Miércoles XXXIII Tiempo Ordinario – Homilías

Homilías y comentarios

Años impares: M. Garrido Bonaño, Año Litúrgico Patrístico

Primera Lectura: 2 Macabeos 7,20-31

El Creador del universo os devolverá el aliento y la vida. Siete hermanos, junto con su madre, sufren el martirio por no abandonar la fe de Israel y romper con la Alianza.

Comenta San Agustín:
«Uno solo es el Dios de los tres niños del horno de Babilonia y el de los Macabeos; a los primeros los libró del fuego, a los segundos los dejó morir en el tormento. ¿Cambió de parecer? ¿Amaba más a los primeros que a los segundos? Mayor fue la corona concedida a los Macabeos. Ciertamente aquellos escaparon del fuego, pero les estaba reservando los peligros de este mundo; para éstos, en cambio, acabaron en el fuego todos los peligros. No había tiempo ya para ninguna otra prueba; solo para la coronación. En consecuencia los Macabeos recibieron más.

«Sacudid vuestra fe, aplicad los ojos del corazón, no los de la carne. Tenéis, en efecto, otros ojos interiores; son obra del Señor, que abrió los ojos de nuestro corazón cuando os otorgó la fe. Preguntad a esos ojos quiénes recibieron más: los Macabeos o los tres niños. Pregunto a la fe. Si pregunto a los hombres, amantes de este mundo, dirán: “yo quisiera estar con aquellos tres niños”. Es la respuesta de un alma débil. Avergüénzate ante la madre de los Macabeos, pues ella prefirió que sus hijos muriesen, porque sabía que no morirían» (Sermón 286,6).

Salmo 16

Oramos al Señor, haciendo nuestros los mismos sentimientos de los Macabeos, cuando por el martirio pasan de este mundo al otro: «Al despertar, Señor, me saciaré de tu semblante. Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mis súplicas, que en mis labios no hay engaño. Mis pies estuvieron firmes en mis caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío, inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante».

Años pares: M. Garrido Bonaño, Año Litúrgico Patrístico

Primera Lectura: Apocalipsis 4, 1-11

Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y el que es. Juan, valiéndose de imágenes de los antiguos profetas de Israel –Isaías, Ezequiel y Daniel– contempla a Dios en su majestad real. El Señor está rodeado del mundo espiritual y de la Iglesia, simbolizada por los ancianos, que cantan eternamente su gloria.

Explica San Cesáreo de Arlés:
«Los ancianos significan la Iglesia, como dice Isaías: “cuando Él sea glorificado en medio de sus ancianos” (24,23). Ahora bien, los veinticuatro ancianos son los prepósitos y los pueblos. En los doce Apóstoles se indica a los prepósitos y en los otros doce el resto de la Iglesia… De la Iglesia salen los herejes –relámpago y voces–, pues “salieron de entre nosotros” (1 Jn 2,19). Pero también hay en ese texto otro significado, a saber, que los rayos y voces indican la predicación de la Iglesia. En las voces reconoce las palabras, en los relámpagos los milagros… “El mar semejante al cristal” es la fuente del bautismo; “delante del trono” quiere decir, antes del juicio. Pero por trono se entiende a veces, el alma santa, tal como está escrito: “el alma del justo es la sede de la sabiduría” (Prov 12,23). Otras veces significa a la Iglesia, en la que Dios tiene su sede…

«Los ojos [de los animales] son los mandamientos de Dios, que tienen la facultad de ver el pasado y el futuro. En el primer animal, semejante a un león, se muestra la fortaleza de la Iglesia; en el novillo, la pasión de Cristo. En el tercer animal, que es semejante a un hombre, se representa la humildad de la Iglesia; porque ella no se jacta en absoluto con un sentimiento de orgullo, aun cuando posee la adopción filial. El cuarto animal representa a la Iglesia, semejante a un águila, es decir, volando libremente y elevada por encima de la tierra por dos alas, levantada por los dos Testamentos o por los dos mandamientos» (Comentario al Apocalipsis 4).

Salmo 150

Por eso alabamos a Dios comenzando por el trisagio: «Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo. Alabad al Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento. Alabadlo por sus obras magníficas, alabadlo por su inmensa grandeza, alabadlo tocando trompetas, alabadlo con arpas y cítaras, alabadlo con tambores y danzas, alabadlo con trompetas y flautas, alabado con platillos sonoros, alabadlo con platillos vibrantes. Todo ser que alienta alabe al Señor».

Evangelio para ambos años: Lucas 19,11-28

¿Por qué no pusiste mi dinero en un banco? Hemos de hacer fructificar los dones que hemos recibido de Dios. Hemos de rendir cuentas de ellos al mismo Dios que nos los ha otorgado.

Comenta San Agustín:
«Sabemos de qué modo amenaza aquella misericordiosa avaricia del Señor, que por doquier busca extraer ganancias de su dinero, y que dice a su siervo perezoso, que entorpece las ganancias del Señor: “siervo malvado, por tu boca te condenas”… Nosotros no hemos hecho otra cosa que dar el dinero del Señor, y Él será el exactor no solo de aquel criado, sino de todos nosotros. Cumplamos, pues, el oficio del que va delante dando, sin usurpar el del exactor» (Sermón 279,12).

Para este Evangelio ver también:

-Catena aurea y homilías

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