Lc 12, 54-59 : Los signos de los tiempos

Texto Bíblico

54 Decía también a la gente: «Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: “Va a caer un aguacero”, y así sucede. 55 Cuando sopla el sur decís: “Va a hacer bochorno”, y sucede. 56 Hipócritas: sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? 57 ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo? 58 Por ello, mientras vas con tu adversario al magistrado, haz lo posible en el camino por llegar a un acuerdo con él, no sea que te lleve a la fuerza ante el juez y el juez te entregue al guardia y el guardia te meta en la cárcel. 59 Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues la última monedilla».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Teofilacto

39-40. Cuando hablaba de la predicación y la llamaba espada, podían turbarse los que lo oían, no comprendiendo lo que quería decir. Por eso añade que, así como se conoce por ciertas señales lo que sucederá en la atmósfera, así también debían conocer su venida. Por esto dice: “Cuando veis una nube de parte del Poniente, luego decís: Tempestad viene: Y cuando sopla el austro decís: Calor hará”, etc. Como si dijese: mis palabras y mis acciones dan a conocer que yo soy diferente de vosotros. Por tanto, podéis conocer que no he venido a traer la paz, sino la lluvia y el huracán. Yo soy, pues, la nube y vengo del ocaso, esto es, de la naturaleza humana oscurecida desde muy antiguo por la niebla de los pecados. He venido también a prender fuego, o lo que es lo mismo, a provocar el ardor, porque Yo soy el viento sur, cálido y opuesto a la frialdad del norte.

58-59. Después de dar a conocer la discordia laudable, el Señor habla a sus discípulos de la paz laudable diciendo: “Cuando vas con tu contrario al magistrado, haz lo posible por librarte de él en el camino”, etc. Como diciendo: Cuando tu enemigo te lleva a juicio, procura -esto es, por todos los medios que puedas- el ser absuelto por él. O bien: procura, es decir, aunque no tengas nada, pide prestado para obtener su perdón y que no te lleve delante del juez. Y continúa: “Porque no te lleve al juez y el juez te entregue al alguacil”.

Beda

54-57. Así como los que quisieron pudieron conocer fácilmente el estado de la atmósfera por la variación de los elementos, así también pudieron, si hubiesen querido, conocer el tiempo de la venida del Señor por lo que dijeron los profetas.

Y por si había entre los que lo oían algunos que, ignorantes de la enseñanza profética, supusieran que no podían conocer el curso de los tiempos, muy oportunamente añadió: “¿Y por qué no juzgáis por vosotros mismos, lo que es justo?” Dando a entender que aun cuando ellos desconocían la ciencia, podían, sin embargo, comprender por la razón natural, que el que hacía cosas que ninguno otro hacía, estaba sobre el hombre y era Dios. Y por consiguiente que, después de las injusticias de esta vida, habría de venir el justo juicio del Creador.

58-59. Nuestro enemigo en el camino es la palabra de Dios contraria a nuestros deseos materiales en la presente vida, del que se libra el que se somete a sus preceptos. De otro modo será entregado al juez, porque en virtud del menosprecio de la palabra de Dios el pecador será tenido como reo en el examen del juez, quien lo entregará al ejecutor -es decir, al espíritu maligno- para la venganza. Y éste lo arrojará en la cárcel, esto es en el infierno, en donde siempre padecerá el castigo sin que nunca pueda obtener el perdón, por lo que jamás saldrá de allí, sino que sufrirá las penas eternas con la terrible serpiente, el diablo.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr

54-57. Los profetas anunciaron por muchos oráculos el misterio de Cristo. Si hubiesen sido prudentes debían, por lo tanto, fijar su atención en lo futuro, para poder conocer los tiempos que vendrán después de la vida presente. Porque habrá viento y lluvia, y suplicio futuro por el fuego. Esto es lo que da a entender cuando dice: “Tempestad viene”. Debían también conocer el tiempo de la salud, esto es, la venida del Salvador, por quien entró en el mundo la perfecta piedad, según el sentido de las palabras: “Decís que hará calor”. Y reprendiéndoles añade: “Hipócritas, sabéis distinguir los aspectos del cielo y de la tierra, ¿pues cómo no sabéis distinguir este tiempo?

San Basilio, ante medium homil. 6, in Hexaemeron

54-57. Debe tenerse en cuenta que las conjeturas por los astros son necesarias para la vida humana, siempre y cuando no se pase de los límites justos del pronóstico. Porque hay algunas señales -particulares, universales, violentas o suaves- para conocer cuándo lloverá y muchas para saber cuándo hará calor y se agitarán los vientos. ¿Quién ignora las ventajas que trae a la vida la conjetura de estos sucesos? Porque interesa a los navegantes el poder pronosticar los peligros de las tempestades, al viajero los cambios del aire, al campesino la abundancia de los frutos.

Orígenes In Lucam hom. 35 y 33

54-57. Si la naturaleza no hubiera puesto en nosotros el conocimiento de lo que es justo, el Salvador nunca hubiese dicho esto.

58-59. De otro modo: Pone aquí cuatro personas, el adversario, el legislador, el ejecutor y el juez. San Mateo omite la persona del magistrado y en vez de ejecutor dice ministro. Se diferencian también en que aquél dijo dinero y éste óbolo; pero uno y otro dijeron hasta el último. Sabemos que todos los hombres llevan consigo dos ángeles: el malo, que nos invita a obrar mal, y el bueno, que nos exhorta a obrar bien. El primero, enemigo nuestro, siempre que pecamos triunfa, sabiendo que tiene el poder de triunfar y de gloriarse ante el príncipe de este mundo que lo ha enviado. En el texto griego dice “el adversario”, con artículo, como para determinar a uno entre muchos, porque cada uno vive bajo el dominio de su príncipe. Procura, por tanto, librarte de tu enemigo, o sea del príncipe ante quien te lleve tu enemigo, teniendo sabiduría, justicia, fortaleza y templanza. Mas si lo procuras así, sea en Aquél que dice: “Yo soy el camino” ( Jn 14,6). De otro modo tu enemigo te presentará al juez. Dice que te presentará para dar a conocer que los que se resisten, serán compelidos a sufrir la condenación. En cuanto al juez que entrega al ejecutor yo no conozco otro que nuestro Señor Jesucristo. Cada uno de nosotros tiene sus propios ejecutores. Estos nos dominan cuando debemos algo. Pero si pagamos todo lo que debemos, podemos ir al ejecutor y con la frente levantada decirle: Nada te debemos. Si fuésemos deudores, en cambio, el ejecutor nos metería en la cárcel y no nos permitiría salir hasta que paguemos todo lo que debemos, puesto que no tiene poder para condonarme ni siquiera un óbolo. El Señor es quien perdonó a un deudor quinientos denarios, y a otro cincuenta ( Lc 7). Este, que es el ejecutor, no es el dueño, sino el encargado por él de exigir las deudas. Dice el último óbolo, porque es lo menor y más pequeño. Ya que nuestros pecados son graves o leves. Bienaventurado, pues, el que no peca. Bienaventurado después de éste, el que peca levemente. Y aun entre los que así pecan hay una gran diferencia, de otro modo no diría “hasta que pague el último óbolo”. E incluso cuando deba poco no saldrá de allí, hasta que pague el más pequeño dinero; pero a aquél que deba mucho, se le hará pagar durante muchos siglos.

Crisóstomo, homil. 16, in Matth

58-59. Me parece que el Salvador habla aquí de los jueces actuales y de la comparecencia en los juicios presentes y de la cárcel de este mundo. Por todas estas cosas que aparecen y ocurren, se enmiendan ordinariamente los hombres culpables. El Señor los amonesta así con frecuencia, no sólo por los bienes y los males de la otra vida, sino también por la presente a causa de la ignorancia de los que lo escuchaban.

San Ambrosio

58-59. Nuestro enemigo es el diablo, que nos tienta con la seducción del mal, para que sufran con él los que lo acompañaron en el error. También es enemiga nuestra toda costumbre viciosa. Por último, es nuestra enemiga nuestra mala conciencia, que nos aflige aquí y nos acusará y condenará en la otra vida. Procuremos, por tanto, mientras vivimos en este mundo, huir de todo acto culpable como de enemigo malo; no sea que yendo con él al juez, nos condene en el camino por nuestro error. Pero ¿quién es el magistrado, sino aquel que tiene toda potestad? Este magistrado entrega al reo a aquel que tiene poder sobre los vivos y los muertos, esto es a Jesucristo, por quien se juzga lo oculto, e impone el castigo de las malas obras. Y él entrega al alguacil y pone en la cárcel, pues dice: “Tomadle y arrojadle a las tinieblas exteriores” ( Mt 22,13). Da a conocer también que sus ejecutores son los ángeles, de quienes dice: “Saldrán los ángeles y separarán los malos de los buenos y los arrojarán al fuego” ( Mt 13,49). Pero aquí añade: “Te digo, que no saldrás de allí hasta que pagues el último dinero”. Así como los que pagan una cantidad no dejan de ser deudores hasta que han pagado, sea como fuere, todo lo que deben, así se redime la pena del pecado por las obras de caridad y otras acciones.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sermón: Ahora es el tiempo de la fe.

Sermón 109 : PL 38, 636

«¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?» (Lc 12,56).

Acabamos de escuchar el evangelio en el que Jesús critica a aquellos que saben reconocer el aspecto del cielo, pero no han sido capaces de descubrir el tiempo en el que era urgente creer en el Reino de los cielos. Es a los judíos a quienes se dirige, pero esta palabra llega hasta nosotros. Ahora bien, el mismo Señor Jesucristo comenzó así su predicación: «Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 4,17). Juan Bautista, su precursor, había comenzado de la misma manera: «Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 3,2). Y ahora el Señor los censura porque no quieren convertirse siendo así que el Reino de los cielos está cerca…

Pertenece a Dios saber cuando vendrá el fin del mundo: sea cuando sea, ahora es el tiempo de la fe… Para cada uno de nosotros el tiempo está cerca, porque somos mortales. Caminamos entre peligros. Si fuéramos de cristal, temeríamos menos. ¿Hay algo más frágil que un recipiente de cristal? Sin embargo lo conservamos y dura siglos, tememos que caiga, pero no la vejez ni la fiebre. Somos, pues, más frágiles y más débiles, y esta fragilidad cada día nos hace temer todo los accidentes que constantemente acechan la vida de los hombres. Y si no son accidentes, es la vida que hace su curso. El hombre evita los enfrentamientos; ¿puede evitar la última hora? Evita lo que viene del exterior; ¿puede echar fuera de sí lo que nace dentro de él? A veces cualquier enfermedad le coge de repente. En fin, el hombre habrá podido ir salvando escollos toda su vida, cuando al fin le llegue la vejez, ya no hay prórroga.

San Juan Pablo II, papa

Carta: Los signos de los tiempos.

Carta Apostólica «Novo Millennio Ineunte» n. 33.

«Saber juzgar lo que es justo» (cf. Lc 12,57).

¿No es acaso un «signo de los tiempos» el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones, ya presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización, ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con él.

La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: «El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21)…

Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato del corazón». Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios.


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