Mc 1, 6b-11: Bautismo de Jesús

Texto Bíblico

6 Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. 7 Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. 8 Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
9 Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. 11 Se oyó una voz desde los cielos:
«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio de Antioquía

Homilía: Vivamos verdaderamente como Hijos.

Homilía 2 en el Bautismo de Cristo, 5.6.9.10: PG 88, 1875-1879.1882-1883.

«Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco» (Mc 1,11).

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Éste es el que sin abandonar mi seno, entró en el seno de María; el que inseparablemente permaneció en mí y en ella habitó no circunscrito; el que indivisiblemente está en los cielos, y moró en el seno de la Virgen inmaculada.

No es uno mi Hijo y otro el hijo de María; no es uno el que yació en la gruta y otro el que fue adorado por los Magos; no es uno el que fue bautizado y otro distinto el exento de bautismo. Sino: éste es mi Hijo; el mismo en quien la mente piensa y contemplan los ojos; el mismo invisible en sí y visto por vosotros; sempiterno y temporal; el mismo que, siéndome consustancial por su divinidad, es consustancial a vosotros por su humanidad en todo, menos en el pecado.

Este es mi Mediador y el de sus hermanos, ya que por sí mismo reconcilia conmigo a los que habían pecado. Este es mi Hijo y cordero, sacerdote y víctima: es al mismo tiempo oferente y oblación, el que se convierte en sacrificio y el que lo recibe.

Este es el testimonio que dio el Padre de su Unigénito al bautizarse en el Jordán. Y cuando Cristo se transfiguró en el monte delante de sus discípulos y su rostro desprendía una luminosidad tal que eclipsaba los rayos del sol, también entonces se volvió a oír aquella voz: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Si dijera: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, escuchadlo. Si dijera: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, escuchadlo porque dice la verdad. Si dijera: El Padre que me ha enviado es más que yo, inscribid esta manera de hablar en la economía de su condescendencia. Si dijera: Esto es mi cuerpo que se reparte entre vosotros para el perdón de los pecados, contemplad el cuerpo que él os muestra, contemplad el cuerpo que, tomado de vosotros, se ha convertido en su propio cuerpo, cuerpo destrozado por vosotros. Si dijera: Esta es mi sangre, pensad en la sangre del que habla con vosotros, no en la sangre de otro cualquiera.

Dios nos ha llamado a la paz y no a la discordia. Permanezcamos en nuestra vocación. Estemos con reverente temor en torno a la mística mesa, en la cual participamos de los misterios celestes. Guardémonos de ser al mismo tiempo comensales y mutuamente intrigantes; unidos en el altar por la comunión y sorprendidos fuera en flagrante delito de discordia. No sea que el Señor tenga que decir también de nosotros: «Hijos engendré y elevé y con mi carne los alimenté, pero ellos renegaron de mí».

Quiera el Salvador del mundo y Autor de la paz reunir en la tranquilidad a sus iglesias; conservar a este su santo rebaño. Que él proteja al pastor de la grey; que reúna en su aprisco a las ovejas descarriadas, de modo que no haya más que una grey y un solo redil. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis (01-04-1998): El bautismo, fundamento de la existencia cristiana

Audiencia General, Miércoles 1 de abril de 1998.

«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11).

1. Según el evangelio de san Marcos, las últimas enseñanzas de Jesús a sus discípulos presentan unidos fe y bautismo como el único camino de salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16, 16). También Mateo, al referir el mandato misionero que Jesús da a los Apóstoles, subraya el nexo entre predicación del Evangelio y bautismo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).

En conformidad con estas palabras de Cristo, Pedro, el día de Pentecostés, dirigiéndose al pueblo para exhortarlo a la conversión, invita a sus oyentes a recibir el bautismo: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38). La conversión, pues, no consiste sólo en una actitud interior, sino que implica también el ingreso en la comunidad cristiana a través del bautismo, que obra el perdón de los pecados e inserta en el Cuerpo místico de Cristo.

2. Para captar el sentido profundo del bautismo, es necesario volver a meditar en el misterio del bautismo de Jesús, al comienzo de su vida pública. Se trata de un episodio a primera vista sorprendente, porque el bautismo de Juan, que recibió Jesús, era un bautismo de «penitencia», que disponía al hombre a recibir la remisión de los pecados. Jesús sabía bien que no tenía necesidad de ese bautismo, siendo perfectamente inocente. En tono desafiante, dirá un día a sus adversarios: «¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?» (Jn 8, 46).

En realidad, sometiéndose al bautismo de Juan, Jesús lo recibe no para su propia purificación, sino como signo de solidaridad redentora con los pecadores. En su gesto bautismal está implícita una intención redentora, puesto que es «el Cordero (…) que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Más tarde llamará «bautismo» a su pasión, experimentándola como una especie de inmersión en el dolor, aceptada con finalidad redentora para la salvación de todos: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12, 50).

3. En el bautismo en el Jordán, Jesús no sólo anuncia el compromiso del sufrimiento redentor, sino que también obtiene una efusión especial del Espíritu, que desciende en forma de paloma, es decir, como Espíritu de la reconciliación y de la benevolencia divina. Este descenso es preludio del don del Espíritu Santo, que se comunicará en el bautismo de los cristianos.

Además, una voz celestial proclama: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11). Es el Padre quien reconoce a su propio Hijo y manifiesta el vínculo de amor que lo une a él. En realidad, Cristo está unido al Padre por una relación única, porque es el Verbo eterno «de la misma naturaleza del Padre». Sin embargo, en virtud de la filiación divina conferida por el bautismo, puede decirse que para cada persona bautizada e injertada en Cristo resuena aún la voz del Padre: «Tú eres mi hijo amado».

En el bautismo de Cristo se encuentra la fuente del bautismo de los cristianos y de su riqueza espiritual.

4. San Pablo ilustra el bautismo sobre todo como participación en los frutos de la obra redentora de Cristo, subrayando la necesidad de renunciar al pecado y comenzar una vida nueva. Escribe a los Romanos: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 3-4).

El bautismo cristiano, precisamente porque sumerge en el misterio pascual de Cristo, tiene un valor muy superior a los ritos bautismales judíos y paganos, que eran abluciones destinadas a significar la purificación, pero incapaces de borrar los pecados. En cambio, el bautismo cristiano es un signo eficaz, que obra realmente la purificación de las conciencias, comunicando el perdón de los pecados. Confiere, además, un don mucho mayor: la vida nueva de Cristo resucitado, que transforma radicalmente al pecador.

5. Pablo muestra el efecto esencial del bautismo, cuando escribe a los Gálatas: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27). Existe una semejanza fundamental del cristiano con Cristo, que implica el don de la filiación divina adoptiva. Los cristianos, precisamente porque están «bautizados en Cristo», son por una razón especial «hijos de Dios». El bautismo produce un verdadero «renacimiento».

La reflexión de san Pablo se relaciona con la doctrina transmitida por el evangelio de san Juan, especialmente con el diálogo de Jesús con Nicodemo: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu» (Jn 3, 5-6).

«Nacer del agua» es una clara referencia al bautismo, que de ese modo resulta un verdadero nacimiento del Espíritu. En efecto, en él se da al hombre el Espíritu de la vida que «consagró» la humanidad de Cristo desde el momento de la Encarnación y que Cristo mismo infundió en virtud de su obra redentora.

El Espíritu Santo hace nacer y crecer en el cristiano una vida «espiritual», divina, que anima y eleva todo su ser. A través del Espíritu, la vida misma de Cristo produce sus frutos en la existencia cristiana.

¡Don y misterio grande es el bautismo! Es de desear que todos los hijos de la Iglesia, especialmente en este período de preparación del acontecimiento jubilar, tomen conciencia cada vez más profunda de ello.

Catequesis (03-06-1998): Comienzo de la misión.

Audiencia General, Miércoles 3 de junio de 1998.

«Escuchadle» (cf. Mc 1,11).

1. Otra intervención significativa del Espíritu Santo en la vida de Jesús, después de la de la Encarnación, se realiza en su bautismo en el río Jordán.

El evangelio de san Marcos narra el acontecimiento así: «Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”» (Mc 1, 9-11 y par.). El cuarto evangelio refiere el testimonio del Bautista: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él» (Jn 1, 32).

2. Según el concorde testimonio evangélico, el acontecimiento del Jordán constituye el comienzo de la misión pública de Jesús y de su revelación como Mesías, Hijo de Dios.

Juan predicaba «un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 3, 3). Jesús se presenta en medio de la multitud de pecadores que acuden para que Juan los bautice. Éste lo reconoce y lo proclama como cordero inocente que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29) para guiar a toda la humanidad a la comunión con Dios. El Padre expresa su complacencia en el Hijo amado, que se hace siervo obediente hasta la muerte, y le comunica la fuerza del Espíritu para que pueda cumplir su misión de Mesías Salvador.

Ciertamente, Jesús posee el Espíritu ya desde su concepción (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), pero en el bautismo recibe una nueva efusión del Espíritu, una unción con el Espíritu Santo, como testimonia san Pedro en su discurso en la casa de Cornelio: «Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38). Esta unción es una elevación de Jesús «ante Israel como Mesías, es decir, ungido con el Espíritu Santo» (cf. Dominum et vivificantem, 19); es una verdadera exaltación de Jesús en cuanto Cristo y Salvador.

Mientras Jesús vivió en Nazaret, María y José pudieron experimentar su progreso en sabiduría, en estatura y en gracia (cf. Lc 2, 40; 2, 51) bajo la guía del Espíritu Santo, que actuaba en él. Ahora, en cambio, se inauguran los tiempos mesiánicos: comienza una nueva fase en la existencia histórica de Jesús. El bautismo en el Jordán es como un «preludio» de cuanto sucederá a continuación. Jesús empieza a acercarse a los pecadores para revelarles el rostro misericordioso del Padre. La inmersión en el río Jordán prefigura y anticipa el «bautismo» en las aguas de la muerte, mientras que la voz del Padre, que lo proclama Hijo amado, anuncia la gloria de la resurrección.

Catequesis (27-05-1987): El Padre da testimonio del Hijo.

Audiencia General, Miércoles 27 de mayo de 1987.

«En el instante en que salía del agua se oyó una voz de los cielos» (Mc ,).

1. Los Evangelios —y todo el Nuevo Testamento— dan testimonio de Jesucristo como Hijo de Dios. Es ésta una verdad central de la fe cristiana. Al confesar a Cristo como Hijo “de la misma naturaleza” que el Padre, la Iglesia continúa fielmente este testimonio evangélico. Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido estricto y preciso de esta palabra. Ha sido, por consiguiente, “engendrado” en Dios, y no “creado” por Dios y “aceptado” luego como Hijo, es decir, “adoptado”. Este testimonio del Evangelio (y de todo el Nuevo Testamento), en el que se funda la fe de todos los cristianos, tiene su fuente definitiva en Dios-Padre, que da testimonio de Cristo como Hijo suyo.

En la catequesis anterior hemos hablado ya de esto refiriéndonos a los textos del Evangelio según Mateo y Lucas. “Nadie conoce al Hijo sino el Padre” (Mt 11, 27). “Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre” (Lc 10, 22).

2. Este testimonio único y fundamental, que surge del misterio eterno de la vida trinitaria, encuentra expresión particular en los Evangelios sinópticos, primero en la narración del bautismo de Jesús en el Jordán y luego en el relato de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Estos dos acontecimientos merecen una atenta consideración.

3. En el Evangelio según Marcos leemos: “En aquellos días vino Jesús desde Nazaret, de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En el instante en que salía del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu, como paloma, que descendía sobre Él, y una voz se hizo (oír) de los cielos: ‘Tú eres mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias’“ (Mc 1, 9-11).

Según el texto de Mateo, la voz que viene del cielo dirige sus palabras no a Jesús directamente, sino a aquellos que se hallaban presentes durante su bautismo en el Jordán: “Este es mi Hijo amado(Mt 3, 17). En el texto de Lucas (cf. Lc 3, 22), el tenor de las palabras es idéntico al de Marcos.

4. Así, pues, somos testigos de una teofanía trinitaria. La voz del cielo que se dirige al Hijo en segunda persona: “Tú eres…” (Marcos y Lucas) o habla de Él en tercera persona: “Este es…” (Mateo), es la voz del Padre, que en cierto sentido presenta a su propio Hijo a los hombres que habían acudido al Jordán para escuchar a Juan Bautista. Indirectamente lo presenta a todo Israel: Jesús es el que viene con la potencia del Espíritu Santo: el Ungido del Espíritu Santo, es decir, el Mesías/Cristo. Él es el Hijo en quien el Padre ha puesto sus complacencias, el Hijo “amado”. Esta predilección, este amor, insinúa la presencia del Espíritu Santo en la unidad trinitaria, si bien en la teofanía del bautismo en el Jordán esto no se manifiesta aún con suficiente claridad.

5. El testimonio contenido en la voz que procede “del cielo” (de lo alto), tiene lugar precisamente al comienzo de la misión mesiánica de Jesús de Nazaret. Se repetirá en el momento que precede a la pasión y al acontecimiento pascual que concluye toda su misión: el momento de la transfiguración. A pesar de la semejanza entre las dos teofanías, hay una clara diferencia entre ellas, que nace sobre todo del contexto de los relatos. Durante el bautismo en el Jordán, Jesús es proclamado Hijo de Dios ante todo el pueblo. La teofanía de la transfiguración se refiere sólo a algunas personas escogidas: ni siquiera se introduce a todos los Apóstoles en cuanto grupo, sino sólo a tres de ellos: Pedro, Santiago y Juan. “Pasados seis días Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos…”. Esta transfiguración va acompañada de la “aparición de Elías con Moisés hablando con Jesús”. Y cuando, superado el “susto” ante tal acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el deseo de prolongarlo y fijarlo (“bueno es estarnos aquí”), “se formó una nube… y se dejó oir desde la nube una voz: Este es mi Hijo amado, escuchadle” (cf. Mc 9, 2-7). Así en el texto de Marcos. Lo mismo se cuenta en Mateo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle” (Mt 17, 5). En Lucas, por su parte, se dice: “Este es mi Hijo elegido, escuchadle” (Lc 9, 35).

6. El hecho, descrito por los Sinópticos, ocurrió cuando Jesús se había dado a conocer ya a Israel mediante sus signos (milagros), sus obras y sus palabras. La voz del Padre constituye como una confirmación “desde lo alto” de lo que estaba madurando ya en la conciencia de los discípulos. Jesús quería que, sobre la base de los signos y de las palabras, la fe en su misión y filiación divinas naciese en la conciencia de sus oyentes en virtud de la revelación interna, que les daba el mismo Padre.

7. Desde este punto de vista, tiene especial significación la respuesta que Simón Pedro recibió de Jesús tras haberlo confesado en las cercanías de Cesarea de Filipo. En aquella ocasión dijo Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Jesús le respondió: “Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos” (Mt 16, 17). Sabemos la importancia que tiene en labios de Pedro la confesión que acabamos de citar. Pues bien, resulta esencial tener presente que la profesión de la verdad sobre la filiación divina de Jesús de Nazaret —“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”— procede del Padre. Sólo el Padre “conoce al Hijo” (Mt 11, 27), solo el Padre sabe “quién es el Hijo” (Lc 10, 22), y sólo el Padre puede conceder este conocimiento al hombre. Esto es precisamente lo que afirma Cristo en la respuesta dada a Pedro. La verdad sobre la filiación divina que brota de labios del Apóstol, tras haber madurado primero en su interior, en su conciencia, procede de la profundidad de la autorrevelación de Dios. En este momento todos los significados análogos de la expresión “Hijo de Dios”, conocidos ya en el Antiguo Testamento, quedan completamente superados. Cristo es el Hijo del Dios vivo, el Hijo en el sentido propio y esencial de esta palabra: es “Dios de Dios”.

8. La voz que escuchan los tres Apóstoles durante la transfiguración en el monte (identificado por la tradición posterior con el monte Tabor), confirma la convicción expresada por Simón Pedro en las cercanías de Cesarea (según Mt 16, 16). Confirma en cierto modo “desde el exterior” lo que el Padre había ya “revelado desde el interior”. Y el Padre, al confirmar ahora la revelación interior sobre la filiación divina de Cristo —“Este es mi Hijo amado: escuchadle”—, parece como si quisiera preparar a quienes ya han creído en Él para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humillante en la cruz. Es significativo que “mientras bajaban del monte” Jesús les ordenará: “No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17, 9, como también Mc 9, 9, y además, en cierta medida, Lc 9, 21). La teofanía en el monte de la transfiguración del Señor se halla así relacionada con el conjunto del misterio pascual de Cristo.

9. En esta línea se puede entender el importante pasaje del Evangelio de Juan (Jn 12, 20-28) donde se narra un hecho ocurrido tras la resurrección de Lázaro, cuando por un lado aumenta la admiración hacia Jesús y, por otro, crecen las amenazas contra Él. Cristo habla entonces del grano de trigo que debe morir para poder producir mucho fruto. Y luego concluye significativamente: “Ahora mi alma se siente turbada; ¿y qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Mas para esto he venido yo a esta hora! Padre, glorifica tu nombre”. Y “llegó entonces una voz del Cielo: ‘¡Lo glorifiqué y de nuevo lo glorificaré’!” (cf. Jn 12, 27-28). En esta voz se expresa la respuesta del Padre, que confirma las palabras anteriores de Jesús: “Es llegada la hora en que el Hijo del Hombre será glorificado” (Jn 12, 23).

El Hijo del Hombre que se acerca a su “hora” pascual, es Aquel de quien la voz de lo alto proclamaba en el bautismo y en la transfiguración: “Mi Hijo… amado... en quien tengo mis complacencias… el elegido”. En esta voz se contenía el testimonio del Padre sobre el Hijo. El autor de la segunda Carta de Pedro, recogiendo el testimonio ocular del Jefe de los Apóstoles, escribe pasa consolar a los cristianos en un momento de dura persecución: “(Jesucristo)… al recibir de Dios Padre honor y gloria, de la majestuosa gloria le sobrevino una voz (que hablaba) en estos términos: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias’. Y esta voz bajada del cielo la oímos los que con Él estábamos en el monte santo” (2 Pe 1, 16-18).

Catequesis (05-08-1987): Jesucristo viene en la potencia del Espíritu Santo.

Audiencia General, Miércoles 5 de agosto de 1987.

«El Espíritu del Señor está sobre mi» (Lc 4,17).

1. “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16, 28). Jesucristo tiene el conocimiento de su origen del Padre: es el Hijo porque proviene del Padre. Como Hijo ha venido al mundo, mandado por el Padre. Esta misión (missio) que se basa en el origen eterno del Cristo-Hijo, de la misma naturaleza que el Padre, está radicada en Él. Por ello en esta misión el Padre revela el Hijo y da testimonio de Cristo como su Hijo, mientras que al mismo tiempo el Hijo revea al Padre. Nadie, efectivamente “conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo” (Mt 11, 27). El Hijo, que “ha salido del Padre”, expresa y confirma la propia filiación en cuanto “revela al Padre” ante el mundo. Y lo hace no sólo con las palabras del Evangelio, sino también con su vida, por el hecho de que Él completamente “vive por el Padre”, y esto hasta el sacrificio de su vida en la cruz.

2. Esta misión salvífica del Hijo de Dios como Hombre se lleva a cabo “en la potencia” del Espíritu Santo. Lo atestiguan numerosos pasajes de los Evangelios y todo el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento, la verdad sobre la estrecha relación entre la misión del Hijo y la venida del Espíritu Santo (que es también su “misión”) estaba escondida, aunque también, en cierto modo, ya anunciada. Un presagio particular son las palabras de Isaías, a las cuales Jesús hace referencia al inicio de su actividad mesiánica en Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió, para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 17-19; cf. Is 61, 1-2).

Estas palabras hacen referencia al Mesías: palabra que significa “consagrado con unción” (“ungido”), es decir, aquel que viene de la potencia del Espíritu del Señor. Jesús afirma delante de sus paisanos que estas palabras se refieren a Él: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (cf. Lc 4, 21).

3. Esta verdad sobre el Mesías que viene en el poder del Espíritu Santo encuentra su confirmación durante el bautismo de Jesús en el Jordán, también al comienzo de su actividad mesiánica. Particularmente denso es el texto de Juan que refiere las palabras del Bautista: “Yo he visto el Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre Él. Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo vi, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 32-34).

Por consiguiente, Jesús es el Hijo de Dios, aquel que “ha salido del Padre y ha venido al mundo” (cf. Jn 16, 28), para llevar el Espíritu Santo: “para bautizar en el Espíritu Santo” (cf. Mc 1, 8), es decir, para instituir la nueva realidad de un nuevo nacimiento, por el poder de Dios, de los hijos de Adán manchados por el pecado. La venida del Hijo de Dios al mundo, su concepción humana y su nacimiento virginal se han cumplido por obra del Espíritu Santo. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha nacido de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, en su potencia.

4. El testimonio que Juan da de Jesús como Hijo de Dios, está en estrecha relación con el texto del Evangelio de Lucas, donde leemos que en la Anunciación María oye decir que Ella “concebirá y dará a luz en su seno un hijo que será llamado Hijo del Altísimo” (cf. Lc 1, 31-32). Y cuando pregunta: “¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?”, recibe la respuesta. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35).

Si, entonces, el “salir del Padre y venir al mundo” (cf. Jn 16, 28) del Hijo de Dios como hombre (el Hijo del hombre), se ha efectuado en el poder del Espíritu Santo, esto manifiesta el misterio de la vida trinitaria de Dios. Y este poder vivificante del Espíritu Santo está confirmado desde el comienzo de la actividad mesiánica de Jesús, como aparece en los textos de los Evangelios, sea de los sinópticos (Mc 1, 10; Mt 3, 16; Lc 3, 22) como de Juan (Jn 1, 32-34).

5. Ya en el Evangelio de la infancia, cuando se dice de Jesús que “la gracia de Dios estaba en Él” (Lc 2, 40), se pone de relieve la presencia santificante del Espíritu Santo. Pero es en el momento del bautismo en el Jordán cuando los Evangelios hablan mucho más expresamente de a actividad de Cristo en la potencia del Espíritu: “enseguida (después del bautismo) el Espíritu le empujó hacia el desierto” dice Marcos (Mc 1, 12). Y en el desierto, después de un período de cuarenta días de ayuno, el Espíritu de Dios permitió que Jesús fuese tentado por el espíritu de las tinieblas, de forma que obtuviese sobre él la primera victoria mesiánica (cf. Lc 4, 1-14). También durante su actividad pública, Jesús manifiesta numerosas veces la misma potencia del Espíritu Santo respecto a los endemoniados. Él mismo lo resalta con aquellas palabras suyas: “si yo arrojo los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28). La conclusión de todo el combate mesiánico contra las fuerzas de las tinieblas ha sido el acontecimiento pascual: la muerte en cruz y la resurrección de Quien ha venido del Padre en la potencia del Espíritu Santo.

6. También, después de la Ascensión, Jesús permaneció, en la conciencia de sus discípulos, como aquel a quien “ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder” (Act 10, 38). Ellos recuerdan que gracias a este poder los hombres, escuchando las enseñanzas de Jesús, alababan a Dios y decían: “un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7, 16),” Jamás hombre alguno habló como éste” (Jn 7, 46), y atestiguaban que, gracias a este poder, Jesús “hacia milagros, prodigios y señales” (cf. Act 2, 22), de esta manera “toda la multitud buscaba tocarle, porque salía de Él una virtud que sanaba a todos” (Lc 6, 19). En todo lo que Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, hacía o enseñaba, se cumplían las palabras del profeta Isaías (cf. Is 42, 1 ) sobre el Mesías: “He aquí a mi siervo a quien elegí; mi amado en quien mi alma se complace. Haré descansar asar mi espíritu sobre él…” (Mt 12, 1 8).

7. Este poder del Espíritu Santo se ha manifestado hasta el final en el sacrificio redentor de Cristo y en su resurrección. Verdaderamente Jesús es el Hijo de Dios “que el Padre santificó y envió al mundo” (cf. Jn 10, 36). Respondiendo a la voluntad del Padre, Él mismo se ofrece a Dios mediante el Espíritu como víctima inmaculada y esta víctima purifica nuestra conciencia de las obras muertas, para que podamos servir al Dios viviente (cf. Heb 9, 14). El mismo Espíritu Santo —como testimonia el Apóstol Pablo— “resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos” (Rom 8, 11), y mediante este “resurgir de los muertos” Jesucristo recibe la plenitud de la potencia mesiánica y es definitivamente revelado por el Espíritu Santo como “Hijo de Dios con potencia” (literalmente): “constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos” (Rom 1, 4).

8. Así pues, Jesucristo, el Hijo de Dios, viene al mundo por obra del Espíritu Santo, y como Hijo del hombre cumple totalmente su misión mesiánica en la fuerza del Espíritu Santo. Pero si Jesucristo actúa por este poder durante toda su actividad salvífica y al final en la pasión y en la resurrección, entonces es el mismo Espíritu Santo el que revela que Él es el Hijo de Dios. De modo que hoy, gracias al Espíritu Santo, la divinidad del Hijo, Jesús de Nazaret, resplandece ante el mundo. Y “nadie —como escribe San Pablo— puede decir: ‘Jesús es el Señor’, sino en el Espíritu Santo” (1 Cor 12, 3).

Catequesis (06-09-1989): El bautismo en el Espíritu.

Audiencia General, Miércoles 6 de septiembre de 1989.

«Con Espíritu Santo y fuego» (cf. Mc 1,8).

1. Cuando la Iglesia, brotada del sacrificio de la cruz, comenzó su camino en el mundo por obra del Espíritu Santo, que bajó al Cenáculo el día de Pentecostés, tuvo inicio “su tiempo”, “el tiempo de la Iglesia” como colaboradora del Espíritu en la misión de hacer fructificar la redención de Cristo en la humanidad, de generación en generación. Precisamente en esta misión y colaboración con el Espíritu se realiza “la sacramentalidad” que le atribuye el Concilio Vaticano II cuando enseña que “… La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión intima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium 1). Esta “sacramentalidad” tiene un significado profundo en relación con el misterio de Pentecostés, que da a la Iglesia el vigor y los carismas para operar visiblemente en toda la familia humana.

2. En esta catequesis queremos considerar principalmente la relación entre Pentecostés y el sacramento del bautismo. Sabemos que la venida del Espíritu Santo fue anunciada en el Jordán junto con la venida de Cristo. Fue Juan Bautista quien asoció las dos venidas, e incluso mostró su intima conexión, hablando de “bautismo”: “Él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1, 8); “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11). Este vínculo entre el Espíritu Santo y el fuego se ha de colocar en el contexto del lenguaje bíblico, que ya en el Antiguo Testamento presentaba el fuego como el medio usado por Dios para purificar las conciencias (cf Is 1, 25; 6, 5-7; Za 13, 9; Ml 3, 2-3; Si 2, 5, etc.). A su vez el bautismo, que se practicaba en el judaísmo y en otras religiones antiguas, era una inmersión ritual, con la que se quería significar una purificación renovadora. Juan Bautista había adoptado esta práctica del bautismo en el agua, aún subrayando que su valor no era sólo ritual sino también moral, puesto que era “para la conversión” (cf. Mt 3, 2. 6. 8. 11; Lc 3, 10-14).

Además, ese bautismo constituía una especie de iniciación, mediante la cual aquellos que lo recibían se convertían en discípulos del Bautista y constituían en torno a él y con él una cierta comunidad caracterizada por la espera escatológica del Mesías (cf. Mt 3, 2.11; Jn 1, 19-34). Sin embargo, se trataba de un bautismo de agua; es decir, no tenía un poder de purificación sacramental. Tal poder sería propio del bautismo de fuego ―elemento en sí mucho más poderoso que el agua― traído por el Mesías. Juan proclamaba la función preparatoria y simbólica de su bautismo en relación con el Mesías, que debía bautizar “en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11; cf. 3.7.10.12; Jn 1, 33). Y añadía que si con el fuego del Espíritu el Mesías iba a purificar a fondo a los hombres bien dispuestos, recogidos como “trigo en el granero”, sin embargo quemaría “la paja con fuego que no se apaga”, como el “fuego de la gehenna” (cf. Mt 18, 8-9), símbolo de la consumación a la que está destinado todo lo que no se ha dejado purificar (cf. Is 66, 24; Jdt 16, 17; Si 7, 17; So 1, 18; Sal 21, 10, etc.).

3. Mientras está desarrollando su función profética y prefiguradora en la línea del simbolismo del Antiguo Testamento, el Bautista un día se encuentra con Jesús en las aguas del Jordán. Reconoce en Él al Mesías, del que proclama que es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29) y, por petición suya, lo bautiza (cf. Mt 3, 14-15); pero, al mismo tiempo, da testimonio de su mesianidad, de la que se profesa un simple anunciador y precursor (cf. Jn 1, 30-31). Este testimonio de Juan está constituido por la comunicación que él mismo hace a sus discípulos y oyentes acerca de la experiencia que tuvo él en esa circunstancia, y que tal vez le hizo recordar la narración del Génesis sobre la conclusión del diluvio (cf. Gn 8, 10): “He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo…” (Jn 1, 32-33; cf. Mt 3, 16; Mc 1, 8; Lc 3, 22).

“Bautizar en Espíritu Santo” significa regenerar la humanidad con el poder del Espíritu de Dios: es lo que hace el Mesías, sobre el que, como había predicho Isaías (11, 2; 42, 1), reposa el Espíritu colmando su humanidad de valor divino a partir de la Encarnación hasta la plenitud de la resurrección tras la muerte en la cruz (cf. Jn 7, 39; 14, 26; 16, 7.8; 20, 22; Lc 24, 49). Adquirida esta plenitud, el Mesías Jesús puede dar el nuevo bautismo en el Espíritu del que está lleno (cf. Jn 1, 33; Hch 1, 5). De su humanidad glorificada, como de un manantial de agua viva, el Espíritu se difundirá por el mundo (cf. Jn 7, 37-39; 19, 34; cf.. Rm 5, 5). Este es el anuncio que hace el Bautista al dar testimonio de Cristo con ocasión del bautismo, en el que se funden los símbolos del agua y del fuego, expresando el misterio de la nueva energía vivificadora que el Mesías y el Espíritu han derramado en el mundo.

4. También Jesús, durante su ministerio, habla de su pasión y muerte como un bautismo que Él mismo debe recibir: un bautismo, porque deberá sumergirse totalmente en el sufrimiento, simbolizado también por el cáliz que ha de beber (cf. Mc 10, 38; 14, 36); pero un bautismo vinculado por Jesús con el otro símbolo del fuego, que Él vino a traer a la tierra (Lc 12, 49-50): fuego, en el que es bastante fácil entrever al Espíritu Santo que “colma” su humanidad y que un día, después del incendio de la cruz, se extenderá por el mundo como propagación del bautismo de fuego, que Jesús desea tan intensamente recibir, que se encuentra angustiado hasta que se haya realizado en él (cf. Lc 12, 50).

5. Escribí en la Encíclica Dominum et Vivificantem: “En el Antiguo Testamento se habla varias veces del ‘fuego del cielo’, que quemaba los sacrificios presentados por los hombres. Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el ‘fuego del cielo’ que actúa en lo más profundo del misterio de la cruz… Como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la cruz. Refiriéndonos a la Tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio Él ‘recibe’ el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después ―Él solo con Dios Padre― puede ‘darlo’ a los Apóstoles, a la Iglesia, y a la humanidad. Él solo lo ‘envía’ desde el Padre. Él solo se presenta ante los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, ‘sopla sobre ellos’ y les dice: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados’ (Jn 20, 23)” (n. 41).

6. Así encuentra su realización el anuncio mesiánico de Juan en el Jordán: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11; cf. Lc 3, 16). Aquí encuentra también su realización el simbolismo bíblico, con el que Dios mismo se manifestó como la columna de fuego que guiaba a su pueblo a través del desierto (cf. Ex 13, 21-22), como palabra de fuego por la que “la montaña (del Sinaí) ardía en llamas hasta el mismo cielo” (Dt 4, 11), como luz en el fuego (Is 10, 17), como fuego de ardiente gloria en el amor a Israel (cf. Dt 4, 24). Encuentra realización lo que Cristo mismo prometió cuando dijo que había venido a encender el fuego sobre la tierra (cf. Lc 12, 49), mientras el Apocalipsis dirá de él que sus ojos son como llama de fuego (cf. Ap 1, 14; 2, 18; 19, 12). Se explica así que el Espíritu Santo sea enviado en el fuego (cf. Hch 2, 3). Todo esto sucede en el misterio pascual, cuando Cristo en el sacrificio de la cruz recibe el bautismo con el que Él mismo debía ser bautizado (cf. Mc 10, 38) y en el misterio de Pentecostés, cuando Cristo resucitado y glorificado comunica su Espíritu a los Apóstoles y a la Iglesia.

Por aquel “bautismo de fuego” recibido en su sacrificio, según San Pablo, Cristo en su resurrección se convirtió, como “último Adán”, en “espíritu que da vida” (1 Co 15, 45). Por esto, Cristo resucitado anuncia a los Apóstoles: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5). Por obra del “último Adán”, Cristo, será dado a los Apóstoles y a la Iglesia “el Espíritu que da vida” (Jn 6, 63).

7. El día de Pentecostés se da la revelación de este bautismo: el bautismo nuevo y definitivo, que obra la purificación y la santificación para una vida nueva; el bautismo, en virtud del cual nace la Iglesia en la perspectiva escatológica que se extiende “hasta el fin del mundo” (cf. Mt 28, 20): no sólo la “Iglesia de Jerusalén”, de los Apóstoles y de los discípulos inmediatos del Señor, sino la Iglesia “entera” tomada en su universalidad, que se realiza a través de los tiempos y los lugares de su arraigo terreno.

Las lenguas de fuego que acompañan el acontecimiento de Pentecostés en el Cenáculo de Jerusalén, son el signo de aquel fuego que Jesucristo trajo y encendió sobre la tierra (cf. Lc 12, 49): el fuego del Espíritu Santo.

8. A la luz de Pentecostés también podemos comprender mejor el significado del bautismo como primer sacramento, en cuanto es obra del Espíritu Santo. Jesús mismo había aludido a ello en el coloquio con Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5): En aquel mismo coloquio Jesús alude también a su futura muerte en la cruz (cf. Jn 3, 14-15) y a su exaltación celeste (cf. Jn 3, 13); es el bautismo del sacrificio, del que el bautismo de agua, el primer sacramento de la Iglesia, recibirá la virtud de obrar el nacimiento por el Espíritu Santo y de abrir a los hombres “la entrada al reino de Dios”. En efecto, como escribe San Pablo a los Romanos, “cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6, 3-4). Este camino bautismal en la vida nueva tiene inicio el día de Pentecostés en Jerusalén.

9. El Apóstol ilustra más veces el significado del bautismo en sus Cartas (cf. 1 Co 6, 11; Tt 3, 5; 2 Co 1, 22; Ef 1, 13). Él lo concibe como un “baño de peregrinación y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3, 5), heraldo de justificación “en el nombre del Señor Jesucristo” (1 Co 6, 11; cf. 2 Co 1, 22); como un “sello del Espíritu Santo de la Promesa” (Ef 1, 13); como “arras del Espíritu en nuestros corazones” (2 Co 1, 22). Dada esta presencia del Espíritu Santo en los bautizados, el Apóstol recomendaba a los cristianos de entonces y lo repite también a nosotros hoy: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención”(Ef 4, 30).

Catequesis (11-07-1990): La venida del Espíritu Santo en el bautismo de Jesús.

Audiencia General, Miércoles 11 de julio de 1990.

«Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1,8).

1. En la vida de Jesús-Mesías, es decir, de Aquel que es consagrado con la unción del Espíritu Santo (cf. Lc 4, 18), hay momentos de especial intensidad en los que el Espíritu Santo se manifiesta íntimamente unido a la humanidad ya la misión de Cristo. Hemos visto que el primero de estos momentos es el de la Encarnación, que se realiza mediante la concepción y el nacimiento de Jesús de María Virgen por obra del Espíritu Santo: “Conceptus, de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine”, como proclama el símbolo de la fe.

Otro momento en que la presencia y la acción del Espíritu Santo toman un particular relieve es el del bautismo de Jesús en el Jordán. Lo veremos en la catequesis de hoy.

2. Todos los evangelistas nos han transmitido el acontecimiento (Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22; Jn 1, 29-34). Leamos el texto de Marcos: “Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él” (Mc 1, 9-10). Jesús había ido al Jordán desde Nazaret, donde había pasado los años de su vida “escondida” (Volveremos aún sobre este tema en la próxima catequesis). Antes de eso, él había sido anunciado por Juan, que en el Jordán exhortaba al “bautismo de penitencia”. “Y proclamaba: ‘Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo’” (Mc 1, 7-8).

Ya se estaba en los umbrales de la era mesiánica. Con la predicación de Juan concluía la larga preparación, que había recorrido toda la Antigua Alianza y, se podría decir, toda la historia humana, narrada por las Sagradas Escrituras. Juan sentía la grandeza de aquel momento decisivo, que interpretaba como el inicio de una nueva creación, en la que descubría la presencia del Espíritu que aleteaba por encima de la primera creación (cf. Jn 1, 32; Gn 1, 2). Él sabia y confesaba que era un simple heraldo, precursor y ministro de Aquel que habría de venir a “bautizar con Espíritu Santo”.

3. Por su parte, Jesús se preparaba en la oración para aquel momento, de inmenso alcance en la historia de la salvación, en el que se había de manifestar, aunque bajo signos representativos, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo en el misterio trinitario, presente en la humanidad como principio de vida divina. En efecto, leemos en Lucas: “Mientras Jesús… estaba en oración, se abrió el cielo y bajó sobre él el Espíritu Santo” (Lc 3, 21-22). El mismo evangelista narrará a continuación que un día Jesús, enseñando a orar a los que lo seguían por los caminos de Palestina, dijo que “el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11, 13). Él mismo en primer lugar pedía este Don altísimo para poder cumplir su propia misión mesiánica: y durante el bautismo en el Jordán había recibido una manifestación suya especialmente visible que señalaba ante Juan y ante sus oyentes la “investidura” mesiánica de Jesús de Nazaret. El Bautista daba testimonio de él “ante los ojos de Israel como Mesías, es decir como ‘Ungido’ con el Espíritu Santo” (Dominum et vivificantem, n. 19).

La oración de Jesús, que en su Yo divino era el Hijo eterno de Dios, pero que actuaba y oraba en la naturaleza humana, era escuchada por el Padre. Él mismo, un día, diría al Padre: “Ya sabía yo que tú siempre me escuchas” (Jn 11, 42). Esta conciencia vibró especialmente en él en aquel momento del bautismo, que daba comienzo público a su misión redentora, como Juan intuyó y proclamó. En efecto, él presentó a aquel que venía a “bautizar en Espíritu Santo” (Mt 3, 11) como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

4. Lucas nos dice que durante el bautismo de Jesús en el Jordán “se abrió el cielo” (Lc 3, 21). En otro tiempo el profeta Isaías había dirigido a Dios la invocación: “¡Ah, si rompieses los cielos y descendieses!” (Is 63, 19). Ahora Dios parecía responder a ese grito, escuchar esa oración, precisamente en el momento del bautismo. Aquel “abrirse” del cielo está ligado a la venida del Espíritu Santo sobre Cristo en forma de paloma. Es un signo visible de que la oración del profeta era escuchada, y de que su profecía se estaba cumpliendo; ese signo venía acompañado por una voz del cielo: “Y se oyó una voz que venía de los cielos: ‘Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’” (Mc 1, 11; Lc 3, 22). El signo toca, por tanto, la vista (con la paloma) y el oído (con la voz) de los privilegiados beneficiarios de aquella extraordinaria experiencia sobrenatural. Ante todo en el alma humana de Cristo, pero también en las personas que se hallaban presentes en el Jordán, toma forma la manifestación de la eterna “complacencia” del Padre en el Hijo. Así, en el bautismo de Jesús en el Jordán tiene lugar una teofanía cuyo carácter trinitario queda mucho más subrayado aún en la narración de la anunciación. El “abrirse el cielo” significa, en aquel momento, una particular iniciativa de comunicación del Padre y del Espíritu Santo con la tierra para la inauguración religiosa y casi “ritual” de la misión mesiánica del Verbo encarnado.

5. En el texto de Juan, el hecho que tuvo lugar en el bautismo de Jesús es descrito por el mismo Bautista: “Juan dio testimonio diciendo: ‘He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baje el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios’ ” (Jn 1, 32-34). Eso significa que, según el evangelista, el Bautista participó en aquella experiencia de la teofanía trinitaria y se dio cuenta, al menos oscuramente, con la fe mesiánica, del significado de aquellas palabras que el Padre había pronunciado: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Por lo demás, también en los demás evangelistas es significativo que el término “hijo” se encuentra usado en sustitución del término “siervo”, que se halla en el primer canto de Isaías sobre el siervo del Señor: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él” (Is 42, 1).

En su fe inspirada por Dios, y en la de la comunidad cristiana primitiva, el “siervo” se identificaba con el Hijo de Dios (cf. Mt 12, 18; 16, 16), y el “espíritu” que se le había concedido era reconocido en su personalidad divina como Espíritu Santo. Jesús, un día, la víspera de su Pasión, dirá a los Apóstoles que aquel mismo Espíritu, que descendió sobre él en el bautismo, actuaría junto con él en la realización de la redención: “Él (el Espíritu de verdad) me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16, 14).

6. Es interesante, al respecto, un texto de San Ireneo de Lión († 203) que, comentando el bautismo en el Jordán, afirma: “El Espíritu Santo había prometido por medio de los profetas que en los últimos días se derramaría sobre sus siervos y sus siervas, para que profetizaran. Por esto él descendió sobre el Hijo de Dios, que se hizo hijo del hombre, acostumbrándose juntamente con él a permanecer con el género humano, a ‘descansar’ en medio de los hombres y a morar entre aquellos que han sido creados por Dios, poniendo por obra en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de forma que se transformen de ‘hombre viejo’ en la ‘novedad’ de Cristo” (Adversus haer., III, 17, 1). El texto confirma que, desde los primeros siglos, la Iglesia era consciente de la asociación entre Cristo y el Espíritu Santo en la realización de la “nueva creación”.

7. Una alusión, antes de concluir, al símbolo de la paloma que, con ocasión del bautismo en el Jordán, aparece como signo del Espíritu Santo. La paloma, en el simbolismo bautismal, va unida al agua y, según algunos Padres de la Iglesia, evoca lo que sucedió al fin del diluvio, interpretado también él como figura del bautismo cristiano. Leemos en el libro del Génesis: (Noé) “volvió a soltar la paloma fuera del arca. La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo de olivo, por donde conoció Noé que habían disminuido las aguas de encima de la tierra” (Gn 8, 10-11). El símbolo de la paloma indica el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y la renovación de la Alianza. Y es eso lo que halla su pleno cumplimiento en la era mesiánica, por obra de Cristo redentor y del Espíritu Santo.

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