Lc 13, 31-35: Herodes el astuto y apóstrofe a Jerusalén

Texto Bíblico

31 En aquella misma ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: «Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte». 32 Y les dijo: «Id y decid a ese zorro: “Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada. 33 Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido. Mirad, vuestra casa va a ser abandonada. 35 Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Cirilo, in Cat. graec. Patr

31-33. Las palabras del Señor ya dichas excitaron la ira en el ánimo de los fariseos, porque veían que los pueblos ya arrepentidos abrazaban la fe de Jesucristo. Por eso, como perdían la autoridad que tenían sobre los pueblos y disminuía su lucro, aparentando que amaban al Salvador, le aconsejan que se marche de allí. Por esto dice: «En aquel mismo momento se acercaron algunos fariseos, y le dijeron: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”.» Pero como Jesús conoce sus corazones y fines, les responde con mansedumbre y por medio de figuras. Por ello sigue: «Id a decir a ese zorro…»

Pero parece que estas palabras se han cambiado y que no se refieren a la persona de Herodes (como algunos han creído), sino más bien a las falsedades de los fariseos. Porque manifiesta que el fariseo queda cerca cuando dice: “Id y decid a esta raposa”, como dice el texto griego. Luego mandó que se dijese lo que podía excitar a la turba de los fariseos: «Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado.» Ofreció hacer lo que desagradaba a los judíos, esto es, que mandaría a los espíritus inmundos y libraría a los enfermos de sus enfermedades, hasta que sufriese el tormento de la cruz por su propia voluntad. Y como los fariseos creían que temería la mano de Herodes, El -que era Señor de todos los poderes- rechazó este pensamiento diciendo: «Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante…» Cuando dice “conviene”, no da a entender que hay una necesidad imperiosa, sino que más bien andaba por su propia voluntad por donde quería, hasta que sufriese la muerte en la venerada cruz; cuyo momento manifiesta diciendo: “Hoy y mañana”.

34-35. El Señor se había separado de Jerusalén, como abandonando a los que no eran dignos de su presencia. Pero después de haber realizado muchos milagros volvió a Jerusalén, cuando le salió al encuentro la muchedumbre diciendo (Mt 21,9): ¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Beda

31-34. «Id a decir a ese zorro.» Por los engaños y por las acechanzas llama a Herodes zorra, la cual es un animal astuto que se esconde en las cuevas para acechar, que exhala un olor fétido y que nunca sigue los caminos rectos. Todo lo cual conviene a los herejes, cuyo tipo es Herodes, quienes se esfuerzan en extinguir en los fieles la humildad de la fe cristiana, es decir, a Cristo.

«¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido!» Llama Jerusalén, no a las piedras ni a los edificios, sino a los habitantes, a quien llora con afecto de padre.

Con mucha propiedad llama zorra a Herodes, que fraguaba su muerte. Y se compara a sí mismo con un ave, porque las zorras acechan siempre con engaño a las aves.

35. «Pues bien, se os va a dejar vuestra casa…» Esto significa que a la misma ciudad a que había llamado nido, ahora la llama casa de los judíos. Porque habiendo sido crucificado el Señor, vinieron los romanos, rompieron aquel nido vacío y se apoderaron de la ciudad que ocupaban, de su gente y de su reino.

«Os digo que no me volveréis…», es decir: no veréis mi rostro cuando venga por segunda vez si no hacéis penitencia y confesáis que yo soy el Hijo del Padre Omnipotente.

Teofilacto

31-33. «Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado”.»Como si dijera. ¿Qué pensáis de mi muerte? He aquí que se consumará pronto. Hoy y mañana significa muchos días, como entre nosotros suele decirse hoy y mañana se hará esto, lo cual no quiere decir que se haga en este espacio de tiempo. Y para que expongamos con más claridad este pasaje del Evangelio, no hemos de entender “Es necesario que yo ande hoy y mañana”, sino que “me detenga en el día de hoy y el de mañana” y añadir después “marcharé al día siguiente”, como muchas veces acostumbramos decir cuando contamos: domingo, lunes, martes yo saldré, como hablando de dos días para señalar el tercero. Así, el Señor como contando, dice: “Pero es necesario que yo ande hoy y mañana y después en el tercero entre en Jerusalén”.

Pero como ellos decían «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte» y como hablaban en Galilea, donde reinaba Herodes, manifiesta que no estaba ordenado que padeciese en Galilea, sino en Jerusalén. Por esto sigue: «Porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén.» Cuando dice no cabe (esto es, no conviene) que un profeta sea muerto fuera de Jerusalén, no creas que obliga a los judíos con una fuerza coactiva, sino que les dice esto, refiriéndose a la avidez que tenían de su sangre. Como si alguno viendo a un cruel asesino dijese: este camino en el que acecha el asesino, debe estar regado con la sangre de los pasajeros. Así, no convenía que el Dios de los profetas muriese en otro lugar que en donde habitan ladrones, porque acostumbrados a derramar la sangre de los profetas, matarían también al Señor. Por esto continúa: «¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados.»

35. «se os va a dejar vuestra casa», esto es vuestro templo, como si dijese: Mientras erais virtuosos, el templo era mío, pero desde que lo hicisteis cueva de ladrones, no es ya mi casa sino vuestra. O, llama casa a toda la nación judía, según el salmo (Sal 134,19): “Casa de Jacob, bendecid al Señor”, con lo que manifiesta que era El mismo quien los gobernaba y los libraba de las manos de sus enemigos.

Prosigue: «Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» Y entonces, aunque contra su voluntad, lo confesarán como Salvador y Señor, cuando ningún provecho les resultará de ello. Diciendo pues, “No me veréis hasta que venga”, etc., no indica aquella hora, sino el tiempo de su crucifixión, como diciendo: Después que me crucifiquéis no me veréis ya hasta que vuelva a venir.

San Agustín, De cons. Evang. lib. 2, cap. 75

32. «Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén.» En sentido místico se comprende que estas palabras las dijo refiriéndose a su cuerpo, que es la Iglesia. Porque son expulsados los demonios cuando, abandonadas las supersticiones, los gentiles creen en El. Y se verifican las curaciones cuando según sus mandatos se renuncie al diablo y a las vanidades del mundo y llegue la Iglesia al fin de la resurrección (que se verificará como en el tercer día) a la perfección angélica por la inmortalidad del cuerpo.

34-35. [Dice pues: Yo quise y tú no has querido, como diciendo, cuando he reunido a tantos por mi voluntad siempre eficaz, lo he hecho contra la tuya, porque siempre has sido ingrata] ( in Enchirid)

No parece que contradice a esta narración de San Lucas lo que dijo la muchedumbre al llegar el Señor a Jerusalén (Mt 21): “Bendito el que viene en el nombre del Señor”, porque todavía no había ido allí y no se había dicho esto.

Pero como San Lucas -para no venir hasta el tiempo en que se dirían estas palabras- no dice a dónde fue el Señor cuando se separó de allí, porque continúa su camino hasta que llega a Jerusalén, alude con esto a su gloriosa venida.

Debe entenderse que San Lucas quiso ocuparse de esto antes de llevar a Jesús en su narración hasta Jerusalén, o que, estando ya cerca de esta ciudad, respondió a los que le aconsejaban que se preservase de Herodes, lo que San Mateo dice que habló cuando ya había llegado a Jerusalén.

San Juan Crisóstomo

34a. “Jerusalén, Jerusalén…!” La repetición de la palabra Jerusalén demuestra compasión o demasiado amor, porque le habla como a una amiga que desprecia a su amante y que por ello habrá de ser castigada.

34b. Manifiesta cuánto se habían olvidado de las divinas bondades añadiendo: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido!» Los llevó como de la mano por el sapientísimo Moisés, los advirtió por medio de sus profetas, quiso tenerlos bajo sus alas (esto es, al amparo de su poder), pero ellos se privaron de beneficios tan grandes mostrándose desagradecidos.

San Basilio, in Esaiam, cap. 16

34-35. También compara a los hijos de Jerusalén con los pollos que están en el nido, como diciendo: Las aves que pueden volar a lo alto, están libres de las asechanzas de sus perseguidores, pero tú serás como el pollo, que necesita de la protección y de la defensa ajena. Y cuando la madre vuele, serás arrancada del nido, impotente para defenderte y débil para huir. Por ello sigue: «He aquí que os será dejada desierta vuestra casa”.

Grec. vel Severus in Cat. graec-

34a. «Jerusalén, Jerusalén…!» La repetición de la palabra es también una vehemente reprensión, porque aquella que conoce a Dios, ¿cómo persigue a sus ministros?


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia

Obras: Los santos lugares son útiles a los que llevan su cruz.

Tratado sobre el salmo 95; CCL 78, p. 154-155; Cartas 58,2-4; PL 22, 580.

«Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces he querido reunir a tus hijos» (Lc 13,).

La cruz de Cristo es la salvación del género humano; sobre esta columna se construye su casa. Cuando hablo de la cruz, no me refiero al madero sino a la pasión. Esta cruz se encuentra tanto en Bretaña como en India y en el universo entero…. Feliz aquel que lleva en su corazón la cruz y la resurrección, al igual que el lugar de su nacimiento y el lugar de la ascensión de Cristo al cielo. Feliz aquel que tiene Belén en su corazón y en el que Cristo puede nacer cada día… Feliz aquel en cuyo corazón Cristo resucita cada día porque cada día se arrepiente de sus pecados más leves. Feliz aquel que cada día sube del monte de los olivos al Reino de los cielos, donde las aceitunas son sabrosas y donde nace la luz de Cristo…

No nos debemos felicitar por haber estado en Jerusalén, sino por haber vivido santamente en ella. La ciudad que debemos buscar no es la que mató a los profetas y derramado la sangre de Cristo, sino aquella que se alegra por los canales de un río que viene de Dios (cf Sal 46,5), la que, construida sobre un monte, no puede quedar escondida, aquella que el apóstol Pablo proclama la madre de los santos y en la que él mismo se alegra de residir juntamente con los justos (Sal 45,5; Mt 5,14; Ga 4,26)… No me atrevería a limitar el poder ilimitado de Dios, a quien el mismo cielo no puede contener, a un lugar determinado o a confinarlo a un pequeño rincón de la tierra. Cada creyente es apreciado según el mérito de su fe y no por el lugar en que habita; y los verdaderos adoradores no tienen necesidad ni de Jerusalén ni de Garizim para adorar al Padre, porque «Dios es espíritu» y sus adoradores deben «adorarlo en espíritu y en verdad» (Jn 4,21-23). Y también, «el Espíritu sopla donde quiere» (Jn 3,8) y «del Señor es la tierra y cuanto la llena» (Sal 23,1)…

Los santos lugares de la cruz y la resurrección sólo son útiles a los que llevan su cruz, resucitan con Cristo cada día y dan muestras de ser dignos de habitar en tales sitios. En cuanto a los que dicen «El Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor» (Jr 7,4), que escuchen esta palabra del apóstol: «Vosotros sois el templo de Dios si el Espíritu de Dios habita en vosotros» (1Co 3,16)… No creas, pues, que le falta algo a tu fe si no has visto Jerusalén y no creas que yo soy mejor por el hecho de vivir en este lugar. Sino que aquí o donde sea recibirás la recompensa según sean tus obras delante de Dios.

San Juan Pablo II, papa

Carta:

Carta apostólica “Redemptoris Anno”, 20-04-1984.

«¡Jerusalén […]! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos» (Lc 13,).

Además de estos eximios y eminentes testimonios, Jerusalén acoge comunidades vivas de creyentes, cuya presencia es prenda y fuente de esperanza para las personas que desde todas las partes del mundo miran a la Ciudad Santa como a un patrimonio espiritual propio y un signo de paz y de armonía. Así es, porque en su calidad de patria del corazón de todos los descendientes espirituales de Abraham, para quienes resulta inmensamente entrañable, y en su calidad de punto de confluencia, Jerusalén se levanta, a los ojos de la fe, entre la trascendencia infinita de Dios y la realidad del ser creado, como símbolo de encuentro, de unión y de paz para toda la familia humana. La Ciudad Santa encierra, pues, una profunda invitación a la paz, dirigida a toda la humanidad, y en particular a los adoradores del Dios único y grande, Padre misericordioso de los pueblos. Pero, por desgracia, hay que reconocer que Jerusalén está siendo motivo de persistente rivalidad, de violencia y de reivindicaciones exclusivistas.

Esta situación y estas consideraciones traen espontáneamente a los labios las palabras del Profeta: “Por amor de Sión yo no me callaré, y por Jerusalén no pararé hasta que resplandezca su justicia como luz esplendente, y su salvación como antorcha encendida” (Is 62, 1). Pienso y suspiro por el día en que todos seamos realmente tan “enseñados por Dios” (Jn 6, 45), que escuchemos su mensaje de reconciliación y de paz. Pienso en el día en que judíos, cristianos y musulmanes puedan intercambiarse en Jerusalén el saludo de paz que Jesús dirigió a los discípulos, después de su resurrección: “La paz sea con vosotros” (Jn 20, 19).

Juliana de Norwich, reclusa inglesa

Obras:

Revelaciones del amor divino, cap. 31.

«Cuántas veces quise reunir a tus hijos» (Lc 9,).

La sed espiritual de Cristo tendrá final. He aquí su sed: su deseo intenso de amor hacia nosotros, que durará hasta el juicio final. Ya que los elegidos, que serán la alegría y la felicidad de Jesús durante toda la Eternidad, están aún en parte aquí abajo, y, después de nosotros, habrá otros hasta el último día. Su sed ardiente es poseernos a todos en Él, para su gran felicidad – por lo menos, esto es lo que me parece a mí…

En tanto que Dios, es la felicidad perfecta, bienaventuranza infinita que no puede ser aumentada ni disminuida… Pero la fe nos enseña que, por su humanidad, quiso sufrir la Pasión, sufrir todo tipo de dolores y morir por amor a nosotros y para nuestra felicidad eterna… En tanto que es nuestra Cabeza, Cristo está consagrado y no puede seguir sufriendo; pero, puesto que es también el cuerpo que une a todos sus miembros (Ef. 1,23), no está todavía completamente glorioso e impasible. Por eso, siente siempre este deseo y esta sed que sentía de Cruz (Jn 19,28) y que me parece, estaban en él desde toda la Eternidad. Y así se puede decir ahora y se dirá, hasta que la última alma salvada, haya entrado en esta Bienaventuranza.

Sí, tan cierto es que hay en Dios misericordia y piedad, como que hay en Él esa sed y ese deseo. En virtud de este deseo, que está en Cristo, nosotros también lo deseamos: sin esto ninguna alma llega al cielo. Este deseo y sed proceden, me parece, de la infinita bondad de Dios, y su misericordia…; y esta sed persistirá en él, mientras estemos en la indigencia, atrayéndonos a su Bienaventuranza.

Juan Taulero, dominico en Estrasburgo

Sermón:

Sermón 21, 4º para la Ascensión.

«¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero no habéis querido!» (Lc 9,).

Jerusalén era una ciudad de paz, y fue también una ciudad de tormento, porque en ella Jesús sufrió inmensamente y en ella murió dolorosamente. Es en esta ciudad que hemos de ser sus testigos, y no con palabras sino en verdad, con nuestra vida, imitándolo tanto como podamos. Muchos hombres habría que, gustosamente, serían testigos de Dios en la paz con tal que todo les fuera según su criterio. Gustosamente serían santos, con la condición de no encontrar nada amargo en los ejercicios y trabajos para llegara a serlo. Querrían gustar, desear y conocer las dulzuras divinas sin tener que pasar por ninguna clase de amargura, pena o desolación. En cuanto les sobrevienen fuertes tentaciones y tinieblas, en cuanto les deja el sentimiento y la conciencia de estar en Dios, en cuanto se sienten abandonados interior y exteriormente, entonces todo lo abandonan y así dejan de ser verdaderos testigos.

Todos los hombres buscan la paz. Por todas partes, en sus obras y de todas maneras buscan la paz. ¡Ah! que podamos nosotros liberarnos de esta búsqueda y podamos buscar la paz en el tormento. Es tan sólo ahí que nace la verdadera paz, la que permanece, la que perdura…Busquemos la paz en el dolor, el gozo en la tristeza, la simplicidad en la multiplicidad, la consolación en la amargura; es así que llegaremos a ser en verdad los testigos de Dios.

Santo Tomás de Aquino

Suma Teológica: ¿Padeció Cristo en el lugar apropiado?

q. 46, art. 10: Santo Tomás da interesantes detalles sobre la muerte de Cristo en Jerusalén

Objeciones por las que parece que Cristo no padeció en el lugar apropiado.
1. Cristo padeció en su naturaleza humana, que fue concebida por la Virgen en Nazaret, y que nació en Belén. Luego parece que no debió padecer en Jerusalén, sino en Nazaret o en Belén.
2. La verdad debe corresponder a la figura. Pero la pasión de Cristo estaba figurada por los sacrificios de la ley antigua. Y tales sacrificios se ofrecían en el templo. Luego también Cristo debió padecer en el templo, y no fuera de las puertas de la ciudad.
3. La medicina debe responder a la enfermedad. Ahora bien, la pasión de Cristo fue medicina contra el pecado de Adán. Pero éste no fue sepultado en Jerusalén, sino en Hebrón, pues en Jos 14,15 se dice: El nombre primitivo de Hebrón fue Quiryat-Arbé; Adán, el mayor de todos, fue enterrado allí, en tierra de los Anaquitas. Luego parece que Cristo debió padecer en Hebrón y no en Jerusalén.
Contra esto: está lo que se lee en Lc 13,33: No es posible que un profeta perezca fuera de Jerusalén. Por consiguiente, padeció oportunamente en Jerusalén.

Respondo: Como se escribe en el libro Octoginta trium quaest., el Salvador lo realizó todo en los lugares y en los tiempos apropiados, porque, así como todas las cosas están en sus manos, así también lo están todos los lugares. Y, por consiguiente, lo mismo que Cristo padeció en el tiempo debido, igualmente padeció en el lugar oportuno.

Soluciones a las objeciones:
1. Cristo padeció convenientísimamente en Jerusalén.
Primero, porque Jerusalén era el lugar elegido por Dios para que allí le fueran ofrecidos los sacrificios. Tales sacrificios figuraban la pasión de Cristo, que es el verdadero sacrificio, según aquellas palabras de Ep 5,2: Se entregó a si mismo como hostia y oblación de suave olor. Por lo cual dice Beda, en una Homilía, que acercándose la hora de la pasión, quiso el Señor acercarse al lugar de la pasión, es decir, a Jerusalén, adonde llegó cinco días antes de la Pascua; como el cordero pascual, cinco días antes de la Pascua, esto es, en la décima luna, era llevado al lugar de la inmolación, conforme al precepto de la ley (cf. Ex 12).
Segundo, porque la eficacia de su pasión debía extenderse por todo el mundo, quiso padecer en medio de la tierra habitable, es decir, en Jerusalén. Por esto se dice en Sal 73,12: Dios, nuestro Rey antes de los siglos, Él realizó la salvación en medio de la tierra, es decir, en Jerusalén, de la que se asegura ser el ombligo de la tierra.
Tercero, porque esto convenía en grado sumo a su humildad, es a saber: para que, como eligió el más infame género de muerte, así también correspondió a su humildad el no rehuir padecer la ignominia en un lugar tan célebre. Por lo que el papa León, en un Sermón de Epifanía, dice: El que había tomado la forma de siervo, prefirió Belén para su nacimiento, Jerusalén para su pasión.
Cuarto, para hacer ver que la iniquidad de los que le mataron tuvo su origen en los príncipes del pueblo. Y por eso quiso padecer en Jerusalén, donde ellos vivían. De donde, en Ac 4,27, se dice: Juntáronse en esta dudad contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel.

2. Cristo no padeció en el templo o en la ciudad, sino fuera de sus puertas, por tres motivos.
Primero, para que la verdad correspondiese a la figura. Pues el novillo y el macho cabrío, que se ofrecían en sacrificio solemnísimo para expiación de todo el pueblo, eran quemados fuera del campamento, como está mandado en Lv 16,27. Por lo cual se dice en He 13,11-12: Los cuerpos de aquellos animales cuya sangre, ofrecida por los pecados, es introducida en el santuario por el pontífice, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, afín de santificar a su pueblo, padeció fuera de las puertas.
Segundo, para darnos así ejemplo sobre el modo de salir de la vida mundana.
Por eso, en el mismo pasaje se añade: Salgamos, pues, a El fuera del campamento, cargando con su oprobio (v. 13).
Tercero, porque, como dice Crisóstomo en un Sermón de Pasión, el Señor no quiso padecer bajo techado, ni en el Templo judaico, para que los judíos no sustrajesen furtivamente el sacrificio de la salvación, y para que no pensasen que sólo se había ofrecido por aquel pueblo. Y por eso padeció fuera de la ciudad, fuera de las murallas, para que comprendas que el sacrificio es común, que es la oblación de la tierra entera, que la purificación es común.

3. Como escribe Jerónimo In Matth., alguno explicó el “lugar del calvario” porque allí fue sepultado. Adán, y, en consecuencia, que fue llamado así porque allí fue enterrada la cabeza del primer hombre. Esta interpretación es bien acogida y halaga los oídos del pueblo, pero no es cierta. Fuera de la ciudad, y fuera de las puertas, hay lugares en que son decapitados los condenados, y por eso se han llamado “calvarios”, esto es, “lugar de los decapitados”. Por eso fue crucificado allí Jesús, a fin de que los estandartes del martirio fuesen erigidos allí donde antes estaba el lugar de los condenados. En el libro de Josué, hijo de Nun, se lee que Adán fue sepultado junto a Hebrón.
Y Jesús debía ser crucificado en el lugar común de los condenados, más bien que junto al sepulcro de Adán, con el fin de hacer ver que la cruz de Cristo era el remedio no sólo contra el pecado personal de Adán, sino contra los pecados del mundo entero.

San Ireneo

Tratado contra las herejías, 41: Los hijos del maligno

41,1. El [Jesucristo] afirmó que algunos de los ángeles pertenecen al diablo, y para ellos se preparó el fuego eterno (Mt 25,41). También dice en la parábola de la cizaña: “La cizaña son los hijos del maligno” (Mt 13,38). Por eso debemos decir que adscribió a todos los apóstatas a aquel que es el iniciador de la transgresión. No es que (el demonio) haya creado en cuanto a su naturaleza a los ángeles y a los seres humanos. En efecto, nada se halla (en la Escritura) que el diablo haya hecho, pues él mismo es una creatura de Dios, como lo son los demás ángeles. Dios fue quien hizo todas las cosas, como dice David: “Dijo, y todas las cosas fueron hechas; lo mandó, y fueron creadas” (Sal 33,9).

41,2. Y como Dios creó todas las cosas, pero el diablo se convirtió en causa de la apostasía propia y de los otros, con justicia la Escritura a quienes perseveran en la apostasía siempre los llama hijos del diablo y ángeles del maligno. Según hemos explicado anteriormente, de dos maneras se puede llamar hijo a una persona: o por naturaleza, en cuanto que es hijo de nacimiento; o porque se hace hijo y se le tiene por tal. Y hay diferencia entre nacer y hacerse: porque el primero nace de otro; en cambio el segundo es hecho por otro, es decir, o en cuanto a su ser o en cuanto a la enseñanza doctrinal [1]; pues suele llamarse hijo de un maestro también a quien éste educa con su palabra, y al maestro se le llama padre. En cambio, por naturaleza todos somos hijos de Dios por la creación, pues él nos ha hecho. Mas en cuanto a la obediencia y la doctrina, no todos son hijos de Dios, sino los que creen en él (Jn 1,12) y hacen su voluntad (Mt 12,50). Quienes no creen ni hacen su voluntad son hijos y ángeles del diablo, porque hacen la voluntad del diablo (Jn 8,41). Por eso dice Isaías: “Hijos crié y elevé, pero ellos me despreciaron” (Is 1,2). Y también los llama hijos de extraños: “Esos hijos extranjeros me engañaron” (Sal 18,46). Por naturaleza son sus hijos, porque él los hizo; pero por sus obras no son sus hijos.

41,3. Entre los seres humanos, los hijos rebeldes a sus padres que reniegan de ellos, son hijos por naturaleza; pero por ley se pueden enajenar, pues sus padres naturales los desheredan. De modo semejante quienes no obedecen a Dios y reniegan de él, dejan de ser sus hijos. Por eso no pueden recibir su herencia, como dice David: “Desde antes de nacer se corrompen los malvados, su veneno es semejante al de la víbora” (Sal 58,4-5). Por eso el Señor, sabiendo que eran hijos de seres humanos, sin embargo les llamó “raza de víboras” (Mt 23,33), pues se parecen a esos animales por su modo tortuoso de moverse para dañar a los demás: “Cuidaos, dijo, de la levadura de los fariseos y saduceos” (Mt 16,6). Y afirmó de Herodes: “Id y decid a esa zorra” (Lc 13,32), para dar a entender su dolo y su astucia llena de malicia. Por eso el profeta Jeremías dijo: “El hombre a quien se eleva a los honores se convierte en bestia” (Sal 49,21) [2]. Y también: “Se hicieron como caballos en celo ante la hembra, cada uno de ellos relincha por la mujer del prójimo” (Jr 5,8).

Isaías, predicando en Judea en disputa con Israel los llamaba “príncipes de Sodoma y pueblo de Gomorra” (Is 1,10). Así daba a entender que ellos se habían hecho semejantes a los sodomitas, por la transgresión y por cometer los mismos pecados: por la semejanza de sus actos los llamó con la misma palabra. No es que Dios los hubiera hecho así por naturaleza, ya que ellos podían obrar justamente, pues les dijo dándoles un buen consejo: “Lavaos, purificaos, arrojad de vuestros corazones la maldad ante mis ojos, apartaos de vuestras iniquidades” (Is 1,16); porque ellos cometían pecado como los sodomitas, también como ellos recibirían el castigo; mas si se convertían, hacían penitencia y se apartaban de sus maldades, podían volver a ser hijos de Dios y alcanzar la herencia de la incorrupción que él otorga. En este sentido llamó a quienes creen en el diablo y actúan según sus obras, ángeles del diablo e hijos del maligno. Uno y el mismo Dios los creó a todos en un principio; cuando creen en Dios, lo obedecen, perseveran en guardar su doctrina, son hijos de Dios; mas cuando se apartan de él y pecan, se les adscribe al diablo, el cual desde el principio se convirtió en causa de la apostasía, propia y de los otros.


Notas

[1] En la antigüedad era común llamar “padres” a los maestros.
[2] Nótese que atribuye a Jeremías la cita de un Salmo.

Concilio Vaticano II

Declaración Nostra Aetate: muerte voluntaria de Cristo

n. 4.

Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el tiempo de su visita, gran parte de los judíos no aceptaron el Evangelio e incluso no pocos se opusieron a su difusión. No obstante, según el Apóstol, los judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación.

La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y “le servirán como un solo hombre” (Soph 3,9).

Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno.

Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.

Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos.

Por los demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente y movido por inmensa caridad, su pasión y muerte, por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia.

Catecismo de la Iglesia Católica

Jesús y el Templo

nn. 583-586

583. Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23).

584. Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21, 13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: ‘El celo por tu Casa me devorará’ (Sal 69, 10)” (Jn 2, 16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21).

585. Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc 13, 35). Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (cf. Mt 27, 39-40).

586. Lejos de haber sido hostil al Templo (cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17, 14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su enseñanza (cf. Jn 18, 20), Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro (cf. Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia (cf. Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres (cf. Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22) anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre”(Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-24; Mt 27, 51; Hb 9, 11; Ap 21, 22).

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