Mc 5, 21-43: La hemorroísa y la hija de Jairo

Texto Bíblico

21 Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar. 22 Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, 23 rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». 24 Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
25 Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. 26 Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. 27 Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, 28 pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». 29 Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. 30 Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». 31 Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». 32 Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. 33 La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. 34 Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
35 Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». 36 Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». 37 No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38 Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos 39 y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». 40 Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, 41 la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). 42 La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. 43 Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Sermón: Realmente, para Dios la muerte es un sueño

«La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5,39)
Sermón 34, 1. 5: CCL 34, 193. 197-199

CCL

Todas las perícopas evangélicas, carísimos hermanos, nos ofrecen los grandes bienes de la vida presente y de la futura. Pero la lectura de hoy es un compendio perfecto de esperanza, y la exclusión de cualquier motivo de desesperación.

Pero hablemos ya del jefe de la sinagoga, que, mientras conduce a Cristo a la cabecera de su hija, deja expedito el camino para que la mujer se acerque a Cristo. La lectura evangélica de hoy comienza así: Se acercó un jefe de la sinagoga, y al verlo se le echó a sus pies, rogándole con insistencia: Señor mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Conocedor del futuro como era, a Cristo no se le ocultaba que iba a producirse el encuentro con la susodicha mujer: de ella había de aprender el jefe de los judíos que a Dios no hay que moverlo de sitio, ni llevarlo de camino, ni exigirle una presencia corporal, sino creer que Dios está presente en todas partes, íntegramente y siempre; que puede hacerlo con sola una orden, sin esfuerzo; infundir ánimo, no deprimirlo; ahuyentar la muerte no con la mano, sino con su poder; prolongar la vida no con el arte, sino con el mandato.

Mi niña está en las últimas; ven. Que es como si dijera: Aún conserva el calor de la vida, aún se notan síntomas de animación, todavía respira, todavía el señor de la casa tiene una hija, todavía no ha descendido a la región de los muertos; por tanto, date prisa, no dejes que se le vaya el alma. En su ignorancia, creyó que Cristo no podía resucitar a la muerta sino tomándola de la mano. Esta es la razón por la cual Cristo, cuando, al llegar a la casa, vio que a la niña se la lloraba como perdida, para mover a la fe a los ánimos infieles, dijo que la niña no estaba muerta, sino dormida, a fin de infundirles esperanza, pensando que era más fácil despertar del sueño que de la muerte. La niña —dice— no está muerta, está dormida.

Y realmente, para Dios la muerte es un sueño, pues Dios devuelve más rápidamente a la vida que despierta un hombre del sueño a un dormido; y tarda menos Dios en infundir el calor vivificante a unos miembros fríos con el frío de la muerte de lo que puede tardar un hombre en infundir el vigor a los cuerpos sepultados en el sueño. Escucha al Apóstol: En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, los muertos despertarán. El bienaventurado Apóstol, al no hallar palabras capaces de expresar la velocidad de la resurrección, acudió a los ejemplos. Porque, ¿cómo hubiera podido imprimir celeridad al discurso allí donde la potencia divina se adelanta incluso a esa misma celeridad? ¿O en qué sentido podía expresarse en categorías de tiempo, allí donde se nos otorga una realidad eterna no sometida al tiempo? Así como el tiempo dio paso a la temporalidad, así excluyó el tiempo la eternidad.





Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Martes IV (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Martes IV (Impar o Año I)
Tiempo Ordinario: Domingo XIII (Ciclo B)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Teófilato

21-24. Después del milagro del endemoniado, obró el Señor otro curando a la hija de uno de los jefes de la sinagoga, cuyo milagro cita el evangelista en estos términos: “Habiendo pasado Jesús otra vez con el barco a la opuesta orilla”, etc.

Este hombre se manifiesta lleno de fe, por cuanto cayó a los pies de Jesús. Pero no manifestó toda la que convenía que tuviese, por cuanto pidió al Señor que fuese El mismo, bastando que le hubiese dicho: Di una palabra y sanará mi hija.
“Fuese Jesús con él”, etc.

25-34. “Y una mujer que padecía flujo de sangre”, etc. Esta mujer, que esperaba su curación con sólo tocar la franja, estaba ciertamente llena de fe, y la consiguió por ello. Prosigue: “De repente aquel manantial de sangre se le secó”.

“¿Quién me ha tocado los vestidos?” Quería el Señor poner de manifiesto a esta mujer, primeramente para probar su fe, después para suscitar en el jefe de la sinagoga la confianza, con la cual curaría su hija y, por último, para disipar el temor de la mujer, que temía porque había robado la salud. Por esto dice: “Entonces la mujer, sabiendo”, etc.

Le dijo: “Vete en paz”, es decir, reposa, o anda y vive tranquila, porque hasta ahora has estado en angustia y tormento.

Por esta mujer se debe entender la naturaleza humana, de la que mana el pecado que nos mata, porque viene, por decirlo así, a derramar la sangre de su espíritu. No pudo ser curada por los hombres de ciencia del mundo, esto es, por los médicos, ni por la ley, ni por los profetas. Pero lo fue inmediatamente cuando tocó la franja de Cristo, es decir, su carne. El que cree en el Hijo de Dios encarnado es el que toca la franja de sus vestidos.

35-36. Los que estaban con el jefe de la sinagoga creían que Cristo era uno de los profetas, y por ello juzgaban necesario que fuese a orar por la muchacha. Pero habiendo expirado ésta, comprendieron que no era tiempo ya de orar. Y por esto dice el evangelista: “Estando aún hablando, llegaron de casa del jefe de la sinagoga a decirle a éste: Murió ya tu hija; ¿para qué cansar más al Maestro?”. Pero el Señor indujo al padre a confesar su fe: “Mas Jesús, oyendo lo que decían, dijo al jefe de la sinagoga: No temas; ten fe solamente”.

37. “Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.” Porque el humilde Jesús no quiso hacer nada por ostentación.
“Llegados que fueron a casa del jefe de la sinagoga, ve la confusión y los grandes lloros y alaridos de aquella gente”.

39b-40a. “… La niña no ha muerto; está dormida. Y se burlaban de él.” Se burlaban de El, como si no pudiera hacer ya más. Pero, declarando ellos mismos que había muerto, tuvieron que convencerse de que la revivía, y por tanto de que era milagroso el hecho.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 28

21-24. Es de observar que lo que se dice de la hija del jefe de la sinagoga lo hizo Jesús cuando pasó a la orilla opuesta. Pero no consta si lo hizo enseguida, o si tardó en hacerlo. Es de creer, sin embargo, que medió algún tiempo, pues de otro modo no hubiera podido celebrarse antes en su casa el convite del que habla San Mateo, y después del cual refiere lo acontecido con la hija de dicho jefe. Así, pues, el evangelista ha tejido su narración de un modo tan ordenado, que lo que ha sucedido después lo refiere después.
“Vino en busca de El, continúa, uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo”.

Toma, pues, en consideración no las palabras del padre, sino la voluntad, que es mucho más poderosa, porque lo que quería en realidad era que reviviera a su hija, creyendo que no podría encontrar ya viva a la que había dejado moribunda.

35-36. No se dice que diera su asentimiento a los que llegaron con la noticia y se oponían a que fuera ya el Maestro. Por esto, al decirle el Señor: “No temas; ten fe”, no lo tacha de incrédulo, sino que quiere robustecer su fe. Si, pues, el evangelista refiriera que fue el jefe de la sinagoga quien dijo que no había ya razón de molestar a Jesús -cuando fueron los que venían de su casa los que lo dijeron-, estas palabras se opondrían al anuncio que San Mateo pone en sus labios, esto es, de que la muchacha había muerto.
“Y no permitió que le siguiese ninguno, fuera de Pedro, y Santiago y Juan, el hermano de Santiago”.

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

22-23. “Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies…” Cita el nombre a causa de los judíos contemporáneos, para que fuese una prueba del milagro. “El cual, sigue, luego que le vio se arrojó a sus pies, y con muchas instancias le hacía esta súplica: Mi hija está en las últimas”. San Mateo dice que el jefe de la sinagoga anuncia a su hija muerta, y San Marcos como muy grave, pero después vinieron a anunciar al jefe de la sinagoga, con quien debía ir el Señor, que la joven había muerto. San Mateo, pues, viene a decir lo mismo, dando por abreviar como muerta a la que consta que revivió el Señor.

25-32. “… Una mujer que padecía flujo de sangre… habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto”. Aquellos, pues, que tocan por la fe a Cristo, reciben de El sus virtudes con la buena voluntad que viene de El. “Al mismo tiempo Jesús, conociendo la virtud que había salido de sí, vuelto a los circundantes decía: ¿Quién ha tocado mi vestido?”. Las virtudes del Salvador no salen de El local y materialmente, como si lo abandonaran de algún modo, porque, siendo incorpóreas, cuando salen para comunicarse a otros no abandonan a aquél de quien han salido, como las ciencias que se dan por el maestro a los discípulos. Dice pues: “Conociendo la virtud que había salido de sí”, para darnos a entender que la mujer recibió la salud, no sin que El lo conociera, sino sabiéndolo. No obstante, preguntaba: “¿Quién ha tocado mi vestido?”, para que se manifieste aquella mujer, se divulgue su fe, y no se pierda en el olvido el beneficio de aquel milagro. “A lo que respondían los discípulos: Estás viendo la gente que te comprime por todos lados, y dices ¿quién me ha tocado?”. El Señor había preguntado: ¿Quién me ha tocado?, es decir, por la fe y el pensamiento, puesto que, no aproximándose a mí por el pensamiento y la fe, no me tocan las gentes que me oprimen.
“Mas Jesús proseguía mirando a todos lados para distinguir la persona que había hecho esto”.

39. Les manda que no griten, ya que no estaba muerta la muchacha, sino dormida. “Y entrando dentro les dice: ¿De qué os afligís tanto y lloráis?”.

Beda, in Marcum, 2,22

24. Yendo el Señor a curar a la joven se ve oprimido por la muchedumbre, porque dando consejos saludables a la gente de Judea, pesa sobre El el pecado de los pueblos carnales. La mujer vertiendo sangre y curada por el Señor es la Iglesia formada por la congregación de las gentes, y el flujo de sangre debe entenderse como los pecados de idolatría indignos de perdón y de los que son deleite de la carne y de la sangre. Pero mientras el Verbo de Dios quiere salvar a Judea, la muchedumbre de las naciones se procura, con esperanza cierta, de la salud preparada y prometida a otros.

25-29. Una mujer llena de fe toca al Señor, y la muchedumbre lo oprime, porque el que se ve abrumado por las diversas herejías o por las costumbres perversas, es venerado solamente por la fiel Iglesia católica. La Iglesia de las naciones viene detrás, puesto que, no viendo al Señor presente en la carne, llega a la gracia de la fe después que se han cumplido los misterios de su Encarnación. Y así, cuando mereció verse libre de los pecados por la participación de los sacramentos, secó la fuente de su sangre como por el contacto de sus vestidos. Y el Señor miraba en torno suyo para ver a la que lo había tocado, porque juzga dignos de su mirada y de su misericordia a todos los que merecen la salvación.

33-34. “… la mujer se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad.” He aquí a lo que la pregunta del Señor tendía a que confesase la mujer su larga infidelidad, su repentina fe y su cura, con lo que ella misma se confirmaba en la fe y daba ejemplo a los demás. “El entonces le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz, y queda libre de tu mal”. No dijo, pues, tu fe te salvará, sino te ha salvado, que es como si dijese: desde que creíste fuiste curada.

35. “Tu hija ha muerto…” Estaba muerta para los hombres que no podían volverla a la vida, y estaba dormida para Dios, a cuya disposición estaba su espíritu, que vivía en su seno, y su cuerpo que descansaba esperando la resurrección. De aquí viene la costumbre de los cristianos de llamar dormidos a los muertos, de cuya resurrección no se duda ( 1Tes 4).

40. “Y se burlaban de El”. Con razón, pues, hace salir a todos fuera, ya que preferían burlarse de la palabra del que resucita a los muertos a creer en El, haciéndose indignos de ver el poder del que resucita y el misterio de este milagro. “Pero Jesús, continúa, haciéndolos salir a todos”, etc.

35-43. En sentido místico, se anuncia la muerte de la hija del jefe de la sinagoga inmediatamente después de la cura de la mujer que padecía flujo de sangre, porque mientras la Iglesia de los gentiles, limpia de la mancha de los vicios, merece ser llamada “hija” por su fe, la sinagoga queda libre de la continua aflicción de su traición, y a la vez de su envidia. De su traición, sí, porque no quiso creer en Cristo. Y de su envidia, porque deploró a la Iglesia creyente. Las palabras: “¿Para que cansar más al Maestro?”, se dicen hoy para que los que ven a la sinagoga abandonada por Dios no crean que puede ser restaurada o que deban rogar por su resurrección. Pero si el jefe de la sinagoga, es decir, el consejo de los doctores de la ley quisiera creer en El, la sinagoga sería salvada. Porque, habiendo perdido por su infidelidad la alegría de la compañía del Señor, yace como muerta entre los que lloran y se lamentan. Tomando, pues, de la mano a la muchacha, la resucitó el Señor; porque sin que se purifiquen antes las manos de los judíos, que están llenas de sangre ( Is 1), no resucitará la muerta sinagoga. En la cura del flujo de sangre de la mujer y en la resurrección de la muchacha se manifiesta la salvación del género humano, que ha sido dispensada por el Señor de este modo: viniendo primero a la fe algunos de Israel, después la plenitud de las naciones, y así todo Israel será salvado ( Rm 11). Tenía doce años la muchacha y hacía también doce años que padecía la mujer, porque los pecados de los que no creían tuvieron lugar al principio de la fe de los creyentes; por esto se dice: “Creyó Abraham a Dios, y su fe reputósele por justicia” ( Gén 15).

Y es de notar que los pecados más leves y cotidianos pueden ser curados por el remedio de una penitencia más ligera. Por ello el Señor revive sólo con su voz a la muchacha que yacía sobre su lecho, diciendo: “Muchacha, levántate”. Pero para que un muerto de cuatro días pueda franquear las barreras del sepulcro, se estremeció en su espíritu, se turbó y derramó lágrimas ( Jn 11). Por tanto, cuanto más grave sea la muerte del espíritu, tanto más áspera y fervorosa debe ser la penitencia. Es de notar también que una culpa pública necesita un remedio igualmente público; y así Lázaro, llamado del sepulcro, llamó la atención del pueblo. En cambio los pecados leves piden penitencia secreta; por lo que la muchacha, que yacía en su casa, revive delante de un pequeño número de testigos, y a éstos se les manda que no digan nada a nadie. Se echa fuera a la muchedumbre para que reviva la muchacha, porque si no se echa antes de lo más hondo del corazón a la multitud de cuidados mundanos, no revive el espíritu que yace muerto en sí mismo. Revive, pues, y echa a andar la muchacha. Y del mismo modo el hombre, revivido de sus pecados, debe no solamente levantarse de la inmundicia de sus iniquidades, sino adelantar en las buenas obras y no detenerse, para que pueda saciarse del pan celestial, haciéndose partícipe de la palabra divina y del altar.

San Juan Crisóstomo, homilia in Matthaeum, hom. 31, 2

25-29. Esta mujer, famosa y conocida por todos, no se atrevía por lo mismo a acercarse descaradamente al Salvador, ni menos a ponerse delante de El, porque era impura según la ley. Así que lo tocó por detrás y no por delante, porque ni a esto se atrevía. Y no tocó el vestido, sino su franja, llegando a curar no por la franja, sino por su pensamiento.
“Diciendo para consigo, continúa: Como llegue a tocar su vestido, sanaré”.

34. Llama hija a la salvada por la fe, porque la fe en Cristo nos hace hijos de Dios (vict. ant. e cat. in Marcum).

O le dice: Vete en paz, mandándola al fin de los buenos -pues Dios mora en la paz-, para hacernos ver que no sólo la curó en cuanto al cuerpo, sino también en la causa de su mal, es decir, en sus pecados.

37-43. O es por no hacer ostentación de ello por lo que no permite que estén todos con El. Pero para tener después testigos de su divino poder, eligió a tres de sus principales discípulos y, como más necesarios que los demás, al padre y a la madre de la muchacha. Sin embargo, da la vida a ésta con su mano y su palabra. “Y tomándola de la mano le dice: Thalitha cumi “, que debe interpretarse como: “Muchacha, levántate, yo te lo mando”. La mano vivificadora de Jesús da vida al cuerpo de los muertos, y su voz los levanta. “Inmediatamente, prosigue, se puso en pie la muchacha, y echó a andar”.

Para demostrar que la había curado verdaderamente, y no en apariencia.

San Jerónimo

22. “Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo…” En sentido místico, Jairo, jefe de la sinagoga, vino después de lo referido, porque, cuando entre la plenitud de las naciones, entonces será salvo todo Israel ( Rm 11,25). Jairo quiere decir el que ilumina o el iluminado, es decir, el pueblo judío, depuesta la sombra del sentido literal, ilustrado e iluminado en el espíritu, cayendo a los pies de Cristo, esto es, humillándose ante la encarnación de Jesús, ruega por su hija, porque el que vive para sí hace vivir a los demás. Así Abraham, y Moisés y Samuel, ruegan por el pueblo muerto y Jesús acoge sus ruegos.

41. Alguno acusa al Evangelista de no ser fiel en la exposición de este hecho por añadir: “Yo te lo mando”, cuando Thalitha cumi en hebreo significa sólo: “Muchacha, levántate”. Pero es para expresar el sentido de esta llamada y de esta orden por lo que añade: “Yo te lo mando, levántate”.
“Pues tenía ya doce años”, continúa.

San Gregorio Magno, Moralia, 4,29

41. “… la casa.” Revive nuestro Redentor a la muchacha en la casa, al joven fuera de la ciudad y a Lázaro en el sepulcro. Esto en sentido moral significa que yace muerto en su casa aquél cuyo pecado está oculto. Es conducido fuera de la puerta de la ciudad aquél cuya iniquidad llama para su vergüenza la atención pública. Y está debajo de la tierra de la sepultura aquél sobre quien pesa la acción del mal y también la costumbre.


Comentarios exegéticos

Antonio Rodríguez Carmona: Predicación del Evangelio de San Marcos

Comisión Episcopal del Clero, Edice (1987), pp. 91-92

La hemorroísa y la revivificación de la hija de Jairo (5,21-24 25-34-35-43) son dos relatos íntimamente unidos por razones teológicas (el que puede curar, puede resucitar) y literarias (dar tiempo “literario” a que muera la hija de Jairo, que estaba muy grave). En ambos aparece Jesús revelando el Reino como destrucción del dolor y la muerte y como el catequista que ayuda a pasar de la fe mágica popular a la fe cristiana.

Jairo (5,21-24) cree que Jesús puede resolver un caso muy difícil, como curar a su hija gravemente enferma. Jesús acepta ir a curarla.

La hemorroísa (5,25-34), enferma y en situación verdaderamente desesperada, se acerca a Jesús en actitud mágica, “oye” y “toca” a Jesús (cf 3 8-10 descripción de la fe mágica del pueblo oyen, van a tocar) El resultado fue su curación. Pero Jesús pregunta insistentemente por lo que ha sucedido para provocar una relación personal de la mujer con él, haciendo así que su fe pase de mágica a cristiana. Y de nuevo quedo curada, es decir, se completó el proceso de curación que ofrece Jesus,que abarca a toda la persona.

Mientras tanto ha muerto la hija de Jairo. Se lo comunican al padre, considerando ya el caso imposible y sugiriendo que Jesús no vaya a la casa. Jesús invita a Jairo a profundizar en la fe y revivifica a la muerta. La muerte para Jesús es un “sueño”.

Marcos ofrece, pues, dos reacciones positivas del pueblo, que ha pasado de la fe pagana a la cristiana con la ayuda de Jesús. Para la hemorroísa la curación era cuestión de tocar, pero Jesús le invita a pasar a una relación personal. Para Jairo Jesús puede solucionar casos difíciles, pero no puede resucitar, acción que es precisamente el centro de la obra de Jesús. Y este le ayuda a profundizar en la fe. Es un anuncio de la minoría judeocristiana que formará parte de la comunidad cristiana y por otra parte un paradigma del comportamiento que han de tener los discípulos ante la religiosidad popular.

Giorgio Zevini: Lectio Divina para la Vida Diaria: El Evangelio de Marcos

Verbo Divino (2008), pp. 172-176

La palabra se ilumina

Continúa la acción prodigiosa de Jesus, acompañada de su sorprendente palabra. Se trata de dos milagros entrelazados narrativamente: comienza con el relato de Jairo, que intercede en favor de su hija, que está gravemente enferma (vv. 21-24); se inserta el episodio de la mujer enferma de hemorragias, que obtiene su curación (vv. 25-34); se vuelve al primer relato con la trágica noticia de la muerte de la muchacha, a lo que sigue la intervención de Jesus, que le restituye la vida (vv. 35-43). El encaje de los dos episodios no molesta, gracias a los elementos comunes que los unen de manera armónica: las destinatarias privilegiadas del beneficio divino son dos figuras femeninas, una mujer enferma y una muchacha muerta; ambas están ligadas al numero doce: los años de sufrimiento de la mujer y los años de vida de la muchacha. El elemento de mayor relieve lo pone la fe que alimenta los sentimientos hacia Jesús.

Pero vayamos por orden. El escenario sigue siendo el lago de Galilea, llamado generalmente «mar» porque así llamaban los judíos a toda superficie de agua. Entra en escena Jairo, uno de los jefes de la sinagoga. Su comportamiento y sus palabras revelan estima y confianza en Jesús. Se le echa a los pies en señal de gran respeto y le suplicaba con insistencia. (v. 23: en la insistencia hay que ver un rasgo de la fe). Su petición consiste en que le imponga las manos -gesto habitual para comunicar energía y poder a fin de salvarla («para que se cure y viva.: el verbo griego traducido por «curar» tiene el significado de «salvar»). La petición tiene una acogida benevolente en Jesus, que se dirige hacia la casa seguido de la muchedumbre.

En este punto se inserta el nuevo episodio. Marcos se muestra vivaz y pintoresco en la descripción de la mujer. De ella recuerda la naturaleza de su enfermedad y el tiempo de sufrimiento que lleva, los numerosos y fracasados intentos de curación, con una nota negativa para la clase medica. E introduce al lector en el mundo interior de la mujer -con su dosis de ingenuidad, de fe sencilla, tal vez supersticiosa- a fin de interceptar las razones profundas de su gesto: «Si logro tocar aunque solo sea sus vestidos, quedare curada» (v. 28). Dicho y hecho (v. 29). La mujer no quería hacerse notar por Jesus, porque, a causa de sus perdidas de sangre, estaba considerada «impura» por la ley y se creía que todo lo que ella tocara se volvía impuro. Esta es la razón por la que se limita a rozar a escondidas el manto de Jesus, aprovechándose de la aglomeración de gente, y esta es la razón por la que se siente tan culpable, temerosa y temblorosa cuando la descubren. La pregunta de Jesus (¿Quién me ha tocado?: v. 30), cuando se agolpa tanta gente y todos empujan, parece ilógica. Sin embargo, es totalmente plausible porque hace comprender que nada sucede por casualidad y que la curación de la mujer no está ligada, en primer lugar, al hecho material del tocar, sino a su fe. En todo caso, Jesús adopta el método de la publicidad: no sólo hace saber a todos que no se siente impuro por el hecho de ser tocado por aquella mujer, sino que convierte el caso en ocasión de una jugosa catequesis. Transforma, efectivamente, a la «culpable» en heroína, concediéndole, más allá del don de la salud física, la alegría de una vida nueva: «Hija, tu fe te ha salvado» (v. 34: se repite el verbo «salvar», que evoca un bienestar total, que afecta al cuerpo y al espíritu).

Se vuelve en este punto al primer episodio, con un epílogo trágico. La muerte se ha llevado a la muchacha que estaba gravemente enferma. Ya no hay nada que hacer, como dejan entender los que llevan la triste noticia al padre. Jesús, sin embargo, refuerza la fe del padre con esta recomendación: «No temas; basta con que tengas fe» (v. 36). Necesita una fe extraordinaria, casi heroica, para superar la evidencia de los hechos. Sin embargo, para Jesús todo es enormemente simple, hasta el punto de que llama a la muerte con el dulce nombre de «sueño». Quien no se adhiere a él encuentra únicamente el camino de la burla sarcástica. Gracias a Marcos podemos oír de viva voz a Jesús en su lengua original, el arameo: «Talitha kum». A la orden de Jesús no hay fuerza que pueda oponerse, ni siquiera la extrema de la muerte. De hecho, la muchacha se levanta, camina y come, señales claras de que ha recuperado la vida.

Es natural el asombro de los presentes (v. 42b), aunque insuficiente. Del hecho extraordinario es preciso remontarse a la persona que lo ha llevado a cabo y ahondar en su conocimiento, condición indispensable para seguirle y estar junto a él siempre y en todas partes. También cuando el camino se pone cuesta arriba hacia Jerusalén y, todavía más, hacia la cima del Calvario. Unidos a él, nos será posible asistir no ya a la resurrección de los otros, sino a la nuestra. Jesús es siempre el Señor de la vida.

La Palabra me ilumina

Le preguntaron un día a Paul Claudel, célebre escritor y encarnizado lector, que había perdido la vista, cuál era el sentido de la vida. Respondió: «Ya no tengo nada, pero me quedan las rodillas para orar». En los momentos en que la vida se nos escapa de las manos, porque la desgracia nos cae encima e intenta triturarnos, o incluso sólo cuando la alegría deja de cantarnos por dentro y entramos en el túnel del desánimo, entonces es cuando debemos prolongar el tiempo con las rodillas dobladas y dirigirnos al Señor de la vida. Se ha dicho que la vida bella es un ideal de juventud realizado en la madurez. Debemos conservar el ideal e intentar realizarlo día tras días.

La mujer y el padre de la muchacha no se rindieron a la evidencia de los hechos. Comprendieron que la vida es como un libro: se pueden pasar las páginas, no arrancarlas. Para leer e interpretar también las páginas oscurecidas por el sufrimiento hace falta esa luz que se llama fe; es preciso redescubrir la presencia de Jesús, que pasa junto a nosotros para restañar nuestras heridas y continuar el camino con nosotros. No nos señala atajos ni senderos privilegiados. El único camino sigue siendo el que él recorrió, un camino fatigoso, pero que conduce seguro a la meta.

Queremos honrar a muchas personas que se empeñan en curar el cuerpo sin desatender las exigencias del espíritu. No se puede confinar el ámbito de la enfermedad -ni siquiera el de la muerte- en el dato biológico y material exclusivamente. Los santos, que también en este punto son modelos de comportamiento, lo comprendieron bien. A título ilustrativo, baste con esta cita:

«No se entra en la Pequeña Casa solo para ser curados en el cuerpo. Para Jose Cottolengo, la Pequeña Casa, precisamente por estar fundada en la divina Providencia, es más que una enfermerfa o que un sanatorio. El amor de Dios se muestra amable con todo el ser humano: con su mente y con su corazon. (G. Maritati).

La Palabra en el corazón de los Padres

Ademas, quienes dicen que era un simple hombre engendrado por José, perseverando en la servidumbre de la antigua desobediencia mueren por no mezclarse con el Verbo de Dios Padre ni participar de la libertad del Hijo, como el mismo dice: «Si el Hijo os libera, seréis libres en verdad» (Jn 8,36). Desconociendo al Emmanuel nacido de la Virgen (Is 7,14) se privan de su don, que es la vida eterna (Jn 4,10.14); no recibiendo al Verbo de la incorrupción, permanecen en la muerte carnal, y son deudores de la muerte no recibiendo el antídoto de la vida. A ellos les dice el Verbo, exponiéndoles el don de su gracia: «Yo dije: todos sois dioses e hijos del Altísimo, pero como hombres moriréis. (Sal 82[81],6-7). Esto dijo a quienes no reciben el don de la filiación adoptiva y, menospreciando la encarnación por la concepción pura del Verbo de Dios, privan al hombre de su elevación hacia Dios y así desagradecen al Verbo de Dios hecho carne por ellos. Para eso se hizo el Verbo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del Hombre, para que el hombre, mezclándose con el Verbo y recibiendo la filiación adoptiva, se hiciese hijo de Dios. Porque no había otro modo como pudiéramos participar de la incorrupción y de la inmortalidad, a menos de unirnos a la incorrupción y a la inmortalidad. ¿Pero como podíamos unirnos a la incorrupción y a la inmortalidad si primero la incorrupción y la inmortalidad no se hada cuanto somos nosotros, «para que se absorbiese» lo corruptible en la incorrupción y «lo mortal» en la inmortalidad» (1 Cor 15,53-54; 2 Cor 5,4) «para que recibiésemos la filiación adoptiva. (Gal 4,5)?

Por esto, «¿quien describirá su generación?» (Is 53,8). Porque «es un hombre, ¿quien lo reconocerá?» (Jr 17,9). Lo reconocerá aquel a quien el Padre que está en los cielos lo revele (Mt 16,17), para que entienda que «no de la voluntad de la carne ni de la voluntad de varón» (Jn 1,13) ha nacido el Hijo del hombre (Mt 16,13), que es «el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mt 16,16) (san Ireneo, Contra las herejías, III, 19, 1s).

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