Mc 2, 18-22: Jesús en Galilea: discusión sobre el ayuno

Texto Bíblico

18 Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?». 19 Jesús les contesta: «¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar. 20 Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día. 21 Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor. 22 Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Sermón: El cristiano ha de ser vino nuevo

«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?» (Mc 2,19)
Sermón sobre Marcos 2: PL 52, 287

PL

«¿Por qué nosotros ayunamos, y tus discípulos no?» ¿Por qué? Porque para vosotros el ayuno es un asunto de ley. No es un don espontáneo. El ayuno en sí mismo no tiene valor; lo que cuenta es el deseo del que ayuna. ¿Qué provecho pensáis sacar de vuestro ayuno, si ayunáis contrariados y forzados por una ley? El ayuno es un arado maravilloso para labrar el campo de la santidad. Pero los discípulos de Cristo están situados de lleno en el corazón del campo ya maduro de la santidad; comen el pan de la cosecha nueva. ¿Cómo se verían obligados a practicar ayunos que ya son caducados? «¿Pueden, acaso, ayunar los amigos del Esposo mientras el Esposo está con ellos?»

El que se casa se entrega por completo a la alegría y participa en el banquete; se muestra afable y alegre con los invitados; hace todo lo que le inspira su amor por la esposa. Cristo celebra sus bodas con la Iglesia mientras vive sobre tierra. Por eso, acepta participar en las comidas a donde se le invita, no se niega. Lleno de benevolencia y de amor, se muestra humano, asequible y amable. ¿No viene para unir al hombre con Dios y hacer de sus compañeros los miembros de la familia de Dios?

Asimismo, dice Jesús, «nadie cose una pieza de la sábana nueva en un traje viejo». Esta sábana nueva, es el tejido del Evangelio, que está tejido con el vellón del Cordero de Dios: un vestido real que la sangre de la Pasión pronto teñirá de púrpura. ¿Cómo aceptaría Cristo unir esta sábana nueva con la antigua del legalismo de Israel? De la misma manera, «nadie pone vino nuevo en odres viejos, sino el vino nuevo se pone en odres totalmente nuevos». Estos odres nuevos, son los cristianos. Es el ayuno de Cristo el que va a purificar estos odres de toda mancha, para que guarden intacto el sabor del vino nuevo. El cristiano se convierte así en odre nuevo preparado para recibir el vino nuevo, el vino de las bodas del Hijo, pisado en la prensa de la cruz.

Juan de la Cruz

Cántico Espiritual: Por un árbol vino la muerte, por otro la vida

«El novio está con ellos» (Mc 2,19)
Cántico Espiritual A 28,1


«Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.»

(CA 28)

En este alto estado del matrimonio espiritual con gran facilidad y frecuencia descubre el Esposo al alma sus maravillosos secretos, y la da parte de sus obras, porque el verdadero y entero amor no sabe tener nada encubierto; y mayormente la comunica dulces misterios de su Encarnación y modo y manera de la redención humana, que es una de las más altas obras de Dios, y así más sabrosa para el alma. Y así el Esposo hace esto en esta canción, en que se denota cómo con grande sabor de amor descubre al alma interiormente los dichos misterios.

Y así, hablando con ella, la dice cómo fue por medio del árbol de la cruz desposada con él, dándola él en esto el favor de su misericordia, queriendo morir por ella y haciéndola hermosa en esta manera; pues la reparó y redimió por el mismo medio que la naturaleza humana fue estragada, por medio del árbol del paraíso, en la madre primera que es Eva (Gen 3,1-6) Y así dice: Debajo del manzano, entendiendo por el manzano el árbol de la cruz, donde el Hijo de Dios redimió, y por consiguiente se desposó con la naturaleza humana, y consiguientemente con cada alma, dándola él gracia y prendas para ello, por los merecimientos de Pasión.

Ruperto de Deutz

Sobre el Profeta Isaías: Me ha vestido de gala

«Un vestido nuevo» (Mc 2,21)
La Trinidad y sus obras: Libro 42, n. 2, 26


«Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios; como el esposo se pone la corona; como la esposa se adorna con sus joyas.» Cabeza y miembros, Esposo y Esposa, Cristo y la Iglesia, somos un solo cuerpo. Desde ahora, en Cristo el Esposo brillará para siempre la corona del triunfo –él, mi cabeza, que ha sufrido por algún tiempo-; mientras que sobre mí, su Esposa, brillarán las joyas de sus victorias y de sus gracias.

El advenimiento, la presencia del Señor, de la que habla el profeta en este versículo, es el beso que desea la esposa del Cántico de los cánticos, cuando dice: «Que me bese con beso de su boca» (Ct 1,1). Y esta esposa fiel es la Iglesia: ella nació en los patriarcas, se desposó en Moisés y en los profetas; con ardiente deseo de su corazón suspiraba por la venida del Amado. Llena del gozo ahora por el beso que ha recibido, exclama gozosa: «¡Desbordo de gozo con el Señor!»

Participando de este gozo, Juan Bautista, el ilustre «amigo del Esposo», el confidente de los secretos del Esposo y de la esposa, el testigo de su amor mutuo, declara: «El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo. Pues esta alegría mía está colmada» (Jn 3,29). Sin duda alguna, el que fue precursor del Esposo en su nacimiento, también el precursor de su Pasión, cuando el Esposo descendió a los infiernos anunció la Buena Nueva a la Iglesia que se encontraba allí, esperando.

Este versículo, pues, se refiere totalmente a la Iglesia exultante, cuando, en los infiernos, se apresura a ir al encuentro del Esposo: «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios.» ¿Cuál es la causa de mi gozo? ¿Cuál es el motivo de mi exultación? Es porque «me ha revestido con traje de gala y me envuelto en un manto de triunfo» (v. 11). En Adán fui desnudada, me fue necesario juntar hojas de higuera para esconder mi desnudez; miserablemente cubierta con túnicas de piel, fui echada del paraíso (Gn 3, 7-21). Pero hoy, mi Señor y mi Dios ha sustituido las hojas por el traje de gala. A causa de su Pasión en nuestra carne, me ha puesto un primer vestido, el del bautismo y la remisión de los pecados; y en lugar de la túnica de piel de la mortalidad, me ha envuelto en un segundo vestido, el de la resurrección y de la inmortalidad.

«Como el suelo echa sus brotes como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos». Él es el Esposo, y yo la Esposa; él es el Señor Dios, y yo su tierra y su jardín; él es el jardinero, y yo su campo. Así como él, por ser mi Creador es mi Señor y mi Dios, es también mi jardinero porque se ha hecho hombre. Así como el jardinero «planta y riega y Dios da el crecimiento», de la misma manera él que es el Único, por su humanidad va a plantar y regar anunciando la Buena Nueva, y por su divinidad dará el crecimiento gracias a su Espíritu. Entonces yo, la Iglesia haré «brotar la justicia de la fe y la alabanza del Dios», no tan sólo ante el pueblo judío, sino «ante todas las naciones». Ellas «verán mis buenas obras», leyendo las palabras y las acciones de los patriarcas y de los profetas, escuchando la voz de los apóstoles y acogiendo su luz; ellas verán y creerán, y «así darán gloria al Padre que está en los cielos».

Nicolás Cabasilas

La Vida en Cristo: Dios deberá tocarnos en el punto justo

«El vino nuevo del Espíritu» (cf. Mc 2,22)
II, 75s


Nosotros tenemos dos maneras de conocer los objetos: el conocimiento que podemos adquirir a través de lo que oímos, y el conocimiento que podemos adquirir por nosotros mismos. Con el primero, no tenemos alcance al objeto mismo, sino que lo percibimos a través de las palabras, como en imagen...; contrariamente, experimentar los objetos es encontrarse con ellos mismos. En la segunda manera de conocimiento el objeto se prende en el alma y despierta el deseo como un rastro a la medida de su belleza.

De la misma manera, cuando nuestro amor por el Salvador no produce en nosotros nada nuevo ni extraordinario, es evidente que no hay en nosotros nada que tenga relación con las palabras escuchadas sobre él. ¿Cómo podríamos conocer de oídas y tal como lo merece a aquel a quien nada se le asemeja, aquel a quien nada se puede comparar y que no puede ser comparado con nada? ¿Cómo podríamos conocer su belleza y amarle según la medida de la misma? Pero cuando los hombres experimentan un vivo deseo de amarle, un vivo deseo de hacer por él cosas que superan a la naturaleza humana, es evidente que es el mismo Esposo quien los ha herido. Les ha abierto los ojos a su belleza. La profundidad de la herida da testimonio de que la flecha ha dado en el punto justo; el ardor de su deseo revela quien les ha herido.

Se ve claro con ello que la nueva Alianza es diferente de la Antigua: antiguamente a los hombres les educaba una palabra; hoy es Cristo personalmente presente quien, de manera indecible, prepara y moldea las almas de los hombres. Si la enseñanza de la Ley hubiera sido suficiente para conducir al hombre a su fin, los actos tan extraordinarios de un Dios hecho hombre, crucificado y que muere, no hubieran sido necesarios. Eso es aplicable también a los apóstoles, nuestros padres en la fe. Habían escuchado las enseñanzas del Salvador, las palabras salidas de su boca; habían visto sus milagros y todo lo que había tenido que sufrir por los hombres, le habían visto morir, resucitar y volver al cielo. Sabían todo eso, pero no se percibió en ellos nada nuevo, ninguna generosidad, nada verdaderamente espiritual, hasta que fueron bautizados en el Espíritu Santo. Tan sólo entonces se encendió en ellos el verdadero deseo de Cristo, y por ellos a otros.

Benedicto XVI

Ángelus (26-02-2006): Alegría y ayuno

«Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar» (Mc 2,19)


[La página evangélica de hoy] narra que, mientras Jesús se encontraba a la mesa en casa de Leví, el publicano, los fariseos y los seguidores de Juan Bautista le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban como ellos. Jesús les respondió que los invitados a la boda no pueden ayunar mientras el novio está con ellos; ya ayunarán cuando se lleven al novio (cf. Mc 2, 18-20). Al decir esto, Cristo revela su identidad de Mesías, Novio de Israel, que vino para la boda con su pueblo. Los que lo reconocen y lo acogen con fe están de fiesta. Pero deberá ser rechazado y asesinado precisamente por los suyos: en aquel momento, durante su pasión y muerte, llegará la hora del luto y del ayuno.

Juan van Ruysbroeck

Las Bodas Espirituales: Tomó como esposa nuestra naturaleza

«El Esposo está con ellos» (Mc 2,19)
Las joyas de las bodas espirituales: Prólogo


«Llega el Esposo, salid a su encuentro» (Mt 25,6). Este esposo es Cristo y la esposa es la naturaleza humana, creada por Dios «a su imagen y semejanza», (Gn 1,26) colocada por él, desde el principio en el lugar más digno, más bello, más rico y más fértil de la tierra, en el paraíso. Dios sometió todas las criaturas a la naturaleza humana, la colmó de gracias y le dio un mandamiento para que, guardándolo esté segura para siempre de la unión estable con su esposo, libre de todo sufrimiento, de toda pena y de toda falta.

Pero, he aquí que vino el maligno, el enemigo infernal que, lleno de envidia hacia la esposa, tomó forma de serpiente astuta y engañó a la mujer. Luego, los dos engañaron al hombre y así a toda la naturaleza humana. De este modo, el enemigo, por sus falsos consejos, sedujo a esta naturaleza humana, a la Esposa de Dios, que fue exiliada a una tierra extranjera, pobre y miserable, cautiva y oprimida.

Con todo, cuando el tiempo había llegado para que Dios se apiadara del sufrimiento de la humanidad, su amada, envió a su Hijo único a la tierra en el templo glorioso de su cuerpo, nacido de María Virgen. Entonces tomó como esposa nuestra naturaleza humana y la unió a su persona, por la sangre purísima de la Virgen. El sacerdote celebrante de las bodas fue el Espíritu Santo. El ángel Gabriel hizo público el contrato y la gloriosa Virgen dio su consentimiento. He aquí la manera en que Cristo, nuestro esposo fiel, se unió a nuestra naturaleza, nos visitó en una tierra extranjera y nos dio a conocer las costumbres celestiales y su perfecta fidelidad.

Como un héroe, ha luchado contra nuestros enemigos, ha destruido la prisión y ha triunfado en el combate. Por su muerte dio muerte a nuestra muerte, nos ha rescatado por su sangre, nos ha liberado, en el bautismo, por el agua de su costado (Jn 19,34). Por sus sacramentos y sus dones, nos ha enriquecido a todos para que saliéramos ataviados con toda clase de virtudes a su encuentro en el palacio de su gloria, para gozar con él eternamente.

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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Lunes II (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Lunes II (Impar o Año I)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Teofilacto

18. Los discípulos de Juan, imperfectos todavía, conservaban las costumbres judías.

19-20. También se llama esposo no sólo porque se desposa con las almas vírgenes, sino porque el tiempo de su primera venida no es de dolor ni de tristeza para los que creen en El, ni tampoco de trabajo, sino de descanso. Nos concede, pues, sin formalidades legales el descanso por el bautismo, por el cual conseguimos fácilmente la salvación. Los hijos, pues, de las bodas, o del esposo, son los apóstoles, porque son dignos, por la gracia de Dios, de todo bien celeste y de participar de toda felicidad.

Se ha de comprender que todo hombre que obra el bien es hijo del esposo, y lo tiene consigo -es decir, a Cristo- y no ayuna, no haciendo obra de penitencia, porque no peca. Pero cuando el esposo se retira, cayendo el hombre en el pecado, ayuna y se arrepiente para curarse de su delito.

21-22. O de otro modo: los discípulos son comparados a los vestidos viejos por la debilidad de su espíritu, por lo que no era conveniente imponerles el pesado precepto del ayuno.

Beda

18-20. Pero Juan no bebe vino ni cerveza, porque la abstinencia aumenta el mérito de quien no tiene poder ninguno sobre la naturaleza; pero el Señor, que tenía el poder natural de perdonar los pecados, ¿por qué había de obligar a aquéllos a quienes podía hacer más puros que los mismos abstinentes? Mas el mismo Cristo ayunaba por no faltar al precepto y comía con los pecadores, para que contempláramos su gracia y conociésemos su poder.

“Respondióles Jesús: ¿Cómo es posible que los hijos de las bodas ayunen?”…
En sentido místico se puede decir que los discípulos de Juan y los fariseos ayunan porque todo el que se gloría de las obras de la ley sin fe, y sigue las tradiciones de los hombres, y oye los oráculos de Cristo sin fe en el corazón, privándose de los bienes espirituales, languidece por el ayuno de su corazón; en tanto que el que se une a Cristo fielmente no queda en ayunas, porque se alimenta de su propia carne y de su sangre.

21-22. “Nadie -prosigue- pone un remiendo de paño nuevo o recio… “

Compara a los discípulos con los odres viejos, que estallan más fácilmente con el vino nuevo, esto es, los preceptos espirituales. Serán, pues, odres nuevos, cuando después de la ascensión del Señor sean renovados por el Espíritu de consolación. Entonces se pondrá el vino nuevo en cueros nuevos, esto es, el fervor del Espíritu Santo llenará los corazones que sean espirituales. El que ha de enseñar, pues, ha de cuidar de no confiar los secretos de los nuevos misterios a los que perseveran en su antigua condición pecaminosa.

Esta es una parte de la doctrina que concierne a la templanza de la vida nueva, la cual enseña como ayuno general la privación de todos los goces temporales que causan alegría profana. Porque si esto se hace, se quebranta la doctrina, y no conviene a la vejez. Con el vestido nuevo se representan las buenas obras exteriores, y con el vino nuevo el fervor de la fe, de la esperanza y de la caridad, que nos reforman interiormente.

Pseudo Crisóstomo, Vict. Ant. e Cat in Marc

18. El se llama esposo a sí mismo, como que había de desposarse con la Iglesia. El desposorio es la entrega de las arras, esto es, de la gracia del Espíritu Santo, por la cual ha creído el mundo entero.

19-20. Dice que toda angustia será ajena a su vida cuando añade: “Mientras que tienen consigo al esposo…” Está triste el que no tiene el bien presente, porque el que lo tiene se alegra lejos de entristecerse. Pero para combatir su arrogancia y manifestar que no guardaba a sus discípulos para la blandura, añade: “Tiempo vendrá en que les quitarán el esposo…”, que es como si dijera: Vendrá tiempo en que demostrarán que son hombres. Cuando se les quite el esposo, ayunarán esperando su venida, a fin de unirse a El con sus espíritus purificados por angustias corporales. Manifiesta también que no hay necesidad de que sus discípulos ayunen, puesto que tienen consigo al esposo de la naturaleza humana, que preside en todas partes en nombre de Dios, y da a todo la semilla de la vida. Se digna también dispensar del ayuno a los hijos del esposo, porque son niños, y no pueden conformarse en todo al padre y al esposo, que tienen en consideración su infancia. Pero cuando desaparezca el esposo, y lleguen a edad cumplida, ayunarán según su deseo, y se unirán nupcialmente al esposo, sentándose con El por siempre a un banquete real.

20-22. Es como si dijera: No es posible sujetarlos a las leyes antiguas porque son predicadores del nuevo Testamento. Vosotros observáis con razón las costumbres antiguas, guardando el ayuno mosaico. Pero no es necesario que los que han de transmitir a los hombres nuevas y admirables observancias se sometan a las antiguas, sino que sean virtuosos en el espíritu. Sin embargo vendrá un tiempo en que observarán el ayuno junto con las demás virtudes; pero este ayuno difiere del de la ley. Porque éste era por necesidad y aquél será por voluntad, a causa del fervor del espíritu del cual aun no son capaces. “Tampoco, prosigue, echa nadie vino nuevo en vasijas viejas…”

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 27

18. Se puede pensar que añadió a los fariseos, que juntamente con los discípulos de Juan dijeron al Señor lo que sigue [1], cuando San Mateo afirma que fueron los discípulos de Juan solamente los que lo dijeron; pero estas palabras indican mejor que los unos dijeron esto de los otros: “Vinieron a preguntarle: ¿No nos dirás por qué razón, ayunando los discípulos de Juan…” Estas palabras indican que fueron los convidados que allí estaban los que fueron a Jesús y dijeron lo mismo a los discípulos; de suerte que la palabra “vinieron” no se refiere a éstos, respecto de los cuales añade: “Siendo también los discípulos de Juan y los fariseos muy dados al ayuno”; pero porque ayunaban éstos, es por lo que vienen los otros. Por lo cual dice San Mateo: “Y llegaron a El los discípulos de Juan, diciendo…”. (Mt 19,14). ¿Por qué sino porque estaban presentes los apóstoles hizo esta objeción cada uno como pudo?


Notas

[1] Se refiere a la frase del pasaje tratado que dice en su sentido completo: “¿No nos dirás por qué razón, ayunando los discípulos de Juan y los fariseos, no ayunan tus discípulos?” (Mc 2,18)

San Juan Crisóstomo

18. Los discípulos de Juan y los fariseos, llenos de celos contra Cristo, le preguntan si sólo con sus discípulos triunfa de las pasiones sin abstinencia ni trabajo.

Glosa

18. Así como antes se impugnaba a los discípulos porque el maestro comía con los pecadores, así ahora se acusa cerca del maestro a los discípulos de que no ayunan, a fin de que resulte materia de disidencia entre ellos. “Siendo también, sigue, los discípulos de Juan y los fariseos muy dados al ayuno”.



Documentos catequéticos

San Juan Pablo II, papa

Catequesis (17-12-1997): Tiempo nupcial y cruz.

Audiencia general, 17 de diciembre de 1997.

[…] 4. El Evangelio presenta el arco de la vida terrena de Cristo como tiempo de bodas. Es un tiempo para difundir la alegría. «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar» (Mc 2, 19). Jesús usa aquí una imagen sencilla y sugestiva. Él es el esposo que inaugura la fiesta de sus bodas, bodas del amor entre Dios y la humanidad. Él es el esposo que quiere comunicar su alegría. Los amigos del esposo son invitados a compartirla, participando en el banquete.

Sin embargo, precisamente en el mismo marco nupcial, Jesús anuncia el momento en el que ya no estará presente: «Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mc 2, 20): es una clara alusión a su sacrificio. Jesús sabe que a la alegría seguirá la tristeza. Sus discípulos entonces «ayunarán», o sea, sufrirán participando en su pasión.

La venida de Cristo a la tierra, con toda la alegría que conlleva para la humanidad, está relacionada indisolublemente con el sufrimiento. La fiesta nupcial está marcada por el drama de la cruz, pero culminará en la alegría pascual.

5. Este drama es el fruto del inevitable enfrentamiento de Cristo con la potencia del mal: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas n ola vencieron» (Jn 1,5). Los pecados de todos los hombres desempeñan un papel esencial en este drama. Pero fue particularmente doloroso para Cristo que una parte de su pueblo no lo reconociera. Dirigiéndose a la ciudad de Jerusalén, le reprocha: «No has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19, 44).

El tiempo de la presencia terrena de Cristo era el tiempo de la visita de Dios. Ciertamente, no faltaron quienes dieron una respuesta positiva, la respuesta de la fe. Antes de referirse al llanto de Jesús sobre la ciudad rebelde (cf. Lc 19, 41-44), san Lucas nos describe su ingreso «real», «mesiánico» en Jerusalén, cuando «toda la multitud de los discípulos, con gran alegría, se puso a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: “Bendito el rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas”» (Lc 19, 37-38). Pero este entusiasmo no podía ocultar, a los ojos de Jesús, la amarga evidencia de ser rechazado por los jefes de su pueblo y por la multitud que ellos instigaban.

Por lo demás, antes de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús había anunciado su sacrificio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45; cf. Mt 20, 28).

Así, el tiempo de la vida terrena de Cristo se caracteriza por su ofrenda redentora. Es el tiempo del misterio pascual de muerte y resurrección, de la que brota la salvación de los hombres.

Catequesis (23-11-1994): Bodas de Dios con la humanidad

Audiencia general, 23 de noviembre de 1994.

[…] 2. En el ambiente de la tradición de su pueblo, Jesús toma esa imagen para decir que él mismo es el esposo anunciado y esperado: el Esposo-Mesías (cf. Mt 9, 15; 25, 1). Insiste en esta analogía y en esta terminología, también para explicar qué es el reino que ha venido a traer. «El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo» (Mt 22, 2). Parangona a sus discípulos con los compañeros del esposo, que se alegran de su presencia, y que ayunarán cuando se les quite el esposo (cf. Mc 2, 19-20). También es muy conocida la otra parábola de las diez vírgenes que esperan la venida del esposo para una fiesta de bodas (cf. Mt 25, 1-13); y, de igual modo, la de los siervos que deben vigilar para acoger a su señor cuando vuelva de las bodas (cf. Lc 12, 35-38). En este sentido, puede decirse que es significativo también el primer milagro que Jesús realiza en Caná, precisamente durante un banquete de bodas (cf. Jn 2, 1-11).

Jesús, al definirse a sí mismo con el título de Esposo, expresó el sentido de su entrada en la historia, a la que vino para realizar las bodas de Dios con la humanidad, según el anuncio profético, a fin de establecer la nueva Alianza de Yahveh con su pueblo y derramar un nuevo don de amor divino en el corazón de los hombres, haciéndoles gustar su alegría. Como Esposo, invita a responder a este don de amor: todos están llamados a responder con amor al amor. A algunos pide una respuesta más plena, más fuerte, más radical: la de la virginidad o celibato por el reino de los cielos.

3. Es sabido que también san Pablo tomó y desarrolló la imagen de Cristo Esposo, sugerida por el antiguo Testamento y adoptada por Jesús en su predicación y en la formación de sus discípulos, que constituirían la primera comunidad. A quienes están casados, el Apóstol les recomienda que consideren el ejemplo de las bodas mesiánicas: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia» (Ef 5, 25). Pero también fuera de esta aplicación especial al matrimonio, considera la vida cristiana en la perspectiva de una unión esponsal con Cristo: «Os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2 Co 11, 2).

7. […] Con el testimonio de su fidelidad a Cristo, los consagrados sostienen la fidelidad de los mismos esposos en el matrimonio. La tarea de brindar este apoyo está incluida en la declaración de Jesús sobre quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos (cf. Mt19, 10-12): con ella el Maestro quiere mostrar que no es imposible observar la indisolubilidad del matrimonio -que acaba de anunciar-, como insinuaban sus discípulos, porque hay personas que, con la ayuda de la gracia, viven fuera del matrimonio en una continencia perfecta.

Por tanto, puede verse que el celibato consagrado y el matrimonio, lejos de oponerse entre sí, están unidos en el designio divino. Juntos están destinados a manifestar mejor la unión de Cristo y de la Iglesia.

Catequesis (31-08-1994): Odres nuevos.

Audiencia general, 31 de agosto de 1994.

[…] La gracia que actúa en los jóvenes prepara un crecimiento para la Iglesia, tanto en extensión como en calidad. Con razón podemos hablar de Iglesia de los jóvenes,recordando que el Espíritu Santo renueva en todos ―también en las personas mayores, si están abiertas y disponibles― la juventud de la gracia.

2. Esa convicción está relacionada con la realidad de los orígenes de la Iglesia. Jesús empezó su ministerio y su obra de fundación de la Iglesia cuando tenía alrededor de treinta años. Para dar vida a la Iglesia, eligió a algunas personas que, por lo menos en parte, eran jóvenes. Con su ayuda, quería inaugurar un tiempo nuevo, dar un viraje a la historia de la salvación. Los eligió y los formó con un espíritu que podríamos llamar juvenil, enunciando el principio de que “nadie echa vino nuevo en odres viejos” (Mc 2, 22), metáfora de la vida nueva que viene de lo eterno y se une al deseo de cambio y de novedad, característico de los jóvenes. También el carácter radical de la entrega a una causa, típico de la edad juvenil, debía estar presente en esas personas a las que Jesús eligió como sus futuros apóstoles. Podemos deducirlo de su conversación con el joven rico, que, sin embargo, no tuvo la valentía de aceptar su propuesta (cf. Mc 10, 17-22), y de la sucesiva valoración que hizo Pedro (cf. Mc 10, 28).

La Iglesia nació de esos impulsos de juventud provenientes del Espíritu Santo, que vivía en Cristo, y que Él comunicó a sus discípulos y Apóstoles, y luego a las comunidades que ellos congregaron desde los días de Pentecostés.

Catequesis (11-12-1991): Esposo crucificado

Audiencia general, 11 de diciembre de 1991.

[…] 3. Jesús de Nazaret es, pues, introducido en medio de su pueblo como el Esposo que había sido anunciado por los profetas. Lo confirma él mismo cuando, a la pregunta de los discípulos de Juan: «¿Por qué… tus discípulos no ayunan?» (Mc 2, 18), responde: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Mientras tengan consigo al esposo no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán, en aquel día» (Mc 2, 19-20). Con esta respuesta, Jesús da a entender que el anuncio de los profetas sobre el Dios-Esposo, sobre «el Redentor, el Santo de Israel», encuentra en él mismo su cumplimiento. Él revela su conciencia del hecho de ser Esposo entre sus discípulos, aunque al final «les será arrebatado». Es una conciencia de mesianidad y de la cruz en la que realizará su sacrificio en obediencia al Padre, como anunciaron los profetas (cf. Is 42, 1-9; 49, 1-7; 50, 4-11; 52, 13-53, 12).

Catequesis (05-10-1988): Esposo que se entrega

Audiencia general, 5 de octubre de 1988.

La conciencia que Cristo tenía de su vocación al sacrificio redentor

[…] los Evangelios nos presentan otros momentos y palabras, de los que resulta la orientación de la conciencia de Jesús hacia la muerte sacrificial. Piénsese en aquella imagen de los amigos del esposo, sus discípulos, que no debían “ayunar” mientras el Esposo está con ellos: “Días vendrán en que les será arrebatado el Esposo ―prosigue Jesús― y en aquel día ayunarán” (Mc 2, 20). Es una alusión significativa que deja traslucir el estado de conciencia de Cristo.

Resulta además, de los Evangelios que Jesús nunca aceptó ningún pensamiento o discurso que pudiera dejar vislumbrar la esperanza del éxito terreno de su obra. Los “signos” divinos que ofrecía, los milagros que obraba, podían crear un terreno propicio para tal expectativa. Pero Jesús no dudó en desmentir toda intención, disipar toda ilusión al respecto, porque sabía que su misión mesiánica no podía realizarse de otra forma que mediante el sacrificio.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

158. ¿Por qué llamamos a la Iglesia esposa de Cristo?

CCE 796 – CCE 808

Llamamos a la Iglesia esposa de Cristo porque el mismo Señor se definió a sí mismo como «el esposo» (Mc 2, 19), que ama a la Iglesia uniéndola a sí con una Alianza eterna. Cristo se ha entregado por ella para purificarla con su sangre, «santificarla» (Ef 5, 26) y hacerla Madre fecunda de todos los hijos de Dios. Mientras el término «cuerpo» manifiesta la unidad de la «cabeza» con los miembros, el término «esposa» acentúa la distinción de ambos en la relación personal.

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