Lc 24, 35-48: Aparición de Cristo Resucitado a los apóstoles

El Texto (Lc 24, 35-48)

35 Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. 36 Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» 37 Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. 38 Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? 39 Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo.» 40 Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies. 41 Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» 42 Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. 43 Lo tomó y comió delante de ellos.

44 Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.”» 45 Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, 46 y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día 47 y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de estas cosas.


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

En preparación…

Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Antonio de Padua, Sermones para el domingo y fiestas de los santos

«Palpadme y ved» (Lc 24,39)

«Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona». Creo yo que hay cuatro razones por las que el Señor enseña a los apóstoles su costado, sus manos y sus pies. Primeramente par dar pruebas de que, verdaderamente, había resucitado y así quitar de nosotros toda duda. En segundo lugar para que «la paloma», es decir, la Iglesia o el alma fiel, ponga su nido en sus llagas, como «en las grietas de la roca» (Ct 2,14), y encuentre en ellas protección contra el gavilán que la acecha. En tercer lugar para dejar impresas en nuestros corazones, como unas insignias, las marcas de la Pasión. En cuarto lugar para prevenirnos y pedirnos que tengamos compasión de él y no le traspasemos de nuevo con los clavos de nuestros pecados.

Nos enseña sus manos y sus pies: «Ved, dice, las manos que os hicieron y formaron (cf Sal 118,73); mirad como las han traspasado los clavos. Mirad mi corazón del que habéis nacido vosotros los fieles, vosotros mi Iglesia, igual que Eva que nació del costado de Adán; mirad: la lanza lo ha abierto para que se os abra la puerta del paraíso que el querubín de fuego tenía cerrada. La sangre que ha brotado de mi costado ha alejado a este ángel, ha desafilado su espada; el agua ha apagado el fuego (cf Jn 19,34)… Escuchad con atención, recoged estas palabras, y la paz estaré con vosotros.”

San Pedro Crisólogo, Sermón 31, 8 sobre la Resurrección del Señor : PL 52, 427

«Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo.» (Lc 24,39)

Después de la resurrección, como el Señor había entrado con todas las puertas cerradas (Jn 20,19), los discípulos no creían que había recuperado la realidad de su cuerpo, sino suponían que sólo su alma había regresado bajo una apariencia corporal, como las imágenes que se presentan a los que tienen en su sueño. «Creían que veían un espíritu» Por eso el Señor les dice: «¿Por qué estáis turbados, y por qué tenéis pensamientos inquietantes en vuestros corazones? Ved mis manos y mis pies». Ved, es decir: estad atentos. ¿Por qué? Porque no es un sueño lo que estáis viendo. Ved mis manos y mis pies, ya que, con vuestros ojos agobiados, no podéis todavía ver mi rostro. Ved las heridas de mi carne, ya que todavía no veis las obras de Dios.

Contemplad las marcas hechas por mis enemigos, ya que todavía no percibís las manifestaciones de Dios. Tócame, para que tu mano te dé la prueba, ya que tus ojos están cegados… Descubre los agujeros de mis manos, busca en mi costado, reabre mis heridas, porque no puedo negarles a mis discípulos con vistas a la fe, lo que no les negué a mis enemigos para mi suplicio. Tocad, tocad, ahondad entre los huesos, para confirmar la realidad de la carne, y que estas heridas todavía abiertas atestiguan que son bien mías…

¿Por qué no creéis que he resucitado, yo que devolví a la vida a varios muertos ante vuestros ojos?… Cuando estaba colgado en la cruz, me insultaban diciendo: «El que salvó a otros, no puede salvarse a sí mismo. Que descienda de la cruz y creeremos» (Mt 27,40). ¿Qué es más difícil, descender de la cruz arrancando los clavos o regresar de los infiernos pisoteando la muerte? Yo mismo me salvé, y rompiendo las cadenas del infierno, subí hacia lo alto.

San Ignacio de Antioquía, Carta a la Iglesia de Esmirna

«Ved mis manos y mis pies» (Lc 24,39)

Doy gracias a Jesucristo Dios, por haberos otorgado tan gran sabiduría; he podido ver, en efecto, cómo os mantenéis estables e inconmovibles en vuestra fe, como si estuvierais clavados en cuerpo y alma a la cruz del Señor Jesucristo, y cómo os mantenéis firmes en la caridad por la sangre de Cristo, creyendo con fe plena y firme en nuestro Señor, el cual procede verdaderamente “de la estirpe de David, según la carne”(Rm 1,3), es Hijo de Dios por la voluntad y el poder del mismo Dios, nació verdaderamente de la Virgen, fue bautizado por Juan « para cumplir así todo lo que Dios quiere»(Mt 3,15); finalmente, su cuerpo fue verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilatos y del tetrarca Herodes (y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su resurrección,« elevar su estandarte»(Is 5,26) para siempre en favor de sus santos y fieles, tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de su Iglesia. Todo esto lo sufrió por nosotros, para que alcanzáramos la salvación; y sufrió verdaderamente, como también se resucitó a sí mismo verdaderamente.

Yo sé que después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aún teniéndolo. Por esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tocadme y palpadme, y daos cuenta de que no soy un ser fantasmal e incorpóreo. Y, al punto, lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su carne y de su espíritu. Esta fe les hizo capaces de despreciar y vencer la misma muerte. Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque espiritualmente estaba unido al Padre.

Quiero insistir acerca de estas cosas, queridos hermanos, aunque ya sé que las creéis.

San Agustín, Sermón 238

«¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?» (Lc 24,38)

Este pasaje del Evangelio… nos muestra verdaderamente quién es Cristo y verdaderamente quién es la Iglesia, para que comprendamos bien a qué Esposa este divino Esposo escogió y quién es el Esposo de esta Esposa santa. En esta página podemos leer su acta de matrimonio.

Supiste que Cristo era el Verbo, la Palabra de Dios, unido a un alma humana y con un cuerpo humano. Aquí, los discípulos creyeron ver un espíritu; no creían que el Señor tenía un cuerpo verdadero. Pero como el Señor conocía el peligro de tales pensamientos, se apresura a arrancarlos de su corazón: «¿por qué estos pensamientos invaden vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; tocad y ved que un espíritu no tiene carne ni hueso como vosotros veis que yo tengo». Y tú, a estos mismos pensamientos vanos, opón con firmeza la regla de fe que recibiste.

Cristo es verdaderamente el Verbo, el Hijo único igual al Padre, unido a un alma verdaderamente humana y con un cuerpo verdadero limpio de todo pecado. Este es el cuerpo que murió, este cuerpo el que resucitó, este cuerpo el que fue clavado a la cruz, este cuerpo el que fue depositado en la tumba, este cuerpo el que está sentado en los cielos. Nuestro Señor quería persuadir a sus discípulos de que lo que veían, verdaderamente eran huesos y carne. ¿Por qué quiso convencerme de esta verdad? Porque sabía, hasta qué punto es para mí un bien creerlo y cuánto tenía que perder si no creía en esto. Creed pues, también vosotros:¡Este es el Esposo!

Escuchemos ahora, lo que dijo concerniente a la Esposa…: «Hacía falta que Cristo sufriera y que resucitara de entre los muertos al tercer día, y que se proclame en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén». He aquí la Esposa: la Iglesia extendida por toda la tierra, que acogió a todos los pueblos en su seno. Los apóstoles veían a Cristo y creían en la Iglesia, que no veían. Nosotros vemos la Iglesia; creamos pues en Jesucristo, que no vemos, y atándonos así a lo que vemos, alcanzaremos lo que todavía no vemos.

San Cirilo de Alejandría

Comentario sobre el evangelio de san Juan

Lib 12, cap 1: PG 74, 730-735

Dichosos los que crean sin haber visto

Tomás, reacio en un primer momento a creer, fue pronto en la confesión, y en un instante, fue curado de su incredulidad. En efecto, habían transcurrido tan sólo ocho días, y Cristo removió los obstáculos de la incredulidad al mostrarle las cicatrices de los clavos y su costado abierto.

Después de haber entrado milagrosamente a través de las puertas cerradas —milagrosamente ya que todo cuerpo terreno y extenso busca una entrada adecuada al mismo, y para entrar requiere un espacio en proporción a su magnitud—, nuestro Señor Jesucristo con toda espontaneidad descubrió su costado a Tomás y le mostró las heridas impresas en su carne, confirmando —a propósito de Tomás—la fe de todos los creyentes.

Sólo de Tomás se dice que afirmó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. Pero el pecado de incredulidad era, en cierto modo,común a todos, y sabemos que la mente de los demás discípulos no estuvo libre de dudas, bien que aseguraran a Tomás: Hemos visto al Señor.

Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, Cristo les dijo: ¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado y un poco de miel. Él lo tomó y comió delante de ellos. ¿Ves cómo la duda de la incredulidad no hizo únicamente presa en santo Tomás, sino que este virus atacó asimismo el ánimo de los restantes discípulos?

Así pues, la admiración hacía a los discípulos más tardos en la fe. Pero en realidad, para quien observa y ve no existe excusa alguna de incredulidad; por eso, santo Tomás hizo una correcta confesión cuando dijo: ¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo: ¿Porque me has visto, Tomás, has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Esta expresión del Salvador está llena de una singular providencia y puede sernos a nosotros de suma utilidad. En efecto, también en esta ocasión Cristo ha tenido en cuenta el bien de nuestras almas, porque es bueno y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, según está escrito. Todo lo cual es digno de admiración.

Era, pues, necesario tolerar con paciencia las reservas de Tomás y a los demás discípulos que le creían un espíritu o un fantasma, y, para ofrecer al universo mundo la credibilidad de la fe, mostrar las señales de los clavos y la herida del costado, así como tomar alimento fuera de lo acostumbrado y sin necesidad alguna, a fin de eliminar absolutamente todo motivo de incredulidad en aquellos que buscaban estas pruebas para su propia utilidad.

Pero el que acepta lo que no ve y cree ser verdad lo que el doctor le comunica, éste demuestra una adhesión ferviente al predicador. Por eso se declara dichoso a todo aquel que accede a la fe mediante la predicación de los apóstoles que, al decir de Lucas, fueron testigos oculares de las obras y ministros de la palabra. A ellos debemos nosotros obedecer si es que aspiramos a la vida eterna y estimamos en lo que realmente vale habitar en las moradas eternas.

Benedicto XVI, papa

Regina Cæli, 22, 04-2012

Hoy, tercer domingo de Pascua, encontramos en el Evangelio según san Lucas a Jesús resucitado que se presenta en medio de los discípulos (cf. Lc 24, 36), los cuales, incrédulos y aterrorizados, creían ver un espíritu (cf. Lc 24, 37). Romano Guardini escribe: «El Señor ha cambiado. Ya no vive como antes. Su existencia … no es comprensible. Sin embargo, es corpórea, incluye… todo lo que vivió; el destino que atravesó, su pasión y su muerte. Todo es realidad. Aunque haya cambiado, sigue siendo una realidad tangible» (Il Signore. Meditazioni sulla persona e la vita di N.S. Gesù Cristo, Milán 1949, p. 433). Dado que la resurrección no borra los signos de la crucifixión, Jesús muestra sus manos y sus pies a los Apóstoles. Y para convencerlos les pide algo de comer. Así los discípulos «le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos» (Lc 24, 42-43). San Gregorio Magno comenta que «el pez asado al fuego no significa otra cosa que la pasión de Jesús, Mediador entre Dios y los hombres. De hecho, él se dignó esconderse en las aguas de la raza humana, aceptó ser atrapado por el lazo de nuestra muerte y fue como colocado en el fuego por los dolores sufridos en el tiempo de la pasión» (Hom. in Evang XXIV, 5: ccl 141, Turnhout, 1999, p. 201).

Gracias a estos signos muy realistas, los discípulos superan la duda inicial y se abren al don de la fe; y esta fe les permite entender lo que había sido escrito sobre Cristo «en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc 24, 44). En efecto, leemos que Jesús «les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras y les dijo: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados… Vosotros sois testigos”» (Lc 24, 45-48). El Salvador nos asegura su presencia real entre nosotros a través de la Palabra y de la Eucaristía. Por eso, como los discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el pan (cf. Lc 24, 35), así también nosotros encontramos al Señor en la celebración eucarística. Al respecto, santo Tomás de Aquino explica que «es necesario reconocer, de acuerdo con la fe católica, que Cristo todo está presente en este sacramento… porque la divinidad jamás abandonó el cuerpo que había asumido» (S. Th. III, q. 76, a. 1).

Queridos amigos, en el tiempo pascual la Iglesia suele administrar la primera Comunión a los niños. Por lo tanto, exhorto a los párrocos, a los padres y a los catequistas a preparar bien esta fiesta de la fe, con gran fervor, pero también con sobriedad. «Este día queda grabado en la memoria, con razón, como el primer momento en que… se percibe la importancia del encuentro personal con Jesús» (Exhort. ap. postsin. Sacramentum caritatis19). Que la Madre de Dios nos ayude a escuchar con atención la Palabra del Señor y a participar dignamente en la mesa del sacrificio eucarístico, para convertirnos en testigos de la nueva humanidad.

Catequesis, Audiencia general, 20-01-2010

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

El tema de este año está tomado del Evangelio de san Lucas, de las últimas palabras de Cristo Resucitado a sus discípulos: “Vosotros sois testigos de todo esto” (Lc 24, 48). [Hay una] dificultad objetiva de proponer con credibilidad el anuncio evangélico al mundo no cristiano por parte de los cristianos divididos entre sí. Si a un mundo que no conoce a Cristo, que se ha alejado de él o que se muestra indiferente al Evangelio, los cristianos se presentan desunidos, más aún, con frecuencia contrapuestos, ¿será creíble el anuncio de Cristo como único Salvador del mundo y nuestra paz? La relación entre unidad y misión ha representado desde ese momento una dimensión esencial de toda la acción ecuménica y su punto de partida… La Iglesia católica, en el concilio Vaticano II, retomó y confirmó con vigor esta perspectiva, afirmando que la división entre los discípulos de Jesús no sólo “contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, sino que además es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura” (Unitatis redintegratio, 1).

En ese contexto teológico y espiritual se sitúa el tema propuesto para esta Semana dedicada a la meditación y la oración: la exigencia de un testimonio común de Cristo. El breve texto propuesto como tema, “Vosotros sois testigos de todo esto”, hay que leerlo en el contexto de todo el capítulo 24 del Evangelio según san Lucas. Recordemos brevemente el contenido de este capítulo. Primero las mujeres van al sepulcro, ven los signos de la resurrección de Jesús y anuncian lo que han visto a los Apóstoles y a los demás discípulos (v. 8); después el mismo Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús en el camino, luego a Simón Pedro y, sucesivamente, “a los Once y a los que estaban con ellos” (v. 33). Les abre la mente para que comprendan las Escrituras acerca de su muerte redentora y su resurrección, afirmando que “se predicará en su nombre a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (v. 47). A los discípulos que se encuentran “reunidos” y que han sido testigos de su misión, el Señor resucitado les promete el don del Espíritu Santo (cf. v. 49), a fin de que juntos lo testimonien a todas las naciones. De ese imperativo -“de todo esto”, de esto vosotros sois testigos (cf. Lc 24, 48)-, que es el tema de esta Semana de oración por la unidad de los cristianos, brotan para nosotros dos preguntas. La primera: ¿qué es “todo esto”? La segunda: ¿cómo podemos nosotros ser testigos de “todo esto”?

Si nos fijamos en el contexto del capítulo, “todo esto” significa ante todo la cruz y la resurrección: los discípulos han visto la crucifixión del Señor, ven al Resucitado y así comienzan a entender todas las Escrituras que hablan del misterio de la pasión y del don de la resurrección. “Todo esto”, por lo tanto, es el misterio de Cristo, del Hijo de Dios hecho hombre, que murió por nosotros y resucitó, que vive para siempre y, de ese modo, es garantía de nuestra vida eterna.

Pero conociendo a Cristo —este es el punto esencial— conocemos el rostro de Dios. Cristo es sobre todo la revelación de Dios. En todos los tiempos, los hombres perciben la existencia de Dios, un Dios único, pero que está lejos y no se manifiesta. En Cristo este Dios se muestra, el Dios lejano se convierte en cercano. Por lo tanto, “todo esto” es, principalmente el misterio de Cristo, Dios que se ha hecho cercano a nosotros. Esto implica otra dimensión: Cristo nunca está solo; él vino entre nosotros, murió solo, pero resucitó para atraer a todos hacia sí. Cristo, como dice la Escritura, se crea un cuerpo, reúne a toda la humanidad en su realidad de la vida inmortal. Y así, en Cristo, que reúne a la humanidad, conocemos el futuro de la humanidad: la vida eterna. De manera que todo esto es muy sencillo, en definitiva: conocemos a Dios conociendo a Cristo, su cuerpo, el misterio de la Iglesia y la promesa de la vida eterna.

Pasemos ahora a la segunda pregunta. ¿Cómo podemos nosotros ser testigos de “todo esto”? Sólo podemos ser testigos conociendo a Cristo y, conociendo a Cristo, conociendo también a Dios. Pero conocer a Cristo implica ciertamente una dimensión intelectual —aprender cuanto conocemos de Cristo— pero siempre es mucho más que un proceso intelectual: es un proceso existencial, es un proceso de la apertura de mi yo, de mi transformación por la presencia y la fuerza de Cristo, y así también es un proceso de apertura a todos los demás que deben ser cuerpo de Cristo. De este modo, es evidente que conocer a Cristo, como proceso intelectual y sobre todo existencial, es un proceso que nos hace testigos. En otras palabras, sólo podemos ser testigos si a Cristo lo conocemos de primera mano y no solamente por otros, en nuestra propia vida, por nuestro encuentro personal con Cristo. Encontrándonos con él realmente en nuestra vida de fe nos convertimos en testigos y así podemos contribuir a la novedad del mundo, a la vida eterna. El Catecismo de la Iglesia católica nos da una indicación también para entender el contenido de “todo esto”. La Iglesia ha reunido y resumido lo esencial de cuanto el Señor nos ha dado en la Revelación, en el “Símbolo llamado niceno-constantinopolitano, que debe su gran autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros concilios ecuménicos (325 y 381)” (n. 195). El Catecismo precisa que este Símbolo “sigue siendo todavía hoy común a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente” (ib.). En este Símbolo, por lo tanto, se encuentran las verdades de fe que los cristianos pueden profesar y testimoniar juntos, para que el mundo crea, manifestando, con el deseo y el compromiso de superar las divergencias existentes, la voluntad de caminar hacia la comunión plena, la unidad del Cuerpo de Cristo.

Homilía, 26-04-2009

Misa de Canonización de Cinco Beatos

[…] En la página evangélica, san Lucas refiere una de las apariciones de Jesús resucitado (cf. Lc24, 35-48). Precisamente al inicio del pasaje, el evangelista comenta que los dos discípulos de Emaús, habiendo vuelto de prisa a Jerusalén, contaron a los Once cómo lo habían reconocido “al partir el pan” (Lc 24, 35). Y, mientras estaban contando la extraordinaria experiencia de su encuentro con el Señor, él “se presentó en medio de ellos” (v. 36). A causa de esta repentina aparición, los Apóstoles se atemorizaron y asustaron hasta tal punto que Jesús, para tranquilizarlos y vencer cualquier titubeo y duda, les pidió que lo tocaran —no era una fantasma, sino un hombre de carne y hueso—, y después les pidió algo para comer.

Una vez más, como había sucedido con los dos discípulos de Emaús, Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos en la mesa, mientras come con los suyos, ayudándoles a comprender las Escrituras y a releer los acontecimientos de la salvación a la luz de la Pascua. Les dice: “Es necesario que se cumpla todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí” (v. 44). Y los invita a mirar al futuro: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos” (v. 47).

Toda comunidad revive esta misma experiencia en la celebración eucarística, especialmente en la dominical. La Eucaristía, lugar privilegiado en el que la Iglesia reconoce “al autor de la vida” (cf. Hch 3, 15), es “la fracción del pan”, como se llama en los Hechos de los Apóstoles. En ella, mediante la fe, entramos en comunión con Cristo, que es “sacerdote, víctima y altar” (cf.Prefacio pascual v) y está en medio de nosotros. En torno a él nos reunimos para recordar sus palabras y los acontecimientos contenidos en la Escritura; revivimos su pasión, muerte y resurrección. Al celebrar la Eucaristía, comulgamos a Cristo, víctima de expiación, y de él recibimos perdón y vida.

¿Qué sería de nuestra vida de cristianos sin la Eucaristía? La Eucaristía es la herencia perpetua y viva que nos dejó el Señor en el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, en el que debemos reflexionar y profundizar constantemente para que, como afirmó el venerado Papa Pablo VI, pueda “imprimir su inagotable eficacia en todos los días de nuestra vida mortal” (Insegnamenti,V, 1967, p. 779). Los santos a los que hoy veneramos, alimentados con el Pan eucarístico, cumplieron su misión de amor evangélico en los diversos campos en los que actuaron con sus carismas peculiares.

[…] Que  nuestra existencia se convierta en un canto de alabanza a Dios, a ejemplo de Jesús, adorado con fe en el misterio eucarístico y servido con generosidad en nuestro prójimo. Que nos obtenga cumplir esta misión evangélica la intercesión materna de María, Reina de los santos…

Regina Cæli, 30-04-2006

En el tiempo pascual la liturgia nos ofrece múltiples estímulos para fortalecer nuestra fe en Cristo resucitado. En este III domingo de Pascua, por ejemplo, san Lucas narra cómo los dos discípulos de Emaús, después de haberlo reconocido “al partir el pan”, fueron llenos de alegría a Jerusalén para informar a los demás de lo que les había sucedido. Y precisamente mientras estaban hablando, el Señor mismo se apareció mostrando las manos y los pies con los signos de la pasión. Luego, ante el asombro y la incredulidad de los Apóstoles, Jesús les pidió pescado asado y lo comió delante de ellos (cf. Lc 24, 35-43).

En este y en otros relatos se capta una invitación repetida a vencer la incredulidad y a creer en la resurrección de Cristo, porque sus discípulos están llamados a ser testigos precisamente de este acontecimiento extraordinario. La resurrección de Cristo es el dato central del cristianismo, verdad fundamental que es preciso reafirmar con vigor en todos los tiempos, puesto que negarla, como de diversos modos se ha intentado hacer y se sigue haciendo, o transformarla en un acontecimiento puramente espiritual, significa desvirtuar nuestra misma fe. “Si no resucitó Cristo —afirma san Pablo—, es vana nuestra predicación,  es vana también vuestra fe” (1 Co15, 14).

En los días que siguieron a la resurrección del Señor, los Apóstoles permanecieron reunidos, confortados por la presencia de María, y después de la Ascensión perseveraron, juntamente con ella, en oración a la espera de Pentecostés. La Virgen fue para ellos madre y maestra, papel que sigue desempeñando con respecto a los cristianos de todos los tiempos. Cada año, en el tiempo pascual, revivimos más intensamente esta experiencia y, tal vez precisamente  por esto, la tradición popular ha consagrado  a  María  el  mes de mayo, que normalmente cae entre Pascua y Pentecostés. Por tanto, este mes, que comenzamos mañana, nos ayuda a redescubrir la función materna que ella desempeña en nuestra vida, a fin de que seamos siempre discípulos dóciles y testigos valientes del Señor resucitado.

A María le encomendamos las necesidades de la Iglesia y del mundo entero, especialmente en este momento lleno de sombras. Invocando también la intercesión de san José, a quien mañana recordaremos de modo particular con el pensamiento proyectado al mundo del trabajo, nos dirigimos a ella con la oración del Regina caeli, plegaria que nos hace gustar la alegría confortadora de la presencia de Cristo resucitado.

Juan Pablo II, papa

Homilía, 04-05-2003

Misa de Canonización. Plaza de Colón (Madrid)

1. “Sed testigos de mi resurrección” (cf. Lc 24, 46-48), Jesús dice a sus Apóstoles en el relato del Evangelio apenas proclamado. Misión difícil y exigente, confiada a hombres que aún no se atreven a mostrarse en público por miedo de ser reconocidos como discípulos del Nazareno. No obstante, la primera lectura nos ha presentado a Pedro que, una vez recibido el Espíritu Santo en Pentecostés, tiene la valentía de proclamar ante el pueblo la resurrección de Jesús y exhortar al arrepentimiento y a la conversión.

Desde entonces la Iglesia, con la fuerza del Espíritu Santo, sigue proclamando esta noticia extraordinaria a todos los hombres de todos los tiempos. Y el sucesor de Pedro, peregrino en tierras españolas, os repite: España, siguiendo un pasado de valiente evangelización: ¡sé también hoy testigo de Jesucristo resucitado!

6. “Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 45). Cristo resucitado ilumina a los Apóstoles para que su anuncio pueda ser entendido y se transmita íntegro a todas las generaciones; para que el hombre oyendo crea, creyendo espere, y esperando ame (cf. S. Agustín, De catechizandis rudibus, 4,8). Al predicar a Jesucristo resucitado, la Iglesia desea anunciar a todos los hombres un camino de esperanza y acompañarles al encuentro con Cristo.

Celebrando esta Eucaristía, invoco sobre todos vosotros el gran don de la fidelidad a vuestros compromisos cristianos. Que os lo conceda Dios Padre por la intercesión de la Santísima Virgen – venerada en España con tantas advocaciones – y de los nuevos Santos.

Catequesis, Audiencia general, 01-02-1995

3. Las palabras: “Como el Padre me envió, también yo os envío” fueron pronunciadas por Cristo resucitado cuando se apareció a los Apóstoles reunidos en el cenáculo. En ese momento, después de los acontecimientos del Viernes santo, en la comunidad de los discípulos reinaba aún el miedo. Por eso, el Señor repite: “¡No temáis!” (Mt 28, 10; Mc 16, 6; cf. Lc 24, 37-38). La misión que Cristo recibió del Padre y que transmite a los Apóstoles es superior al miedo que suscita en ellos el drama del Viernes santo. Los Apóstoles son los testigos de la victoria de Cristo, y precisamente esa victoria les ayuda a aceptar la misión recibida. Cristo dice: “Como el Padre me envió, también yo os envío… Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 21-22). Así, el cenáculo de Jerusalén se prepara para la venida del Espíritu Santo, que se realizará el día de Pentecostés. Pentecostés es la plena revelación de lo que tuvo lugar el día de la Resurrección.

Catequesis, Audiencia general, 01-07-1992

5. [Entre ] las tareas específicas inherentes a la misión confiada por Jesucristo a los Doce [se encuentra la] misión y poder de evangelizar a todas las gentes, como atestiguan claramente los tres Sinópticos (cf. Mt 28, 18-20; Mc 16, 16-18; Lc 24, 45-48). Entre ellos, Mateo pone de relieve la relación establecida por Jesús mismo entre su poder mesiánico y el mandato que confiere a los Apóstoles: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 18-19). Los Apóstoles podrán y deberán llevar a cabo su misión gracias al poder de Cristo que se manifestará en ellos.

7. La misión de los Doce comprendía un papel fundamental reservado a ellos, que no heredarían los demás: ser testigos oculares de la vida, muerte y resurrección de Cristo (cf. Lc24, 48), transmitir su mensaje a la comunidad primitiva, como lazo de unión entre la revelación divina y la Iglesia, y por ello mismo dar comienzo a la Iglesia en nombre y por virtud de Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo. Por esta función, los Doce Apóstoles constituyen un grupo de importancia única en la Iglesia, que desde el Símbolo nicenoconstantinopolitano es definidaapostólica (Credo unam sanctam, catholicam et «apostolicam» Ecclesiam) por este vínculo indisoluble con los Doce. Ese hecho explica por qué también en la liturgia la Iglesia ha insertado y reservado celebraciones especialmente solemnes en honor de los Apóstoles.

8. Con todo, Jesús confirió a los Apóstoles una misión de evangelización de todas las gentes, que requiere un tiempo muy largo; más aún, que dura «hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Los Apóstoles entendieron que era voluntad de Cristo que cuidaran de tener sucesores que, como herederos y legados suyos, prosiguiesen su misión. Por ello, establecieron «obispos y diáconos» en las diversas comunidades «y dispusieron que, después de su muerte, otros hombres aprobados recibiesen su sucesión en el ministerio» (1 Clem. 44, 2; cf. 42, 1-4).

De este modo, Cristo instituyó una estructura jerárquica y ministerial de la Iglesia, formada por los Apóstoles y sus sucesores; estructura que no deriva de una anterior comunidad ya constituida, sino que fue creada directamente por él. Los Apóstoles fueron, a la vez, las semillas del nuevo Israel y el origen de la sagrada jerarquía, como se lee en la constitución Ad gentes del Concilio (n. 5). Dicha estructura pertenece, por consiguiente, a la naturaleza misma de la Iglesia, según el designio divino realizado por Jesús. Según este mismo designio, esa estructura desempeña un papel esencial en todo el desarrollo de la comunidad cristiana, desde el día de Pentecostés hasta el fin de los tiempos, cuando en la Jerusalén celestial todos los elegidos participen plenamente de la «vida nueva» por toda la eternidad.

Catequesis, Audiencia general, 31-05-1989

7. […] Jesús encarga a los Apóstoles que permanezcan en Jerusalén después de la Ascensión. Precisamente allí “recibirán el poder desde lo alto”. Allí descenderá sobre ellos el Espíritu Santo. Una vez más se pone de relieve el vínculo y la continuidad entre la Antigua y la Nueva Alianza. Jerusalén, punto de llegada de la historia del pueblo de la Antigua Alianza, debe transformarse en el punto de partida de la historia del Pueblo de la Nueva Alianza, es decir, de la Iglesia.

Jerusalén ha sido elegida por Cristo mismo (cf. Lc 9, 51; Lc 13, 33) como el lugar del cumplimiento de su misión mesiánica; lugar de su muerte y resurrección (“Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré”: Jn 2, 19), lugar de la redención. Con la pascua de Jerusalén, el “tiempo de Cristo” se prolonga en el “tiempo de la Iglesia”: el momento decisivo será el día de Pentecostés. “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén” (Lc 24, 46-47). Este “comienzo” acontecerá bajo la acción del Espíritu Santo que, en el inicio de la Iglesia, como Espíritu Creador (“Veni, Creator Spiritus”), prolonga la obra llevada a cabo en el momento de la primera creación, cuando el Espíritu de Dios “aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1, 2).

Catequesis, Audiencia general, 22-07-1989

los primeros que experimentaron los frutos de la resurrección de Cristo el día de Pentecostés fueron los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén en compañía de María, la Madre de Jesús, y otros “discípulos” del Señor, hombres y mujeres.

Para ellos Pentecostés es el día de la resurrección, es decir, de la nueva vida, en el Espíritu Santo. Es una resurrección espiritual que podemos contemplar a través del proceso realizado en los apóstoles en el curso de todos esos días: desde el viernes de la Pasión de Cristo, pasando por el día de Pascua, hasta el de Pentecostés. El prendimiento del Maestro y su muerte en cruz fueron para ellos un golpe terrible, del que tardaron en reponerse. Así se explica que la noticia de la resurrección, e incluso el encuentro con el Resucitado, hallasen en ellos dificultades y resistencias. Los Evangelios lo advierten en muchas ocasiones: “no creyeron” (Mc 16, 11), “dudaron” (Mt 28, 17). Jesús mismo se lo reprochó dulcemente: “¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?” (Lc 24, 38). Él trataba de convencerlos acerca de su identidad, demostrándoles que no era “un fantasma”, sino que tenía “carne y huesos”. Con este fin consumó incluso alimentos bajo sus ojos (cfr. Lc 24, 37-43).

El acontecimiento de Pentecostés impulsa a los discípulos a superar definitivamente esta actitud de desconfianza: la verdad de la resurrección de Cristo penetra plenamente en sus mentes y conquista su voluntad. Entonces de verdad “de su seno corrieron ríos de agua viva” (Cf. Jn 7, 38), como había predicho de forma figurativa Jesús mismo hablando del Espíritu Santo.

Regina Cæli, 21-04-1985

1. “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (Lc 24, 39).

Así dice Cristo resucitado hallándose en el Cenáculo entre sus discípulos.

Estas palabras las ha escrito Lucas en el Evangelio y las lee la Iglesia en el domingo pascual de hoy.

Qué cerca está de estas palabras San Juan Apóstol cuando escribe en su primera Carta:

Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos palparon… os lo anunciamos” (Jn 1, 1-3).

La Iglesia nació de la misión mesiánica de Jesús de Nazaret. La experiencia post-pascualconstituye un capítulo peculiar, definitivo en este nacimiento. La fe de los Apóstoles en Jesucristo Señor y Redentor tiene su fuente definitiva en el hecho de que le han visto, oído y tocado resucitado después de la muerte padecida por Él en la cruz.

De este modo los Apóstoles se transformaron en testigos de la resurrección. De su testimonio nace la fe de la Iglesia de generación en generación.

2. Nuestra oración en este mediodía se dirige a la Madre de Cristo.

Después de la resurrección Él muestra su cuerpo, las manos y los pies. Y así demuestra ante los Apóstoles su identidad (en sentido físico): “Soy yo en persona” (Lc 24, 39). “Yo”, el mismo que habéis conocido “desde el principio”, soy Jesús de Nazaret en persona.

Al escuchar estas palabras es difícil no pensar en su Madre. La resurrección completa el misterio de la encarnación. Resucitó en la carne porque nació en la carne (el Verbo se hizo carne). Y este cuerpo lo ha tomado de Ella, de María.

Por esto la Iglesia se dirige también a María después de la resurrección de Cristo con las palabras de la alegría pascual:

“Regina coeli laetare”

Pablo VI, papa

Catequesis, Audiencia General, 09-04-1975

«La paz esté con vosotros» (Lc 24,36)

Fijémonos en el saludo inesperado, tres veces repetido por Jesús resucitado, cuando se apareció a sus discípulos reunidos en la sala alta, por miedo a los judíos (Jn 20,19). En aquella época, este saludo era habitual, pero en las circunstancias en que fue pronunciado, adquiere una plenitud sorprendente. Os acordáis de las palabras: «Paz a vosotros». Un saludo que resonaba en Navidad: “Paz en la tierra” (Lc 2,14) Un saludo bíblico, ya anunciado como promesa efectiva del reino mesiánico (Jn 14,27). Pero ahora es comunicado como una realidad que toma cuerpo en este primer núcleo de la Iglesia naciente: la paz de Cristo victorioso sobre la muerte y de las causas próximas y remotas de los efectos terribles y desconocidos de la muerte.

Jesús resucitado anuncia pues, y funda la paz en el alma descarriada de sus discípulos… Es la paz del Señor, entendida en su significación primera, personal, interior, aquella que Pablo enumera entre los frutos del Espíritu, después de la caridad y el gozo, fundiéndose con ellos (Gal 5,22) ¿Qué hay de mejor para un hombre consciente y honrado? La paz de la conciencia ¿no es el mejor consuelo que podamos encontrar?… La paz del corazón es la felicidad auténtica. Ayuda a ser fuerte en la adversidad, mantiene la nobleza y la libertad de la persona, incluso en las situaciones más graves, es la tabla de salvación, la esperanza…en los momentos en que la desesperación parece vencernos…. Es el primer don del resucitado, el sacramento de un perdón que resucita (Jn 20,23).

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  • MARITZA G.

    Gracia, a estas palabras podre hacer una mejor monicion, pues es fuerte, hablar de un hecho tan grande, la paz que necesita el corazon para la felicidad, la paz en la tribulacion, paz al partir al padre. esta pagina es una bendicion para mi vida.