Mc 16, 9-15: Apariciones de Jesús Resucitado y envío en misión

Texto Bíblico

9 Resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. 10 Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. 11 Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
12 Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. 13 También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
14 Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. 15 Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco de Sales

Tratado del Amor de Dios: Dóciles a la acción de Dios

«Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda la creación» (Mc 16,15)
Libro VIII, Cáp. 10


«Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda la creación.» Mc 16, 9-15 Los rayos del sol iluminan al calentar y calientan al iluminar. La inspiración es un rayo celeste que lleva a nuestros corazones una luz calurosa por la cual nos hace ver el bien y nos da calor para seguirla. Todo lo que tiene vida en la tierra, se adormece y embota con el frío del invierno; pero al volver el calor vital de la primavera, recobra todo el movimiento: los animales terrestres vuelven a correr con ligereza, los pájaros vuelan más alto y cantan más alegremente; y las hojas y flores de las plantas parece que crecen muy a gusto. Sin la inspiración nuestras almas vivirían perezosas, enfermizas e inútiles. Pero al llegar sus divinos rayos sentimos a la vez luz y calor vivificantes, que alumbran nuestro entendimiento y despiertan y animan nuestra voluntad, dándole la fuerza de querer y de hacer el bien para su salvación eterna.

Dios, que, como dice Moisés, formó el cuerpo humano del limo de la tierra, le dio el soplo de vida y poniendo en él un alma viviente, es decir, un alma que da vida, movimiento y actuación al cuerpo. Y ese mismo Dios eterno, insufla y alienta las inspiraciones de la vida sobrenatural en nuestras almas para que, como dice el gran Apóstol, reciban un espíritu vivificante, o sea, un espíritu que haga vivir, mover, sentir y obrar las obras de la gracia.

El soplo de Dios no solamente calienta sino que alumbra perfectamente, porque el Espíritu divino es una luz infinita, cuyo soplo vital se llama inspiración.

Los medios que el Señor utiliza son infinitos. San Antonio, san Francisco, san Anselmo y mil otros, recibían, a menudo, inspiraciones por vía de las criaturas. El medio ordinario es la predicación, pero a aquellos a quienes la palabra no les aprovecha, la inspiración les viene por la tribulación: «la aflicción os dará inteligencia.» Santa María Egipciaca la recibió a la vista de una imagen de nuestra Señora; san Antonio, al escuchar el Evangelio en la Misa; el bienaventurado Ignacio de Loyola leyendo vidas de santos...

¡Oh, qué felices son los que tienen su corazón abierto a las santas inspiraciones! Nunca les faltarán las que les son necesarias para vivir recta y devotamente.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

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