El Santo Triduo Pascual en la Liturgia de la Iglesia


El Triduo Pascual es en concreto un conjunto de celebraciones que constituyen el centro de la liturgia de toda la Iglesia, porque en él se celebra de forma real, progresiva y actual, la obra de la redención de los hombres y la glorificación perfecta de Dios realizada en el misterio pascual de Jesucristo. En efecto, el Triduo Pascual celebra que Cristo muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida. Así como el Domingo es el día más importante de la semana, esta trilogía de días (Triduo) son los más importantes de todo el año litúrgico. (cf. NUALC n. 18). El Triduo Pascual nos propone celebrar el misterio pascual no como un aniversario histórico, sino como un memorial sacramental, y no fragmentariamente, sino en la totalidad del misterio.

El nombre oficial de este tiempo es: Triduo pascual de la Pasión y de la Resurrección del Señor. Comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor el Jueves Santo por la tarde (la mañana del Jueves pertenece todavía al tiempo de Cuaresma). El centro del Triduo Pascual es la Vigilia pascual y acaba con las Vísperas del domingo de Resurrección (cf. NUALC n. 19).

Dado que cada celebración del Triduo comporta una importancia única, las detallaremos una por una e indicaremos sus normas litúrgicas.

EL JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

Con la Misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo Pascual y evoca aquella Cena en la cual el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también lo ofreciesen (CO, 297).

Toda la atención del espíritu debe centrarse en los misterios que se recuerdan en la Misa: es decir, la institución de la Eucaristía, la institución del Orden sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna. Son estos los puntos que conviene recordar a los fieles en la homilía, para que tan grandes misterios puedan penetrar más profundamente en su piedad y los vivan intensamente en sus costumbres y en su vida.

La misa vespertina de la cena del Señor tiene, como hemos visto, el carácter de introducción en el Triduo pascual, de entrada en la conmemoración anual de la Pascua.

Las lecturas evocan el gesto fundamental de Jesús, que, al instituir la eucaristía, se entregaba a la muerte por la salvación de los hombres. Con esta entrega, el Señor ha cumplido el ritual de la vieja Pascua judía, instituida por Moisés (Ex 12,1‑8.11‑14: 1ª lect.), ofreciendo su cuerpo en lugar del cordero, y su sangre para sellar la nueva y definitiva alianza (1 Cor 11,23‑26: 2ª lect.). Pero el gesto de Jesús encierra, además, la prueba del infinito amor del que da la vida por los demás: «Los amó hasta el extremo», dice el evangelio (Jn 13,1‑15) antes de narrar la gran lección de humildad y servicio que Jesús quiso unir a su memorial: el lavatorio de los pies a los discípulos.

La Iglesia, al recordar ambos gestos, es consciente del mandato del Señor de perpetuar su memoria haciendo presente la oblación sacrificial en la eucaristía, «pues cada vez que celebramos este memorial de la muerte de Cristo se realiza la obra de nuestra redención». La conciencia de estar cumpliendo el mandato de perpetuar el sacrificio de la eterna alianza hace decir al sacerdote en el momento culminante de la plegaria eucarística:

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que te presentamos en el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración de los misterios de su cuerpo y de su sangre…
El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó pana…

El otro gesto de Jesús, que tiene un valor no sacramental, sino de testimonio ‑«os he dado ejemplo…»‑, puede ser recordado de una manera plástica mediante el rito llamado mandato, es decir, el lavatorio de los pies mientras se canta la antífona: «Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente como yo os he amado, dice el Señor» (Jn 13,34). El rito trae el recuerdo del otro gran tema del día: el mandamiento de la caridad fraterna.

La santa misa concluye con el traslado solemne del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva para la comunión del día siguiente. Es el momento de la adoración eucarística, que en este día aparece en dependencia clarísima de la celebración de la misa. El misal invita a los fieles a que dediquen algún tiempo de la noche a la adoración, según las circunstancias y costumbres de cada lugar, recomendando que después de la medianoche desaparezca la solemnidad.

Normas litúrgicas

  • La Misa «en la Cena del Señor» celébrese por la tarde en la hora más oportuna, para que participe plenamente la comunidad local.
  • En ella pueden concelebrar todos los presbíteros, aunque hayan ya concelebrado en la Misa crismal o deban celebrar una Misa para el bien de los fieles.
  • Según una antiquísima tradición de la Iglesia, este día están prohibidas todas las Misas sin pueblo.
  • Donde verdaderamente lo exija el bien pastoral, el Ordinario del lugar puede permitir la celebración de otra Misa por la tarde en la iglesia u oratorio, y en caso de verdadera necesidad, incluso por la mañana, pero solamente para los fieles que de ningún modo puedan participar en la Misa vespertina. Cuídese que estas Misas no se celebren para favorecer a personas privadas o a grupos particulares y no perjudiquen en nada a la Misa principal.
  • El sagrario ha de estar completamente vacío al inicio de la celebración. Se han de consagrar en esta Misa las formas necesarias para la comunión del día siguiente.
  • Será muy conveniente que los diáconos, acólitos o ministros extraordinarios lleven la Eucaristía a la casa de los enfermos que lo deseen, tomándola del altar en el momento de la comunión, indicando de este modo su unión más intensa con la Iglesia que celebra.
  • Terminada la Misa, se despoja el altar en el cual se ha celebrado. Conviene que las cruces que haya en la iglesia se cubran con un velo de color oscuro o morado. No se encenderán velas o lámparas ante las imágenes de los santos.
  • El lavatorio de los pies a hombres previamente designados, que según la tradición se hace en este día, significa el servicio y el amor de Cristo, que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (Mt 20, 28). Conviene que esta tradición se mantenga y se explique según su propio significado.
  • Los donativos para los pobres, especialmente aquellos que se han podido reunir durante la Cuaresma como fruto de la penitencia, pueden ser presentados en la procesión de las ofrendas, mientras el pueblo canta «Ubi caritas et amor» u otro canto apropiado.
  • Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la Misa exequial.
  • Reserva y adoración

  • Prepárese una capilla, convenientemente adornada, que invite a la oración y a la meditación. No se pierda de vista la sobriedad y la austeridad que corresponden a la liturgia de estos días. El traslado y la reserva del Santísimo Sacramento no han de hacerse si en esa iglesia no va a tener lugar la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo. El sacramento ha de ser reservado en un sagrario; no ha de hacerse nunca una exposición con la custodia. El sagrario no ha de tener la forma de sepulcro.
  • Invítese a los fieles a una adoración prolongada del Santísimo Sacramento en la reserva solemne durante la noche, después de la Misa «en la Cena del Señor». En esta ocasión es oportuno leer una parte del Evangelio de san Juan (capítulos 13-17).
  • Pasada la medianoche, la adoración debe hacerse sin solemnidad, dado que ha comenzado ya el día de la Pasión del Señor.
  • EL VIERNES SANTO DE LA PASION DEL SEÑOR

    En este día, en que «ha sido inmolada nuestra Víctima Pascual: Cristo (1 Cor 5, 7), lo que por largo tiempo había sido prometido en misteriosa prefiguración se ha cumplido con plena eficacia: el cordero verdadero sustituye a la oveja que lo anunciaba, y con el único sacrificio se termina la diversidad de las víctimas antiguas» (cf. san León Magno).
    En efecto, «esta obra de la Redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada antes por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo, el Señor, la realizó principalmente por el Misterio Pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión. Por este misterio, muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró nuestra vida. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera» (SC, 5).
    La Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor y Esposo y adorando la Cruz, conmemora su propio nacimiento y su misión de extender a toda la humanidad sus fecundos efectos, que hoy celebra, dando gracias por tan inefable don, e intercede por la salvación de todo el mundo (CO, 312).

    La acción litúrgica transcurre en silencio y en contemplación. La celebración consta de las siguientes partes:
    1. Rito de entrada: procesión en silencio y oración.
    2. Liturgia de la Palabra en la que se proclama especialmente la narración de la Pasión y se ora solemnemente por todos.
    3. Adoración de la Cruz. La Cruz es signo del triunfo de la donación y del amor supremo de Jesús.
    4. Rito de comunión. La comunión es configuración sacramental con Cristo, muerto y resucitado.
    5. Rito de conclusión. Las oraciones finales recuerdan a la asamblea, comunidad de la cruz, que debe vivir lo que ha celebrado.

  • Las lecturas han de ser leídas por entero.
  • La historia de la Pasión del Señor según san Juan se canta o se proclama como el domingo anterior sin cirios ni incienso, no se hace al principio la salutación habitual, ni se signa el libro, pero se dice al final «Palabra del Señor».
  • Después de la lectura de la Pasión hágase la homilía, y al final de la misma los fieles pueden ser invitados a permanecer en oración silenciosa durante un breve espacio de tiempo.
  • COLECTA POR LOS SANTOS LUGARES (pontificia)
  • Liturgia de las Horas:

    Oficio prop. Comp. Dom. II.

  • Los que han participado en la acción litúrgica vespertina no están obligados a celebrar Vísperas.
  • MartiroLogio: hoy se omite su lectura.

  • La Iglesia, siguiendo una antiquísima tradición, en este día no celebra la Eucaristía; la sagrada comunión se distribuye a los fieles solamente durante la celebración de la Pasión del Señor; sin embargo, los enfermos que no puedan participar en dicha celebración pueden recibirla a cualquier hora del día.
  • La celebración de la Pasión del Señor ha de tener lugar después del mediodía, cerca de las tres. Por razones pastorales, puede elegirse otra hora más conveniente para que los fieles puedan reunirse más fácilmente: por ejemplo, desde el mediodía hasta el atardecer, pero nunca después de las nueve de la noche.
  • El altar debe estar desnudo completamente: sin cruz, ni candelabros, ni manteles.
  • En la ostensión de la Cruz úsese una única cruz suficiente, grande y bella. Este rito ha de hacerse con el esplendor digno de la Gloria del misterio de nuestra salvación.
  • Terminada la comunión, el copón se lleva a un lugar preparado fuera de la iglesia, o, si lo exigen las circunstancias, se reserva en el sagrario.
  • Terminada la celebración se despoja el altar, dejando la Cruz con cuatro candelabros. Dispóngase en la iglesia un lugar adecuado para colocar allí la Cruz, a fin de que los fieles puedan adorarla, besarla y permanecer en oración y meditación. Hasta la Vigilia Pascual se hace genuflexión sencilla a la Cruz.
  • Los ejercicios de piedad, como el Vía Crucis, las procesiones de la Pasión y el recuerdo de los dolores de la santísima Virgen María han de responder en los textos y cantos utilizados al espíritu de la liturgia del día. Los horarios de estos ejercicios piadosos han de regularse con el horario de la celebración litúrgica de la Pasión del Señor, de manera que aparezca claramente que esta, por su misma naturaleza, está por encima de la devoción popular.
  • No se permite celebrar en este día cualquier sacramento, a excepción de la Penitencia y de la Unción de los enfermos.
  • Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la Misa exequial.
  • Las exequias sin Misa han de celebrarse sin canto, sin órgano y sin tocar las campanas.
  • La liturgia de este día es austera y sobria, no exenta de majestad. La celebración del primer día del Triduo pascual se centra en la inmolación del Cordero que quita el pecado y en la señal de su muerte gloriosa: la cruz. Los fieles que recorran este Triduo santo, después del preludio festivo de la tarde anterior, tienen ocasión de pasar con Cristo, a través del misterio de la pasión, muerte y sepultura, a la luz de la resurrección.

    El Oficio de lectura se abre con tres salmos de singular aplicación a Cristo que sufre en la pasión: el salmo 2, que evoca la conjura de los enemigos (cf. Hech 4,24‑30); el salmo 21, que Jesús recitó en la cruz (cf. Mt 27,39‑44), y el salmo 37, que describe el drama del hombre que sufre mientras sus parientes se quedan a distancia (cf. Lc 23,49). La lectura bíblica (Heb 9,11‑28) muestra a Cristo como Pontífice y Mediador de la nueva alianza, entrando en el santuario celeste llevando su propia sangre redentora. La lectura patrística, de San Juan Crisóstomo, desvela la tipología del cordero pascual y comenta la escena de la lanzada.

    Los Laudes insisten, mediante las antífonas sobre todo, en el valor redentor de la muerte del Señor y en el triunfo de la cruz, aspecto puesto de relieve, sobre todo, por el tercer salmo, el salmo 147. La lectura breve de esta hora, lo mismo que la de las tres horas intermedias, se toma del cuarto canto del Siervo de Yahveh (Is 53). Las antífonas de tercia, sexta y nona van desgranando los distintos momentos de la pasión, mientras los salmos (Sal 39; 53 y 87) suenan como la plegaria de Cristo en la cruz ofreciéndose al Padre.

    Pero el centro de la liturgia del día lo ocupa la celebración de la pasión. La acción litúrgica debe comenzar después del mediodía, hacia las tres de la tarde, a no ser que por razones pastorales se prefiera una hora «más tardía». Los ornamentos sagrados que se usan son de color rojo, el color propio de los mártires en señal de victoria. Por eso el Viernes Santo no es un día de luto, sino de amorosa contemplación de la muerte del Señor, fuente de nuestra salvación.

    La estructura de la celebración es muy simple y muy expresiva: la liturgia de la Palabra, la adoración de la cruz y la comunión. No hay más rito inicial que la postración, rostro a tierra, del sacerdote y los ministros, y una oración que pide al Señor que se acuerde de su misericordia, «pues Jesucristo instituyó el misterio pascual por medio de su sangre en favor nuestro». Una segunda plegaria, que se puede usar en lugar de la anterior, se inspira en 1 Cor 15,45‑49, y pide también que todos podamos alcanzar el fruto de la pasión de Cristo.

    La liturgia de la Palabra se abre con el cuarto canto del Siervo de Yahveh (Is 52,13‑53,12), lectura profética aplicada a Jesús, que «entrega su vida como expiación», y que contiene una impresionante descripción de la pasión del Señor. El salmo (Sal 30) tiene como respuesta las palabras de Cristo en la cruz: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46), que proceden del mismo salmo. En la segunda lectura, el Siervo aparece como el Sumo Sacerdote que, ofreciéndose a sí mismo como víctima, «se convirtió en causa de salvación eterna para los que le obedecen» (Heb 4,14‑16; 5,7‑9). Finalmente, el evangelio es el relato tradicional de la pasión según San Juan. La liturgia ha reservado este pasaje conociendo la intencionalidad y el punto de vista del cuarto evangelio. Para Juan, la cruz es la suprema revelación del amor de Dios y de la completa libertad de Jesús (cf Jn 3,16; 13,1; 17,1). Por otra parte, la presencia de María junto a la cruz y la escena de la lanzada, rasgos propios de este relato, tienen un extraordinario valor para la Iglesia, representada en la Madre de Jesús ‑la mujer de Jn 2,4‑ y en los símbolos del agua y la sangre que brotan del costado abierto de Cristo.

    Después de las lecturas y de la homilía, la liturgia de la Palabra se cierra con la solemne oración universal de los fieles; bellísimo formulario que nos llega, con algunos retoques modernos, desde la liturgia romana del siglo V. La jerarquía y universalidad de las intenciones resulta sumamente aleccionadora.

    A continuación tendría que venir el rito de la comunión, pero la acción litúrgica del Viernes Santo quiere concentrar la atención de los fieles no en el sacramento memorial de la pasión del Señor, sino en la señal de la cruz. La adoración de la cruz por todo el pueblo va precedida de la ostensión a toda la asamblea: «Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo». Durante la adoración se canta la antífona «Tu cruz adoramos», de origen griego, y el himno Crux fidelis:

    “¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza! Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol, donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!»

    La alusión al árbol del paraíso es clara: el fruto de aquel árbol produjo la muerte, el fruto de la cruz es la Vida misma. Los Improperios, por su parte, evocan el misterio de la glorificación y de la divinidad de Jesús, que muere herido de amor y lleno de ternura hacia su pueblo.

    La participación eucarística con las especies consagradas la tarde anterior ‑de ahí el nombre de misa de presantificados de este rito‑ completa la celebración. Esta termina con la oración sobre el pueblo, invocando la bendición divina sobre él.

    Aunque la acción litúrgica de la pasión sustituye a las Vísperas, sin embargo, la Liturgia de las Horas no prescinde de ellas. Y toma el salmo 115 de la liturgia pascual judía por su clara aplicación eucarística al sacrificio de Jesús (cf. 1 Cor 10,16; 11,26); el salmo 142, que parece un eco del poema del Siervo, y el cántico de Flp 2,6‑11, que descubre los sentimientos de Jesús durante la pasión. Después de la celebración de la pasión o de las Vísperas, la Iglesia se sumerge en el silencio de la espera de la resurrección.

    El Viernes Santo es día de ayuno; pero de un ayuno no penitencial, como el de la Cuaresma, sino pascual (cf. SC 110), porque nos hace vivir el tránsito de la pasión a la resurrección. Este ayuno no es un elemento secundario del Triduo pascual. Por eso, la Iglesia recomienda que se guarde también durante todo el Sábado Santo.

    EL SÁBADO SANTO

    Es el segundo día del Triduo pascual. La rúbrica del Misal explica su significado:

    «Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, y se abstiene del sacrificio de la misa, quedando por ello desnudo el altar hasta que, después de la solemne vigilia o expectación nocturna de la resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

    Y la Iglesia, junto al altar desnudo, celebra el Oficio divino; un oficio impregnado totalmente de reposo y de contemplación. Los salmos del Oficio de lectura hablan del sueño en paz (Sal 4) y de la carne que descansa serena (Sal 15), mientras las lecturas, bíblica (Heb 4,1‑13) y patrística (homilía sobre el gran sábado), evocan el descenso de Cristo al abismo para dar el reposo definitivo a los patriarcas del Antiguo Testamento (cf. 1 Pe 3,19‑20). Pero hay un salmo, el salmo 23, que pide ya que se alcen las compuertas para que entre el Rey de la gloria, alusión implícita a la resurrección.

    Los Laudes se mantienen entre la espera de la resurrección (cf. el salmo 150 y Ap 1,18) y la meditación del valor redentor de la muerte de Jesús (cf. Sal 63 e Is 38). La hora intermedia tiene un tono esperanzado con el recuerdo de la luz que brilla después de las tinieblas (cf. 1 Jn 2,8b‑10). Las Vísperas repiten los salmos de la misma hora del Viernes Santo, pero con antífonas que recuerdan las palabras de Jesús alusivas al signo de Jonás y ala destrucción del templo de su cuerpo:

    «‑Como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra (ant. 2: Mt 12,39‑40).

    “Destruid este templo ‑dice el Señor‑, y en tres días lo levantaré’. El hablaba del templo de su cuerpo» (ant. 3: Jn 2,19‑21).

    El resto de los textos recuerdan el misterio de nuestra identificación, por medio del bautismo, con Cristo muerto y sepultado (cf. Rom 6,3‑4).

  • Es conveniente la celebración del Oficio de lectura y de las Laudes matutinas con participación del pueblo. Cuando esto no es posible, prepárese una celebración de la Palabra o un ejercicio piadoso que corresponda al misterio de este día.
  • Hoy no se puede distribuir la sagrada comunión, a no ser en caso de viático.
  • Pueden ser expuestas en la iglesia, a la veneración de los fieles, la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, o descendiendo a los infiernos, ya que ilustran el misterio del Sábado Santo, así como la imagen de la santísima Virgen de los Dolores.
  • Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la Misa exequial.
  • EL DOMINGO DE PASCUA EN LA NOCHE SANTA: LA VIGILIA PASCUAL

    Al comenzar la noche se inicia el tercer día del Triduo santo de la Pascua. Nuevamente el Misal nos dice:
    «Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor (Ex 12,42). Los fieles, tal
    como lo recomienda el Evangelio (Lc 12,35ss), deben asemejarse a los criados que, con las lámparas encendidas en sus manos, esperan el retorno de su Señor, para que cuando llegue les encuentre en vela y les invite a sentarse a su mesa.

    La vigilia pascual es esencialmente una larga celebración de la Palabra de Dios y de oración, que culmina con la eucaristía. No es, por tanto, una misa vespertina en víspera de un día festivo, ni siquiera es una celebración más del año litúrgico, sino la acción litúrgica más importante, el vértice de todas las conmemoraciones tanto del Triduo pascual como de todo el año. Todos los momentos de la vigilia están cargados de simbolismo y de belleza, empezando por la propia hora de la celebración, para que se advierta el contraste entre las tinieblas y la luz, el pecado y Cristo resucitando glorioso. La acción se desarrolla en cuatro partes bien definidas.
    Primero el lucernario o rito deL fuego y de la luz, cuyo origen hay que buscar en la antiquísima práctica judía y cristiana de encender la lámpara pronunciando una bendición al Señor. La preparación del cirio pascual, que se enciende con el fuego nuevo y es llevado en procesión hacia el interior del templo, constituye la evocación simbólica de la resurrección de Cristo:

    «La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu».

    El cirio es la columna de fuego que iluminó a los israelitas al pasar el mar Rojo, como canta el pregón pascual:
    «Es el lucero que no conoce ocaso, es Cristo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano».

    La liturgia de la Palabra, o segunda parte, tiene un dinamismo propio, que se va mostrando en el ritmo, tan significativo, de lectura, canto y oración. El conjunto de los textos proclamados es un repaso a toda la historia de la salvación ‑la creación, Abrahán, el éxodo, los profetas, Cristo‑, que gravita sobre la Pascua del Señor. En efecto, todos los momentos evocados de la historia salutis representan otras tantas victorias de la vida sobre la muerte hasta llegar a la resurrección de Jesús. En ella no sólo Cristo es glorificado, también a nosotros alcanza ese poder de salvación, como proclama la lectura apostólica de Rom 6,3‑11:

    «Por el bautismo fuimos supultados con él en la muerte,
    para que así como Cristo fue despertado de entre los
    por la gloria del Padre, muertos
    así también nosotros andemos en una vida nueva..

    Al término de la liturgia de la Palabra, en el canto del Gloria se encienden todas las luces de la iglesia y se echan al vuelo las campanas. El canto del Aleluya hace también su aparición de una manera solemne. Todo esto son signos de la fiesta grande de la Pascua.

    Después de la homilía que da paso al rito viene la liturgia de los sacramentos del bautismo y de la eucaristía. La Iglesia, madre fecunda gracias a la resurrección de Cristo, engendra en este día nuevos hijos en virtud del Espíritu Santo y los nutre con el cuerpo del Señor. El rito bautismal se reduce a lo esencial: letanías, bendición del agua, promesas y ablución. La liturgia recomienda encarecidamente que se administre el sacramento en el curso de esta vigilia. Para ello sugiere incluso que no se bautice durante la Cuaresma. Si no hay bautismos, debe recordarse el rito bautismal mediante la renovación de las promesas por todos los presentes y la aspersión con el agua a toda la asamblea.

    La eucaristía de la noche santa de la Pascua tiene un encanto especial como anuncio eficaz de la muerte del Señor y proclamación gozosa de su resurrección en la espera de su venida (cf. 1 Cor 11,26; 16,22; Ap 22,17.20). Pero la atención maternal de la Iglesia está dedicada a los nuevos hijos:
    «Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que la nueva vida que nace de estos sacramentos pascuales sea, por tu gracia, prenda de vida eterna»

    Según una antiquísima tradición, esta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que tiene lugar en la misma, conmemorando la Noche Santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como «la madre de todas las Santas Vigilias» (san Agustín).
    Durante la Vigilia, la Iglesia espera la Resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana (CO, 332). Los fieles, tal como lo recomienda el Evangelio (Lc 12, 35-48), deben asemejarse a los criados que con las lámparas encendidas en sus manos esperan el retorno de su Señor, para que, cuando llegue, los encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa.
    Esta vigilia es figura de la Pascua auténtica de Cristo, de la noche de la verdadera liberación, en la cual, «rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo» (Pregón pascual).

    La Vigilia pascual, la noche santa de la Resurrección del Señor, es tenida como «la madre de todas las santas Vigilias», en ella la Iglesia espera velando la Resurrección de Cristo y la celebra en los sacramentos. Por consiguiente, toda la celebración de esta Vigilia sagrada debe hacerse en la noche, de tal modo que o comience después de iniciada la noche o acabe antes del alba del domingo (NUALC 21).

    La vigilia pascual forma parte del domingo de Pascua de la resurrección del Señor. En dicho día, la Iglesia convoca a los fieles para una doble celebración eucarística: la que tiene lugar en el curso de la vela nocturna y la del día propiamente. El domingo de Pascua, tercer día del Triduo pascual, inaugura un tiempo de alegría y de fiesta que dura cincuenta días, y del que nos ocuparemos en el capítulo siguiente. Los primeros ocho días de este período, que constituyen la octava de Pascua, forman, con el domingo de Resurrección, un solo e idéntico «día» y se celebran como solemnidad del Señor (cf. NUALC 24).

    La celebración litúrgica consta de las siguientes partes:
    1. Lucernario: bendición del fuego, procesión y pregón pascual.
    2. Vigilia: la Iglesia proclama y medita las maravillas que Dios ha hecho en favor de su pueblo.
    3. Liturgia bautismal: por los sacramentos de iniciación cristiana los nuevos discípulos de Cristo se comprometen a seguirle con fidelidad. La Iglesia renueva su compromiso bautismal.
    4. Liturgia eucarística: es la Eucaristía más importante de todo el Año litúrgico.

  • Por motivos de orden pastoral puede reducirse el número de lecturas del Antiguo Testamento: léanse al menos tres, que en casos muy especiales pueden reducirse a dos, sin omitir nunca la lectura del capítulo 14 del Éxodo (3 lect.).
  • Las lecturas de la Sagrada Escritura describen momentos culminantes de la Historia de la Salvación, cuya meditación se facilita a los fieles con el canto del salmo responsorial, el silencio y la oración del sacerdote celebrante. Se proponen siete lecturas del Antiguo Testamento, entresacadas de la Ley y de los Profetas, y dos del Nuevo Testamento: de la lectura del Apóstol y Evangelio. De esta manera, la Iglesia, «comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas» (Lc 24, 26; cf. Lc 24, 44-45), interpreta el Misterio Pascual de Cristo. Por tanto, en la medida que sea posible, léanse todas las lecturas indicadas para conservar la índole propia de la Vigilia Pascual, en la que la lectura de la palabra divina es fundamental.
  • Los que participan en la Vigilia Pascual no rezan hoy las Completas.
  • Toda la celebración de la Vigilia Pascual debe hacerse durante la noche. Por ello no debe escogerse ni una hora tan temprana que la Vigilia empiece antes del inicio de la noche, ni tan tardía que concluya después del alba del domingo. Esta regla ha de ser interpretada estrictamente. Cualquier costumbre o abuso contrarios han de ser reprobados.
  • Aunque se celebre antes de la medianoche, ya es Misa de Pascua del Domingo de Resurrección.
  • No se permite la celebración solo de la Misa sin los ritos de la Vigilia Pascual.
  • Esta puede celebrarse incluso en las iglesias y oratorios donde no se hubieran celebrado las funciones del Jueves y Viernes Santo; y omitirse allí donde se hubieran celebrado. Es de precepto celebrarla allí donde hubiere fuente bautismal.
  • Es necesario que se respete la verdad de los signos, se favorezca la participación de los fieles y que no falten ministros, lectores y cantores para el buen desarrollo de la celebración.
  • La práctica de organizar en una misma comunidad parroquial dos Vigilias Pascuales, una abreviada y otra muy desarrollada, es incorrecta, como contraria a los más elementales principios de la celebración pascual, que requieren una única asamblea, signo de la única Iglesia que se renueva en la celebración de los Misterios Pascuales. Hay que favorecer el hecho de que los grupos particulares tomen parte en la celebración común de la Vigilia Pascual, de suerte que todos los fieles, formando una única asamblea, puedan experimentar más profundamente el sentido de pertenencia a la comunidad eclesial.
  • El cirio pascual se coloca hasta el Domingo de Pentecostés, inclusive, junto al altar o junto al ambón.
  • El Pregón pascual, magnífico poema lírico que presenta el Misterio Pascual en el conjunto de la economía de la salvación, puede ser anunciado, si fuese necesario por falta de un diácono o por imposibilidad del sacerdote celebrante, por un cantor.
  • Es conveniente que se administre la comunión bajo las dos especies del pan y del vino.
  • Los fieles que participan en esta Misa de la Vigilia pueden comulgar de nuevo en la Misa del día de Pascua. Y el sacerdote que celebra o concelebra en la Vigilia, puede celebrar o concelebrar de nuevo el día de Pascua.
  • EL DÍA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

    Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: la Resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne (elog. Del Martirologio Romano).

    Inaugurada la celebración festiva de la Iglesia en la solemne vigilia, la liturgia no dejará de decir durante todo el día durante la octava pascual y durante la Cincuentena: «Este es el día en que actuó el Señor» (Sal 117,24); «El día en el que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado» (pref pasc. I; cf. 1 Cor 5,7).

    La Liturgia de las Horas ofrece un Oficio de lectura, que es un doblaje de la vigilia pascual, para aquellos que no han asistido a ella. Los Laudes contienen salmos dominicales: Sal 62, Dn 3,57‑88 y Sal 149, que tienen en este día un relieve especial como alabanza al Señor de la nueva creación, a Cristo resucitado:

    «Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor;
    cantemos un himno al Señor, nuestro Dios» (ant. 2).

    La lectura breve recuerda que el Señor resucitó al tercer día (Hech 10,40‑43) para reforzar la idea de que estamos en el día tercero del Triduo pascual. La Hora intermedia se basa en el salmo 117, el gran canto pascual, que procede del ritual de la cena judía (cf. Mt 26,30).

    La misa del día se abre con la exclamación jubilosa del canto de entrada: «He resucitado y aún estoy contigo» (Sal 138,18). Cristo, el Esposo, sale al encuentro de la Iglesia, representada en María Magdalena, que, llorosa, le busca al amanecer, y, al ver la losa quitada del sepulcro, corre a avisar a Pedro y al otro discípulo (Jn 20,1‑9). La oscuridad de la noche da paso a la fe en las Escrituras, según las cuales «él había de resucitar de entre los muertos» (ibid.). Apelando a este testimonio y a su propia experiencia, Pedro anuncia la resurrección de Jesús y el perdón de los pecados que reciben los que creen (Hech 10,34.37‑43), mientras Pablo invita a buscar los bienes de arriba, donde está Cristo (Col 3,1‑4). Convencida de ambos mensajes, la liturgia ora diciendo:

    «¡Oh Dios, que en este día nos has abierto las puertas
    de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte!
    Concédenos, al celebrar la solemnidad de su resurrección,
    que, renovados por el Espíritu, vivamos en la esperanza
    de nuestra resurrección futura» (col.).

    El misterio de la Pascua del Señor, por la acción del Espíritu, barre de todos nosotros la vieja levadura del pecado y nos transforma en panes ázimos de la sinceridad y la verdad (1 Cor 5,6b‑8). La Iglesia se siente «renovada por los sacramentos pascuales», el bautismo y la eucaristía. Por eso celebra esos mismos sacramentos, «en los que tan maravillosamente ha renacido y se alimenta», rebosante de gozo pascual.

    SEMANA-DÍAHOMILÍASLECTURAS
    SEMANA (DOMINGOS)
    Jueves Ex 12, 1-8. 11-14
    Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18
    1 Co 11, 23-26
    Jn 13, 1-15
    Viernes Is 52, 13—53, 12
    Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25
    Heb 4, 14-16; 5, 7-9
    Jn 18, 1—19, 42
    Sábado Gn 1, 1—2, 2
    Sal 15, 5 y 8. 9-10. 11
    Ex 14, 15—15, 1
    Ex 15, 1-2. 3-4. 5-6. 17-18
    Is 54, 5-14
    Sal 29, 2y 4. 5-6. 11-12a y 13b
    Is 55, 1-11
    Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6
    Bar 3, 9-15. 32—4,4
    Sal 18, 8. 9. 10. 11
    Ez 36, 16-28
    Sal 41, 3. 5bcd; 42, 3. 4
    Sal 50, 12-13. 14-15. 18-19
    Rm 6, 3-11
    Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23
    Mt 28, 1-10
    Mc 16, 1-7
    Sal 103, 1-2a. 5-6. 10 y 12. 13-14. 24 y 35c
    Lc 24, 1-12
    Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22
    Gn 22, 1-18
    .***

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