Mc 11, 27-33 – La autoridad de Jesús

Texto Bíblico

27 y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?». 28 Jesús les replicó: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. 29 El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme». 30 Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?”. ¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?». (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta). 31 Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Hilario de Poitiers

Sobre la Trinidad (De Trinitate): Cuando obra Cristo, obra Dios mismo

«¿Con qué autoridad haces esto?»
VII, 26-27


El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo (Jn 5,19).... Sí, el Hijo realiza las obras del Padre; es por esto por lo que Él nos pide que creamos que es el Hijo de Dios. Él no se arroga ningún título que no le haya sido dado; ni en sus propias obras se apoya su reivindicación. ¡No! Él da testimonio de que no son sus obras sino las de su Padre. Y Él atestigua también que el resplandor de sus obras le viene de su origen divino. Pero ¿cómo los hombres podrán reconocer en Él al Hijo de Dios, en el misterio de este cuerpo que ha asumido, en este hombre nacido de María?

Esto es para hacer penetrar en sus corazones la fe en que es el Señor quien lleva a cabo todas estas obras: «si hago las obras de mi Padre, aunque no me creáis a mí, creed a las obras» (Jn 10,38).

Si la humildad de su cuerpo es un obstáculo para creer en su palabra, Él nos pide que creamos en sus obras. En efecto, ¿por qué el misterio de su nacimiento humano nos impide percibir su origen divino?... « si no queréis creer en mí, creed en mis obras para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre»... Tal cual es la naturaleza que Él posee por su origen; tal cual es el misterio de una fe que nos garantiza la salvación: no hay que dividir a aquellos que son uno, no hay que privar al Hijo de su naturaleza y proclamar la verdad del Dios vivo nacido de Dios vivo... «Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre» (Jn 6,57). «Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo» (Jn 5,26).

Sermón: Enseñar con obras es la verdadera autoridad

«Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto» (Mc 11,33)
167: CCL 248, 1025; PL 52, 636

PL

«Vino Juan el Bautista... y vosotros no creísteis su palabra» (Mt 21,32). Juan Bautista enseña con palabras y obras. Verdadero maestro, que muestra con su ejemplo, lo que afirma con su lengua. La sabiduría hace al maestro, pero es la conducta lo que da la autoridad... Enseñar con obras es la única regla de aquellos que quieren instruir. Enseñar con palabras es la sabiduría; pero cuando se pasa a las obras, es virtud. El verdadero conocimiento está unido a la virtud: es esta, solo esta la que es divina y no humana...

"En aquellos días, se manifiesta Juan Bautista, proclamando en el desierto de Judea:"Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos"(Mt 3,1-2). "Convertíos" ¿Por qué no dice: "Alegraos"? "Alegraos, más bien, porque las realidades humanas dan paso a las divinas, las terrestres a las celestes, las temporales a las eternas, el mal al bien, la incertidumbre a la seguridad, la tristeza a la felicidad, las realidades perecederas a aquellas que permanecen para siempre. El reino de los cielos está cerca. Convertíos".

Que tu conducta de conversión sea evidente. Tú que has preferido lo humano a lo divino, que has querido ser esclavo del mundo, en vez de vencer al mundo con el Señor del mundo, conviértete. Tú que has huido de la libertad que las virtudes te hubieran procurado, ya que has querido someterte al yugo del pecado, conviértete, conviértete de verdad, tú que por miedo a la Vida, estás condenado a muerte.

Francisco de Sales

Sermón: Lo que hace ineficaz el poder de Dios

«Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos le preguntaron: ¿con qué poder haces estas cosas?» (Mc 11,27-28)
Febrero de 1622, X, 223


La fe de la cananea nunca hubiera sido tan grande si ella no hubiera prestado atención a lo que oía decir de nuestro Señor. Los que le seguían o vivían cerca de donde él habitaba, habían visto y habían oído hablar de las maravillas y milagros que obraba y por los cuales confirmaba la doctrina que enseñaba.

Tenían fe como la cananea y como ella creían en lo que se decía de Él, pero su fe no era tan grande como la de esa mujer, porque no le habían dedicado tanta atención como ella.

Esto lo vemos corrientemente entre la gente del mundo. Unas cuantas personas están en una reunión en la que se tiene una conversación sobre cosas buenas y santas: un avaricioso oirá bien lo que allí se dice, pero si luego le preguntáis de qué se ha hablado, no sabrá transmitiros ni una palabra.

¿Por qué?, porque no ha estado atento a lo que se hablaba, su atención estaba donde su tesoro. ¿Un sensual?: le sucede lo mismo; parece que escucha lo que se dice pero tampoco se acordará de nada porque está en sus pensamientos y no en lo que se dice. Pero el que ponga toda su atención en escuchar bien lo que se trata, ¡oh! ese os dirá bien la conversación.

¿Por qué se saca tan poco provecho de las predicaciones y de los misterios que se nos enseñan y explican o en los que meditamos? Porque la fe con que los escuchamos o meditamos no es una fe atenta; de ahí viene el que creamos, pero sin una gran seguridad. La fe de la cananea no era así: «¡Oh, mujer, qué grande es tu fe!.» Y no sólo por la atención con que escuchas y crees lo que dice nuestro Señor, sino por la atención que pones al pedirle y presentar tu ruego.

No hay duda de que la atención que ponemos en comprender los misterios de nuestra religión y la que ponemos al meditarlos y contemplarlos, nos aumenta mucho la fe.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Sábado VIII (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Sábado VIII (Impar o Año I)



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