El Tiempo de Pascua en la Liturgia de la Iglesia

Premisa

El tiempo de Pascua es el más importante de todos los tiempos litúrgicos, puesto que celebramos el centro de nuestra fe cristiana, que es la muerte y resurrección de Jesús. El término “Pascua” significa precisamente “paso”, pues Cristo muriendo en la cruz ha pasado de la muerte a la vida para hacernos pasar con él, elevando así nuestra humanidad a una existencia definitiva y gloriosa. Es la pascua también de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en la Vida Nueva de su Señor por medio del Espíritu que Cristo le dio el día del primer Pentecostés.

Es importante señalar que el tiempo de Pascua es incluso más importante que la Navidad. De hecho, la Navidad es un preanuncio de la Pascua, por eso la iconografía suele pintar al niño recién nacido como amortajado, expresando que ha nacido para entrar en la muerte y resucitar. Lo mismo expresa por ejemplo la mirra, ofrecida por los magos de oriente al recién nacido.

Duración

Este tiempo se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés. Este tiempo dura pues cincuenta días (en griego = “pentecostés”, vividos y celebrados como un solo día).
“Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación como si se tratase de un solo y único día festivo, más aún, como ‘un gran domingo’”. (NUALC, 22).

La Pascua es la fiesta más antigua que la Iglesia celebra, puesto que empezó a celebrarse el mismo día de la resurrección de Jesús, el domingo. Así pues, domingo tras domingo, la comunidad cristiana celebraba la resurrección de Jesús. Siglos más tarde se empezará a celebrar la solemnidad de la Natividad del Señor (siglo IV) y así se irán constituyendo los tiempos litúrgicos, teniendo como centro de todo el año la solemnidad de la Pascua.

Los judíos tenían ya la “fiesta de las semanas” (ver Dt 16,9-10), fiesta inicialmente agrícola y luego conmemorativa de la Alianza en el Sinaí, a los cincuenta días de la Pascua. Los cristianos organizaron muy pronto siete semanas, pero para prolongar la alegría de la Resurrección y para celebrarla al final de los cincuenta días la fiesta de Pentecostés: el don del Espíritu Santo. Ya en el siglo II tenemos el testimonio de Tertuliano que habla de que en este espacio no se ayuna, sino que se vive una prolongada alegría.

Un sólo día que dura cincuenta días… y dura todo el año a través del Domingo

La victoria de Cristo sobre la muerte es un hecho tan grande que no basta un día para celebrarlo. Por eso la Iglesia quiere celebrarlo ininterrumpidamente durante cincuenta días y también cada domingo del año, llamado acertadamente “pascua de la semana”.

En cuanto al tiempo litúrgico de la Pascua, la Iglesia ha querido insistir en el carácter unitario de estas siete semanas, retomando lo que dice el salmo 117, y que se repite mucho en este tiempo y muchos domingos durante el año en la liturgia de las horas: “Este es el día en que actuó el Señor…”.

Antes de la reforma del calendario y del misal, el tiempo de pascua era presentado como apéndice de la pascua más que como parte intrínseca de la misma celebración pascual y su continuación durante todo el período de cuarenta días. Los domingos que seguían se llamaban domingos después de pascua, y no domingos de Pascua, como se los designa actualmente. Era realmente un tiempo de carácter jubiloso y festivo; pero no se lo podría definir como una celebración ininterrumpida del día mismo de Pascua.

La celebración de la cincuentena pascual

Los domingos de Pascua son ocho. El primero, que recibe el nombre de “Domingo de Pascua” o “Día de Pascua” incluye la Vigilia Pascual, y es para los cristianos el día más grande del año. Después vienen cinco domingos que continúan la fiesta. El séptimo domingo (o el jueves sexto) se celebra la fiesta de la Ascensión. Y, finalmente, el domingo octavo culmina el tiempo de Pascua con el día de Pentecostés.

La octava pascual

Cuando, a finales del siglo IV, el significado primitivo de la cincuentena pascual comenzó a decaer, se empezó a celebrar la octava pascual, tanto en Oriente como en Occidente. El ciclo antiguo de las siete semanas se desdobló en otro nuevo ciclo de ocho días, con un carácter eminentemente bautismal. La octava permitía a los neófitos gustar las delicias de su bautismo, prolongando durante una semana «el día que hizo el Señor» (Sal 117, 24). Al principio fueron siete los días bautismales. El sábado era el momento en que los neófitos se desprendían de los vestidos blancos recibidos en el bautismo. Más tarde se trasladó este rito al domingo, llamado por esta razón in albis. Los nuevos bautizados tomaban asiento entre el pueblo. La octava se llamó alba o blanca.

Los neófitos o recién bautizados se reunían cada día de esta semana pascual en una basílica diferente. Como la semana entera fue festiva a partir del año 389, todos los cristianos podían participar en la eucaristía de los neófitos y recordar las fiestas bautismales en que, en años anteriores, habían participado por primera vez. Por la mañana había una misa, y por la tarde se reunían para visitar la pila bautismal. Un día de la octava, normalmente el lunes, celebraban todos los cristianos el día del aniversario de su bautismo (Pascha annotinum). De esta reunión nació la idea de recordar el bautismo todos los domingos con el asperges me (fuera del tiempo pascual) o el vidi aquam (en el tiempo pascual). La semana festiva, que ya existía a finales del siglo IV, se convirtió en tres días de fiesta en el siglo X. Por último, Pío X redujo en 1911 estos tres días de fiesta a sólo el domingo.

El objetivo de esta semana consistía en que los neófitos recibiesen las últimas catequesis, denominadas mistagógicas. La octava de Pascua está, pues, en relación con la iniciación a los sacramentos de los recién bautizados en la Vigilia Pascual.

Las semanas pascuales

Durante los siete domingos de Pascua, la liturgia celebra el mensaje pascual de la resurrección del Señor, la alegría de la Iglesia por la renacida esperanza, la vida nueva de los neófitos y la acción del Espíritu Santo en la comunidad cristiana. Se trata, en definitiva, de celebrar prolongadamente la Pascua. Recordemos que la fiesta principal del año no es el Viernes Santo, sino el Domingo de Resurrección.

La reforma conciliar de la liturgia ha restituido al tiempo pascual su significado. En las Normas universales sobre el año litúrgico, del 21 de marzo de 1969, se dice que «los cincuenta días que van del Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés se celebran con alegría y júbilo, como si se tratara de un único día de fiesta o, mejor aún, de un gran domingo» (n. 22). En suma, el tiempo de Pascua es celebración del misterio de la exaltación de Cristo, constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad. Es período de plenitud y de profundización en el bautismo recibido o en la fe ya vivida. Es cincuentena hasta Pentecostés, en que predomina la acción del Espíritu. Es tiempo de alegría y de banquete (sin ayunos), al que se asiste de pie (no de rodillas), en el que se canta el aleluya y en el que la comunidad se reconoce como misterio de comunión fraternal, realizada por el Espíritu de Jesús en forma de koinonia.

La Ascensión del Señor

El jueves siguiente al domingo sexto de Pascua se celebraba la fiesta de la Ascensión del Señor, ocurrida a los cuarenta días de la Pascua. Aunque ha sido trasladada en casi todos los países al Domingo VII de Pascua, porque el jueves no es día festivo. De todos modos, esta fiesta no rompe la unidad del tiempo pascual y sigue conservando el simbolismo de la cuarentena: como el Pueblo de Dios anduvo cuarenta años en su Éxodo de Egipto hasta llegar a la tierra prometida, así Jesús cumple su éxodo pascual en cuarenta días de apariciones y enseñanzas hasta ir al Padre (Hch 1, 3). Finalmente, el domingo siguiente al domingo de la Ascensión (o al Domingo VII de Pascua en aquellos lugares donde la Ascensión se sigue celebrando el Jueves) celebramos la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo y, con ella, termina el tiempo litúrgico de Pascua.

La fiesta de Pentecostés

Entre los judíos, la fiesta de la Cosecha, o día de la acción de gracias, se celebraba en tiempos de Jesús siete semanas después de Pascua; era la fiesta de los Primeros Frutos (Nm 28,26), de la Recolección (Ex 23,16) o de las Semanas (Ex 34,22). En razón del número «cincuenta», se denominó Pentecostés. Los rabinos del siglo II de nuestra era conmemoraron ese mismo día la entrega de la ley en el Sinaí y la conclusión de la alianza.

Entre los cristianos, la fiesta de la Pascua se prolonga por espacio de cincuenta días, denominado «tiempo pascual» o «cincuentena pascual», que finaliza con el día de Pentecostés. Pentecostés es fiesta litúrgica comparable a la Pascua. Está por encima de la Navidad, la Epifanía o el Corpus. Pero no es fiesta separada, puesto que corona la Pascua. El último día de los cincuenta, por influjo judío de Pentecostés, tuvo desde el siglo II un relieve particular. Influyó la mística de los números: el cincuenta es consumación, conclusión y sello. La fiesta de Pentecostés se desarrolló con vigilia bautismal y octava en el siglo IV. La cincuentena pascual es tiempo de plenitud, de alegría y de acción de gracias por los frutos recibidos, y predomina en él la acción del Espíritu.

La Vigilia de Pentecostés

La Vigilia de Pentecostés tiene un esquema parecido al de la Vigilia Pascual, ya que era una segunda oportunidad para que quienes no se habían bautizado en esta última lo hicieran. No se bendecía el cirio ni había pregón pascual, pero siempre hubo varias lecturas, con bendición de la pila, bautismos y eucaristía bautismal. Es vigilia adecuada para reunir a varias comunidades y disponerse a celebrar la donación de la promesa del Padre, que es el Espíritu Santo. En esta celebración se pueden acentuar los tres símbolos del Espíritu: viento-soplo, agua y fuego-luz. De un modo concreto, pueden simbolizarse el fuego (hoguera), las llamas (lámparas), el agua (jarra o tinaja) y la torre maldita (muro). Pentecostés es la confirmación de la Iglesia, del mismo modo que la Confirmación es el pentecostés del cristiano.

Los tres pasajes del Nuevo Testamento que hablan de Pentecostés se refieren a la fiesta judía: Hch 2,1; 20,16; 1 Cor 16,8. La fiesta cristiana coincide con la judía en el nombre («pentecostés» significa «cincuenta») y en el momento (siete semanas después de Pascua). No celebra simplemente la siega de cereales (fiesta de la Cosecha o de las Semanas) ni la antigua alianza del Sinaí (donación de la Ley), sino la ascensión de Cristo (nuevo Moisés) al Padre y la efusión del nuevo Espíritu. El Pentecostés cristiano celebra el don escatológico del Espíritu Santo y la apertura de la Iglesia a nuevos pueblos. (La fiesta de la Ascensión tardó en desglosarse de la de Pentecostés).

El evangelio de la Vigilia pone el grito de Jesús («¡El que tenga sed, que venga a mí; el que crea en mí, que beba!») en relación a los ritos del agua que se celebraban en la fiesta judía del Templo o de los Tabernáculos. Jesús es la roca, el agua viva, el Espíritu de Dios hecho carne. Nos invita a todos a beber dicho Espíritu.

El Espíritu de Pentecostés

En su encuentro con el hombre, Dios se manifiesta como Espíritu, comparado en la Biblia al viento y al aliento, sin los cuales morimos. El Espíritu de Dios es la respiración del cristiano. Es viento -como huracán o como brisa- del que no se sabe a veces su procedencia; pero también es fuerza ordenadora frente al caos. Asimismo, es aliento que se halla en el fondo de la vida: es fuerza vivificante frente a la muerte. El soplo respiratorio del hombre viene de Dios, y a él vuelve cuando una persona muere. También es huracán que arrasa o viento reconfortante. El mismo Espíritu se manifiesta particularmente en los profetas, críticos de los mecanismos del poder y del culto desviado y defensores de los desheredados; el Espíritu transforma a los jueces en promotores de la justicia por su fuerza socializadora.

El mismo Espíritu que fecunda a la Iglesia y a los cristianos creó el mundo y dio vida humana al «barro» en la pareja de Adán y Eva. Desgraciadamente, se desconoce el Espíritu al considerarlo etéreo, abstracto o inapreciable. Sin embargo, lo confesamos en el Credo: creo en el Espíritu Santo. De un modo pleno reposó el Espíritu de Dios sobre el Mesías. Así se advierte en la concepción de Jesús, en su bautismo y comienzo de su misión, en el momento de su muerte y en las apariciones del Resucitado. Jesús muere entregando el Espíritu y se aparece a los discípulos insuflando nueva vida. El Espíritu es, pues, don de Dios, personalidad de Jesús, fuerza del evangelio, alma de la comunidad. Su donación en Pentecostés tiene como propósito crear comunidad («ruido» que conmociona, «voz» que interpela y «fuego» que calienta), abrirse a los pueblos y culturas, impulsar el testimonio y defender la justicia y la libertad.

La fuerza del Evangelio es Espíritu que llama a conversión, expulsa lo demoníaco, reconcilia a pecadores, mueve a optar por los pobres y marginados y crea Iglesia comunitaria. En suma, el Espíritu promueve conciencia moral lúcida, da sentido agudo al discernimiento, empuja al compromiso social por el pueblo y ayuda a la puesta en práctica del mensaje de Jesús. Pecados contra el Espíritu son la injusticia, con las secuelas del subdesarrollo y de la miseria; la división de los seres humanos y de los pueblos, con todo el odio generado; las dictaduras y el imperialismo, con los dominios del terror y de la guerra…

Lecturas dominicales

Las lecturas de estos domingos nos ayudan a vivir los diversos aspectos de la Pascua, siguiendo dos líneas básicas: las de los evangelios y las de la primera lectura.

Evangelios de los domingos de Pascua

Domingo 1. Se lee la escena del sepulcro vacío, el primero y desconcertante anuncio de la resurrección.

Domingo 2. Cada año se lee lo mismo: la primera aparición de Jesús a los apóstoles, sin Tomás, y la segunda, el siguiente domingo, con Tomás.

Domingo 3. Se lee una de las apariciones de Jesús resucitado (en cada ciclo una diferente: unos relatos de gran riqueza de mensaje).

Domingo 4. Se lee cada año un fragmento del capitulo 10 del evangelio de Juan. Es el capítulo del Buen Pastor: Jesús que guía, que conoce personalmente, que da la vida.

Domingos 5 y 6. Se leen diversos fragmentos del discurso de la última cena del evangelio de Juan. Es una profunda y cercana presentación de quién es Jesús para nosotros, qué espera de nosotros, cómo nos acompaña.

Domingo 7. La Ascensión. Leemos el final de cada uno de los evangelios sinópticos: la misión que Jesús les encomienda, su despedida.

Domingo 8. Pentecostés. Leemos cómo Jesús se hace presente entre los apóstoles el día de Pascua para darles el Espíritu y enviarlos a continuar su obra.

Primera Lectura

La primera lectura del tiempo de Pascua no está tomada, como en el resto del año, del Antiguo Testamento, sino del libro de los Hechos de los Apóstoles, que narra los inicios de la comunidad cristiana, como fruto de Jesús resucitado. Se distribuyen así:

Domingo 1. El anuncio de la resurrección que Pedro hace ante los paganos.

Domingo 2. Cada año se lee uno de los resúmenes que San Lucas ofrece de lo que era la vida de la primera comunidad: un ideal que debemos tener siempre ante nuestros ojos.

Domingos 3 y 4. Leemos diferentes escenas de la predicación primera de los apóstoles anunciando la resurrección de Jesús.

Domingos 5 y 6. Leemos diferentes escenas de la vida de la primera Iglesia: su crecimiento, la manera de organizarse, y también sus conflictos.

Domingo 7. La Ascensión: el relato que se hace en los Hechos de los Apóstoles.

Domingo 8. Pentecostés: el relato del don del Espíritu según los Hechos de los Apóstoles.

Signos y elementos de la Pascua

Cirio Pascual, Aleluya…

Además hay otros elementos externos que deben tenerse en cuenta en este tiempo litúrgico de Pascua: en primer lugar, la presencia del cirio pascual, entronizado la noche santísima de la Vigilia Pascual, con el fuego nuevo bendecido. El cirio pascual es el signo de la luz de Cristo, muerto y resucitado. Tiene también el de la ofrenda, como cera que se gasta en honor a Dios.

Otro elemento importante es la presencia de flores y luces, así como el color blanco de los ornamentos, que simbolizan la luz de la nueva vida que Cristo nos ha inaugurado con su muerte y su resurrección.

Las lecturas de la Palabra de Dios de los ocho domingos de este Tiempo en la Santa Misa están organizados con esa intención. La primera lectura es siempre de los Hechos de los Apóstoles, la historia de la primitiva Iglesia, que en medio de sus debilidades, vivió y difundió la Pascua del Señor Jesús. La segunda lectura cambia según los tres ciclos: la primera carta de San Pedro, la primera carta de San Juan y el libro del Apocalipsis.

Estos son los días en los que principalmente se canta el Aleluya, expresión de origen hebreo que, para tener una idea podemos traducirla por alabanza a Dios. Pero más que una simple palabra, el Aleluya expresa un sentimiento religioso, evoca una atmósfera particular de alabanza y gozo que no es una simple palabra. Muchos lo consideran incluso la palabra clave en la liturgia pascual y ya que expresa perfectamente la profunda alegría de este tiempo. Muchos padres de la Iglesia predicaban sobre él en sus homilías. Leamos a san Agustín:
“El aleluya se dice durante estos cincuenta días. Porque aleluya significa alabanza de Dios; por tanto, para nosotros, que estamos trabajando, significa llegar a nuestro descanso. Porque cuando alcancemos nuestro descanso después de este período de trabajo, nuestra única ocupación será alabar a Dios, nuestras acciones serán un aleluya. Aleluya será nuestro alimento, aleluya será nuestra bebida, aleluya será nuestra apacible actividad, aleluya será nuestro gozo completo”.

Teología y Espiritualidad Pascual

Celebrar la Resurrección

El misterio de la Resurrección recorre todo este tiempo. Se lo contempla bajo todos sus aspectos durante los 50 días. La buena nueva de la salvación es la causa del regocijo de la Iglesia. La Resurrección se presenta a la vez como acontecimiento y como realidad omnipresente, como misterio salvador que actúa constantemente en la Iglesia. Así se deduce claramente del estudio de la liturgia pascual. Comenzando el domingo de Pascua y su octava, advertimos que los evangelios de cada día nos relatan las varias manifestaciones del Señor resucitado a sus discípulos: a María Magdalena y a las otras mujeres, a los dos discípulos que iban camino de Emaús, a los once apóstoles sentados a la mesa, en el lago de Tiberíades, a todos los apóstoles, incluido Tomás. Estas manifestaciones visibles del Señor, tal como las registran los cuatro evangelistas, pueden considerarse el tema mayor de la liturgia de la palabra. Así es ciertamente en la octava, en la que cada día se nos presenta el acontecimiento de pascua bajo una luz nueva.

Después de la octava, no se pierde de vista la Resurrección, sino que se la contempla desde una perspectiva diferente. Ahora se destaca sobre todo la presencia activa en la Iglesia de Cristo glorificado. Se lo contempla como el buen pastor que desde el cielo apacienta a su rebaño, o como el camino que lleva al Padre, o bien como la fuente del Espíritu y el que da el pan de vida, o como la vid de la cual obtienen la vida y el sustento los sarmientos.

Considerada, pues, como acontecimiento histórico y como misterio que afecta a nuestra vida aquí y ahora, la resurrección es el foco de toda la liturgia pascual. Es éste el tiempo de la Resurrección y, por tanto, de la nueva vida y la esperanza.

Y como este misterio es realmente una buena nueva para el mundo, es preciso atestiguarlo y proclamarlo. Los evangelios nos presentan el testimonio apostólico y exigen de nosotros la respuesta de la fe. También hay otros escritos del Nuevo Testamento, como los Hechos de los Apóstoles, que han consignado. para nosotros el testimonio que los discípulos dieron de la Resurrección del Señor Jesús.

Participar de la Resurrección

Durante el tiempo de pascua no celebramos sólo la Resurrección de Cristo, la cabeza, sino también la de sus miembros, que comparten su misterio. Por eso el bautismo tiene tan gran relieve en la liturgia. Por la fe y el bautismo somos introducidos en el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. La exhortación de san Pablo que se lee en la vigilia pascual resuena a lo largo de toda esta época:

Los que por el bautismo fuimos incorporados a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva (Rom 6,3-11).

No basta con recordar el misterio, debemos mostrarlo también con nuestras vidas. Resucitados con Cristo, nuestras vidas han de manifestar el cambio que ha tenido lugar. Debemos buscar “las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios” (Col 3,1). Esto significa compartir la libertad de los hijos de Dios en Jesucristo.

Jesús Resucitado y su Espíritu centros de la liturgia pascual

Jesús resucitado es el objetivo de nuestras miradas, cada uno de los días del tiempo de Pascua. Lo miramos a él, y lo admiramos profundamente, y sentimos la alegría de ser sus seguidores, y renovamos la adhesión de la fe y el convencimiento de que en Él tenemos la vida, y entendemos mejor el sentido de su camino de amor fiel hasta la muerte, y nos sentimos llamados a vivir como Él. Y este gozo de Pascua nos hace mirar la vida con otros ojos. Porque la humanidad, con Jesús, ha sido transformada y ha comenzado una nueva creación: la humanidad ha entrado en la vida nueva de Dios, la muerte y el pecado han sido vencidos, el camino de los hombres y mujeres en este mundo es un camino que, a pesar del dolor y del mal que continúa habiendo en medio de nosotros, lleva a una vida para siempre, a la misma vida que Jesús ya ha conseguido.

Esta vida renovada es obra del Espíritu. Para los apóstoles, la experiencia de Jesús resucitado en medio de ellos es la experiencia de recibir un Espíritu nuevo, un Espíritu que los transforma y los hace vivir lo mismo que Jesús vivía: los hace sentirse continuadores de la obra de Jesús. El mismo día de Pascua, explica el evangelio de Juan (20, 19-23), Jesús se hace presente en medio de los discípulos y les da el Espíritu, y ellos desde aquel momento se sienten enviados a continuar lo que Jesús ha hecho. Es el mismo hecho que el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-11) presentará como un acontecimiento radicalmente transformador que tiene lugar cincuenta días después: el día de Pentecostés.

Liturgia en comunidad

Todo esto lo vivimos en la comunidad de los creyentes. La Iglesia es el lugar donde nos encontramos con Jesús resucitado, donde experimentamos su Espíritu que nos mueve, donde lo vivimos a través de sus sacramentos (el Bautismo y la Eucaristía sobre todo), donde sentimos la llamada a ser testimonios de esta Buena Noticia a través de nuestra manera de vivir y también a través de nuestra palabra.

Sin embargo, esto no significa que la acción de Jesús resucitado, la fuerza de su Espíritu, quede encerrada en los límites de la Iglesia: más allá de todo límite, más allá de toda frontera, el Espíritu de Jesús está presente en el corazón del mundo y suscita en todas partes semillas de su Reino, tanto entre los creyentes como entre los no creyentes. El domingo de Pentecostés, en el salmo responsorial, proclamamos una frase que puede expresar muy bien el mejor sentimiento que podemos tener en nuestro interior durante estos días: «Goce el Señor con sus obras». Realmente el Señor puede estar contento de su obra. El Dios que después de la creación podía decir que todo lo que había hecho era muy bueno, ahora puede volverlo a decir, y con más razón. Celebrar la Pascua es compartir esta alegría de Dios.

Desequilibrio de intensidad entre la forma de vivir la Cuaresma y la Pascua

En la antigua tradición cristiana, los cincuenta días de Pascua eran vistos como un solo día, un único día de fiesta, en el que se decía que no estaba bien arrodillarse ni ayunar: nada que pudiera sonar a penitencia tenía sentido en esta larga fiesta. Nosotros no vivimos esta cincuentena tan intensamente. La Cuaresma, por ejemplo, consigue siempre mucha más intensidad. Y si se piensa fríamente, no es demasiado razonable que la preparación para la Pascua (la Cuaresma) tenga más éxito que la celebración en sí de la Pascua. Una causa debe ser que nuestra tradición cristiana, a lo largo de los siglos, se ha ido centrando más en la preocupación por el pecado y la condenación, que en la victoria de Jesús que ha destruido el poder del mal. Y ahora, que ya no hablamos tanto ni del pecado ni de la condenación, esta tradición se traduce más, quizás, en preguntarnos “qué tenemos que hacer” nosotros, en lugar de descubrir “lo que hace Jesús por nosotros”, y de reconocer la vida que nos da.

Pero también existen otras causas. Una puede ser que así como la Cuaresma tiene un objetivo final (la Semana Santa, el Triduo Pascual), la Pascua no tiene ningún objetivo hacia donde caminar. Es un tiempo que parece plano, monótono, que se va acabando sin más, como deshilachándose: cuesta mantener la tensión en un tiempo largo sin objetivo final. Otra puede ser que la Pascua llega en primavera, con un cierto cansancio y relajación, y con el inicio de la dispersión de los fines de semana. A pesar de todos estos inconvenientes, valdrá la pena intentar celebrar tanto como se pueda este tiempo. Y pueden ayudarnos algunos elementos sencillos.

Por ejemplo, la ornamentación de la iglesia. Durante todo el tiempo de Pascua la iglesia debería estar bien adornada con luces y flores, y hay que evitar que esta ornamentación decaiga a medida que pasan las semanas. Y, el último día, el domingo de Pentecostés, aumentar el clima festivo celebrando la culminación del tiempo. Igualmente, resaltar los signos litúrgicos propios de este tiempo: el cirio pascual grande y en un lugar visible (y que el resto del año no esté en el presbiterio, para que la diferencia sea clara); la aspersión del agua en el inicio de la misa; el canto frecuente del aleluya (por ejemplo, que todos los domingos la respuesta del salmo responsorial sea el aleluya, y cantar otro aleluya diferente antes del evangelio); mantener los cantos de Pascua todo el tiempo y repetirlos sin miedo. Y también introducir en este tiempo elementos diversos que resalten la vida comunitaria y que hagan descubrir la fuerza del Espíritu en el mundo.

Finalmente, para la espiritualidad personal, en este tiempo puede ayudar mucho leer cada día, contemplativamente, las lecturas de la Misa. La primera lectura va siguiendo todo el libro de los Hechos de los Apóstoles, un repaso de cómo la Buena Noticia de Jesús se extiende y da fruto. Y el evangelio es, en la primera semana (la de la Octava de Pascua, que son los días más solemnes) una selección de apariciones de Jesús resucitado; y, el resto del tiempo, fragmentos del evangelio de Juan que nos hacen sentir muy cerca de Jesús.

Normas particulares del tiempo pascual 

Misa 

1. El formulario de la Misa es propio para cada día. 

2. Durante la Octava de Pascua: se dice la Misa del día litúrgico propio, que se celebra como las solemnidades del Señor. Se dice Gloria, la secuencia es facultativa, las plegarias eucarísticas tienen elementos propios y es conveniente emplear la bendición solemne. Hágase memoria en la plegaria eucarística de los que han recibido el Bautismo en la Vigilia Pascual (cf. PCFP, 102). 

3. Los neófitos tengan reservado un lugar especial entre los fieles durante todo el tiempo pascual, en las Misas dominicales, y hágase mención de ellos en la homilía y en la oración de los fieles (PCFP, 103). 

4. En las memorias obligatorias que coinciden con las ferias del tiempo pascual se dice la colecta propia; en cambio, la oración sobre las ofrendas y la de después de la Comunión, si no son propias, se pueden tomar o del común o de la feria correspondiente (cf. OGMR, 363). El prefacio se toma del tiempo o del común. 

5. En las ferias y memorias libres se puede elegir la Misa de feria, o la Misa de uno de los santos de los que se hace memoria libre, o la Misa de algún santo inscrito ese día en el Martirologio (cf. OGMR, 355b). En las memorias de los santos se toma la colecta propia o, si carece de ella, la del común correspondiente; en cambio, la oración sobre las ofrendas y la de después de la Comunión, si no son propias, se pueden tomar o del común o de la feria correspondiente (cf. OGMR, 363). El prefacio se toma del tiempo o del común. 

6. Los domingos y durante la Octava no se permiten las Misas por diversas necesidades y votivas (cf. OGMR, 374). Durante las ferias después de la Octava se permiten si la necesidad o la verdadera utilidad pastoral lo requieren (cf. OGMR, 376). 

7. Los domingos no se permiten las Misas de difuntos, tampoco la exequial (cf. OGMR, 380). Durante la Octava tampoco se permiten las Misas de difuntos, excepto la exequial. En las ferias después de la Octava pueden celebrarse la Misa exequial y las Misas de difuntos después de recibida la noticia de la muerte y en el primer aniversario, pero no se permiten las Misas cotidianas de difuntos durante todo este tiempo litúrgico (cf. OGMR, 381). 

8. Se añade un Aleluya a las antífonas de entrada y comunión, a no ser que lo excluya el sentido de la misma. 

9. El color de las vestiduras litúrgicas es el blanco (cf. OGMR, 346a). En las memorias de los santos puede usarse el color propio (blanco o rojo). 

Liturgia de Las Horas 

10. La Octava de Pascua tiene rúbricas propias; todos los días se dice Te Deum. 

11. En los oficios del tiempo, excepto en días particulares, se usan los elementos propios del tiempo pascual, además de la antífona del Invitatorio y el Himno de la Hora. La salmodia se toma del día correspondiente de la semana en el ciclo de cuatro semanas con antífonas propias. 

12. Se añade un Aleluya a las antífonas de los salmos y del canto evangélico, a no ser que lo excluya el sentido de la misma. 

13. Durante todo el tiempo pascual: los salmos de la Hora intermedia con la antífona «Aleluya, aleluya, aleluya». 

14. Al final de Completas, «Reina del cielo» durante todo el Tiempo Pascual.

Calendarios particulares 

15. Los domingos y durante la Octava no se permite ninguna celebración; las solemnidades se trasladan, las fiestas y memorias de este año se omiten. 

16. El resto de los días se permiten las celebraciones. 

Otros

17. Es muy conveniente que los niños reciban su primera Comunión en estos domingos pascuales (PCFP, 103). 

18. Los pastores han de recordar y explicar a los fieles, durante el tiempo pascual, el sentido del precepto de la Iglesia de recibir la Eucaristía en este tiempo por los cristianos que ya han hecho la primera Comunión (c. 920). Se encarece que durante este tiempo, y especialmente durante la semana de Pascua, se lleve la Comunión a los enfermos (PCFP, 104). 

19. En los lugares donde es costumbre bendecir las casas con motivo de las fiestas pascuales, el párroco, otros presbíteros o diáconos delegados suyos cuidarán de hacerlo. El párroco acuda a las casas para hacer la visita pastoral a cada familia, mantener un coloquio con sus miembros y celebrar con ellos un momento de oración, usando los textos del Bendicional (PCFP, 105). 

20. El cirio Pascual, colocado junto al ambón o junto al altar, enciéndase en las celebraciones litúrgicas de alguna solemnidad, tanto en la Misa como en Laudes y Vísperas, hasta el Domingo de Pentecostés. Acabado el tiempo de Pascua, se apaga el cirio Pascual, que es conveniente colocar en un lugar digno del baptisterio, para que, en la celebración del Bautismo, se enciendan en su llama los cirios de los bautizados (cf. Misal Romano). 

Textos litúrgicos durante el tiempo de Pascua

Esta tabla muestra por semanas las diferentes celebraciones del Tiempo de Pascua y ofrece enlaces a las homilías de las mismas o a los comentarios de los textos bíblicos.

SEMANA-DÍAHOMILÍASLECTURAS
SEMANA I (DOMINGOS)
IVigilia Pascual (Ciclo A)Homilías
IVigilia Pascual (Ciclo B)Homilías
IVigilia Pascual (Ciclo C)Homilías
IDomingo (Ciclo A)Homilías
IDomingo (Ciclo B)Homilías Hch 10, 34a. 37-43
Sal 117, 1-23
Col 3, 1-4
Jn 20, 1-9
IDomingo (Ciclo C)Homilías
Ferias Semana I
ILunesHomilías Hch 2, 14. 22-32
Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
Mt 28, 8-15
IMartesHomilías Hch 2, 36-41
Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22
Jn 20, 11-18
IMiércolesHomilías Hch 3, 1-10
Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9
Lc 24, 13-35
IJuevesHomilías Hch 3, 11-26
Sal 8, 2a y 5. 6-7. 8-9
Lc 24, 35-48
IViernesHomilías Hch 4, 1-12
Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a
Jn 21, 1-14
ISábadoHomilías Hch 4, 13-21
Sal 117, 1 y 14-15. 16-18. 19-21
Mc 16, 9-15
SEMANA II (DOMINGOS)
IIDomingo (Ciclo A)Homilías Hch 2, 42-47
Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24
1 Pe 1, 3-9
Jn 20, 19-31
IIDomingo (Ciclo B)Homilías Hch 4, 32-35
Sal 117, 2-4. 16-18. 22-24
1 Jn 5, 1-6
Jn 20, 19-31
IIDomingo (Ciclo C)Homilías Hch 5, 12-16
Sal 117, 2-4. 22-24. 25-27
Ap 1, 9-11a. 12-13. 17-19
Jn 20, 19-31
Ferias Semana II
IILunesHomilías Hch 4, 23-31
Sal 2, 1-3. 4-6. 7-9
Jn 3, 1-8
IIMartesHomilías Hch 4, 32-37
Sal 92, 1ab. 1c-2. 5
Jn 3, 7b-15
IIMiércolesHomilías Hch 5, 17-26
Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9
Jn 3, 16-21
IIJuevesHomilías Hch 5, 27-33
Sal 33, 2 y 9. 17-18. 19-20
Jn 3, 31-36
IIViernesHomilías Hch 5, 34-42
Sal 26, 1. 4. 13-14
Jn 6, 1-15
IISábadoHomilías Hch 6, 1-7
Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
Jn 6, 16-21
SEMANA III (DOMINGOS)
IIIDomingo (Ciclo A)Homilías Hch 2, 14. 22-33
Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
1 Pe 1, 17-21
Lc 24, 13-35
IIIDomingo (Ciclo B)Homilías Hch 3, 13-15. 17-19
Sal 4, 2. 4. 7. 9
1 Jn 2, 1-5a
Lc 24, 35-48
IIIDomingo (Ciclo C)Homilías Hch 5, 27b-32. 40b-41
Sal 29, 2y 4. 5-6. 11-12a y 13b
Ap 5, 11-14
Jn 21, 1-19
Ferias Semana III
IIILunesHomilías Hch 6, 8-15
Sal 118, 23-24. 26-27. 29-30
Jn 6, 22-29
IIIMartesHomilías Hch 7, 51—8, 1a
Sal 30, 3cd-4. 6ab y 7b y 8a. 17 y 21ab
Jn 6, 30-35
IIIMiércolesHomilías Hch 8, 1b-8
Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a
Jn 6, 35-40
IIIJuevesHomilías Hch 8, 26-40
Sal 65, 8-9. 16-17. 20
Jn 6, 44-51
IIIViernesHomilías Hch 9, 1-20
Sal 116, 1. 2
Jn 6, 52-59
IIISábadoHomilías Hch 9, 31-42
Sal 115, 12-13. 14-15. 16-17
Jn 6, 60-69
SEMANA IV (DOMINGOS)
IVDomingo (Ciclo A)Homilías Hch 2, 14a. 36-41
Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6
1 Pe 2, 20b-25
Jn 10, 1-10
IVDomingo (Ciclo B)Homilías Hch 4, 8-12
Sal 117, 1 y 8-9. 21-23. 26 y 28-29
1 Jn 3, 1-2
Jn 10, 11-18
IVDomingo (Ciclo C)Homilías Hch 13, 14. 43-52
Sal 99, 2. 3. 5
Ap 7, 9. 14b-17
Jn 10, 27-30
Ferias Semana IV
IVLunesHomilías Hch 11, 1-18
Sal 41, 2-3; 42, 3. 4
Jn 10, 1-10
IVMartesHomilías Hch 11, 19-26
Sal 86, 1-3. 4-5. 6-7
Jn 10, 22-30
IVMiércolesHomilías Hch 12, 24—13, 5a
Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
Jn 12, 44-50
IVJuevesHomilías Hch 13, 13-25
Sal 88, 2-3. 21-22. 25 y 27
Jn 13, 16-20
IVViernesHomilías Hch 13, 26-33
Sal 2, 6-7. 8-9. 10-11
Jn 14, 1-6
IVSábadoHomilías Hch 13, 44-52
Sal 97, 1-2ab. 2cd-3ab. 3cd-4
Jn 14, 7-14
SEMANA V (DOMINGOS)
VDomingo (Ciclo A)Homilías Hch 6, 1-7
Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
1 Pe 2, 4-9
Jn 14, 1-12
VDomingo (Ciclo B)Homilías Hch 9, 26-31
Sal 21, 26-32
1 Jn 3, 18-24
Jn 15, 1-8
VDomingo (Ciclo C)Homilías Hch 4, 21-27
Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13
Ap 21, 1-5a
Jn 13, 31-33a. 34-35
Ferias Semana V
VLunesHomilías Hch 14, 15-18
Sal 113, 1-2. 3-4. 15-16 (TM Sal 115)
Jn 14, 21-26
VMartesHomilías Hch 14, 19-28
Sal 144, 10-11. 12-13ab. 21
Jn 14, 27-31a
VMiércolesHomilías Hch 15, 1-6
Sal 121, 1-2. 4-5
Jn 15, 1-8
VJuevesHomilías Hch 15, 7-21
Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10
Jn 15, 9-11
VViernesHomilías Hch 15, 22-31
Sal 56, 8-9. 10-12
Jn 15, 12-17
VSábadoHomilías Hch 16, 1-10
Sal 99, 1-2. 3-5
Jn 15, 18-21
SEMANA VI (DOMINGOS)
VIDomingo (Ciclo A)Homilías Hch 8, 5-8. 14-17
Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20
1 Pe 3, 15-18
Jn 14, 15-21
VIDomingo (Ciclo B)Homilías Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48
Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4
1 Jn 4, 7-10
Jn 15, 9-17
VIDomingo (Ciclo C)Homilías Hch 15, 1-2. 22-29
Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
Ap 21, 10-14. 22-23
Jn 14, 23-29
Ferias Semana VI
VILunesHomilías Hch 16, 11-15
Sal 149, 1-2. 3-4. 5-6a y 9b
Jn 15, 26—16, 4a
VIMartesHomilías Hch 16, 22-34
Sal 137, 1-2a. 2bc y 3. 7c-8
Jn 16, 5-11
VIMiércolesHomilías Hch 17, 15. 22—18, 1
Sal 148, 1-2. 11-12. 13. 14
Jn 16, 12-15
VIAscensión del Señor (A)*
*En algunos lugares
esta solemnidad se traslada al
Domingo VII de Pascua
Homilías Hch 1, 1-11
Mt 28, 16-20
Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
Ef 1, 17-23
VIAscensión del Señor (B)*Homilías Hch 1, 1-11
Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
Ef 4, 1-13
Mc 16, 15-20
VIAscensión del Señor (C)*Homilías Hch 1, 1-11
Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
Heb 9, 24-28; 10, 19-23
Lc 24, 46-53
VIJuevesHomilías Hch 18, 1-8
Sal 97, 1-2ab. 2cd-3ab. 3cd-4
Jn 16, 16-20
VIViernesHomilías Hch 18, 9-18
Sal 46, 2-3. 4-5. 6-7
Jn 16, 20-23a
VISábadoHomilías Hch 18, 23-28
Sal 46, 2-3. 8-9. 10
Jn 16, 23b-28
SEMANA VII (DOMINGOS)
VIIDomingo (Ciclo A)Homilías Hch 1, 12-14
Sal 26, 1.4 .7-8
1 Pe 4, 13-16
Jn 17, 1-11a
VIIDomingo (Ciclo B)Homilías Hch 1, 15-17. 20a. 20c-26
Sal 102, 1-2. 11-12. 19-20
1 Jn 4, 11-16
Jn 17, 11b-19
VIIDomingo (Ciclo C)Homilías Hch 7, 55-60
Sal 96, 1-2. 6-7. 9
Ap 22, 12-14. 16-17. 20
Jn 17, 20-26
Ferias Semana VII
VIILunesHomilías Hch 19, 1-8
Sal 67, 2-3. 4-5ac. 6-7ab
Jn 16, 29-33
VIIMartesHomilías Hch 20, 17-27
Sal 67, 10-11. 20-21
Jn 17, 1-11a
VIIMiércolesHomilías Hch 20, 28-38
Sal 67, 29-30. 33-35a. 35b y 36c
Jn 17, 11b-19
VIIJuevesHomilías Hch 22, 30; 23, 6-11
Sal 15, 1-2. 5. 7-8. 9-10. 11
Jn 17, 20-26
VIIViernesHomilías Hch 25, 13-21
Sal 102, 1-2. 11-12. 19-20ab
Jn 21, 15-19
VIISábadoHomilías Hch 28, 16-20. 30-31
Sal 10, 4. 5 y 7
Jn 21, 20-25
SEMANA VIII (DOMINGOS)
VIIIVigilia Pentecostés (Ciclo A)Homilías Gn 11, 1-9
Ez 37, 1-14
Sal 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14-15
Jl 3, 1-5
Sal 103, 1-2a. 24. 27-28. 29bc-30
Rm 8, 22-27
Jn 7, 37-39
Sal 32, 10-11. 12-13. 14-15
Ex 19, 3-8a. 16-20b
Sal 102, 1-2. 3-4. 6-7. 17-18
VIIIVigilia Pentecostés (Ciclo B)Homilías Gn 11, 1-9
Ez 37, 1-14
Sal 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14-15
Jl 3, 1-5
Sal 103, 1-2a. 24. 27-28. 29bc-30
Rm 8, 22-27
Jn 7, 37-39
Sal 32, 10-11. 12-13. 14-15
Ex 19, 3-8a. 16-20b
Sal 102, 1-2. 3-4. 6-7. 17-18
VIIIVigilia Pentecostés (Ciclo C)Homilías Gn 11, 1-9
Ez 37, 1-14
Sal 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14-15
Jl 3, 1-5
Sal 103, 1-2a. 24. 27-28. 29bc-30
Rm 8, 22-27
Jn 7, 37-39
Sal 32, 10-11. 12-13. 14-15
Ex 19, 3-8a. 16-20b
Sal 102, 1-2. 3-4. 6-7. 17-18
VIIIDomingo Pentecostés (Ciclo A)Homilías Hch 2, 1-11
Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34
1 Co 12, 3b-7. 12-13
Jn 20, 19-23
VIIIDomingo Pentecostés (Ciclo B)Homilías
VIIIDomingo Pentecostés (Ciclo C)Homilías Hch 2, 1-11
Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34
Rm 8, 8-17
Jn 14, 15-16. 23b-26
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