Lc 14, 15-24: Los invitados que se excusan

Texto Bíblico

15 Uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!». 16 Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; 17 a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado”. 18 Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor”. 19 Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor”. 20 Otro dijo: “Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir”. 21 El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. 22 El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio”. 23 Entonces el señor dijo al criado: “Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. 24 Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Gregorio, in hom. 36, in Evang

15-20. Celebró una gran cena porque nos preparó la saciedad de su eterna dulzura; llamó a muchos pero vienen pocos. Porque sucede con frecuencia que aun los mismos que le están sometidos por la fe contradicen con su vida el convite eterno. Hay una diferencia entre las complacencias del cuerpo y las del corazón y es que cuando no se disfrutan las del cuerpo se tiene un gran deseo de ellas; y cuando se obtienen, hastían por la saciedad al que las alcanza. Lo contrario sucede con las delicias espirituales. Cuando no se tienen parecen desagradables; y cuando se alcanzan, se desean más. La suprema piedad nos recuerda y ofrece a nuestros ojos las delicias desdeñadas y nos excita a que rechacemos el disgusto que nos causan. Por esto sigue: “Y envió a uno de sus siervos”.

Por este siervo, que fue enviado por el padre de familia para invitar, está representado el orden de predicadores. Muchas veces suele suceder que un poderoso tenga un criado despreciable y cuando el amo manda algo por medio de él, no se menosprecia a la persona del criado que habla, porque se respeta a la del señor que lo envía. Dios nos ofrece, pues, lo que debía ser rogado, en vez de rogar. Quiere dar lo que casi no podía esperarse y, sin embargo, todos se excusan a una. Sigue, pues: “Y empezaron todos a una a excusarse”. He aquí que un hombre rico es quien convida y los pobres se apresuran en acudir: somos invitados al convite de Dios y nos excusamos.

También se representan los bienes de la tierra por la granja. Sale, pues, a verla el que sólo fija su atención en la sustancia de los bienes de la tierra.

Y como los sentidos corporales no pueden comprender las cosas interiores y sólo conocen las exteriores, puede muy bien entenderse por ellos la curiosidad, que examinando la vida ajena desconoce la suya íntima y cuida de verlo todo por el exterior. Pero debe advertirse que el que por haber comprado una granja y el que por probar las yuntas de los bueyes se excusan de ir a la cena del que los convida, confunden las palabras de humildad. Porque cuando dicen ruego y menosprecian el ir, en la palabra aparece la humildad, pero en la acción la soberbia. Prosigue: “Y otro dijo: He tomado mujer y por eso no puedo ir allá”.

20. Aunque el matrimonio es bueno y ha sido establecido por la Divina Providencia para propagar la especie, muchos no buscan esta propagación, sino la satisfacción de sus voluptuosos deseos; y por tanto, convierten una cosa justa en injusta.

21-24. Y como los soberbios no quieren venir, elige a los pobres. Se llaman débiles y pobres los que según su propio juicio están enfermos, porque son como fuertes los pobres a quienes ensoberbece la pobreza. Son ciegos los que no tienen ninguna luz o talento; cojos los que no andan derechos en sus obras. Pero mientras los vicios de éstos se dan a conocer en la enfermedad de los miembros, como fueron pecadores los que no quisieron venir una vez llamados, así lo son los que son instados y vienen. Pero los pecadores soberbios son rechazados y los humildes son elegidos. El Señor elige a los que el mundo desprecia, porque muchas veces sucede que el desprecio hace al hombre fijarse en sí mismo y algunos oyen la voz del Señor tanto más pronto cuanto menos complacencias les ofrece el mundo. Por tanto, cuando el Señor llama a algunos de las calles y de las plazas para que vengan a su cena, se refiere a aquel pueblo que había conocido muy temprano la gran importancia de la ley, pero la multitud del pueblo de Israel que creyó, no llenó todo el espacio preparado del celestial convite. Por esto prosigue: “Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aun hay lugar…”. Había entrado ya gran número de judíos, pero aún queda mucho lugar en el reino donde debe recibirse multitud de gentiles. Por esto sigue: “Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos y a los cercados y fuérzalos a entrar”. Cuando mandó recoger a sus convidados de los cercados y de los caminos buscó al pueblo bárbaro, esto es, al pueblo gentil.

Todos los que son obligados por las adversidades del mundo a volver al amor de Dios, son obligados a entrar. Pero es muy terrible la sentencia que sigue: “Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena”. Por tanto, que ninguno lo desprecie, no sea que si se excusa cuando se lo llame, no pueda entrar cuando él quiera.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr

15. “… uno de los comensales le dijo…” Este hombre era todo carnal, no comprendiendo lo que Jesús había dicho y creía que los premios de los santos eran materiales.

16. “Un hombre dio una gran cena…” Este hombre es Dios Padre, conforme a la verdad figurada en estas imágenes.

El Creador de todas las cosas, Padre de la gloria (el Señor), preparó una gran cena ordenada en Cristo. Y en los tiempos modernos, casi al final de nuestro siglo, brilló para nosotros el Hijo de Dios. Y sufriendo la muerte por nosotros nos dio a comer su propio cuerpo, por lo que el cordero fue inmolado por la tarde, según la ley de Moisés. Con razón, por tanto, se ha llamado cena al convite preparado en Jesucristo.

17. Este siervo que envió fue el mismo Jesucristo, el cual, siendo por naturaleza Dios y verdadero Hijo de Dios, se humilló a sí mismo tomando la forma de siervo. Fue enviado a la hora de la cena. El Verbo del Padre no tomó, pues, nuestra naturaleza en el principio, sino en los últimos tiempos. Añade, pues: “Porque todo estaba aparejado”. El Padre había preparado en Jesucristo los bienes dados por El al mundo: el perdón de los pecados, la participación del Espíritu Santo y el brillo de la adopción. A esto nos llamó Jesucristo por las enseñanzas de su Evangelio.

San Ambrosio

15-20. Así, pues, se prescribe al varón de la milicia santa que menosprecie los bienes de la tierra. Porque el que atendiendo a cosas de poco mérito compra posesiones terrenas, no puede alcanzar el reino del cielo. Porque dice el Señor ( Mt 19,21): “Vende todo lo que tienes y sígueme”. Prosigue: “Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes y quiero ir a probarlas”.

No es que se vitupere el matrimonio, pero la virginidad es mucho más honrosa. Porque la mujer virgen piensa en lo que es del Señor, para santificar su cuerpo y su alma, mientras que la casada piensa en las cosas del mundo ( 1Cor 7,34) [ref]San Ambrosio sigue aquí la enseñanza que ya encontramos en San Pablo, p.e.j: “La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido” ( 1Cor 7,34). Al tema de la virginidad dedica San Ambrosio varias obras: De virginibus; De virginitate; De institutione virginis.[/ref].

…Consideremos que tres clases de personas son excluidas de esta cena: los gentiles, los judíos y los herejes. Los judíos se imponen el yugo de la ley en sentido material. Las cinco yuntas representan los diez mandamientos, acerca de los que se dice en el Deuteronomio ( Dt 4,13): “El os reveló su alianza, que os mandó poner en práctica, las diez Palabras que escribió en tablas de piedra”, esto es, los mandamientos del decálogo. O de otro modo: las cinco yuntas son los cinco libros de la antigua ley y la herejía que, a imitación de Eva, tienta el afecto de la fe con femenil seducción. Y el Apóstol ( Ef 5; Col 3; Heb 13; 2Tim 2) dice que debemos huir de la avaricia, no sea que, como sucede a los gentiles, nos incapacitemos de poder llegar al reino de Jesucristo. Por tanto, aquél que compró la granja no es apto para el reino de los cielos, ni el que prefirió el yugo de la ley al don de la gracia, ni el que se excusa por haber tomado mujer. Prosigue: “Y volviendo el siervo dio cuenta a su señor de todo esto”.

21-24. Invita a los pobres, a los débiles y a los ciegos, para dar a conocer que la enfermedad del cuerpo no impide la entrada en el reino de los cielos, que rara vez falta aquel que no halla incentivo en el pecado, o que la enfermedad de los pecadores se perdona por la misericordia del Señor. Por esto envía a las plazas para que vengan al camino estrecho, abandonando los caminos anchos.

Mandó a los caminos y a los cercados, porque son aptos para el reino de los cielos aquellos que no ocupándose de las delicias de esta vida, se apresuran a buscar las del cielo. Puestos en el camino de la buena voluntad -y así como el cercado separa lo que está cultivado de lo que no lo está, e impide la entrada de las bestias-, saben distinguir las cosas buenas de las malas y oponer la muralla de la fe contra las tentaciones de la disipación espiritual.

¿Quiénes diremos que fueron los que no quisieron venir por las causas predichas, sino los príncipes de los judíos, a quienes vemos reprendidos en todo este pasaje de la Sagrada Escritura?

Habiendo renunciado a su vocación los príncipes de los judíos, según ellos decían ( Jn 7,48): “¿acaso ha creído en El alguno de nuestros príncipes?”, se indignó el padre de familia contra ellos, como acreedores a su indignación y a su ira. Por esto sigue: “Entonces airado el padre de familia”…

Así, pues, se dice que se indignó el padre de familia contra los príncipes de los judíos y fueron llamados en lugar de ellos los que eran de entre los judíos más sencillos y de inteligencia más limitada. Habiendo hablado Pedro, primero creyeron tres mil ( Hch 2,41), después cinco mil ( Hch 4,4) y después gran parte del pueblo. Por esto añade: “Dijo a su siervo: Sal luego a las plazas y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres y lisiados y ciegos y cojos hallares”.

San Agustín, De verb. Dom. serm. 33

15. Como éste suspiraba por lo que estaba lejos, no veía el pan que deseaba y tenía delante. ¿Cuál es el pan del reino de Dios, sino el que dice ( Jn 6,41): “Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo”? No preparéis la boca, sino el corazón.

16. Este hombre, mediador entre Dios y el hombre, es Jesucristo. Envió a que viniesen los invitados, esto es, los llamó por los profetas enviados con este fin, los cuales en otro tiempo invitaban a la cena de Jesucristo. Fueron enviados en varias ocasiones al pueblo de Israel. Muchas veces los llamaron para que viniesen a la hora de la cena; aquéllos recibieron a los que los invitaban, pero no aceptaron la cena. Leyeron a los profetas y mataron a Cristo. Y entonces prepararon, sin darse cuenta de ello, esa cena para nosotros. Una vez preparada la cena (esto es, una vez sacrificado Jesucristo), fueron enviados los apóstoles a los mismos a quienes antes habían sido enviados los profetas.

18-20. Tres fueron las excusas que se dieron, de las que se añade: “El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla”, etc. En la granja comprada se da a conocer el dominio, luego el vicio de la soberbia es el primer castigado. El primer hombre que no quiso tener señor, quiso serlo él.

Las cinco yuntas de bueyes son los cinco sentidos corporales. En los ojos está la vista, en las orejas el oído, en las narices el olor, en las fauces el gusto y en todos los miembros el tacto. Pero a los que especialmente se apropian las yuntas es a los tres primeros sentidos: dos son los ojos, dos las orejas, dos las narices. He aquí tres yuntas. Y en las fauces, esto es, en el sentido del gusto, se encuentra cierto doble sentido, porque no percibimos el sabor de una cosa si no juntamos la lengua al paladar. La voluptuosidad de la carne, que pertenece al tacto, oculta una doble sensación, que es interior y exterior. Se llaman yuntas de bueyes porque por medio de estos sentidos carnales se buscan todas las cosas terrenas y los bueyes están inclinados hacia la tierra. Y los hombres que no tienen fe, consagrados a las cosas de la tierra, no quieren creer otra cosa más que aquellas que perciben por cualquiera de estos cinco sentidos corporales. No, dicen, nosotros no creemos más que lo que vemos. Cuando pensamos de tal modo, aquellas cinco yuntas de bueyes nos impiden ir a la cena. Para que conozcáis, sin embargo, que la complacencia de estos cinco sentidos no es la que más arrastra y deleita, sino cierta curiosidad, no dijo: he comprado cinco yuntas de bueyes y voy a darles de comer, sino, voy a probarlas.

Esta es la pasión carnal(

v. 20) que estorba a muchos. ¡Ojalá que sólo fuese exterior y no interior! El que dice: “He tomado mujer”, se goza en la voluptuosidad de la carne y se excusa de ir a la cena. Mire no sea que muera de hambre interior.

Cuando dijo San Juan ( 1Jn 2,16): todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y ambición del siglo, empezó por donde el Evangelio acaba. Concupiscencia de la carne, he tomado mujer. Concupiscencia de los ojos, he comprado cinco yuntas de bueyes. Ambición del siglo, he comprado una granja. Tomando la parte por el todo, los cinco sentidos se expresan en sólo los ojos, que son el principal entre ellos. Por tanto, aunque la vista pertenezca propiamente a los ojos, solemos decir que el hombre ve por todos los cinco sentidos.

21-24. El Señor no necesita de sus enviados para conocer a las criaturas inferiores, como si hubiera de saber más por ellos, sino que conoce todas las cosas permanente e inimitablemente y tiene mensajeros por nosotros y por ellos mismos, porque de este modo, en el orden de su propia naturaleza, está bien que se presenten a Dios para consultarle sobre las criaturas inferiores y para ejecutar sus mandatos (Super Gen. 5, 19).

Vinieron los gentiles de las plazas y de las calles y los herejes de los cercados. Porque los que hacen cercados, establecen divisiones, se separan de los cercados, se apartan de las espinas, pero no quieren ser obligados y dicen: entremos por nuestra propia voluntad. Y no es lo que mandó el Señor que dijo: obliga a entrar. La necesidad se encuentra afuera, de donde nace la voluntad.

Eusebio, in Cat. graec. Patr

15. El Señor había enseñado antes a invitar a un convite a los que no pudieran darle, a fin de recibir la recompensa en la resurrección de los justos; y por tanto, creyendo uno de los convidados que era lo mismo la resurrección de los justos y el reino de Dios, recomienda la antedicha recompensa. Por tanto sigue: “Cuando uno de los que comían en la mesa oyó esto, le dijo: Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios”…

Beda

16. Como muchos perciben el olor, digámoslo así, de este pan por la fe y les hastía su dulzura gustándolo verdaderamente, declara el Señor en la parábola siguiente que esta indiferencia no es digna de los banquetes celestiales. Sigue, pues: “Y El le dijo: Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos”.

San Juan Crisóstomo

16. Siempre que el Señor quiere dar a conocer su poder de castigar, se compara al oso, al leopardo, al león y a otros animales semejantes y cuando quiere expresar su misericordia, se compara al hombre.

Orígenes, in Cat. graec. Patr

18-20. Estos que compraron la granja y rehúsan o se excusan de ir a la cena, son aquellos que habiendo recibido otras enseñanzas de la Divinidad, no las practicaron y despreciaron el Verbo que poseían. Este que compró cinco yuntas de bueyes, es todo aquel que menosprecia su naturaleza espiritual y se fija en lo sensible, por lo que no puede conocer la naturaleza incorpórea. El que tomó mujer es el que está unido a la carne y prefiere sus pasiones al amor de Dios ( 1Tim 3,4).

San Basilio

20. Dice también: “No puedo venir”, porque cuando el entendimiento humano se fija en las complacencias del mundo, se incapacita para las obras divinas (in Cat. graec. Patr).

21. “…el dueño de la casa, airado…” No porque la Divinidad pueda tener la pasión de la ira, sino que lo que en nosotros se hace por la ira se llama ira o indignación de Dios (in Sal. 37 ).


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ambrosio, obispo

Comentarios: El Reino no se cierra a nadie

Comentario al Evangelio de Lucas n. 7, 200-203 : SC 52

«Entonces el señor dijo al criado: “Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa”» (Lc 14,23).

Los invitados se excusan, siendo así que el Reino no se cierra a nadie, a no ser que se excluya él mismo por su palabra. En su clemencia, el Señor invita a todo el mundo, pero es nuestra desidia o nuestra desviación quien nos aleja de él. Aquel que prefiere comprar un terreno es ajeno al Reino; en tiempo de Noé, compradores y vendedores fueron tragados, por igual, por el diluvio (Lc 17,28)… Igualmente el que se excluye porque se ha casado, porque está escrito: “si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26)…

Así que, después del desprecio orgulloso de los ricos, Cristo se vuelve hacia los paganos; hace entrar a buenos y malos, para hacer crecer a los buenos y para mejorar las disposiciones de los malos… Invita a los pobres, a los enfermos, a los ciegos, lo cual os muestra que la enfermedad física no deja a nadie fuera del Reino, o bien que la enfermedad de los pecados, se cura por la misericordia del Señor…

Manda, pues, a las encrucijadas de los caminos a buscarlos, porque “la Sabiduría grita allí donde los caminos se entrecruzan” (Pr 1,20). Los envía a las plazas, porque ha dicho a los pecadores que abandonen los caminos anchos y encuentren el camino estrecho que conduce a la vida (Mt 7,13). Los envía a las carreteras y a lo largo de los setos, porque son capaces de alcanzar el Reino de los Cielos aquellos que, no estando retenidos por los bienes de este mundo, se afanan hacia los venideros, comprometidos en el camino de la buena voluntad…, oponiendo la muralla de la fe, a las tentaciones del pecado.

San Basilio

La Divina Liturgia

Plegaria eucarística, 1ª parte.

«Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene la casa» (Lc 14,23).

Santo, Santo, Santo eres verdaderamente tú, Señor Dios nuestro, la grandeza de tu santidad no tiene límites: todas las cosas las has dispuesto con rectitud y justicia. Has modelado al hombre con el barro de la tierra, les has honrado haciéndole la imagen misma de Dios, lo has colocado en el Paraíso de delicias prometiéndole la inmortalidad y el goce de los bienes eternos, si observaba los mandatos. Pero transgredió tu mandato, Dios verdadero, y, seducido por la astucia de la serpiente, víctima de su propio pecado, él mismo se sometió a la muerte. Según tu justo juicio, fue echado del Paraíso a nuestro mundo, devuelto a la tierra de donde había sido sacado.

Pero en tu Cristo, dispusiste para ellos la salvación a través del nuevo nacimiento, porque no has rechazado para siempre a la criatura que en tu bondad habías creado; según la grandeza de tu misericordia has velado por ella de múltiples maneras. Enviaste a los profetas, hiciste milagros a través de los santos que, en cada generación, te fueron agradables; has dado la Ley para ayudarnos; has puesto ángeles para que nos guarden.

Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, nos has hablado en tu Hijo único, por quien has creado todo el universo; él es el resplandor de tu gloria e imagen de tu naturaleza; lo sostiene todo con su palabra todopoderosa; no guardó celosamente su igualdad con Dios, sino que, siendo Dios desde toda la eternidad, apareció en la tierra, convivió con los hombres, tomó carne de la Virgen María, aceptó la condición de esclavo, asumió nuestro cuerpo de miseria, para hacernos conformes a su cuerpo de gloria (Hb 1, 2-3; Flp 2, 6-7; 3, 21).

Puesto que por el hombre el pecado entró en el mundo, y con el pecado, la muerte, plugo a tu Hijo único, que estaba eternamente en tu seno, oh Padre, nacer de una mujer, condenar el pecado en su propia carne, para que los que murieron en Adán, tengan la vida en Cristo (Rm 5,12; 8,3). Habitando en este mundo, nos dio unos preceptos de salvación, nos hizo dar la espalda al error de los ídolos, nos llevó a conocerte, a ti, Dios verdadero. A través de todo ello nos ha conquistado para él como un pueblo escogido, un sacerdocio real, una nación santa (1Pe 2,9).

Baudoin de Ford, obispo

Obras: Nutrirse de Cristo.

El sacramento del altar, II, 3 ; PL 204, 691.

«¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!» (Lc 14,15).

Dice el salmista: «El pan da fuerzas al corazón del hombre y el vino le alegra el corazón» (Sal 103, 15). Para los que creen en él, Cristo es alimento y bebida, pan y vino. Es pan cuando nos da fuerza y firmeza, según lo que dice Pedro: «Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia que os ha llamado como cristianos a su eterna gloria os restablecerá, os afianzará, os robustecerá» (1P 5,10). Es bebida y vino cuando alegra, según dice el salmista: «Alegra el alma de tu siervo pues levanto mi alma hacia ti, Señor» (Sal 85,4).

Todo lo que en nosotros es sólido, firme, alegre y gozoso para cumplir los mandamientos de Dios, soportar los males, actuar según la obediencia, defender la justicia, todo esto es fuerza que nos da este pan o gozo que nos produce este vino. ¡Dichosos aquellos cuyo actuar es sólido y gozoso! Y puesto que nadie lo puede por sí mismo, dichosos son los que desean ávidamente vivir según lo que es justo y honesto y ser en todas estas cosas fortificados y gozosos gracias a aquel que dice: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5,6). Si desde ahora Cristo es pan y bebida para la fuerza y gozo de los justos ¿cuánto más lo será en la vida futura cuando se dará sin medida a los justos?

Benedicto XVI

Homilía: El “fracaso” de Dios

En la Misa con los Obispos Suizos, 7 de noviembre 2006

[En el mensaje del Evangelio vemos de nuevo el fracaso de Dios]. Los primeros en ser invitados se excusan y no van. La sala de Dios se queda vacía; el banquete parece haber sido preparado en vano. Es lo que Jesús experimenta en la fase final de su actividad: los grupos oficiales, autorizados, dicen “no” a la invitación de Dios, que es él mismo. No acuden. Su mensaje, su llamada, acaba en el “no” de los hombres.

Sin embargo, tampoco aquí fracasa Dios. La sala vacía se convierte en una oportunidad para llamar a un número mayor de personas. El amor de Dios, la invitación de Dios, se extiende. San Lucas nos narra esto en dos fases: primero, la invitación se dirige a los pobres, a los abandonados, a los que nadie invita en esa misma ciudad. De ese modo, Dios hace lo que escuchamos en el evangelio de ayer. (El evangelio de hoy forma parte de un pequeño simposio en el marco de una cena en casa de un fariseo. Encontramos cuatro textos: primero, la curación del hidrópico; luego, las palabras sobre los últimos puestos; después, la enseñanza de no invitar a los amigos, que se lo pagarán invitándolo a su vez, sino a los que realmente tienen hambre, los cuales no podrán pagárselo con una invitación; por último viene precisamente nuestro relato). Dios hace ahora lo que dijo Jesús al fariseo: invita a los que no poseen nada, a los que realmente tienen hambre, a los que no pueden invitarlo, a los que no pueden darle nada. Entonces viene la segunda fase: sale de la ciudad, a los caminos, e invita a los vagabundos.

Podemos suponer que san Lucas con esas dos fases quiere dar a entender que los primeros en entrar a la sala son los pobres de Israel, y luego, dado que no son suficientes, pues la sala de Dios es más grande, la invitación se extiende, fuera de la ciudad santa, hasta el mundo de los gentiles.
Los que no pertenecen a Dios, los que están fuera, son invitados para llenar la sala. Y seguramente san Lucas, que nos ha transmitido este evangelio, ha visto en ello la representación anticipada ―mediante una imagen― de los acontecimientos que narra después en los Hechos de los Apóstoles, donde sucede eso precisamente: san Pablo siempre comienza su misión en la sinagoga, dirigiéndose a los que han sido invitados en primer lugar, y sólo cuando las personas autorizadas rechazan la invitación y queda solamente un pequeño grupo de pobres, sale y se dirige a los paganos.

Así, el Evangelio, a través de este itinerario constante de crucifixión, se hace universal, abraza a todos, llegando finalmente hasta Roma. En Roma san Pablo llama a los jefes de la sinagoga, les anuncia el misterio de Jesucristo, el reino de Dios en su persona. Pero las personas autorizadas rechazan la invitación, y él se despide de ellas con estas palabras: “Bien, dado que no escucháis, este mensaje se anuncia a los paganos y ellos lo escucharán”.

Con esa confianza se concluye el mensaje del fracaso: “ellos lo escucharán”. Se formará la Iglesia de los paganos. Y se formó, y sigue formándose. Durante las visitas ad limina los obispos me refieren muchas cosas graves y duras, pero siempre, precisamente los del tercer mundo, me dicen también que los hombres escuchan y vienen; que también hoy el mensaje llega por los caminos hasta los confines de la tierra, y los hombres acuden a la sala de Dios, a su banquete.

Así pues, debemos preguntarnos: ¿Qué significa todo eso para nosotros? Ante todo tenemos una certeza: Dios no fracasa. “Fracasa” continuamente, pero en realidad no fracasa, pues de ello saca nuevas oportunidades de misericordia mayor, y su creatividad es inagotable. No fracasa porque siempre encuentra modos nuevos de llegar a los hombres y abrir más su gran casa, a fin de que se llene del todo. No fracasa porque no renuncia a pedir a los hombres que vengan a sentarse a su mesa, a tomar el alimento de los pobres, en el que se ofrece el don precioso que es él mismo. Dios tampoco fracasa hoy. Aunque muchas veces nos respondan “no”, podemos tener la seguridad de que Dios no fracasa. Toda esta historia, desde Adán, nos deja una lección: Dios no fracasa. También hoy encontrará nuevos caminos para llamar a los hombres y quiere contar con nosotros como sus mensajeros y sus servidores.

Precisamente en nuestro tiempo constatamos cómo los primeros invitados dicen “no”. En efecto, la cristiandad occidental, o sea, los nuevos “primeros invitados” en gran parte ahora se excusan, no tienen tiempo para ir al banquete del Señor. Vemos cómo las iglesias están cada vez más vacías; los seminarios siguen vaciándose, las casas religiosas están cada vez más vacías. Vemos las diversas formas como se presenta este “no, tengo cosas más importantes que hacer”. Y nos asusta y nos entristece constatar cómo se excusan y no acuden los primeros invitados, que en realidad deberían conocer la grandeza de la invitación y deberían sentirse impulsados a aceptarla. ¿Qué debemos hacer?

Ante todo debemos plantearnos la pregunta: ¿por qué sucede precisamente eso? En su parábola, el Señor cita dos motivos: la posesión y las relaciones humanas, que absorben a las personas hasta el punto de que creen que no tienen necesidad de nada más para llenar totalmente su tiempo y, por consiguiente, su existencia interior.

San Gregorio Magno, en su exposición de este texto, trató de ir más a fondo y se preguntó: “¿Cómo es posible que un hombre diga “no” a lo más grande que hay, que no tenga tiempo para lo más importante; que limite a sí mismo toda su existencia?”. Y responde: en realidad, nunca han hecho la experiencia de Dios; nunca han llegado a “gustar” a Dios; nunca han experimentado cuán delicioso es ser “tocados” por Dios. Les falta este “contacto” y, por tanto, el “gusto de Dios”. Y nosotros sólo vamos al banquete si, por decirlo así, lo gustamos. San Gregorio cita el salmo del que está tomada la antífona de comunión de la liturgia de hoy: “Gustad y ved”; gustad y entonces veréis y seréis iluminados. Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo el gusto de Dios.

En otra homilía, san Gregorio Magno profundizó aún más la misma cuestión, y se preguntó: “¿Cómo es posible que el hombre no quiera ni tan sólo “probar” el gusto de Dios?”. Y responde: cuando el hombre está completamente ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, con todo lo que puede producir o comprender por sí mismo, entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. Ya no percibe lo divino, porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado. Cuando utiliza demasiado todos los demás órganos, los empíricos, entonces puede ocurrir que precisamente el sentido de Dios se debilite, que este órgano muera, y que el hombre, como dice san Gregorio, no perciba ya la mirada de Dios, el ser mirado por él, la realidad tan maravillosa que es el hecho de que su mirada se fije en mí.

Creo que san Gregorio Magno describió exactamente la situación de nuestro tiempo. En efecto, su época era muy semejante a la nuestra. Aquí nos surge otra vez la pregunta: ¿qué debemos hacer? Lo primero que debemos hacer es lo que el Señor nos dice hoy en la primera lectura y que san Pablo nos recomienda encarecidamente en nombre de Dios: “Tened los mismos sentimientos de Jesucristo” (Touto phroneite en hymin ho kai en Christo Iesou).

Aprended a pensar como pensaba Cristo; aprended a pensar como él. Este pensar no es sólo una actividad del entendimiento, sino también del corazón. Aprendemos los sentimientos de Jesucristo cuando aprendemos a pensar como él y, por tanto, cuando aprendemos a pensar también en su fracaso, en su experiencia de fracaso, y en el hecho de que incrementó su amor en el fracaso.

Si tenemos sus mismos sentimientos, si comenzamos a ejercitarnos en pensar como él y con él, entonces se despierta en nosotros la alegría con respecto a Dios, la convicción de que él es siempre el más fuerte. Sí, podemos decir que se despierta en nosotros el amor a él. Experimentamos la alegría de saber que existe y podemos conocerlo, que lo conocemos en el rostro de Jesucristo, el cual sufrió por nosotros. Creo que lo primero es entrar nosotros mismos en contacto íntimo con Dios, con el Señor Jesús, el Dios vivo; que en nosotros se fortalezca el órgano para percibir a Dios; que percibamos en nosotros mismos su “gusto exquisito”.

Eso dará alma a nuestra actividad, pues también nosotros corremos el peligro de trabajar mucho, en el campo eclesiástico, haciéndolo todo por Dios, pero totalmente absorbidos por la actividad, sin encontrar a Dios. Los compromisos ocupan el lugar de la fe, pero están vacíos en su interior.

Por eso, creo que debemos esforzarnos sobre todo por escuchar al Señor, en la oración, con una participación íntima en los sacramentos, aprendiendo los sentimientos de Dios en el rostro y en los sufrimientos de los hombres, para que así se nos contagie su alegría, su celo, su amor, y para mirar al mundo como él y desde él. Si logramos hacer esto, entonces también en medio de tantos “no” encontraremos de nuevo a los hombres que lo esperan y que a menudo tal vez son caprichosos ―como dice claramente la parábola―, pero que desde luego están llamados a entrar en su sala.

Una vez más, con otras palabras, se trata de la centralidad de Dios; y no precisamente de un Dios cualquiera, sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es muy importante hoy. Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros.

A mi parecer, el destino del mundo en esta situación dramática depende de esto: de si Dios, el Dios de Jesucristo, está presente y si es reconocido como tal, o si desaparece. Nosotros queremos que esté presente. En definitiva, ¿qué debemos hacer para ello? Dirigirnos a él. Celebrar la misa votiva del Espíritu Santo, invocándolo: “Lava quod est sordidum, riga quod est aridum, sana quod est saucium. Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege quod est devium” (Lava lo que está sucio, riega lo que está seco, sana lo que está herido. Dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está torcido).

Invoquémoslo para que riegue, caliente, enderece; para que nos infunda la fuerza de su fuego santo y renueve la faz de la tierra. Por eso le suplicamos de todo corazón en este momento, en estos días.

Amén.


Comentarios exegéticos

Próximamente… no pudo hacerse ahora por falta de tiempo.

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