Lc 13, 22-30: La puerta estrecha

El Texto

22 Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. 23 Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» El les dijo: 24 «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán.

25 «Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: “¡Señor, ábrenos!” Y os responderá: “No sé de dónde sois.” 26 Entonces empezaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas”; 27 y os volverá a decir: “No sé de dónde sois, ¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!

28 «Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. 29 Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. 30 «Y hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos.»

Homilías completas

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia, Carta a Deogratias, n. 102

Si Cristo dice que él es el camino de la salvación, la gracia y la verdad, si él es el camino único de retorno al Padre para los creen en él (Jn 16,6), hay algunos que se preguntan por la suerte de todos aquellos que han vivido antes de su venida…
Respondemos que Cristo es la palabra de Dios por la que se hizo todo. Es el Hijo porque es la Palabra, no una palabra que se extingue al ser pronunciada, sino la Palabra inmutable y eterna que está junto al Padre inmutable, que rige el universo espiritual y corporal según la conveniencia de los tiempos y los lugares.

Este Verbo es la sabiduría y la ciencia en persona. Le corresponde regir todo, gobernar todo según el tiempo y de la manera que le parece conveniente… Es siempre él mismo…siempre ha sido el mismo y lo es también hoy…

Por esto, desde la creación del género humano, todos aquellos que han creído en él, de la manera que fuera, todos aquellos que han vivido en la piedad y la justicia según sus preceptos, todos estos, sin duda alguna, han sido salvados por él en cualquier tiempo y lugar en que hayan existido…Así, al igual que nosotros que creemos en el que permanece junto al Padre y que ha venido a nosotros, asumiendo nuestra carne, los antiguos profetas creían en él que permanecía junto al Padre y tenía que venir al mundo. El transcurso del tiempo hace que ahora proclamemos como hecho consumado lo que entonces era el anuncio de un acontecimiento futuro, pero la fe no ha variado y la salvación es la misma.

Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, nn. 1-2

Cristo es la luz del los pueblos. Por eso este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas (cf Mc 16,15).

El Padre Eterno creó el mundo por una decisión totalmente libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los hombres a la participación de la vida divina y, tras la caída de Adán, no los abandonó, sino que les ofreció siempre su ayuda para salvarlos, en consideración a Cristo Redentor, que “es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura” (Col 1,15). A todos los elegidos, el Padre, desde la eternidad, los “conoció y los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo para que éste sea el primogénito de muchos hermanos” (Rom 8, 29). Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia. Esta aparece prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza; se constituyó en los últimos tiempos, se manifestó por la efusión del Espíritu y llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos, desde Adán, “desde el justo Abel hasta el último elegido”, se reunirán con el Padre en la Iglesia universal.

San Próspero de Aquitania (?-v. 460), teólogo laico, La vocación de todos los gentiles, 9

Los que acuden a Dios, apoyándose en él, con el deseo de ser salvados, son realmente salvados: es la inspiración divina la que les hace concebir este deseo de salvación; son iluminados por Él que los llama a que lleguen al conocimiento de la verdad. Son en efecto, los hijos de la promesa, la recompensa de la fe, la descendencia espiritual de Abraham, “una raza elegida, un sacerdocio real” (1P 2,9), previsto desde antiguo y predestinado a la vida eterna… A través de Isaías, el Señor nos dio a conocer su gracia, que hizo de todo hombre una criatura nueva: “He aquí que voy a hacer algo nuevo, ya está brotando,¿ no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes de agua en la estepa…, para dar a beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado, para que proclame mi alabanza”. Y en otro lugar dice: “Ante mí se doblará toda rodilla, por mi jurará toda lengua” (Is 43,19s; 45,23).

Es imposible que todo esto no llegue, porque la providencia de Dios nunca falla; sus designios no cambian; su voluntad perdura y sus promesas no son erróneas. Por consiguiente, todos los que asuman estas palabras serán salvados. Deposita, en efecto sus leyes en sus conciencias, las inscribe con su dedo en sus corazones (Rm 2,15); acceden al conocimiento de Dios, no por el conducto de la enseñanza humana sino bajo la dirección del maestro supremo: «Así pues, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios que hace crecer» (1Co 3,7)… A todos da la posibilidad de cambiar el corazón, tener un juicio justo y una voluntad recta. En el interior de cada hombre, Dios infunde el temor, para que se instruyan con sus mandamientos… celebren la paciencia de su misericordia, y los milagros que ha realizado: porque Dios los ha elegido, los ha hecho sus hijos, herederos de la nueva alianza (Jr. 31,31).

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Teofilacto

22-23. No sólo visitaba las pequeñas poblaciones, como hacen los que quieren engañar a los sencillos; ni sólo las ciudades, como hacen los que son amigos de la ostentación y buscan la gloria, sino que como Señor de todo y padre que a todos provee, andaba por todas partes. No visitaba, pues, ciudades principales, evitando entrar en Jerusalén, como si temiera las acusaciones de los doctores de la ley o la muerte, que podría ser consecuencia de ello. Y por esto añade: “Caminando hacia Jerusalén”. Porque donde había más enfermos, allí convenía más que fuese el médico. Prosigue: “Y le dijo un hombre: Señor, ¿son pocos los que se salvan?”.

25-27. O bien se dice simplemente a los israelitas, porque Jesucristo había nacido de ellos según la carne, y comían y bebían con El y lo oían cuando predicaba. Pero también se refiere esto a los cristianos, porque comemos el cuerpo de Jesucristo y bebemos su sangre cuando nos acercamos todos los días a su sagrada mesa y enseña en las plazas de nuestras almas.

Observa también que son culpables aquellos en cuyas plazas enseña Dios. Por tanto, si lo oímos cuando enseña, no en las plazas, sino en los corazones pobres y humildes, no seremos detestables.

28-29. También esto se refiere a los israelitas, con quienes hablaba, a los cuales sorprende que los gentiles descansen con sus padres mientras que ellos son rechazados. Por esto añadió: “Cuando viereis a Abraham, Isaac y Jacob en el reino de Dios”, etc.

30. Nosotros, según parece, somos los primeros, habiendo recibido desde la cuna la instrucción necesaria y acaso seremos postreros respecto de los gentiles, que creyeron cerca del fin de su vida.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr

22-23. La puerta estrecha significa los trabajos y la paciencia de los santos. Así como la victoria atestigua el valor del soldado en las batallas, así también se hace preclaro el que sufre los trabajos y las tentaciones con paciencia inquebrantable.

No parece que el Salvador satisface al que pregunta si son muchos los que se salvan, cuando dice cuál es el camino por donde cada uno puede justificarse. Pero debe advertirse que el Salvador no acostumbraba a responder a los que le preguntaban, según lo que pensaban, cuando lo hacían sobre cosas sin importancia, sino atendiendo a lo que pudiera ser útil a los que le escuchaban. ¿Qué podría importar a los que oían si eran muchos o pocos los que se salvaban? Más necesario era saber el modo por el cual podría salvarse cada uno. Así que por su bondad, o contestando a las preguntas vanas directamente, lo hace hablando de lo que es más necesario.

25-27. Que sean culpables los que no pueden entrar, lo declara con un ejemplo evidente al decir: “Y cuando el padre de familias hubiere entrado”, etc. Como el padre de familia que convidó a muchos a un festín y después de entrar con los convidados y cerrada la puerta, llegan otros y llaman.

Esto lo decía por los israelitas, que ofreciendo a Dios sus víctimas como mandaba la ley, comían y se regocijaban. Oían también en las sinagogas la lectura de los libros de Moisés, que daba a conocer en sus escritos, no lo suyo, sino lo de Dios.

28-30. Los gentiles han sido, pues, preferidos a los judíos, que ocupaban el primer lugar.

San Agustín, De verb. Dom. serm. 31-32

22-24. El Señor confirmó lo que oyó, esto es, que son pocos los que se salvan, porque entran pocos por la puerta estrecha. Dice esto mismo en otro lugar ( Mt 7): “Es estrecho el camino que conduce a la salvación y son pocos los que andan por él”. Por esto añade: “Porque os digo que muchos procurarán entrar”.

No se contradice el Señor al decir que son pocos los que entran por la puerta estrecha, cuando en otro lugar dice ( Mt 8,11): “Vendrán muchos del Oriente”, etc. Son pocos en comparación de los que se pierden y muchos en la sociedad de los ángeles. Apenas se ven los granos cuando son trillados en la era, pero son tantos los granos que salen de esta era, que llenan el granero del cielo.

Beda

24. Atraídos por el deseo de salvarse y no podrán, asustados por las asperezas del camino.

25-27. El padre de familia es Jesucristo, el cual, aunque por su Divinidad se halla en todas partes, se dice que está dentro para los que llena de alegría en el cielo con su presencia, pero que está fuera para aquéllos que pelean en esta peregrinación y a quienes ayuda invisiblemente. Entrará, pues, cuando lleve a toda la Iglesia a la contemplación de su grandeza. Cerrará la puerta cuando quite a los réprobos el tiempo de hacer penitencia. Los que llaman estando fuera, esto es, los que están separados de los justos, en vano implorarán la misericordia que despreciaron. Por esto sigue: “Y El os responderá diciendo: No sé de dónde sois vosotros”.

En sentido místico come y bebe delante del Señor el que recibe con avidez el alimento de su palabra. Por esto -como exponiendo- añade: “Y en nuestras plazas enseñaste”. La Escritura es en lugares oscuros como una comida, porque se la parte, digámoslo así, al exponerla y se la toma el gusto meditándola. Y es como bebida en los lugares claros, en donde la recibimos como se encuentra. Este convite no ofrece atractivo al que no recomienda la piedad de la fe. Ni la ciencia de las Escrituras hace conocido de Dios al que hace indigno la iniquidad de sus obras. Por ello sigue: “No sé de dónde sois vosotros. Apartaos de mí”, etc.

28-30. Hay, pues, doble castigo en el infierno: de frío y de calor. Por ello sigue: “Allí será el llorar y el crujir de dientes”. El llanto proviene del ardor y el rechinar de dientes del frío. Además el rechinar de dientes manifiesta la indignación, porque el que se arrepiente tarde se irrita contra sí mismo.

Muchos que al principio son fervorosos, después se vuelven tibios y muchos que al principio son tibios, de pronto se hacen fervorosos. Muchos despreciados en esta vida habrán de ser glorificados en la otra y otros, honrados por los hombres, serán condenados al fin.

San Basilio

22-24. Así como en la vida humana el camino que se aparta de la rectitud es muy ancho, así el que sale del que conduce al reino de los cielos se encuentra en una gran extensión de errores. El camino recto es estrecho y tiene pendientes peligrosas, tanto a la izquierda como a la derecha; como sucede en un puente, desde el cual se cae al agua inclinándose a un lado o a otro (in Reg. brev. ad inter., 240).

En efecto, el alma vacila siempre, cuando reflexiona en la eternidad se decide por la virtud. Pero cuando mira lo presente prefiere los placeres de la vida. Aquí ve la sensualidad y los deleites de la carne, allí la sujeción y la servidumbre y cautiverio de la misma. Aquí la embriaguez, allí la sobriedad. Aquí las risas disolutas, allí la abundancia de lágrimas. Aquí las danzas, allí la oración. Aquí el canto, allí el llanto. Aquí la lujuria, allí la castidad (in Psalm. 1).

25-27. Sin duda habla a quienes describe el Apóstol en su propia persona diciendo ( 1Cor 13,1-3): “Si yo hablase lenguas de hombres y de ángeles, si tuviese en mí toda ciencia, si distribuyese todas mis riquezas para dar de comer a los pobres y no tuviese caridad, todo esto de nada me aprovecharía”, porque lo que no se hace en vista del amor divino, sino para obtener alabanzas de los hombres, no es laudable delante de Dios (in Reg., brev. ad interrog. 282).

Crisóstomo, homil. 24 et 40

22-24. ¿Cómo, pues, dice el Señor en otro lugar ( Mt 11,30), “mi yugo es suave y mi carga ligera”? No se contradice ciertamente, sino que dice esto por la naturaleza de las tentaciones y aquello por el afecto de los que las sufren. Porque cuando tomamos una cosa con gusto, la consideramos ligera, por muy pesada que sea. Y si bien es verdad que el camino de la salvación es estrecho a la entrada, sin embargo, por él se llega a la mayor anchura. Por el contrario el camino ancho conduce a la perdición.

San Gregorio

22-24. Antes de hablar de la entrada de la puerta estrecha, dice: “Porfiad”, porque si no se excita el fervor del alma, será imposible dominar las olas del mundo, que siempre hunden al alma en el abismo (11, Moral., cap. 28. super Iob 14,2).

25-27. Para Dios el no conocer equivale a reprobar. Así como se dice que un hombre verídico no sabe mentir porque no quiere mancharse mintiendo y no se da a entender que no sepa mentir si quisiera, sino que no quiere, porque por amor a la verdad mira como cosa despreciable decir cosas falsas. Así, la luz de la verdad desconoce las tinieblas que reprueba. Y prosigue: “Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti comimos y bebimos”, etc (2,4 Moral., super Iob 1,7).

San Eusebio

30. Los padres citados, antes de publicarse la ley abandonaron el error de los politeístas, en la forma que el Evangelio ordena. Adquirieron sublime conocimiento de Dios y se igualaron a ellos muchos gentiles por la semejanza de su vida, en tanto que sus hijos se han separado de la disciplina evangélica. Por lo cual sigue: “Y he aquí que son postreros los que serán primeros y que son primeros los que serán postreros”.

Glosa

22. Después de las parábolas sobre la multiplicación de la doctrina evangélica, se propone extenderla por todas partes por medio de la predicación. Por esto dice: “E iba por las ciudades y aldeas”.

23-24. Esta cuestión parece referirse a aquello de que antes se trataba, porque había dicho en la primera parábola que descansarían las aves del cielo en sus ramas y por esto podía comprenderse que serían muchos los que se salvarían. Y como aquél sólo preguntaba por todos, el Señor no le respondió en singular. Continúa, pues: “Y les dijo: porfiad en entrar por la puerta angosta”.

28. Rechinarán los dientes aquellos que aquí gozaban en la voracidad y llorarán los ojos que aquí se extraviaban en las concupiscencias. Por medio de estas dos cosas patentiza la verdadera resurrección de los impíos.

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