Mc 13, 33-37: Estar alertas para no ser sorprendidos

El Texto (Mc 13, 33-37)

33 «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. 34 Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; 35 velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. 36 No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. 37 Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!»

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Pseudo – Jerónimo

33. «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento.» Porque es necesario que vele el espíritu antes de la muerte del cuerpo.

35. «Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada.» Porque el que duerme no ve cuerpos verdaderos, sino fantasías, y sueña con lo que ve sin poseerlo. Así sucede en verdad a los que en su vida fueron arrebatados por el amor del mundo, y después de su vida perdieron lo que soñaban como real y cierto.

37. Por tanto, y para que los últimos aprendan de los anteriores este precepto común a todos, concluye diciendo: «Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!»

Teofilacto

33-34. «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento.» Nos ordena, pues, dos cosas: vigilar y orar. Porque muchos vigilan, sí, toda la noche, pero es para consagrarla a la maldad. Y aduciendo un ejemplo en confirmación de esto, dice: «Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele…»

35. «Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada.» Es de notar que no dijo no sé sino no sabéis cuándo será el tiempo. Y nos lo ocultó porque así nos convenía, pues si ignorándolo no nos cuidamos del fin, ¿qué haríamos si lo conociéramos? Pues es muy cierto que persistimos en nuestros pecados hasta el último momento. Fijémonos ahora en la propiedad de las palabras: el fin llega por la tarde, cuando el que muere se halla en medio de la ancianidad; a media noche cuando se halla en medio de la juventud; al cantar el gallo cuando tiene ya desarrollada su razón, porque una vez que empieza el joven a vivir según ella, parece que una voz como la del gallo le despierta del sueño de la sensualidad; y la mañana es la infancia. Es preciso, pues, que todos vivamos preparados para el fin, y que no dejemos que el niño muera sin bautismo.

Beda, in Marcum 4, 42

34. «Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele…» El hombre que saliendo a un viaje largo dejó su casa es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la resurrección, dejó corporalmente la Iglesia, sin privarla por eso de la protección de la presencia divina.

San Gregorio Magno, homila in Evangelia, 9

34-35. «Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele…» Y como la tierra es el lugar propio del cuerpo, representó el Redentor en su ascensión a los cielos al hombre que sale a un viaje largo. Dio a sus criados poder para todo, porque con la gracia del Espíritu Santo concedida a sus fieles les dio facultad para servirle en el bien. Mandó también al portero que velase, porque manda al orden de los Pastores que se hagan cargo del cuidado de la Iglesia confiada a ellos. Pero no sólo a los Pastores, sino a todos nos manda que guardemos las puertas de nuestros corazones, a fin de que no las traspase el antiguo enemigo para tentarnos, y de que el Señor no nos encuentre dormidos. Por lo cual, y concluyendo el ejemplo, añade: «Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada.»

San Agustín, ad Hesych., epíst. 80

36. No habló así solamente para los que entonces le oían, sino también para los sucesores de aquellos, los anteriores a nosotros, para nosotros mismos y los que sigan después de nosotros hasta su última venida. ¿Acaso aquel día ha de encontrar a todos los hombres en esta vida, o se dirigen también a los difuntos estas palabras: «Velad, no sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos.» Porque ¿Cómo habla así a todos, no dirigiéndose más que a los que vio entonces, sino es porque a todos concierne, como he dicho? Así, pues, ese día será para cada uno aquél en que salga de este mundo tal y como deba ser juzgado. Por ello debe vigilar todo cristiano, para que no le halle desprevenido la venida del Señor, pues hallará desprevenido aquel día a todo el que no esté prevenido el último día de su vida.


Uso litúrgico de este texto (Homilías)

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