Mc 6, 7-13: Misión de los Doce

Texto Bíblico

7 Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. 8 Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; 9 que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. 10 Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. 11 Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
12 Ellos salieron a predicar la conversión, 13 echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)




Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Beda, in Marcum, 2,24

7. Benigno y clemente, nuestro Señor y Maestro no escatima su poder a sus siervos y discípulos, puesto que así como El curaba todo desfallecimiento y toda enfermedad, dio también a sus apóstoles poder para curarlos. “Y habiendo convocado a los doce”, etc. Pero hay gran distancia entre dar y recibir. El Señor obra con su propio poder en todo lo que hace, en tanto que sus discípulos, si hacen algo, es confesando su debilidad y el poder del Señor, diciendo: “En nombre de Jesús, levántate y anda”(Hch 3,6).

8. “Les ordenó que nada tomasen para el camino…” Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica, que ha de estar seguro de que no ha de faltarle lo necesario a la vida, aunque él no pueda procurárselo, puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas por ocuparse de las temporales.

Por alforja -en sentido alegórico- se ha de entender los trabajos de la vida; por el pan, los placeres temporales; por dinero en el cinto, la sabiduría que se oculta; porque el que ha recibido la sabiduría no debe dejarse agobiar con la carga de los negocios temporales, ni consumirse en deseos carnales, ni ocultar el talento que se le ha dado de la palabra en el ocio de un cuerpo abandonado.

9. “… y no vistáis dos túnicas.” En las dos túnicas veo yo que se manifiesta un doble vestido. De esta manera, no entendemos que debe contentarse con una sola cuando se hable de Scitia, país glacial por la nieve que le cubre, sino que no se ha de conservar otra por el temor de lo que pueda ocurrir.

10. “Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí…” En estas palabras les da el precepto general de la constancia, para que observen las leyes de la hospitalidad que han de recibir, haciéndoles ver que es ajeno del que anuncia el reino de los cielos el andar de casa en casa.

13. “… y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.”Aquí se manifiesta que esta costumbre de la santa Iglesia de ungir a los endemoniados y a cualquier enfermo con óleo consagrado por la bendición pontifical, fue introducida por los mismos apóstoles.

Teofilacto

6b. No sólo predicaba el Señor en las ciudades, sino en las aldeas, para que aprendamos a no despreciar lo pequeño, y a no buscar siempre las grandes ciudades, porque también se debe sembrar la palabra de Dios en los lugares pobres y humildes. Por esto dice: “Y andaba predicando por todas las aldeas del contorno”.

7. Manda de dos en dos a los apóstoles, para que estén más prontos porque, como dice el Eclesiástico (4,9), mejor es que sean dos juntos que uno sólo. Si hubiese enviado más de dos, no hubiera sido suficiente el número de ellos para ir a tantos lugares.

8. “Les ordenó que nada tomasen para el camino…” Les enseña igualmente así, que no deben desear ningún presente o regalo, porque viendo que no tienen nada los apóstoles, confíen en ellos los que los oigan predicar la pobreza.

10-11. “Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí.” Para que no se les acusase de dados a la gula, yendo de unas casas a otras. “Y donde quiera que os desecharen, sacudid el polvo”, etc. El Señor les manda que lo hagan así, para que demuestren que han andado un largo camino por ellos y que no les ha aprovechado de nada, o bien para hacer ver que ni aun el polvo han recibido de ellos, sacudiéndose sus pies en testimonio contra ellos, o como reprensión que les hacen.

13. “… y ungían con aceite a muchos enfermos…” Significa también la gracia del Espíritu Santo, por la cual descansamos de los trabajos y recibimos la luz y la alegría espiritual.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 17

7. Manda de dos en dos a sus discípulos a la predicación, porque son dos los preceptos de la caridad, el amor de Dios y del prójimo, y no puede existir ésta si no se da en ambos términos. De este modo nos insinúa que el que no tiene caridad para los demás, no debe de ningún modo tomar a su cargo el oficio de la predicación.
“Y les mandó que nada se llevasen”, etc.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 30

O porque añadiendo el Señor, según San Mateo: “Porque el que trabaja merece que le sustenten” (Mt 10,10), nos manifiesta claramente, por qué no quería que ellos poseyeran o llevasen nada consigo; no porque la vida no tenga sus necesidades, sino porque de este modo los creyentes a quienes anunciasen el Evangelio habrían de proveerlos de lo necesario. De aquí se deduce, que el Señor no dice en este precepto que no deben los evangelistas vivir de otro modo que de lo que les den aquellos a quienes anuncian el Evangelio, sino que les da poder de obrar así, como teniendo derecho a ello; y por esto el Apóstol, aunque pareciendo contravenir al precepto, vivió del trabajo de sus manos. Suele preguntarse cómo han referido San Mateo y San Lucas que el Señor dijo a sus discípulos no llevasen ni báculo, cuando San Marcos dice: “Y les mandó que nada se llevasen para el camino, sino el solo báculo”. Y bien, debemos entender que es en un sentido en el que San Marcos habla del báculo que se debe llevar, y en otro en el que hablan San Mateo y San Lucas del que no se debe llevar. Pudo, pues, decir el Señor de un modo abreviado: “No llevéis con vosotros nada de lo necesario, ni el báculo, o sólo el báculo” (Mt 10,10), para que por ni el báculo se entienda ni la cosa más mínima, y por sólo el báculo que por el poder recibido del Señor, simbolizado en el báculo, no les faltaría nada ni aun de lo que no llevaban consigo. Ambas cosas, pues, dijo el Señor; pero como ningún evangelista ha referido las dos a la vez, se piensa que el que dice que lleven el báculo en un sentido, contradice al que refiere que no lleven ni el báculo en otro sentido. Mas dada ya la razón de esto, queda resuelta la duda. Así, cuando San Mateo dice que no deben llevar calzado, quiere evitar el cuidado que les daría llevarle por el temor de que les faltase si no le llevaban. Lo mismo debe entenderse de las dos túnicas, a fin de que no tenga que cuidarse el apóstol más que de la que lleva puesta, y no de la otra, a la cual se le da derecho. Por esto San Marcos, diciendo que calcen sandalias, advierte que debe darse a este calzado una significación mística, puesto que, no dejando cubierto al pie por arriba ni por debajo desnudo, da a entender que no deben ocultar el Evangelio, ni apoyarse en las comodidades terrenas. Y por lo que hace a no tener ni llevar dos túnicas, ¿qué otra cosa les advierte, sino que deben andar sencillamente y no con doblez? Y si alguno piensa que el Señor no ha podido hablar en sentido propio y figurado a la vez en un mismo discurso, que examine los demás discursos suyos y verá que piensa así temerariamente y por ignorancia.

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

8-9. “Les ordenó que nada tomasen para el camino…” El Señor les impuso también este precepto, para que por su parte manifestasen cuán distante de ellos estaba el deseo de riqueza.

O puede entenderse de otro modo: el no llevar calzado ni báculo, según San Mateo y San Lucas, manifiesta un estado de gran perfección, y el llevar una y otra cosa, como dice San Marcos, es una concesión otorgada a la fragilidad humana.

13. “…y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.” O para que sea un testimonio de la fatiga que por ellos han soportado, o un símbolo del polvo de los pecadores que se esparce a su voz. “De esta suerte -continúa- salieron a predicar, exhortando a todos a que hiciesen penitencia”, etc. Sólo San Marcos dice que hubiesen sido ungidos; aunque Santiago en su epístola canónica dice algo semejante (Stgo 5). El óleo cura las fatigas, y es causa de la luz y de la alegría. El óleo de la unción significa, pues, la misericordia de Dios, el remedio de la enfermedad y la iluminación del corazón, obras todas de la oración.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Beato Charles de Foucauld

Carta:

Carta a Joseph Hours, 3 de mayo de 1912.

«Les envió por primera vez» (Mc ,).

Ser apóstol ¿por medio de qué? Con aquellos que Dios pone a su disposición: los sacerdotes tienen sus superiores que les dicen lo que deben hacer. Los laicos deben ser apóstoles con aquellos a quienes pueden atender: sus prójimos y sus amigos, pero no sólo con ellos; la caridad no es estrecha, sino que abraza todo lo que abraza el corazón de Jesús.

¿Por medio de qué? Por los medios mejores, dándose a aquellos a los que se dirigen: con todos aquellos, sin excepción, con quienes están en relación a través de la bondad, la ternura, el afecto fraterno, el ejemplo de la virtud, por la humildad y la dulzura que siempre son atractivas y muy cristianas. Con algunos sin decirles jamás una palabra de Dios ni de religión, teniendo paciencia como Dios es paciente, siendo buenos como Dios es bueno, siendo un hermano tierno y orante. Con otros hablando de Dios en la medida en que ellos puedan soportar; desde que está en su pensamiento la búsqueda de la verdad por el estudio de la religión, procurando se relacionen con un sacerdote muy bien escogido y capaz de hacerles bien. Sobre todo ver en toda persona humana a un hermano.

Francisco, papa

Mensaje (19-05-2013):

Mensaje para la Jornada mundial de las misiones, 19 de mayo de 2013.

«Les dio poder sobre los malos espíritus» (Mc ,).

Vivimos en una época de crisis que afecta a muchas áreas de la vida, no sólo la economía, las finanzas, la seguridad alimentaria, el medio ambiente, sino también la del sentido profundo de la vida y los valores fundamentales que la animan. La convivencia humana está marcada por tensiones y conflictos que causan inseguridad y fatiga para encontrar el camino hacia una paz estable. En esta situación tan compleja, donde el horizonte del presente y del futuro parece estar cubierto por nubes amenazantes, se hace aún más urgente el llevar con valentía a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien.

El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y que sólo el encuentro con Cristo puede darle. Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza que se nos da por la fe. La naturaleza misionera de la Iglesia no es proselitista, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor. La Iglesia –lo repito una vez más– no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado. Es el Espíritu Santo quién guía a la Iglesia en este camino.

Tertuliano

Obras:

La prescripción de los herejes 19-21: SC 46.

«Creo en la Iglesia… apostólica» (Mc ,).

¿Por quién nos viene la fe que emana de las Escrituras? ¿Por quién, por qué intermediario, cuándo y a quien la doctrina que nos hace cristianos nos alcanzó?… Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones. (Mc 3,14). Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. (Mt 28,19). Los apóstoles –palabra que significa «enviados»–, (…) después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas. (…) Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola.

San Francisco de Asís

Regla:

Primera Regla, §8-9.

«No llevéis piezas de oro en la faja» (Mc ,).

El Señor ordena en el Evangelio: Guardaos cuidadosamente de todo mal apego; evitad cuidadosamente las preocupaciones de este mundo y los cuidados materiales (cf Mt 6,25). Por eso ningún hermano, ya resida en una casa o esté de viaje, bajo ningún pretexto debe aceptar él mismo ni hacer recoger para sí ninguna pieza de oro ni moneda pequeña, y esto ni para comprar vestido o libros ni como salario por algún trabajo, ni bajo ningún pretexto, a no ser en caso de evidente necesidad para los hermanos enfermos. Porque ni el oro ni las monedas no debemos considerarlos de mayor utilidad o de más aprecio que las piedras. El diablo se ocupa de cegar a los que codician dinero o le conceden más valor que a las piedras. Nosotros que lo hemos dejado todo, no vayamos a perder por tan poca cosa el Reino de los cielos (Mc 10, 24.28). Si en cualquier parte nos encontramos con alguna moneda o dinero, no le prestemos mayor atención que al polvo que pisamos con los pies: porque esto es vanidad de vanidades, y todo es vanidad (Ecl 1,2)…

Todos los hermanos se esforzarán en seguir la humildad y la pobreza de nuestro Señor Jesucristo… Deben alegrarse cuando se encuentren entre gente de baja condición y despreciados, entre pobres e inválidos, enfermos y leprosos y mendigos de las calles. Cuando sea necesario irán a pedir en especies. Que no se avergüencen: sino que se acuerden de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Dios vivo todopoderoso…, que fue pobre y no tuvo cobijo, vivió de limosna él y la bienaventurada Virgen, y sus discípulos.

San Pío X, papa

Encíclica:

Encíclica «El supremo apostolado».

«Enviados por Cristo al mundo entero» (Mc ,).

«Nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, Cristo Jesús» (1C 3,11). Él es el único a quien «el Padre consagró y envió al mundo» (Jn 10,36), «reflejo de su gloria, impronta de su ser» (Hb 1,3), verdadero Dios y verdadero hombre; sin él nadie puede conocer a Dios como es debido, porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar» (Mt 11,27). De donde se sigue que «restaurar en Cristo» (Ef 1,10) y hacer volver a los hombres a la obediencia a Dios, son una sola y misma cosa. Y es por ello que el fin hacia el cual deben converger todos nuestros esfuerzos, es llevar al género humano a reconocer la soberanía de Cristo. Una vez hecho esto, el hombre se encontrará, por ahí mismo, llevado a Dios: no un Dios inerte y despreocupado de las realidades humanas, como algunos filósofos lo han imaginado, sino un Dios vivo y verdadero, un Dios en tres personas en la unidad de su naturaleza, creador del mundo, haciendo llegar a todas las cosas su providencia infinita, justo dador de la Ley que juzgará la injusticia y dará su recompensa a la virtud.

Ahora bien, ¿dónde se encuentra el camino que nos hace llegar a estar junto a Jesucristo? Está delante de nuestros ojos: es la Iglesia. San Juan Crisóstomo ya nos lo dijo y con razón: «La Iglesia es tu esperanza, la Iglesia es tu salvación, la Iglesia es tu refugio». Es por esto que Cristo, después de haberla adquirido al precio de su sangre, la ha establecido. Es por esto que le ha confiado su doctrina y los preceptos de su Ley, prodigándole, al mismo tiempo, los tesoros de su gracia para la santificación y la salvación de los hombres. Ved pues, venerables hermanos, cuál es la obra que se nos ha confiado…: no tener otra meta que formar en todos a Jesucristo… Es la misma misión que Pablo atestigua haber recibido: «Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gal 4,19). Ahora bien, ¿cómo cumplir con semejante deber sin antes estar «revestidos de Cristo»? (Gal 3,27). Y revestidos hasta el punto de poder decir: «para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).

Benedicto XVI, papa

Homilía (15-07-2012)

En el Evangelio Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en misión (cf. Mc 6, 7-13). En efecto, el término «apóstoles» significa precisamente «enviados, mandados». Su vocación se realizará plenamente después de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Sin embargo, es muy importante que desde el principio Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» en vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llame a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: esto es, Él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden dar a su obra; conoce sus límites, sus debilidades, pero no los desprecia; es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados. Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios.

[…] Igualmente, en el Evangelio Jesús advierte a los Doce que podrá ocurrir que en alguna localidad sean rechazados. En tal caso deberán irse a otro lugar, tras haber realizado ante la gente el gesto de sacudir el polvo de los pies, signo que expresa el desprendimiento en dos sentidos: desprendimiento moral —como decir: el anuncio os ha sido hecho, vosotros sois quienes lo rechazáis— y desprendimiento material —no hemos querido y nada queremos para nosotros (cf. Mc 6, 11). La otra indicación muy importante del pasaje evangélico es que los Doce no pueden conformarse con predicar la conversión: a la predicación se debe acompañar, según las instrucciones y el ejemplo de Jesús, la curación de los enfermos; curación corporal y espiritual. Habla de las sanaciones concretas de las enfermedades, habla también de expulsar los demonios, o sea, purificar la mente humana, limpiar, limpiar los ojos del alma que están oscurecidos por las ideologías y por ello no pueden ver a Dios, no pueden ver la verdad y la justicia. Esta doble curación corporal y espiritual es siempre el mandato de los discípulos de Cristo. Por lo tanto la misión apostólica debe siempre comprender los dos aspectos de predicación de la Palabra de Dios y de manifestación de su bondad con gestos de caridad, de servicio y de entrega.

Catequesis, Audiencia general (15-03-2006)

La voluntad de Jesús sobre la Iglesia y la elección de los Doce

[…] Al elegir a los Doce, para introducirlos en una comunión de vida consigo y hacerles partícipes de su misión de anunciar el Reino con palabras y obras (cf. Mc 6, 7-13; Mt 10, 5-8; Lc 9, 1-6; 6, 13), Jesús quiere manifestar que ha llegado el tiempo definitivo en el que se constituye de nuevo el pueblo de Dios, el pueblo de las doce tribus, que se transforma ahora en un pueblo universal, su Iglesia.

Con su misma existencia los Doce —procedentes de diferentes orígenes— son un llamamiento a todo Israel para que se convierta y se deje reunir en la nueva Alianza, cumplimiento pleno y perfecto de la antigua. El hecho de haberles encomendado en la última Cena, antes de su Pasión, la misión de celebrar su memorial, muestra cómo Jesús quería transmitir a toda la comunidad en la persona de sus jefes el mandato de ser, en la historia, signo e instrumento de la reunión escatológica iniciada en él. En cierto sentido podemos decir que precisamente la última Cena es el acto de la fundación de la Iglesia, porque él se da a sí mismo y crea así una nueva comunidad, una comunidad unida en la comunión con él mismo.

Desde esta perspectiva, se comprende que el Resucitado les confiera —con la efusión del Espíritu— el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 23). Los doce Apóstoles son así el signo más evidente de la voluntad de Jesús respecto a la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no existe ninguna contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Por tanto, es del todo incompatible con la intención de Cristo un eslogan que estuvo de moda hace algunos años: “Jesús sí, Iglesia no”. Este Jesús individualista elegido es un Jesús de fantasía. No podemos tener a Jesús prescindiendo de la realidad que él ha creado y en la cual se comunica.

Entre el Hijo de Dios encarnado y su Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa continuidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. Es siempre contemporáneo nuestro, es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles, está vivo en la sucesión de los Apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que él mismo se da siempre a nosotros, es motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis, Audiencia general (06-09-2000)

Condiciones del seguimiento

1. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la impulsa a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón, y establece una comunión de vida que se transforma en seguimiento. En los evangelios el seguimiento se expresa con dos actitudes:  la primera consiste en “acompañar” a Cristo (akoloutheîn); la segunda, en “caminar detrás” de él, que guía, siguiendo sus huellas y su dirección (érchesthai opíso). Así, nace la figura del discípulo, que se realiza de modos diferentes. Hay quien sigue de manera aún genérica y a menudo superficial, como la muchedumbre (cf. Mc 3, 7; 5, 24; Mt 8, 1. 10; 14, 13; 19, 2; 20, 29). Están los pecadores (cf. Mc 2, 14-15); muchas veces se menciona a las mujeres que, con su servicio concreto, sostienen la misión de Jesús (cf. Lc 8, 2-3; Mc 15, 41). Algunos reciben una llamada específica por parte de Cristo y, entre ellos, una posición particular ocupan los Doce.

Por tanto, la tipología de los llamados es muy variada:  gente dedicada a la pesca y a cobrar impuestos, honrados y pecadores, casados y solteros, pobres y ricos, como José de Arimatea (cf. Jn 19, 38), hombres y mujeres. Figura incluso el zelota Simón (cf. Lc 6, 15), es decir, un miembro de la oposición revolucionaria antirromana. También hay quien rechaza la invitación, como el joven rico, el cual, al  oír  las  palabras exigentes de  Cristo, se  entristeció  y se marchó pesaroso, “porque era muy rico” (Mc 10, 22).

2. […] Las condiciones para recorrer el mismo camino de Jesús son pocas pero fundamentales. Como hemos escuchado en el pasaje evangélico que acabamos de leer, es necesario dejar atrás el pasado, cortar con él de modo determinante y realizar una metánoia en el sentido profundo del término:  un cambio de mentalidad y de vida. El camino que propone Cristo es estrecho, exige sacrificio y la entrega total de sí…

… Es un camino que transforma en misioneros y testigos de la palabra de Cristo, pero exige de los apóstoles que “nada tomen para el camino:  (…) ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja” (Mc 6, 8; cf. Mt 10, 9-10).

3. Así pues, el seguimiento no es un viaje cómodo por un camino llano. También pueden surgir momentos de desaliento.

5. […] La cruz, signo de amor y de entrega total, es el emblema del discípulo llamado a configurarse con Cristo glorioso.

Catequesis, Audiencia general (31-03-1993)

[…] Los discípulos reciben, como los Doce (cf. Mc 6, 7; Lc 9, 1), el poder de arrojar los espíritus malignos, hasta el punto de que, después de sus primeras experiencias, le dicen a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Jesús mismo confirma ese poder: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo…»(Lc 10, 17.19).

También para ellos, se trata de participar con los Doce en la obra redentora del único sacerdote de la nueva Alianza, Cristo, que quiso conferirles también a ellos una misión y poderes semejantes a los de los Doce. La institución del presbiterado, por consiguiente, no responde sólo a una necesidad práctica de los obispos, a quienes hacen falta colaboradores, sino que deriva de una intención explícita de Cristo.

[…] El presbítero es ontológicamente partícipe del sacerdocio de Cristo, verdaderamente consagrado, hombre de lo sagrado, entregado como Cristo al culto que se eleva hacia el Padre y a la misión evangelizadora con que difunde y distribuye las cosas sagradas la verdad, la gracia de Dios, a sus hermanos. Ésta es su verdadera identidad sacerdotal; y ésta es la exigencia esencial del ministerio sacerdotal también en el mundo de hoy.


Comentarios exegéticos

Giorgio Zevini, Lectio Divina (Marcos): En Misión

Verbo Divino (2008), pp. 187-193.

La palabra se ilumina

Jesús envía a los Doce en misión, confiriéndoles sus poderes y dándoles unas reglas precisas de comportamiento. Entre lo necesario, hay que llevar lo indispensable. El estilo del anuncio consiste en reproducir las características de Jesús, que predicaba (palabras) y realizaba milagros (acciones). Así pues, la de los Doce es una experiencia de aprendizaje, una especie de noviciado en el que ejercitar el arte de enseriar y el arte de hacer el bien. Algo que prolonga y actualiza la misión de Jesús.

¿Por qué los envía «de dos en dos» (v. 7)? Vemos dos motivos. El primero es de naturaleza jurídica: según el mandamiento antiguo, un testimonio solo tenia valor cuando lo referían al menos dos personas. Un segundo motivo se puede reconducir al hecho de que el apostolado es una realidad comunitaria, aunque lo lleven a cabo pocas personas: se es enviado por una comunidad y se actúa en nombre de ella. Las apropiaciones personalistas están deslegitimadas: no cabe pensar en «navegadores solitarios». El numero dos remite a una pluralidad, a un «nosotros».

Jesus los envía pertrechándolos con la riqueza de su poder, pues les confiere la autoridad para vencer sobre el mal. Parten enriquecidos con esta certeza vital, moviéndose entre los meandros de lo negativo con la convicción de ser portadores de novedad. Esta es su Unica provisión. Todo lo demás se convierte en un accesorio embarazoso. Es preciso ser ágiles de cuerpo y libres de corazón: es la libertad respecto a las cosas para ser enteramente del Señor.

El hecho de no llevar pan, zurrón o dinero (v. 8) es un canto a la Providencia, que presupone una confianza granitica en Jesús. Para las necesidades humanas y cotidianas, a buen seguro irrenunciables, se confía en la contribución de los hermanos de las comunidades evangelizadas. De este modo, los apóstoles se ejercitan para tener una doble confianza: en Jesus, que les envía, y en las comunidades, que les acogen.

La norma de permanecer en la misma casa (v. 10) educa a los discípulos para emplear bien el tiempo, evitando la búsqueda de comodidades o de ventajas personales. En la medida en que eviten ser vagabundos y mequetrefes, podrán invertir todas sus energías y toda su atención en la tarea que se les ha asignado. Se trata del dinamismo del verdadero discípulo, de la entrega completa de todo el ser para realizar hasta el fondo la voluntad de Dios. Sin embargo, el «programa apostólico» redactado por Jesus preve también, por supuesto, la humillación y el fracaso. Se toma en consideración, con sano realismo, la hipótesis -en modo alguno irrealista- de que alguien no este interesado en el anuncio y la acción de los discípulos. Habra personas que se autoexcluyan del reparto de la riqueza que aportan los enviados de Jesus, ejerciendo una voluntad consciente de no participar y un rechazo concreto. Este rechazo afecta, en Ultimo extremo, a la misma persona de Jesus.

Ante una respuesta negativa, los discípulos deben sacudirse el polvo de la planta de los pies .como testimonio contra ellos. (v. 11). Al mundo oriental le gusta confiar a la visibilidad de los gestos la expresión de los sentimientos. El significado del gesto reside en la voluntad de desprenderse de todo lo que pertenece al que rechaza a Dios, hasta del polvo que se pega a los pies. La acción, insignificante en sí misma, pretende mostrar toda la responsabilidad del rechazo. Tal vez sea también un último intento de disuadir a la persona obstinada de su posición negativa.

La conclusión del fragmento describe por Ultimo, de una forma positiva, la actividad misionera de los discípulos (v. 13).

La Palabra me ilumina

Los Doce están con Jesus desde hace algún tiempo. Con el han aprendido a plantear la vida de una manera nueva, a orientarse hacia las perspectivas del Reino. Es tiempo de dar un paso adelante en su madurez. Esta se manifiesta, entre otras cosas, en la capacidad de comunicar a los otros la riqueza de su propia experiencia. Jesus favorece ese paso enviando a los suyos en misión.

La misión supone crear un puente entre éstos y las personas. Todo cristiano es misionero y transmite a los otros su experiencia de Jesus, a fin de favorecer un encuentro directo entre la persona y el mismo Jesus. La misión me concierne, por tanto, también a mí. El Señor me llama y me envía. Aun sabiendo que estamos todavía en un estadio de aprendizaje -¿acaso llegaremos a ser alguna vez «profesionales del anuncio»?-, es preciso que comencemos a ejercitarnos. Se trata de hacer pasar a los otros la riqueza que hemos acumulado. Éste es el verdadero don de la fraternidad cristiana. Los apóstoles no se llevan a sí mismos, como tampoco el cristiano anuncia una filosofía suya. Son testigos de Cristo, enviados con la riqueza de su poder.

Como los apóstoles, también nosotros debemos proponer el contenido y el estilo de la misión de Jesús: predicar la conversión y practicar la victoria sobre el mal, ya se trate del personal y moral (el demonio), ya se trate del físico de la enfermedad. Tanto en uno como en otro caso, se trata de un déficit, de restablecer el equilibrio en la situación o, mejor aún, de hacer que prevalezca el bien. La misión es, por consiguiente, una promoción personal y social, que hace mover las condiciones de vida hacia el bien y hacia lo mejor, superando lo negativo y lo deficitario.

La tarea no está exenta de riesgos ni de peligros. Es preciso partir con la convicción de no poner nuestra confianza en nuestros recursos personales. Puesto que somos enviados por Jesús y nos ha provisto de su poder, debemos convencernos de que los elementos humanos han de ser limitados al mínimo indispensable. Son demasiadas las veces que vivimos la vida cristiana apoyándonos en nuestra preparación, en los poderosos medios de comunicación, en las estructuras… El Evangelio nos llama a la pobreza de los medios, para alimentar constantemente la convicción de que Dios obra en nosotros y de que nosotros no somos más que instrumentos suyos.

La confianza serena en Dios y la conciencia de haber desarrollado con empeño nuestra propia misión nos acompañan y sostienen en caso de fracaso. Porque, por ser enviados por Dios y habernos enriquecido con su poder, debemos ser capaces de afrontar incluso a situaciones sin salida desde el punto de vista humano y, aparentemente, infructuosas. También forma parte de nuestra misión la convicción serena de que Dios puede sacar bien de todo y sea como sea. Ni pan, ni zurrón, ni dinero, ni dos túnicas… La verdadera, la única riqueza, es la confianza en Dios: sólo Él convierte los corazones. Esta actitud nuestra, lejos de quitarnos responsabilidad, pone bien a las claras que lo apostamos todo por Él: Él es quien nos envía y vamos con su poder. Dejémosle a él extraer las conclusiones más oportunas.

La palabra en el corazón de los Padres

El sabio sabe bien a quién acoge: corre al encuentro de los Tres, pero adora a uno solo y habla a uno solo: «Deteneos donde vuestro siervo y descansad bajo este árbol». Ahora bien, ¿cómo es que añade de nuevo, casi como hablando a hombres: «Haré que os traigan agua para lavaros los pies»? De este modo, Abrahán, padre y maestro de los gentiles, te enseña cómo debes acoger a los huéspedes, lavarles los pies.

No ignoraba, por otra parte, la severidad del precepto dado por el Salvador: «Si no os reciben ni escuchan vuestro mensaje, salid de esa casa o de ese pueblo y sacudíos el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio será más llevadero para Sodoma y Gomorra que para ese pueblo». Quería, por tanto, prevenir y lavar los pies, a fin de evitar que por casualidad quedara un poco de polvo, que se pudiera reservar para el día del juicio, para sacudir como testimonio contra la incredulidad.

De ahí que diga el sabio Abrahán: «Haré que os traigan agua para lavaros los pies» (Orígenes, Omelie sulla Genesi IV, 2, 2, Roma 2002, 155 [edición española: Homilías sobre el Génesis, Ciudad Nueva, Madrid 1999]).

Caminar con la Palabra

Si hay que llevar el mensaje de Jesús, sólo es posible hacerlo con un estilo: estilo que sólo es posible aprenderlo de Jesús en persona. La iniciación es dura. Es preciso que el discípulo se presente despojado y desprovisto de todo ante la Palabra que lleva y ante aquellos a quienes la dirige. No sólo será el servidor de la Palabra y de sus hermanos, sino que, por así decirlo, también su pobre, su mendigo. El discípulo se entrega en cuerpo y alma al misterioso poder recibido de Jesús -la Palabra y el poder sobre los espíritus malos- y, en su indigencia, se dedica por completo. La Palabra es su tesoro y está contento. Es la única actividad, la única iniciativa que Dios emprende a través de su pobreza, contra toda expectativa, más allá de cualquier posibilidad; iniciativa y poder a los que se abandona sin retener nada para sí.

Sólo lo indispensable, lo que permite ir de un pueblo a otro mendigando la Palabra que viene de Dios, el milagro que pertenece al Espíritu, el éxito de un ministerio que le supera, el pan y el refugio que otros le concederán o le negarán. Todo le escapa, todo lo toma Dios a su cargo y le transporta a ese mundo maravilloso donde el Espíritu lo dirige todo de manera infalible; donde la Palabra abre los corazones más cerrados y más duros; donde el poder del Espíritu, a través de las manos de los discípulos, se transforma en milagros; donde la pobreza no es obstáculo y ya no pide ser saciada, porque es el único camino, la única vía y bienaventuranza que nos hace disponibles para las maravillas de Dios. El camino fatigoso de la Iglesia -y el de cada uno de nosotros- está sometido a las mismas exigencias. La gracia se sirve, como de pasada, de las dotes humanas, pero no se apoya en ellas, ni se pone nunca en marcha a partir de ellas (A. Louf, Solo l’amore vi bastera Commento spirituale al Vangelo di Marco, Casale Maní. [Al] 1987, 138s).

Biblia Nácar-Colunga Comentada: La misión de los apóstoles.

Mc 6:6-13 (Mt 10:1-42; Lc 9:1-6-10)

Cf. Comentario a Mt 10:1-42.

Esta “misión” de los doce apóstoles la traen los tres sinópticos, aunque con mucha mayor extensión Mt. En realidad, Mt unió a ella una serie de instrucciones dirigidas por Cristo en otras ocasiones a los apóstoles en orden a la misión universal extrapalestina (Mt 10:17ss), como se ve por la perspectiva que les abre. Pero este pasaje de Mc tiene su correspondencia en la primera parte de Mateo (10:5-17) y en Lc (9:1-6), aunque también aquí el relato de Mc es más amplio.

Cristo, que asoció a los apóstoles a su obra, los comienza “enviando” de “dos en dos” por las ciudades, seguramente de Galilea. Así les permitía atender a un mayor número de gentes. La forma binaria en que los envía, les permitía ayudarse y tutelarse. Nadie podía sospechar de aquel que tiene un testigo. Repartidos en esta forma diseminada, impedía el provocar una reacción excitada, pero permitía hacer despertar más esta idea mesiánica, preparando su “venida.” Y les señaló el tema de la predicación, la conducta que debían seguir, y les acreditó con el poder que les confirió de hacer milagros.

Sin embargo, en Mc hay tres puntos que se han de precisar.

V.9. Dentro de las prohibiciones que les hace, les manda calzarse con “sandalias.” En cambio, en Mt se les prohibe esto. En Lc se omite. Podría tratarse de una simple citación “quoad sensum.” Se piensa si los primeros misioneros cristianos prescindieron de esto para competir con los apóstoles cínicos del medio helenístico. Se ha pensado que Mc, con esta inserción, querría corregir estos excesos ascéticos 5.

V.12. “(Los apóstoles) partieron y predicaron que se arrepintiesen” (ίνα μετανοώσιν). Tal como está esta redacción de Mc, parecería que el tema de la predicación eran sólo las disposiciones morales de los oyentes. En cambio, en Mt-Lc, el tema es: “Se acerca el Reino de los cielos.” Lo que incluye la actitud — respuesta moral — que ha de tenerse ante el mismo, que es lo que destaca Mc.

Pero, dado que los contextos son idénticos, el sentido de la frase de Mc es elíptico: es la rectitud moral, precisamente en orden a la digna recepción del Reino.

En otros pasajes, el tema de esta predicación se anuncia completo: “Arrepentíos, porque se acerca el Reino de Dios” (Mt 3:2; 4:17; Mc 1:15). Son citaciones que se matizan en función del tema, o que respetan las “fuentes.”

V.13. “Y ungiendo con óleo a muchos enfermos, los curaban.” El aceite era un remedio medicinal muy usado en la antigüedad 6. Su práctica en Oriente era usual7 hasta en nuestros días 8. Los apóstoles usan lo que era un remedio corriente. Pero en todo el contexto resalta que los apóstoles, que han recibido poderes taumatúrgicos, no los van a emplear como simple remedio medicinal. Es lo que parece más lógico. ¿Curaban todos a los que se lo aplicaban? No se dice. La frase general de Mc deja un amplio margen de valoración. Estas unciones tenían, al menos en muchos casos, valor instrumental de poder sobrenatural.

Naturalmente, se pensó en la analogía que este rito de curación pudiera tener con el rito sacramental de la “Unción de los enfermos.” Pero la finalidad directa por la que usan este rito los apóstoles en esta misión es taumatúrgica: para curar las enfermedades corporales milagrosamente, conforme al poder que Cristo les confirió. Ni los apóstoles tenían aún el poder de perdonar sacramentalmente los pecados (Jn 20:22-23). Por eso, no pasa esto de ser un preludio del sacramento de la Extremaunción. El concilio de Trento, al hablar de este sacramento, dice: “Fue instituida esta unción sagrada de los enfermos como verdadero y propio sacramento del Nuevo Testamento por Cristo Nuestro Señor, insinuado ya en Marcos (apud Marcum [Mc 6:13] quidem insinuatum) y por Santiago… promulgado. 9

La expulsión de los demonios los presentaba como ministros del Mesías, anunciando la llegada del Reino.

Rudolf Schnackenburg, El NT y Su Mensaje (Mc): Envío de los discípulos

Comentario para la lectura espiritual. Tomo 1. Herder (Barcelona), 1980, pp. 150-156.

A pesar de la incredulidad, que se ha puesto de manifiesto en la patria de Jesús, éste envía a los doce de dos en dos para que lleven su mensaje a todos los lugares de Galilea. Jesús no se deja engañar en su misión y da a los discípulos el encargo y potestad de actuar por doquier en su nombre. Este primer envío histórico de los doce viene a ser el modelo de cuantas misiones se le han encomendado a la Iglesia. La Iglesia, constituida después de pascua, hereda el encargo de reanudar la predicación y ministerio de Jesús y de realizarlos en el mundo.

Las fuerzas contrarias empiezan por encarnarse en el «rey» Herodes Antipas, que gobierna en Galilea y que ha hecho ejecutar al precursor de Jesús, Juan el Bautista. En el gran predicador penitencial se cumple el destino de los profetas; más aún, en la suerte que ha corrido este precursor mesiánico se anuncia ya la muerte que Dios ha dispuesto para el mismo Mesías (cf. 9,13).

Mas eso todavía no ha llegado y todavía el pueblo se agolpa sobre Jesús, quien considera su misión reunirle como Pastor mesiánico (6,34). Así se llega a la significativa multiplicación de los panes en el desierto. Mas Jesús no se llama a engaño, se aparta del pueblo y se revela a sus discípulos en una excursión por el mar. Los discípulos, sin embargo, no le comprenden ni entienden tampoco el sentido profundo de la convocatoria y alimentación del pueblo. El capítulo se cierra con un relato-compendio, que muestra a Jesús, al igual que hasta el presente, como el salvador del pueblo del que brotan las fuerzas salvadoras. Sigue incomprendido aquel en quien está presente la salvación de Dios.

a) Envío de los doce y consejos misioneros (6,66-13).

Es un relato antiguo que todavía conserva el colorido localista de Palestina. La observación introductoria sólo sirve para crear un marco: Jesús se encuentra en medio de su actividad docente en Galilea; pero sólo alcanza a un estrecho círculo de aldeas y quiere extender su actividad.

Para ello se sirve de los doce que había elegido con anterioridad (3,13-16) y los envía de dos en dos. El envío por parejas[47] era una costumbre habitual en el judaísmo . Con ello se les facilita la tarea a los discípulos; pero no sólo eso: deben ser también testigos que con su testimonio concorde confirmen el mensaje de Dios. Y en el caso de que los rechacen, actuarán también de testigos en el juicio de Dios contra todos aquello? que se negaron a su mensaje (v. 11).

No se trata únicamente de un envío a modo de sonda o de un episodio insignificante. Es ahora cuando los discípulos ejercen la función para la que Jesús los ha elegido (3,14s). Después de haber compartido durante un tiempo lo bastante largo la vida en común con Jesús, tienen que compartir ahora sus tareas y potestad. Los doce, representantes de Israel por voluntad de Jesús, tienen que llamar a la conversión al Israel de su tiempo y mostrarle la salvación escatológica (expulsiones de demonios, curaciones de enfermos); pero, si son rechazados, se convertirán ellos a su vez en mensajeros del juicio.

Para el evangelista y sus lectores, sin embargo, esta misión de los discípulos constituye el modelo de la misión que ha sido impuesta y confiada a la Iglesia. La misión es un acontecimiento salvador, una prolongación del ministerio de Jesús que enfrenta a los hombres con la gran decisión. Es una oferta de salvación en nombre de Dios, que sólo en caso de endurecimiento se trueca en juicio. El primer envío de los discípulos de Jesús constituye asimismo una admonición y el espejo en que debe mirarse la conciencia de los predicadores que vendrán después. Los consejos que Jesús dio a los doce conservan su sentido y valor para todos los futuros mensajeros de la fe y los obligan a reflexionar si desempeñan su cometido en el espíritu de Jesús.

Para el recorrido Jesús permitió a los discípulos un bastón, que casi resultaba imprescindible como protección, y unas sandalias sin las que no se podía caminar por el suelo pedregoso de Palestina. Lucas, menos familiarizado con las circunstancias palestinenses, prohibe incluso este equipaje (Le 9,3; 10,4). A Jesús lo que le interesa es el espíritu de simplicidad y de sobriedad. Los discípulos deben renunciar a todo lo superfluo, a las provisiones y a la bolsa, al vestido duplicado y al dinero. En las aldeas a las que lleguen deben buscar un hospedaje y no andar cambiando su cuartel de operaciones sin dejarse agasajar y mimar con exceso por las casas. Su principal deseo debe orientarse a la predicación. La renuncia a todo lo superfluo debe confirmar su mensaje: la salvación de Dios

llega para los pobres y los enfermos, aunque exige también la fe y la conversión. Quien no acoge a los emisarios de Dios se cierra a sí mismo el camino de la salvación, se enfrenta al juicio divino y será condenado por la declaración de sus testigos. En señal de que los mensajeros nada tienen en común con tales lugares, deben hasta sacudirse el polvo de los pies. Pese a lo desvalido de su aspecto externo, los discípulos son los enviados de Jesús, revestidos de su dignidad y fuerza.

La Iglesia primitiva comprendió que los consejos de Jesús, que en su momento tenían actualidad, no seguían obligando literalmente, como lo demuestran las suavizaciones que aparecen en Mateo y en Lucas. Lo que importaba era el espíritu de sencillez apostólica. Las palabras de Jesús, pronunciadas en las circunstancias concretas de un determinado momento histórico, necesitan una exposición y aplicación adecuadas al cambio de situación. Aunque no pueden mitigarse sus exigencias de cara a los predicadores; no se dice una palabra de un régimen de vida adecuado al rango. Por otra parte, tampoco se pide nada inhumano; la Iglesia primitiva ha conservado también estas palabras de Jesús: «El obrero merece su sustento (salario)» (Mt 10,10; L e 10,7; cf. I C o r 9,14). L a s comunidades deben proveer a las necesidades vitales de los predicadores.

En este aspecto hay que preguntarse también sobre la rapidez con que debía interrumpirse la predicación cuando los emisarios de Cristo tropezaban con la negativa de los habitantes. Cuando Jesús pronunció estas palabras se trataba de una situación histórica determinada, de una hora apremiante dentro del tiempo que Dios había señalado a Jesús. La situación actual del mundo, en el tiempo de la Iglesia, también parece haber cambiado desde el punto de vista de la historia de la salvación. La importancia y gravedad del anuncio de la salvación deben mantenerse. No puede darse la impresión de que se trata de una oferta que a nada compromete; después de la venida de Cristo, los hombres no son libres de volverse a cualquier religión o visión del mundo que se les brinde. Mas debemos también pensar que la humanidad de hoy no comparte los mismos presupuestos religiosos que el judaísmo del tiempo de Jesús, que estaba preparado para la venida del Mesías. En todo caso no tenemos que levantar la tienda antes de tiempo.

Una sola frase describe la puesta en práctica del encargo de Jesús, la actividad de sus enviados. Al igual que el Maestro sólo «proclamaban» la proximidad del Reino de Dios. Respecto al contenido sólo se menciona la exigencia de conversión, pues eso es lo más decisivo para tener parte en el reino de Dios (1,15). La predicación de la palabra va ligada, como en Jesús, a los signos de ese reino de Dios que irrumpe (1,27.39; 6,2). Los discípulos «expulsaban a muchos demonios» en los que se manifestaba el dominio de Satán (cf. 3,23-27) y curaban a muchos enfermos, otra señal de la llegada del tiempo de salvación. La unción con óleo es sólo una expresión externa de la curación de los enfermos, como lo era la imposición de manos por parte de Jesús (6,5). Para los judíos contaba sólo como un medio externo y debía llamar la atención de los discípulos sobre la salud que llega de Dios.

¿Obtuvieron los discípulos un gran éxito con esta misión? Tal es la impresión que podría sacarse; pero no se nos dice una sola palabra sobre el eco del ministerio de los discípulos ni sobre el número de convertidos. La continuación del relato evangélico más bien nos,hace pensar en un fracaso y, en todo caso, no hubo una abundante cosecha de fe como Jesús deseaba. Las opiniones del pueblo (6,14s; 8,28) no responden a las esperanzas de Jesús, y él se retira cada vez más de la gente. Marcos, sin embargo, ha escrito las últimas frases con la mirada puesta en la misión de la Iglesia primitiva para subrayar la fuerza del Evangelio y alentar a los misioneros. Ligando ambos elementos, el fracaso histórico y el discurso confortante, creeremos en la fuerza del reino de Dios sin forjarnos demasiadas esperanzas terrenas. La palabra de salvación es eficaz y la fuerza de Dios inquebrantable sólo con que cumplamos nuestro deber en obediencia y lealtad.


[47] La costumbre existía en el judaísmo, tanto para los mensajeros particulares —por ejemplo, los discípulos de una maestro de la ley— como para los emisarios oficiales. Se llamaba a los dos mensajeros «compañeros de yugo»; el portavoz de ambos debía tener junto a sí al compañero en confirmación de la verdad del mensaje. Cf. J. JEREMÍAS, Paanveise Sendung im Neuen Testament, en New Testament Essays (en homenaje a Th.W. Manson) publicados por A.J.B. HIOOINS, Manchester 1959, p. 136-143.

Salvador Carrillo, El evangelio según san Marcos: La Primera Misión

Verbo Divino (2008), pp. 113-114.

En estas circunstancias coloca Marcos el primer envío de los Doce.

7 Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.

El “llamamiento y la “misión” son dos actos importantes en el envío evangelizador. Jesús llama y envía a sus discípulos. Van de dos en dos. La tarea de la evangelización puede ser dura y difícil; por esta razón, la compañía de otro enviado será de gran ayuda.

El tema de la evangelización es “la venida del Reino de Dios y la conversión” (v. 12). Este feliz anuncio se adivina detrás de la expresión “dándoles poder sobre los espíritus inmundos”, pues la entrada del Reinado de Dios es la que echa fuera el reinado de Satanás.

8 Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; 9 sino: “Calzaos con sandalias y no vistáis dos túnicas”.

Se trata de la primera misión. Será breve y a lugares cercanos. No necesitan llevar nada superfluo: ni alforja (saco para comestibles), ni monedas, ni siquiera pan. Basta una túnica, sandalias y bastón; de lo material, lo mínimo es suficiente. En cambio, llevan poderes espirituales: ésos les bastarán. La evangelización o anuncio del Reino no se basa en apoyos materiales.

10 Y les dijo: “Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí.
11 Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos”.

Si las puertas de una casa se abren para el enviado, hay que aceptar la hospitalidad brindada al misionero. Pero si hay rechazo, no hay que llevarse nada de esa ciudad o casa, ni siquiera el polvo adherido a los pies. Éste era un gesto conocido en el mundo antiguo e indicaba ruptura (Hch 13,51).

12 Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; 13 expulsaban a muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

La misión fue un éxito. Los Doce predicaron, como Jesús, la conversión en vista de la llegada del Reino de Dios, y, como consecuencia, expulsaron a muchos demonios y sanaron a muchos enfermos, ungiéndolos con aceite. ¡Feliz primera experiencia de la predicación del Evangelio!

El sacramento de la unción de los enfermos, que se fundamenta en la epístola de Santiago (Sant 5,14-15), se ilustra con el texto de Marcos 6,13.

Fritzleo Lentzen-Deis, SJ, Comentario al Evangelio de Marcos: El envío de los Doce

Modelo de Nueva Evangelización. Verbo Divino (Navarra), 1998, pp. 190-196.

Mc 6,6b-13

Comienza aquí la tercera sección del Evangelio de Marcos (6,6b-8,26). Está encabezada por la enseñanza de Jesús (v. 6b) y por el envío de los Doce (v. 7). La «misión» significa que Jesús quería convertir al pueblo de Israel, pero de otra parte muestra los rasgos de pobreza y de autenticidad del final de los tiempos.

Explicación del texto

v. 6b: La actividad de Jesús en los alrededores de Nazaret sirve de ejemplo para el envío de los Doce.

v. 7: En forma de breve relato se informa de que Jesús envió a los Doce por parejas (cfr. «los Doce» Vocabularios y Diccionarios bíblicos), de igual manera como hizo con los primeros llamados (1,16-20).

Las citas de Dt 17,6; 19,15; Núm 35,30 permiten establecer que, de mucho tiempo atrás, los acontecimientos importantes eran confirmados al menos por dos testigos. En este caso, la compañía es importante para la mutua integración, la protección, el intercambio de experiencias y de trabajo (cfr. Jos 2,1; Am 3,3; Tob 5). Pero fue principalmente el ejemplo de Jesús el que creó la costumbre cristiana de ir por parejas en la predicación (Hch 13,2; 15,40; cfr. también Mt 18,20; Le 24,36). La autoridad para expulsar demonios se basa en Me 3,14-15.

vv. 8-9: Las provisiones y las instrucciones de comportamiento tienen una íntima relación con la situación del evangelio de Marcos y la proyectan a la época de Jesús. A diferencia de Mt 10,10 y Le 9,3; 10,4, en donde se prohiben el bastón y las sandalias, Jesús permite, según Marcos, un bordón -quizá para defenderse- y sandalias sencillas. Pero no se habla ni de monedas de plata ni de morral. Marcos piensa en un aprovisionamiento sencillo para el viaje. Jesús ni siquiera permite la ración diaria de «pan» y mucho menos el morral del viajero o monedas de cobre -monedas pequeñas- ni dos túnicas.

Los Doce deben partir con gran sobriedad. Esto forma parte de su mensaje; de esta manera su aparición produce conciliación y confianza en Dios que no abandona a sus pobres. La sobriedad confirma su desapego y su credibilidad.

La base de estas instrucciones es el ejercicio de la hospitalidad para con los hermanos de la misma religión. Los evangelios dan testimonio de la hospitalidad judía en Galilea y en el camino hacia Jerusalén. El crecimiento de la Iglesia primitiva se apoyaba en la hospitalidad de los cristianos en todas las regiones del Imperio romano.

vv. 10-11: La situación misionera posterior se insinúa también en el doble dicho de Jesús sobre el comportamiento de aquellos que son enviados en un lugar. Después de ser aceptados en una casa y de permanecer allí algún tiempo -seguramente para formar una comunidad- no deben trasladarse a otros lugares.

Sacudirse el polvo de los pies o de la túnica lo hacían los judíos cuando regresaban de tierras paganas a Israel. Este gesto simboliza la renuncia a la impureza que estaba adherida al polvo de la tierra. Aquí se explica además aquello de «en testimonio contra ellos» (Me 1,44); es decir, la falta de voluntad para escuchar, que será presentada contra ellos en el juicio ante Dios.

vv. 12-13: Efectivamente los Doce llevan a cabo esta predicación de conversión. Para confirmarla expulsan demonios y hacen curaciones; sin embargo, lo hacen de modo diferente a Jesús, pues emplean aceite, que era un medicamento popular en esa época.

Pautas de acción

En la gran sección 6,6b-8,26 se determina más exactamente la tarea de los Doce. Tarea a la que corresponde una actitud interior, descrita ya aquí en 6,6b-13 con las indicaciones de Jesús. Las instrucciones para la acción de todos los demás textos que siguen se deben relacionar entre sí. Algunos acontecimientos se «repiten», obligando al lector a releer y profundizar el mensaje (cfr. 8,14-21); pues el evangelista quiere insistir en algunas actitudes y acciones que debe poner en práctica el anunciador del evangelio, en este caso todo cristiano.

En el texto de 6,6b-13 Marcos determina, con mayor precisión para su comunidad, el aprovisionamiento de los discípulos, añadiendo a la instrucción de Jesús (cfr. Mt 10,9-10; Le 9,3) «bastón» y «sandalias» (w. 8-9). En los w. 10-11 se usan llamados directos, que hacen que las palabras de Jesús se entiendan más fácilmente en la época del evangelista. De esta manera se ayuda a los lectores a adecuar la instrucción de Jesús, lo más apropiadamente posible, a su situación. Esto hace que los lectores puedan identificarse con los discípulos en viaje de misión (I) o con los oyentes que acogen su mensaje (II).

I. Los lectores continúan la obra de Jesús y de los discípulos.

No hay mensaje sin mensajero.

Como la actividad de Jesús es ejemplo para el envío de los discípulos, todos los relatos del evangelio se consideran como una posterior explicación. Aquí se mencionan reglas fundamentales de la presencia de Jesús y de sus discípulos. Quien las sigue puede continuar la acción de Jesús con credibilidad.

1. Jesús envió a los Doce de dos en dos. Los discípulos no deben trabajar solos, sino al menos de dos en dos; es decir, deben salir a predicar en comunidad.

2. No deben predicar solamente con palabras sino que, como Jesús mismo y según las posibilidades, deben curar a las personas enfermas y oprimidas, liberarlas de las opresiones y ayudarlas a su libre desarrollo y promoción (cfr. 1,23- 28).

3. Las advertencias de Jesús en el sentido de proveerse con mucha sencillez, con sobriedad y pobreza, exigen siempre a los lectores decidir cómo pueden hacer presente el reino de Dios en su tiempo, con credibilidad y ejemplaridad; sin buscar el propio provecho, sin pretender dinero o bienes, sin ansia de poder o sin abusar de la autoridad que Dios les ha dado (cfr. 4,18s; 8,14-21); de este modo pueden hacer presente el efecto liberador del reino.

4. Con palabras textuales -como disposición directa de Jesús- se insiste en que los discípulos que actúan por tiempo prolongado en un lugar, deben mostrarse moderados y agradecidos para con sus anfitriones. Quien es aceptado en la «casa» como huésped, debe convertirse en una bendición para esa casa y comportarse sobriamente. Parece que Marcos piensa también en las «comunidades domésticas» como puntos de apoyo para la asistencia espiritual de la ciudad.

5. Los mensajeros de Jesús deben correr el riesgo del rechazo y aceptarlo de buena voluntad. No obstante, cuando esto sucede, deben destacar la gravedad del rechazo.

II. Los lectores como anfitriones de Jesús y de sus discípulos.

Cuando se acoge, se recibe mensaje y mensajeros.

1. Jesús envió a los Doce, personalmente elegidos por él. Ellos garantizan y representan de manera especial el Evangelio, pues constituyen el fundamento de la Iglesia de Marcos. Los lectores son llamados a relacionarse y a confrontarse con este grupo.

2. La prohibición de llevar alimentos y una gran provisión exige forzosamente la existencia de una institución para el sustento de los mensajeros. Esa institución era, en Galilea y en las regiones antiguas del Mediterráneo, la hospitalidad activamente practicada. Quien recibe a estos huéspedes experimenta el poder liberador del mensaje de Jesús. Donde son aceptados se produce la conversión y curación auténticas del cuerpo y del alma.

3. Quien acepta a los enviados de Jesús, en su sencillez y sobriedad, se ve desafiado a liberarse también a sí mismo del ansia de riqueza.

4. Los cristianos que aceptan a los mensajeros pueden contar con su sobriedad y agradecimiento. No se debe presentar ninguna disputa por el alojamiento. Quien primero los acepta, no debe ser luego privado de ese honor. A los oyentes de Marcos se los llama para que examinen siempre si su comunidad es digna de confianza y fiel a sus principios de apertura y hospitalidad.

5. No aceptar a los mensajeros y no escucharlos significa una cuestión seria que pone en tela de juicio el destino final del hombre. Un rechazo de los mensajeros se convierte en acusación al momento del juicio final; es decir, los oyentes tienen que aceptar la predicación de los Doce a causa de su propia salvación.

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