Lc 19, 41-44: Lamentación sobre Jerusalén

Texto Bíblico

41 Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, 42 mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. 43 Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, 44 te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Orígenes, in Lucam hom. 38

41. Jesucristo confirma con su ejemplo todas las bienaventuranzas de que ha hablado en el Evangelio, así, como había dicho: “Bienaventurados los mansos” (Mt 5,4), lo prueba diciendo: “Aprended de mí que soy manso” (Mt 11,29); y como había dicho: “Bienaventurados los que lloran” (Mt 5,5), El también lloró sobre la ciudad. Por esto dice: «Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella…»

Yo no niego que aquella Jerusalén fuese destruida por los pecados de sus habitantes; pero pregunto si estas lágrimas han sido vertidas también sobre vuestra Jerusalén. Cuando alguno peca después de participar de los misterios de la verdad, se llorará por él; pero no por ningún gentil, sino sólo por aquel que perteneció a Jerusalén y después la abandonó.

Llora además por nuestra Jerusalén, a la que, después que ha pecado, sitian sus enemigos, esto es, el espíritu maligno, y la rodean de trincheras para cercarla y no dejar piedra sobre piedra; especialmente cuando alguno es vencido después de mucha continencia y de algunos años de castidad, y atraído por los halagos de la carne, pierde la paciencia y la castidad. Y si fuese fornicador no dejarán en él piedra sobre piedra, según las palabras de Ezequiel: “No me acordaré de sus primitivas virtudes” (Ez 18,24).

San Gregorio, in evang. hom. 39

41-43. «Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella…» Lloró, pues, el piadoso Redentor la destrucción de aquella pérfida ciudad, las desgracias que ella misma ignoraba habrían de venirle. Por esto añade: «¡Si también tú conocieras…» llorarías con amargura, la que ahora tanto te alegras, porque desconoces lo que te amenaza. Por esto añade: «siquiera en este día el mensaje de paz» Como en aquel día se había consagrado a todos los goces materiales, tenía todo lo que podía procurarle la paz. Manifiesta después cómo los bienes presentes hacen su paz, cuando añade: «Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos»; porque si los males que la amenazan no estuviesen ocultos a los ojos de su corazón, no se alegraría tanto por las prosperidades presentes; por esto añade la pena que lo amenaza, cuando dice: «Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes…»

Nuestro Redentor no cesa de llorar por sus escogidos cuando ve caer en el mal a los que poseían la virtud; porque si éstos conociesen la condenación que les espera, se llorarían a sí mismos con las lágrimas de los escogidos. El hombre de inclinaciones malas tiene aquí su día, que goza por breve tiempo, y se complace en las cosas temporales disfrutando de cierta paz; por esto huye de prever el porvenir, para que no se turbe su alegría presente. Por esto sigue: “Mas ahora está encubierto a tus ojos”, etc.

43-44. «Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes…» Esto señala a los príncipes romanos; porque habla de la destrucción de Jerusalén, que sucedió bajo Vespasiano y Tito, príncipes romanos.

También en esto que añade: «Y no dejarán en ti piedra sobre piedra…», está atestiguada la reubicación de esta misma ciudad; porque ahora está construida en aquel sitio donde el Salvador fue crucificado, fuera de la puerta: la primera fue destruida en absoluto. Dice luego la culpa por la que fue condenada a la destrucción, añadiendo: «Porque no has conocido el tiempo de tu visita.»

Los espíritus malignos asedian el alma en cuanto sale del cuerpo, y como ama la carne en los placeres carnales, la inquietan con el engaño del deleite; la rodean de trincheras, presentando a su vista las iniquidades que cometió, y la estrechan con los que son compañeros de su condenación, con el fin de que ella vea, una vez en el último instante de su vida, la clase de enemigos que la asedian y no pueda encontrar medio de evadirse, porque ya no puede hacer el bien que despreció cuando pudo hacerlo; estrechan al alma por todas partes poniéndole a la vista la iniquidad, no sólo de sus obras, sino también de sus palabras y de sus pensamientos; para que así como antes se había solazado tanto en la maldad, sienta en su última hora la angustia que merece en pago. Entonces el alma, por la condición de su culpa, se aterra cuando ve que su carne, que creyó que era su vida, va a convertirse en polvo; entonces mueren sus hijos cuando los pensamientos ilícitos, que ahora nacen de ella, se disipan en el último momento de la venganza; estos pensamientos pueden representarse por las piedras. La mente perversa, cuando añade a un pensamiento malo otro peor, pone, por decirlo así, una piedra sobre otra; pero cuando es llevada a su castigo, se destruye todo el edificio de sus pensamientos. Sin embargo, el Señor visita al alma culpable para su enseñanza alguna vez mediante la desgracia, otras con los milagros, con el fin de que conozca las verdades que ignoraba, y menospreciando el mal vuelva por la compunción del dolor u obligada por los beneficios, y se avergüence de lo mal que obró. Pero porque no conoció el tiempo en que fue visitada, al final de su vida será entregada a sus enemigos, con quienes se verá unida en el juicio eterno de su perpetua condenación.

San Cirilo

41. «Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella…» Se compadecía de éstos el Señor, que quiere que todos los hombres se salven, lo cual no nos sería manifiesto, si no lo hubiera evidenciado por medio de algo humano; pues las lágrimas vertidas son señal de tristeza.

42. «¡Si también tú conocieras!» No eran dignos de comprender las Sagradas Escrituras divinamente inspiradas, que refieren el misterio de Cristo. En efecto, cuantas veces se lee a Moisés, un velo cubre su corazón para que no vean que todo se ha cumplido en Jesucristo, que como verdad hace huir las sombras; y como no conocían la verdad, se hicieron indignos de obtener la salud que mana de Jesucristo. Por esto sigue: 42. «siquiera en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos.»

San Eusebio

42-43. «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!» En lo que da a conocer que su venida tenía por objeto la pacificación de todo el mundo; había venido, pues, a predicar la paz a los que estaban cerca y a los que estaban lejos; pero como no quisieron recibir la paz anunciada, quedaron ocultas para ellos estas cosas. Por esto añade: «Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos.». Así, pues, predice con toda claridad el sitio que dentro de poco habría de sufrir, diciendo: «Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes…»

Cómo se cumplió todo esto, podemos conocerlo por lo que refiere Josefo, quien a pesar de ser judío refiere estas cosas tal y como Jesucristo las había predicho.

Teofilactus

44. «… Porque no has conocido el tiempo de tu visita.» Esto es, de mi venida; porque he venido a visitarte y a salvarte, y si lo hubieras comprendido así, y creyeras en mí, estarías en paz con los romanos y libre de todos los peligros, así como todos aquellos que creyeron en Jesucristo pudieron evadirse.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Obras: Dos amores, dos ciudades.

La Ciudad de Dios 14,28.

«Al ver la ciudad, lloró por ella» (Lc 19,41).

Dos amores construyeron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio a Dios hizo la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de si mismo, la ciudad del cielo. La una se glorifica a sí misma, la otra se glorifica en el Señor. Una busca la gloria que viene de los hombres (Jn 5,44), la otra tiene su gloria en Dios, testigo de su conciencia. Una, hinchada de vana gloria, levanta la cabeza, la otra dice a su Dios: “Tú eres mi gloria, me haces salir vencedor…” (cf Sal 3,4) En una, los príncipes son dominados por la pasión de dominar sobre los hombres y sobre las naciones conquistadas, en la otra todos son servidores del prójimo en la caridad, los jefes velando por el bien de sus subordinados y éstos obedeciéndoles. La primera, en la persona de los poderosos, se admira de su propia fuerza, la otra dice a su Dios: “Te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.” (Sal 17,2)

En la primera, los sabios llevan una vida mundana, no buscando más que las satisfacciones del cuerpo o del espíritu o las dos a la vez: “…habiendo conocido a Dios, no lo han glorificado, ni le han dado gracias, sino que han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido su insensato corazón…han cambiado la verdad de Dios por la mentira.” (cf Rm 1,21-25) En la ciudad de Dios, en cambio, toda la sabiduría del hombre se encuentra en la piedad que da culto al verdadero Dios, un culto legítimo y que espera como recompensa, en la comunión de los santos, no solamente de los hombres sino también de los ángeles, “que Dios sea todo en todos.” (1Cor 15,28)

Comentario: ¿De qué Jerusalén habla?

Comentarios a los salmos, Sal 121.

«¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz!» (Lc 19,42).

«¡Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén!» (Sl 121, 1-2). ¿De qué Jerusalén habla? En la tierra hay una ciudad con este nombre, pero no es más que la sombra de la otra Jerusalén. ¿Qué dicha tan grande hay en estar en la Jerusalén de aquí abajo de la que se habla con tanto amor y tanto fervor siendo así que no ha podido mantenerse firme y ha sido arruinada?… No es de la Jerusalén de aquí debajo de la cual habla el apóstol Pablo con tanto amor, tanto fervor, tanto deseo de llegar a la Jerusalén «nuestra madre» cuando dice que es «eterna en los cielos» (Ga 4,26; 2C 5,1)…

«Oh Jerusalén, que haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios» (Sl 121,7). Es decir, que tu paz se encuentre en tu amor, porque el amor es la fuerza. Escuchad lo que dice el Cantar de los Cantares: «El amor es fuerte como la muerte» (8,6)… Efectivamente, el amor destruye lo que hemos sido, para permitirnos, por una especie de muerte, llegar a ser lo que no éramos… Es esta muerte la que actuaba en aquel que decía: «El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Ga 6,14). Es de esta misma muerte de la que habla el mismo apóstol cuando dice: «Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios» (Col 3,3). Sí, «el amor es fuerte como la muerte». Si el amor es fuerte, es poderoso, tiene mucha fuerza, es la fuerza misma… Que tu paz esté, pues, en tu fuerza, Jerusalén; que tu paz esté en tu amor.

El amor es más fuerte que la muerte. (…) Haya paz en tu fortaleza, ¡oh Jerusalén!, haya paz en tu amor. Y por esta fortaleza, por este amor, por esta paz, “haya abundancia en tus torres”, (Sal 121,7) es decir, en tus alturas. (…)Sin embargo, el colmo de las delicias y la plenitud de las riquezas es el mismo Dios, Él que es uno. Aquel de quien participa la ciudad en la permanencia; ´Él será también nuestra abundancia en la ciudad de Jerusalén.

Orígenes, presbítero

Homilía: Somos la Jerusalén sobre la que llora Jesús.

Homilía 38, sobre el evangelio de Lucas; PG 13, 1896-1898.

«Cuando se fue acercando, al ver la ciudad, lloró por ella.» (Lc 19,41).

Cuando Nuestro Señor y Salvador se acercó a Jerusalén, al ver la ciudad lloró por ella.»Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz!» Pero tus ojos siguen cerrados. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te acosarán por todas partes…» (Lc 19,41ss) Puede que alguien diga: -Está claro el sentido de estas palabras; de hecho, se han realizado en cuanto a Jerusalén; el ejército romano la sitió y devastó hasta el exterminio y el tiempo vendrá en que no quedará piedra sobre piedra…

No lo niego; Jerusalén ha sido destruida a causa de su ceguera, pero pregunto: ¿El llanto no se refería a nuestra Jerusalén? Porque nosotros somos aquella Jerusalén sobre la que Jesús lloró, nosotros que imaginamos tener una vista tan penetrante. Si, una vez instruidos sobre los misterios de la verdad, después de haber recibido la palabra del evangelio y la doctrina de la Iglesia…, alguien de entre nosotros peca, provocará lamentos y llantos, porque no se llora sobre los paganos sino sobre aquel que después de haber formado parte de Jerusalén se ha separado de ella.

Hay llantos sobre nuestra Jerusalén porque a causa de sus pecados los enemigos van a sitiarla, es decir, las fuerzas adversas, los espíritus malos. Levantarán entorno a ella trincheras, la sitiarán, y no quedará piedra sobre piedra. Esto es lo que sucederá cuando después de largos años de continencia y de castidad, el hombre sucumbe, vencido por las seducciones de la carne….Esta es la Jerusalén sobre la cual se llora.

San Francisco de Sales, obispo

Carta: No descuidar el asunto más importante.

Carta a la Sra. de la Fléchère, Mayo 1608.

«Si al menos ese día conocieras lo que te trae la paz…» (Lc 19,42).

No perdáis ocasión, por pequeña que sea, de ejercer la dulzura de corazón con el prójimo. No confiéis en solucionar vuestros asuntos por industria vuestra, sino solamente mediante la ayuda de Dios y, por tanto, descansad en su cuidado, creyendo que El hará lo que sea mejor para vos, siempre que por vuestra parte no dejéis de ser diligente, y eso con dulzura.

Digo con dulzura porque la diligencia violenta estropea los corazones y los asuntos y ya no es diligencia, sino apresuramiento y turbación.

Por Dios, señora, pronto estaremos en la eternidad y allí veremos que los asuntos de este mundo eran muy poca cosa y apenas importaba que se realizasen o no. Y, sin embargo, ahora nos ponemos en acción como si fueran grandes cosas.

De pequeños, hay que ver con cuánto ardor juntábamos trocitos de tejas, de madera, de barro para hacer casas y edificios. Y si alguien nos los deshacía nos poníamos tristes y llorábamos; y ahora vemos lo poco que importaba todo eso.

Un día, en el cielo, veremos que nuestros afectos mundanos eran sólo niñerías.

No es que yo quiera quitar el cuidado que hemos de tener por las cosas triviales, pues Dios nos las ha encargado en este mundo, pero sí quisiera quitar el ardor excesivo que ponemos en ellas.

Hagámonos niños, puesto que somos niños, pero no nos agotemos en esas cosas.

Y si alguien derriba nuestras casitas y deshace nuestros dibujitos, que no nos importe mucho, pues el día en que llegue la muerte ya no nos van a servir de nada las casitas; porque iremos a la casa del Padre.

Cuidad, con celo, de vuestros asuntos, pero sabiendo que no hay asunto más digno ni importante que el de vuestra salvación.

Isaac el Sirio, monje

Discurso: Llorar con Cristo.

Discursos ascéticos, 1ª serie, n° 60.

«Lloró sobre Jerusalén» (Lc 19,41).

No desprecies al pecador, porque todos somos culpables. Si por amor a Dios te levantas contra él, llora más bien por él. ¿Por qué lo desprecias? desprecia sus pecados, y reza por él, con el fin de ser igual a Cristo, que no se irritó contra los pecadores sino que rezó por ellos (cf Lc 23,34). ¿No ves cómo lloró sobre Jerusalén? Si nosotros también más de una vez hemos sido tentados por el diablo. ¿Por qué despreciar al que como nosotros ha sido tentado por el diablo que se burla de todos nosotros? ¿Por qué, tú que eres sólo un hombre, desprecias al pecador? ¿Porque no es justo como tú? ¿Pero dónde está tu justicia, si no tienes amor? ¿Por qué no lloraste por él? Al contrario, lo persigues. Algunos, por ignorancia se irritan contra otros, porque creen tener el discernimiento de las obras de los pecadores.

San Rafael Arnáiz Barón, monje trapense español

Escritos: Paz que viene de Dios.

Escritos del 23-02-1938. Obras completas – Editorial Monte Carmelo, p. 894-895, §1063-1064.

«¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz!» (Lc 19,42a).

Me asomé a una ventana […]. Empezaba a salir el sol. Una paz muy grande reinaba en la naturaleza… Todo empezaba a despertar…, la tierra, el cielo, los pájaros… todo poco a poco, despertaba dulcemente al mandato de Dios… Todo obedecía a sus divinas leyes, sin quejas, y sin sobresaltos, mansamente, dulcemente, tanto la luz como las tinieblas, tanto el cielo azul como la tierra dura cubierta del rocío del amanecer… Qué bueno es Dios, pensé… En todo hay paz menos en el corazón humano.

Y suavemente, dulcemente, también Dios me enseño por medio de esta dulce y tranquila madrugada, a obedecer… Una paz muy grande llenó mi alma… Pensé que sólo Dios es bueno; que todo por Él está ordenado… Que qué me importa lo que hagan y digan los hombres… Para mí no debe haber en el mundo más que una cosa… Dios…, Dios que lo va ordenando todo para mi bien…

Dios, que hace salir cada mañana el sol, que deshace la escarcha, que hace cantar a los pájaros y va cambiando en mil suaves colores, las nubes del cielo…

Dios que me ofrece un rincón en la tierra para orar; que me da un rincón donde poder esperar lo que espero… Dios tan bueno conmigo, que en el silencio me habla al corazón, y me va enseñando poco a poco, quizás con lágrimas, siempre con cruz, a desprenderlo de las criaturas, a no buscar la perfección más que en Él…, a mostrarme a María, y decirme: He aquí la única criatura perfecta… En Ella encontrarás el amor y la caridad que no encuentras en los hombres.

¿De qué te quejas, hermano Rafael? Ámame a Mí, sufre conmigo, soy Jesús.

San Juan de Ávila

Audi Filia: El amor de Jesucristo

CAPITULO 79: Del abrasado amor con que Jesucristo amaba a Dios y a los hombres por Dios; del cual amor, como de fuente, nació lo mucho que exteriormente padeció; y que fue mucho más lo que padeció en lo interior.

Si el corazón del hombre es tan malo, como Jeremías (Jr 17,10) dice, que no hay quien lo pueda escudriñar sino Dios, y cuanto más se cava en la pared de él, se descubren mayores abominaciones, como fué mostrado en figura a Ezequiel (Ez 8,9), ¿con cuánta más razón podremos decir que el Corazón de Jesucristo nuestro Señor, por ser más bueno que los otros son malos, no habrá quien del todo lo pueda escudriñar, sino el mismo Señor, cuyo es? Cosa es digna de admiración, y que debe bastar para robarnos el ánima y cautivarnos de Dios, el excesivo amor de su Corazón, que se manifestó en padecer muerte y Pasión por nosotros, según hemos dicho. Mas si con lumbre del cielo caváis más, y escudriñáis este relicario de Dios, lleno de inefables secretos, veréis dentro de él tales efectos de amor, que nos pongan en mayor admiración que lo que de fuera pasó. Para lo cual os debéis de acordar que en la villa de Bethsaida, curando el Señor a un hombre sordo, dice el Evangelio que alzó el Señor sus sagrados ojos al cielo, y gimió (Mc 7,34), y tras esto curó al enfermo. Aquel gemido que de fuera sonó, uno era, y en breve tiempo se pasarla; mas fue testimonio de otro gemido, y gemidos entrañables, y que le duraron, no por un rato breve, sino por meses y años.

Porque habéis de saber, que en siendo criada aquella santísima Anima, e infundida en su cuerpo en el vientre virginal de nuestra Señora, luego vio tan claramente como ahora la divina Esencia, que por su alteza es llamada cielo con mucha razón. Y en viéndola, juzgó ser digna de toda honra y servicio; y así se lo deseó, con inefables fuerzas de amor que le fueron dadas para amar. Y aunque la ley ordinaria del que ve a Dios claramente sea ésta, que sea bienaventurada en cuerpo y en ánima, y ninguna pena pueda tener; mas porque nosotros pudiésemos ser rescatados por los preciosos trabajos de este Señor, fué ordenado que la bienaventuranza y gozo se quedase en la parte superior de su Anima, y que no redundase en la interior, ni en el cuerpo; renunciando lo que justamente le era debido de gozo, por aceptar y sufrir las penas que nosotros debíamos.

Y si aquella santísima Anima, que alzó los ojos de su entendimiento al cielo de la Divinidad, no tuviera otra cosa que mirar sino a Ella, no hubiera de qué tomar pena, pues es Dios tal bien, que de su vista no puede venir sino amor y gozo. Mas como también vio todas, las ofensas que los hombres habían hecho contra Dios desde el principio del mundo, y las que se habían de hacer hasta el fin de él, fue tan entrañable su dolor de ver ofendido aquel cielo de la divina Majestad, cuan grande el deseo que tenía de verla servida. Y como no hay quien pueda alcanzar la grandeza de este deseo, tampoco hay quien pueda alcanzar la grandeza de aquel su dolor. Porque el Espíritu Santo, que le fue dado sin medida (Jn 3,34), que es figurado en el fuego, la abrasaba con grandísimo amor para amar a Dios; y el mismo Espíritu Santo, figurado en paloma, le hacía amargamente gemir, por ver ofendido al que inefablemente amaba.

Mas para que veáis cómo este cuchillo de dolor, que atravesaba el Corazón del Señor, no le hería por sola una parte, mas que era de entrambas partes agudo y muy lastimero, acordaos que el mismo Señor, mirando al cielo gimió y lloró sobre Lázaro (Jn 11,35), y sobre Jerusalén (Lc 19,41). Y como San Ambrosio dice: «No es de maravillar que se duela de todos quien por uno lloró.» De manera,: que ver a Dios ofendido, ya los hombres perdidos por el pecado, era cuchillo de dos filos que entrañablemente lastimaba su Corazón, por el inestimable amor que a Él tenía por Sí y a los hombres por Él, deseando la satisfacción de la honra divina y el remedio de los hombres, aunque fuese muy a su costa. ¡Oh Jesús benditísimo!, que verte de fuera atormentado quiebra el corazón del cristiano, y verte de dentro quebrantado con algunos dolores, ni hay vista ni fuerza que lo pueda llevar. Tres clavos, Señor, rompieron tus manos y pies con graves dolores; setenta y tantas espinas se dice que penetraron tu divina cabeza; tus bofetadas e injurias muy muchas fueron; y de los azotes que recibió tu delicadísimo cuerpo, se dice que pasaron de cinco mil. Por lo cual, y por otras muchas penas que en tu Pasión concurrieron, tan graves, que otro que Tú que las pasaste no las alcanza, fue dicho en tu persona mucho tiempo antes (Lm 1,12): Todos los que pasáis por el camino, atended y mirad si hay dolor igual al mío. Y con todo esto, Tú, cuyo amor no tenia tasa, buscaste y hallaste invenciones nuevas para traer y sentir dentro de Ti dolores que excediesen en número a los clavos, azotes y tormentos que de fuera pasaste, y durasen más tiempo y fuesen más agudos para te herir. Isaías (Is 53,6) dice: Cada uno de nosotros se perdió por su camino, y el Señor puso sobre su Mesías los pecados de iodos nosotros. Y esta sentencia tan rigurosa de la divina justicia, tu amor, Señor, la hubo por buena; y echaste sobre tus cuestas, y te hiciste cargo de todos los pecados, sin faltar uno, que todos los hombres hicieron, hacen y han de hacer desde el principio del mundo hasta que se acabe, para pagarlos Tú, Señor, amador nuestro, con dolores de tu Corazón.

¿Mas quién contará el número de tus dolores, pues tampoco hay quien cuente el número de nuestros pecados, que los causaron, sino Tú solo, Señor, que los pasaste, hecho por nosotros varón de dolores, y que pruebas por experiencia trabajos? (Is 53,3). Un solo nombre dice de si que tenía más pecados que cabellos en la cabeza (Ps 39,12). Y sobre esto, aun dice que le perdone Dios los otros pecados que tiene y no los conoce (Ps 18,14). Pues si uno, que es David, tantos tiene, ¿quién contará los que tienen todos los hombres, muchos de los cuales hicieron más y mayores pecados que no David? ¡ En cuánto trabajo te metiste, oh Cordero de Dios, para quitar los pecados del mundo!, en cuya persona fue dicho (Ps 21,13): Cercáronme muchos becerros; y los toros gruesos me rodearon: abrieron sobre mí su boca como león que brama y hace presa. Mas aunque en el huerto de Getsemaní te fueron, Señor, a prender una capitanía de mil hombres del brazo seglar, sin la gente enviada por los Pontífices y fariseos, los cuales con mucha crueldad te cercaron y prendieron; mas a quien mirare la muchedumbre y grandeza de todos los pecados del mundo que han cercado tu Corazón, poca gente le parecerá la que aquella noche te fue a prender, en comparación de los que cercan a tu Corazón. ¡ Qué vista, Señor, tan espantable! ¡ Qué retablo tan feo, y para dar tanta pena, traías delante de Ti, cercado de nuestros grandes pecados, significados por los becerros, y de los muy grandes, significados por los toros! ¿Quién contará, Señor, cuan feos pecados han acaecido en el mundo, que presentados delante tu inefable limpieza y santidad, te pondrían espanto, y como toros con bocas abiertas arremetían a Ti, pidiendo que Tú, Señor, pagases la pena que tanta maldad merecía? ¡Con cuánta razón se dice adelante (v. 15) que fuiste derramado como agua, con tormentos de fuera, y tu Corazón fue derretido como cera, con fuego de dolores de dentro! ¿Quién, Señor, dirá que puede más crecer el número de tus dolores, pues tan sin número son nuestros pecados?

San Juan de la Cruz

Subida al Monte Carmelo: Dios nos mira por dentro

Capítulo 38: Que prosigue en los bienes motivos. Dice de los oratorios y lugares dedicados para oración.

1 Paréceme que ya queda dado a entender cómo en estos accidentes de las imágenes puede tener el espiritual tanta imperfección, y por ventura más peligrosa, poniendo su gusto y gozo en ellas, componiendo como en las demás cosas corporales y temporales. Y digo que más, por ventura, porque con decir: cosas santas son, se aseguran más y no temen la propiedad y asimiento natural. Y así, se engañan a veces harto, pensando que ya están llenos de devoción porque se sienten tener el gusto en estas cosas santas, y, por ventura, no es más que condición y apetito natural, que, como se ponen en otras cosas, se ponen en aquello.

2 De aquí es, porque comencemos a tratar de los oratorios, que algunas personas no se hartan de añadir unas y otras imágenes a su oratorio, gustando del orden y atavío con que las ponen, a fin que su oratorio esté bien adornado y parezca bien. Y a Dios no le quieren más así que así, mas antes menos, pues el gusto que ponen en aquellos ornatos pintados quitan a lo vivo, como habemos dicho. Que, aunque es verdad que todo ornato y atavío y reverencia que se puede hacer a las imágenes es muy poco, por lo cual los que las tienen con poca decencia y reverencia son dignos de mucha reprehensión, junto con los que hacen algunas tan mal talladas, que antes quitan la devoción que la añaden, por lo cual habían de impedir algunos oficiales que en esta arte son cortos y toscos , pero ¿qué tiene esto que ver con la propiedad y asimiento y apetito que tú tienes en estos ornatos y atavíos exteriores, cuando de tal manera te engolfan el sentido, que te impiden mucho el corazón de ir a Dios y amarle y olvidarte de todas las cosas por su amor? Que si a esto faltas por esotro, no sólo no te lo agradecerá, mas te castigará, por no haber buscado en todas las cosas su gusto más que el tuyo.

Lo cual podrás bien entender en aquella fiesta que hicieron a Su Majestad cuando entró en Jerusalén, recibiéndole con tantos cantares y ramos (Mt 21,9) y lloraba el Señor (Lc 19,41); porque, teniendo ellos su corazón muy lejos de él, le hacían pago con aquellas señales y ornatos exteriores. En lo cual podemos decir que más se hacían fiesta a sí mismos que a Dios, como acaece a muchos el día de hoy, que, cuando hay alguna solemne fiesta en alguna parte, más se suelen alegrar por lo que ellos se han de holgar en ella, ahora por ver o ser vistos, ahora por comer, ahora por otros sus respectos, que por agradar a Dios. En las cuales inclinaciones e intenciones ningún gusto dan a Dios, mayormente los mismos que celebran las fiestas cuando inventan para interponer en ellas cosas ridículas e indevotas para incitar a risa la gente, con que más se distraen; y otros ponen cosas que agraden más a la gente que la muevan a devoción.

3 Pues ¿qué diré de otros intentos que tienen algunos de intereses en las fiestas que celebran? Los cuales si tienen más el ojo y codicia a esto que al servicio de Dios, ellos se lo saben, y Dios, que lo ve. Pero en las unas maneras y en las otras, cuando así pasa, crean que más se hacen a sí la fiesta que a Dios; porque por lo que su gusto o el de los hombres hacen, no lo toma Dios a su cuenta, antes muchos se estarán holgando de los que comunican en las fiestas de Dios, y Dios se estará con ellos enojando; como lo hizo con los hijos de Israel cuando hacían fiesta cantando y bailando a su ídolo, pensando que hacían fiesta a Dios, de los cuales mató muchos millares (Ex 32,7-28); o como con los sacerdotes Nadab y Abiú hijos de Aarón, a quien mató Dios con los incensarios en las manos porque ofrecían fuego ajeno (Lv 10,1-2); o como al que entró en las bodas mal ataviado y compuesto, al cual mandó el rey echar en las tinieblas exteriores atado de pies y manos (Mt 22,12-13). En lo cual se conoce cuán mal sufre Dios en las juntas que se hacen para su servicio estos desacatos.

Porque ¡cuántas fiestas, Dios mío, os hacen los hijos de los hombres en que se lleva más el demonio que Vos! Y el demonio gusta de ellas, porque en ellas, como el tratante, hace él su feria. ¡Y cuántas veces diréis Vos en ellas: Este pueblo con los labios me honra sólo, mas su corazón está lejos de mí, porque me sirve sin, causa! (Mt 15,8). Porque la causa por que Dios ha de ser servido es sólo por ser él quien es, y no interponiendo otros fines. Y así, no sirviéndole sólo por quien él es, es servirle sin causa final de Dios.

4 Pues, volviendo a los oratorios, digo que algunas personas los atavían más por su gusto que por el de Dios. Y algunos hacen tan poco caso de la devoción de ellos, que no los tienen en más que sus camariles profanos, y aun algunos no en tanto, pues tienen más gusto en lo profano que en lo divino.

5 Pero dejemos ahora esto y digamos todavía de los que hilan más delgado, es a saber, de los que se tienen por gente devota. Porque muchos de éstos de tal manera dan en tener asido el apetito y gusto a su oratorio y ornato de él, que todo lo (que) habían de emplear en oración de Dios y recogimiento interior se les va en esto. Y no echan de ver que, no ordenando esto para el recogimiento interior y paz del alma, se distraen tanto en ello como en las demás cosas, y se inquietarán en el tal gusto a cada paso, y más si se lo quisiesen quitar.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis: El tiempo del Evangelio

Audiencia general (17-12-1997)

1. La entrada de la eternidad en el tiempo a través del misterio de la Encarnación hace que toda la vida de Cristo en la tierra sea un período excepcional. El arco de esta vida constituye un tiempo único, tiempo de la plenitud de la Revelación, en la que el Dios eterno nos habla en su Verbo encarnado a través del velo de su existencia humana.

Se trata del tiempo que permanecerá para siempre como punto de referencia normativo: el tiempo del Evangelio. Todos los cristianos lo reconocen como el tiempo en el que comienza su fe.

Es el tiempo de una vida humana que ha cambiado todas las vidas humanas. La vida de Cristo fue más bien breve; pero su intensidad y su valor son incomparables. Nos encontramos ante la mayor riqueza para la historia de la humanidad. Riqueza inagotable, porque es la riqueza de la eternidad y de la divinidad.

2. Particularmente afortunados fueron quienes, viviendo en el tiempo de Jesús, tuvieron la alegría de estar a su lado, verlo y escucharlo. Jesús mismo los llama bienaventurados: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron» (Lc10, 23-24).

La fórmula «os digo» permite comprender que la afirmación va más allá de una simple constatación del hecho histórico. Jesús pronuncia una palabra de revelación, que ilumina el sentido profundo de la historia. En el pasado que lo precede Jesús no ve sólo los acontecimientos externos que preparan su venida; contempla las aspiraciones profundas de los corazones, que subyacen en esos acontecimientos y anticipan su éxito final.

Gran parte de los contemporáneos de Jesús no se dan cuenta de su privilegio. Ven y oyen al Mesías sin reconocerlo como el Salvador esperado. Se dirigen a él sin saber que están hablando con el Ungido de Dios que anunciaron los profetas.

Jesús, al decirles «lo que vosotros veis», «lo que vosotros oís», los invita a captar el misterio, yendo más allá del velo de los sentidos. En esta penetración, ayuda sobre todo a sus discípulos: «A vosotros se os ha confiado el misterio del reino de Dios» (Mc 4, 11).

En este camino de los discípulos hacia el descubrimiento del misterio se enraiza nuestra fe, fundada precisamente en su testimonio. Nosotros no tenemos el privilegio de ver y oír a Jesús como era posible en los días de su vida terrena; pero, con la fe, recibimos la gracia inconmensurable de entrar en el misterio de Cristo y de su Reino.

3. El tiempo del Evangelio abre la puerta a un profundo conocimiento de la persona de Cristo. A este propósito, podemos recordar las palabras del conmovedor reproche que hace Jesús a Felipe: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?» (Jn 14, 9). Jesús esperaba un conocimiento penetrante y lleno de amor por parte de quien, siendo apóstol, vivía en una relación muy estrecha con el Maestro y, precisamente por esta intimidad, hubiera debido comprender que en él se manifestaba el rostro del Padre. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). El discípulo está llamado a descubrir en el rostro de Cristo, con la mirada de la fe, el rostro invisible del Padre.

4. El Evangelio presenta el arco de la vida terrena de Cristo como tiempo de bodas. Es un tiempo para difundir la alegría. «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar» (Mc 2, 19). Jesús usa aquí una imagen sencilla y sugestiva. Él es el esposo que inaugura la fiesta de sus bodas, bodas del amor entre Dios y la humanidad. Él es el esposo que quiere comunicar su alegría. Los amigos del esposo son invitados a compartirla, participando en el banquete.

Sin embargo, precisamente en el mismo marco nupcial, Jesús anuncia el momento en el que ya no estará presente: «Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mc 2, 20): es una clara alusión a su sacrificio. Jesús sabe que a la alegría seguirá la tristeza. Sus discípulos entonces «ayunarán», o sea, sufrirán participando en su pasión.

La venida de Cristo a la tierra, con toda la alegría que conlleva para la humanidad, está relacionada indisolublemente con el sufrimiento. La fiesta nupcial está marcada por el drama de la cruz, pero culminará en la alegría pascual.

5. Este drama es el fruto del inevitable enfrentamiento de Cristo con la potencia del mal: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas n ola vencieron» (Jn1,5). Los pecados de todos los hombres desempeñan un papel esencial en este drama. Pero fue particularmente doloroso para Cristo que una parte de su pueblo no lo reconociera. Dirigiéndose a la ciudad de Jerusalén, le reprocha: «No has conocido el tiempo de tu visita» (Lc19, 44).

El tiempo de la presencia terrena de Cristo era el tiempo de la visita de Dios. Ciertamente, no faltaron quienes dieron una respuesta positiva, la respuesta de la fe. Antes de referirse al llanto de Jesús sobre la ciudad rebelde (cf. Lc 19, 41-44), san Lucas nos describe su ingreso «real», «mesiánico» en Jerusalén, cuando «toda la multitud de los discípulos, con gran alegría, se puso a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: “Bendito el rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas”» (Lc 19, 37-38). Pero este entusiasmo no podía ocultar, a los ojos de Jesús, la amarga evidencia de ser rechazado por los jefes de su pueblo y por la multitud que ellos instigaban.

Por lo demás, antes de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús había anunciado su sacrificio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45; cf. Mt 20, 28).

Así, el tiempo de la vida terrena de Cristo se caracteriza por su ofrenda redentora. Es el tiempo del misterio pascual de muerte y resurrección, de la que brota la salvación de los hombres.

Beato Pablo VI, papa

Exhortación: Jerusalén celeste.

Exhortación apostólica sobre la alegría cristiana «Gaudete in Domino».

«Desdichadamente, esto está escondido a tus ojos» (Lc 19,42b).

Es del todo evidente que ninguna ciudad de aquí abajo constituye el término de nuestro peregrinar en el tiempo. Dicho término está escondido en el más allá, en el corazón del misterio de Dios que todavía es invisible para nosotros; porque nuestro caminar es todavía en fe, no en la clara visión, y no se nos ha manifestado todavía lo que seremos. La nueva Jerusalén, de la cual somos ya ciudadanos e hijos, desciende de arriba, de junto a Dios. Todavía no hemos podido contemplar el esplendor de esta única ciudad definitiva, más que como en un espejo, de manera confusa, manteniendo firme la palabra de los profetas. Pero ya desde ahora somos ciudadanos de ella, o estamos invitados a serlo; todo el peregrinar espiritual recibe su sentido interior de este último destino.

Esta es la Jerusalén que han celebrado lo salmistas. El mismo Jesús, y María, su madre, en esta tierra, han cantado los cánticos de Sión al subir a Jerusalén: “Belleza perfecta, alegría de toda la tierra”. Pero desde ahora la Jerusalén de arriba recibe todo su atractivo sólo de Cristo, es hacia él que hacemos un camino interior.

Benedicto XVI, papa

Ángelus: Jerusalén somos todos nosotros

En la solemnidad de la Epifanía del Señor (06-01-2009)

[…] El Evangelio cuenta cómo Jesús vino al mundo con gran humildad y ocultamiento…

Ciertamente, resalta el hecho de que el conocimiento de las Escrituras y de las profecías mesiánicas no lleva a todos a abrirse a él y a su palabra. Esto lleva a pensar que, poco antes de la pasión, Jesús lloró sobre Jerusalén porque no había reconocido el tiempo de su visita (cf. Lc 19, 44).

Tocamos aquí uno de los puntos cruciales de la teología de la historia: el drama del amor fiel de Dios en la persona de Jesús, que “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). A la luz de toda la Biblia, esta actitud de hostilidad, de ambigüedad o de superficialidad representa la de todo hombre y del “mundo” —en sentido espiritual—, cuando se cierra al misterio del Dios verdadero, que sale a nuestro encuentro con la desarmante mansedumbre del amor. Jesús, el “rey de los judíos” (cf. Jn 18, 37), es el Dios de la misericordia y de la fidelidad; quiere reinar con el amor y la verdad, y nos pide que nos convirtamos, que abandonemos las obras malas y que recorramos con decisión el camino del bien.

Por tanto, en este sentido, “Jerusalén” somos todos nosotros. Que la Virgen María, que acogió con fe a Jesús, nos ayude a no cerrar nuestro corazón a su Evangelio de salvación. Más bien, dejémonos conquistar y transformar por él, el “Emmanuel”, el Dios que vino a nosotros para darnos su paz y su amor.

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