Lc 23, 35-43: Jesús en la cruz ultrajado – El “buen ladrón”

Texto Bíblico

35 El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». 36 Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37 diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38 Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43 Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Gregorio de Nisa

Sermones: Es Rey, pues venció a la muerte

«Había encima de él una inscripción: 'Este es el Rey de los judíos.'» (Lc 23,48)
Sermón 5º sobre la Pascua: PG 46, 683

PG

«Pilatos dijo: 'Aquí tenéis a vuestro rey' » (Jn 19,14)

¡Bendito sea Dios! Celebremos al Hijo único, Creador de los cielos, que ha vuelto a subir a ellos después de haber descendido hasta lo más profundo de los infiernos y ahora cubre la tierra entera con los rayos de su luz. Celebremos la sepultura del Hijo único y su resurrección como vencedor, gozo del mundo entero y vida de todos los pueblos...

Todo esto nos fue dado cuando el Creador, rechazando la ignominia, se levantó de entre los muertos y, en su esplendor divino transfiguró lo perecedero en imperecedero. ¿Cuál es la ignominia que rechazó? Nos lo dice Isaías: «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres» (53, 2-3). ¿Cuándo es que estuvo sin gloria? Cuando llevó sobre sus espaldas el madero de la cruz como trofeo de su victoria sobre el diablo. Cuando pusieron sobre su cabeza una corona de espinas, a él que corona a sus fieles. Cuando fue revestido de púrpura el que reviste de inmortalidad a los que son renacidos del agua y del Espíritu Santo. Cuando clavaron en el madero al señor de la muerte y de la vida.

Pero el que estuvo sin gloria fue transfigurado en la luz, y el que es el gozo del mundo se despertó con su cuerpo... «¡El Señor es rey, vestido de belleza!» (Sal 92,1). ¿De qué belleza se revistió? De incorruptibilidad, de inmortalidad, de convocador de los apóstoles, de corona de la Iglesia. Pablo se hace testigo de ello, escuchémosle: «Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad» (1Cor 15,53). También lo dice el salmista: «Tu trono está firme desde siempre y tú eres eterno; tu reino dura por los siglos; el Señor reina eternamente» (Sal 92,2; 145,13). Y también: «El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables» (Sal 96,1). ¡A él la gloria y el poder, amén!

Roberto Belarmino

Obras: La segunda Palabra

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»(Lc 23,4
Las siete palabras. Capítulo 4


Explicación literal de la segunda Palabra: "Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43).

La segunda palabra o la segunda frase pronunciada por Cristo en la Cruz fue, según el testimonio de San Lucas, la magnífica promesa que hizo al ladrón que pendía de una Cruz a su lado...

...nos vemos conducidos a adoptar la opinión de San Agustín y de San Ambrosio, que dicen que solo uno de los ladrones lo vitupero, mientras el otro lo glorificó y defendió; y según esta narración el buen ladrón increpó al blasfemador: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?" (Lc 23,40). El ladrón fue feliz por su solidaridad con Cristo en la Cruz. Los rayos de la luz Divina que empezaban a penetrar la oscuridad de su alma, lo llevaron a increpar al compañero de su maldad y a convertirlo a una vida mejor; y este es el sentido pleno de su increpación: "Tu, pues, quieres imitar la blasfemia de los judíos, que no han aprendido aun a temer los juicios de Dios, sino que se ufanan de la victoria que creen haber alcanzado al clavar a Cristo a una cruz. Se consideran libres y seguros y no tienen aprensión alguna del castigo. ¿Pero acaso tú, que estas siendo crucificado por tus enormidades, no temes la justicia vengadora de Dios? ¿Por qué añades tú pecado a pecado?". Luego, procediendo de virtud a virtud, y ayudado por la creciente gracia de Dios, confiesa sus pecados y proclama que Cristo es inocente. "Y nosotros" dice, somos condenados "con razón" a la muerte de cruz, "porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho" (Lc 23,41). Finalmente, creciendo aun la luz de la gracia en su alma, añade: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino" (Lc 23,42). Fue admirable, pues, la gracia del Espíritu Santo que fue derramada en el corazón del buen ladrón. El Apóstol Pedro negó a su Maestro, el ladrón lo confesó, cuando Él estaba clavado en su Cruz. Los discípulos yendo a Emaús dijeron, "Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel" (Lc 24,21). El ladrón pide con confianza, "Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino". El Apóstol Santo Tomas declara que no creerá en la Resurrección hasta que haya visto a Cristo; el ladrón, contemplando a Cristo a quien vio sujeto a un patíbulo, nunca duda de que Él será Rey después de su muerte.

¿Quién ha instruido al ladrón en misterios tan profundos? Llama Señor a ese hombre a quien percibe desnudo, herido, en desgracia, insultado, despreciado, y pendiendo en una Cruz a su lado: dice que después de su muerte Él vendrá a su reino. De lo cual podemos aprender que el ladrón no se figuró el reino de Cristo como temporal, como lo imaginaron ser los judíos, sino que después de su muerte Él seria Rey para siempre en el cielo. ¿Quién ha sido su instructor en secretos tan sagrados y sublimes? Nadie, por cierto, a menos que sea el Espíritu de Verdad, que lo esperaba con Sus más dulces bendiciones. Cristo, luego de su Resurrección dijo a Sus Apóstoles: "¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (Lc 24,26). Pero el ladrón milagrosamente previó esto, y confesó que Cristo era Rey en el momento en que no lo rodeaba ninguna semblanza de realeza. Los reyes reinan durante su vida, y cuando cesan de vivir cesan de reinar; el ladrón, sin embargo, proclama en alta voz que Cristo, por medio de su muerte heredaría un reino, que es lo que el Señor significa en la parábola: "Un hombre noble marcho a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse" (Lc 19,12). Nuestro Señor dijo estas palabras un tiempo corto antes de su Pasión para mostrarnos que mediante su muerte Él iría a un país lejano, es decir a otra vida; o en otras palabras, que Él iría al cielo que está muy alejado de la tierra, para recibir un reino grande y eterno, pero que Él volvería en el último día, y recompensaría a cada hombre de acuerdo a su conducta en esta vida, ya sea con premio o con castigo. Con respecto a este reino, por lo tanto, que Cristo recibiría inmediatamente después de su muerte, el ladrón dijo sabiamente: "Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino".

Pero puede preguntarse, ¿no era Cristo nuestro Señor Rey antes de su muerte? Sin lugar a dudas lo era, y por eso los Magos inquirían continuamente: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?" (Mt 2,2). Y Cristo mismo dijo a Pilato: "Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad" (Jn 18,37). Pero Él era Rey en este mundo como un viajero entre extraños, por eso no fue reconocido como Rey sino por unos cuantos, y fue despreciado y mal recibido por la mayoría. Y así, en la parábola que acabamos de citar, dijo que Él iría "a un país lejano, para recibir la investidura real". No dijo que Él la adquiriría por parte de otro, sino que la recibiría como Suya propia, y volvería, y el ladrón observó sabiamente, "cuando vengas con tu Reino". El reino de Cristo no es sinónimo en este pasaje de poder o soberanía real, porque lo ejerció desde el comienzo de acuerdo a estos versículos de los salmos: "Ya tengo yo consagrado a mí rey en Sion mi monte santo" (Sal 2,6). "Dominara de mar a mar, desde el Rio hasta los confines de la tierra" (Sal 72,8). E Isaías dice, "Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro" (Is 9,5). Y Jeremías, "Suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra" (Jr 23,5). Y Zacarías, "¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna" (Za 9,9). Por eso en la parábola de la recepción del reino, Cristo no se refería a un poder soberano, ni tampoco el buen ladrón en su petición, "Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino", sino que ambos hablaron de esa dicha perfecta que libera al hombre de la servidumbre y de la angustia de los asuntos temporales, y lo somete solamente a Dios, al cual servir es reinar, y por el cual ha sido puesto por encima de todas sus obras. De este reino de dicha inefable del alma, Cristo gozó desde el momento de su concepción, pero la dicha del cuerpo, que era Suya por derecho, no la gozó actualmente hasta después de su Resurrección. Pues mientras fue un forastero en este valle de lágrimas, estaba sometido a fatigas, a hambre y sed, a lesiones, a heridas, y a la muerte. Pero como su Cuerpo siempre debió ser glorioso, por eso inmediatamente después de la muerte Él entró en el gozo de la gloria que le pertenecía: y en estos términos se refirió a ello después de su Resurrección: "¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?". Esta gloria que Él llama Suya propia, pues está en su poder hacer a otros participes de ella, y por esta razón Él es llamado el "Rey de la gloria" (Ps 24,8) y "Señor de la gloria" (1Co 2,8), y "Rey de Reyes" (Ap 19,16) y Él mismo dice a Sus Apóstoles, "yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros" (Lc 22,29). Él, en verdad, puede recibir gloria y un reino, pero nosotros no podemos conferir ni el uno ni el otro, y estamos invitados a entrar "en el gozo de tu señor" (Mt 25,21) y no en nuestro propio gozo. Este entonces es el reino del cual habló el buen ladrón cuando dijo, "Cuando vengas con tu Reino".

Pero no debemos pasar por alto las muchas excelentes virtudes que se manifiestan en la oración del santo ladrón. Una breve revista de ellas nos preparara para la respuesta de Cristo a la petición; "Señor, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino". En primer lugar lo llama Señor, para mostrar que se considera a sí mismo como un siervo, o más bien como un esclavo redimido, y reconoce que Cristo es su Redentor. Luego añade un pedido sencillo, pero lleno de fe, esperanza, amor, devoción, y humildad: "Acuérdate de mí". No dice: Acuérdate de mí si puedes, pues cree firmemente que Cristo puede hacer todo. No dice: Por favor, Señor, acuérdate de mí, pues tiene plena confianza en su caridad y compasión. No dice: Deseo, Señor, reinar contigo en tu reino, pues su humildad se lo prohibía. En fin, no pide ningún favor especial, sino que reza simplemente: "Acuérdate de mí", como si dijera: Todo lo que deseo, Señor, es que Tu te dignes recordarme, y vuelvas tus benignos ojos sobre mí, pues yo sé que eres todopoderoso y que sabes todo, y pongo mi entera confianza en tu bondad y amor. Es claro por las palabras conclusivas de su oración, "Cuando vengas con tu Reino", que no busca nada perecedero y vano, sino que aspira a algo eterno y sublime.

Daremos oído ahora a la respuesta de Cristo: "Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso". La palabra "Amén" era usada por Cristo cada vez que quería hacer un anuncio solemne y serio a Sus seguidores...

..."Amén, yo te aseguro", esto es, yo te aseguro del modo más solemne que puedo sin hacer un juramento; pues el ladrón podría haberse negado por tres razones a dar crédito a la promesa de Cristo si Él no la hubiera aseverado solemnemente. En primer lugar, pudiera haberse negado a creer por razón de su indignidad de ser el receptor de un premio tan grande, de un favor tan alto. ¿Pues quién habría podido imaginar que el ladrón sería transferido de pronto de una cruz a un reino? En segundo lugar podría haberse negado a creer por razón de la persona que hizo la promesa, viendo que Él estaba en ese momento reducido al extremo de la pobreza, debilidad e infortunio, y el ladrón podría por ello haberse argumentado: Si este hombre no puede durante su vida hacer un favor a Sus amigos, ¿cómo va a ser capaz de asistirlos después de su muerte? Por último, podría haberse negado a creer por razón de la promesa misma. Cristo prometió el Paraíso. Ahora bien, los Judíos interpretaban la palabra Paraíso en referencia al cuerpo y no al alma, pues siempre la usaban en el sentido de un Paraíso terrestre. Si nuestro Señor hubiera querido decir: Este día tu estarás conmigo en un lugar de reposo con Abraham, Isaac, y Jacob, el ladrón podría haberle creído con facilidad; pero como no quiso decir esto, por eso precedió su promesa con esta garantía: "Amén, yo te aseguro".

"Hoy". No dice: Te pondré a Mi Mano Derecha en medio de los justos en el Día del Juicio. Ni dice: Te llevaré a un lugar de descanso luego de algunos años de sufrir en el Purgatorio. Ni tampoco: Te consolaré dentro de algunos meses o días, sino este mismo día, antes que el sol se ponga, pasaras conmigo del patíbulo de la cruz a las delicias del Paraíso. Maravillosa es la liberalidad de Cristo, maravillosa también es la buena fortuna del pecador. San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera con San Cipriano que el ladrón puede ser considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. El buen ladrón puede ser llamado mártir porque confesó públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontánea, la muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premio tan grande ante Dios como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo. Si nuestro Señor no hubiera hecho otra promesa que: "Hoy estarás conmigo", esto solo hubiera sido una bendición inefable para el ladrón, pues San Agustín escribe: "¿Dónde puede haber algo malo con Él, y sin Él donde puede haber algo bueno?". En verdad Cristo no hizo una promesa trivial a los que lo siguen cuando dijo: "Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor" (Jn 12,26). Al ladrón, sin embargo, le prometió no solo su compañía, sino también el Paraíso...

Orígenes

Sobre la Oración: Venga a nosotros tu reino

«¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?» (Lc 23,40)
Cap. 25: PG 11, 495-499

PG

Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio: Vendremos a él y haremos morada en él.

Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.

Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.

Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro Interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible, debe revestirse de santidad y de incorrupción, y este nuestro ser, mortal, debe revestirse de la inmortalidad del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos ya a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección.

Juan Crisóstomo

Homilía: La cruz, símbolo del reino

«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino» (Lc 23,42)
Sobre la cruz y el ladrón, Hom. 1, 3-4: PG 49, 403-404

PG

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. No tuvo la audacia de decir: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino antes de haber depuesto por la confesión la carga de sus pecados. ¿Te das cuenta de lo importante que es la confesión? Se confesó y abrió el paraíso. Se confesó y le entró tal confianza que, de ladrón, pasó a pedir el reino. ¿Ves cuántos beneficios nos reporta la cruz? ¿Pides el reino? Y, ¿qué es lo que ves que te lo sugiera? Ante ti tienes los clavos y la cruz. Sí, pero esa misma cruz —dice— es el símbolo del reino. Por eso lo llamo rey, porque lo veo crucificado: ya que es propio de un rey morir por sus súbditos. Lo dijo él mismo: El buen pastor da la vida por las ovejas: luego el buen rey da la vida por sus súbditos. Y como quiera que realmente dio su vida, por eso lo llamo rey: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

¿Ves cómo la cruz es el símbolo del reino? ¿Quieres otra confirmación de esta verdad? No la dejó en la tierra, sino que la tomó y se la llevó consigo al cielo. Y ¿cómo me lo demuestras? Muy sencillamente: porque en aquella su gloriosa y segunda venida aparecerá con ella, para que aprendas que la cruz es algo honorable. Por eso la llamó su «gloria».

Pero veamos cómo vendrá con la cruz, pues en este tema conviene poner las cartas boca arriba. Dice el evangelio: Si os insisten: «Mira, que Cristo está en el sótano», no os lo creáis; «mira, que está en el desierto», no vayáis. Hablaba de este modo de su segunda venida en gloria, previniéndonos contra los falsos cristos y contra el anticristo, para que nadie, seducido, cayera en sus lazos.

Como antes de Cristo debe aparecer el anticristo, para que nadie, buscando al pastor, caiga en manos del lobo, por eso te doy una señal para que identifiques la venida del pastor. Pues como la primera venida fue de incógnito, para que no pienses que la segunda ocurrirá de parecida manera, te doy esta contraseña. Y con razón la primera venida la realizó como de incógnito, pues vino a buscar lo que estaba perdido. Pero no así la segunda. Pues, ¿cómo? Porque igual que el relámpago sale del levante y brilla hasta el poniente, así ocurrirá con la venida del Hijo del hombre. Inmediatamente se hará patente a todos y nadie tendrá que preguntar si Cristo está aquí o está allí.

Igual que cuando brilla el relámpago no es necesario preguntar si se ha producido o no, así también en la venida de Cristo: no será necesario indagar si Cristo ha venido o no ha venido. Pero el problema era si aparecerá con la cruz, pues no nos hemos olvidado de lo prometido. Escucha, pues, lo que sigue. Entonces, dice. Entonces; pero, ¿cuándo? Cuando venga el Hijo del hombre, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor. Aquel día será tal la intensidad de la luz que se oscurecerán hasta las estrellas más luminosas. Entonces las estrellas caerán; entonces brillará en el cielo la señal del Hijo del hombre. ¿Ves cuál es el poder de la señal de la cruz?

Y al igual que al hacer un rey su entrada en una ciudad, los soldados le preceden llevando las insignias del soberano, precursoras de su llegada, así también, al bajar el Señor de los cielos, le precederán los ejércitos de ángeles y arcángeles enarbolando el glorioso lábaro de la cruz, y anunciándonos de esta suerte su entrada real.

Juan Pablo II

Audiencia General (16-11-1988): La salvación se concreta en el perdón

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43)
n. 7


... Tenían presente también otro hecho concreto sucedido en el Calvario y que se integra en el mensaje de la cruz como mensaje de perdón. Dice Jesús a un malhechor crucificado con Él: "En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43). Es un hecho impresionante, en el que vemos en acción todas las dimensiones de la obra salvífica, que se concreta en el perdón. Aquel malhechor había reconocido su culpabilidad, amonestando a su cómplice y compañero de suplicio, que se mofaba de Jesús: "Nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos"; y había pedido a Jesús poder participar en el reino que Él había anunciado: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino" (Lc 23,42). Consideraba injusta la condena de Jesús: "No ha hecho nada malo". No compartía pues las imprecaciones de su compañero de condena ("Sálvate a ti y a nosotros", Lc 23,39) y de los demás que, como los jefes del pueblo, decían: "A otros salvó, que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido" (Lc 23,35), ni los insultos de los soldados: "Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate" (Lc 23,37).

El malhechor, por tanto, pidiendo a Jesús que se acordara de él, profesa su fe en el Redentor; en el momento de morir, no sólo acepta su muerte como justa pena al mal realizado, sino que se dirige a Jesús para decirle que pone en Él toda su esperanza.

Esta es la explicación más obvia de aquel episodio narrado por Lucas, en el que el elemento psicológico ?es decir, la transformación de los sentimientos del malhechor?, teniendo como causa inmediata la impresión recibida del ejemplo de Jesús inocente que sufre y muere perdonando, tiene, sin embargo, su verdadera raíz misteriosa en la gracia del Redentor, que "convierte" a este hombre y le otorga el perdón divino. La respuesta de Jesús, en efecto, es inmediata. Promete el paraíso, en su compañía, para ese mismo día al bandido arrepentido y "convertido". Se trata pues de un perdón integral: él que había cometido crímenes y robos... se convierte en santo en el último momento de su vida.

Se diría que en ese texto de Lucas está documentada la primera canonización de la historia, realizada por Jesús en favor de un malhechor que se dirige a Él en aquel momento dramático. Esto muestra que los hombres pueden obtener, gracias a la cruz de Cristo, el perdón de todas las culpas y también de toda una vida malvada; que pueden obtenerlo también en el último instante, si se rinden a la gracia del Redentor que los convierte y salva.

Las palabras de Jesús al ladrón arrepentido contienen también la promesa de la felicidad perfecta: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". El sacrificio redentor obtiene, en efecto, para los hombres la bienaventuranza eterna. Es un don de salvación proporcionado ciertamente al valor del sacrificio, a pesar de la desproporción que parece existir entre la sencilla petición del malhechor y la grandeza de la recompensa. La superación de esta desproporción la realiza el sacrificio de Cristo, que ha merecido la bienaventuranza celestial con el valor infinito de su vida y de su muerte.

El episodio que narra Lucas nos recuerda que "el paraíso" se ofrece a toda la humanidad, a todo hombre que, como el malhechor arrepentido, se abre a la gracia y pone su esperanza en Cristo. Un momento de conversión auténtica, un "momento de gracia", que podemos decir con Santo Tomás, "vale más que todo el universo" (I-II 113,9, ad 2), puede pues saldar las deudas de toda una vida, puede realizar en el hombre, en cualquier hombre, lo que Jesús asegura a su compañero de suplicio: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".

Meditación (29-03-2002): Ese ladrón somos todos

«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)
Meditación a la 11ª estación. Vía Crucis, presidido por Juan Pablo II, Viernes Santo 2002, Coliseo de Roma


«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43): es la palabra más consoladora qué Jesús pronuncia en el Evangelio.

Es aún más alentador el hecho de que la dirija a un malhechor.

El buen ladrón seguramente había matado, quizás más de una vez, y no sabía nada de Jesús, sino lo que había oído gritar a la muchedumbre.

Pero he aquí que escucha las palabras de perdón que el Nazareno dirige a quienes los crucifican e intuye, como en un relámpago, de qué Reino había hablado aquel "profeta".

Enseguida lo defiende del escarnio del otro malhechor y enseguida invoca la salvación.

Un sentimiento de solidaridad y un grito de ayuda han bastado para salvarlo.

Aquel ladrón nos representa a todos. Su rápida aventura nos enseña que el Reino predicado por Jesús no es difícil de alcanzar para cada uno que lo invoque.

Benedicto XVI

Ángelus (21-11-2010): Desde el trono de la cruz acoge a todos

«Este es el Rey» (Lc 23,38)
Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo


El Evangelio de san Lucas presenta, como en un gran cuadro, la realeza de Jesús en el momento de la crucifixión. Los jefes del pueblo y los soldados se burlan del «primogénito de toda la creación» (Col 1, 15) y lo ponen a prueba para ver si tiene poder para salvarse de la muerte (cf. Lc 23, 35-37). Sin embargo, precisamente «en la cruz, Jesús se encuentra a la «altura» de Dios, que es Amor. Allí se le puede «reconocer». (...) Jesús nos da la «vida» porque nos da a Dios. Puede dárnoslo porque él es uno con Dios». De hecho, mientras que el Señor parece pasar desapercibido entre dos malhechores, uno de ellos, consciente de sus pecados, se abre a la verdad, llega a la fe e implora «al rey de los judíos»: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino» (Lc 23, 42).

De quien «existe antes de todas las cosas y en él todas subsisten» (Col 1, 17) el llamado «buen ladrón» recibe inmediatamente el perdón y la alegría de entrar en el reino de los cielos. «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Con estas palabras Jesús, desde el trono de la cruz, acoge a todos los hombres con misericordia infinita. San Ambrosio comenta que «es un buen ejemplo de la conversión a la que debemos aspirar: muy pronto al ladrón se le concede el perdón, y la gracia es más abundante que la petición; de hecho, el Señor —dice san Ambrosio— siempre concede más de lo que se le pide (...) La vida consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino».

Audiencia General (15-02-2012): Desde la cruz, una palabra de esperanza

«Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43)
n. 4


...La segunda palabra de Jesús en la cruz transmitida por san Lucas es una palabra de esperanza, es la respuesta a la oración de uno de los dos hombres crucificados con él. El buen ladrón, ante Jesús, entra en sí mismo y se arrepiente, se da cuenta de que se encuentra ante el Hijo de Dios, que hace visible el Rostro mismo de Dios, y le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). La respuesta del Señor a esta oración va mucho más allá de la petición; en efecto dice: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Jesús es consciente de que entra directamente en la comunión con el Padre y de que abre nuevamente al hombre el camino hacia el paraíso de Dios. Así, a través de esta respuesta da la firme esperanza de que la bondad de Dios puede tocarnos incluso en el último instante de la vida, y la oración sincera, incluso después de una vida equivocada, encuentra los brazos abiertos del Padre bueno que espera el regreso del hijo.

Isidro Gomá y Tomás

El Evangelio Explicado: Injurias a Jesús crucificado

, Vol. 1, Acervo, Barcelona, 1966El buen ladrón (Lc 23, 39-43)
pp. 648-654


Explicación. —

Junto a la cruz en que pendía Jesús agolpáronse toda suerte de gentes, de los que llegaban a la ciudad y los que de ella salían: la solemnidad del día, la oportunidad la hora, lo concurrido del lugar, la misma fama de Jesús, fueron causa de que allí se congregaran la gente del pueblo, los sinedritas, los soldados, profiriendo contra Jesús terribles blasfemias; desde lo alto de su cruz se unían al infernal concierto los ladrones.

Primera palabra de Jesús: El Pueblo (Lc. 34.35). —

El Evangelio de Lucas ha sido con razón llamado el Evangelio de la misericordia; en esta lección aparece dos veces la gran misericordia del corazón de Cristo: en la oración que hace al Padre por sus enemigos y en la gracia que del cielo hace al buen ladrón. Mas Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Probablemente fue dicha esta palabra, que sólo refiere Lucas, en el acto de la crucifixión y repetidas veces, pues el verbo «decir» tiene en el original griego forma iterativa. Toda ella respira piedad: piedad filial, llamando a Dios Padre, para que por el ruego de tal Hijo se mueva a perdonar a los criminales; piedad del perdón, queriendo no se les tenga en cuenta a sus enemigos el acto horrible a que sus pasiones le han conducido; piedad más profunda aún, atribuyendo el crimen no a la malicia, de que tantas pruebas habían dado sus adversarios, sino a su ignorancia del carácter de Mesías que no reconocían en él. A esta oración de Jesús atribuyen los intérpretes la rápida conversión de muchos miles, probablemente de los que allí estaban (Act. 6, 7; 15, 5).

Y el pueblo estaba mirando: es un trazo particular de Lucas, en que se revela la psicología de la masa popular; poco días ha le aclamaba rey de Israel; hoy mismo, arrastrado por los sinedritas, ha pedido la sangre de Jesús sobre sí y sobre sus hijos; ahora asiste curioso al espectáculo; dentro de poco se volverá a la ciudad, golpeando muchos sus pechos (v. 48). Algunos, no obstante, como se colige de la lectura total del versículo 35, acompañaban a los sinedritas en las blasfemias.

Injurias de los transeúntes (Mt. 39.40). —

A los tormentos de la cruz añaden los circunstantes el aguijón de sus punzantes palabras. Son en primer lugar los que pasan por el camino junto al cual está la cruz: Y los que pasaban le blasfemaban, moviendo sus cabezas: a las palabras irreverentes añaden el gesto despectivo y de burla, como lo son ciertos movimientos de cabeza (cf. Iob 16, 5; Ps. 43, 15; 108, 25; Is. 37, 22; Ier. 18, 16). Cita el Evangelista una forma de las muchas con que sería Jesús injuriado: Y diciendo: ¡Ah! Tú, interjección del insulto, de burla por impotencia, el que destruyes el templo de Dios, y lo reedificas en tres días, sálvate a ti mismo: te gloriabas de aniquilar la fábrica inmensa de nuestro Templo, y reedificarla en pocos días; más fácil te sería desasirte de los clavos y bajar de la cruz: Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.

De los sinedritas (41- 43). —

También los primates de la nación, que habían juzgado a Jesús la noche anterior, pertenecientes la mayor parte de ellos a la secta de los fariseos, acudieron ante la cruz o denostar al Señor y blasfemar de él, llevando al colmo su rebajamiento: Asimismo insultándole también los príncipes de los sacerdotes, con los escribas y ancianos, decían... Ya no increpan al Señor directamente como el populacho; salvan las apariencias, pero hablando entre sí profieren contra Jesús injurias no menos graves: A otros salvó, y a sí mismo no se puede salvar: tan claros y de todos conocidos eran los prodigios obrados por Jesús, que sus mismos enemigos deben confesarlos, mezclando su memoria con los insultos: ha hecho muchos milagros ; mas ahora no le vale su poder. Y vengándose de la resistencia de Pilato a cambiar el rótulo de la cruz, añadían irónicamente: Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y le creamos: tampoco le hubiesen creído, como no le creyeron cuando salvaba a otros ; como no le creerán cuando haga lo que es más que bajar de la cruz: resucitarse en la sepultura. Dan, por fin, en medio de las burlas, elocuente testimonio de la piedad de Jesús y de su confesión de Hijo de Dios, aunque haciendo servir el recuerdo para mayor escarnio de la Víctima: Sálvese a sí mismo, si éste es Cristo elegido de Dios. Confió en Dios: líbrelo ahora, si le ama: pues dijo: Hijo soy de Dios. Todo cuando noble y grande dicho y hecho el Señor, se lo devuelven en la vuelto en gestos y frases de sangrienta ironía.

De los ladrones y soldados (Mt. 44; Lc. 36. 37). —

Para colmo de los ultrajes que recibió Jesús en la cruz, hasta los mismos ladrones, mejor, bandidos o salteadores, que con él habían sido ajusticiados, le llenaban de denuestos: Y los ladrones que estaban crucificados con él le improperiaban. Lo mismo dice el segundo Evangelista. En cambio, Lucas, denostaba, mientras el otro le proclamaba inocente. Se concuerdan ambas narraciones diciendo que Mateo y Marcos generalizan, afirmando que hicieron ambos, lo que sólo hizo uno, como sucede cuando hablamos de categorías de cosas o de personas; o bien que empezarían ambos por injuriar al Señor, pero luego uno de ellos vino a mejores sentimientos con respecto a él.

Los mismos legionarios que daban guardia a Jesús crucificado juntáronse al coro general de improperios contra Jesús: Le escarnecían también los soldados, acercándose a él, y presentándole vinagre: quizá se refiere aquí Lucas al mismo hecho de Mt. 15, 36; aunque otros creen que estos soldados ofrecieron a Jesús un vaso con la bebida llamada «posca», compuesta de agua, vinagre y huevos, bebida ordinaria entonces de los soldados romanos. A imitación de los sinedritas, burlábanse los soldados de la aparente impotencia de Jesús, que contrastaba con su título de rey: Y diciendo: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

El buen ladrón (Lc. 39- 43). —

Este episodio, del que se rezuma la dulcísima piedad del Señor, es propio del tercer Evangelista. Como suelen los hombres desesperados que no pueden escapar al último suplicio, deshacíase uno de los ladrones en injurias contra Jesús: Y uno de aquellos ladrones que estaban colgados, le injuriaba. Injuria y burla sangrienta a la vez encierran sus palabras: Diciendo: Si tú eres el Cristo, o mejor, en forma interrogativa de irrisión: ¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros: te decías Mesías, y ahora aparece tu impostura, pues no eres capaz de salvarnos.

Pero el otro ajusticiado no ha perdido la ecuanimidad, ni en medio de los atroces tormentos, y profiere una serie de admirables sentencias que le hacen digno de la misericordia de Jesús. Primero, increpa a su compañero por su dureza e irreligión en aquellos supremos momentos: Mas el otro, respondiendo, le reprendió, diciéndole: Ni aun tú temes a Dios, estando en el mismo suplicio: cuando vamos todos a morir, no hacen en ti mella ni el recuerdo de tus crímenes ni el pensamiento del juicio de Dios. En segundo lugar, proclama la justicia con que se les ha condenado a ellos por sus crímenes, y la injusticia de la condenación de Jesús inocente: Y nosotros, a la verdad, estamos en él justamente porque recibimos el pago de lo que hicimos. En medio de los generales anatemas contra Cristo, él solo tiene valor para proclamar su santidad: Mas éste ningún mal ha hecho; portóse siempre como hombre probo y santo.

Y, finalmente, preparada su alma por la confesión de sus culpas y la declaración de la santidad de Jesús, vuélvese a él rogándole, en humilde y confiadísima plegaria, le tenga presente cuando esté en su reino: Y decía a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino: cuando disfrutes del real dominio, no te olvides de mí. Oyó el buen ladrón que se atribuía a Jesús la cualidad de rey y de Mesías; vio la paciencia y magnanimidad del Señor, y le creyó tal como de él se decía: quizás un rey glorioso que después de muerto volvería para fundar su reino, como creían los Apóstoles (Act. 1, 6); pero seguramente también un reino ultramundano, por cuanto sabía el ladrón que estaba próxima su muerte. Pero, sobre todo, era la gracia de Dios la que había venido a él para llevarle a la vida eterna.

Los dones de Dios rebasan siempre nuestras plegarias : Jesús, a quien el buen ladrón acaba de pedir tenga buena memoria de él, le promete con juramento la suma felicidad de la fruición de Dios para aquel mismo día: Y Jesús le dijo: En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso. Es la segunda palabra Jesús en la cruz. El paraíso es locución metafórica para expresar un lugar de dicha y reposo: bajó aquel día el buen ladrón al limbo, donde gozó ya de la divinidad de Jesús.

Lecciones morales. —

A) Mt. v. 40. — Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. — Como si el estar clavado en cruz pudiera ser señal de no ser Hijo de Dios, dice el Crisóstomo. ¿Acaso los sufrimientos por que hicisteis pasar a los viejos santos y profetas fueron obstáculo a su santidad y a su gloria? ¿Cómo podrían serlo a la de Jesús los suplicios atroces a que le sometéis? Es que la persecución es muchas veces prueba de la santidad: Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia; y, ¿qué más justicia que la que buscaba Jesús, que no era otra que el sumo y universal equilibrio de las cosas humanas ante Dios? ¿Qué extraño que se desencadenara contra él el torbellino de todas las persecuciones? Y si esto da la bienaventuranza, ¿por qué debía precipitarse el Señor bajando de la cruz antes de tiempo? No bajará de la cruz vivo, dice San Jerónimo pero subirá del sepulcro donde estaba muerto: ahora debe permanecer en la cruz para vencer al diablo.

B) Lc. v. 40. — Ni aun tú temes a Dios, estando en el mismo suplicio. — En las horas tremendas inmediatas a la muerte acostumbra el hombre sentir la pena de los pasados extravíos y el temor de los castigos de Dios, cuyo juicio inminente. ¡Ay de los hombres de corazón endurecido, a quienes nada conmueve, orden moral y ultramundano, en la hora de la muerte! Han perdido la sensibilidad religiosa y moral; y ésta no suele perderse sino después de una vida llena de obstinación, de pensamiento y de corazón. Haga Dios conservemos, aun en medio de nuestras defecciones o negligencias, muy vivo el sentido de nuestras postrimerías: como es ello el gran remedio para no pecar, así es su olvido el medio de adormecernos en el mal, y llevar nuestra insensibilidad hasta la hora postrera de la vida.

C) v. 43. — Hoy estarás conmigo en el paraíso. — ¡Qué paz y qué serenidad la de Jesús! Está en su agonía, entre atroces dolores, ante la multitud de sus adversarios, que se burlan de su aparente impotencia, y tiene ante sus ojos las perspectivas de su reino de felicidad, que brinda y promete al buen ladrón. Nadie ha muerto jamás así: entre los muchos prodigios del mundo físico y moral realizados en las últimas horas de la vida del Señor, éste es uno de los que llegan más hondo al alma de quien sabe meditar. Porque todo es grande en esta palabra de Jesús: la paz, la generosidad, la piedad, la bondad; es en realidad palabra digna del Dios que la pronunció.

D) Mt. v. 44. — Los ladrones... le improperaban. — Para que veamos, dice San Hilario, que todos en el mundo, hasta los malvados, han sufrido escándalo de la Cruz de Cristo. Parece que la comunidad de desgracia debía hacer al ladrón a lo menos tolerante con Cristo, a quien tenía a su lado, muriendo como El; y en aquella hora suprema, los ladrones maldicen, y Cristo es maldecido. Después de este ejemplo, ¿por qué habría de extrañarnos que los malos nos insulten o nos molesten, en las mil formas que tiene la maldad para probar a los buenos, cuando nuestro Maestro y Redentor, en las horas más graves de su vida, de dolor, de afrenta, de abandono de todo el mundo, ve agravada su pena por los insultos de los que con él mueren ajusticiados?

E) Lc. v. 41. — Mas éste ningún mal ha hecho. — Confiesa el buen ladrón sus crímenes, y reconoce la inocencia del Justo: por esto se encara con el compañero de crímenes y condena su pro-ceder con Jesús. Como si dijera, dice el Crisóstomo: Mira una injuria nunca vista, que la santidad sea condenada junto con el crimen. Porque nosotros matamos a los vivos; y éste ha dado la vida a los muertos: nosotros hemos hurtado lo ajeno; éste manda dar hasta lo propio. Así se convertía en panegirista de Jesús ante las turbas circunstantes; y cuando vio que no le hacían caso, se volvió Jesús y le dirigió aquella sentida plegaria: «Señor, acuérdate de mí...» Estemos siempre prontos a vindicar la santidad, la grandeza, la divinidad de Jesús ante aquellos que le insultan, le blasfeman, le calumnian. Y no seamos difíciles en confesar nuestras miserias, con humilde sinceridad, cuando de ello ha de venir edificación al prójimo y el perdón por parte de Dios.

F) v. 43 — Hoy estarás conmigo en el paraíso. — Es el rey victorioso que vuelve de la batalla y da a aquel su nuevo amigo y súbdito las primicias del botín conquistado, que es la gloria, para sí y para sus seguidores: ¡Feliz ladrón, que hasta en la hora de la muerte sabe robar tan sabiamente el paraíso, cúmulo de todas las riquezas y de todo bienestar! En la facilidad con que ha logrado el perdón y la gloria, después de una vida de crímenes, hemos de cobrar santos alientos, confiando en que es el mismo Jesús que perdonó al ladrón aquel de quien esperamos la remisión de nuestros pecados.


**1713**


Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo XXXIV (Ciclo C)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículo

Teofilacto

35. Esto lo hacían por burla: porque ¿cuando los príncipes así obraban, qué había de hacer el vulgo? Prosigue: “Y el pueblo estaba (el que había pedido su crucifixión) mirando (esto es, el fin), y los príncipes, juntamente con él, le denostaban”.

36. Fueron los soldados los que ofrecieron el vinagre al Salvador, como militares que asisten a su rey. Prosigue: “Diciendo: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.

38. Véase aquí otra nueva astucia del demonio, promovida en contra de Jesucristo. Publicaba la causa de la muerte del Salvador en tres idiomas diferentes, para que ninguno de los transeúntes ignorasen que había sido crucificado porque se había querido proclamar rey; decía pues: “Y había también sobre El un título escrito en letras griegas, latinas y hebreas: Este es el rey de los judíos”. En lo cual se daba a conocer que los más poderosos de todo el mundo, como eran los romanos, los más sabios, como eran los griegos, y los que de un modo especial adoraban a Dios, deberían someterse al imperio de Jesucristo.

42-43. Y así como un rey trae consigo lo mejor del botín cuando vuelve victorioso de la guerra, así el Señor, habiéndose apoderado de una porción de las presas, que antes eran del diablo -como el ladrón-, la lleva consigo al paraíso.

Esto es lo más verdadero para todos, porque tanto el ladrón como los demás santos, aun cuando no han alcanzado todo lo ofrecido -para que, como se dice por el Apóstol a los hebreos (Heb 11,40), no se les cumpla sin estar nosotros presentes-, se encuentran, sin embargo, en el reino de los cielos, y en el paraíso.

Beda

35-37. Los que aún contra su voluntad confiesan que ha salvado a otros. Prosigue: “Y decían: a otros ha salvado; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios”.

Debe notarse que los judíos se burlaban del nombre de Cristo, blasfemando y como si a ellos estuviese ya confiada la interpretación de las Sagradas Escrituras, pero los soldados, como las desconocían, no insultaban a Jesucristo como el escogido de Dios, sino como rey de los judíos.

43. Todos los que somos bautizados en nombre de Jesucristo, somos bautizados en virtud de su muerte, porque siendo pecadores, hemos sido purificados por medio del bautismo (Rom 6,3). Pero hay algunos, que glorificando a Jesús muerto según la carne, son coronados; y otros, que no queriendo obrar según la fe y las promesas del bautismo, son privados de la gracia que recibieron.

San Ambrosio

38. Con razón se impone un título sobre la cruz; porque el reino que tiene Jesucristo no es propio del cuerpo, sino de su poder divino. Leo el título de rey de los judíos, cuando leo, (Jn 18,36) mi reino no es de este mundo. Leo la causa de Jesús escrita encima de su cabeza, cuando leo: (Jn 1,1) y Dios era el Verbo; (1Cor 11,3) la cabeza de Cristo es Dios.

39-43.Se da en esto un admirable ejemplo de verdadera conversión, por lo que se concede tan pronto al ladrón el perdón de sus culpas. El Señor le perdonó pronto, porque pronto se convirtió: la gracia es más poderosa que la súplica. El Señor concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él, pero el Señor le dice lo que sigue: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su reino.

Pero debe advertirse que otros Evangelistas (San Mateo y San Marcos) dicen que los dos ladrones blasfemaban del Señor, y éste dice que uno lo ultrajaba y el otro reprendía. También puede suceder que este ladrón lo blasfemase al principio, pero que de repente se convirtió. También pudo ser que hablase en plural refiriéndose a uno sólo, como sucede en la carta del Apóstol a los hebreos (Heb 11,37): “Andaban en pieles de cabra, y fueron aserrados”. Sólo Elías tenía tal manto y únicamente Isaías fue aserrado. En sentido místico puede decirse que los dos ladrones representan a los dos pueblos que habían de ser crucificados con Cristo por medio del bautismo, y cuya discordancia también manifiesta la diferencia de los que habían de querer.

Crisóstomo

39-43. Este sentenciado hace el papel de juez, y empieza a juzgar sobre la verdad después de haber confesado sus culpas ante Pilato a costa de muchos tormentos, porque una cosa es el hombre cuando juzga a quien no conoce, y otra cosa es Dios, que penetra en las conciencias. Pero ante el hombre, el castigo se sigue a la confesión, mientras que ante Dios, a la confesión sigue la salvación. Mas el ladrón publica que Jesús es inocente cuando añade: “Pero éste ningún mal ha hecho”. Como diciendo: Ve aquí un nuevo ultraje: castigar la inocencia junto con la criminalidad. Nosotros, viviendo, hemos matado a otros, pero éste ha dado vida a otros; nosotros hemos robado lo ajeno; pero éste manda distribuir aun lo suyo. El buen ladrón predicaba a los presentes, reflexionando sobre las palabras con que el otro increpaba al Salvador. Pero cuando vio que estaban endurecidos sus corazones, se volvió hacia Aquél que conoce los secretos de la conciencia. Prosigue: “Y decía a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino”. Ves un crucificado, y lo confiesas Dios. Ves el aspecto de un sentenciado, y publicas su dignidad de rey. Abrumado de tormentos, pides a la fuente de la justicia que perdone tu maldad. Ves, aunque oculto, el reino, mas tú olvidas tus maldades públicas, y reconoces la fe de una cosa oculta. La iniquidad perdió al discípulo de la verdad; la misma verdad, ¿no perdonará al discípulo de la iniquidad?

Digno era de verse al Salvador entre los ladrones, como la balanza de la justicia, pesando la fe y la infidelidad. El diablo había arrojado a Adán del paraíso, pero Jesucristo introdujo al ladrón en el paraíso, en presencia de todos, y de sus mismos apóstoles. Por una sola palabra y con sola la fe entró en el paraíso, para que nadie dudase de entrar a pesar de sus errores. Obsérvese la prontitud: desde la cruz al cielo, desde la condenación al paraíso; para que se sepa que el Señor lo hizo todo, no para demostrar la bondad del ladrón, sino su clemencia. Algunos dicen: si ya se ha premiado bastante a los buenos, ¿para qué la Resurrección? Si ya introdujo al ladrón en el paraíso, y su cuerpo quedó aquí expuesto a la corrupción, no hace falta que vuelva a resucitar. Pero la carne, que sufrió con el ladrón, ¿habrá de quedar sin premio? Oigamos a San Pablo que dice a los fieles de Corinto: (1Cor 15,53) “Conviene que esto, corruptible, revista la incorruptibilidad”. Pero si el Señor había ofrecido el reino de los cielos y llevó al ladrón al paraíso, todavía no le ha premiado. Pero dicen que con el nombre de paraíso dio a entender el reino de los cielos, porque se expresaba en los términos acostumbrados cuando hablaba al ladrón, quien nada había oído de la predicación divina. Algunos no leen “hoy estarás conmigo en el paraíso”, sino, “que serás conmigo en el paraíso”. Pero esto tiene una solución más sencilla: Los médicos cuando desahucian a un enfermo incurable, dicen: Ya está muerto. Pues así el ladrón: como ya no podía volver a su vida pecadora, se dice que entró en el paraíso.

San Gregorio Niceno

43. Ahora conviene dilucidar otra vez, cómo es que se considera al ladrón como digno de entrar en el paraíso, siendo así que una espada de fuego impide la entrada a los santos (cf. Gn 3, 24). Pero obsérvese que el divino anuncio la llama móvil, de tal modo que se vuelve impidiendo la entrada a los que no son dignos de entrar y facilitando la entrada libre a la vida a los que son dignos de ella.

San Gregorio

39-43. Los clavos habían fijado sus pies y sus manos a la cruz, y nada se encontraba en el ladrón que no padeciese, más que el corazón y la lengua. Por inspiración divina, ofreció al Señor todo lo que en sí había encontrado libre, de conformidad con lo que está escrito: (Rom 10,10) 36. Viendo el diablo que todo le salía mal, vacilaba, y no pudiendo ya otra cosa, suscitó la idea de que se administrase al Salvador un brebaje para que lo bebiese. Prosigue: “Le escarnecían también los soldados, acercándose a El, y presentándole vinagre”. Lo que el demonio desconocía que se verificaba contra él mismo; porque presentando al Salvador la amargura de la indignación nacida de la infracción de la ley -con la que dominaba a tantos-, el Salvador la aceptó, y nos dio luego vino en vez de vinagre, que fue el que la sabiduría mezcló.

San Atanasio, Orat in pasionem vel in crucem domini

39. No salvándose a sí mismo, sino salvando a sus creaturas, era como quería el Señor ser reconocido por Salvador: el médico no se llama de este modo cuando se cura a sí mismo, sino cuando cura a los demás. De este modo es considerado el Señor como Salvador, cuando El no necesitaba de salvación. Tampoco quería ser reconocido como tal bajando de la cruz, sino muriendo: mucho mayor es el mérito de la muerte del Salvador, respecto de los hombres, que si entonces hubiere bajado de la cruz.

San Cirilo

39-43. Uno de los ladrones también le insultaba a la vez con los judíos. Prosigue: “Y uno de aquellos ladrones, que estaban colgados, le injuriaba diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo, y a nosotros”. El otro reprobaba sus palabras. Prosigue: “Respondiendo el otro le reprendía, diciendo: Ni aún tú temes a Dios, estando en el mismo suplicio”. Y confesaba su propia culpa añadiendo: “Y nosotros en verdad, por nuestra culpa, porque recibimos lo que merecen nuestras obras”.

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