y en las bodas del hijo del rey, cuando aquel que no llevaba traje nupcial fue lanzado a las tinieblas de fuera (Mt. 22, 13). Y lo mismo se ve en el Apocalipsis (19,7- 9), en que las bodas del Cordero se celebran de noche, pues son llamados los hombres a la cena. Casi la misma costumbre dura también en este tiempo en todas partes.

Los que eran invitados a una cena de bodas solían quedarse en el convite hasta muy avanzada la noche, y después volvían cada cual a su casa. Eran, por tanto, por tanto, menester antorchas, y los respectivos criados habían de quedar despiertos y preparados para recibir a su amo a cualquier hora que volviese durante la noche. Por esta razón precisamente dice el Señor esperando a su amo que vuelva de las bodas, más bien que del foro, o del mercado, o del campo, o de otro sitio cualquiera; porque de unas bodas no se volvía sino de noche, después de acompañar al esposo a casa de la esposa; con lo cual quiso notar un tiempo en que no suelen estar los hombres preparados. Semejante tiempo es la noche, cuando los hombres, bien porque no piensan que venga nadie a hora tan inoportuna, bien por estar cargados de sueño, están menos atentos y preparados. Pues precisamente en el tiempo en que menos dispuestos están los hombres nos manda Cristo estar preparados como quien está con la ropa ceñida y con antorcha encendida en la mano. No hay, pues, tiempo alguno, ni siquiera el nocturno (cuando parecía natural condescender algo con la necesidad del cuerpo), en que hayamos de estar despreocupados, pues puede venir de noche, como suele el ladrón, y caer encima e los que estaban bien ajenos a su venida (cf. vv. 39- 40; 1 Tes. 5,2; 2 Pe. 3, 10; Apoc. 3, 3; 16, 15).

Por otra parte, es indudable que, así como quiere que nos parezcamos a aquellos criados que están esperando que vuelva su amo de la boda, así también se compara Él mismo con este amo que ha de volver, y por eso nos manda que lo esperemos. Cuya venida es evidente para el juicio, como entienden todos los comentaristas.

Lo que ciertamente quiso significar aquí Cristo es que había de volver para el juicio, cuando menos pensasen los hombres; y dijo que vendría como volviendo de bodas, porque los que vuelven de ellas suelen llegar al tiempo que menos se creía. Mas porque leemos en el Apocalipsis (19, 7- 9) la celebración de las bodas del Cordero en el cielo, muchos dijeron (con cierta razón) que Cristo fue a las bodas cuando subió a los cielos y volverá de las mismas cuando venga a juzgar el mundo. Así San Gregorio, San Beda, Teofilacto, Eutimio y San Cirilo, citados por Santo Tomás. Teofilacto, empero, interpreta también de otro modo estas bodas, como digo en la frase siguiente.

A fin de abrirle luego, enseguida que vuelva y llame a la puerta.- Interpreta también Teofilacto esto de cuando viene Cristo a nuestra alma, pues está a la puerta y llama (Apoc. 3, 20), al cual debemos abrir con presteza. Pero aquí no se trata de esta venida de Cristo a nosotros para hacernos buenos, sino de la otra, cuando ha de venir para ver quiénes los son, para lo cual nos encarga estar dispuestos y provistos de buenas obras, supuesta previamente su otra venida a nuestras almas.

Ni hay por qué analizar la parábola con sutileza exagerada, como advierte Eutimio. Vendrá y llamará a la puerta, cuando venga a llamar al juicio, por medio del arcángel, a son de trompeta. Le abriremos la puerta cuando, conscientes de nuestras obras, lo recibamos de buen grado (como explican San Gregorio y San Beda); pronto, esto es, sin desidia o pereza, teniendo a punto todas nuestra buenas obras, de suerte que no sea menester andar con disimulos o demoras, como diciendo a otros: Prestadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan (Mt. 25,8).

Dichosos aquellos criados a los cuales encuentre su amo despiertos.

Cuando vuelva su amo de estos criados, pues no habla directamente de sí, sino del que vuelve de las bodas; por eso no pongo señor con mayúscula, si bien está significado por este amo. Expresa a continuación la recompensa que tendrán aquellos criados que encuentre el amo despiertos y preparados cuando vuelva.

En verdad os digo que, recogiéndose él su vestido, los hará ponerse a la mesa y les servirá.

No suele suceder esto en realidad, como otros pormenores señalados en la parábola, v. gr., que vaya el amo de boda, que vuelva ya muy de noche, que llame a la puerta, que los criados estén preparados para recibirlo; mas los pone Cristo por lo que solía suceder, ya que la parábola se debe tomar de las cosas acostumbradas; y si añade este rasgo que no suele suceder de ordinario; es precisamente para indicar cuánto agradó a aquel amo la diligencia de sus criados, que lo habían esperado despiertos, en tanto grado que llegó hasta serviles a la mesa, como ningún amo suele hacer con sus criados.

Cosa tan inusitada no deja de tener su probable atractivo y decencia, como es que un amo que vuelve bien cenado de una boda y se encuentra a sus criados en vela y sin haber cenado aún, se preocupe de hacerles cenar, sirviéndoles él mismo, para hacerles participar también de la alegría de la boda.

Lo que dice pasando, alude a la costumbre de los que servían a la mesa, junto a cada comensal, para ver si le falta alguna cosa.

La aplicación de este rasgo de Jesucristo no se ha de inquirir con excesiva sutileza; pues no significa otra cosa sino que comunicará con nosotros aquella gloria que El posee como propia, a la manera como dice que hizo éste con sus criados al volver del convite, haciéndolos partícipes de su honra, como si fueran ellos también en cierto modo señores.

El significado verdadero completo es que, si nos encuentra Cristo, cuando venga, vigilantes y preparados con obras buenas, en el cielo nos hará como señores, porque comeremos y beberemos como tales en la mesa de su reino (22,30). No quiero decir que El mismo haya de servirnos, pues no hemos de querer aplicar también este pormenor de la parábola a la cosa en ella figurada. Pues, como hemos dicho, el que al volver de las bodas se pusiera este hombre a servir a sus criados, no significa sino que les dio una muestra de respeto no acostumbrada; y aplicado a Cristo, quiere decir que en el cielo nos ha de mostrar una honra y una gloria inusitadas e increíbles, igualándonos en cierto modo a El, pues nos hará sentar a la mesa de su reino. No son, por tanto, literales las diversas interpretaciones que trae San Beda, aunque no del todo ajenas. Pondré aquí sus mismas palabras, para utilidad del que guste de estas aplicaciones: «Se ciñe, esto es, prepara la recompensa; hace que se pongan a la mesa, esto es, los conforta con el descanso eterno, ya que sentarnos en el reino será descansar. Por eso dice el Señor en otra ocasión: Vendrán y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob. Pasa el Señor sirviendo, porque nos hará gozar con la ilustración de la luz. Dice que pasa, con relación al juicio, en que volverá a su reino, o también pasa el Señor después del juicio, respecto a nosotros, porque nos levantará de su humanidad visible a la contemplación de su divinidad. Su pasar es llevarnos a la visión de su claridad, cuando el mismo que miramos en el juicio en cuanto hombre, lo vemos también en su divinidad después del juicio».

Y si viene a la segunda vela o a la tercera y los encuentra así dispuestos, dichosos son tales criados.

Más arriba explicamos ya lo que son estas vigilias (2,8; Mt. 14,25); y así no hemos de observar aquí sino que no se han de juntar las palabras de modo que signifiquen que serán dichosos si a cualquier vigilia de la noche que viniera los encontrase así dispuestos, sino más bien que serán dichosos aquellos siervos a los que encuentre así el Señor, esto es, despiertos y preparados, aunque venga a cualquier hora de la noche.

Es bien inepta la cuestión propuesta aquí por Calvino, a saber: por qué se compara nuestras vidas a las velas nocturnas, siendo así que la Escritura nos llama hijos de la luz (Ef. 5,8; I Tes. 5,5) y el mismo Cristo nos ilumina con su doctrina. Quien tal cosa pregunta, parece no entender que, si se compara nuestra vida con la noche, no es por razón de la oscuridad, sino por ser el tiempo más incómodo y en que menos se espera. Se dice que vendrá el Señor a la segunda o a la tercera vigilia, porque vendrá cuando más tranquilos y descuidados estemos, como solemos dormir a esas horas. Porque ¿quién pensaría que iba a venir a una hora tan molesta? Mas no quiere decir con esto que ha de venir precisamente a ese tiempo, pues sabiendo esto los hombres, velarían de noche y dormirían de día. Sino más bien quiere que nos durmamos o descuidamos nunca, antes de día y de noche estemos alerta y preparados, pues no sabemos el tiempo preciso, si de día o de noche, o, si de noche, a qué hora ha de venir, si a la cuarta. Dedúcese este sentido de lo que viene a continuación (sobre todo del versículo 40).

Mas aquel siervo que, conocida la voluntad de su amo, no se preparó ni se portó como quería su señor, recibirá muchos azotes.

Sólo San Lucas trae estas palabras, que me parecen responder a las del v. 42. Había preguntado San Pedro a Jesucristo: Señor, ¿dices esta parábola para nosotros solos o para todos en general? Y Cristo respondió: Para todos. Porque a todos los que encuentre el Señor vigilantes los premiará, y a los dormidos y descuidados, sean apóstoles o no, los castigará. Ahora, en cambio, trata de explicar la diferencia que habrá entre unos y otros. En efecto: los apóstoles y todos aquellos que conociendo la voluntad del Señor no la quisieran cumplir, serán castigados más gravemente que los que pecan sin conocer así la voluntad divina.

Podría a qué voluntad del Señor se refieran estas palabras. Porque si hablan de la voluntad del amo, con que determinó volver a aquella hora, ¿quién puede conocer el propósito del Señor, o quién es como su consejero? (Rom. 11,34), y también acerca de aquel día y momento, nadie tiene conocimiento cierto, ni los ángeles ni el Hijo, sino sólo el Padre (Mc. 13,32). Lo único que pretendía aquí Cristo era enseñarnos que ninguno podía saber esta determinación, y, por tanto, debíamos todos estar siempre y a cada hora preparados. Si se refiere a aquella voluntad que nos es manifestada por su ley, ¿en virtud de qué derecho será castigado (aunque sea con pocos azotes) el que obró contra ella por ignorancia? Demasiado sutil me parece responder con alguno que no dice Cristo que haya de ser azotado el criado porque no cumplió la voluntad del amo a aquella misma determinación de que hablaba de venir a juzgar, acerca de la cual tanto los apóstoles como los demás a quienes advirtió de su advenimiento tenían suficiente conocimiento, como tenemos todos los cristianos; otros, en cambio, la desconocen ahora, como los de entonces la desconocían. Entre unos y otros existe esta diferencia: que los primeros, por lo mismo que saben que tiene determinado venir, conocen la voluntad de su señor, y, con todo, no se disponen, sino que se entregan al sueño; por lo cual serán castigados con muchos azotes, a saber, en pena de aquellos pecados por los que son hallados impedidos y como soñolientos; los otros, en cambio, serán castigados con menos azotes por los mismos pecados, pues así lo hemos de entender para que sea verdadera la sentencia. Unos mismos pecados son en aquéllos de más gravedad, por juntárseles cierto menosprecio de su señor, ya que, conociendo su voluntad y ley de su señor, si hubieran sabido que Cristo había de venir a juzgarlos, o no hubieran cometido tales pecados o los hubieran borrado con adecuada penitencia. Este juzgo que es el sentido verdadero.

Según esta explicación, lo que dice: aquel criado que, conociendo la voluntad de su amo, no se dispuso no procedió conforme a esta voluntad de su amo, no se dispuso ni procedió conforme a esta voluntad, se ha de entender que, además de contravenir la voluntad de su amo, manifestada por sus preceptos, en lo cual pecó, no procedió conforme a la voluntad de su mismo señor, por la que sabía su determinación de venir a juzgar.

Lo que dice del otro, que no conocía (la voluntad del amo) e hizo cosas merecedoras de azotes, no se ha de entender que fue obrando contra aquella misma voluntad de la que antes había dicho: y no hizo conforme a la voluntad del amo, sino contra aquella otra con que sabía haber prohibido los pecados. Por eso no dice aquí: no hizo contra la voluntad del amo, como antes decía, y no hizo según la voluntad del mismo, no fuera a parecer que hablaba de la misma; antes dice porque hizo cosas que merecían azotes, no pudiese alguno objetar diciendo: si, pues, no procedió contra la voluntad de su señor, por ignorar que quería venir, ¿por qué es castigado? A esto se adelanta diciendo que por hacer en contra de otra voluntad del mismo señor, al cometer acciones dignas de castigo.

Se expresa el castigo que habrá en la otra vida en el nombre de azotes, por tratarse en la parábola de siervos o esclavos, cuyo castigo suele ser de azotes, más o menos, según la gravedad de la falta cometida. Por eso dice uno:

Será castigado con muchos azotes, y del otro con pocos.


**1208**


Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo XIX (Ciclo C)



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