Lc 21, 12-19: Discurso sobre la ruina de Jerusalén – Señales precursoras (ii)

Texto Bíblico

12 Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. 13 Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, 15 porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. 16 Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, 17 y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19 con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio de Nisa, obispo

Instrucción: Remedio divino a todos los males.

Instrucción catequética, 29-30.

«Todos os odiarán a causa de mi nombre» (Lc 21,17).

Si el don de Dios al mundo que es su Hijo enviado al mundo es tan excelente, fruto de la gran dignidad de Dios ¿por qué tardó tanto en conceder este beneficio? Sí, porque cuando el mal en el mundo todavía estaba en sus principios ¿por qué Dios no acabó de raíz con su desarrollo ulterior? A esta objeción se puede responder en breve diciendo que es la sabiduría, la providencia de Dios, el bien por naturaleza que ha diferido este don. En efecto, así como el médico espera que el mal que se está incubando en el cuerpo se manifieste al exterior para poder aplicar el remedio, así, una vez que la enfermedad del pecado se había apoderado de la humanidad, el Médico del universo esperaba que no quedara oculta o disimulada ninguna forma de perversidad.

Esta es la razón por qué Dios no aplicó en seguida después de la envidia de Caín y del asesinato de Abel, el remedio al mundo caído en pecado… Fue cuando el vicio llegó a su culminación, cuando no quedó ya ninguna perversidad humana por realizarse que Dios puso el remedio a la enfermedad que ya no estaba en sus principios sino que se hallaba en pleno desarrollo. Así el remedio divino llegó a todos los males de la humanidad enferma. (…)

Entonces ¿por qué la gracia del evangelio no se extendió enseguida sobre todos los hombres? Ciertamente, la llamada de Dios se dirige a todos por igual, sin distinción de condición, ni de edad ni de raza… Pero aquel que tiene en sus manos la libre disposición del universo ha llevado hasta el extremo el respeto por el hombre. Permite que cada uno de nosotros tengamos nuestro dominio propio, donde somos amos nosotros mismos: es la voluntad, la facultad que rechaza la esclavitud, que permanece libre, fundada sobre la autonomía de la razón. La fe está pues, a la libre disposición de los que reciben el anuncio del evangelio.

San Cipriano, obispo y mártir

Homilía: Ninguno puede llegar al Reino por otro camino.

Carta 6,1-2: CSEL 3, 480-482 (Liturgia de las Horas, Común de varios mártires).

«Ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza» (Lc 21,18).

[…] Os exhorto a que perseveréis con constancia y fortaleza en la confesión de la gloria del cielo; y, ya que habéis comenzado a recorrer el camino que recorrió el Señor, continuad por vuestra fortaleza espiritual hasta recibir la corona, teniendo como protector y guía al mismo Señor que dijo: Sabed que ya estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

¡Feliz cárcel, dignificada por vuestra presencia! ¡Feliz cárcel, que traslada al cielo a los hombres de Dios! ¡Oh tinieblas más resplandecientes que el mismo sol y más; brillantes que la luz de este mundo, donde han sido edificados los templos de Dios y santificados vuestros miembros por la confesión del nombre del Señor!

Que ahora ninguna otra cosa ocupe vuestro corazón y vuestro espíritu sino los preceptos divinos y los mandamientos celestes, con los que el Espíritu Santo siempre os animaba a soportar los sufrimientos del martirio. Nadie se preocupe ahora de la muerte sino de la inmortalidad, ni del sufrimiento temporal sino de la gloria eterna, ya que está escrito: Mucho le place al Señor la muerte de sus fieles. Y en otro lugar: El sacrificio que agrada a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.

Y también, cuando la sagrada Escritura habla de los tormentos que consagran a los mártires de Dios y los santifican en la prueba, afirma: La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad. Gobernarán naciones, someterán pueblos, y el Señor reinará sobre ellos eternamente.

Por tanto, si pensáis que habéis de juzgar y reinar con Cristo Jesús, necesariamente debéis de regocijaros y superar las pruebas de la hora presente en vista del gozo de los bienes futuros. Pues, como sabéis, desde el comienzo del mundo las cosas han sido dispuestas de tal forma que la justicia sufre aquí una lucha con el siglo. Ya desde el mismo comienzo, el justo Abel fue asesinado, y a partir de él siguen el mismo camino los justos, los profetas y los apóstoles.

El mismo Señor ha sido en sí mismo el ejemplar para todos ellos, enseñando que ninguno puede llegar a su reino sino aquellos que sigan su mismo camino: El que se ama a si mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. Y en otro lugar: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo.

También el apóstol Pablo nos dice que todos los que deseamos alcanzar las promesas del Señor debemos imitarle en todo: Somos hijos de Dios -dice- y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

Santa Teresa de Ávila, carmelita descalza y doctora de la Iglesia

Meditación: Dios no abandona a sus amadores.

Meditaciones sobre los Cantares, 3,4-6 LN/C.

«Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa» (Lc 21,14).

¡Oh amor fuerte de Dios, y cómo no le parece que ha de haber cosa imposible a quien ama!¡Oh, dichosa alma que ha llegado a alcanzar esta paz de su Dios, que esté señoreada sobre todos los trabajos y peligros del mundo, que ninguno teme a cuento de servir a tan buen Esposo y Señor,… Mirad una cosa que se me ofrece ahora y viene a propósito para los que de su natural son pusilánimes y de ánimo flaco, que por la mayor parte serán mujeres, y aunque en hecho de verdad su alma haya llegado a este estado, su flaco natural teme. Es menester tener aviso, porque esta flaqueza natural nos hará perder una gran corona. Cuando os hallareis con esta pusilanimidad, acudid a la fe y humildad y no dejéis de acometer con fe, que Dios lo puede todo, y así pudo dar fortaleza a muchas niñas santas, y se la dio para pasar tantos tormentos, como se determinaron a pasar por El.

De esta determinación quiere hacerle señor de este libre albedrío, que no ha menester El nuestro esfuerzo de nada, antes gusta Su Majestad de querer que resplandezcan sus obras en gente flaca, porque hay más lugar de obrar su poder y de cumplir el deseo que tiene de hacernos mercedes…

Para esto os han de aprovechar las virtudes que Dios os ha dado, para hacer con determinación y dar de mano a las razones del entendimiento y a vuestra flaqueza, y para no dar lugar a que crezca con pensar: “si será”, “si no será”, “quizá por mis pecados no mereceré yo que me dé fortaleza como a otros ha dado”. No es ahora tiempo de pensar vuestros pecados. Dejadlos aparte, que no es con sazón esa humildad. Es mala coyuntura…Tened por cierto que nunca dejará el Señor a sus amadores cuando por sólo El se aventuran.”

San Ambrosio de Milán, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Hemos de ser probados.

Sermón 10 sobre el salmo 118.

«Os echarán mano, os perseguirán… por causa de mi nombre» (Lc 21,12).

¿En qué son justos los juicios de Dios? En el sentido de que es por el esfuerzo y las pruebas como se alcanza la recompensa del cielo. De la misma manera que por el juicio de los hombres la corona de un precio se atribuye a los atletas que combaten, lo mismo la palma de la victoria es concedida por el juicio de Dios a los cristianos que luchan (cf 1Co 9,25). “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono”, dice el Señor (Ap 3,21).

Así como el metal es refinado por el fuego, nuestra vida es probada por el fuego, con el fin de que la fuerza de nuestra virtud se manifieste en los combates… En efecto, ¿qué hacemos de grande si mostramos satisfacción a Dios en el bienestar, cuando nada desagradable nos enturbia? Lo que es admirable, es mostrarse satisfecho ante la voluntad de Dios en medio de las dificultades y las vejaciones, si no te rebelas en la privación, si no te impide alabar su justicia. Cuanto más grandes son las pruebas, mayor será el consuelo que te está reservado. Sin embargo, para no caer, cuanto más te veas cercado por duras pruebas, más le debes rogar al Verbo de Dios que te de corage.

San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: La vida, la verdad ¿cómo llegar a ellas?

Sermón 306.

«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19).

¿Quieres llegar a la vida en la que quedarás para siempre a salvo del error? ¿Quién no lo querría?… Todos queremos la vida y la verdad. Pero ¿cómo llegar a ellas? ¿Cuál es el camino a seguir? Ciertamente no hemos llegado todavía al término del viaje pero le vemos ya…, aspiramos a la vida y a la verdad. Cristo es la una y la otra. ¿Por dónde llegar a ellas? «Yo soy el camino» dice. ¿Dónde llegar? «Yo soy la verdad y la vida» (Jn 14,6).

Esto es lo que los mártires han amado; he aquí el motivo por el cual han dejado atrás el amor a los bienes presentes y efímeros. No os sorprendáis por su valentía; en ellos es el amor el que ha vencido a los sufrimientos… sigamos sus huellas, con los ojos fijos en aquel que es su Jefe y nuestro Jefe; si deseamos llegar a una felicidad como la suya, no temamos pasar por caminos difíciles. El que nos ha prometido la dicha es veraz, es fiel, no podría engañarnos… ¿Por qué temer los caminos duros del sufrimiento y la tribulación? El Salvador en persona ha pasado por ellos.

Respondes: «¡Es que él era el Salvador!» Debes saber que los apóstoles han pasado también por ellos. Y dirás: «¡Eran los apóstoles!». Lo sé. No olvides que una gran cantidad de hombres como tú han pasado por ellos al seguirles…; también las mujeres han pasado por ellos…; niños e incluso muchachas han pasado también. ¿Es posible que todavía sea duro este camino que tantos transeúntes han allanado?

Sermón: Dios acoge la oración del oprimido.

2º sermón sobre el salmo 26.

«No caerá ni uno sólo de vuestros cabellos. Con vuestra perseverancia obtendréis la vida» (Lc 21,18-19).

«Se levantan contra mí testigos falsos que respiran violencia» (Sl 26,12)… El salmista lucha contra los que le persiguen y atormentan; pierde el aliento, sufre, pero se mantiene firme; está seguro porque Dios le sostiene, Dios le ayuda, Dios le conduce, Dios le guía. A la vez que transportado de gozo por lo que ha podido admirar y cantar, y agotado por los gemidos a causa de lo que ha tenido que sufrir, al fin respira y grita: «Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida» (v.13). ¡Oh cuan dulce es la bondad del Señor, inmortal, incomparable, eterna, inmutable! Y ¿cuándo te veré, oh bondad del Señor? «Lo creo, te veré» pero no en la tierra de los mortales, sino «en el país de la vida». El Señor me hará salir de la tierra de los mortales, él, que por mi se ha dignado aceptar esta tierra de los mortales y morir entre las manos de mortales…

Escuchemos también nosotros, la voz del Señor que desde lo alto nos exhorta, nos consuela; escuchemos la voz de aquel que tenemos por padre y por madre (cf v.10). Porque él ha oído nuestros gemidos, ha visto nuestros suspiros, ha sondeado los deseos de nuestro corazón, «la sola cosa que pedimos» (v.4). Gracias a la intercesión de Cristo, acoge favorablemente nuestra única oración, nuestra única petición. Y mientras acabamos nuestro peregrinaje en este mundo, aunque la ruta sea larga, no dejará de darnos lo que nos ha prometido. Nos dice: «Espera en el Señor». El que nos lo ha prometido es todopoderoso, es verídico, es fiel. «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (v.14). No te dejes, pues, turbar.

San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

Homilía: Al no encontrar descanso fuera, se apoya en Dios.

Tratados morales sobre el libro de Job, 10, 47-48: PL 75, 946.

«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19).

«El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios, y éste lo escuchará» (Jb 12,4 Vulg.)… Ocurre a veces que la voluntad se mantiene en el bien obrar, y, sin embargo, sufre el ataque de las burlas de los hombres; hace cosas admirables, y recibe, a cambio, desprecios; de este modo, pudiendo salir fuera de sí misma por las alabanzas, al ser rechazada por la afrenta, vuelve a su interior, y allí se afinca más sólidamente en Dios, al no encontrar descanso fuera. Entonces pone toda su esperanza en el Creador y, frente al ataque de las burlas, implora solamente la ayuda del testigo interior; así, el ama afligida, rechazada por el favor de los hombres, se acerca más a Dios; se refugia totalmente en la oración, y las dificultades que halla en lo exterior hacen que se dedique con más pureza a penetrar las cosas del espíritu. Con razón, pues, se afirma aquí: «El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios, y éste lo escuchará» porque los malvados, al reprobar a los buenos, demuestran con ello cuál es el testigo que buscan de sus actos. En cambio, el alma del hombre recto, al buscar en la oración el remedio a sus heridas, se hace tanto más acreedora a ser escuchada por Dios cuanto más rechazada se ve de la aprobación de los hombres…

«El hombre honrado y cabal es el hazmerreír» (Jb 12,4). Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero, y lo verdadero como falso. Por el contrario, la sabiduría de los hombres honrados consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en no quererse vengar de las injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una insensatez toda obra conforme a la verdad.

Juan Taulero, dominico en Estrasburgo

Sermón: Verdaderos testigos de Cristo.

Sermón 21, para la Ascensión.

«Todos os odiarán por causa de mi nombre, pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (Lc 21,18).

Jesús prometió siempre la paz a sus discípulos, tanto antes de su muerte como después de su resurrección, siempre la paz (Jn 14,27; Lc 24,36). Los discípulos jamás alcanzaron la paz exterior, pero vivieron la paz en la lucha y el amor en el sufrimiento; y en la muerte encontraron la vida. Encontraron también un gozoso triunfo cuando, antes de la muerte, se les interrogaba, juzgaba y condenaba. Fueron verdaderos testimonios.

Sí, hay muchos hombres que viven llenos de dulzura en su cuerpo y en su alma hasta el punto de estar penetrados de ella hasta el meollo y hasta las venas, pero cuando seguidamente viene el sufrimiento, las tinieblas, el abandono interior y exterior, no saben qué hacer. Se paran, simplemente, y de ahí nada sacan. Cuando llegan los terribles huracanes, el abandono interior, la tentación exterior del mundo, de la carne y del Enemigo, el que sabrá pasar a través de todo ello encontrará la paz profunda que nadie le podrá quitar. Pero el que no coge este camino se queda atrás y jamás saboreará la paz verdadera. Así se ve cuales son los verdaderos testigos de Cristo.

Didascalía de los apóstoles

Las Constituciones apostólicas.

«Todos os odiarán a causa de mi nombre» (Lc 21,17).

Si somos llamados al martirio, hemos de confesar con constancia el Nombre precioso, y si somos castigados por ello, alegrémonos porque corremos hacia la inmortalidad. Si somos perseguidos, no nos entristezcamos, “no nos enamoremos del mundo presente”, ni de “las alabanzas de los hombres” (2Tm 4,10; Rm 2,29), ni de la gloria y el honor de los príncipes, como lo hacen algunos. Estos admiran las acciones del Señor, pero no creen en él por temor a los grandes sacerdotes y a otros dirigentes, porque antes “prefieren la gloria de los hombres que la de Dios” (Jn 12,42). “Combatiendo el buen combate de la fe” (1Tm 6,12), no tan sólo aseguramos nuestra salvación, sino que damos firmeza a los nuevos bautizados y consolidamos la fe de los catecúmenos…

El que sea juzgado digno del martirio que se goce en imitar a su maestro, puesto que está prescrito: “Un discípulo no es más que su maestro” (Lc 6,40). Ahora bien, nuestro maestro, Jesús, el Señor, fue maltratado por causa nuestra, soportó pacientemente calumnias y ultrajes, lo cubrieron de salivazos, lo abofetearon, lo molieron a golpes; después de haber sido flagelado, fue clavado en la cruz, le dieron a beber vinagre y hiel, y después de haberse cumplido las Escrituras, dijo a Dios Padre: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Así pues, el que pide ser discípulo suyo, que se prepare a luchar como él, que imite su paciencia, sabiendo que…, sea lo que fuere lo que tenga que soportar, será recompensado por Dios si cree en el único y solo verdadero Dios…

Porque el Dios todopoderoso nos resucitará por medio de nuestro Señor Jesucristo, según su infalible promesa, juntamente con todos los que han muerto desde el principio… Aunque muramos en el mar, aunque seamos dispersados por tierra, aunque seamos destrozados por las bestias feroces o rapaces, con su poder él nos resucitará, porque todo el universo es sostenido por la mano de Dios: “Ni un solo cabello de vuestra cabeza, dice, se perderá.” Por eso no exhorta con estas palabras: “Con vuestra perseverancia alcanzaréis la vida”.

Concilio Vaticano II

Constitución: El martirio, testimonio supremo de amor.

Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium» nn. 41-42.

«Esta será para vosotros la ocasión de dar testimonio» (Lc 21,13).

Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados, y «el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un breve padecer, los perfeccionará y afirmará, los fortalecerá y consolidará» (1 Pe 5, 10).

Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a El en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.

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