Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23: Lo puro y lo impuro

Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Nada en sí es puro o impuro

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1154-1155.

Un caso concreto de la liberación frente a la ley se refiere al problema de las prescripciones concernientes a la pureza y la impureza. La relación puro-impuro es correlativa a la relación sagrado-profano. Parece que el verbo hebreo “santificar” (consagrar) significaba originalmente “separar”, o sea introducir una escisión entre lo sagrado y lo profano. En esto, el AT comparte, modificándola y purificándola ampliamente, la visión clásica de las grandes religiones respecto a la localización de lo sagrado, según lo cual habría ciertos espacios, ciertas zonas, ciertos ambientes que a priori están ya marcados por la presencia de lo “numinoso” y de lo “tremendo”, mientras que más allá de las fronteras de lo sagrado empieza el ámbito de lo profano. Sin embargo, en el A T lo profano no es necesariamente antisagrado; y por eso, para pasar de una zona impura, aun dentro de los confines de lo sagrado, hay que pasar por un proceso de “purificación”, porque si no se haría uno culpable de sacrilegio.

Ya el judaísmo helenista, aun conservando el antiguo concepto de pureza limitado al rito y al culto, se mostraba claramente inclinado a espiritualizarlo, dando mayor importancia al lado ético y espiritual que al ritual.

He aquí una nueva confirmación de nuestra hipótesis sobre el origen judeo-helenista del segundo evangelio.

A este propósito, Jesús difiere de los mismos profetas y de la propia espiritualidad judeo-helenista. Según él, no basta superar, sublimándolo, el antiguo concepto de pureza ritual, sino que hay que rechazarlo en sus presupuestos fundamentales. Precisamente esta distinción entre una esfera religiosa, divina, de la vida y una esfera cotidiana, que no pertenece a Dios, es totalmente rechazada. Al afirmar que las “cosas” del mundo no son nunca impuras, sino que lo llegan a ser sólo a través del corazón de los hombres, la comunidad de Jesús ha mantenido la fe en la bondad de la creación frente a una tendencia ascética que miraba de reojo la propia creación de Dios. 

En una palabra, Jesús condena lo que podríamos llamar el “automatismo” de la ampliación de la ley, o sea la búsqueda privilegiada de ciertas zonas de refugio (la ley entendida en sentido tradicional) que bastaría alcanzar para sentirse inmediatamente salvos. No hay apriorismos sagrados, o sea no basta que una persona, un lugar, una casa hayan sido consagrados a Dios, para que se hagan automáticamente sagrados e intocables. La única santificación posible viene a posteriori, cuando el hombre libre y conscientemente asume una conducta conforme a la voluntad de Dios.

En otras palabras: no hay nada sagrado o profano, puro o impuro en sí. La creación es “secular”: puede ser profana y puede ser sagrada. Sacralidad y pureza vienen al hombre y al mundo únicamente a través del canal del dialogo entre Dios y el hombre. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Discusión sobre las tradiciones rabínicas. 7:1-13 (Mt 15:1-20).

Tratan este tema Mc-Mt. La narración de Mc es más extensa, sobre todo por razón de la explicación que hace de ciertos usos judíos a los lectores gentiles (v.2-4). Los puntos característicos de la narración de Mc son los siguientes:

V.l. Los “escribas” venidos de Jerusalén eran “algunos.” El número de éstos está restringido con relación a los fariseos venidos. Acaso vienen, como especialmente técnicos en la Ley, para garantizar la obra de espionaje, o para completar esta representación de espionaje enviada, más o menos oficiosamente, por el Sanedrín, o al menos con su implícita complacencia (Jn 1:19.22).

V.3-4. Mc explica a los lectores lo que significaban estos usos en la mentalidad judía y en la preceptiva rabínica. Se expone en el Comentario a Mt 15:2ss.

V.2. “Comer pan” es hebraísmo para expresar la comida (v.34; cf. Mt 15:2).

V.2.5. “Comer con las manos impuras.” Manos “impuras,” literalmente “manos comunes” (χοιναΤς) para todo, es equivalente al calificativo rabínico khol, y significa profano, impuro (Act 10:14-28; 11:8; Rom 14:14; Heb 10:29) 1.

V.3. Una expresión de este versículo es oscura: “Los fariseos y los judíos, si no se lavan (πυγμτ)) las manos,” etc. Esta expresión griega es discutible. Se ha propuesto: a) lavarse las manos frotando con el puño, es decir, fuertemente, diligentemente ; o “meticulosamente,” como hace la Peshitta ; b) la Vulgata y el códice sinaítico lo traducen por “frecuente” (πύχνα) como sinónimo, y por influjo de Lc 5:33, en la Vulgata; c) con el “puño” cerrado, indicando la juntura de los dedos para purificarlos ; d) podría tener, como en otros casos, un sentido más amplio: sería lavarse no sólo las manos, sino el antebrazo: del puño o dedos al codo ; e) con abundante agua, que había de ser recogida en un recipiente con la mano (πυγμ).

V.13b. Mc no sólo recoge un caso concreto de “korbán” como motivo de censura, por anular la ley de Dios por las “tradiciones” de los hombres, sino que alude a otra perspectiva mayor: “Y hacéis otras muchas cosas por el estilo.”

V.8-10. Es muy fuerte la contraposición de lo que legisló Moisés y la “tradición” humana. Aquello tiene valor; esto es presentado como elaboración simplemente humana: farisaico-rabínica. Anulan “la palabra de Dios” (Moisés) por “vuestra tradición.” Se ve el interés en recoger esta enseñanza a la Iglesia primitiva contra los “judaizantes” y la polémica rabínica.

La verdadera pureza. 7:14-23 (Mt 15:10-20).

Tema propio de Mc-Mt. Después de la exposición anterior, Cristo llama a la muchedumbre y les expone la “parábola” contenida en los v.15-17. La negligencia del pueblo no pidió más explicaciones de la misma. Pero, ya en casa, los “discípulos,” acaso a iniciativa de Pedro (Mt), le piden una explicación de la misma. Y la explicación se la hace detalladamente, no sin antes dirigirles un reproche de afecto y pedagogía, registrado en ambos evangelistas: “¿Tan faltos estáis vosotros de sentido?” (Mc). En realidad, el sentido fundamental de la “parábola” era claro. Pero esto hace ver la necesidad de ilustración que tenían los apóstoles, y la fidelidad de su narración a la hora de la composición de los evangelios. No deja de extrañar el que, si Cristo declara la verdadera pureza e impureza moral de la legislación “legal” sobre los alimentos (Lc 11:37ss; Dt c.14), aparezcan en la primitiva Iglesia dudas y discusiones sobre ello (Act 15:28-29; 10:14; Gal 2:11-17, etc.). Pero se explica teniendo en cuenta que la exposición de Cristo era una enseñanza genérica, destacándose el aspecto moral e interno de la misma legislación, mientras que los “judaizantes” planteaban el aspecto “jurídico” de la vigencia de la ley mosaica como soporte del cristianismo . El ataque a este punto es muy fuerte, ante algo muy arraigado en la práctica judía (cf. Act 10:10-16; 15:20; Gal 2:11; etc.). Parecen ya matizaciones eclesiales.

V.21-22. La clasificación de estas faltas morales que trae Mt se presta a una triple clasificación moral. Pero Mc trae una amplificación mucho mayor de ellas, acaso teniendo en cuenta los lectores a quienes iba destinada, ya que no era otra cosa que explicitación de la doctrina de Cristo (cf. Dt 5:17ss.).

Mc trae como propios: iniquidades, lascivias, la envidia, que la describe como “ojo indigno” (οφθαλμός πονηρός) ; la “maledicencia” contra el prójimo, y no blasfemia contra Dios, pues es el sentido que parece reclamar aquí el contexto ; embrutecimiento moral (αφροσύνη), embrutecimiento racional culpable, que desprecia las cosas aivinas .

G. Zevini, Lectio Divina (Marcos): Fascinados por la verdad

Verbo Divino (2008), pp. 233-240.

La palabra se ilumina

Se recoge un comentario completo de Mc 7,1-23.

Jesús pasa por ser un rabí diferente, tan diferente que preocupa no poco a las autoridades de Jerusalén, de ahí que envíen a sus emisarios para informarse de primera mano. Ya no basta con lo que se oye decir. Ya desde el principio se respira un aire de tormenta que no tarda en estallar, preparada por el «se acercaron a Jesús» (v. 1), que tiene toda la pinta de un control para cogerle en fallo. El drama judicial alienta ya en estas primeras escaramuzas y se desarrollará primero como acusación y después como defensa, que se transformará en una requisitoria y en una condena. El imputado se convierte en acusador y los acusadores se encuentran de improviso en el banquillo de los acusados sin posibilidad de apelación.

Para comprender la acusación que los fariseos lanzan contra los discípulos -un pretexto para golpear a la persona de Jesús- se debe mirar al mundo judío, que practicaba un ritual que a nosotros nos resulta casi incomprensible. La costumbre de lavarse las manos antes de sentarse a la mesa, algo que también nosotros enseñamos a los niños, representa, más que una norma de higiene, una consecuencia del concepto de pureza ritual que tanto espacio ocupaba también en el Antiguo Testamento. Se trataba de normas que, en su origen, sólo afectaban a los sacerdotes y a los que estaban en contacto con lo divino, y que los fariseos extendieron después a todos los demás. «Los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente» (v. 3): lo importante, más que lavarse, era hacerlo de una manera meticulosa, llegando hasta el codo, porque solo de este modo se cumplían las prescripciones. Se requerían dos enjuagues, cada uno de ellos con un cuarto de log de agua (0,137 litros, aproximadamente), cantidad que solo en circunstancias particulares podía ser inferior. No todos los recipientes eran idóneos para el lavado: no debía ser un recipiente de barro, ni una tapadera, ni tampoco era licito lavarle las manos a otro llevándole agua en el cuenco de las manos. He aquí, pues, la pregunta que suena como una acusación: «¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?» (v. 5).

La respuesta de Jesús (la requisitoria) no se limita al casus belli y traslada la discusión, en nombre de la verdad, al valor de la enseñanza de los fariseos: al problema más general de la transgresión de la voluntad divina en nombre de la tradición. Jesús se ve obligado a quitar la pátina de bonhomía que la opinión pública había difundido sobre los fariseos. Empieza llamándoles «hipócritas», es decir, «actores». A continuación, se pone de parte de la Palabra de Dios, indiscutida y reconocida autoridad para ambas partes, y denuncia la separación entre oración y vida, entre palabra y corazón. Debemos ir a Dios con toda la riqueza de nuestro propio ser: inteligencia, voluntad, pensamientos, acciones y sentimientos. El error de los fariseos es doble: han sustraído a Dios el culto debido y han hecho pasar por divina una ley que tiene su origen únicamente en la cavilosidad de los hombres: «Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres» (v. 8).

Las palabras de Jesús entran ahora en el campo concreto y pasan a denunciar la mezquindad del comportamiento de los fariseos: es el momento de la contraacusación. El mandamiento de Dios llegado a través de Moisés estaba claro: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx 20,12), y era tan importante que su transgresión implicaba la eliminación física (Ex 21,17). Sin embargo, el pensamiento farisaico había conseguido encontrar una escapatoria innoble: consistía en consagrar a Dios un objeto, es decir, sustraerlo al uso ordinario, sin por ello entregarlo al tesoro del templo. El interesado declaraba que el sustento con que podían contar sus padres era corbán, es decir, estaba dedicado a Dios, y, por consiguiente, era intocable y no se podía destinar a otros usos.

Un sucedáneo de mandamiento destinado a acallar la conciencia y sentirse en regla, conservando el propio dinero.

Una vez denunciada la desviación farisaica, Jesús se dispone a dar una enseñanza positiva: la contaminación es un problema completamente interior. Lo que contamina al hombre no son los objetos que pueda tocar o ingerir, sino sólo y únicamente lo que procede del corazón, que era, para el judío, la sede de la inteligencia y de la voluntad. No las cosas, sino sólo las personas pueden ser puras o impuras, es decir, gratas o no gratas a Dios, desde el punto de vista religioso. Jesús propone una exacta jerarquía de valores y sugiere la terapia correcta. Como un médico consumado, diagnostica con una precisión rigurosa el mal e indica el punto en el que hay que aplicar el bisturí de la salvación.

La Palabra me ilumina

Si el encuentro entre Jesús y los fariseos ocupa un gran espacio en los evangelios es porque también nosotros estamos expuestos permanentemente a convertirnos en «viejos» fariseos, apoyándonos y haciendo valer nuestras tradiciones. Como ya ocurría en tiempos de Jesús, también nosotros corremos el riesgo de anular la Palabra de Dios, el mandamiento divino, para poner en su lugar nuestros gustos, nuestras conveniencias, nuestros deseos personales.

Gracias a la intervención de Jesús es como aprendemos a vivir en una simbiosis afortunada el doble mandamiento del amor a Dios y el amor al prójimo. Él, partiendo del comportamiento de los discípulos criticado por los fariseos, nos ha traído luz y verdad, porque ha buscado una vez más el corazón de la verdad y de lo esencial. Rechaza la distinción judía entre puro e impuro; entre la esfera religiosa, separada, en la que está presente Dios, y la esfera ordinaria, en la que Dios está ausente. No se nos pide purificarnos de la vida diaria para encontrar a Dios; lo que se requiere más bien es la liberación del pecado, el único elemento contaminante.

Jesús nos enseña que es posible encontrar a Dios siempre y en todas partes, como recuerda un gran maestro de la vida espiritual, Francisco de Sales: «En la misma creación, Dios creador mandó a las plantas que diera cada una fruto según su propia especie, y mandó a los cristianos, que son como las plantas de su Iglesia viva, que cada uno diera un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación… Dondequiera que estemos, podemos y tenemos que aspirar a una vida. perfecta». 

Debemos seguir manteniendo la distinción entre el mandamiento de Dios y la tradición/interpretación de los hombres. El primero es perenne, punto continuo de referencia y de valor absoluto; la segunda vale en la medida en que es auténtica lectura y ampliación del primero. Subsiste siempre el peligro de una desviación peligrosa, como muestra la casuística del corban. Precisamente para evitar errores burdos, Jesús nos recuerda la «moral del corazón», la que llega a la intención y garantiza ideas claras y limpias.

Y de este modo se rinde un precioso servicio a la verdad. ¿Cual? La miope de los fariseos, la limitada o interesada de nuestras discusiones. El poeta español Antonio Machado escribió: «Tu verdad, no; la verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya guárdatela». Debemos buscar una «verdad superior», no nuestra verdad.

Sabemos cómo y donde encontrar la verdad genuina, escuchando y actualizando estas palabras de Jesús: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,31s). Estaremos vacunados contra el fariseísmo y podremos adornarnos con el título de hombres libres porque somos cristianos. 

La Palabra en el corazón de los Padres

Porque la tradición de sus padres, que ellos fingían observar cumpliendo la ley, era contraria a la ley que Moisés había dado, por eso dijo Isaías: «Tus taberneros mezclan vino con agua» (Is 1,22). Con ello dio a entender que los antiguos mezclaban el agua de su tradición con el austero precepto de Dios; es decir, agregaban una ley adulterada contraria a la ley, como claramente lo manifestó el Señor: «¿Por qué transgredís el precepto de Dios por vuestra tradición?» (Mc 7,8).

No solo, pues, vaciaron la Ley de Dios al transgredirla, mezclando vino con agua, sino que además establecieron una ley contraria, que hasta ahora se llama farisaica. A esta algunos le añaden, otros le quitan, otros la interpretan como les viene en gana: de modo tan singular la aplican sus maestros.

Tratando de reivindicar sus tradiciones, se negaron a sujetarse a la Ley de Dios que los instruía sobre la venida de Cristo (Ga 3,24). Por el contrario, acusaban al Señor de haber curado en sábado, lo cual, como antes hemos expuesto, la ley no prohibía -puesto que ella misma de algún modo curaba al hacer circuncidar a un hombre en sábado (Jn 7,22-23)-. Ellos, en cambio, no se reprochaban a sí mismos por transgredir el mandamiento de Dios, siguiendo su tradición y su ley farisaica, al no cumplir lo principal de la ley, o sea, el amor a Dios (Ireneo de Lyon, Contra Las herejias IV, 12, 1). 

Caminar con la Palabra

Jesús rompe todos los esquemas: no es un hombre de orden, pero tampoco es un revolucionario político; no es un puritano desdeñoso o un severo censor de las costumbres, ni tampoco es alguien que no conozca el desierto y no llame a la penitencia. Jesús no se deja capturar en una imagen que satisfaga las expectativas de una parte: su libertad radical lo hace más grande que todas las reducciones en las que se le quiere aprisionar. Es libre en su anuncio del Reino, como obra gratuita y maravillosa del Padre, a quien el hombre está llamado a responder con la conversión del corazón. Semejante revelación de la libertad del Maestro pide al discípulo el seguimiento de la libertad del amor, a saber: pide que la comunidad de los creyentes y el cristiano particular sean libres y liberadores: el seguimiento de Cristo es sequela libertatis.

Una Iglesia libre significa, en primer lugar, una comunidad que vive en una obediencia radical a la Palabra de Dios: su fuerza y su riqueza residen en la entrega incondicionada a su Señor. Cualquier otro motivo de seguridad y de vanagloria sería blasfemia y escándalo. Los cristianos, discípulos del hombre libre, se esforzarán en hacer crecer con la oración y con la vida la experiencia de la libertad en sí mismos y en el mundo en el que viven, sin buscar la eficacia inmediata o el consenso exterior. El que es verdaderamente libre para el Padre y para los otros, sabe calcular con lo ignoto, es decir, cree, más allá de toda posibilidad, en la posibilidad imposible, esa que la libertad de Dios, revelada en Jesucristo, ha prometido a la historia. Quien es verdaderamente libre atestigua que la libertad, incluso cuando parece derrotada, merece ser vivida, y es contagiosa y liberadora, porque, como la libertad de Jesús, es revelación y don de un misterio mayor. La única liberación que no decepciona es aquella que fue ofrecida en Jesucristo a la historia: la liberación de nosotros mismos para existir, en el amor y en la esperanza, para el Padre y para los otros (B. Forte, Seguendo te, luce della vita, Milán 2004, 42s, passim [edición española: Siguiéndote a ti, luz de la vida, Sígueme, Salamanca 2004). 

F. Lentzen-Deis, Comentario Evangelio de Marcos: Pureza e impureza

Modelo de Nueva Evangelización. Verbo Divino (Navarra), 1998, pp. 221-230.

Se recoge un comentario completo de Mc 7,1-23.

Esta controversia, la más larga del evangelio de Marcos, realza las razones más profundas de la oposición existente entre Jesús de una parte y los fariseos y maestros de la Ley de la otra. Jesús pone en el centro de la discusión la explícita voluntad divina del amor a Dios y al prójimo. Frente a este principio, todas las explicaciones y tradiciones humanas deben ser revisadas. Los maestros de la Ley habían buscado el propio interés con UTICOS que permitían ingresos económicos al templo y a aquellos que, bajo el pretexto de la religión, cometían injusticias, incluso con sus propios padres. Las tradiciones y reglas del culto se prestaban para discriminar a los pobres a causa de su falta de instrucción y conocimiento de las verdaderas tradiciones. 

Explicación del texto

Como todas las antiguas religiones, Israel también tenía en gran estima todo lo relacionado con la adoración de Dios por medio de los sacrificios (cfr. Gen 8,20: sacrificio de Noé), con la consagración de personas (los levitas: Lev 8,1-6; 10,8- 11; Núm 18,1-7) y con la custodia de la comunidad que celebra el culto (Núm 19,10-22; Lev 12-15). Animales que se sacrificaban a otros dioses no debían ser consumidos por los israelitas (Núm 11).

Las prescripciones de la ley sobre el lavado del cuerpo, dirigidas a los levitas, se fueron ampliando a más círculos de personas. Por último, en tiempos de Jesús, los fariseos y muchos judíos piadosos observaban voluntariamente las prescripciones sobre el lavado y la comida, previstas originalmente sólo para los sacerdotes. Así se popularizaron en la vida diaria costumbres reservadas propiamente para el culto en el santuario.

Esas prescripciones, que van más allá de lo que piden la ley y los profetas, se relacionaban no sólo con ritos de purificación sino también con el apoyo económico al templo. Quien daba algo en favor del templo servía a Dios. Por eso se afirmaba que la persona se liberaba de otras obligaciones, incluso de los mandamientos del decálogo (por ejemplo: del cuidado de los padres ancianos). Mediante la explicación juramentada de que la parte debida a los padres era korbán (don de consagración), determinados bienes podían ser cedidos al templo irrevocablemente (Núm 30,3).

Estas prescripciones se atribuían a «la tradición de los antepasados» porque presuntamente habían sido transmitidos oralmente desde Moisés para complementar la ley escrita.

Primera parte: vv. 1-13: La controversia

vv. 1-5: Introducción y situación de partida, con el reproche de los fariseos y de los maestros venidos desde Jerusalén.

El enfrentamiento con los adversarios (iniciado en 2,1- 3,30) se amplía aquí, exponiendo detalladamente la actitud de incredulidad de los fariseos, en relación con el envío de Jesús (cfr. 8,11-13.14-21).

v. 1: Fariseos y escribas venidos de Jerusalén (cfr. 3,22) observan a Jesús (cfr. 3,2).

v. 2: El agua es un elemento vital para la gente sencilla; Jesús y sus discípulos pertenecen a la capa de la población que la emplea para beber y preparar alimentos, no para realizar ritos adicionales de aspersión y de limpieza.

vv. 3-4: Marcos explica a sus lectores costumbres judías de la época, v. 5: Los escribas le quieren imponer a Jesús, como norma decisiva de comportamiento, «la tradición de los antepasados», pero de la manera como ellos la interpretan.

vv. 6-13: Primer doble rechazo por parte de Jesús

I. vv. 6-8. Argumentación con la Escritura: Jesús comienza su respuesta demostrando que la actitud de los fariseos es condenada por la Escritura, por la palabra profética de Is 29,13. El argumento de prueba de los escribas, «la tradición de los antepasados», viene considerada como contraria a Dios y elaborada solamente por hombres. A quien la enseña, la Escritura misma lo tacha de obrar con «fingimiento», puesto que traiciona el mandamiento de Dios (v. 8). De esta manera, Jesús insinúa indirectamente que él mismo habla con la autoridad del profeta escatológico.

II. vv. 9-13. El ejemplo del korbán: En la segunda parte de la respuesta, se reafirma el reproche del v. 8 con un ejemplo: 

el mandamiento de velar por los padres se pone fuera de vigor por seguir la práctica del korbán, como afirma el v. 9.

v. 10: Jesús cita el mandamiento de velar por los padres. Según Éx 20,12/Dt 5,16. En Éx 20,17; Lev 20,9; Dt 27,16 el desprecio de los padres era considerado como pecado digno de muerte. En el tiempo de Jesús, no pocas veces los hijos intentaban vengarse de los padres molestos o viejos; o lo hacían también por odio, enojo o codicia.

v. 11: «Los bienes con que podría ayudarte los ofrezco como donación al templo» es la fórmula -confirmada por un juramento- con que se substraían los bienes a los padres.

vv. 12-13: Conclusión: En efecto, de esta manera se anula el mandamiento de Dios.

Segunda parte: vv. 14-23: La nueva doctrina de Jesús:

Lo puro-impuro proviene del interior del hombre.

I. vv. 14-15. Instrucción general

v. 14: Se introducen nuevos oyentes -la muchedumbre-, y la enseñanza comienza con un llamado de atención: «¡Óiganme..!» De esta manera se llama la atención sobre el significado que va más allá de la sola cuestión de la pureza del culto.

v. 15: Ahora se destaca el interior del hombre como fuente y medida de la pureza o de la impureza. Con esto se rechaza no sólo el código levítico de pureza, sino que la formulación general apunta a toda clase de impureza moral. Cada uno decide, desde su «interior», cómo actuar y, por tanto, cómo comportarse frente a Dios y frente a los demás hombres.

Con esto se hace también referencia temática a la curación por parte de Jesús de las personas que sufrían por enfermedades «de impureza», como lepra (1,40-45), hemorragias (5,24-34) o posesos por «espíritus impuros» (5,1-20).

(v. 16: «El que tenga oídos para oír, que oiga», es otro llamado de atención que se agregó posteriormente, tomado de Me 4,23.) 

II. vv. 17-19. Enseñanza a los discípulos.

v. 17: Ya en la casa, sin la multitud de oyentes y curiosos, los discípulos piden más explicaciones.

v. 18s: También aquí Jesús exhorta primero a sus discípulos a esforzarse por la auténtica comprensión.

Luego explica la decisión sobre lo justo y lo injusto, lo puro e impuro. Ésta se lleva a cabo únicamente en el corazón, en el interior del hombre. Lo que viene de fuera, lo que se añade desde el exterior, no incide de por sí sobre el valor de la persona. Esas cosas, y las condiciones exteriores de la vida, no necesariamente tienen que penetrar en el corazón del hombre. Mucho menos lo hace una comida cualquiera.

Por consiguiente, el evangelista concluye que Jesús canceló para los cristianos, todas las prescripciones sobre la comida existentes en su momento.

vv. 20-23: El principio básico es que el hombre libre decide con «el corazón».

En la Biblia y en el judaísmo, el corazón es el centro de la personalidad, donde la dignidad, la libertad y la propia fuerza de decisión encuentran su fundamento. Por eso, el corazón es mencionado en el mandamiento principal: «Amarás al Sñor tu Dios con todo tu corazón…» (Dt 6,5; Me 12,30). El amor a Dios y al prójimo es el principio clave para cada elección entre el bien o el mal. Cuando una acción humana hiere este amor, ninguna tradición de hombres puede justificarla. Del corazón procede lo que hace impuro al hombre. Y como ejemplo se enumeran trece vicios. La frase conclusiva insiste de nuevo sobre la real fuente de la impureza: el corazón de cada uno.

Pautas de acción

La controversia (Primera parte: vv. 1-13) y la nueva doctrina (Segunda parte: vv. 14-23) aportan dos grupos de indicaciones para la acción de los lectores. 

Primera parte (1-13). Lo que prescriben los hombres puede volverse contra Dios.

Desde el comienzo del relato, el evangelista no deja lugar a dudas de que se debe rechazar la acción de los adversarios de Jesús. Ellos están influenciados por su egoísmo, por su posición económica y social. La descripción de los w. 1-4, y sobre todo la explicación de las costumbres, permite suponer que el «lavarse las manos antes de comer» no se hace entre los lectores cristianos del evangelio de Marcos.

¡Ay de aquellos que decretan leyes injustas y favorecen ordenamientos perjudiciales!

El punto de partida es la pregunta que se sugiere a los lectores acerca de su práctica religiosa: ¿conocen o incluso favorecen esas «prescripciones humanas», muchas de ellas con un marcado acento de prácticas externas y «mecánicas»?

I. En el primer desarrollo de la prueba (w. 6-8), aplicando Is 29,13 a los fariseos, se muestra que la palabra de Dios en la Escritura condena esa acción. Se advierte a los lectores sobre las meras «confesiones de labios» de la fe, en las cuales «el corazón» queda lejos.

II. En el segundo desarrollo de la prueba (w. 9-13), Jesús menciona como ejemplo la transgresión de la justicia social en las relaciones familiares (cuarto mandamiento), en la comunidad básica de la convivencia humana. Lo que los fariseos enseñan y hacen en perjuicio de los propios padres, es una abierta injusticia.

Segunda parte (14-23). El ser humano decide «en el corazón» las acciones correctas.

La enseñanza de Jesús con las explicaciones va mucho más allá del no lavarse las manos. Con esto se amplía también el punto de partida de la identificación de los lectores. Hay que rechazar el desprecio de los padres ancianos, de las minorías, de personas desfavorecidas o inválidas. Las palabras de Jesús se orientan en una doble dirección: la oposición interior/exterior y la oposición mandamiento central/práctica tradicional; la combinación de ambas ofrece al lector los principios, motivos y pistas para su acción:

I. vv. 14-15: La oposición interior/exterior

La dignidad del hombre y sus derechos y deberes son la nueva medida de las relaciones humanas.

El principio para valorar la acción moral y religiosa es la intencionalidad humana: sólo el interior del hombre como origen de la decisión humana constituye un valor para Dios.

Todas las prácticas y comportamientos exteriores deben juzgarse según procedan o no del interior y según se adapten o no al mandamiento central. No hay preferencias sociales ante Dios. «Pureza y santidad», valores religiosos, no pueden ser sencillamente impuestos «desde fuera».

En relación con las curaciones de leprosos y de otras personas «impuras» (1,40-45; 5,1-20; 5,24-34), esto significa: nada externo, ninguna ubicación social, ningún impedimento por enfermedad, por disminución de las facultades corporales o físicas, ninguna preferencia o desprecio de las personas por circunstancias históricas, pueden condicionar su verdadero valor ante Dios y ante los hombres.

Con esto Jesús no se dirige contra las legislaciones o constituciones de la sociedad. Pero se vuelve radicalmente contra leyes y tradiciones que no están enraizadas en el centro de los mandamientos, sino originadas por simple egocentrismo «humano» y que buscan ventajas personales a costa de los demás. Con mayor razón, Jesús condena el fingimiento y la falsedad de las personas que buscan fundamentar esas ventajas «en nombre del templo», es decir, de la fe.

II. w. 17-23: La oposición mandamiento central/práctica tradicional. 

Todo obrar encuentra su valor y su medida en el mandamiento principal del amor a Dios y al prójimo.

Definitivamente lo más importante es educar el propio corazón «en el amor de Dios», es decir, en los dos mandamientos principales (cfr. 12,28-34).

El lector debe convencerse de prestar atención a la libre decisión de la persona, de su «corazón». Se trata de reflexionar, considerando las cosas, obrando de acuerdo al mandamiento principal del amor a Dios y al prójimo, que relaciona e ilumina los otros mandamientos y pone cada uno y cada cosa en su lugar. 

Uso litúrgico de este texto (Homilías)

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