Mc 8, 22-26: Jesús cura al ciego de Betsaida

Texto Bíblico

22 Llegaron a Betsaida. Y le trajeron a un ciego pidiéndole que lo tocase. 23 Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?». 24 Levantando los ojos dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan». 25 Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad. 26 Jesús lo mandó a casa diciéndole que no entrase en la aldea.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan de Ávila

Audi Filia: Salir para poder ver

«Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo» (Mc 8, 23)
Capítulo 98


Dice San Juan (Ap 18, 4) que oyó otra voz del cielo que dijo: Salid de ella, pueblo mío, no seáis participantes en sus delitos, y no recibáis de sus plagas. Porque llegado han sus pecados hasta el cielo, y acordádose ha el Señor de las maldades de ella.

Y aunque sea cosa muy provechosa al que es bueno huir aún corporalmente la compañía del malo, y para el que es principiante en la bondad le es casi necesario, si no quiere perderse, mas este salir de en medio de Babilonia, que aquí Dios manda, entiéndese, como dice San Agustín, de «salir con el corazón de entre los malos, amando lo que aborrecen, y aborreciendo lo que aman». Porque mirando lo corporal, en una misma ciudad y en una misma casa están juntas Jerusalén y Babilonia, cuanto al cuerpo; mas si miramos los corazones, muy apartados están; y en uno es conocida Jerusalén, ciudad de Dios, y en otro Babilonia, ciudad de los malos.

Olvidad, pues, vuestro pueblo, y salid al pueblo de Cristo, sabiendo que no podéis comenzar vida nueva, si no salís con dolor de la vieja. Acordaos de lo que dice San Pablo (He 13,12), que para santificar Jesús a su pueblo por su sangre, padeció muerte fuera de la puerta de Jerusalén. Y pues así es, salgamos a El fuera de los reales, imitándole en su deshonra. Esto dice San Pablo, amonestándonos que por esto Cristo padeció fuera de la ciudad, para darnos a entender que si le queremos seguir, hemos de salir de esta ciudad que hemos dicho, que es congregación de los que a sí mismos mal se aman. Porque bien pudiera Cristo curar al ciego dentro de Bethsaida; mas quiso sacarlo de ella, y así darle vista (Mc 8,23), para darnos a entender que fuera de la vida común, que siguen los muchos, hemos de ser curados de Cristo, siguiendo el camino estrecho, por el cual dice la misma Verdad que andan pocos (Mt 7,14).

No os engañe nadie; no quiere Cristo a los que quieren cumplir con Él y con el mundo.

Francisco de Sales

Tratado del Amor de Dios: La ceguera del amor propio

«Le llevaron un ciego, rogándole que le tocara» (Mc 8,22)
Libro II, Capítulo 14 - IV, 133-135


En verdad no hay ceguera más grande que la nuestra. Estando tan repletos de abyección y miseria, queremos sin embargo ser tenidos en algo. Y ¿quién nos ciega de esa manera sino nuestro amor propio, el cual, además de ser ciego de por sí, ciega a aquel en quien mora? Cuando pintan a Cupido, lo hacen con los ojos vendados porque dicen que el amor es ciego. Esto, mejor se debe entender del amor propio, que carece de ojos para ver su abyección y la nada de la que ha salido y ha sido amasado. Es ciertamente una gracia grande cuando nos da Dios su luz para conocer nuestra miseria, es señal de conversión interior. El que se conoce bien, no se enfada cuando ve que le tienen y le tratan por lo que es, pues ha recibido esa luz que le ha dejado libre de su ceguera.

Y ved qué maravilla: Dios propone los misterios de la fe a nuestra alma en medio de oscuridades y tinieblas, de modo que no vemos las verdades sino solamente las entrevemos. Sin embargo el acto de fe consiste en someter nuestro espíritu, que ha recibido la agradable luz de la verdad, en adherirse a ella mediante una dulce, poderosa y sólida seguridad y certidumbre, basada en la autoridad de la revelación que se le hace.

Y por fin, oh Teótimo, esta seguridad que al espíritu humano le dan de las cosas reveladas y de los misterios de la fe, empieza por un sentimiento amoroso, de modo que la fe encierra en sí un principio de amor que experimenta nuestro corazón hacia las cosas divinas.

Jerónimo

Sobre el Evangelio de san Marcos: Hoy también Jesús viene a Betsaida

«Y vienen a Betsaida: y le llevan un ciego y le piden que lo toque» (Mc 8, 22)


Llegan a Betsaida los apóstoles, a quienes el Señor había dicho: «¿Aún no comprendéis?» (Mc 8, 21) Pues la historia anterior contiene ya esto. Llegan a Betsaida, la aldea de Andrés y de Pedro, de Santiago y de Juan. Betsaida significa la casa de los cazadores, pues de esta casa fueron enviados a todo el mundo cazadores y pescadores (Cf. Jerón., In Ez. 28, 20).

Atended bien a lo que dice. La historia es manifiesta, la letra es patente: hemos de buscar el espíritu. Que viniera a Betsaida, que allí en algún lugar hubiera un ciego, que luego se marchara, ¿qué hay de grande en todo esto? Grande es ciertamente lo que hizo el Señor, mas si no se hace todos los días, lo que se hizo en otro tiempo, deja de ser grande para nosotros.

«Y vienen a Betsaida» Vienen los apóstoles a su propia casa, donde habían nacido. «Y le llevan un ciego».

Prestad mucha atención a esto, fijaos en lo que se nos dice. En la casa de los apóstoles hay un ciego, es decir, donde nacieron los apóstoles, allí está la ceguera. ¿Comprendéis lo que os digo? Este ciego es el pueblo judío, que estaba en casa de los apóstoles. «Y le llevan un ciego». Este es el ciego que en Jericó se sentaba junto al camino: no en el camino, sino junto al camino, esto es, no en la Ley verdadera, sino en la ley de la letra (Mc 10, 46). «Y le piden que lo toque». Aquel que estaba en Jericó, cuando oyó que pasaba Jesús, empezó a gritar, diciendo: «Hijo de David, ten piedad de mi», y los que pasaban le increpaban. Jesús, sin embargo, no lo increpa, pues no ha venido sino para las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15, 34). Mandó que fuera llevado ante él. Aquél, oyendo que Jesús le llamaba, «se puso en pie—dice el Evangelio—, dejó sus vestidos y corrió hacia él»(Mc 10, 50). No pudo ir con sus viejos vestidos, desnudo corrió hacia el Señor. Era ciego, sucios tenía sus vestidos, rotos y destrozados. Corrió, por tanto, como ciego, y fue curado. Porque de este modo estaba en Jericó junto al camino aquel ciego, que fue curado. Este de ahora, sin embargo, es curado en Betsaida.

«Y le piden que lo toque». Los discípulos piden al Señor y Salvador que lo toque. Pues él, a causa de su ceguera, no conocía el camino y no podía caminar, para tocar a Cristo. Se lo piden, diciendo: tócalo y quedará sano. Y tomó la mano del ciego y lo sacó fuera de la aldea (Mc 8, 23). Tomando su mano: porque aquella mano estaba llena de sangre, la tomó el señor y la purificó. Tomó su mano, mano de ciego, él que es camino y guía, y lo sacó fuera de la aldea.

¿Creéis que forzamos la Sagrada Escritura? Tal vez alguien diga para sus adentros: éste siempre busca alegorías y fuerza la Sagrada Escritura. Quien esto piense que me diga cuál es la razón de que Jesús entre en Betsaida y de que le sea presentado un ciego. No lo cura en la aldea, sino fuera de la aldea, lo que significa que no puede ser curado y ver en la ley, sino en el Evangelio. También hoy entra Jesús en Betsaida, esto es, en la sinagoga de los judíos: Jesús, es decir la palabra divina, entra en la sinagoga de los judíos, o sea, en las asambleas de los judíos. Pues bien, aquel ciego, mientras permanece en la sinagoga y en la letra (de la ley), no puede ser sanado, a no ser que sea sacado fuera. Lo sacó fuera de la aldea y poniéndole saliva en los ojos y habiéndole impuesto las manos... [1] La saliva de Cristo es medicina. Poniéndole saliva en los ojos y habiéndole impuesto las manos, le preguntó si veía algo. En la ciencia siempre hay progresos. No puede uno en una hora alcanzar la perfecta sabiduría, por capaz que sea. Nadie puede llegar a la perfecta ciencia, sino después de mucho tiempo y de un largo periodo de instrucción. Primero se quitan las manchas, se quita también la ceguera, y de este modo llega la luz. La saliva del Señor es la perfecta doctrina, la que, para enseñar perfectamente, procede de la boca del Señor. La saliva del Señor, por así decir, es ciencia que procede de la sustancia del Señor. Así como la palabra, que procede de la boca, es medicina, del mismo modo la saliva parece que sale como de algo de Dios, es decir, de su misma sustancia. Aquí, por tanto, lo que dice el Evangelio es esto: que el Señor, con una doctrina más secreta, lava el error de los ojos del ciego.

«Y poniéndole saliva en sus ojos, y habiéndole impuesto las manos». La saliva cura los ojos, al tiempo que las manos son puestas sobre la cabeza: la saliva aleja la ceguera, las manos confieren la bendición.

Y le preguntó si veía algo. Sabía el Señor qué veía y qué no veía el ciego, sin embargo, preguntó si veía algo.

Cuando le pregunta esto, sabe qué es lo que aún no veía perfectamente. Y levantando los ojos, dice... (Mc 8 24). Hermosamente escribió el evangelista: levantando los ojos: el que, mientras era ciego, miraba hacia abajo, miró hacia arriba y fue sanado.

«Levantando los ojos, dice: veo los hombres como árboles que caminan». Ni está ciego, ni tiene los ojos en perfecto estado. «Veo los hombres como árboles, que caminan». Lo que equivale a decir: hasta ahora veo sólo la sombra, no veo aún la realidad. Al decir «Veo los hombres como árboles, que caminan», quiere decir esto: veo algo más en la ley, mas aun no veo la luz clara del Evangelio. También hoy los judíos ven los hombres como árboles, que caminan: ven a Moisés y no lo ven, leen a Isaías y no lo entienden. Ven los hombres. Un hombre es, en efecto, Isaías. Jeremías y todos los profetas son también hombres en comparación con los jumentos. «El hombre no ha comprendido su dignidad: se ha asemejado a los animales irracionales y se ha hecho semejante a ellos» ( Sal 48, 13). Por ello, a los profetas racionales no los ven como hombres, sino como árboles, es decir, como irracionales y sin inteligencia.

«Luego le impuso de nuevo las manos sobre sus ojos». Tú que crees que fuerzo la Escritura, tú que dices: violentas el texto, ¿tiene esto tan sólo un sentido literal?, ¿no hay acaso nada intrínseco? Tiene las manos puestas sobre los ojos del ciego y le pregunta si ve algo. «Y puso de nuevo las manos sobre los ojos del ciego y comenzó a ver». Ved lo que dice. «Puso las manos sobre sus ojos y comenzó a ver». Con las fuerzas naturales, aun cuando tuviera vista, no hubiera podido ver con las manos puestas sobre sus ojos. Pero la mano del Señor es más clara que todos los ojos. «Y le puso las manos sobre sus ojos y comenzó a ver».

Y fue curado, de modo que veía con claridad todas las cosas. Es decir, veía todas las cosas que vemos nosotros: veía los misterios de la Trinidad, veía todos los misterios que hay en el Evangelio. «De modo que veía con claridad». Nunca hubiera dicho esto el evangelista, si no hubiera habido quienes veían, pero no con claridad. De este modo, como dice el evangelista, con claridad, es también como vemos nosotros ahora, pues creemos en Cristo, que es la verdadera luz. Ahora bien, entre unos videntes y otros hay una gran diferencia. Según la fe de cada creyente es Jesús grande o pequeño. Si soy pecador y hago penitencia, toco sus pies; si soy santo, lavo su cabeza.

Y lo mandó a su casa, diciendo: «Vete a tu casa, no entres en la aldea y no se lo digas a nadie». Fijaos atentamente. Este ciego estaba en Betsaida y fue sacado fuera. Allí fue curado no en Betsaida, sino fuera de Betsaida. Y, porque fue curado, se le dice: vuelve a tu casa, pero no vayas a la aldea. De Betsaida es sacado: allí es encontrado. Y ¿cómo es que no está en Betsaida su casa? Fijaos en lo que dice el Evangelio. Si lo interpretamos en sentido literal, no puede en absoluto sostenerse. Pues si este ciego es encontrado en Betsaida y sacado fuera de Betsaida, donde es curado, y se le dice: «Vuelve a tu casa», ciertamente se le dice: «Vuelve a Betsaida». Mas si vuelve a Betsaida, ¿cómo se le dice: no entres en la aldea? Veréis, por tanto, que la interpretación del texto debe ser espiritual.

El ciego es sacado de la casa de los judíos, de la aldea de los judíos, de la ley de los judíos, de la letra de los judíos, de las tradiciones de los judíos. El que no había podido ser sanado en la ley, es sanado en la gracia del Evangelio, y se le dice: vuelve a tu casa, no a esta casa, que piensas, de donde saliste, sino a la casa de donde fue también Abraham. Ya que Abraham es el padre de los creyentes. «Abraham vio mi día y se alegró» (Jn 8, 56). Vuelve a tu casa, esto es, a la Iglesia. «Mientras vengo—dice San Pablo—para que sepas cómo debes gobernar la Iglesia, que es la casa de Dios»(1 Tim 3, 15).

Verás, por tanto, que la casa de Dios es la Iglesia. Por ello se le dice al ciego: ve a tu casa, es decir, a la casa de la fe, es decir, a la Iglesia, y no vuelvas a la aldea de los judíos.


Notas

[1] Jesús efectúa la curación, realizando un verdadero milagro, pero siguiendo el uso de los hebreos: los antiguos, particularmente, consideraban la saliva como un remedio para las enfermedades de los ojos.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Miércoles VI (Impar o Año I)
Tiempo Ordinario: Miércoles VI (Par o Año II)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Beda, in Marcum, 2, 34

22. “Le presentan a un ciego y le suplican que le toque…” Sabiendo que, como había curado el Señor al leproso sólo con tocarlo, del mismo modo daría la vista al ciego.

23. “Y El, cogiéndolo por la mano, lo sacó fuera de la aldea”. Los que no tienen la vista clara pueden ver las formas confusas de los cuerpos, pero no los contornos de los miembros. Así que los que miran desde lejos o durante la noche, no pueden distinguir fácilmente si son árboles u hombres los que ven.

“… le impuso las manos.” Nos toca el Señor cuando nos ilumina con el soplo de su Espíritu, y cuando nos anima a reconocer nuestra propia enfermedad y al estudio de las virtudes. Toma la mano del ciego para confortarlo en la ejecución de las buenas obras.

Poniendo saliva en los ojos del ciego, puso en él sus manos para que viera, porque curó la ceguedad del género humano con dones invisibles y con los sacramentos de la humanidad que le había tomado. La saliva, que procede de la cabeza del hombre, designa la gracia del Espíritu Santo. Pero al que podía curar de una vez con una sola palabra, lo cura poco a poco, para manifestar cuán grande es la ceguedad humana, la cual vuelve de a pocos y como gradualmente a la luz; y para indicarnos su gracia, con la cual nos ayuda en cada paso que damos a la perfección. Cualquiera, pues, que haya estado por largo tiempo en la oscuridad, de modo que no pueda discernir entre el bien y el mal, cree que son árboles los hombres que se ofrecen a su vista, porque ve obrar a la muchedumbre sin la luz de la discreción.

Teofilacto

22. Parece que una gran incredulidad había corrompido a Betsaida, puesto que le dice el Señor: “Ay de ti, Betsaida, que si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han obrado en vosotros”, etc. ( Mt 11,21).

23. Sacó, pues, fuera de la aldea al ciego, porque no era verdadera la fe de los que se lo habían llevado.
“Y echándole saliva en los ojos, puestas sobre él la manos, le preguntó si veía algo”.

No hizo ver en el acto al ciego por la fe, porque no la tenía perfecta, porque el remedio se da según la fe.

26. “Ni siquiera entres en el pueblo”. Lo mandó de este modo porque, como queda dicho, eran incrédulos, y podían hacerle sufrir e incurrir a la vez ellos mismos, no creyendo, en una culpa más grave.

O bien: después que le curó lo mandó a su casa, porque nuestra casa es el cielo y las mansiones que hay en él.

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

23-24. Le echó saliva y puso las manos sobre él, queriendo mostrarnos que la palabra divina unida a la acción obraba semejantes milagros, siendo la mano signo de la acción y la saliva de la palabra que sale de la boca. Le pregunta si ve algo, lo que no había preguntado a los otros a quienes curó, para manifestar que, por la imperfecta fe de los que conducían al ciego y de éste mismo, no habían sido abiertos del todo sus ojos. “El ciego -prosigue- abriendo los ojos dice: Veo andar a unos hombres que me parecen como árboles”, porque su falta de fe le hacía declarar que veía de un modo confuso a los hombres.

25. Fortificó, pues, su fe desde el momento en que empezó a ver, y en virtud de ella le hizo ver perfectamente. “Púsole segunda vez -prosigue- las manos sobre los ojos, y empezó a ver mejor”; y después añade: “Y finalmente, recobró la vista de suerte que veía claramente todos los objetos”, curado verdaderamente de la vista y de la inteligencia.
“Con lo que le remitió a su casa, diciendo: “Vete a tu casa, y si entras en el lugar, a nadie lo digas”.

Pseudo-Jerónimo

22. En sentido místico, Betsaida significa la casa del valle, esto es, el mundo que está en este valle de lágrimas. Llevan un ciego al Señor, es decir, a un hombre que no ve lo que fue, lo que es y lo que será. Le ruegan que lo toque. ¿Y quién es aquel a quien toca el Señor, sino el que tiene verdadero arrepentimiento?

23. Y lo lleva fuera de la aldea, esto es, de la ciudad, para que recobre la vista y vea la voluntad de Dios por el soplo del Espíritu Santo. Poniendo sus manos en él, le pregunta si ve, porque por las obras del Señor se ve su grandeza.

26. Le dijo: “Y si entras en el lugar, a nadie lo digas”. Esto es, cuenta a tus vecinos tu ceguedad, no tu virtud.

San Jerónimo, super Et aspisciens ait

24-25. Ve a los hombres como árboles, porque los considera superiores a él. Puso de nuevo las manos sobre sus ojos, para que lo viera todo con claridad. Esto es, lo invisible por lo visible, y para que con la vista de su corazón purificado contemplara el estado claro de su ser después de las sombras oscuras del pecado.

26. Lo mandó a su casa, es decir, a su corazón, para que viera en sí lo que no vio antes, porque el hombre que desespera de su salud, piensa que no podrá llevar a cabo de ningún modo lo que una vez iluminado le parece fácil.


Documentos Catequéticos

Santo Tomás de Aquino

Suma Teológica

III, q. 86, a. 5

¿Desaparecen todas las secuelas del pecado después de perdonada la culpa mortal?

Objeciones:
Por las que parece que desaparecen todas las secuelas del pecado después de perdonada la culpa mortal.

1. Dice San Agustín en su libro De Poenitentia: Nunca curó el Señor a alguien sin liberarlo completamente. Curó totalmente a un hombre en día de sábado porque libró su cuerpo de toda enfermedad, y su alma, de todo contagio. Pero las secuelas del pecado pertenecen a la enfermedad del pecado. Luego no parece posible que, perdonada la culpa, permanezcan aún las secuelas del pecado.

2. Dice Dionisio en IV De Div. Nom. que el bien es más eficaz que el mal, ya que el mal no actúa más que en virtud del bien. Ahora bien, el hombre, al pecar, contrae toda la infección del pecado. Luego, con mayor razón, la penitencia le librará de todas las secuelas del pecado.

3. Las obras de Dios son más eficaces que las obras de los hombres. Pero el ejercicio de las buenas obras del hombre hace desaparecer las secuelas del pecado contrario. Luego mucho más desaparecerán con la remisión de la culpa, que es obra de Dios.

Contra esto:
Se lee en Mc 8,22ss. que el ciego curado por el Señor, primeramente, recibió una vista imperfecta, y así dijo: Veo a los hombres como árboles que andan; y después fue curado perfectamente, de tal manera que veía con claridad todas las cosas. Ahora bien, la curación del ciego significa la liberación del pecador. Luego después de la primera remisión de la culpa, por la que al pecador se le restituye la visión espiritual, permanecen todavía en él algunas secuelas del pecado pasado.

Respondo:
El pecado mortal con su conversión desordenada a los bienes creados, produce en el alma una cierta disposición e, incluso, un hábito si se repite muchas veces. Como se acaba de decir (a. 4 ad 1), la culpa del pecado mortal se perdona en cuanto que por la virtud de la gracia desaparece la aversión de la mente a Dios. Pero, eliminado cuanto se refiere a la aversión, puede permanecer todavía lo que se refiere a la conversión desordenada, ya que ésta puede existir sin aquélla, como antes se ha dicho (a. 4 ad 1). Y, por eso, nada impide que, eliminada la culpa, permanezcan las disposiciones causadas por los actos precedentes, que se llaman secuelas del pecado.

Permanecen, sin embargo, debilitadas y disminuidas, de tal manera que no dominen al hombre. Permanecen, efectivamente, en forma de disposición, y no en forma de hábito, como también permanece en el bautismo el fermento de pecado.

A las objeciones: Soluciones

1. Dios cura al hombre por entero perfectamente: unas veces, de manera súbita, como hizo con la suegra de San Pedro, a quien devolvió la salud perfectamente, de tal forma que levantándose le servía, como se dice en Lc 4,39; otras veces, lo hace de forma gradual, como se dice del ciego, a quien devolvió la vista, en Mc 8,25. Pues así también, en el orden espiritual, algunas veces convierte el corazón de un hombre con tanta conmoción que instantáneamente consigue la perfecta cura espiritual, no sólo con la remisión de la culpa, sino también con la eliminación de todas las secuelas del pecado, como sucedió con la Magdalena, según Lc 7,47ss. Otras veces, sin embargo, primero perdona la culpa a través de la gracia operante, y después, por la gracia cooperante, va gradualmente quitando las secuelas del pecado.

2. También el pecado, a veces, produce instantáneamente una débil disposición, como la causada con un solo acto, pero otras veces más fuerte, causada por muchos actos.

3. Con un solo acto no desaparecen todas las secuelas del pecado, porque, como se dice en Praedicamentis: El perverso, reconducido a prácticas mejores, irá aprovechando poco a poco y mejorará. Pero, insistiendo en el ejercicio, llegará a ser bueno con una virtud adquirida. Sin embargo, esto lo conseguirá mucho más fácilmente la gracia divina, ya con uno, ya con muchos actos.

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