Mc 9, 2-10: La Transfiguración (Mc)

Texto Bíblico

2 Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. 3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. 4 Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5 Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 6 No sabía qué decir, pues estaban asustados. 7 Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo». 8 De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
9 Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10 Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Anastasio Sinaíta, obispo

Sermón:

Sermón en el día de la Transfiguración del Señor, Núms. 6-10: Mélanges d’archéologie et d’histoire 67 (1955), 241-244. Liturgia de las Horas del 6 de agosto. 

¡Qué bien se está aquí!

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: “El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria de su Padre.”

Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.

Debemos apresurarnos a ir hacia allí —así me atrevo a decirlo— como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí! donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

Pedro el Venerable, abad

Sermón:

Sermón 1º para la Transfiguración; PL 189, 959

«Su rostro resplandecía como el sol» (Mt 17,2)

¿Por qué nos asombra que la cara de Jesús resplandeciera como el sol, si él mismo era el sol? Era el sol, pero escondido detrás de una nube. Ahora la nube se aparta, y resplandece por un instante. ¿Qué es esta nube que se aparta? No es la carne misma, sino la debilidad de la carne que desaparece por un instante. Esta nube, es aquella de la que habla el profeta: «El Señor ascenderá ligero sobre una nube» (Is 19,1): nube de carne que cubre la divinidad, ligera porque esta carne no lleva nada malo en sí misma; nube que vela el esplendor divino y ligero porque debe elevarse hasta el esplendor eterno. Es la nube sobre la que se ha dicho en el Cantar de los Cantares: «Desearía yacer a su sombra…» (Ct 2,3). Nube ligera porque esta carne es la del «Cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); y una vez quitados éstos, el mundo asciende a los cielos, liberado del lastre del peso de todos sus pecados.

El sol velado por esta carne no es «el que sale para buenos y malos» (Mt 5,45), sino «el Sol de justicia» (Mal 3,20) que sale exclusivamente para los que temen a Dios. Habitualmente velado por la nube de la carne, esta «luz que alumbra a todos los hombres» (Jn 1,9) brilla hoy con todo su esplendor. Hoy glorifica a la misma carne; la muestra deificada a los apóstoles, para que los apóstoles la revelen al mundo.

Revestido de la nube de la carne, hoy, la luz que ilumina a todo hombre (Jn 1,9) ha resplandecido. Hoy glorifica esta misma carne, la muestra deificada a los apóstoles para que ellos mismos la revelen al mundo. Y tú, ciudad dichosa, gozarás eternamente de la contemplación de este Sol, cuando «descenderás del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap 21,2). Nunca jamás este Sol se pondrá para ti; permaneciendo él mismo eternamente, lucirá una mañana eterna. Este Sol nunca jamás se verá velado por ninguna nube, sino que brillará sin cesar, y te alegrará con una luz sin ocaso. Este Sol nunca más deslumbrará tus ojos sino que te dará la fuerza para mirarlo y te dejará encantada por su esplendor divino. «No habrá más muerte, ni luto, ni gemidos, ni penas» (Ap 21,4) que puedan ensombrecer el resplandor que Dios te ha dado porque, como dice Juan: «El mundo ha pasado».

Este es el Sol del que habla el profeta: «Nunca más tendrás necesidad del sol para alumbrarte ni de la luna para iluminarte, porque el Señor tu Dios será tu luz para siempre» (Is 60,19). Esta es la luz eterna que brilla para ti en el rostro del Señor. Oyes la voz del Señor, contemplas su rostro resplandeciente, y llegas a ser como el sol. Porque es en su rostro que se reconoce a alguien, y reconocerle, es como ser iluminado por él. Aquí abajo lo crees en la fe; allí le reconocerás. Aquí lo captas por la inteligencia; allí serás captado por ella. Aquí ves «como en un espejo»; allí le verás «cara a cara» (1Co 13,12). Entonces se cumplirá este deseo del profeta: «Que haga brillar su rostro sobre nosotros» (Sal 66, 2). Te gozarás sin fin en esta luz; con esta luz caminarás sin cansarte. En esta luz verás la luz eterna.

Autor anónimo (de Siria)

Homilía:

«Este es mi Hijo amado»

Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan sobre la montaña y les mostró, antes de su resurrección, la gloria de su divinidad; así, cuando resucitara de entre los muertos, en la gloria de su naturaleza divina, reconocieran que esa gloria no la había recibido como recompensa a su sufrimiento, como su tuviera necesidad de ello, sino que era la misma gloria que ya poseía entes de los siglos, junto al Padre y con el Padre. Es lo que él mismo dijo al acercarse su voluntaria Pasión: «Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese» (Jn 17,5). Es esta misma, la gloria de su divinidad, misteriosamente escondida en su humanidad, la que mostró a sus apóstoles en la montaña. En efecto, sobre la montaña vieron dos soles, uno en el cielo resplandeciente como de costumbre, y otro resplandeciente de manera inhabitual; uno que iluminaba al mundo desde lo alto del firmamento, el otro que brillaba para ellos solos, con el rostro girado hacia ellos.

Entonces aparecieron Moisés y Elías y le agradecían que, con su venida se hubieran cumplido sus palabras, como las de todos los profetas. Le adoraban por la salvación que operaba en favor del mundo entero y por el cumplimiento del misterio que ellos habían recibido el encargo de anunciar. Así es que, en esta montaña se llenaron de gozo tanto los apóstoles como los profetas. Los profetas se alegraron al ver su humanidad que, anteriormente, no habían podido conocer; los apóstoles se alegraron al ver la gloria de su divinidad que ellos todavía no conocían, y al escuchar la voz del Padre que daba testimonio en favor de su Hijo. A través de ella y de la gloria de su divinidad que su cuerpo dejaba traslucir, conocieron su encarnación que, hasta entonces, les era desconocida.

Pablo VI, papa

Ángelus (el mismo día de su muerte)

Fiesta de la Transfiguración del Señor
Domingo 6 de agosto de 1978

Publicamos la alocución dominical que el amado Pontífice había preparado para dirigirla a los peregrinos en Castelgandolfo, a la hora meridiana del Angelus, el domingo 6 de agosto, y que la ya grave enfermedad le impidió pronunciar. El Papa descansó en la paz del Señor a las 21,40 del domingo 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.

Hermanos e hijos queridísimos:

La Transfiguración del Señor, recordada por la liturgia en la solemnidad de hoy, proyecta una luz deslumbrante sobre nuestra vida diaria y nos lleva a dirigir la mente al destino inmortal que este hecho esconde.

En la cima del Tabor, durante unos instantes, Cristo levanta el velo que oculta el resplandor de su divinidad y se manifiesta a los testigos elegidos como es realmente, el Hijo de Dios. «el esplendor de la gloria del Padre y la imagen de su substancia» (cf. Heb 1, 5); pero al mismo tiempo desvela el destino trascendente de nuestra naturaleza humana que El ha tomado para salvarnos, destinada también ésta (por haber sido redimida por su sacrificio de amor irrevocable) a participar en la plenitud de la vida, en la «herencia de los santos en la luz» (Col 1, 12).

Ese cuerpo que se transfigura ante los ojos atónitos de los Apóstoles es el cuerpo de Cristo nuestro hermano, pero es también nuestro cuerpo destinado a la gloria; la luz que le inunda es y será también nuestra parte de herencia y de esplendor.

Estamos llamados a condividir tan gran gloria, porque somos «partícipes de la divina naturaleza» (2 Pe 1. 4).

Nos espera una suerte incomparable, en el caso de que hayamos hecho honor a nuestra vocación cristiana y hayamos vivido con la lógica consecuencia de palabras y comportamiento, a que nos obligan los compromisos de nuestro bautismo.

El tiempo restaurador de las vacaciones traiga a todos oportunidad de reflexionar más a fondo sobre estas realidades estupendas de nuestra fe. Una vez más deseamos a todos los aquí presentes, y a cuantos pueden disfrutar de una pausa de solaz en este tiempo de vacación, que los transforméis en ocasión para madurar espiritualmente.

Pero tampoco este domingo podemos olvidar a cuantos sufren por hallarse en circunstancias especiales y no pueden sumarse a quienes gozan, en cambio, de un reposo ciertamente merecido. Queremos aludir a los desocupados, que no alcanzan a subvenir a las necesidades crecientes de sus seres queridos, con un trabajo acorde con su preparación y su capacidad; a los que padecen hambre, una multitud que aumenta cada día en proporciones pavorosas; y en general, a todos aquellos que no aciertan a encontrar un puesto satisfactorio en la vida económica y social.

Por todas estas intenciones se eleve hoy fervorosa nuestra oración mariana, que estimule asimismo a cada uno a propósitos de solidaridad fraterna.

María, Madre solícita y afectuosa, dirija a todos su mirada y su protección.

San Juan Pablo II, papa

Ángelus (06-08-1989)

Domingo 6 de agosto de 1989
Solemnidad de la Transfiguración del Señor

1. Este domingo, en el que la liturgia celebra la solemnidad de la Transfiguración del Señor sobre el monte Tabor, la Virgen María nos llama aquí a recogernos para meditar este inefable misterio, como se nos presenta en las páginas de los Evangelios, en que resuenan las palabras del Padre: “Este es mi Hijo, el escogido: escuchadle” (Mc 9, 7 y paralelos). Obedeciendo a este mandato, la Iglesia vive en continua escucha de la voz del Hijo de Dios, en el que reconoce a su Señor, haciéndose pregonera de su alegre Nueva en medio de los hombres de todo tiempo y de todo lugar.

2. De este mensaje evangélico fue testigo intrépido y anunciador incansable el Papa Pablo VI, mi venerado Predecesor, que precisamente el 6 de agosto de hace once años, también entonces domingo de la Transfiguración, era llamado de la luz de este mundo a la luz del cielo. Se puede afirmar que la solemnidad de la Transfiguración ha marcado de modo especial, casi profético, el servicio eclesial de aquel gran Pontífice, hasta el punto de que se podría definir, como me he expresado en otras ocasiones, “el Papa de la Transfiguración”. En efecto, la primera Encíclica de su Pontificado, la programática “Ecclesiam suam“, lleva la fecha del 6 de agosto; y en ese mismo día concluía su vida terrena.

Es más, se puede decir que toda su existencia fue una continua transfiguración en la escuela del Señor Jesucristo “luz del mundo” (Jn 8, 12). Pablo VI no se cansó nunca de poner en guardia a los fieles contra las tentaciones, de hacer opaco el espíritu, sometiéndolo al dominio de los sentidos. A la luz del Resucitado y de la Virgen Asunta, él inculcó en los ánimos el amor a la Iglesia, transparencia de Dios sobre la tierra, la fuerza de la verdad que nos hace libres, y el gusto de la belleza de quien sabe rescatar el propio cuerpo de la corrupción del pecado con la ayuda de la gracia de los sacramentos; de quien sabe recobrar la dignidad para su propia persona a fin de conseguir el título de inmortalidad sobrehumana de la resurrección y de la vida eterna.

3. Sentimos el deber de dar gracias al Señor por haber dado a la Iglesia ese Maestro y Pastor que supo amarla, defenderla e ilustrarla con sabia palabra y con la vida penitente y operosa para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Con sus escritos convincentes y con su existencia consagrada al testimonio de la fe católica, supo ayudar a los cristianos e inspirar a la sociedad humana, tan amada por él.

Elevemos nuestra oración a María, a quien Pablo VI, en su citada Encíclica invocaba como “la beatísima, la dulcísima, la humildísima, la inmaculada creatura, a quien cupo el privilegio de ofrecer al Verbo de Dios la carne humana en su primigenia e inocente belleza” (II; cf. L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de agosto de 1974. pág. 7) a fin de que le obtenga a él la paz eterna y a nosotros la fuerza para seguir sus enseñanzas y sus ejemplos, mientras lo contemplamos en el abrazo del Cristo transfigurado.

Ángelus (04-08-1991)

Fiesta de la Transfiguración del Señor
Domingo 4 de agosto de 1991

Queridos hermanos y hermanas:

1. Pasado mañana 6 de agosto, celebraremos en la liturgia la Transfiguración del Señor. Deseo dirigir vuestra atención hacia este significativo acontecimiento de la vida del Señor, que la Iglesia recuerda solemnemente.

El evangelio narra que Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y subió a un monte alto. Mientras estaba rezando allí, su rostro cambió de aspecto, resplandeció de luz fulgente, y sus vestidos relumbraron; aparecieron entonces Moisés y Elías, que conversaban con Él. Pedro dijo a Jesús: “Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No había terminado de hablar, cuando una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9, 5. 7).

En este episodio admirable, nuestro Señor Jesucristo revela a los Apóstoles su “divinidad”, su identidad “mesiánica” y su “misión redentora”.

En efecto, toda nuestra fe se funda en la convicción clara y firme de la “divinidad” de Cristo, Hijo de Dios, que al venir a este mundo, se hizo Siervo sufriente y Redentor universal.

¡Ojalá que la fiesta de la “Transfiguración” del Señor confirme en todos vosotros la verdadera fe en Cristo y refuerce el deseo de conocerlo aún mejor, como Hijo predilecto de Dios, que se hizo por nosotros camino, verdad y vida!

2. Con el pensamiento dirigido a la visión extraordinaria del Monte Tabor, recordamos también el aniversario de la muerte de Pablo VI, acaecida hace trece años, precisamente al atardecer del día 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor. A pesar de los años transcurridos, el recuerdo de este Pontífice sigue vivo en la Iglesia. Todos guardamos en la memoria su ansia apostólica y su convencimiento de que la Iglesia “existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, (Evangelii nuntiandi, 14: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de diciembre de 1975, pág. 4). En su última audiencia del 2 de agosto, pocos días antes de morir, pronunció una frase que sintetiza maravillosamente su espiritualidad y su mensaje doctrinal: “La Iglesia profesa y enseña una doctrina estable y segura (…). Anuncia una palabra que dimana del pensamiento trascendente de Dios. Ésta es su fuerza y su luz (…). Cristo se ha hecho nuestro maestro para enseñarnos verdades que de suyo superan la capacidad de nuestra inteligencia. Sólo las aceptan los humildes y por ello viven en atmósfera de sabiduría y de orden superior” (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de agosto de 1978, pág. 3).

3. Mientras admiramos a este gran Pontífice y rezamos por el sufragio de su alma a la luz de Cristo transfigurado y resucitado, nos dirigimos con confianza a la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, para que acoja favorablemente nuestras intenciones.

Discurso (06-08-1999):

Al inicio de la Misa en la Fiesta de la Transfiguración del Señor
Viernes 6 de agosto de 1999.

La Eucaristía, que nos disponemos a celebrar, nos lleva hoy espiritualmente al Tabor, junto a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, para admirar extasiados el resplandor del Señor transfigurado. En el acontecimiento de la Transfiguración contemplamos el encuentro misterioso entre la historia, que se construye diariamente, y la herencia bienaventurada, que nos espera en el cielo, en la unión plena con Cristo, alfa y omega, principio y fin.

A nosotros, peregrinos en la tierra, se nos concede gozar de la compañía del Señor transfigurado, cuando nos sumergimos en las cosas del cielo, mediante la oración y la celebración de los misterios divinos. Pero, como los discípulos, también nosotros debemos descender del Tabor a la existencia diaria, donde los acontecimientos de los hombres interpelan nuestra fe. En el monte hemos visto; en los caminos de la vida se nos pide proclamar incansablemente el Evangelio, que ilumina los pasos de los creyentes.

Esta profunda convicción espiritual guió toda la misión eclesial de mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, que volvió a la casa del Padre precisamente en la fiesta de la Transfiguración, hace veintiún años. En el Ángelus que debía rezar aquel día, el 6 de agosto de 1978, afirmaba: «La solemnidad de hoy proyecta una luz deslumbrante sobre nuestra vida diaria y nos lleva a dirigir la mente al destino inmortal que este hecho esconde» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de agosto de 1978, p. 3).

¡Sí! Nos recuerda Pablo VI: hemos sido creados para la eternidad, y la eternidad comienza ya desde ahora, puesto que el Señor está en medio de nosotros, vive con su Iglesia y en ella.

Mientras con íntima emoción hacemos memoria este inolvidable predecesor mío en la sede de Pedro, oremos a fin de que todos los cristianos obtengan de la contemplación de Cristo, «resplandor de la gloria del Padre e impronta de su sustancia» (Hb 1, 3), valentía y constancia para anunciarlo y testimoniarlo fielmente con palabras y obras. María, Madre solícita y diligente, nos ayude a ser destello de la luz salvífica de su Hijo Jesús.

Catequesis, Audiencia General (26-04-2000)

1. […] “¡Verdaderamente Jesús ha resucitado!”. Este anuncio abre un horizonte nuevo a la humanidad entera. En la Resurrección se hace realidad lo que en la Transfiguración del monte Tabor se vislumbraba misteriosamente. Entonces el Salvador reveló a Pedro, Santiago y Juan el prodigio de gloria y de luz confirmado por la voz del Padre:  “Este es mi Hijo predilecto” (Mc 9, 7).

En la fiesta de Pascua estas palabras se nos presentan en su plenitud de verdad. El Hijo predilecto del Padre, Cristo crucificado y muerto, ha resucitado por nosotros. A su luz, los creyentes vemos la luz y, “exaltados por el Espíritu -como afirma la liturgia de la Iglesia de Oriente-, cantamos a la Trinidad consustancial a lo largo de todos los siglos” (Grandes Vísperas de la Transfiguración de Cristo). Con el corazón rebosante de alegría pascual subamos hoy espiritualmente  al monte santo, que domina la llanura de Galilea, para contemplar  el acontecimiento que allí se realiza, anticipando los sucesos pascuales.

2. Cristo es el centro de la Transfiguración. Hacia él convergen dos testigos de la primera Alianza:  Moisés, mediador de la Ley, y Elías, profeta del Dios vivo. La divinidad de Cristo, proclamada por la voz del Padre, también se manifiesta mediante los símbolos que san Marcos traza con sus rasgos pintorescos. La luz y la blancura son símbolos que representan la eternidad y la trascendencia:  “Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como no los puede blanquear lavandera sobre la tierra” (Mc 9, 3). Asimismo, la nube es signo de la presencia de Dios en el camino del Éxodo de Israel y en la tienda de la Alianza (cf. Ex 13, 21-22; 14, 19. 24; 40, 34. 38).

Canta también la liturgia oriental, en el Matutino de la Transfiguración:  “Luz inmutable de la luz del Padre, oh Verbo, con tu brillante luz hoy hemos visto en el Tabor la luz que es el Padre y la luz que es el Espíritu, luz que ilumina a toda criatura”.

3. Este texto litúrgico subraya la dimensión trinitaria de la transfiguración de Cristo en el monte, pues es explícita la presencia del Padre con su voz reveladora. La tradición cristiana vislumbra implícitamente también la presencia del Espíritu Santo, teniendo en cuenta el evento paralelo del bautismo en el Jordán, donde el Espíritu descendió sobre Cristo en forma de paloma (cf. Mc 1, 10). De hecho, el mandato del Padre:  “Escuchadlo” (Mc 9, 7) presupone que Jesús está lleno de Espíritu Santo, de forma que sus palabras son “espíritu y vida” (Jn 6, 63; cf. 3, 34-35).

Por consiguiente, podemos subir al monte para detenernos a contemplar y sumergirnos en el misterio de luz de Dios. El Tabor representa a todos los montes que nos llevan a Dios, según una imagen muy frecuente en los místicos. Otro texto de la Iglesia de Oriente nos invita a esta ascensión hacia las alturas y hacia la luz:  “Venid, pueblos, seguidme. Subamos a la montaña santa y celestial; detengámonos espiritualmente en la ciudad del Dios vivo y contemplemos en espíritu la divinidad del Padre y del Espíritu que resplandece en el Hijo unigénito” (tropario, conclusión del Canon de san Juan Damasceno).

4. En la Transfiguración no sólo contemplamos el misterio de Dios, pasando de luz a luz (cf. Sal 36, 10), sino que también se nos invita a escuchar la palabra divina que se nos dirige. Por encima de la palabra de la Ley en Moisés y de la profecía en Elías, resuena la palabra del Padre que remite a la del Hijo, como acabo de recordar. Al presentar al “Hijo predilecto”, el Padre añade la invitación a escucharlo (cf. Mc 9, 7).

La segunda carta de san Pedro, cuando comenta la escena de la Transfiguración, pone fuertemente de relieve la voz divina. Jesucristo “recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz:  “Este es mi Hijo predilecto, en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana” (2 P 1, 17-19).

5. Visión y escucha, contemplación y obediencia son, por consiguiente, los caminos que nos llevan al monte santo en el que la Trinidad se revela en la gloria del Hijo. “La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo “el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3, 21). Pero nos recuerda también que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14, 22)” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 556).

La liturgia de la Transfiguración, como sugiere la espiritualidad de la Iglesia de Oriente, presenta  en los apóstoles Pedro, Santiago y Juan una “tríada” humana que contempla la Trinidad divina. Como los tres jóvenes del horno de fuego ardiente del libro de Daniel (cf. Dn 3, 51-90), la liturgia “bendice a Dios Padre creador, canta al Verbo que bajó en su ayuda y cambia el fuego en rocío, y exalta al Espíritu que da a todos la vida por los siglos” (Matutino de la fiesta de la Transfiguración).

También nosotros oremos ahora al Cristo transfigurado con las palabras del Canon de san Juan Damasceno:  “Me has seducido con el deseo de ti, oh Cristo, y me has transformado con tu divino amor. Quema mis pecados con el fuego inmaterial y dígnate colmarme de tu dulzura, para que, lleno de alegría, exalte tus manifestaciones”.

Benedicto XVI, papa

Ángelus (06-08-2006)

Palacio pontificio de Castelgandolfo
Domingo 6 de agosto de 2006

En este domingo el evangelista san Marcos refiere que Jesús se llevó a Pedro, Santiago y Juan a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, “como no puede dejarlos ningún batanero del mundo” (cf. Mc 9, 2-10). La liturgia nos invita hoy a fijar nuestra mirada en este misterio de luz. En el rostro transfigurado de Jesús brilla un rayo de la luz divina que él tenía en su interior. Esta misma luz resplandecerá en el rostro de Cristo el día de la Resurrección. En este sentido, la Transfiguración es como una anticipación del misterio pascual.

La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación. Ya al inicio de la creación el Todopoderoso dice: “Fiat lux”, “Haya luz” (Gn 1, 3), y la luz se separó de la oscuridad. Al igual que las demás criaturas, la luz es un signo que revela algo de Dios: es como el reflejo de su gloria, que acompaña sus manifestaciones. Cuando Dios se presenta, “su fulgor es como la luz, salen rayos de sus manos” (Ha 3, 4). La luz -se dice en los Salmos– es el manto con que Dios se envuelve (cf. Sal 104, 2). En el libro de la Sabiduría el simbolismo de la luz se utiliza para describir la esencia misma de Dios: la sabiduría, efusión de la gloria de Dios, es “un reflejo de la luz eterna”, superior a toda luz creada (cf. Sb 7, 27. 29 s). En el Nuevo Testamento es Cristo quien constituye la plena manifestación de la luz de Dios. Su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal. Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el pecado. En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres y el camino de la historia. “Yo soy la luz del mundo -afirma en el Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

¡Cuánta necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal para experimentar la alegría de los hijos de la luz! Que nos obtenga este don María, a quien ayer, con particular devoción, recordamos en la memoria anual de la dedicación de la basílica de Santa María la Mayor. Que la Virgen santísima consiga, además, la paz para las poblaciones de Oriente Próximo, martirizadas por luchas fratricidas. Sabemos bien que la paz es ante todo don de Dios, que hemos de implorar con insistencia en la oración, pero en este momento queremos recordar también que es compromiso de todos los hombres de buena voluntad. ¡Que nadie se substraiga a este deber!

Por tanto, ante la amarga constatación de que hasta ahora se han desoído las voces que pedían un alto el fuego inmediato en aquella martirizada región, siento la urgencia de renovar mi apremiante llamamiento en ese sentido, pidiendo a todos que den su contribución concreta a la construcción de una paz justa y duradera. Encomiendo este renovado llamamiento a la intercesión de la Virgen santísima.

Catequesis, Audiencia General (13-06-2012)

nn. 1.6-8.

1. El encuentro diario con el Señor y la recepción frecuente de los sacramentos permiten abrir nuestra mente y nuestro corazón a su presencia, a sus palabras, a su acción. La oración no es solamente la respiración del alma, sino también, para usar una imagen, el oasis de paz en el que podemos encontrar el agua que alimenta nuestra vida espiritual y transforma nuestra existencia. Y Dios nos atrae hacia sí, nos hace subir al monte de la santidad, para que estemos cada vez más cerca de él, ofreciéndonos a lo largo del camino luz y consolaciones…

6. En la oración, por tanto, abrimos nuestra alma al Señor para que él venga a habitar nuestra debilidad, transformándola en fuerza para el Evangelio. Y también es rico en significado el verbo griego con el que san Pablo describe este habitar del Señor en su frágil humanidad; usa episkenoo, que podríamos traducir con «plantar la propia tienda». El Señor sigue plantando su tienda en nosotros, en medio de nosotros: es el misterio de la Encarnación. El mismo Verbo divino, que vino a habitar en nuestra humanidad, quiere habitar en nosotros, plantar en nosotros su tienda, para iluminar y transformar nuestra vida y el mundo.

7. La intensa contemplación de Dios que experimentó san Pablo recuerda la de los discípulos en el monte Tabor, cuando, al ver a Jesús transfigurarse y resplandecer de luz, Pedro le dijo: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mc 9, 5). «No sabía qué decir, pues estaban asustados», añade san Marcos (v. 6). Contemplar al Señor es, al mismo tiempo, fascinante y tremendo: fascinante, porque él nos atrae hacia sí y arrebata nuestro corazón hacia lo alto, llevándolo a su altura, donde experimentamos la paz, la belleza de su amor; y tremendo, porque pone de manifiesto nuestra debilidad, nuestra inadecuación, la dificultad de vencer al Maligno, que insidia nuestra vida, la espina clavada también en nuestra carne. En la oración, en la contemplación diaria del Señor recibimos la fuerza del amor de Dios y sentimos que son verdaderas las palabras de san Pablo a los cristianos de Roma, donde escribió: «Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 38-39).

8. En un mundo en el que corremos el peligro de confiar solamente en la eficiencia y en el poder de los medios humanos, en este mundo estamos llamados a redescubrir y testimoniar el poder de Dios que se comunica en la oración, con la que crecemos cada día conformando nuestra vida a la de Cristo, el cual —como afirma san Pablo— «fue crucificado por causa de su debilidad, pero ahora vive por la fuerza de Dios. Lo mismo nosotros: somos débiles en él, pero viviremos con él por la fuerza de Dios para vosotros» (2 Co 13, 4).

9. […] La unión con Dios no aleja del mundo, pero nos da la fuerza para permanecer realmente en el mundo, para hacer lo que se debe hacer en el mundo. Así pues, también en nuestra vida de oración tal vez podemos tener momentos de particular intensidad, en los que sentimos más viva la presencia del Señor, pero es importante la constancia, la fidelidad de la relación con Dios, sobre todo en las situaciones de aridez, de dificultad, de sufrimiento, de aparente ausencia de Dios. Sólo si somos aferrados por el amor de Cristo, seremos capaces de afrontar cualquier adversidad, como san Pablo, convencidos de que todo lo podemos en Aquel que nos da la fuerza (cf. Flp 4, 13). Por consiguiente, cuanto más espacio demos a la oración, tanto más veremos que nuestra vida se transformará y estará animada por la fuerza concreta del amor de Dios. Así sucedió, por ejemplo, a la beata madre Teresa de Calcuta, que en la contemplación de Jesús, y precisamente también en tiempos de larga aridez, encontraba la razón última y la fuerza increíble para reconocerlo en los pobres y en los abandonados, a pesar de su frágil figura. La contemplación de Cristo en nuestra vida —como ya he dicho— no nos aleja de la realidad, sino que nos hace aún más partícipes de las vicisitudes humanas, porque el Señor, atrayéndonos hacia sí en la oración, nos permite hacernos presentes y cercanos a todos los hermanos en su amor. Gracias.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)

Jesús de Nazaret: La Transfiguración

Tomo I, Capítulo IX, 2

En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: «Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan» (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: «Unos ocho días después.» (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente. Juan ha expresado con palabras esta conexión interna de cruz y gloria al decir que la cruz es la «exaltación» de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz. Pero ahora debemos analizar más a fondo esa singular indicación temporal. Existen dos interpretaciones diferentes, pero que no se excluyen una a otra.

Jean-Marie van Cangh y Michel van Esbroeck han analizado minuciosamente la relación del pasaje con el calendario de fiestas judías. Llaman la atención sobre el hecho de que sólo cinco días separan dos grandes fiestas judías en otoño: primero el Yom Hakkippurim, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkoí), que dura una semana. Esto significaría que la confesión de Pedro tuvo lugar en el gran día de la expiación y que, desde el punto de vista teológico, se la debería interpretar en el trasfondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de YHWH en el sancta sanctórum del templo. La confesión de Pedro en Jesús como Hijo del Dios vivo tendría en este contexto una dimensión más profunda. Jean Daniélou, en cambio, relaciona exclusivamente la datación que ofrecen los evangelistas con la fiesta de la Tiendas, que —como ya se ha dicho— duraba una semana. En definitiva, pues, las indicaciones temporales de Mateo, Marcos y Lucas coincidirían. Los seis o cerca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto, la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante y su síntesis interna.

Ambas interpretaciones tienen en común que relacionan la transfiguración de Jesús con la fiesta de las Tiendas. Veremos que, de hecho, esta relación se manifiesta en el texto mismo, lo que nos permite entender mejor todo el acontecimiento. Aparte de la singularidad de estos relatos, se muestra aquí un rasgo fundamental de la vida de Jesús, puesto de relieve sobre todo por Juan, como hemos visto en el capítulo precedente: los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una relación intrínseca con el calendario de fiestas judías; son, por así decirlo, acontecimientos litúrgicos en los que la liturgia, con su conmemoración y su esperanza, se hace realidad, se hace vida que a su vez lleva a la liturgia y que, desde ella, quisiera volver a convertirse en vida.

Precisamente al analizar las relaciones entre la historia de la transfiguración y la fiesta de las Tiendas veremos que todas las fiestas judías tienen tres dimensiones. Proceden de celebraciones de la religión natural, es decir, hablan del Creador y de la creación; luego se convierten en conmemoraciones de la acción de Dios en la historia y finalmente, basándose en esto, en fiestas de la esperanza que salen al encuentro del Señor que viene, en el cual la acción salvadora de Dios en la historia alcanza su plenitud, y se llega a la vez a la reconciliación de toda la creación. Veremos que estas tres dimensiones de las fiestas profundizan más y adquieren un carácter nuevo mediante su realización en la vida y la pasión de Jesús.

A esta interpretación litúrgica de la fecha se contrapone otra, defendida insistentemente sobre todo por Hartmut Gese, que no cree suficientemente fundada la relación con la fiesta de las Tiendas y, en su lugar, lee todo el texto sobre el trasfondo de Éxodo 24, la subida de Moisés al monte Sinaí. En efecto, este capítulo, en el que se describe la ratificación de la alianza de Dios con Israel, es una clave esencial para la interpretación del acontecimiento de la transfiguración. En él se dice: «La nube lo cubría y la gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube» (Ex 24, 16). El hecho de que aquí —a diferencia de lo que ocurre en los Evangelios— se hable del séptimo día no impide una relación entre Éxodo 24 y el acontecimiento de la transfiguración; en cualquier caso, a mí me parece más convincente la datación basada en el calendario de fiestas judías. Por lo demás, nada tiene de extraño que en los acontecimientos de la vida de Jesús confluyan relaciones tipológicas diferentes, demostrando así que tanto Moisés como los Profetas hablan todos de Jesús.

Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración. Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9,2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor —en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio— dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación se hace liturgia.

En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. La historia añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sacrificio del cordero, prefiguración del Cordero definitivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías recibieron en el monte la revelación de Dios; ahora están en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona.

«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29). La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo.

Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: «Cuando Moisés bajó del monte Sinaí… no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor» (Ex 34, 29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y al mismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desde fuera, y que ahora le hace brillar también a él. Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz.

Al mismo tiempo, las vestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Lc 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

Ahora aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el camino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación— de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.

Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la «esperanza de Israel», el éxodo que libera definitivamente; que, además, el contenido de esta esperanza es el Hijo del hombre que sufre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad. Moisés y Elías se convierten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión. Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría.

En este punto hemos de anticipar la conversación que los tres discípulos mantienen con Jesús mientras bajan del «monte alto». Jesús habla con ellos de su futura resurrección de entre los muertos, lo que presupone obviamente pasar primero por la cruz. Los discípulos, en cambio, le preguntan por el regreso de Elías anunciado por los escribas. Jesús les dice al respecto: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 9-13). Jesús confirma así, por una parte, la esperanza en la venida de Elías, pero al mismo tiempo corrige y completa la imagen que se habían hecho de todo ello. Identifica al Elías que esperan con Juan el Bautista, aun sin decirlo: en la actividad del Bautista ha tenido lugar la venida de Elías.

Juan había venido para reunir a Israel y prepararlo para la llegada del Mesías. Pero si el Mesías mismo es el Hijo del hombre que padece, y sólo así abre el camino hacia la salvación, entonces también la actividad preparatoria de Elías ha de estar de algún modo bajo el signo de la pasión. Y, en efecto: «Han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 13). Jesús recuerda aquí, por un lado, el destino efectivo del Bautista, pero con la referencia a la Escritura hace alusión también a las tradiciones existentes, que predecían un martirio de Elías: Elías era considerado «como el único que se había librado del martirio durante la persecución; a su regreso… también él debe sufrir la muerte» (Pesch, Markusevangelium II, p. 80).

De este modo, la esperanza en la salvación y la pasión son asociadas entre sí, desarrollando una imagen de la redención que, en el fondo, se ajusta a la Escritura, pero que comporta una novedad revolucionaria respecto a las esperanzas que se tenían: con el Cristo que padece, la Escritura debía y debe ser releída continuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moisés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo a partir de Él, el Resucitado.

Volvamos a la narración de la transfiguración. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perciben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento «… no sabía lo que decía» (9, 6): «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5).

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronunciadas, por así decirlo, en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. ¿Tienen que ver con la fiesta de las Tiendas, en cuyo día final tuvo lugar la aparición? Hartmut Gese lo discute y opina que el auténtico punto de referencia en el Antiguo Testamento es Éxodo 33, 7ss, donde se describe la «ritualización del episodio del Sinaí»: según este texto, Moisés montó «fuera del campamento» la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33, 11). Por tanto, Pedro querría aquí dar un carácter estable al evento de la aparición levantando también tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo. Podría tratarse de una reminiscencia del texto de la Escritura antes citado; tanto la exégesis judía como la paleocristiana conocen una encrucijada en la que confluyen diversas referencias a la revelación, complementándose unas a otras. Sin embargo, el hecho de que debían construirse tres tiendas contrasta con una referencia de semejante tipo o, al menos, la hace parecer secundaria.

La relación con la fiesta de las Tiendas resulta plausible cuando se considera la interpretación mesiánica de esta fiesta en el judaísmo de la época de Jesús. Jean Daniélou ha profundizado en este aspecto de manera convincente y lo ha relacionado con el testimonio de los Padres, en los que las tradiciones judías eran sin duda todavía conocidas y se las reinterpretaba en el contexto cristiano. La fiesta de las Tiendas presenta el mismo carácter tridimensional que caracteriza —como ya hemos visto— a las grandes fiestas judías en general: una fiesta procedente originariamente de la religión natural se convierte en una fiesta de conmemoración histórica de las intervenciones salvíficas de Dios, y el recuerdo se convierte en esperanza de la salvación definitiva. Creación, historia y esperanza se unen entre sí. Si en la fiesta de las Tiendas, con la ofrenda del agua, se imploraba la lluvia tan necesaria en una tierra árida, la fiesta se convierte muy pronto en recuerdo de la marcha de Israel por el desierto, donde los judíos vivían en tiendas (chozas, sukkot) (cf. Lv 23,43). Daniélou cita primero a Riesenfeld: «Las Tiendas no eran sólo el recuerdo de la protección divina en el desierto, sino lo que es más importante, una prefiguración de los sukkot [divinos] en los que los justos vivirían al llegar el mundo futuro. Parece, pues, que el rito más característico de la fiesta de las Tiendas, tal como se celebraba en los tiempos del judaísmo, tenía relación con un significado escatológico muy preciso» (p. 451). En el Nuevo Testamento encontramos en Lucas las palabras sobre la morada eterna de los justos en la vida futura (16, 9). «La epifanía de la gloria de Jesús —dice Daniélou— es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tiendas» (p. 459). La vivencia de la transfiguración durante la fiesta de las Tiendas hizo que Pedro reconociera en su éxtasis «que las realidades prefiguradas en los ritos de la fiesta se habían hecho realidad… La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiánico» (p. 459). Al bajar del monte Pedro debe aprender a comprender de un modo nuevo que el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración —ser luz en virtud del Señor y con Él— comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión.

A partir de estas conexiones adquiere también un nuevo sentido la frase fundamental del Prólogo de Juan, en la que el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Efectivamente, el Señor ha puesto la tienda de su cuerpo entre nosotros inaugurando así el tiempo mesiánico. Siguiendo esta idea, Gregorio de Nisa analiza en un texto magnífico la relación entre la fiesta de las Tiendas y la Encarnación. Dice que la fiesta de las Tiendas siempre se había celebrado, pero no se había hecho realidad. «Pues la verdadera fiesta de las Tiendas, en efecto, no había llegado aún. Pero precisamente por eso, según las palabras proféticas [en alusión al Salmo 118, 27] Dios, el Señor del universo, se nos ha revelado para realizar la construcción de la tienda destruida de la naturaleza humana» (De anima, PG 46,132 B; cf. Daniélou, pp. 464-466).

Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nuevo al relato de la transfiguración. «Se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9, 7). La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora «con su sombra» también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Padre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido» (Mc 1, 11). Pero a esta proclamación solemne de la dignidad filial se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo». Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la subida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración. Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la enseñanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: «Escuchadlo». Hartmut Gese comenta esta escena de un modo bastante acertado: «Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con mayor autoridad: Jesús es la Torá misma» (p. 81). Con esto concluye la aparición: su sentido más profundo queda recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: «Escuchadlo».

Si aprendemos a interpretar así el contenido del relato de la transfiguración —como irrupción y comienzo del tiempo mesiánico—, podemos entender también las oscuras palabras que Marcos incluye entre la confesión de Pedro y la instrucción sobre el discipulado, por un lado, y el relato de la transfiguración, por otro: «Y añadió: “Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán hasta que vean venir con poder el Reino de Dios”» (9, 1). ¿Qué significa esto? ¿Anuncia Jesús quizás que algunos de los presentes seguirán con vida en su Parusía, en la irrupción definitiva del Reino de Dios? ¿O acaso preanuncia otra cosa?

Rudolf Pesch (II 2, p. 66s) ha mostrado convincentemente que la posición de estas palabras justo antes de la transfiguración indica claramente que se refieren a este acontecimiento. Se promete a algunos —los tres que acompañan a Jesús en la ascensión al monte— que vivirán una experiencia de la llegada del Reino de Dios «con poder». En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Dios. En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el monte —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el «poder» (dynamis) del reino que llega en Cristo.

Pero precisamente en el encuentro aterrador con la gloria de Dios en Jesús tienen que aprender lo que Pablo dice a los discípulos de todos los tiempos en la Primera Carta a los Corintios: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo —judíos o griegos—, poder (dynamis) de Dios y sabiduría de Dios» (1, 23s) Este «poder» (dynamis) del reino futuro se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la «necesidad» de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24, 26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introduciendo así poco a poco en toda la profundidad del misterio de Jesús.


Comentarios exegéticos

G. Zevini, Lectio Divina (Marcos): La realización de un sueño

Verbo Divino (2008), pp. 299-305.

La palabra se ilumina

El acontecimiento de la transfiguración se sitúa entre el primero y el segundo anuncio de la Pasión y resurrección de Jesús. No es casual: en el contexto inmediato aparece ya la orientación de fondo, hecha todavía más explícita por la voz del Padre, corazón y cima de todo el fragmento (v. 7). 

El grupo de los apóstoles conoce aquí, excepcionalmente, una drástica reducción de doce a tres: Pedro, Santiago y Juan. Son los mismos a los que Jesús llamará más tarde para compartir otra experiencia con él, la de su agonía en el huerto de los Olivos. La presencia de los mismos testigos pretende crear una correlación entre los dos episodios, uno de gloria, otro de sufrimiento. Por otra parte, la transfiguración tiene lugar en un contexto de lejanía de la vida ordinaria, casi -podríamos decir- de aislamiento. Jesús se lleva a los tres a una montaña elevada (v. 2). La montaña, por otro lado, es lugar habitual de encuentro con Dios: también Moisés subió al monte para escuchar la voluntad divina codificada en las Diez Palabras (cf. Ex 19,20). 

El evangelista, ante la imposibilidad de expresar con palabras el hecho de la transfiguración, se refugia en imágenes caseras y casi ingenuas, como el candor de las vestiduras, que ningún batanero estaría en condiciones de igualar. Además de las imágenes, está claro el significado de una experiencia paradisíaca: todo habla en superlativo, incluso la presencia de dos personajes dotados de autoridad, como Moisés y Elías. La ley judía exigía que se comprobara un hecho mediante el testimonio de dos testigos (cf. Dt 19,15): éste es el primer significado de la presencia de ambos. Se les considera el símbolo del Antiguo Testamento, los representantes de la ley y de los profetas, los dos precursores o testigos de la alianza. A esto debemos añadir que se esperaba el retorno de ambos (cf. Dt 18,15 y Mal 3,23). En consecuencia, ambos atestiguan que la historia ha llegado a su giro crucial, porque ha llegado el tiempo prometido y esperado desde hace tanto tiempo, el tiempo del Mesías. 

Llegados aquí, Pedro es el único que consigue verbalizar sus propios sentimientos. Sus palabras llevan el sello de la espontaneidad (v. 5), el de la instintividad y el de la reflexión. Se trata de una reacción torpe, inconsulta, típica del hombre que parece generoso a la hora de pensar en los otros pero que, en realidad, piensa en sí mismo de una manera egoísta. La transfiguración es, en realidad, un hecho divino y sólo resulta posible comprenderlo si Dios nos proporciona la clave del mismo. Por eso, es menester escuchar antes a Dios, y sólo en un segundo momento será posible dar una respuesta adecuada y correcta. 

Una nube envuelve al pequeño grupo. La nube era la forma sensible con la que Dios se revelaba. Ésta, opaca y resplandeciente al mismo tiempo, manifiesta la presencia de Dios sin revelar su misterio. La nube envuelve a los tres discípulos, que entran en el misterio de Dios y se ponen en condiciones de escuchar la voz divina que, como en el momento del bautismo (cf. Mc 1,11) había intervenido para proclamar a Jesús como el «Hijo amado», a quien el Padre ama, ahora añade el mandato «escuchadlo», que designa a Jesús como el profeta al que todos debían escuchar (cf. Dt 18,15). Al final, todo vuelve a la normalidad. Desaparecen Moisés y Elías, deja de verse la nube y ya no se oye más la voz de Dios. Sólo queda Jesús, y él es lo más importante y lo único que cuenta. Sólo de él le viene al hombre la salvación, como proclamará Pedro con valentía ante el Sanedrín (cf. Hch 4,12). Sin embargo, dado que la comprensión del Cristo transfigurado se sitúa en la línea de las apariciones del Resucitado, sólo cuando sean enviados los discípulos al mundo, para dar testimonio de su resurrección, podrán hablar de la transfiguración. 

La palabra me ilumina

Se viene llamando transfiguración al acontecimiento del que fueron testigos privilegiados los tres apóstoles. Con este termino se pretende expresar que Jesús se presenta diferente, trans-figurado, es decir, más allá (trans) de su aspecto habitual. Es la presentación del Jesús profundo, el más verdadero. Es una manera de acreditar su realidad divina. La transfiguración es el espacio de la confidencia íntima, el susurrar las cosas más personales y secretas, la apertura a los amigos. 

Tampoco a nosotros, simples cristianos, nos faltan momentos en los que podemos experimentar a un Jesús diferente, porque se presenta de un modo particularmente luminoso a los ojos de nuestra mente y de nuestro corazón. Son esos momentos de la intimidad divina, del «corazón a corazón». Con todo, no debemos repetir el error de Pedro. Todos quisiéramos olvidar un pasado cargado de dificultades e ignorar un futuro cargado de incógnitas, a fin de saborear únicamente un presente gratificante. El deseo de Pedro, comprensible y justificable desde el punto de vista humano, corre el fuerte riesgo de desviar la verdadera finalidad de la experiencia. Esta no es una gratificación que deba consumarse en ese momento, y tal vez en un estado de ebria despreocupación, sino un tónico para reemprender el camino. Han subido a la montaña no para quedarse en ella, separados irresponsablemente de la llanura donde libran los seres humanos su batalla por la vida cotidiana, sino que, al contrario, han subido para comprender a fondo el sentido de la vida y volver a bajar para reemprender el duro camino. Obviamente, con una certeza más. La Palabra del Padre resuena en el hoy de nuestra historia y nosotros, enriquecidos con este «escuchadlo», nos encaminamos confiados detrás de él, seguros ahora de que el sueño de una transfiguración, realizado ya por Cristo, se esta preparando también para nosotros. 

Mas aún, Jesús, que se transfigura, no se presenta como un superman que hace más vistosa su diferencia respecto a los otros, sino que anticipa y visualiza en su persona el destino final de cada hombre. En el Cristo transfigurado, los discípulos y toda la humanidad ven realizado en el tiempo su destino de eternidad. 

La Palabra en el corazón de los Padres 

¿Quién es el Hijo amado, sino el Unigénito? En este «me he complacido». En efecto, su Hijo unigénito se encarnó para complacer al Padre; en su Hijo unigénito se llevó a cabo la salvación universal para complacer al Padre; en el Hijo unigénito se realizó la unión de todas las cosas para complacer al Padre. Como el hombre es un microcosmos que lleva en sí el vinculo de toda la realidad visible e invisible (y tanto la una como la otra existen), con toda justicia el Señor y Creador y Ordenador del universo se complació en que en su Hijo unigénito y consustancial se llevara a cabo la unión de la divinidad y de la humanidad y, con esta, de toda la creación, para que Dios sea todo en todos (1 Cor 15,28). 

«Escuchadle». En efecto, quien le acoge a él, me acoge a mí, que le he enviado no como patrón, sino como Padre. Como hombre le he enviado, es cierto, pero como Dios sigue en mí y yo en él. Quien no honra a mi Hijo unigénito y amado, no honra al Padre, a mí, que le he enviado. «Escuchadle», porque tiene palabras de vida eterna. Ésta es la conclusión de lo que tuvo lugar, éste es el valor del misterio (Juan Damasceno, Sulla Trasfigurazione del Signore, 18, Roma 1980, 65). 

Caminar con la Palabra

El Cristo transfigurado del Tabor, «el más bello entre los hijos de los hombres» (Sal 45,3), está en el centro de la fe y de la esperanza cristiana, de la que san Pablo se erige con frecuencia en cantor: «Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Rom 5,2). Cristo fundamenta e ilumina toda la antropología cristiana y nos revela no sólo su verdadera identidad, sino también la del hombre, cuya condición ha asumido. 

El hombre no está invitado a contemplar únicamente, desde el exterior, la belleza trascendente de Dios, como si pudiera contemplar un amanecer excepcional; está llamado también a «entrar en su gloria», a participar en su vida bienaventurada sobreabundante, eterna, de la que Cristo le hizo digno. El futuro del hombre es ser transfigurado. A la luz del Cristo pascual, ahora es posible «ser nueva criatura» (Gál 6,15). Todo creyente «es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo» (2 Cor 5,17). Este deseo de la «gloria», que vibra ya en la historia de la revelación bíblica, es la aspiración de Cristo no sólo para él, sino también para nosotros: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a su Hijo, para que tu Hijo te glorifique. le diste poder sobre todos los hombres, para que él dé la vida eterna a todos los que tú le has dado» (Jn 17,1s). 

Sin embargo, es preciso admitir que en la tradición cristiana latina, en nombre de la ascesis y de la humildad, se nos ha invitado más a rechazar la gloria que a buscarla. Se han confundido a veces la vida virtuosa, el desprecio de la gloria y la vida desteñida que ya Nietzsche fustigaba. Pretendiendo combatir la ambición humana, se ha sofocado con frecuencia su legítimo deseo de grandeza. Esta pseudohumildad es, no obstante, una caricatura penosa del cristianismo. En realidad, los textos del Nuevo Testamento no cesan de exhortar a los cristianos a orientar su vida hacia esta gloria que les ha sido prometida (Ef 1,18). El cristiano no sólo no debe huir de la gloria que viene de Dios (no de la de los hombres), sino que debe buscarla como su definitiva y verdadera humanización. Ya el salmista decía en la Biblia a propósito del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios: «Le coronaste de gloria y dignidad» (Sal 8,6) (M. Hubaut, La trasfigurazione, Brescia 2005, 99s, passim).

R. Schnackenburg, El NT y Su Mensaje (Mc): Retorno de los discípulos

Comentario para la lectura espiritual. Tomo 2. Herder, Barcelona (1980), pp. 33-42.

La transfiguración de Jesús (9,2-8). 

2 Seis días después toma Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, y los conduce a un monte alto, aparte, a ellos solos. 3 Y se transfiguró delante de ellos, de forma que sus vestidos se volvieron tan resplandecientes por su blancura, como 4 ningún batanero en el mundo podría blanquearlos. Entonces se les aparecieron Elias y Moisés, que conversaban con Jesús.5 Tomando Pedro la palabra, dice a Jesús: «¡Rabbí! ¡Qué bueno sería quedarnos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elias.» 6 Es que no sabía qué decir, porque estaban llenos de estupor. 7 Se formó entonces una nube que los envolvió, y de la nube salió una voz: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle.» 8 De pronto, miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. 

La transfiguración de Jesús sobre un monte elevado, es, como el acontecimiento de después del bautismo y el paseo de Jesús sobre las aguas del lago, la historia de una teofanía que escapa a la consideración crítica de un historiador y que sólo descubre su sentido a la fe. Pero, dada la multitud de motivos que en ella resuenan y en razón de sus posibles relaciones, presenta grandes dificultades incluso para determinar de forma inequívoca ese sentido creyente. Sin duda alguna que la transfiguración de Jesús se narraba ya en la comunidad pospascual antes de que Marcos escribiese; él la ha tomado insertándola en su Evangelio con determinadas miras. Cada evangelista ha puesto su propio acento . Por lo que a Marcos se refiere, hemos de preguntarnos qué le ha inducido a colocarla en este lugar y presentarla de esta forma. ¿Acaso la voz divina pretende confirmar, corregir y ahondar la confesión de Pedro afirmando que Jesús no es el Mesías en sentido judío, sino el Hijo amado y único de Dios? ¿Hay que contemplar la dura enseñanza de que el Hijo del hombre debe padecer y morir a la luz esclarecedora de la resurrección y de la gloria celestial que esperan a Jesús? ¿Deben cobrar ánimo y fuerza los discípulos destinados al mismo camino doloroso de la cruz y la muerte por amor de Jesús? ¿Acaso la certeza de la inminente parusía (9,1) debe robustecer y hasta proclamar incluso un cumplimiento anticipado para los tres discípulos? Todas estas preguntas se justifican en cierto modo después de cuanto  llevamos dicho.

Si el sentido principal de toda la sección desde 8,31 tiende a la revelación del misterio de la muerte de Jesús, ahí debemos buscar la motivación del pensamiento del evangelista, cosa que nos confirmaría el diálogo sostenido por Jesús y sus discípulos «mientras iban bajando» (v. 9-13). Estos versículos finales no pertenecen en su tenor actual al relato de la tradición, sino que reflejan las ideas de la comunidad que Marcos ha recogido intencionadamente. Con ello se subraya una vez más el hecho y necesidad de la muerte del Hijo del hombre. Para el evangelista la importancia de la transfiguración sobre el monte radica en que empieza por desvelar el misterio mesiánico de Jesús a los tres discípulos, y que después de la resurrección (9,9) también podrá iluminárselo a toda la comunidad. Durante la misma vida terrena de Jesús, y precisamente en su camino hacia la pasión, la transfiguración descubre su gloria oculta, y lo hace de un modo que puede servir de exhortación, amonestación y consuelo’ para la comunidad. 

El acontecimiento no está delimitado en el tiempo y el espacio, pese a que la indicación precisa de «seis días después» y la señalización del lugar como «un monte alto» pudieran dar esa impresión. Pues, los «seis días» no pueden contarse desde la conversación en Cesárea de Filipo, ya que entre ambos sucesos media la llamada, temporalmente imprecisa, del pueblo con los discípulos (8, 34). El monte Tabor, en Galilea, venerado tradicionalmente como el monte de la transfiguración, es desde luego un lugar maravilloso en el que hoy podemos imaginar perfectamente el acontecimiento teofánico, la revelación del mundo de Dios en medio de la realidad terrestre. El monte, que se alza de un modo impresionante (562 m) sobre una vasta llanura, conduce a los que ascienden a su cumbre, desde las bajezas de la vida y anhelos terrenos hasta la proximidad del cielo, a la soledad, luminosidad y apertura de horizontes que predisponen a semejante revelación del mundo celestial. Pero en tiempos de Jesús había tal vez hasta fortificaciones militares en aquel monte, y sólo a partir del siglo iv se centra la tradición en dicho monte Tabor. Es inútil buscar otros montes altos en el Norte; aquí se habla de un «monte alto», desde un punto de vista exclusivamente teológico. También en 3,13 sube Jesús «al monte» para llamar a sí a los hombres que se había elegido; y en 6,46 se reitera «al monte» para orar. La soledad del monte significaba en aquellos tiempos el alejamiento del resto de los hombres y la proximidad a Dios. 

Pero el «monte alto» y los «seis días» sugieren además que la tradición anterior a Marcos probablemente había tenido en cuenta ciertos motivos de la historia de Moisés. «Y la gloria del Señor se manifestó sobre el monte Sinaí, cubriéndolo con la nube durante seis días; y al séptimo llamó Dios a Moisés de en medio de la nube obscura» (Éx 24,16). 

También en la historia de Moisés hay un dato relacionado con la transfiguración y es que con la proximidad de Dios y de su gloria el rostro de Moisés se puso resplandeciente (Éx 34,29-35). Pero Marcos no habla de la faz luminosa; el primero que lo hace es Mateo, el cual subraya con mayor fuerza aún la tipología mosaica. Marcos describe la blancura de los vestidos de Jesús «tan resplandecientes por su blancura, como ningún batanero en el mundo podría blanquearlos»; lo cual constituye más bien un rasgo de las descripciones apocalípticas de la resurrección. Los justos y elegidos «serán revestidos de las vestiduras de gloria, y esto son los vestidos de la vida del Señor de los espíritus» (Henoc etiópico 62,16). También en el Apocalipsis de Juan los que han sido salvados llevan vestiduras blancas (7,9) y a los que hayan vencido en la batalla de la vida terrena se promete que serán revestidos de ropas blancas (3,5). La blancura resplandeciente es un símbolo de la gloria del cielo, del fulgor divino, que, por lo demás, no son capaces de contemplar los ojos terrenos. El totalmente otro del mundo transcendente divino se desvela, se hace visible por unos momentos; se trata de una teofanía. Para indicar este cambio de la figura y rostro de Jesús, emplea el evangelista un término — «se transfiguró» — que también se utilizaba en los cultos mistéricos para indicar la divinización del hombre consecuente a la consagración mistérica. Pero la transfiguración de Jesús no es un proceso que alcanza gradualmente su plenitud, no es un acontecimiento simbólico espectacular, sino la irrupción de la realidad divina escatológica, un acontecimiento operado por Dios, como indican la forma pasiva (literalmente «fue transfigurado») y la imagen del batanero. No es una revelación que el hombre pueda provocar y manipular a su antojo, sino una revelación que Dios otorga.

Después aparecen dos personajes celestes, «Elías y Moisés», dos varones de Dios, bien conocidos en el Antiguo Testamento y en torno a los cuales giraban muchas ideas del judaísmo. ¿Cuál es su significado en esta escena? ¿Son simples acompañantes para hacer más impresionante el acontecimiento teofánico? Para eso también podían haber servido unos ángeles. Los dos varones de Dios han sido elegidos de un modo particular. ¿Son testigos en favor de Jesús? Pero resulta que sólo hablan con él, no con los discípulos. Su testimonio queda limitado a su aparición y a la importancia de sus personas. ¿Encarnan la ley y los profetas, como se ha pensado con frecuencia? Pero Elias no es un profeta escritor y, además, el orden que Marcos — y sólo é l — ha escogido habla en contra de semejante interpretación. ¿Aparecen como precursores del Mesías? Pero si bien a Elias se le ha visto bajo esa función (cf. v. lis), resulta muy dudoso que el judaísmo atribuyese entonces ese papel a Moisés. ¿Se les nombra por haber sido varones piadosos que fueron arrebatados hasta Dios sin pasar por la muerte corporal? Además de Henoc y Elias, de quienes lo testifica el Antiguo Testamento, el judaísmo atribuía también a Moisés semejante asunción al cielo. Si hablan con Jesús proclamando así su comunión con él, el dato tal vez podría significar que también Jesús pertenece a su grupo. Ciertamente que no será arrebatado al cielo sin pasar por la muerte corporal, pero sí que será resucitado después de su muerte. Seguramente que su función es la de señalar a Jesús como el más grande, el esperado que colma todas las esperanzas. A estos testigos mudos, pero elocuentes para oídos judíos, sigue el testimonio de Dios que declara a Jesús su Hijo amado y exhorta a los discípulos a que le escuchen. Es aquí donde el acontecimiento teofánico alcanza su cumbre más alta. 

Pero entre tanto hay una interpelación de Pedro. Este discípulo está tan fascinado por la maravillosa escena, que quiere levantar tres tiendas: una para Jesús, una para Moisés y otra para Elias. Querría invitar a aquellos personajes gloriosos a que se quedasen, porque querría asir la felicidad del momento aportando para ello su esfuerzo con el de sus compañeros. Las tres «tiendas» recuerdan la fiesta de los tabernáculos, a la que iban vinculadas fuertes esperanzas mesiánicas y escatológicas; en la semana festiva se anticipaba el júbilo del tiempo de la salvación. Mas Pedro no desea levantar las tres tiendas para sí y sus compañeros, sino para Jesús y los personajes celestes. Es una réplica de su postura después del anuncio de la muerte de Jesús (8,32): allí conjuró al Maestro para que abandonase su camino y proyectos; aquí intenta convencer a los personajes glorificados para que prolonguen su permanencia. Marcos considera también este lenguaje como carente de sentido, y lo explica en razón del temor religioso que había invadido a los discípulos. La doble y contraria intervención de Pedro presenta para el evangelista una indudable trabazón interna. También ahora podría responderle Jesús: «No piensas a lo divino, sino a lo humano.» 

En este punto de la incomprensión humana, que también resultaba evidente para los lectores, interviene el mismo Dios. La nube que cae sobre los discípulos es el signo de la presencia divina (cf. Éx 24,15-18), de una presencia benéfica que es revelación, promesa y exhortación. La voz de Dios (cf. 1,11) revela a Jesús como a su Hijo amado, mayor que Elias y que Moisés, y diferente del Mesías esperado por los judíos. A diferencia también de la voz que se escuchó en el bautismo, esta vez la palabra no se dirige a Jesús sino a los discípulos, y para éstos se agrega este importante inciso: «Escuchadle.» El tenor literal recuerda la profecía de Moisés sobre el profeta que había de venir: «El Señor tu Dios te suscitará un profeta de tu nación y de entre tus hermanos, como yo; a él deberéis escuchar» (Dt 18,15); exhortación que viene refrendada poco> después: «Mas el que no quisiere escuchar las palabras que hablará en mi nombre, experimentará mi venganza» (Dt 18,19). La alusión al Mesías profeta, que el propio Moisés había prometido, da a la aparición del legislador acentos nuevos. Mas para el evangelista esta exhortación tiene un sentido muy concreto: también las palabras, difíciles de comprender, que Jesús ha pronunciado acerca de su camino doloroso y del seguimiento de sus discípulos con la cruz, se presentan a los discípulos y a la comunidad posterior como palabras de Dios a las que es preciso obedecer. 

Inmediatamente después el acontecimiento celestial desaparece de la vista de los discípulos. Cuando miran en derredor no ven a nadie más que a Jesús… en su figura habitual. Ha vuelto para ellos a su proximidad terrestre. Esta repentina desaparición del fenómeno sobrenatural después de escucharse la voz de Dios tiene también un sentido profundo: el objetivo de la revelación se ha alcanzado, ha resonado la exhortación divina: «Escuchadle.» Como la revelación del cielo después del bautismo de Jesús, todo ello no ha sido sino un rayo de luz que llega de arriba y que por unos instantes iluminó las obscuridades terrenas. Lo que queda es la dura realidad terrena. Todavía no ha llegado el tiempo de la consumación y de la gloria; antes hay que recorrer el camino de los padecimientos y de la muerte. Junto con los discípulos, la comunidad recibe la enseñanza de que el Hijo del hombre debe padecer mucho, ser rechazado y muerto. En el horizonte brilla sólo, como una cinta de plata, la promesa de que después de tres días resucitará. Jesús es el Hijo amado de Dios que no permanece en la muerte, sino que está llamado a la gloria del cielo, a la culminación de su camino junto a Dios. 

¿Cuál es, pues, para Marcos el provecho de este relato numinoso? Una revelación inicial del secreto mesiánico de Jesús, el desvelamiento de su gloria oculta pese a la presencia de la muerte; más aún: ¡es la justificación del camino fatídico de Jesús y la confirmación divina de sus palabras! Esto constituye a su vez una llamada a la comunidad para que no rechace la cruz de Jesús y le siga por su camino. Los tres discípulos son los testigos privilegiados de esta revelación, como serán más tarde los testigos de la agonía de Jesús en el monte de los Olivos (14,33s). Como la promesa de la venida del Hijo del hombre en la gloria (8,38), de la llegada del reino de Dios con poder (9,1), se encuentra al final de la serie de sentencias sobre el seguimiento de Jesús hasta la muerte, así la transfiguración en el monte no hace sino confirmar aquella promesa. Abre los ojos a la justificación de Jesús y a su investidura de poderes por parte de Dios, sin suprimir el anuncio de su pasión y muerte. Por ello se encuentra este relato en el centro de la vida de Jesús en la tierra, en agudo contraste con la profecía de su muerte. 

¿Se trata de un episodio pospascual anticipado, como se ha pensado a menudo? 14 No, porque la propia estructura es distinta. Después de los acontecimientos pascuales el Resucitado no se aparece a los discípulos rodeado de un fulgor supraterreno, ni llega acompañado de personajes del cielo. La tradición tampoco conoce ninguna aparición a tres discípulos. La voz de Dios, que confirma al Hijo y exhorta a los discípulos a escucharle, pertenece, como la voz del bautismo, al tiempo del ministerio de Jesús en este mundo, aunque sólo resulte inteligible a la luz de la pascua. Sólo después de los acontecimientos pascua- les narró la comunidad la transfiguración del monte de este modo; pero, desde el punto de vista de la «historia de las formas» y de la «historia de la tradición», no cabe deducirla de la pascua. Tampoco es un episodio de parusía ni un acontecimiento referido directamente a la venida de Jesús en gloria. Pero en cuanto que ilumina la gloria pascual, lo hace también sin duda respecto a la venida de Jesús en gloria; para Marcos y su comunidad una y otra están estrechamente ligadas. 

La enseñanza permanente para la comunidad no es la de refugiarse anhelante en el mundo celestial, ni desear visiones que anticipen la felicidad del mundo futuro. El evangelista, de un modo harto evidente, pone en guardia frente a esta tentación al presentar la pretensión de Pedro como absurda y necia. Lo que la comunidad debe tener ante sus ojos es más bien la necesidad de .seguir a Jesús por el camino de los sufrimientos y de la muerte. La mirada al transfigurado es sólo una incitación a creer en el crucificado y a seguirle; es sólo un estímulo a mantenerse fuerte en las penalidades y persecuciones. No es tiempo todavía de levantar unos pabellones en el cielo, sino de afrontar la lucha sobre la tierra. Pero todo se puede superar con la obediencia al Hijo amado de Dios que nos ha precedido en el camino que a través de los padecimientos y la muerte conduce hasta la gloria de Dios. 

F. Lentzen-Deis, SJ, Comentario al Evangelio de Marcos: La transfiguración de Jesús. Regreso de Elias

Modelo de Nueva Evangelización. Verbo Divino (Navarra), 1998, pp. 274-281.

Éste es un texto de experiencia mística, de revelación divina en un día difícil de la vida. Los tres discípulos, especialmente elegidos, aunque todavía torpes e inseguros, reciben la gracia de ver -como en un sueño- la realidad de fondo que se manifiesta en Jesús; su profunda unión con Dios, su ser, visto desde la perspectiva divina. 

Jesús, frente a su propio camino y a la posibilidad de su muerte, hace experimentar a sus seguidores su propia manera de comprender la voluntad de su Padre. Los representantes del AT confirman a Jesús en su tarea y en su destino. Los 

discípulos comprenden sólo con gran dificultad y el texto siguiente clarificará que se necesita el camino de todo el Evangelio para entender la plenitud del anuncio. 

El texto añade una conversación de Jesús con los discípulos que explica mejor la narración. Como con la experiencia de los milagros, una experiencia de transfiguración puede ser perjudicial, vista antes de la resurrección. En el diálogo, durante el descenso, se explica la función de Elias (en Mc es Juan el Bautista), es decir, de una de las figuras vistas en la escena del monte. Por tanto, en esta conversación se comprende también el destino de Jesús y de sus discípulos, así como su misión. 

Explicación del texto 

Jesús aparece como una figura celestial, e interactúa con Elias y Moisés, que vienen hacia él desde el cielo. Se trata de un relato «epifánico» (cfr. Me 6,48-51 y «epifanía» en Diccionarios bíblicos). 

Expresiones como «transformación» y «transfiguración» describen en el judaísmo la experiencia de la presencia de Dios en el mundo y en la oración («vivencias místicas»). 

En el AT se cuenta de esta manera el culmen de la experiencia humana de la unión con Dios y de la comprensión del plan divino. Todas las religiones del mundo y también los poetas tratan de comunicar, con palabras semejantes, experiencias de comprensión y conocimiento más profundos. 

Así se indica también el género literario de la narración y se prepara al lector para lo que sigue. No se debe olvidar que en el judaísmo todo este campo semántico pertenece también al lenguaje de la oración. 

El relato recuerda la permanencia de Moisés ante la gloria del Señor en el Sinaí, cubierto por la nube (Éx 24,12-18), y el resplandor de su rostro por haber tratado con Dios (Éx 34,29- 35). Por eso, la tradición judía suponía que todas las figuras celestiales y sus vestidos se transformaban resplandeciendo apenas entraban en el espacio de la gloria de Dios (Dan 12,3). 

I. Parte : vv. 2-8. La experiencia de la transfiguración. 

v. 2: Jesús toma los tres discípulos preferidos (cfr. Me 1,16-20; 5,37; 13,3; 14,33) para subir a un monte alto. Los montes son lugares del encuentro con Dios (cfr. Gen 22,2.14 y los textos del Sinaí, también 1 Re 19,8). Se acentúa el hecho de estar solo con estos discípulos, que presencian una manifestación especial. La «transfiguración» de Jesús es, según las concepciones apocalípticas, la forma de la comunión con Dios al final de los tiempos (1 Cor 15). 

v. 3: Los vestidos se vuelven resplandecientes (cfr. Me 16,5; Hch 1,10; 2 Mac 3,26; 2 Cor 5,2-4). Luego el texto destaca su significado sobrehumano y celestial por medio de la comparación con el lavado humano. 

vv. 4: En la misma esfera celestial en la que los discípulos ven a Jesús, aparecen ahora Elias y Moisés, que hablan con Jesús. En el evangelio de Marcos, Elias se entiende como precursor de Jesús (Me 1,2) y como profeta que anuncia el final de los tiempos (Me 6,15; 8,28; 9,11-13; 15,35s). Moisés procuró la ley y es el gran jefe del pueblo (Me 1,44; 7,10; 10,3s; 12,19.26). En este sentido ahí mismo (v. 7) se cita Dt 18,15. 

En la apocalíptica se suponía que estas dos grandes figuras habían sido arrebatadas, al final de sus vidas, al cielo. Como Elias se menciona aquí antes de Moisés, se acentúa el significado del final de los tiempos. Jesús, como Mesías, no sólo cumple la obra de Moisés, sino que también trae el definitivo reino de Dios. 

v. 5: Esto se ilustra también a través de la reacción de Pedro, que manifiesta la alegría y el entusiasmo de los tres discípulos por la experiencia y quisiera retener las figuras celestiales el mayor tiempo posible. Para ellos, que viven en «tiendas eternas» (Le 16,9), quiere construir tiendas o chozas. Los israelitas construían, en la fiesta de los tabernáculos, chozas de ramas verdes en las que, recordando las grandes acciones divinas, celebraban la espera gozosa de la salvación al final de los tiempos (Lev 23,39-43; Ne 8,13-18; Zac 14,16-19). Pedro quiere ya vivir ahora esa condición definitiva. 

v. 6: Pero se pone en claro que su respuesta es inapropiada. Esas tiendas terrenales no encuadran aquí: ni para Jesús, que tiene que llegar por la pasión a la resurrección (8,31), ni para Elias y Moisés, que ya están en el cielo. En vista de las figuras celestiales el «temor» sobrecoge a los hombres. 

En Pedro causa la «incomprensión» que ya había mostrado en 8,32-33 (cfr. «secreto del Mesías» en Diccionarios y Vocabularios Bíblicos). 

v. 7: Como en el Sinaí, aparece aquí una nube como signo de la presencia de Dios. Desde la nube, la voz de Dios (cfr. 1,11) designa a Jesús como el «Hijo de Dios» (cfr. Is 42,1; Sal 2,7; Gen 22,2.12.16). 

Después de esto se alude a Dt 18,15: anuncio del profeta, semejante a Moisés, para el final de los tiempos; profeta que los discípulos deben escuchar; es decir, son llamados a aceptar el mensaje de la pasión de Jesús antes de la resurrección. Ahora, el ser divino de Jesús resplandece, en esta epifanía, ante los discípulos para corroborar su fe y para prepararlos a entender, aceptar y un día predicar el evangelio de Cristo, Hijo de Dios, sufriente y resucitado. 

v. 8: Este versículo narra la repentina conclusión de la experiencia epifánica. De nuevo los discípulos se encuentran a solas con Jesús.

II. Parte: vv. 9-13. El diálogo durante el descenso. 

v. 9: Ésta es la última orden de silencio (cfr. «secreto del Mesías» en Diccionario y Vocabularios Bíblicos) provista de plazo en el evangelio de Marcos y que posee un sentido muy claro: antes de su resurrección no se puede entender completamente a Jesús. Al mismo tiempo, mediante la orden de silencio, la transfiguración se subordina a la resurrección. Lo que los tres discípulos experimentan hace mucho más claro lo que se llevará a plenitud con la muerte y resurrección de Jesús. 

Estos discípulos son, según 9,1, testigos de la llegada del Hijo del Hombre con poder. En continuidad con 8,34-9,1, el reino de Dios se hace, de este modo, con la presencia transfigurada de Jesús, presente y eficaz, aunque todavía de manera oculta. Su presencia salva a todos los que aceptan su propia cruz, lo siguen incondicionalmente y no se avergüenzan de sus palabras. 

v. 10: El plazo del mandato de silencio desata entre los discípulos una discusión sobre la resurrección y la vuelta de Elias. 

v. 11: Los discípulos aceptan la opinión de los escribas de que, según Mal 3,23s y Eclo 48,10, primero se espera a Elias y sólo después al Hijo del Hombre y Mesías (v. 13). 

v. 12: Jesús confirma la espera de Elias -que existían en el pueblo judío, según Mal 3,23-. Pero, también, el destino esperado para Elias hace clara la relación entre la pasión y la resurrección del Mesías, que en esa época no se consideraba como de acuerdo con la Escritura. 

v. 13: Para Jesús, Juan Bautista (cfr. Me 1,1-14) es Elias vuelto en los últimos tiempos, el precursor que anuncia el reino definitivo y al Mesías; y que también debió padecer y morir. Aquí se da clara y definitiva interpretación sobre el papel de Juan Bautista (cfr. 1,1-15; 2,18; 6,14-29; 11,27-33). 

Pautas de acción 

v. 2: Hay lugares de encuentro con Dios. El texto invita a buscar esos lugares. Subir a un monte siempre significa separarse temporalmente de las demás personas, dejar el «terreno bajo» y buscar una experiencia en la «altura». 

Hay confirmaciones de fe que iluminan. 

v. 3: Como Moisés y Elias fueron al Sinaí, como Jesús con los tres discípulos escogidos subió al monte, así invita Dios -por medio de Jesús- a los lectores del evangelio a buscar su encuentro en tales lugares. Se cuenta que la figura misma de Jesús y sus vestidos resplandecían con fulgor sobrehumano. Así se percibe su propio ser. 

Tales experiencias son únicas y personales. Pero aun quien no está familiarizado con «experiencias místicas» puede, no obstante, entender la «transfiguración» de Jesús. De manera semejante le puede acontecer a muchos, por ejemplo mediante las experiencias esporádicas de total armonía interior consigo mismos y con la propia vocación a la vida. 

Estas «cúspides» vivenciales se manifiestan exteriormente. Si las personas «irradian» felicidad vivida y pueden «irradiar» confianza a otros, se puede, con toda razón, afirmar esa vivencia en el horizonte de una vida en armonía con Dios, con aquello que el evangelio de Marcos denomina reino de Dios. 

El texto anuncia que es posible para todos los cristianos experimentar la presencia divina «del cielo», en la unión con Jesús y con sus hermanos. Sigue la consecuencia: cuando se experimenta esto, la persona debe dejarse tocar por la felicidad que irradia profundamente la comunión con Dios y con Jesús. 

v. 4: Esta primera experiencia continúa adelante: el texto informa, además, de un diálogo de Jesús transfigurado con Elias -precursor del Mesías y profeta de los últimos tiempos- y con Moisés, legislador y guía del pueblo de Dios. Existen momentos en los que se comprende en profundidad el sentido de la Escritura. El diálogo de Jesús con Elias y Moisés, delante de los discípulos, significa para ellos una confirmación de Jesús y de su propio discipulado. 

vv. 5-6: Sin embargo, la respuesta de Pedro muestra que él interpreta esta experiencia de manera errónea. Quiere retener 

esta experiencia como signo de la llegada de la última realización del reino. También los lectores están en peligro de responder con una reacción inapropiada, mostrando una fe todavía imperfecta. 

v. 7: La voz del cielo, con las palabras de la Escritura, dirige al lector hacia Jesús. Es necesario escuchar al Hijo de Dios que pasa a través de la pasión hasta la resurrección. 

vv. 8-13: El diálogo de los discípulos con Jesús confirma estas actitudes con una razón importante: 

El fin último de los testigos no es el martirio sino la resurrección. 

¿Quiénes son los «precursores de la fe» para los lectores? ¿Cuál fue su destino? ¿Fueron mártires? Todos los cristianos deben estar dispuestos a ser testigos de la fe hasta la muerte. 

Para los lectores, ahí está el texto del asesinato del Bautista (6,17-29), que encuentra aquí su último y definitivo sentido. 

Siendo la resurrección del Hijo de Dios un hecho real, se comprende que también los mártires resucitarán. En el reino no se puede ya pensar en la muerte sin la resurrección. El cumplimiento del reino se hace sentir. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

La Transfiguración. 9:1-13 (Mt 17:1-13; Lc 9:28-36).

Cf. Comentario a Mt 17:1-13.

V.l. Se afirma que algunos de los “aquí presentes” que “no gustarán la muerte hasta que vean venir en poder el reino de Dios.” Sólo Mt trae esta frase, más suavizada. Aquí, para los “escatologistas” (Manson, Dodd), habría un error de Cristo, que creía en una inmediata consumación del reino, que no se realizó. Esta venida “en poder” es discutida. Probablemente se refiere a la destrucción de Jerusalén el año 70. Este versículo, lo mismo que el paralelo Mt-Lc, forma parte, por contexto lógico, con el último versículo de la sección anterior. Se estudia en Comentario a Mt 17:28.

Mc pone la escena “seis días después”; Lc “unos ocho días después de la confesión de Cesárea.

V.3. Mc habla de la transfiguración de Cristo, diciendo que sus vestidos quedaron con una blancura que no podría darles ningún lavandero. No obstante, lo describe con vestidos “brillantes.” En cambio, omite la descripción del rostro, que Mt relata con elementos apocalípticos, y Mc con una sobriedad notable, dejándose percibir la redacción más primitiva.

V.4. No deja de extrañar que se cite primero a Elías que a Moisés. No se ve una razón positiva que lo justifique si no es por el tema de Elías que va a recogerse en el v.l 1.

V.6. Cuando Pedro propone hacer los tres tabernáculos, destaca el estado de “estupor” en que se hallaban. Es lo que dice Lc. Acaso pensaba en la inauguración del reino mesiánico, o que se planea allí, entre Cristo, Moisés y Elías este tema, y quiere contribuir a ello. La sugerencia de los tres tabernáculos puede aludir a la festividad de la “escenopegía,” que no estaba ya lejana.

V. 11. En este versículo se introduce como cosa natural que se trataba del Mesías. Es que todo el contexto literario lo presupone. En el v.9 reciben la prohibición de no hablar nada de ello hasta después de la resurrección, pero la ignorancia de ellos se acusa, pues no sabían qué quería decir “cuando resucitase de entre los muertos.” No compaginaban el Mesías triunfante y el Mesías doliente. Se diría que en la profecía de la pasión no había explicitado su resurrección.

V. l3. Elías ya vino, e hicieron con él “como está escrito.” Así como Elías sufrió por la justicia a causa de Acab, así el Bautista fue muerto por Antipas, y ambos instigados por sus mujeres: Jezabel y Herodías. Así lo que estaba “escrito” del primero se cumplió “típicamente” en el segundo.

S. Carrillo, El evangelio según san Marcos: La Transfiguración.

Verbo Divino (2008), pp. 155-157.

(Mc 9,2-8; MT 17,1-8; LC 9,28-36; 2 PE 1,17-18) 

El relato de la transfiguración de Jesús está dispuesto en forma de quiasmo: A, B, C, C’, B’, A’: 

  1. 1º  A la introducción (v. 2a) corresponde la conclusión (v. 8). 
  2. 2º  A la transfiguración (v. 2b-3) corresponde la nube y la voz celeste (v. 7). 
  3. 3º  A la conversación de Jesús con Elías y Moisés (v. 4) corresponde la intervención de Pedro (v. 5-6).

“Seis días después”: sin urgir el número de días, Marcos quiere unir cerradamente acontecimientos importantes de estos días: la confesión de la mesianidad de Jesús, el primer anuncio de su pasión y resurrección, las condiciones para seguir a Jesús y la transfiguración.

Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan como compañeros de su ascensión a un monte alto. Este detalle recuerda a Moisés, que se hizo acompañar de Aarón, Nadab y Abihú cuando subieron al Sinaí y vieron a Dios (Éx 24,9). El monte alto de la transfiguración es otro Sinaí. La tradición identifica este “monte alto” con el monte Tabor, en la llanura de Esdrelón, de 562 metros de altura. Se ha pensado también en el monte Hermón, en la cadena del Antilíbano, a 2.224 metros sobre el nivel del mar. 

La Transfiguración 

“Y se transfiguró delante de ellos”. El misterio interior de la persona de Jesús se exterioriza en la blancura y lo resplandeciente de sus vestidos. La blancura, la luz y el resplandor son signos de la presencia de Dios. La gloria divina, reflejada en el rostro de Moisés, es superada con mucho en la transfiguración del rostro y de la vestidura de Jesús (Éx 34,29; Lc 9,29). La escena supone una fuerte experiencia de Jesús en su naturaleza humana. Es una escena esencialmente cristológica. 

Moisés y Elías conversan con Jesús

Moisés y Elías, representantes de la Ley y de los Profetas, conversan con Jesús. Esto proclama muy en vivo la unidad y continuidad de la revelación en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lucas comenta que los tres personajes conversaban sobre la “salida” de Jesús, esto es, su muerte y resurrección, que tendría lugar en Jerusalén (Lc 9,31). 

Intervención de Pedro

Pedro, desconcertado e invadido de un temor reverencial ante la presencia de lo divino, toma la palabra y dice a Jesús: “Rabbí, qué bien estamos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Esta intervención de Pedro es una reminiscencia más de los tiempos del desierto y, posiblemente, también una alusión a la fiesta judía de los Tabernáculos. El título de “rabbí” que Pedro da a Jesús (antes de la época rabínica de Jamnia) no significa tanto “Maestro” cuanto “Señor”. Es un título que denota majestad66. 

Las palabras de Pedro dejan entrever que él prefiere para Jesús más una vida de gloria y felicidad que un camino de dolor, de cruz y de muerte (8,31). Esta frase recuerda las tentaciones en el desierto y la tentación que el mismo Pedro había propuesto a Jesús (8,32-33). 

La nube y la voz celeste

Se formó luego “una nube que les cubrió con su sombra”. Este fenómeno evoca también la nube que acompañó a los israelitas durante su marcha por el desierto. En la transfiguración de Jesús, la nube hace las veces del Espíritu de Dios que, en forma de paloma, descendió sobre él en el momento de su bautismo. Los discípulos, al ser envueltos en la nube, signo de la presencia actuante de Dios, son hechos partícipes, en cierta manera, del trascendental acontecimiento. 

Y de la nube vino una voz: “¡Éste es mi hijo amado, escuchadle!”. Es nuevamente la voz de Dios, que, como Padre, mira en Jesús a su Hijo (1,11; Mt 3,17; Lc 3,22) e invita a los presentes a que lo escuchen. La expresión “mi hijo” recuerda los oráculos mesiánicos (2 Sm 7,14; Sal 2,7), y “escuchadle” remite a Moisés, profeta de Dios (Dt 18,15), y a los poemas del siervo-profeta de Yahvéh (Is 42,1). Jesús es, a la vez, el Mesías, el Profeta y el Siervo de Dios. 

La teofanía del Jordán, acontecimiento mesiánico y profético, daba inicio a la primera parte del evangelio de Marcos; ahora, la teofanía en el monte alto, también de colorido mesiánico y profético, da principio a la segunda parte de la obra. La transfiguración de Jesús se enlaza, así, con su bautismo mesiánico (1,11) y con la confesión de Pedro (8,29). 

Como había comenzado todo de improviso, así también “de pronto, mirando alrededor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos”. 


Uso litúrgico de este texto (Homilías)

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