Mc 7, 24-30: Jesús cura a la hija de una sirofenicia

Texto Bíblico

24 Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. 25 La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija. 26 Él le dijo: «Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 27 Pero ella replicó: «Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños». 28 Él le contestó:
«Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». 29 Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.
30 Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Crisóstomo

Homilía: Perseverando en la oración llegó a ser hija

«Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio» (Mc 7,26)
Homilía Que Cristo sea anunciado, 12-13 : PG 51, 319-320


Una mujer cananea se acerca a Jesús suplicándole a grandes gritos que curase a su hija, poseída de un demonio. Esta mujer, una extranjera, una bárbara, sin relación alguna con el pueblo judío ¿no era como una perra, indigna de alcanzar lo que ella pedía? «No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos» (Mt 15,26). Sin embargo, la perseverancia de la mujer le ha valido ser escuchada. Aquella, que no era sino una perrilla, Jesús la levanta a la nobleza de los hijos de la casa. Más aún, la colma de alabanzas. Le dice al despedirla: «¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides» (Mt 15,28).

Cuando se oye a Cristo decir: «Tu fe es grande» no hace falta buscar otras pruebas para ver la grandeza de alma de esta mujer. Ha salido de su indignidad por la perseverancia en la petición. Observa también que alcanzamos del Señor más por nuestra propia oración que por la de los otros.

Isaac de Stella

Sermón: Jesús va al encuentro del pecador

«Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón» (Mt 15, 21 ; Mc 7, 24)
Sermón 33, 1º para el segundo domingo de Cuaresma


Cuando «el Verbo, la Palabra de Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14), salió del Padre para venir al mundo (Jn 16, 28). Él «que siendo de condición divina» salió de su patria, «se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo» (Flp 2, 6-7), «nuestra condición humana de pecadores» (Rm 8,3), a fin de ser encontrado por aquellos que salen de su propio territorio para encontrarle en la región de Tiro y Sidón.

Qué suerte la de esta mujer cananea, venida del interior de su territorio (Mt 15,22), y qué encuentro en la frontera de su país con el médico que, salido de su territorio, llega totalmente a nosotros, por misericordia. Lleno de bondad va a territorio extranjero, hacia el enfermo que no hubiera podido llegarse a él si se hubiera quedado en su propio país. Porque en tanto que Dios bendito, justo y fuerte, estaba en lo alto, al hombre miserable le estaba prohibido llegarse a él. Pero lleno de compasión, Dios pudo realizar lo que era conforme a su piedad; vino hasta el pecador.

Salgamos pues, hermanos, salgamos del lugar de nuestra propia injusticia. Odia el pecado, y te encontrarás que has salido del pecado. Odia el pecado, y encuentras a Cristo allí donde está. Sé que me dirás que eso mismo es demasiado para ti y que, sin la gracia de Dios, le es imposible al hombre odiar el pecado, desear la justicia, no querer pecar y querer arrepentirse. «¡Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres!» (Sal 106,8). En efecto, si es por su sola gracia que se retiró visiblemente al país de Tiro y Sidón adonde la mujer podía encontrarle, es también por gracia que, secretamente, sacó a esta mujer de su morada más interior.

Esta mujer es símbolo de la Iglesia, predestinada eternamente, llamada y justificada en el tiempo, destinada a la gloria al final de los tiempos (Rm 8,30): constantemente ora por su hija, es decir, por cada uno de los elegidos.

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Mateo: ¿Qué haces cuando no recibes lo que pides?

«Los perros comen las migajas que caen de la mesa de los niños» (Mt 15, 27 ; Mc 7, 28)
Homilía 52, 2: PG 58, 520

PG

Acercándose, pues, a Jesús, la mujer cananea se contenta con decirle: «Compadécete de mí», y tal eran sus gritos que reúne entorno a sí todo un corro de espectadores. En verdad, tenía que ser en espectáculo lastimoso ver a una mujer gritando con aquella compasión, y una mujer que era madre, que suplicaba en favor de su hija, y de una hija tan gravemente atormentada por el demonio. Dejándola en casa, ella dirige la súplica, y sólo le expone la enfermedad. No trata la mujer de arrastrar a su propia casa al médico, no, la cananea, después de contar su desgracia y lo grave de la enfermedad, sólo apela a la compasión del Señor y la reclama a grandes gritos. Y notemos que no dice: «Compadécete de mi hija», sino: «Compadécete de mí».

Pero Cristo le respondió: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». ¿Qué hace, pues, la mujer? ¿Se calló por ventura al oír esa respuesta? ¿Se retiró? ¿Aflojó en su fervor? ¡De ninguna manera! Lo que hizo fue insistir con más ahínco. Realmente no es eso lo que nosotros hacemos. Apenas vemos que no alcanzamos lo que pedimos, desistimos de nuestras súplicas, cuando, por eso mismo, más debiéramos insistir.

En verdad, ¿a quién no hubiera desanimado la palabra del Señor? El silencio mismo pudiera haberla hecho desesperar de su intento; mucho más aquella respuesta. Y, sin embargo, la mujer no se desconcertó. Ella que vio que sus intercesores nada podían, se desvergonzó con la más bella desvergüenza. Antes, en efecto, no se había atrevido ni a presentarse a la vista de Jesús.

¿Qué hace entonces la mujer? De las palabras mismas del Señor, sabe ella componer su defensa. Si soy un perrillo —parece decirse— ya no soy extraña a la casa. Que el alimento —prosigue la mujer— es necesario a los hijos, también yo lo sé muy bien; pero, ya que soy un perrillo, tampoco a mí se me debe negar. Porque si no es lícito tomarlo, tampoco lo será tener alguna parte en las migajas. Más si se puede participar siquiera un poco, tampoco a mí, aun cuando sea perrillo, se me debe prohibir esa participación.

No quería el Señor que quedara oculta la virtud tan grande de esta mujer. De modo que sus palabras no fueron dichas con ánimo de insultarla, sino de convidarla, y con el deseo de descubrir aquel tesoro escondido en su alma.

Atanasio de Alejandría

Cartas: El Señor otorgó a la mujer el fruto de su fe

«Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija» (Mc 7,29)
Carta Pascual 7, 6-8: PG 26, 1393-1394

PG

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Conviene, pues, que los santos y amantes de la vida en Cristo se eleven al deseo de este alimento, y digan suplicantes: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Siendo esto así, también nosotros, hermanos míos, debemos dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros y alimentarnos del pan vivo con fe y caridad para con Dios; tanto más cuando sabemos que sin fe es imposible participar de este pan. El mismo Salvador, al tiempo de hacer una llamada general para que todos acudieran a él, decía: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. E inmediatamente después de haber hecho mención de la fe, sin la cual nadie debiera tomar este alimento, dijo: Como dice la Escritura: de las entrañas del que cree en mí manarán torrentes de agua viva. Por esta razón, él mismo alimentaba continuamente con sus palabras a los discípulos, esto es, a los creyentes, y les comunicaba la vida con la presencia de su divinidad.

En cambio, a aquella mujer cananea, que todavía no había accedido a la fe, ni se dignó siquiera responderla, aun cuando estaba muy necesitada de ser por él alimentada. Actuó de esta forma, no por desprecio —¡ni pensar-lo!—, pues de lo contrario no se hubiera dirigido al país de Tiro y Sidón, sino porque todavía no era creyente y porque a causa de su origen no podía exhibir derecho alguno. Con razón obró así, hermanos míos, pues de nada servían sus ruegos antes de haber recibido la fe, puesto que sus ruegos debían estar en sintonía con su fe.

Por lo cual, quien se acerca a Dios, ante todo es necesario que crea en él, y entonces él le concederá lo que pide. Porque, como enseña Pablo, sin fe es imposible agradar a Dios. Careciendo, pues, ella todavía de fe y siendo además extranjera, hubo de oír de labios del maestro: No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero inmediatamente, dirigiéndose a la que había humillado con palabras tan duras y que, liberada de su paganismo había conseguido la fe, no la trata ya como a un perro, sino como a una persona humana, y le dice: ¡Mujer, qué grande es tu fe! Habiendo ella creído, en seguida él le otorgó el fruto de su fe, y le dijo: Que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.

Francisco de Sales

Sermón: Las tres cualidades de la fe

«¡Oh mujer, grande es tu fe!» (Mt 15, 28)
Sermón X, 224


La fe, para ser grande, ha de tener tres cualidades: Ha de ser confiada, perseverante y humilde.

«Señor, —dice la mujer—, ten piedad de mí porque mi hija está terriblemente atormentada por el diablo.» ¡Qué gran confianza! Ella cree que si el Señor se apiada de ella, su hija se curará. No duda ni de su poder ni de su querer, porque exclama: solamente ten piedad de mí. Como queriendo decir: yo sé que eres piadoso con todos y no dudo de que si te pido que me tengas piedad, la vas a tener; y en cuanto la tengas, mi hija quedará curada.

Ciertamente, el mayor defecto que tienen nuestras oraciones y todo lo que nos sucede, es que nuestra confianza es pequeña. De ahí viene que no merecemos recibir el socorro tal como lo deseamos o pedimos.

La segunda cualidad de la fe es la perseverancia. Nuestra cananea al ver que el Señor no le respondía nada y parecía no atender a su petición, no por eso dejó de gritar: «Hijo de Dios, ten piedad de mí». Hasta que los Apóstoles le decían. Señor, atiéndela, que no cesa de gritar detrás de ti.

Perseveremos en nuestra oración en todo tiempo, pues, aunque el Señor parezca no oírnos, no es que nos quiera desairar; es para obligarnos a clamar más fuerte y así hacernos percibir mejor la grandeza de su misericordia.

La tercera cualidad de la fe es la humildad. Cuando nuestro Señor dijo a esta mujer «no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos», ella no se ofendió sino que replicó: «sí, pero los perritos se alimentan de las migajas que caen...» Esta humildad fue tan agradable a nuestro Salvador, que le concedió todo lo que pedía, diciendo: «Oh mujer, qué grande es tu fe, hágase como lo quieres.» Es cierto que todas las virtudes son muy gratas a Dios, pero la humildad le gusta sobre todo y parece que no pudiera resistirse a ella.


**616**


Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Jueves V (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Jueves V (Impar o Año I)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Teofilacto

24a. Después que hubo enseñado el Señor lo que respecta a los alimentos, viendo la incredulidad de los judíos, se dirigió hacia los confines de la idolatría, pues siendo infieles aquéllos, se torna la salvación del lado de las naciones. Y así dice: “Partiendo de aquí se dirigió hacia los confines de Tiro y de Sidón”.

24b. O bien: entró ocultamente, para no dar motivo a los judíos contra El por haber pasado a pueblos impuros.
“Mas no pudo encubrirse”.

27b. Llama perros a los gentiles, juzgados réprobos por los judíos, y señala por el pan el beneficio que prometió el Señor a sus hijos, esto es, a los judíos. El sentido, en fin, es que no convenía que los gentiles fuesen partícipes del beneficio antes que los judíos, a los cuales principalmente había sido prometido. Por tanto, el Señor no oye en seguida a la mujer y difiere la gracia que le pide, para que se manifieste su fe constante, y también para que aprendamos a no desmayar cuando oremos y a insistir hasta que recibamos.

28. “… comen bajo la mesa migajas…” Es como si dijera: los judíos tienen todo el pan, esto es, el que baja del cielo, y también tus beneficios; yo pido las migajas, es decir, una parte pequeña del beneficio.

29. Esta mujer obtuvo lo que deseaba, por la mucha sabiduría con que contestó. Y continúa: “Díjole entonces Jesús”, etc. No dijo: Mi poder te ha salvado; sino: por lo que has dicho -esto es, por la fe que han demostrado tus palabras- anda, que el demonio ha dejado ya a tu hija.
“Y habiendo vuelto a su casa, halló a la muchacha reposando sobre la cama y libre ya del demonio”.

28-30. También cuando peca cada uno de nosotros, representa en su alma a esta mujer; así como sus malas acciones a la hija enferma, a la que posee el demonio, porque suyas son las acciones malas. Se llama cachorrillos llenos de impureza a todos los pecadores que no somos dignos por lo mismo de recibir el pan de Dios o de participar de sus santos misterios. Pero si por la humildad nos reconocemos como cachorrillos y confesamos nuestros pecados, entonces cura la hija, esto es, nuestra mala acción.

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

24. Tiro y Sidón eran lugares de los cananeos: a ellos fue el Señor, no como a pueblo de amigos, sino como a un pueblo que nada tiene de común con los ascendientes del Señor, a quienes habían sido hechas las promesas. Y fue sin que los de Tiro y Sidón se dieran cuenta de su llegada. “Y habiendo entrado en una casa, dice, deseaba que nadie supiese”; porque aún no había llegado el tiempo de que habitase entre las naciones, y de que las guiase a la fe. Este tiempo debía suceder a su cruz y su resurrección.

25-26. “… una mujer… griega, sirofenicia de nacimiento…” Quiso el Señor mostrar con esto a sus discípulos que había abierto también a los gentiles la puerta de la salvación. Por esta razón se nombra el país de esta mujer: “era una mujer pagana, sirofenicia de nación”, esto es, de la Siria de Fenicia. “Y le suplicaba, prosigue, que lanzase de su hija al demonio”, etc.

27b. “… no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.” Dijo esto, no porque no pueda colmar de beneficios a todos sino porque, distribuyéndolos entre los judíos y los gentiles, que no tenían comunicación entre sí, provocaba más su emulación.

27b-28. De este modo manifestaba también a los judíos que no daba la salud a los gentiles igualmente que a ellos. Y con la fe de la mujer hacía resaltar más la infidelidad de los judíos. La mujer, pues, se resignó, confirmando con sumo respeto lo que el Señor le dijo: “A lo que le replicó ella, y le dijo: Es verdad, Señor, pero a lo menos los cachorrillos comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos”.

28. “Sí, Señor; que también los perritos…” Se confunde con los perros por respeto al Señor; en suma viene a decir: tengo a favor el ser considerada entre los perros y comer, no en mesa ajena, sino en la de mi Señor.

San Agustín, De cuest. sob. el nuev. y ant. Testam., cap. 77

24b. “… no logró pasar inadvertido”. Pues si quiso y no pudo, se deduce que su voluntad no era poderosa. Y como es imposible que no se cumpla la voluntad del Salvador, y no puede querer lo que no debe suceder, debemos decir que lo que ha querido es lo que ha sido hecho. Hay que advertir que esto sucedió en los confines de la gentilidad, a la que no era tiempo aún de anunciar la fe; pero viniendo espontáneamente a ella, sólo la envidia podía oponerse a que la recibiera. Así que convenía que los discípulos no divulgaran la presencia del Señor; sin embargo fue divulgada por otros que lo vieron entrar en la casa, y se supo que estaba en ella. No quiso que lo anunciaran los suyos, sino que lo buscasen los que quisieran, y así sucedió.

25. Finalmente, oyendo hablar de El, entró la mujer cananea, la cual no hubiera conseguido el beneficio que deseaba si no se hubiese sometido antes al Dios de los judíos. “Porque luego que lo supo una mujer”, etc.

26-27. Parece que hay alguna contradicción entre que el Señor estaba en la casa cuando entró la mujer rogándole por su hija, y que los discípulos, según San Mateo dijeron al Señor: “Despídela, porque grita detrás de nosotros” (Mt 15,23). Pero lo que esto parece indicar, es que aquella mujer iba detrás del Señor, que andaba paseándose, haciéndole oír sus súplicas. Pero entonces, ¿cómo estaba en la casa? Esta dificultad puede aclararse diciendo que entró la mujer, como dice San Marcos, en la casa en que le habían dicho que estaba Jesús y que Jesús salió de ella sin contestar palabra, que es lo que dice San Mateo: “No le respondió palabra” (Mt 15,23). Todo lo demás, que no ofrece ninguna discordancia, se explica de este modo.
“Díjole Jesús: Aguarda que primero se sacien los hijos” (de consensu evangelistarum, 2, 49).

Beda, in Marcum, 2, 30

24-25. Habiendo entrado en la casa, mandó a sus discípulos que no dijesen quién era a nadie de aquel país desconocido; enseñándoles de este modo con el ejemplo que ellos, a quienes confería la gracia de curar a los enfermos, debían declinar cuanto pudieran la gloria humana que recibiesen por los milagros que hicieran. No debían cesar por eso en la piadosa obra de hacerlos cuando lo mereciese la fe de los buenos, o los obligare a ello la incredulidad de los perversos. El mismo, sin embargo, hizo conocer su entrada allí a una mujer pagana y a quien consideró oportuno.

27. “Espera que primero se sacien los hijos…”Que es como si dijera: Vendrá el tiempo en que también vosotros los gentiles consigáis la salvación, pero antes conviene que los judíos, que son llamados el pueblo de Dios, en virtud de su antigua elección, sean restaurados con el pan celestial y que el sustento de la vida se administre así a los gentiles. “Que no parece bien hecho, continúa, el tomar el pan de los hijos para echarle a los perros”, etc.

29. Por las palabras de la madre, llenas de humildad y de fe, el demonio dejó a la hija. Con ello se nos da el ejemplo de catequizar y bautizar a los niños, porque por la fe y confesión de los padres, los niños se libran sin duda del diablo en el bautismo, ya que ellos no pueden saber ni hacer por sí nada de bueno ni de malo.

Pseudo-Jerónimo

28. En sentido místico, esta mujer pagana que ruega por su hija, es nuestra madre la Iglesia romana, y el pueblo de occidente -nacido bajo el poder del demonio y de la barbarie- de perro que era, se convierte en oveja, puesto que desea tomar, no el pan partido de la letra, sino las migajas de la inteligencia espiritual.

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.