Mc 6, 34-44: Primera multiplicación de los panes

El Texto

34 Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. 35 Era ya una hora muy avanzada cuando se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. 36 Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer.» 37 El les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos le dicen: «¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?» 38 El les dice: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.» Después de haberse cerciorado, le dicen: «Cinco, y dos peces.» 39 Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos sobre la verde hierba. 40 Y se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta. 41 Y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los discípulos para que se los fueran sirviendo. También repartió entre todos los dos peces. 42 Comieron todos y se saciaron. 43 Y recogieron las sobras, doce canastos llenos y también lo de los peces. 44 Los que comieron los panes fueron cinco mil hombres.

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Teofilacto

34. Así, nosotros no debemos esperar a que nos llame Cristo, sino que debemos anticiparnos para llegar a El. “En desembarcando -prosigue- vio Jesús el gentío, y enterneciéndose”, etc. Los fariseos no alimentaban al pueblo, sino que le devoraban como lobos rapaces; por esto se reúnen en torno a Cristo, verdadero Pastor que les da el alimento espiritual, esto es, la palabra de Dios. “Y así se puso a instruirlos en muchas cosas”. Viendo quebrantados por lo largo del camino a los que le seguían con motivo de sus milagros, compadecido de ellos quiso satisfacer su deseo enseñándoles.

35-37. Anteponiendo el Señor lo que es más útil, a saber, el alimento de la palabra de Dios, dio después también el corporal a aquella multitud de gente. A esta narración llega el evangelista diciendo: “Pero haciéndose ya muy tarde, se llegaron a El sus discípulos, y le dijeron: Este es un lugar desierto”.

Observaremos cómo progresan los discípulos de Cristo en su caridad hacia los hombres; pues se acercan a Cristo compadecidos de aquella muchedumbre, para interceder por ella. Pero el Señor quiso ver si creían que su poder llegaba hasta dar de comer a tanta gente. “Mas El les respondió: Dadles vosotros de comer”.

Pero los discípulos le argumentaban como si El ignorase lo que les era necesario para dar de comer a semejante multitud de gentes; y así, responden turbados: “Iremos a comprar pan por doscientos denarios”, etc.

39-40. “les mandó que se acomodaran todos por grupos…” Con esto se da a entender que fueron separados en grupos, porque la frase según los grupos se repite en griego, y se traduce por grupos y grupos.
“Después, tomados los cinco panes”, etc.

41. Mira también al cielo, para enseñarnos a pedir a Dios nuestro sustento, y no al diablo, como hacen los que se alimentan de trabajos censurables. Enseña igualmente a la gente de este modo que no es contrario a Dios, sino que le ruega. Da el pan a sus discípulos para que le repartan, a fin de que, teniéndole entre las manos, se vea el milagro sin ningún tipo de duda. “Y todos comieron -continúa- y se saciaron”, etc. Quedaron doce cestas de pedazos, para que, llevando cada apóstol una de ellas, apareciese el milagro inefable. Y era -en efecto- obra de un poder superabundante, no sólo dar de comer a tantos hombres, sino hacer que además sobrara tanto. Porque aunque Moisés daba el maná, daba según la necesidad de cada uno, y el resto empezaba a hervir de gusanos (Ex 16). Igualmente Elías, alimentando a la viuda, le daba lo que le era necesario (1Re 17). Pero Jesús, como Señor, obra sobreabundantemente.

…Los dos peces son los escritos de los pescadores, esto es, las epístolas y el Evangelio.

Beda

34. San Mateo dice (cap. 14), que curó a los que entre ellos estaban enfermos; que la verdadera compasión hacia los pobres consiste en abrirles por la enseñanza el camino de la verdad y librarlos de los padecimientos corporales.

Habiendo dejado la Sinagoga en el desierto, han encontrado los santos predicadores de la Iglesia -que fueron afligidos con el trabajo de las tribulaciones entre los judíos- el descanso entre los gentiles por la gracia de la fe que les han conferido.

Al dirigirse Cristo al desierto de las naciones, una multitud de grupos de fieles le sigue, abandonando el lugar de su antigua vida.

35. “Era ya una hora muy avanzada…” Las palabras hora multa significan la tarde, y por esto dice San Lucas: “Había empezado a declinar el día” (Lc 9,12).

37-38. “Dadles vosotros de comer…” Diciendo esto, hace que los apóstoles partan el pan, a fin de que, sabiendo ellos que no había casi nada, fuese más notable la grandeza del milagro.

En sentido místico, da de comer el Señor a la muchedumbre a la caída de la tarde, porque al acercarse el fin de los siglos, o cuando se ponga para nosotros el Sol de Justicia, seremos salvados de la enfermedad del hambre. Llama a los apóstoles a partir el pan, para enseñarles que han de alimentar diariamente nuestros corazones, que están en ayunas, con sus escritos y su ejemplo. Los cinco panes figuran los cinco libros de la Ley mosaica, y los dos peces los Salmos y los Profetas.

Porque así como son cinco los sentidos del hombre exterior, los cinco mil que siguen al Señor son una figura de los que, viviendo todavía la vida del mundo, supieron usar bien de las cosas exteriores.

39-44. Comen el alimento del Señor sentados sobre el heno aquellos que, venciendo con la continencia toda concupiscencia, se consagran a oír y cumplir la palabra de Dios. No crea el Salvador alimentos nuevos, porque viniendo en la carne, no predica otra cosa que lo que se ha predicado; pero demuestra cuán llenos de los misterios de la gracia están los escritos de la ley y los profetas. Mira el cielo para enseñarnos que es allí donde debemos buscar la luz; parte el pan y se le da a sus discípulos para que le repartan entre las gentes, porque ha manifestado los misterios de la profecía a los santos doctores para que la prediquen por todo el mundo. Lo que sobra a las gentes lo toman los discípulos, porque no se han de abandonar los sagrados misterios, que no pueden comprender los hombres ignorantes, y que han de indagar los perfectos. Por las doce cestas se figuran los doce apóstoles y los doctores que han de seguirlos, llenas con los restos del alimento de salud, aunque despreciables por fuera a los ojos de los hombres, porque es sabido que en las cestas suelen llevarse las cosas de las que hay necesidad para el servicio.

Pseudo – Jerónimo

43. O bien se reunirán las doce cestas llenas con los restos, cuando se sienten los apóstoles sobre los tronos para juzgar a las doce tribus de Israel, que son los restos de Abraham, de Isaac y de Jacob, época en que será salvado el resto de Israel.

San Agustín, De cons. Evang., lib. 2, cap. 46

37-44. “¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” Felipe es el que, según San Juan (cap. 6) responde así; pero San Marcos, dice que fueron todos los discípulos los que respondieron de este modo, queriendo darnos a entender que contestó Felipe en nombre de todos los demás; aunque pudo poner el plural por el singular, según una costumbre muy frecuente. “Díjoles Jesús: ¿Cuántos panes tenéis? Id y miradlo”. Los demás evangelistas omitieron este detalle. “Habiéndolo visto, le dicen: Cinco y dos peces”. Lo que, según San Juan (cap. 6.), dice Andrés de los cinco panes y dos peces, los otros evangelistas -poniendo el plural por el singular-, lo dicen de todos los discípulos. “Entonces les mandó que hiciesen sentar”, etc. Que San Lucas diga que les mandaron echarse por grupos de cincuenta, y San Marcos que de cincuenta y de cien, esto nada significa, porque uno ha podido referirse a parte del hecho, y el otro a todo él; o lo que es lo mismo: el que dice por grupos de cien refiere lo que omite el otro.

San Juan Crisóstomo, homilia in Matthaeum, hom. 49

41. Levantó los ojos al cielo, porque, recibiendo los judíos el maná en el desierto, osaron decir de Dios: “¿Por ventura podría Dios preparar una mesa en el desierto?” (Sal 77,20). Y, para que así no suceda, refiere al Padre lo que va a realizar antes de hacerlo.

San Gregorio Magno, Moralia, 16, 23

39-40. Los diversos grupos de convidados significan las diferentes iglesias, que hacen una sola Iglesia católica. El descanso del jubileo se contiene misteriosamente en el número cincuenta, cuyo número repetido dos veces da cien. Se sientan a comer unos en número de cincuenta y otros de cien, porque antes se descansa de la obra mala, para que después descanse del todo el hombre en el conocimiento de Dios.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el evangelio de Mateo, n° 49, 1-3

La multiplicación de los panes

Observemos el abandono confiado de los discípulos a la providencia de Dios en las necesidades más grandes de la vida y su desprecio hacia una existencia lujosa: eran doce y tenían sólo cinco panes y dos peces. No se preocupaban de las cosas del cuerpo; se dedicaban con celo a las cosas del alma. Es más, no guardaron para ellos estas provisiones: se las dieron en seguida al Salvador cuando se las pidió. Aprendamos de este ejemplo, a compartir lo que nosotros tenemos con los que están necesitados, aunque tengamos poco. Cuando Jesús les pide los cinco panes, no dicen: “¿qué nos quedará para más tarde? ¿De dónde sacaremos lo que nos hace falta a nosotros?” Obedecen en seguida…

Tomando pues los panes, el Señor los partió y les confió a los discípulos el honor de distribuirlos. No quería solo honrarlos con este santo servicio, sino que quería que participaran en el milagro, para que fueran testigos bien convencidos y no olvidaran lo que habían visto con sus ojos… Por ellos hace sentar a la gente y distribuye el pan, con el fin de que cada uno de ellos pueda dar testimonio del milagro que se realizó entre sus manos…

Todo en este acontecimiento – el lugar desierto, la tierra desnuda, poco pan y pescado, la distribución de las cosas sin preferencia, cada uno que tiene tanto como su vecino – todo esto nos enseña la humildad, la frugalidad, y la caridad fraterna.

También amarnos unos otros, tenerlo todo en común entre los que sirven al mismo Dios, es lo que nos enseña nuestro Salvador aquí.

Benedicto XVI

Homilía en la Vigilia Pascual (extracto), el 11-04-2009

En la Vigilia Pascual, la Iglesia representa el misterio de luz de Cristo con el signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El simbolismo de la luz se relaciona con el del fuego: luminosidad y calor, luminosidad y energía transformadora del fuego: verdad y amor van unidos. El cirio pascual arde y, al arder, se consume: cruz y resurrección son inseparables. De la cruz, de la autoentrega del Hijo, nace la luz, viene la verdadera luminosidad al mundo. Todos nosotros encendemos nuestras velas del cirio pascual, sobre todo las de los recién bautizados, a los que, en este Sacramento, se les pone la luz de Cristo en lo más profundo de su corazón. La Iglesia antigua ha calificado el Bautismo como fotismos, como Sacramento de la iluminación, como una comunicación de luz, y lo ha relacionado inseparablemente con la resurrección de Cristo. En el Bautismo, Dios dice al bautizando: «Recibe la luz». El bautizando es introducido en la luz de Cristo. Ahora, Cristo separa la luz de las tinieblas. En Él reconocemos lo verdadero y lo falso, lo que es la luminosidad y lo que es la oscuridad. Con Él surge en nosotros la luz de la verdad y empezamos a entender. Una vez, cuando Cristo vio a la gente que había venido para escucharlo y esperaba de Él una orientación, sintió lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). Entre las corrientes contrastantes de su tiempo, no sabían dónde ir. Cuánta compasión debe sentir Cristo también en nuestro tiempo por tantas grandilocuencias, tras las cuales se esconde en realidad una gran desorientación. ¿Dónde hemos de ir? ¿Cuáles son los valores sobre los cuales regularnos? ¿Los valores en que podemos educar a los jóvenes, sin darles normas que tal vez no aguantan o exigirles algo que quizás no se les debe imponer? Él es la Luz. El cirio bautismal es el símbolo de la iluminación que recibimos en el Bautismo. Así, en esta hora, también san Pablo nos habla muy directamente. En la Carta a los Filipenses, dice que, en medio de una generación tortuosa y convulsa, los cristianos han de brillar como lumbreras del mundo (cf. Ph 2,15). Pidamos al Señor que la llamita de la vela, que Él ha encendido en nosotros, la delicada luz de su palabra y su amor, no se apague entre las confusiones de estos tiempos, sino que sea cada vez más grande y luminosa, con el fin de que seamos con Él personas amanecidas, astros para nuestro tiempo.

Catequesis en la audiencia general, el 14-04-2010

Munus docendi (el oficio de enseñar)

En este periodo pascual, que nos conduce a Pentecostés y que nos encamina también a las celebraciones de clausura de este Año Sacerdotal, programadas para el 9, 10 y 11 de junio próximo, quiero dedicar aún algunas reflexiones al tema del Ministerio ordenado, comentando la realidad fecunda de la configuración del sacerdote a Cristo Cabeza, en el ejercicio de los tria munera que recibe, es decir, de los tres oficios de enseñar, santificar y gobernar.

Para comprender lo que significa que el sacerdote actúa in persona Christi Capitis —en la persona de Cristo Cabeza—, y para entender también las consecuencias que derivan de la tarea de representar al Señor, especialmente en el ejercicio de estos tres oficios, es necesario aclarar ante todo lo que se entiende por «representar». El sacerdote representa a Cristo. ¿Qué quiere decir «representar» a alguien? En el lenguaje común generalmente quiere decir recibir una delegación de una persona para estar presente en su lugar, para hablar y actuar en su lugar, porque aquel que es representado está ausente de la acción concreta. Nos preguntamos: ¿El sacerdote representa al Señor de la misma forma? La respuesta es no, porque en la Iglesia Cristo no está nunca ausente; la Iglesia es su cuerpo vivo y la Cabeza de la Iglesia es él, presente y operante en ella. Cristo no está nunca ausente; al contrario, está presente de una forma totalmente libre de los límites del espacio y del tiempo, gracias al acontecimiento de la Resurrección, que contemplamos de modo especial en este tiempo de Pascua.

Por lo tanto, el sacerdote que actúa in persona Christi Capitis y en representación del Señor, no actúa nunca en nombre de un ausente, sino en la Persona misma de Cristo resucitado, que se hace presente con su acción realmente eficaz. Actúa realmente y realiza lo que el sacerdote no podría hacer: la consagración del vino y del pan para que sean realmente presencia del Señor, y la absolución de los pecados. El Señor hace presente su propia acción en la persona que realiza estos gestos. Estos tres oficios del sacerdote —que la Tradición ha identificado en las diversas palabras de misión del Señor: enseñar, santificar y gobernar— en su distinción y en su profunda unidad son una especificación de esta representación eficaz. Esas son en realidad las tres acciones de Cristo resucitado, el mismo que hoy en la Iglesia y en el mundo enseña y así crea fe, reúne a su pueblo, crea presencia de la verdad y construye realmente la comunión de la Iglesia universal; y santifica y guía.

El primer oficio del que quisiera hablar hoy es el munus docendi, es decir, el de enseñar. Hoy, en plena emergencia educativa, el munus docendi de la Iglesia, ejercido concretamente a través del ministerio de cada sacerdote, resulta particularmente importante. Vivimos en una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de dónde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, cómo debemos vivir, cuáles son los valores realmente pertinentes. Con respecto a todo esto existen muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir, porque normalmente ya no sabemos de qué y para qué hemos sido hechos y a dónde vamos. En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). El Señor hizo esta constatación cuando vio los miles de personas que le seguían en el desierto porque, entre las diversas corrientes de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura, qué decía Dios. El Señor, movido por la compasión, interpretó la Palabra de Dios —él mismo es la Palabra de Dios—, y así dio una orientación. Esta es la función in persona Christi del sacerdote: hacer presente, en la confusión y en la desorientación de nuestro tiempo, la luz de la Palabra de Dios, la luz que es Cristo mismo en este mundo nuestro. Por tanto, el sacerdote no enseña ideas propias, una filosofía que él mismo se ha inventado, encontrado, o que le gusta; el sacerdote no habla por sí mismo, no habla para sí mismo, para crearse admiradores o un partido propio; no dice cosas propias, invenciones propias, sino que, en la confusión de todas las filosofías, el sacerdote enseña en nombre de Cristo presente, propone la verdad que es Cristo mismo, su palabra, su modo de vivir y de ir adelante. Para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de sí mismo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16); es decir, Cristo no se propone a sí mismo, sino que, como Hijo, es la voz, la Palabra del Padre. También el sacerdote siempre debe hablar y actuar así: «Mi doctrina no es mía, no propago mis ideas o lo que me gusta, sino que soy la boca y el corazón de Cristo, y hago presente esta doctrina única y común, que ha creado a la Iglesia universal y que crea vida eterna».

Este hecho, es decir, que el sacerdote no inventa, no crea ni proclama ideas propias en cuanto que la doctrina que anuncia no es suya, sino de Cristo, no significa, por otra parte, que sea neutro, casi como un portavoz que lee un texto que quizá no hace suyo. También en este caso vale el modelo de Cristo, que dijo: «Yo no vengo de mí mismo y no vivo para mí mismo, sino que vengo del Padre y vivo para el Padre». Por ello, en esta profunda identificación, la doctrina de Cristo es la del Padre y él mismo es uno con el Padre. El sacerdote que anuncia la palabra de Cristo, la fe de la Iglesia y no sus propias ideas, debe decir también: yo no vivo de mí y para mí, sino que vivo con Cristo y de Cristo, y por ello lo que Cristo nos ha dicho se convierte en mi palabra aunque no es mía. La vida del sacerdote debe identificarse con Cristo y, de esta forma, la palabra no propia se convierte, sin embargo, en una palabra profundamente personal. San Agustín, sobre este tema, hablando de los sacerdotes, dijo: «Y nosotros, ¿qué somos? Ministros (de Cristo), sus servidores; porque lo que os distribuimos no es nuestro, sino que lo sacamos de su reserva. Y también nosotros vivimos de ella, porque somos siervos como vosotros» (Discurso 229/e, 4).

La enseñanza que el sacerdote está llamado a ofrecer, las verdades de la fe, deben ser interiorizadas y vividas en un intenso camino espiritual personal, para que así realmente el sacerdote entre en una profunda comunión interior con Cristo mismo. El sacerdote cree, acoge y trata de vivir, ante todo como propio, lo que el Señor ha enseñado y la Iglesia ha transmitido, en el itinerario de identificación con el propio ministerio del que san Juan María Vianney es testigo ejemplar (cf. Carta para la convocatoria del Año sacerdotal). «Unidos en la misma caridad —afirma también san Agustín— todos somos oyentes de aquel que es para nosotros en el cielo el único Maestro» (Enarr. in PS 131, 1, 7).

La voz del sacerdote, en consecuencia, a menudo podría parecer una «voz que grita en el desierto» (Mc 1,3), pero precisamente en esto consiste su fuerza profética: en no ser nunca homologado, ni homologable, a una cultura o mentalidad dominante, sino en mostrar la única novedad capaz de realizar una renovación auténtica y profunda del hombre, es decir, que Cristo es el Viviente, es el Dios cercano, el Dios que actúa en la vida y para la vida del mundo y nos da la verdad, la manera de vivir.

En la preparación esmerada de la predicación festiva, sin excluir la ferial, en el esfuerzo de formación catequética, en las escuelas, en las instituciones académicas y, de manera especial, a través del libro no escrito que es su propia vida, el sacerdote es siempre «docente», enseña. Pero no con la presunción de quien impone verdades propias, sino con la humilde y alegre certeza de quien ha encontrado la Verdad, ha sido aferrado y transformado por ella, y por eso no puede menos de anunciarla. De hecho, el sacerdocio nadie lo puede elegir para sí; no es una forma de alcanzar seguridad en la vida, de conquistar una posición social: nadie puede dárselo, ni buscarlo por sí mismo. El sacerdocio es respuesta a la llamada del Señor, a su voluntad, para ser anunciadores no de una verdad personal, sino de su verdad.

Queridos hermanos sacerdotes, el pueblo cristiano pide escuchar de nuestras enseñanzas la genuina doctrina eclesial, que les permita renovar el encuentro con Cristo que da la alegría, la paz, la salvación. La Sagrada Escritura, los escritos de los Padres y de los Doctores de la Iglesia, el Catecismo de la Iglesia católica constituyen, a este respecto, puntos de referencia imprescindibles en el ejercicio del munus docendi, tan esencial para la conversión, el camino de fe y la salvación de los hombres. «Ordenación sacerdotal significa: ser sumergidos (…) en la Verdad» (Homilía en la Misa Crismal, 9 de abril de 2009), esa Verdad que no es simplemente un concepto o un conjunto de ideas que transmitir y asimilar, sino que es la Persona de Cristo, con la cual, por la cual y en la cual vivir; así, necesariamente, nace también la actualidad y la comprensibilidad del anuncio. Sólo esta conciencia de una Verdad hecha Persona en la encarnación del Hijo justifica el mandato misionero: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16,15). Sólo si es la Verdad está destinado a toda criatura, no es una imposición de algo, sino la apertura del corazón a aquello por lo que ha sido creado.

Queridos hermanos y hermanas, el Señor ha confiado a los sacerdotes una gran tarea: ser anunciadores de su Palabra, de la Verdad que salva; ser su voz en el mundo para llevar aquello que contribuye al verdadero bien de las almas y al auténtico camino de fe (cf. 1Co 6,12). Que san Juan María Vianney sea ejemplo para todos los sacerdotes. Era hombre de gran sabiduría y fortaleza heroica para resistir a las presiones culturales y sociales de su tiempo a fin de llevar las almas a Dios: sencillez, fidelidad e inmediatez eran las características esenciales de su predicación, transparencia de su fe y de su santidad. Así el pueblo cristiano quedaba edificado y, como sucede con los auténticos maestros de todos los tiempos, reconocía en él la luz de la Verdad. Reconocía en él, en definitiva, lo que siempre se debería reconocer en un sacerdote: la voz del buen Pastor.

Juan Pablo II

Homilía (extracto), en Uruguay el 09-05-1988

[…]8. La lectura de hoy, tomada del Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús que siente compasión por la muchedumbre, y que realiza la multiplicación de los panes.

Nos dice el texto sagrado que, cuando se hizo tarde, se acercaron los discípulos de Jesús a decirle: “Despídelos…, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer” (Mc 6,36). El Señor respondió: “Dadles vosotros de comer” (Ibíd. 6, 37). Y cuando se vio que las provisiones eran insuficientes, Cristo tomó lo poco que tenían, mandó que se sentaran todos sobre la hierba y se produjo el milagro: cinco panes y dos peces fueron suficientes para saciar el hambre de cinco mil hombres (cf. Ibíd. 6, 44). San Marcos añade que sobraron “doce cestos de pan y de… peces” (Ibíd. 6, 43).

Este acontecimiento es un testimonio elocuente de que la preocupación por el pan para el hombre acompaña siempre a la evangelización. Y el pan es símbolo de sus necesidades temporales. La Iglesia ha entendido así la evangelización a lo largo de la historia y, por eso, junto con la proclamación de la Buena Nueva, se emprendían iniciativas que buscaban satisfacer tales necesidades. Como bien señalaba mi predecesor Pablo VI, de feliz memoria, «evangelizar para la Iglesia es llevar la Buena Nueva a todos los estratos de la humanidad, es, con su influjo, transformar desde dentro, hacer nueva la humanidad misma: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5)» (Evangelii Nuntiandi EN 18).

La nueva evangelización, impulsada por el mandamiento del amor, hará brotar la deseada promoción de la justicia y el desarrollo en su sentido más pleno, así como la justa distribución de las riquezas y el respeto de la dignidad de la persona, como imperativo ineludible para todos y cada uno de los uruguayos. Y “en este empeño –como he indicado en la Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” –deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a anunciar a los pobres la Buena Noticia…, a proclamar la liberación de los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19)” (Sollicitudo Rei Socialis SRS 47).

Dios, en efecto, ha amado tanto al mundo que le dio su Hijo unigénito “para que el mundo se salve por El” (Jn 3,17). El Hijo de Dios se ha dado a sí mismo para restituir al hombre la belleza de la imagen y de la semejanza de Dios. En la Cruz de Cristo y en su resurrección encuentra su fuente el “Evangelio de los pobres” y el “pan de la Eucaristía”, así como la fuerza curativa del Sacramento de la Reconciliación, “para vendar los corazones desgarrados” (Is 61,1).

Y, por más que en el camino de la evangelización a lo largo de la historia de la Iglesia –también en este continente– no falten las huellas propias de la debilidad y del pecado del hombre –del pecado multiforme–, a pesar de todo, elevemos nuestros ojos con gratitud a Aquel que nos “amó hasta el extremo” (Jn 13,1), y nos ha revestido con el manto de salvación (cf. Is Is 61,10). Démosle gracias por el amor, por la redención, por la Alianza con Dios en su Sangre. Por la fe y por la vida de fe. Agradezcamos al Señor los cinco siglos de evangelización en toda la América Latina.

¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!

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