Mc 1, 40-45: Jesús en Galilea: curación de un leproso

Texto Bíblico

40 Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». 41 Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». 42 La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. 43 Él lo despidió, encargándole severamente: 44 «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan de la Cruz

Poemas: Matas para dar vida

«Jesús extendió su mano y lo tocó» (Mc 1, 41)
Llama de Amor Viva, Estrofa 2


¡Oh divina vida!, nunca matas si no es para dar vida, así como nunca llagas si no es para sanar. Llagásteme para sanarme, ¡Oh divina mano!, y mataste en mi lo que me tenía muerta sin la vida de Dios, en que ahora me veo vivir. Y esto hiciste tú con la liberalidad de tu general gracia para conmigo en el toque con que me tocaste del resplandor de tu gloria y figura de tu sustancia (Hb 1,3), que es tu Unigénito Hijo; en el cual, siendo él tu Sabiduría, tocas fuertemente desde un fin hasta otro fin por su limpieza (Sab 7,24).

¡Oh, pues, tú, toque delicado, Verbo Hijo de Dios, que por la delicadez de tu ser divino penetras sutilmente la sustancia de mi alma, y, tocándola toda delicadamente, la absorbes toda a ti en divinos modos de suavidades nunca oídas en la tierra de Canaán, ni vistas en Temán (Bar 3,22)!

¡Oh, pues, mucho y en grande manera mucho delicado toque del Verbo para mí, cuanto, habiendo trastornado los montes y quebrantado las piedras en el monte Horeb con la sobra de su poder y fuerza que iba adelante, te diste a sentir al profeta en silbo de aire delgado (1Re 19,11-12)!

¡Oh aire delgado!; como eres aire delgado y delicado, di, ¿cómo tocas delgada y delicadamente, siendo tan terrible y poderoso? ¡Oh dichosa y mucho dichosa el alma a quien tocares delgadamente, siendo tan terrible y poderoso! Dilo al mundo, mas no lo digas al mundo, porque no sabe de aire delgado el mundo, y no te sentirá, porque no te puede recibir ni te puede ver (Jn 14,17),

¡Oh, Dios mío y vida mía!, sino aquellos te sentirán y verán en tu toque que se pusieren en delgado, con viniendo delgado con delgado; a quien tanto más delgadamente tocas, cuanto estando tú escondido en la ya adelgazada y pulida sustancia de su alma, enajenados ellos de toda criatura y de todo rastro de ella, los escondes a ellos en el escondrijo de tu rostro, que es tu divino Hijo, escondidos, de la conturbación de los hombres (Sal 30,21).

Buenaventura

Vida de San Francisco: Por amor nuestro Jesús se hizo leproso

«Jesús extendió la mano y le tocó» (Mc 1,41)
Relato de tres compañeros de San Francisco de Asís (fr)


Un día en que Francisco se paseaba a caballo por la llanura cerca de Asís, en su camino encontró a un leproso. Ante este encuentro inesperado, le vino un sentimiento de intenso horror, mas, acordándose de la resolución que había hecho de vida perfecta y que, antes que nada, debía vencerse a sí mismo si quería llegar a ser «soldado de Cristo» (2Tm 2,3), saltó del caballo para abrazar al desgraciado. Éste, que alargaba su mano para recibir una limosna, recibió, junto con el dinero, un beso. Después Francisco volvió a subirse al caballo. Pero sintió ganas de mirar a su alrededor, y ya no vio más al leproso. Lleno de gozo y admiración, se puso a cantar alabanzas al Señor.

Algunos días más tarde, con gran cantidad de dinero en el bolsillo se dirigió hacia el hospicio de los leprosos y, una vez reunidos todos, les dio a cada uno de ellos una limosna besándoles las manos. A la vuelta experimentó lo que en un principio le resultaba amargo, -ver y tocar a los leprosos-, se le había vuelto dulzura. Antes, la simple vista de los leprosos, como él mismo confesaba, le era tan penoso que incluso evitaba ver las casas donde habitaban. Si en alguna ocasión los veía o le tocaba pasar cerca de una leprosería volvía el rostro y se tapaba la nariz. Pero la gracia de Dios le convirtió de tal manera que se le hizo familiar y le gustaba convivir con ellos y servirlos, como el mismo reconoce en su testamento. La visita a los leprosos le había transformado.

Se abandonó entonces, al espíritu de pobreza, al gusto por la humildad y a seguir los impulsos de vivir una piedad profunda. Siendo así que antes la sola vista de un leproso le sacudía interiormente de horror, desde aquel momento se puso a prestarles todos los servicios posibles con una despreocupación total de sí mismo, siempre humilde y muy humano; y todo ello lo hacía por Cristo crucificado el cual, según el profeta, le «estimamos leproso» (Is 53,3). A menudo los visitaba y les daba limosnas; después, movido por la compasión, besaba afectuosamente sus manos y su rostro. También a los mendigos, no quedándose contento con darles lo que tenía, hubiera querido darse él mismo y, cuando ya no le quedaba más dinero en la mano, les daba sus vestidos, descosiéndolos o, a veces, haciéndolos pedazos para repartírselos.

Por esta época peregrinó a Roma hasta el sepulcro del apóstol Pedro; cuando vio a los mendigos pululando por el atrio de la basílica, movido de compasión tanto como por el amor a la pobreza, escogió a uno de los más miserables, le propuso cambiar sus propios vestidos por los pingajos del mendigo y pasó todo el día en compañía de los pobres, y el alma llena de un gozo que no había conocido hasta entonces.

Isaías de Gaza

Ascetikón: Con su cruz nos ha curado

«Extendió la mano y lo tocó» (Mc 1,41)
Logos 8 y 13


Si nuestro Señor Jesucristo no hubiera curado todas las pasiones del hombre, pues para eso había venido, no habría subido a la cruz. En efecto, antes de venir nuestro Señor en la carne (Timoteo 3,16), el hombre estaba cojo, tullido, ciego, sordo, leproso, paralítico, estaba muerto por todo lo que está en contra de la naturaleza; pero cuando nuestro Señor Jesús vino, tuvo misericordia y vino por nosotros, resucitó al muerto, hizo ver al ciego, hablar al mudo, oír al sordo, enderezó al tullido, hizo andar al cojo, purificó al leproso, levantó al paralítico, y resucitó al hombre nuevo (Efesios 4,24), libre de toda enfermedad, y entonces subió a la cruz. Y suspendieron con Él a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda.

Son numerosos los signos que realizó Nuestro Señor Jesús (Juan 20,30). Que los ciegos vean es esto: aquel que se fija en la esperanza de este mundo es un ciego, pero si la abandona y atiende a la esperanza venidera (Colosenses 1,5; Hebreos 6,18), él ve. Asimismo, que los cojos anden es esto: el que busca a Dios y ama la voluntad carnal de su corazón es un cojo, pero si la abandona y ama a Dios con todo su corazón (Mateo 22,37), anda. Así también que los sordos oyen es esto: el que está en la distracción es un sordo de la cautividad y el olvido, pero si trabaja con ciencia, oye. Que los leprosos son purificados debe entenderse así -pues está escrito en la ley de Moisés: "El impuro no entrará en la casa del Señor" (cfr. Levítico 15,31)-: cualquiera que tenga enemistad hacia su prójimo, o envidia, u odio o una palabra malvada; pero si lo abandonan, son purificados. En adelante, si el ciego ve, si el cojo anda, si el sordo oye, y si el leproso queda limpio, el hombre que estaba muerto por estas cosas durante su vida de negligencia, resucita y queda renovado en adelante; y evangeliza a sus sentidos, que estaban empobrecidos en las santas virtudes, el que ha visto, el que anduvo, escuchó y fue purificado. Ésta es la defensa que expondrás a quien te bautizó.

El bautismo es esto: mortificación en humildad y silencio. Pues está escrito sobre Juan: "Su vestido era de piel de camello, un cinturón de piel ceñía sus riñones en el desierto" (Mateo 3,4). Éste es el signo de la mortificación, lo que da acceso a que el hombre se purifique: si trabaja, se posee a sí mismo (cfr. Lucas 21,19), y si se posee a si mismo, persevera para subir a la cruz.

La cruz es el signo de la inmortalidad, que llegará cuando sea cerrada la boca de los fariseos y de los saduceos (Mateo 22,34); los saduceos llevan la imagen de la incredulidad y de la falta de esperanza (Mateo 22,23); los fariseos llevan la imagen de la malignidad, de la hipocresía y de la vanagloria (Mateo 23,2-7), según está escrito: "Nadie se atrevió a interrogar a Jesús a partir de ese momento" (Mateo 22,46). Entonces envió a Pedro y a Juan para preparar la Pascua (Lucas 22,8). Esto es un símbolo para nosotros mismos, pues si el espíritu ve que no está dominado por nada, está preparado para la inmortalidad y juntando sus sentidos los hace un solo cuerpo (1 Corintios 12.12ss) y los alimenta, recibiendo ellos de él sin distinción.

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Mateo: Grande es la prudencia y la fe del que se acerca

«Quiero: queda limpio» (Mc 1,41)
Homilía 25, 1-2: PG 57, 328-329

PG

Se acercó un leproso, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Grande es la prudencia y la fe del que se acerca. Pues no interrumpe el discurso ni irrumpe en medio de los oyentes, sino que espera el momento oportuno; se le acerca cuando Cristo ha bajado del monte. Y le ruega no superficialmente, sino con gran fervor, postrándose a sus pies, con fe sincera y con una justa opinión de él.

Porque no dijo: «Si se lo pides a Dios», ni: «Si haces oración», sino: Si quieres, puedes limpiarme. Tampoco dijo: «Señor, límpiame»; sino que todo lo deja en sus manos, le hace señor de su curación y le reconoce la plenitud de poder. Mas el Señor, que muchas veces habló de sí humildemente y por debajo de lo que a su gloria corresponde, ¿qué dice aquí para confirmar la opinión de quienes contemplaban admirados su autoridad? Quiero: queda limpio. Aun cuando hubiera el Señor realizado ya tantos y tan estupendos milagros, en ninguna parte hallamos una expresión que se le parezca.

Aquí, en cambio, para confirmar la opinión que de su autoridad tenía tanto el pueblo en su totalidad como el leproso, antepuso este: quiero. Y no es que lo dijera y luego no lo hiciera, sino que la obra secundó inmediatamente a la palabra. Y no se limitó a decir: quiero: queda limpio, sino que añade: Extendió la mano y lo tocó. Lo cual es digno de ulterior consideración. En efecto, ¿por qué si opera la curación con la voluntad y la palabra, añade el contacto de la mano? Pienso que lo hizo únicamente para indicar que él no estaba sometido a la ley, sino por encima de la ley, y que en lo sucesivo todo es limpio para los limpios.

El Señor, en efecto, no vino a curar solamente los cuerpos, sino también para conducir el alma a la filosofía. Y así como en otra parte afirma que en adelante no está ya prohibido comer sin lavarse las manos —sentando aquella óptima ley relativa a la indiferencia de los alimentos—, así actúa también en este lugar enseñándonos que lo importante es cuidar del alma y, sin hacer caso de las purificaciones externas, mantener el alma bien limpia, no temiendo otra lepra que la lepra del alma, es decir, el pecado. Jesús es el primero que toca a un leproso y nadie se lo reprocha.

Y es que aquel tribunal no estaba corrompido ni los espectadores estaban trabajados por la envidia. Por eso, no sólo no lo calumniaron, sino que, maravillados ante semejante milagro, se retiraron adorando su poder invencible, patentizado en sus palabras y en sus obras.

Habiéndole, pues, curado el cuerpo, mandó el Señor al leproso que no lo dijera a nadie, sino que se presentase al sacerdote y ofreciera lo prescrito en la ley. Y no es que lo curase de modo que pudiera subsistir duda alguna sobre su cabal curación: pero lo encargó severamente no decirlo a nadie, para enseñarnos a no buscar la ostentación y la vanagloria. Ciertamente él sabía que el leproso no se iba a callar y que había de hacerse lenguas de su bienhechor; hizo, sin embargo, lo que estaba en su mano.

En otra ocasión, Jesús mandó que no exaltaran su persona, sino que dieran gloria a Dios; en la persona de este leproso quiere exhortarnos el Señor a que seamos humildes y que huyamos la vanagloria; en la persona de aquel otro leproso, por lo contrario, nos exhorta a ser agradecidos y no echar en olvido los beneficios recibidos. Y en cualquier caso, nos enseña a canalizar hacia Dios toda alabanza.

Teresa de Ávila

Vida: Dios no abandona en la prueba

«Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1, 40)
Cap. 25, 17-18


¡Oh Señor mío, cómo sois Vos el amigo verdadero; y como poderoso, cuando queréis podéis, y nunca dejáis de querer si os quieren! ¡Alaben os todas las cosas, Señor del mundo! ¡Oh, quién diese voces por él, para decir cuán fiel sois a vuestros amigos! Todas las cosas faltan; Vos Señor de todas ellas, nunca faltáis.

Poco es lo que dejáis padecer a quien os ama. ¡Oh Señor mío!, ¡qué delicada y pulida y sabrosamente los sabéis tratar! ¡Quién nunca se hubiera detenido en amar a nadie sino a Vos! Parece, Señor, que probáis con rigor a quien os ama, para que en el extremo del trabajo se entienda el mayor extremo de vuestro amor. ¡Oh Dios mío, quién tuviera entendimiento y letras y nuevas palabras para encarecer vuestras obras como lo entiende mi alma! Fáltame todo, Señor mío; mas si Vos no me desamparáis, no os faltaré yo a Vos.

Que yo tengo experiencia de la ganancia con que sacáis a quien sólo en Vos confía. Pues estando en esta gran fatiga, solas estas palabras bastaban para quitármela y quietarme del todo: No hayas miedo, hija, que Yo soy y no te desampararé; no temas. Heme aquí con solas estas palabras sosegada, con fortaleza, con ánimo, con seguridad, con una quietud y luz que en un punto vi mi alma hecha otra.

Francisco de Sales

Sermón (06-12-1620): Combatir la lepra

«Un leproso» (Mc 1m40)
Sermón 408-409. 412


Viene a Él un leproso que, suplicante y de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme» Mc 1, 40

Hay muchos leprosos en el mundo. Ese mal consiste en cierta languidez y tibieza en el servicio de Dios.

No es que se tenga fiebre ni que sea una enfermedad peligrosa, pero el cuerpo está de tal manera manchado de la lepra que se encuentra débil y flojo.

Quiero decir que no es que se tengan grandes imperfecciones ni se cometan grandes faltas, pero caemos en tantísimas omisiones pequeñas, que el corazón está lánguido y debilitado.

Y lo peor de las desgracias es que en ese estado, a nada que nos digan o hagan, todo nos llega al alma.

Los que tienen esta lepra se parecen a los lagartos, esos animales tan viles y abyectos, los más impotentes y débiles de todos, pero que, a pesar de ello, a poco que se les toque, se vuelven a morder...

Lo mismo hacen los leprosos espirituales; están llenos de muchísimas imperfecciones pequeñas, pero son tan altivos que no admiten ser rozados y a poco que se les reprenda, se irritan y se sienten ofendidos en lo más vivo.

¿Qué remedio hay? Tenemos que agarrarnos fuertemente a la cruz de Nuestro Salvador, meditarla y llevar en nosotros la mortificación. No hay otro camino para ir al cielo; nuestro Señor lo recorrió el primero. Si no os ejercitáis en la mortificación de vosotras mismas, os digo que todo lo demás no vale nada y os quedaréis vacías de todo bien.

Pablo VI

Homilía (29-01-1978): Curando al leproso profetizaba su Pasión

«Jesús extendió la mano y lo tocó» (Mc 1,41)
XXV Jornada Mundial de los Leprosos


[...] ¡La lepra! Ya sólo el nombre produce sensación de aprensión y horror. Sabernos por la historia que esta sensación se experimentaba con fuerza en la antigüedad, sobre todo entre los pueblos de Oriente, en donde esta enfermedad, a causa del clima y de la higiene, se notaba mucho. En el Antiguo Testamento (cf. Lev c. 13-14) encontramos una casuística y una legislación minuciosas y pormenorizadas con respecto a las personas afectadas de esta enfermedad: los miedos ancestrales y las ideas reinantes sobre su fatalidad, incurabilidad y contagio obligaban al pueblo hebreo a tomar medidas oportunas de prevención, a través del aislamiento del leproso, que al ser considerado en estado de impureza ritual, llegaba a encontrarse física y sicológicamente marginado y excluido de las actividades familiares, sociales y religiosas del pueblo elegido. Además, se consideraba a la lepra como señal de condenación, en cuanto que se la juzgaba castigo de Dios. No quedaba más que la esperanza de que el poder del Altísimo quisiera curar a los afectados de este mal.

En su misión de salvación, Jesús se encontró con frecuencia con leprosos, seres de aspecto desfigurado, privados del reflejo de la imagen de la gloria de Dios en la integridad física del cuerpo humano, auténticas ruinas y despojos de la sociedad de aquel tiempo.

El encuentro de Jesús con los leprosos es el tipo y ejemplo de su encuentro con todo hombre, sanado y encaminado de nuevo a la perfección de la imagen divina primigenia, y admitido otra vez en la comunión del Pueblo de Dios. En estos encuentros Jesús se manifestaba cual portador de una vida nueva, de una plenitud de humanidad, perdida hacía tiempo. La legislación mosaica marginaba al leproso, lo condenaba, prohibía acercarse a él, hablarle o tocarlo. En cambio Jesús se muestra antes que todo soberanamente libre respecto de la ley antigua: se acerca al leproso, le habla, lo toca, y hasta lo cura, lo sana, hace que su carne vuelva a tener la frescura de la carne de un niño. "Viene a El un leproso —se lee en Marcos— que suplicando y de rodillas le dice: Si quieres, puedes limpiarme. Enternecido, extendió la mano, lo tocó y dijo: Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio" (Mc 1, 40-42; cf. Mt 8, 2-4; Lc 5, 12-15). Lo mismo ocurrirá con otros diez leprosos (cf. Lc 17, 12-19). "Los leprosos quedan limpios", ésta es la señal de su mesianidad que Jesús da a los discípulos de Juan Bautista, que habían acudido a interrogarle (Mt 11, 5). Y a sus discípulos Jesús les confía esta misma misión suya: "Predicad diciendo: El reino de Dios se acerca... limpiad a los leprosos" (Mt 10, 7 ss.). Afirmaba, además, que la pureza ritual es completamente accidental, que la pureza decisiva e importante para la salvación es la pureza moral, la del corazón, la de la voluntad, que no tiene nada que ver con las manchas de la piel o de la persona (cf. Mt 15, 10-20).

Pero el gesto amoroso de Cristo acercándose a los leprosos, confortándolos y curándolos, tiene expresión plena y misteriosa en la pasión, cuando Cristo, torturado y desfigurado por el sudor de sangre, la flagelación, la coronación de espinas, la crucifixión, el rechazo que le opone el mismo pueblo que había recibido tanto bien de El, llega a identificarse con los leprosos, pasa a ser su imagen y símbolo, como ya había intuido el profeta Isaías contemplando el misterio del siervo de Yavé: "No hay en él parecer, no hay hermosura... Despreciado, deshecho de los hombres... ante quien se vuelve el rostro... y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado" (Is 53, 2-4). Precisamente es de las llagas del cuerpo atormentado de Jesús y de la potencia de su resurrección, de donde brota la vida y la esperanza para todos los hombres afectados por el mal y las enfermedades.

La Iglesia ha sido siempre fiel a la misión de anunciar la Palabra de Cristo junto con el gesto de misericordia hacia los que son los últimos. A través de los siglos se ha ido verificando un crescendo avasallador y extraordinario de entrega a los afectados por las enfermedades más repugnantes humanamente, y por la lepra en particular, cuya presencia tenebrosa continuaba persistiendo en el mundo Oriental y Occidental. La historia saca a la luz con toda claridad el hecho de que los cristianos han sido los primeros en interesarse y preocuparse del problema de los leprosos. El ejemplo de Cristo había creado escuela y ha sido fecundo en solidaridad, entrega, generosidad y caridad desinteresada.

En la historia de la hagiografía cristiana ha quedado como emblemático un episodio referente a Francisco de Asís; era joven como vosotros; al igual que vosotros buscaba el gozo, la felicidad, la gloria; y al mismo tiempo quería dar un significado total y definitivo a la propia existencia. De entre todos los horrores de la miseria humana, Francisco sentía repugnancia instintiva hacia los leprosos. Pero un día estaba cabalgando por los alrededores de Asís, se encuentra precisamente con uno de ellos. Sintió una fuerte repulsión; pero para no contradecir su afán de llegar a ser "caballero de Cristo" se abalanzó de la silla, y mientras el leproso le extendía la mano pidiéndole limosna Francisco le entregó el dinero y lo besó (cf. Tommaso da Celano, Vita seconda di San Francesco d'Assisi, 1, V: Fonti Francescane, Asís, 1977, 1, pág. 561; San Bonaventura da Bagnoregio, Leggenda maggiore, I, 5; ed. c., pág. 842).

La grandiosa expansión de las misiones en la época moderna ha dado nuevo impulso al movimiento en favor de los hermanos leprosos. En todas las regiones del mundo los misioneros han encontrado enfermos de éstos, abandonados, rechazados, víctimas de entredichos sociales y legales, y de discriminaciones, que degradan al hombre y violan los derechos fundamentales de la persona humana. Por amor de Cristo, los misioneros han anunciado siempre el Evangelio también a los leprosos; han tratado por todos los medios de ayudarles y de curarles con las posibilidades que podía ofrecer la medicina (muy primitiva a veces); pero sobre todo los han amado, librándoles de la soledad y de la incomprensión, e incluso algunas veces compartiendo en pleno su vida, porque descubrían la imagen de Cristo doliente en el cuerpo desfigurado del hermano. Queremos recordar la figura heroica del padre Damián de Veuster, que decidió y pidió a los superiores ser segregado con los leprosos de Molokai, para quedarse con ellos y comunicarles la esperanza evangélica, hasta que al fin fue atacado él también por la enfermedad y participó de la suerte hermanos hasta la muerte.

Pero con él queremos recordar y presentar a la admiración y ejemplo del mundo a los miles de misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, catequistas y médicos que han querido hacerse amigos de los leprosos y cuya generosidad edificante y ejemplar nos sirve hoy de consuelo y estímulo para continuar esta lucha humana y cristiana, "la lucha contra la lepra y contra todas las lepras" que se extienden por la sociedad contemporánea, tales como el hambre, la discriminación y el subdesarrollo.

En este último siglo el hombre ha hecho grandes progresos en el campo científico, de los que puede enorgullecerse legítimamente. También en el terreno de la medicina, investigaciones rigurosas y pacientes han logrado encontrar fármacos que hacen menos peligrosa la lepra, deteniendo la devastación que produce en el cuerpo y haciendo posible el tratamiento de estos enfermos sin necesidad de segregarlos de la convivencia social.

Y sin embargo. según dicen los expertos. existen hoy en el mundo nada menos que 15 millones de hermanos leprosos, especialmente en Asia, África y América Centro-Meridional. Es una cifra que hace pensar a todos. ¿Cómo podemos vivir tranquilos en nuestras ciudades, en las que la sociedad opulenta nos ha ofrecido y ofrece lo superfluo, condicionándonos a través de sus engañosos medios de comunicación social, empujándonos a disfrutar de todo y a desperdiciar lo necesario, mientras otros hombres iguales a nosotros son torturados y se están deshaciendo en su carne porque carecen de medios, de hospitales debidamente equipados, de medicinas específicas?

Por esto nos dirigimos hoy a todos nuestros hijos esparcidos por el mundo, a todos los hombres de buena voluntad, a los hombres del poder, de la política, de la economía, de la cultura, para que de este problema tan acuciante que nos afecta directamente a nosotros, pues ataca a semejantes nuestros, no se haga caso omiso, antes se afronte con valentía a todos los niveles, especialmente en el plano internacional.

Pero con interés muy especial dirigimos nuestro llamamiento paterno y urgente a vosotros, jóvenes presentes en esta basílica, vibrantes de vida y de entusiasmo; y a todos los jóvenes que se interesan no sólo de su porvenir, sino también del de los demás. ¿Acaso queréis cerraros, encastillaros en un egoísmo individualista, cerrando los ojos a esta realidad dolorosa? O, por el contrario, ¿os proponéis abrir vuestro corazón fogoso a la solidaridad y a la acción ofreciendo vuestro aporte personal de ideas, acciones y sacrificios por los hermanos leprosos?

Recordadlo bien, hijos queridísimos, en pleno 1978 hay millones de niños, jóvenes, hombres, mujeres y ancianos atacados de lepra, que en este momento os piden ayuda.

¿Qué vais a responder y cómo a esta súplica angustiada?

No dudamos de que vuestra respuesta será decidida y generosa, y lleno de confianza nos dirigimos a vosotros porque tenéis en vuestras manos y en vuestro corazón el futuro de la sociedad, el futuro de la Iglesia, y consiguientemente el futuro de los leprosos que sin duda será más sereno.

Quiera el cielo que al final de nuestra aventura humana, al término y conclusión de nuestra biografía personal, Cristo, juez supremo de la historia, nos dirija estas palabras emocionantes y portadoras de dicha: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo" (Mt 25, 34), porque estaba "leproso" y habéis hecho todo lo posible por curarme, porque volviera a disfrutar de mi plena dignidad, porque sanase no sólo de las llagas de la piel, sino por cicatrizar también las heridas de mi corazón desgarrado por la soledad, por insertarme de nuevo en el seno de la sociedad, por darme otra vez la serenidad y la alegría de vivir. Venid. Así sea

Benedicto XVI

Ángelus (12-02-2006): Un gesto que resume la salvación

«Extendió su mano...» (Mc 1,41)
Domingo VI del Tiempo Ordinario (B)


[...] La enfermedad es un rasgo típico de la condición humana, hasta el punto de que puede convertirse en una metáfora realista de ella, como expresa bien san Agustín en una oración suya: "¡Señor, ten compasión de mí! ¡Ay de mí! Mira aquí mis llagas; no las escondo; tú eres médico, yo enfermo; tú eres misericordioso, yo miserable" (Confesiones, X, 39).

Cristo es el verdadero "médico" de la humanidad, a quien el Padre celestial envió al mundo para curar al hombre, marcado en el cuerpo y en el espíritu por el pecado y por sus consecuencias. Precisamente en estos domingos, el evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús que, al inicio de su ministerio público, se dedica completamente a la predicación y a la curación de los enfermos en las aldeas de Galilea. Los innumerables signos prodigiosos que realiza en los enfermos confirman la "buena nueva" del reino de Dios.

Hoy el pasaje evangélico narra la curación de un leproso y expresa con fuerza la intensidad de la relación entre Dios y el hombre, resumida en un estupendo diálogo: "Si quieres, puedes limpiarme", dice el leproso. "Quiero: queda limpio", le responde Jesús, tocándolo con la mano y curándolo de la lepra (Mc 1, 40-42). Vemos aquí, en cierto modo, concentrada toda la historia de la salvación: ese gesto de Jesús, que extiende la mano y toca el cuerpo llagado de la persona que lo invoca, manifiesta perfectamente la voluntad de Dios de sanar a su criatura caída, devolviéndole la vida "en abundancia" (Jn 10, 10), la vida eterna, plena, feliz.

Cristo es "la mano" de Dios tendida a la humanidad, para que pueda salir de las arenas movedizas de la enfermedad y de la muerte, apoyándose en la roca firme del amor divino (cf. Sal 39, 2-3).

Hoy quisiera encomendar a María, Salus infirmorum, a todos los enfermos, especialmente a los que, en todas las partes del mundo, además de la falta de salud, sufren también la soledad, la miseria y la marginación. Asimismo, dirijo un saludo en particular a quienes en los hospitales y en los demás centros de asistencia atienden a los enfermos y trabajan por su curación. Que la Virgen santísima ayude a cada uno a encontrar alivio en el cuerpo y en el espíritu gracias a una adecuada asistencia sanitaria y a la caridad fraterna, que se traduce en atención concreta y solidaria.

Ángelus (15-02-2009): Vino a curar la lepra del alma

«La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (Mc 1,42)
VI Domingo del Tiempo Ordinario (B)


En estos domingos, el evangelista san Marcos ha ofrecido a nuestra reflexión una secuencia de varias curaciones milagrosas. Hoy nos presenta una muy singular, la de un leproso sanado (cf. Mc 1, 40-45), que se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: "Si quieres, puedes limpiarme". Él, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: "Quiero: queda limpio". Al instante se verificó la curación de aquel hombre, al que Jesús pidió que no revelara lo sucedido y se presentara a los sacerdotes para ofrecer el sacrificio prescrito por la ley de Moisés. Aquel leproso curado, en cambio, no logró guardar silencio; más aún, proclamó a todos lo que le había sucedido, de modo que, como refiere el evangelista, era cada vez mayor el número de enfermos que acudían a Jesús de todas partes, hasta el punto de obligarlo a quedarse fuera de las ciudades para que la gente no lo asediara.

Jesús le dijo al leproso: "Queda limpio". Según la antigua ley judía (cf. Lv 13-14), la lepra no sólo era considerada una enfermedad, sino la más grave forma de "impureza" ritual. Correspondía a los sacerdotes diagnosticarla y declarar impuro al enfermo, el cual debía ser alejado de la comunidad y estar fuera de los poblados, hasta su posible curación bien certificada. Por eso, la lepra constituía una suerte de muerte religiosa y civil, y su curación una especie de resurrección.

En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por eso el salmista exclama: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado". Y después, dirigiéndose a Dios, añade: "Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado" (Sal 32, 1.5).

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que "cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores" (Is 53, 4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.

En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz.

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, a quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a evitar el pecado y a acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión, el sacramento del perdón, cuyo valor e importancia para nuestra vida cristiana hoy debemos redescubrir aún más.

Ángelus (12-02-2012): El amor de Dios es más fuerte que el mal

«Se le acercó un leproso, suplicándole de rodillas...» (Mc 1,40)
Domingo VI del Tiempo Ordinario (Año B)


El domingo pasado vimos que Jesús, en su vida pública, curó a muchos enfermos, revelando que Dios quiere para el hombre la vida y la vida en plenitud. El evangelio de este domingo (Mc 1, 40-45) nos muestra a Jesús en contacto con la forma de enfermedad considerada en aquel tiempo como la más grave, tanto que volvía a la persona «impura» y la excluía de las relaciones sociales: hablamos de la lepra. Una legislación especial (cf. Lv 13-14) reservaba a los sacerdotes la tarea de declarar a la persona leprosa, es decir, impura; y también correspondía al sacerdote constatar la curación y readmitir al enfermo sanado a la vida normal.

Mientras Jesús estaba predicando por las aldeas de Galilea, un leproso se le acercó y le dijo: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús no evita el contacto con este hombre; más aún, impulsado por una íntima participación en su condición, extiende su mano y lo toca —superando la prohibición legal—, y le dice: «Quiero, queda limpio». En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación, está encarnada la voluntad de Dios de curarnos, de purificarnos del mal que nos desfigura y arruina nuestras relaciones. En aquel contacto entre la mano de Jesús y el leproso queda derribada toda barrera entre Dios y la impureza humana, entre lo sagrado y su opuesto, no para negar el mal y su fuerza negativa, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que cualquier mal, incluso más que el más contagioso y horrible. Jesús tomó sobre sí nuestras enfermedades, se convirtió en «leproso» para que nosotros fuéramos purificados.

Un espléndido comentario existencial a este evangelio es la célebre experiencia de san Francisco de Asís, que resume al principio de su Testamento: «El Señor me dio de esta manera a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura del alma y del cuerpo; y después de esto permanecí un poco de tiempo, y salí del mundo» (Fuentes franciscanas, 110). En aquellos leprosos, que Francisco encontró cuando todavía estaba «en pecados» —como él dice—, Jesús estaba presente, y cuando Francisco se acercó a uno de ellos, y, venciendo la repugnancia que sentía, lo abrazó, Jesús lo curó de su lepra, es decir, de su orgullo, y lo convirtió al amor de Dios. ¡Esta es la victoria de Cristo, que es nuestra curación profunda y nuestra resurrección a una vida nueva!

Queridos amigos, dirijámonos en oración a la Virgen María, a quien ayer celebramos recordando sus apariciones en Lourdes. A santa Bernardita la Virgen le dio un mensaje siempre actual: la llamada a la oración y a la penitencia. A través de su Madre es siempre Jesús quien sale a nuestro encuentro para liberarnos de toda enfermedad del cuerpo y del alma. ¡Dejémonos tocar y purificar por él, y seamos misericordiosos con nuestros hermanos!

Teresa de Calcuta

Cartas (10-04-1974): Cristo se hizo pobre y enfermo

«Conmovido, Jesús extendió la mano y lo tocó» (Mc 1,41)
A sus colaboradoras


Los pobres tienen sed de agua, pero también de paz, de verdad y de justicia. Los pobres están desnudos y necesitan vestidos, pero también dignidad humana y compasión por los pecadores. Los pobres no tienen hogar y necesitan un refugio hecho de ladrillos, pero también un corazón alegre, compasivo y lleno de amor. Están enfermos y necesitan atención médica, pero también una mano caritativa y una sonrisa acogedora.

Los excluidos, los que son rechazados, aquellos que no son amados, los presos, los alcohólicos, los moribundos, los que están solos y abandonados, los marginados, los intocables y los leprosos, los que viven en la duda y la confusión, los que no han sido tocados por la luz del Cristo, los hambrientos de la palabra y de la paz de Dios, las almas tristes y afligidas, los que son una carga para la sociedad, que han perdido toda esperanza y fe en la vida, los que olvidaron cómo sonreír y los que no saben lo que es recibir un poco de calor humano, un gesto de amor y de amistad. Todos ellos, se vuelven hacia nosotros para recibir un poco de consuelo. Si les damos la espalda, damos la espalda a Cristo.





Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Jueves I (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Jueves I (Impar o Año I)
Tiempo Ordinario: Domingo VI (Ciclo B)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Beda

40. Después de ser reducida a silencio la lengua de serpiente de los demonios, y después de ser curada de la fiebre la mujer primeramente seducida, fue curado de la lepra de su error aquel hombre que por las palabras de su mujer se dejó llevar al mal, a fin de que existiese el mismo orden en la restauración del Señor y en la caída de los dos primeros seres formados de barro. “Vino también a El, continúa, un leproso a pedirle favor”.

Dice el Señor: “No he venido a destruir la ley, sino a darle cumplimiento”. De este modo, al haber curado por el poder de Dios a aquel que como leproso estaba excluido de la ley, anunció que la gracia, que pudo lavar la mancha del leproso, no estaba en la ley, sino sobre ella. Y en verdad que así como se declara en el Señor la autoridad de la potestad, así también se declara en aquél la constancia de la fe. “E hincándose de rodillas, le dijo: Señor, si Tú quieres, puedes limpiarme”. El se arrodilla cayendo sobre su faz, lo que es señal de humildad y vergüenza, para que cada cual se avergüence de las manchas de su vida. Pero esta vergüenza no impide su confesión; muestra la llaga y pide el remedio. Ya la misma confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes. Esto es, puso la potestad en la voluntad del Señor.

41. No dudó de la voluntad de Dios como cualquier impío, sino como aquel que sabe lo indigno que es por las manchas que lo afean. “Jesús, compadecido de él, extendió la mano, y tocándole, le dice: Quiero: sé limpiado”.

Lo tocó también para probar que no podía contaminarse el que libraba a los otros. Es de admirar, al mismo tiempo, que lo curó del mismo modo como éste le había rogado: “Si tú quieres, dijo el leproso, puedes curarme”. “Quiero”, contestó Cristo, he aquí la voluntad. “Sé curado”, he aquí el efecto de la piedad.

42-43. No hay mediación, pues, entre la obra de Dios y el mandato, porque en el mandato está la obra (Sal 148,4): dijo, pues, y todo fue hecho.
“Y Jesús le despachó luego conminándole y diciéndole: Mira que no lo digas a nadie”.

44. Para que viera con toda evidencia el sacerdote que había sido curado no por orden de la ley, sino por gracia de Dios que está sobre ella.
“Y ofrece por tu curación lo que tiene Moisés ordenado, para que esto les sirva de testimonio”.

Pero si alguno se admira de que el Señor aprobase el sacrificio judío, no recibido por la Iglesia, tenga presente que aún no había ofrecido su holocausto en la pasión. Pues no convenía mostrar la fuerza significativa de los sacrificios antes que aquel que había sido anunciado fuese confirmado por el testimonio de la predicación apostólica y de la fe de los pueblos creyentes.

45a. La perfecta salud de uno solo conduce a multitud de gentes hacia el Señor. “De modo que, prosigue, ya no podía Jesús entrar manifiestamente en la ciudad, sino que andaba fuera por lugares solitarios”.

Extendida verdaderamente la mano del Salvador, esto es, encarnado el Verbo de Dios y tocando a la naturaleza humana, purifica a ésta de los diversos y antiguos errores.

45b. Después de realizado el milagro en la ciudad, el Señor se retira al desierto para manifestar que prefiere la vida tranquila y separada de las preocupaciones del mundo, y que por esta preferencia se consagra al cuidado de sanar los cuerpos.

Teofilacto

41. No dijo: Si rogares a Dios, sino: Si quieres, como creyéndolo Dios mismo.

44-45. Le manda que dé lo que tenían costumbre de dar los que eran purificados. Con ello demuestra que, en vez de oponerse a la ley, la confirma más, puesto que El mismo guarda sus preceptos.

Aunque el Señor se lo prohibió, el leproso divulgó el beneficio. “Mas aquel hombre, dice, así que se fue, comenzó a hablar de su curación y a publicarla por todas partes”. Conviene que el favorecido sea agradecido y dé las gracias, aunque no necesite de ello el bienhechor.

San Jerónimo

41. No se debe entender y leer: quiero curar, como lo entiende la mayor parte de los latinos, sino separadamente, esto es, diciendo primero quiero, y mandando después sé curado.

En sentido místico, nuestra lepra es el pecado del primer hombre, en quien empezó cuando deseó los reinos del mundo. Porque la raíz de todos los males es la codicia (1Tim 6,10) siendo un ejemplo de ello Giezi, quien se vio cubierto de lepra por haberse dejado dominar de la avaricia (2Re 5,27).

44. La lepra manifestada al verdadero sacerdote, según el orden de Melquisedec, se limpia con la limosna. Dad limosna, y todo lo bueno será para vosotros (Lc 11,41). Que Jesús no podía entrar manifiestamente en la ciudad, etc., significa que Jesús no se manifiesta a todos los que buscan alabanzas en las plazas públicas y que sirven a sus propias voluntades. Se manifiesta a los que salen fuera con Pedro y están en lugares desérticos, como los que eligió el Señor para orar y alimentar al pueblo. Se manifiesta a los que abandonan verdaderamente los placeres del mundo y todo lo que poseen, diciendo: Mi porción es el Señor. La gloria del Señor se manifiesta verdaderamente a los que vienen de todas partes, por las llanuras y montañas, y a quienes nada puede separar de la caridad de Cristo.

San Juan Crisóstomo, hom. 26, sobre San Mateo, y en la obra incompleta, hom. 21

41b. Aunque podía curar al leproso sólo con la palabra, lo toca, porque la ley de Moisés decía (Lev 22,4-6): “El que tocase al leproso quedará impuro hasta la noche”. Con esto quería mostrar que esta impureza era según la naturaleza. Y como no se había dictado la ley para El, sino sólo para los hombres, y como era El mismo propiamente el Señor de la ley, y curaba como Señor y no como siervo, tocó con razón al leproso, aunque no era necesario el tacto para que se operase la cura.

42. No sólo no destruye la creencia del leproso, sino más bien la confirma, puesto que la enfermedad huye de la palabra, y lo que dijo el leproso de palabra, El lo cumplió con la obra. Por esto dice: “Y acabando de decir esto, al instante desapareció de él la lepra”, etc.

44. “… no digas nada a nadie”. Como si dijera: No es tiempo ahora de publicar mi obra, ni necesito que tú la divulgues. De este modo nos enseña a no buscar la honra entre los hombres como retribución por nuestras obras. “Pero ve, prosigue, y preséntate al príncipe de los sacerdotes”. El Salvador lo manda al sacerdote para que testifique la curación y para que no estuviera más fuera del templo, pudiendo orar en él con los demás. Lo mandó también para cumplir con lo prescrito por la ley, y para acallar la maledicencia de los judíos. Así pues, completó la obra mandándoles la prueba de ella.

45. El leproso, pues, publicaba por todas partes la admirable cura, de modo que todos corrían para ver al que lo había curado y para creer en El. Esto hizo imposible que el Señor predicase en las ciudades, teniendo que hacerlo en los desiertos.

San Gregorio, 19 Moral., cap. 18

45. Pero se pregunta uno con razón cómo no pudo permanecer en secreto ni por una hora lo que mandó el Señor que no se dijera a nadie. Es de notar que se divulgó el milagro que había hecho y que mandó no decir a nadie, para que sus elegidos sigan el ejemplo dado en esta doctrina, ocultando voluntariamente las grandes cosas que hagan, pero para que sean divulgadas, aunque contra su voluntad, en provecho de los demás. No es que habiendo querido hacer una cosa no pudiese hacerla, sino que como maestro dio un ejemplo de su doctrina sobre lo que deben querer sus discípulos, y de lo que aun contra su voluntad debe hacerse.

San Agustín, De cons. Evang., lib. 2, cap. 19

41. Lo que dice San Marcos de este leproso curado, hace que por sus muchas coincidencias deba considerársele el mismo de quien San Mateo dice (Mt 5,17) que fue curado después de que bajó el Señor de predicar en el monte.

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