Lv 19, 1-2.17-18: Sed santos y amad, a imagen de Dios

El Texto (Lv 19, 1-2.17-18 )

1 Habló el Señor a Moisés, diciendo: 2 Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. 17 No odies en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues con pecado por su causa. 18 No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor.

Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, papa

Homilía, conclusión XII Asamblea Sínodo de los Obispos, 26-10-2008

Las lecturas que la liturgia ofrece hoy a nuestra meditación nos recuerdan que la plenitud de la Ley, como la de todas las Escrituras divinas, es el amor. Por eso, quien cree haber comprendido las Escrituras, o por lo menos alguna parte de ellas, sin comprometerse a construir, mediante su inteligencia, el doble amor a Dios y al prójimo, demuestra en realidad que está todavía lejos de haber captado su sentido profundo. Pero, ¿cómo poner en práctica este mandamiento?, ¿cómo vivir el amor a Dios y a los hermanos sin un contacto vivo e intenso con las Sagradas Escrituras?

El concilio Vaticano II afirma que “los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura” (Dei Verbum 22) para que las personas, cuando encuentren la verdad, puedan crecer en el amor auténtico. Se trata de un requisito que hoy es indispensable para la evangelización. Y, ya que el encuentro con la Escritura a menudo corre el riesgo de no ser “un hecho” de Iglesia, sino que está expuesto al subjetivismo y a la arbitrariedad, resulta indispensable una promoción pastoral intensa y creíble del conocimiento de la Sagrada Escritura, para anunciar, celebrar y vivir la Palabra en la comunidad cristiana, dialogando con las culturas de nuestro tiempo, poniéndose al servicio de la verdad y no de las ideologías del momento e incrementando el diálogo que Dios quiere tener con todos los hombres (cf. DV 21).

María santísima, que ofreció su vida como “esclava del Señor” para que todo se cumpliera en conformidad con la divina voluntad (cf. Lc 1,38) y que exhortó a hacer todo lo que dijera Jesús (cf. Jn 2,5), nos enseñe a reconocer en nuestra vida el primado de la Palabra, la única que nos puede dar la salvación. Así sea.

Catequesis (extracto), Audiencia general, 09-08-2006

El amor de Jesús por nosotros ha llegado hasta el derramamiento de su sangre por nuestra salvación. El cristiano, al contemplar este “exceso” de amor, no puede por menos de preguntarse cuál ha de ser su respuesta. Y creo que cada uno de nosotros debe preguntárselo siempre de nuevo.

Esta pregunta nos introduce en el tercer momento de la dinámica del amor: al ser destinatarios de un amor que nos precede y supera, estamos llamados al compromiso de una respuesta activa, que para ser adecuada ha de ser una respuesta de amor. San Juan habla de un “mandamiento”. En efecto, refiere estas palabras de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34).

¿Dónde está la novedad a la que se refiere Jesús? Radica en el hecho de que él no se contenta con repetir lo que ya había exigido el Antiguo Testamento y que leemos también en los otros Evangelios: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18 cf. Mt 22,37-39 Mc 12,29-31 Lc 10,27). En el mandamiento antiguo el criterio normativo estaba tomado del hombre (“como a ti mismo”), mientras que, en el mandamiento referido por san Juan, Jesús presenta como motivo y norma de nuestro amor su misma persona: “Como yo os he amado”.

Así el amor resulta de verdad cristiano, llevando en sí la novedad del cristianismo, tanto en el sentido de que debe dirigirse a todos sin distinciones, como especialmente en el sentido de que debe llegar hasta sus últimas consecuencias, pues no tiene otra medida que el no tener medida.

Las palabras de Jesús “como yo os he amado” nos invitan y a la vez nos inquietan; son una meta cristológica que puede parecer inalcanzable, pero al mismo tiempo son un estímulo que no nos permite contentarnos con lo que ya hemos realizado. No nos permite contentarnos con lo que somos, sino que nos impulsa a seguir caminando hacia esa meta.

Ese áureo texto de espiritualidad que es el librito de la tardía Edad Media titulado La imitación de Cristo escribe al respecto: “El amor noble de Jesús nos anima a hacer grandes cosas, y mueve a desear siempre lo más perfecto. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido por ninguna cosa baja. El amor quiere ser libre, y ajeno de toda afición mundana (…), porque el amor nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo criado, sino con el mismo Dios. El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no embarazado. Todo lo da por todo; y todo lo tiene en todo; porque descansa en un Sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien” (libro III, cap. 5).

¿Qué mejor comentario del “mandamiento nuevo”, del que habla san Juan? Pidamos al Padre que lo vivamos, aunque sea siempre de modo imperfecto, tan intensamente que contagiemos a las personas con quienes nos encontramos en nuestro camino.

Homilía (extracto), 23-10-2005

[ La Palabra de hoy ]nos ha recordado que toda la ley divina se resume en el amor. El doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo encierra los dos aspectos de un único dinamismo del corazón y de la vida. Así, Jesús cumple la revelación antigua, sin añadir un mandamiento inédito, sino realizando en sí mismo y en su acción salvífica la síntesis viva de los dos grandes mandamientos de la antigua alianza: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (cf. Dt 6,5; Lv 19,18).

En la Eucaristía contemplamos el Sacramento de esta síntesis viva de la ley: Cristo nos entrega en sí mismo la plena realización del amor a Dios y del amor a los hermanos. Nos comunica este amor suyo cuando nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre.

Juan Pablo II, papa

Homilía Misa Crismal, 12-04-2001

Antes que a nuestro “obrar”, [ esta Palabra ] interpela a nuestro “ser”. “Sed santos -dice el Señor- porque yo soy santo” (Lv 19,2); pero se podría añadir: sed santos, para que el pueblo de Dios que os ha sido confiado sea santo. Ciertamente, la santidad de la grey no deriva de la del pastor, pero no cabe duda de que la favorece, la estimula y la alimenta.

Discurso (extracto), Visita ad limina obispos Nueva Zelanda, 21-11-1998

2. Sin reflexión y oración sobre el sacrificio de Cristo en el Calvario nunca comprenderemos de verdad la relación entre la Iglesia y el mundo. La tarea de la evangelización sugiere siempre la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo; y esta cuestión es importante, más aún, crucial.

Debéis preocuparos por inspirar y orientar las nuevas energías de la evangelización en el ámbito de una sociedad muy secularizada. Esta creciente secularización de la sociedad es un fenómeno complejo, y presenta algunos aspectos positivos; pero puede llevar a una situación en la que incluso la comunidad cristiana se secularice, y se oscurezca la distinción entre la Iglesia y el mundo. El Concilio insistió en que es preciso tomar en serio el diálogo de la Iglesia con la cultura. Pero esto no significa que haya que absolutizar la cultura hasta el punto de ponerla siempre como prioridad de la Iglesia. Cuando esto sucede, nos encontramos con lo que el siervo de Dios Papa Pablo VI, en su primera carta encíclica, definió como «conformidad con el espíritu del mundo», que -insistía- no puede «hacerla idónea para recibir el influjo de los dones del Espíritu Santo»; «no puede dar vigor a la Iglesia»; no puede «conferirle el ansia de la caridad hacia los hermanos y la capacidad de comunicar su mensaje de salvación» (Ecclesiam suam, 47). Ninguna cultura humana puede acoger plenamente la cruz de Jesucristo, la cual nos recuerda siempre que la distinción entre la Iglesia y el mundo es la premisa paradójicamente esencial del diálogo con la cultura, al que invitó el Concilio.

3. Las raíces de esta paradoja están en la Biblia, que elabora una teología profunda y sólida de la santidad, divina y humana. El Antiguo Testamento explica que Israel ha de ser santo como Dios mismo es santo (cf. Lv Lv 19,2). Eso significa que Israel tiene que ser distinto, precisamente como Dios es infinitamente distinto del mundo; se trata de un aspecto que la Biblia subraya constantemente, elaborando su doctrina sobre la trascendencia divina. Sin embargo, Israel no es diverso por sí mismo; su diversidad no es tampoco introversión o actitud defensiva. Así como Dios puede hacer que todas las cosas sean «buenas» (cf. Gn Gn 1,31) precisamente porque está sobre todas ellas, así también Israel ha de ser distinto con vistas al servicio. Del mismo modo que la trascendencia infinita de Dios hace posible la comunicación del amor perfecto, que culmina en el misterio pascual de Cristo, así, según la Biblia, la santidad del pueblo de Dios implica la libertad crítica en relación con la cultura y las culturas del entorno, que posibilita el servicio concreto y auténtico a la familia humana.

Lo que es verdadero para Israel en el Antiguo Testamento, no lo es menos para la Iglesia en el Nuevo e incluso en nuestro tiempo. La Iglesia de muchas maneras parece y es diferente; pero esta diferencia existe sólo con vistas al diálogo y al servicio; es decir, para la evangelización. El Concilio ha sido invocado a veces para justificar acciones que, en realidad, iban contra su finalidad, dado que estorban o impiden la nueva evangelización, que buscaba el Concilio. El problema de la «conformidad con el espíritu del mundo» es que destruye el carácter único y la naturaleza trascendente de la Iglesia a causa de una interpretación errónea según la cual el diálogo y el servicio requieren precisamente esa conformidad, cuando en realidad exigen lo contrario…

Catequesis (extracto), Audiencia general, 12-02-1992

1. «Habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,1-2). La llamada a la santidad pertenece a la esencia misma de la alianza de Dios con los hombres… (Os 11,9). Dios, que por su esencia es la suma santidad, el tres veces santo (cf. Is 6,3), se acerca al hombre, al pueblo elegido, para insertarlo en el ámbito de la irradiación de esta santidad.

2. La Iglesia [ puede considerarse ]como «comunión» en la santidad de Dios y, por tanto, «comunión de los santos». La fuente de esta comunión es Jesucristo, de cuyo sacrificio deriva la consagración del hombre y de toda la creación. Gracias a la oblación de Cristo, que contiene en si la virtud santificadora del hombre y de toda la creación, el Apóstol puede declarar: «Habéis sido rescatados… con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1P 1,18-19). Y en este sentido: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real (cf. Ex 19,6), nación santa» (1P 2,9). En virtud del sacrificio de Cristo se puede participar en la santidad de Dios, actuar «la comunión en la santidad».

3. San Pedro escribe: «Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas» (1P 2,21). Seguir las huellas de Jesucristo quiere decir revivir en vosotros su vida santa, de la que hemos sido hechos partícipes con la gracia santificante y consagrante recibida en el bautismo; quiere decir continuar realizando en la propia vida «la petición de salvación dirigida a Dios de parte de una buena conciencia, por medio de la resurrección de Jesucristo» (cf. 1P 3,21); quiere decir ponerse, mediante las buenas obras, en disposición de dar gloria a Dios ante el mundo y especialmente ante los no creyentes (cf. 1P 2,12 1P 3,1-2). En esto consiste, según el Apóstol, el «ofrecer sacrificios espirituales gratos a Dios, por medio de Jesucristo» (cf. 1P 2,5). En esto consiste el entrar en la «construcción de un edificio espiritual… cual piedras vivas… para un sacerdocio santo» (1P 2,5).

El «sacerdocio santo» se concreta al ofrecer sacrificios espirituales, que tienen su fuente y su modelo perfecto en el sacrificio de Cristo mismo. «Pues más vale padecer por obrar el bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal» (1P 3,17). De este modo se realiza la Iglesia como «comunión» en la santidad. En virtud de Jesús y de obra del Espíritu Santo, la comunión del nuevo pueblo de Dios puede responder plenamente a la llamada de Dios: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo».

4. También en las cartas de san Pablo encontramos la misma enseñanza: «Os exhorto, pues, hermanos, -escribe a los Romanos- por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rm 12,1). «Ofreceros vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios» (Rm 6,13). El paso de la muerte a la vida, según el Apóstol, se ha realizado por medio del sacramento del bautismo. Y ése es el bautismo «en la muerte» de Cristo. «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,4).

Como Pedro habla de «piedras vivas» empleadas «para la construcción de un edificio espiritual», así también Pablo usa la imagen del edificio: «Vosotros sois -escribe- edificación de Dios» (1Co 3,9), para después preguntar: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Co 3,16), y añadir, finalmente, casi respondiendo a su misma pregunta: «El santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois este santuario» (1Co 3,17).

La imagen del templo pone de relieve la participación de los cristianos en la santidad de Dios, su «comunión» en la santidad, que se realiza por obra del Espíritu Santo. El Apóstol habla asimismo del «sello del Espíritu Santo» (cf. Ep 1,13), con el que los creyentes han sido marcados: Dios, es «el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2Co 1,21-22).

5. Según estos textos de los dos Apóstoles, la «comunión» en la santidad de Dios significa la santificación obrada en nosotros por el Espíritu Santo, en virtud del sacrificio de Cristo. Esta comunión se expresa mediante la oblación de sacrificios espirituales a ejemplo de Cristo. Por medio de esa oblación se realiza el «sacerdocio santo». A su servicio se desempeña el ministerio apostólico, que tiene como fin -escribe san Pablo- hacer que «la oblación» de los fieles «sea agradable, santificada por el Espíritu Santo» (Rm 15,16). Así, el don del Espíritu Santo en la comunidad de la Iglesia fructifica con el ministerio de la santidad. La «comunión» en la santidad se traduce para los fieles en un compromiso apostólico para la salvación de toda la humanidad.

6. [ El libro del ] Apocalipsis nos ofrece una visión escatológica de la comunión de los santos en Dios. Es el misterio de la Iglesia del cielo, donde confluye toda la santidad de la tierra, subiendo por los caminos de la inocencia y de la penitencia, que tienen como punto de partida el bautismo, la gracia que ese sacramento nos confiere, el carácter que imprime en el alma, conformándola y haciéndola participar, como escribe santo Tomás de Aquino, en el sacerdocio de Cristo crucificado (cf. Summa Theologiae, III 63,3). En la Iglesia del cielo la comunión de la santidad se ilumina con la gloria de Cristo resucitado.

Catequesis (extracto), Audiencia general, 16-08-1989

4. En la Alianza nace un nuevo pueblo, que es el Pueblo de Dios. Ser “propiedad” de Dios-Señor quiere decir estar “consagrado” a Él, ser un “pueblo santo”. Y lo que, por intermedio de Moisés, Dios-Señor hace saber a toda la comunidad de los israelitas: “Sed santos, porque Yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). Con la misma elección Dios se da a su pueblo en lo que le es más propio, la santidad, y la pide a Israel como cualidad de vida.

Como pueblo “consagrado” a Dios, Israel está llamado a ser un “pueblo de sacerdotes”: “Vosotros seréis llamados ‘sacerdotes de Yahvé’, ‘ministros de nuestro Dios se os llamará’ ” (Is 61,6).

5. La Nueva Alianza -nueva y eterna- es establecida “en la sangre de Cristo” (Cfr. 1Co 11,25). En virtud de este sacrificio redentor, el “nuevo Consolador” (Parákletos) (cf. Jn 14,16) -el Espíritu Santo- es dado a aquellos “que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1Co 1,2). “A todos los amados de Dios… y santos por vocación” (Rm 1,7), como escribe San Pablo al dirigir su Carta a los cristianos de Roma. De igual forma se expresará también con los corintios: “…a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya” (2Co 1,1); con los filipenses: “a todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos” (Ph 1,1); con los colosenses: “a los santos de Colosas, hermanos fieles en Cristo” (Col 1,2); o con los de Éfeso: “a los santos y fieles en Cristo Jesús” (Ep 1,1).

Encontramos el mismo modo de hablar en los Hechos de los Apóstoles: “Pedro… bajó también a visitar a los santos que habitaban en Lida” (Ac 9,32 cfr. Ac 9,41 y también Ac 9,13 “a tus santos en Jerusalén”).

En todos estos casos se trata de los cristianos, o de los “fieles”, es decir, de los “hermanos” que han recibido el Espíritu Santo. Es precisamente Él, el Espíritu Santo, el artífice directo de aquella santidad, sobre la que -mediante la participación en la santidad de Dios mismo-, se edifica toda la vida cristiana: “…habéis sido santificados… en el Espíritu de nuestro Dios” (1Co 6,11 cf. 2Th 2,13 1P 1,2).

6. Lo mismo hay que decir de la consagración que, en virtud del Espíritu Santo, hace que los bautizados se conviertan en “un reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (cf. Ap 1,6 Ap 5,10 Ap 20,6). La primera Carta de Pedro desarrolla ampliamente esta verdad: “También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” (1P 2,5). “ …Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, par anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1P 2,9). Y sabemos que “los ha llamado” con la voz del Evangelio “en el Espíritu Santo, enviado desde el cielo” (1P 1,12).

7. La Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II ha enunciado esta verdad con las siguientes palabras: “Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. He 5,1-5), de su nuevo pueblo hizo… un reino y sacerdotes para Dios, su Padre (Ap 1,6 cf. Ap 5,9-10). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan a sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1P 2,4-10)” (LG 10).

Tocamos aquí la esencia más íntima de la Iglesia como “Pueblo de Dios” y comunidad de santos… Los textos citados, sin embargo, aclaran desde ahora que en la condición de santidad y de consagración del “Pueblo nuevo” se expresa “la unción”, es decir, el poder y la acción del Espíritu Santo.

Catequesis (extracto), Audiencia general, 09-08-1989

2. […] la Antigua Alianza entre Dios-Señor y el pueblo de Israel, establecida por medio de la teofanía del Sinaí, estaba basada en la Ley. En su centro se encuentra el decálogo. 

Puesto que aquella alianza no fue mantenida fielmente, Dios, por medio de los profetas, anuncia que establecerá una alianza nueva: “Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días -oráculo de Yahveh-: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré”. Estas palabras de Jeremías… están vinculadas a la promesa: “Y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jr 31,33).

3. Por tanto, la nueva (futura) Alianza anunciada por los profetas se debía establecer por medio de un cambio radical de la relación del hombre con la ley de Dios. En vez de ser una regla externa, escrita sobre tablas de piedra, la Ley debía convertirse, gracias a la acción del Espíritu Santo sobre el corazón del hombre, en una orientación interna, establecida “en lo profundo del ser humano”.

Esta Ley se resume, según el Evangelio, en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Cuando Jesús afirma que “de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40), da a entender que estaban ya contenidos en el Antiguo Testamento (cf. Dt 6,5 Lv 19,18). El amor de Dios es el mandamiento “mayor y primero”; el amor al prójimo es “el segundo y semejante al primero” (cf. Mt 22,37-39), y es también condición necesaria para la observancia del primero: “Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley”, como escribirá San Pablo (Rm 13,8).

4. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo, esencia de la nueva Ley instituida por Cristo con la enseñanza y el ejemplo (hasta dar “su vida por sus amigos”: cf. Jn 15,13), es “escrito” en los corazones por el Espíritu Santo. Por esto se convierte en “la ley del Espíritu”.

Como escribe el Apóstol a los Corintios: “Evidentemente sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones” (2Co 3,3). La Ley del Espíritu es, por consiguiente, el imperativo interior del hombre, en el que actúa el Espíritu Santo: es, más aún, el mismo Espíritu Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior del corazón.

5. Una Ley entendida así está muy lejos de toda forma de imposición externa por la que el hombre queda sometido en sus propios actos. La Ley del Evangelio, contenida en la palabra y confirmada por la vida y la muerte de Cristo, consiste en una revelación divina, que incluye la plenitud de la verdad sobre el bien de las acciones humanas, y al mismo tiempo sana y perfecciona la libertad interior del hombre, como escribe San Pablo: “La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rm 8,2). Según el Apóstol, el Espíritu Santo que “da vida”, porque por medio de Él el espíritu del hombre participa en la vida de Dios, se transforma al mismo tiempo en el nuevo principio y la nueva fuente del actuar del hombre: “a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu” (Rm 8,4).

En esta enseñanza San Pablo hubiera podido hacer referencia a Jesús mismo que en el Sermón de la Montaña advertía: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). Precisamente este cumplimiento, que Jesucristo ha dado a la Ley de Dios con su palabra y con su ejemplo, constituye el modelo del “caminar según el Espíritu”. En este sentido, en los creyentes en Cristo, partícipes de su Espíritu, existe y actúa la “Ley del Espíritu”, escrita por Él “en la carne de los corazones”.

6. … La Ley del Espíritu es la Ley que libera, como escribe San Pablo: “La ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rm 8,2).

7. Por esto, Pentecostés, en cuanto es “el derramarse en nuestros corazones” del amor de Dios (cf. Rm 5,5) marca el inicio de una nueva moral humana, enraizada en la “ley del Espíritu”. Esta moral es algo más que la observancia de la ley dictada por la razón o por la misma Revelación. Esa moral deriva de una profundidad mayor y al mismo tiempo alcanza una profundidad mayor. Deriva del Espíritu Santo y hace vivir de un amor que viene de Dios y que se convierte en realidad de la existencia humana por medio del Espíritu Santo “derramado en nuestros corazones”.

[ Hoy estamos llamados a ser ] pregoneros de esta moral superior, enraizada en la “verdad del Espíritu”… “Dios… nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida” (2Co 3,6).

Audiencia, 23-07-1988

Jesús ha hecho suya la llamada a la santidad, que Dios dirigió ya a su Pueblo en la Antigua Alianza: “Sed santos, porque yo, Yavé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). Con toda la fuerza ha repetido esa llamada de forma ininterrumpida con su palabra y con el ejemplo de su vida. Sobre todo, en el sermón de la montaña, ha dejado a su Iglesia el código de la santidad cristiana. Precisamente en esa página leemos que, después de haber dicho “que no he venido a abolir a ley ni los profetas, sino a dar cumplimiento” (cf. Mt 5,17), Jesús exhorta a sus seguidores a una perfección que tiene a Dios por modelo: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48). Puesto que el Hijo refleja del modo más pleno esta perfección del Padre, Jesús puede decir en otra ocasión: “ El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9).

5. A la luz de esta exhortación de Jesús podemos comprender mejor cómo el Concilio Vaticano II ha puesto de relieve la llamada universal a la santidad

“Todos en la Iglesia –dice el Concilio- …son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1Th 4,3 Ep 1,4)” (Lumen gentium LG 39). Las palabras del Apóstol son un eco fiel de la enseñanza de Cristo, el Maestro, quien, según el Concilio, «envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente para que amen a Dios con todo el corazón con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mc 12,30) y para que se amen unos a otros como Cristo nos amó (cf. Jn 13,34 Jn 15,12)” (Lumen gentium LG 40).

6. La llamada a la santidad concierne, pues, a todos, «ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey” (Lumen gentium LG 39): «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen gentium LG 40).

Catequesis (extracto), Audiencia general, 18-12-1985

La santidad de Dios

Sed santos, porque santo soy yo, el Señor, / vuestro Dios” (Lv 19,2).

1. […] El Nuevo Testamento, en el que Dios revela hasta el fondo el significado de su santidad, acoge de lleno esta exhortación, confiriéndole características propias, en sintonía con el “hecho nuevo” de la cruz de Cristo. Efectivamente, Dios, que “es Amor”, se ha revelado plenamente a Sí mismo en la donación sin reservas del Calvario…

2. ¿Qué es la santidad de Dios? Es absoluta “separaciónde todo mal moral, exclusión y rechazo radical del pecado y, al mismo tiempo, bondad absoluta. En virtud de ella, Dios, infinitamente bueno en Sí mismo, lo es también con relación a las criaturas (bonum diffusivum sui), naturalmente según la medida de su “capacidad” óntica. En este sentido hay que entender la respuesta que da Cristo al joven del Evangelio: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios” (Mc 10,18).

… La palabra del Evangelio: “Sed, pues, perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). La exhortación que se refiere a la perfección de Dios en sentido moral, es decir, a su santidad, expresa, pues, el mismo concepto contenido en las palabras del Antiguo Testamento antes citadas, y que toma de nuevo la primera Carta de San Pedro. La perfección moral consiste en la exclusión de todo pecado y en la absoluta afirmación del bien moral. Para los hombres, para las criaturas racionales, esta afirmación se traduce en la conformidad de la voluntad con la ley moral. Dios es santo en Sí mismo, es la santidad sustancial, porque su voluntad se identifica con la ley moral. Esta ley existe en Dios mismo como en su eterna Fuente y, por eso, se llama ley Eterna (Lex Aeterna) (Cf. Summa Theol.I-II 93,1).

3. Dios se da a conocer al hombre como Fuente de la ley moral y, en este sentido, como la Santidad misma, antes del pecado original a los progenitores (Gn 2,16), y más tarde al Pueblo elegido, sobre todo en la Alianza del Sinaí (Cf. Ex 20,1-20). La ley moral revelada por Dios en la Antigua Alianza y, sobre todo, en la enseñanza evangélica de Cristo, tiende a demostrar gradual, pero claramente, la sustancial superioridad e importancia del amor. El mandamiento: “amarás” (Dt 6,5 Lv 19,18 Mc 12,30-31, y par.), hace descubrir que también la santidad de Dios consiste en el amor. 

4. Dios es la santidad porque es amor (1Jn 4,16). Mediante el amor está separado absolutamente del mal moral, del pecado, y está esencial, absoluta y transcendentalmente identificado con el bien moral en su fuente, que es Él mismo. En efecto, amor significa precisamente esto: querer el bien, adherirse al bien. De esta eterna voluntad de Bien brota la infinita bondad de Dios respecto a las criaturas y, en particular, respecto al hombre. Del amor nace su clemencia, su disponibilidad a dar y a perdonar… El amor se expresa en la Providencia, con la cual Dios continúa y sostiene la obra de la creación.

De modo particular el amor se manifiesta en la obra de la redención y de la justificación del hombre, a quien Dios ofrece la propia justicia en el misterio de la cruz de Cristo… Así, pues, el amor que es el elemento esencial y decisivo de la santidad de Dios, por medio de la redención y la justificación, guía al hombre a su santificación con la fuerza del Espíritu Santo.

De este modo, en la economía de la salvación, Dios mismo, como trinitaria Santidad (= tres veces Santo), toma, en cierto modo, la iniciativa de realizar por nosotros y en nosotros lo que ha expresado con las palabras: “Sed santos, porque santo soy yo el Señor, vuestro Dios” (Lv 19,2).

5. A este Dios, que es Santidad porque es amor, se dirige el hombre con la más profunda confianza. Le confía el misterio íntimo de su humanidad, todo el misterio de su “corazón” humano:

“Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, / Señor, mi roca, mi alcázar, mi liberador; / Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, / mi fuerza salvadora, mi baluarte…” (Sal 17/18, 2-3).

La salvación del hombre está estrechísimamente vinculada a la santidad de Dios, porque depende de su eterno, infinito Amor.

Uso litúrgico de este texto

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