Mt 4, 12-17.23-25: Vuelta a Galilea: Jesús enseña y sana

El Texto (Mt 4, 12-17.23-25)

12 Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. 13 Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; 14 para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías:

15 ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,
camino del mar, allende el Jordán,
Galilea de los gentiles!

16 El pueblo que habitaba en tinieblas
ha visto una gran luz;
a los que habitaban en paraje de sombras de muerte
una luz les ha amanecido.

17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.»

23 Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 24 Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó. 25 Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Rábano

12-16. Después que San Mateo habló de los cuarenta días de ayuno y de la tentación de Cristo y del ministerio de los ángeles, a continuación prosigue diciendo: “Habiendo oído Jesús que San Juan había sido preso”.

Alegóricamente, Juan es una voz que significa precursor del Verbo y además profeta. Después que concluyó el profeta y fue preso, apareció el Verbo cumpliendo lo que había dicho la voz, esto es, el profeta: “Y se retiró a Galilea”, esto es, de las figuras a la verdad, o a Galilea, es decir, a la Iglesia, donde se verifica el tránsito de los vicios a las virtudes. Nazaret quiere decir flor; Cafarnaúm, villa hermosa. Dejó, pues, la flor de las figuras, en la que se significaba el fruto del Evangelio y vino a la Iglesia, que es hermosa por las virtudes de Jesucristo. Y es marítima, porque colocada junto a las olas del siglo, todos los días sufre los furores de las persecuciones. Está colocada en los términos de Zabulón y Neftalí, esto es, que es común a los judíos y a los gentiles, Zabulón quiere decir habitación de la fortaleza, porque los apóstoles que fueron elegidos en la Judea fueron fuertes. Neftalí quiere decir dilatación, porque la Iglesia se dilató por todas las regiones ocupadas por los gentiles.

17. En esto manifiesta también que nadie debe despreciar la predicación de un inferior. De donde dice el Apóstol: Si alguno habla estando sentado, calle el superior [1].

23-25. Siria es toda la región comprendida entre el Eufrates y el océano y desde la Capadocia hasta el Egipto, donde se encuentra la provincia de Palestina, en donde habitan los judíos.

Los paralíticos están como divididos en su cuerpo. La parálisis es una palabra griega, pero en latín se llama disolución.
Sigue: “Y los curó”.

Las cuales se dividieron en cuatro partes. Unos lo seguían por su magisterio celestial, como los discípulos; otros por la curación de sus enfermedades; otros, movidos sólo por su fama y por la curiosidad, queriendo experimentar por sí mismos si era verdad lo que se decía; y otros por envidia, queriendo acusarlo y cogerlo en alguna contradicción. Siria, místicamente hablando, quiere decir levantada; Galilea, voluble o rueda, esto es diablo y mundo, que es soberbio y siempre rueda hacia el abismo, en el cual se dio a conocer la noticia sobre Cristo por medio de la predicación; los endemoniados son los idólatras; los lunáticos son los volubles; los paralíticos son los perezosos y los malhechores.


Notas

[1] Ver 1Cor 14,30.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 14,1

12-16. No es deshonroso el no arrojarse al peligro, pero sí lo es no mantenerse firme cuando se es asolado por él. Se separó de la Judea para calmar la envidia de los judíos y para cumplir a la vez la profecía, deseando convencer a los maestros de todo el mundo que habitaban en Galilea. También es ésta la causa que lo indujo a separarse de los judíos e ir a los gentiles, porque habiendo sido preso el Bautista por los judíos, obligaron al Salvador a marcharse a la Galilea de los gentiles.

Para que sepas que ni la luz ni las tinieblas son sensibles, llamó “Luz grande” a la que, en otro lugar, se llama “Luz verdadera” y hablando de las tinieblas, las llama “sombra de muerte”. Después, mostrando que no la encontraron porque la buscaban, sino que Dios se les apareció, dijo: “Que la luz les había nacido y brillaba”. No acudieron antes ellos a ver la luz, porque los hombres habían llegado a los últimos extremos de la maldad antes de presentarse Cristo; y no andaban en las tinieblas, sino que estaban sentados, lo cual indicaba que no esperaban ser librados; así como los que no saben hacia dónde conviene marchar, una vez cogidos por las tinieblas, se sientan sin poder estar en pie; llama aquí tinieblas al error y a la impiedad.

17. Por ello no predicó hasta que San Juan fue hecho prisionero: porque temió que se dividiese el auditorio. No habiendo hecho ningún milagro el Bautista, toda la gente se hubiese marchado con el Salvador.

Véase que en esta predicación nada dice de sí mismo; lo cual en verdad, era muy conveniente, porque aún no se habían podido formar una opinión de El. Empezando, pues, no dijo nada grave como lo había hecho el Bautista: que el hacha estaba preparada para cortar el árbol y otras cosas por el estilo, sino que en el principio habló de cosas agradables evangelizando el reino de los cielos.

23-25. Entra en la Sinagoga de los judíos y en esto también les enseñaba que no era enemigo de Dios, ni predicador de errores, sino que había venido en todo conforme con su Padre.

Debe considerarse que Dios acostumbra a hacer milagros en aquellos pueblos en donde predica su ley, dando pruebas de su virtud a los que han de recibir su ley. Antes de hacer al hombre creó el mundo; y entonces impuso al hombre su ley en el Paraíso. Y cuando había de dar su ley a Noé, hizo cosas admirables.
Y del mismo modo hizo grandes milagros cuando había de dar a los judíos su ley y no se la dio hasta que no se habían verificado estos milagros. Así sucede aquí. Cuando había de introducir esta ley sublime, fortifica lo que dice por medio de milagros. Como no podía verse el reino que predicaba, lo manifestaba por medio de señales exteriores.

Observa la moderación del evangelista, porque no nombra a alguno de los curados sino que en pocas palabras manifiesta la abundancia de los milagros. Y sigue: “Y le presentaron a todos los que lo pasaban mal”.

No exigió la fe de alguno de los que había curado puesto que todavía no había hecho demostración alguna de su poder. Además, no habían mostrado poca fe viniendo o siendo traídos desde lejos.
Prosigue: “Y muchas turbas le siguieron”.

San Jerónimo

12-16. Nazaret está en Galilea y forma una aldea a la falda del monte Tabor. Cafarnaúm es una villa en Galilea de los Gentiles, cerca del lago Genezaret y por ello le llama marítima.

Advierte que hay dos Galileas, una que se llama de los judíos y otra que se llama de los gentiles. Está así dividida la Galilea desde el tiempo de Salomón, que dio veinte ciudades de Galilea a Hirán, rey de Tiro, cuya parte se llamó después Galilea de los gentiles y las demás de los judíos. También puede leerse: “Al otro lado del Jordán de la Galilea de los gentiles”; así diré: “Para que viese la luz el pueblo que andaba en tinieblas”, nunca pequeña, como la de los otros profetas, sino grande, esto es, se habla de la luz de Aquel que dice en el Evangelio: “Yo soy la luz del mundo” ( Jn 8).
Prosigue: “Y nació la luz para todos aquéllos que habitaban en la región de la sombra de muerte”; yo considero que entre la muerte y la sombra de muerte sólo hay la diferencia de que la muerte es propia de aquéllos que bajaron con sus obras al infierno y la sombra de muerte es propia de aquéllos que pecan, pero que no han salido aún de esta vida, porque si quieren, pueden hacer penitencia.

Se dice que en el primer tiempo fue aliviada del peso de los pecados porque predicó el Evangelio Nuestro Señor, primeramente en las regiones de las dos tribus; pero ahora se ha oscurecido su fe, puesto que muchos judíos permanecen en el error. Aquí llama mar al lago de Genezaret, en que desemboca el Jordán, en cuyas orillas se encuentran Cafarnaúm, Tiberíades, Betsaida y Corazín, región donde más predicó Cristo. O, según los hebreos que creen en Cristo, estas dos tribus de Zabulón y Neftalí fueron cautivadas por los asirios y Galilea quedó desierta [1]. La que el profeta dijo que había quedado diezmada, porque toleraba los pecados de su pueblo. Pero después todas las tribus que habitaban a espaldas del Jordán, en la Samaria, fueron reducidas a la esclavitud y dicen: “Ahora asegura esto la Escritura, porque este pueblo fue el primero de esta región que fue llevado a la esclavitud”. Ella fue también la primera que vio la luz de la predicación del Evangelio empezada por Cristo. Según los nazarenos, cuando vino Cristo fue la primera tierra que quedó libre de los errores de los fariseos. Después, por el anuncio de la Buena Nueva del apóstol San Pablo, fue aumentada, esto es, se multiplicó la predicación en los territorios ocupados por los gentiles (in Isaiam, 9,1).

17. En esto mismo demuestra que El era Hijo del mismo Dios, de quien el Bautista había sido profeta y por ello dice: “Haced penitencia”.

También puede decirse en sentido místico, que una vez preso el Bautista, Cristo empezó a predicar, porque terminada la ley en seguida nació el Evangelio.

23-25. Los demonios, observando las fases de la luna, cuidaban de mortificar a las creaturas para que se desataran en blasfemias contra su Creador.


Notas

[1] Luego de la conquista Asiria (732 a.C.), la región de Galilea quedó convertida en la provincia asiria de Meguiddó.

Remigio

12-16. Dejó una, esto es, Nazaret, para convencer a muchos, predicando y haciendo milagros, en cuyo acto dejó ejemplo a los predicadores para que elijan el mejor tiempo y el lugar más oportuno cuando quieran que su predicación aproveche a muchos de distinta condición.
Prosigue: “Para que se cumpliese lo que había dicho el Profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí”. Así se encuentra en la profecía: en el principio fue aliviada la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí y ahora es agrandado el camino del mar, a la espalda del Jordán, cuando pasa por la espalda de Galilea de los gentiles.

Pero debe comprenderse claramente el por qué San Juan diga que Cristo fue a Galilea antes que Juan fuese reducido a prisión. Porque después que había convertido el agua en vino y después de haber bajado a Cafarnaúm y después de subir a Jerusalén, se dice en el Evangelio de San Juan que regresó a la Judea y bautizaba, cuando San Juan Bautista aun no había sido llevado a la cárcel. Aquí se dice que, después que Juan fue entregado, se retiró a Galilea y esto lo dice San Marcos. No debe mirarse esto como una contradicción, porque Juan explicó primero la venida del Señor a Galilea, la que se verificó antes del encarcelamiento de Juan; pero hace mención de la segunda venida, cuando dice: “Que Jesús dejó la Judea y se volvió a Galilea” ( Jn 4). Los demás evangelistas dicen sólo acerca de esta segunda venida a Galilea, la que fue posterior al encarcelamiento del Bautista.

17. Y nótese que no dice: se acerca el reino de los cananeos, ni de los jebuseos, sino el reino de los cielos. La ley ofrecía los bienes temporales, pero el Señor ofrecía el reino de los cielos.

23-25. Cuál deba ser la vida de los doctores para que no sean perezosos, se les da ejemplo en las palabras que dicen: “Andaba Jesús rodeando”.

Para que no hiciesen acepción de personas, se dice también lo que deben hacer los predicadores por estas palabras que siguen: “Toda la Galilea”. Para que no la recorran en vano, se les añade: “Enseñando”. Para que no cuiden de aprovechar a pocos sino muchos, se les amonesta por esto que sigue: “En las Sinagogas”.

Para que los predicadores no enseñen errores ni fábulas, sino que prediquen cosas saludables, se les instruye por esto que sigue: “Predicando el Evangelio del reino”. Hay diferencia entre el que enseña y el que predica. El que enseña se refiere a lo presente, el que predica a lo futuro. Jesús enseñaba los mandatos presentes y predicaba las promesas futuras.

Para que los doctores traten de que su predicación conduzca a la práctica de las virtudes, se les amonesta en las palabras que siguen: “Sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo”. La enfermedad es propia de los cuerpos y la dolencia es propia de las almas.

En esto da a entender las varias enfermedades, aun las más leves. Y cuando dice “los oprimidos por varias dolencias y por el tormento”, quiere que se entienda de aquéllos de quienes dice: “Y que estaban endemoniados”, etc.

Se llaman lunáticos, por la luna, aquéllos que son agitados por ella en los días periódicos de su crecimiento o disminución.

Siguen a Jesús los de Galilea, esto es, los que viven las volubilidades del mundo; y los de Decápolis, que es una región de diez ciudades y significa los que quebrantan los mandamientos del Decálogo; y los de Jerusalén, porque eran los que se detenían primeramente por una paz inocente; y los de Judea, esto es, de la confesión diabólica; y de la otra orilla del Jordán, porque antes estaban en el paganismo pero han pasado por las aguas del Bautismo y han venido a Jesucristo.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 6

12-16. “… Juan había sido entregado.” No debe dudarse de que eso fue permitido por Dios, ya que contra un hombre bueno nadie puede hacer nada si Dios no se lo permitiese. Prosigue: “Se retiró a Galilea”. Esto es, se separó de la Judea para no anticipar el tiempo oportuno de su pasión y para darnos ejemplo de cómo debemos huir del peligro.

También puede decirse que los gentiles estaban sentados en la región de la sombra de la muerte, porque adoraban a los ídolos y a los demonios; los judíos, que practicaban la ley, estaban también en tinieblas, porque la justicia aún no les era conocida.

17. Debe predicar la justicia de Jesucristo el que pueda mortificar su estómago, el que desprecia las cosas del siglo y el que no desea la vanagloria. Por ello se dice: “Desde entonces empezó a predicar”. Esto es, desde que tentado venció el hambre en el desierto, despreció la avaricia en el monte e hirió la vanagloria en el templo; empezó a predicar, desde que San Juan fue encerrado en la prisión. Porque si hubiese empezado a predicar cuando predicaba San Juan, hubiese quitado mérito a la predicación de éste, la cual hubiese aparecido como superflua, comparada con la de Jesucristo. Así sucede con el sol y el lucero de la mañana, que apareciendo juntos, el fulgor del sol oscurece la hermosura del lucero.

Así, pues, se propuso (Cristo) con mucha sabiduría, empezar su predicación en esta época, no para confundir la doctrina de San Juan, sino para confirmarla más y más y para demostrar que era un testigo verdadero.

No realizó en seguida la predicación de la justicia que todos conocían, sino la penitencia que todos necesitaban. ¿Quién se atreverá a decir: quiero ser bueno y no puedo? La penitencia es la represión de la voluntad; y si los males no os aterran (para que hagáis penitencia), al menos que os deleiten los bienes. Y prosigue. Se acerca, pues, el reino de los cielos, esto es, la felicidad del reino de Dios, como si dijese: “Preparaos por medio de la penitencia”, porque se acerca el tiempo de vuestro premio.

23-25. Todo rey que ha de pelear contra su enemigo reúne primero a su ejército y así marcha a la pelea. Así también Nuestro Señor cuando había de combatir contra el demonio, reunió primero a sus Apóstoles y así empezó a predicar el Evangelio. De donde sigue: “y andaba Jesús”.

Porque como ellos, estando débiles, no podían venir al médico, Este, como médico celoso, andaba alrededor de los que estaban gravemente enfermos. Y el Señor, en verdad, recorría todas las regiones. Los que son pastores de una sola región, deben recorrer todas las dolencias de su pueblo, examinándolas para que en la Iglesia se pueda propinar algún remedio como medicina de ellas.

O de otro modo: enseñaba las justicias de la tierra, que son las que enseña la razón natural: la castidad, la humildad y otras que todos comprenden cuán buenas son; cuya enseñanza es necesaria, no tanto para manifestarlas, como para mover el corazón. Pues, cuando prevalecen las complacencias carnales, la ciencia de la justicia natural se adormece como cayendo en olvido. Cuando, pues, empieza el sabio a reprender las inclinaciones de la carne, su predicación no introduce una ciencia nueva, sino que recuerda la olvidada. Predicaba también el Evangelio anunciando las cosas buenas que lo antiguos no habían oído de una manera clara, como la vida eterna, la resurrección de los muertos y otras cosas por el estilo. También enseñaba interpretando las profecías que hablaban de El y predicaba el Evangelio, anunciando en sí los bienes futuros.

Por la dolencia entendemos alguna pasión del alma, como la avaricia, la lujuria y otras; por enfermedad entendemos la infidelidad, por la que alguno enferma en la fe. O de otro modo: por las dolencias se entiende las pasiones más graves del cuerpo y por las enfermedades las pasiones menos fuertes. Así como sanaba las pasiones corporales por la virtud de la divinidad, así sanaba las espirituales por la palabra de la piedad. Por dos razones enseña primero y después sana. En primer lugar, porque coloca delante lo que es más necesario: las palabras de piedad robustecen el alma, no los milagros. En segundo lugar, porque las palabras se recomiendan por medio de los milagros y no a la inversa.

En otros lugares dice: “Curó a muchos”. Y aquí dice sencillamente: “Y los curó”, dando a entender que los curó a todos, como sucede al médico nuevo que viene a una ciudad, que cura a todos los que se le presentan para presentarse un buen nombre.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,17

12-16. San Juan evangelista, antes que Jesús fuese a Galilea, habló acerca de Pedro, de Andrés y Natanael y del milagro de Caná de Galilea, cuyas cosas callaron los demás evangelistas, refiriendo sólo en sus narraciones que Jesús volvió a Galilea. De donde se entiende que pasaron algunos días en que se produjeron aquellas cosas acerca de los discípulos y que son incluidas por San Juan.

23-25. Se emplean los demonios en habitar en la creatura (que Dios hizo y no ellos) y para ello se valen de diferentes complacencias según sus diversas naturalezas, no incitándole como la comida incita a los animales, sino por medio de prodigios espirituales, cuyas cosas están más conformes con la complacencia de cada cual.

Eusebio de Cesarea, historia ecclesiastica, 3,24

12-16. Se dice que San Juan predicó casi hasta lo último de su vida, sin escribir; pero habiendo tenido noticia de los otros tres evangelios, quiso probar la verdad de lo que se había dicho. Observó que faltaban algunas cosas, especialmente acerca de lo ocurrido en los primeros días de la predicación del Salvador. Es verdad que está incluido en los otros tres Evangelios lo que se hizo durante el año que el Bautista estuvo en la cárcel y en el día de su muerte; San Mateo lo pone en seguida de la tentación de Nuestro Señor: “Habiendo oído que Juan había sido preso”, etc. y San Marcos del mismo modo. San Lucas dice, antes de referir nada de los hechos de Jesucristo, que Herodes encerró a San Juan en la cárcel. Habiéndose rogado a San Juan Apóstol que refiriese lo que había hecho el Salvador antes de la prisión de San Juan, dice: “Esto sucedió en el principio, cuando Jesús empezó a hacer milagros”.

Glosa

12-16. Como refiere San Lucas, vino a Nazaret, en donde había sido amamantado y allí entró en la sinagoga, en donde leyó y dijo muchas cosas, por las que quisieron arrojarlo de un monte y entonces bajó a Cafarnaúm, de donde dice ahora San Mateo: “Y habiendo abandonado la ciudad de Nazaret, vino y habitó en Cafarnaúm”.

Marchó a los términos de Zabulón y Neftalí, en donde tuvo lugar la primera cautividad de los hebreos, verificada por los asirios, donde se verificó la primera infracción de la ley. Allí tuvo la primera predicación del Evangelio, para que su benéfico influjo naciese como de un mismo lugar medio para los gentiles y para los judíos.

Estos nominativos diferentes se reducen en un mismo verbo, así: “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, que están en el camino del mar, a la espalda del Jordán, a saber, el pueblo de Galilea de los Gentiles, que andaban entre tinieblas, ésta fue la primera región que vio la luz del Evangelio”, etc.

23-25. Los predicadores deben dar buen testimonio de lo que dicen por medio de señales exteriores, no sea que si su vida no es buena su predicación sea despreciada. Por ello añade: “Y corrió su fama por toda la Siria”.

La dolencia larga es una enfermedad; es un tormento la enfermedad aguda, como el dolor de costado y otros. Los que están endemoniados se llaman así porque son agitados por los demonios.

Las turbas que siguen al Señor son la Iglesia, que espiritualmente hablando es Galilea. Pasando a la práctica de las virtudes, Decápolis que observa los diez mandamientos y Jerusalén y Judea que ilustran el aspecto de la paz y la confesión, el otro lado del Jordán, porque una vez recibido el bautismo entra en la tierra de promisión.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Romano el Meloda

Himno: Revistámonos de Él.

Himnos para la Epifanía, I, 1-2; II, 3.

«A los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido» (Mt 4,16).

“Hoy, Señor, te has manifestado al mundo, y tu luz nos ha iluminado, por eso, reconociéndote, elevamos a ti nuestro himno: Has venido, has aparecido, luz inaccesible”(1Tm 6,16)…

“Dios, con su santa voz llamó al desobediente: ¿Dónde estás, Adán? (Gn 3,9) ¡Quiero verte! Aunque estés desnudo, aunque seas pobre, no te avergüences, porque yo me he hecho semejante a ti. Tu que querías llegar a ser Dios (Gn 3,5) no lo has conseguido: yo me he hecho carne”. Entonces, reconóceme y di: Tú has venido, has aparecido, luz inaccesible …

En la Galilea de los gentiles, en el país de Zabulón y la tierra de Neftalí como dijo el profeta, Cristo, la gran luz, ha resplandecido (Is 8,23-9,1); para los que habitaban en tinieblas, una gran luz brilló, brotando de Belén. El Señor nacido de María, el Sol de justicia, difunde sus rayos por el universo entero (Ml 3,20). “Por esto nosotros, desnudos hijos de Adán, reunámonos todos, revistámonos de Él para recibir su calor! Como reparación para los desnudos y luz para cuantos están en la tiniebla Tú has venido, has aparecido, luz inaccesible”.

“Aplaude, apláudele, oh Adán; !adora a aquel que te sale al encuentro! Mientras tú te retraías, Él se ha mostrado para que tú pudieses verlo, tocarlo y recibirlo. Él desciende a la tierra para portarte allá arriba, él se hace mortal para que tú te hagas dios y seas revestido de la dignidad primitiva, para reabrir el Edén ha puesto su morada en Nazaret”. Por todo esto, canta, hombre, canta y alaba al que se manifestó e iluminó a todo el universo.

San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

Homilía:

Sermón 3º para la Epifanía, §5: SC 22 bis.

«El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz» (Mt 4,16).

Amados míos, instruidos sobre los misterios de la gracia divina, celebremos con gozo espiritual el día de nuestras primicias y la primera llamada de las naciones a la fe. Agradezcamos al Dios misericordioso que, según las palabras del apóstol Pablo, «nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido» (Col 1,12-13). ¿No es esto lo que había anunciado el profeta Isaías? «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9,1)…

Abrahán vio este día y se alegró al conocer que sus hijos según la fe serían bendecidos en su descendencia, es decir, en Cristo, y de lejos contempló la paternidad que, por su fidelidad, se extendería sobre todas las naciones: «Dio gloria a Dios totalmente convencido que las promesas que Dios le había hecho, se cumplirían» (Jn 8,56; Ga 3,16; Rm 4,18-21). Es este día también el que David cantó en los salmos: «Todos los pueblos vendrá a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre» (Sl 85,9). Y en otra parte: «El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia» (Sl 97,2).

Nosotros sabemos que todo eso se realizó cuando los magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para que conocieran y adoraran al Rey de cielo y tierra. La docilidad de esa estrella nos invita a imitar su obediencia y hacernos, en cuanto nos sea posible, los servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo. Cualquiera que en la Iglesia vive con devoción y castidad, cualquiera que aprecie las realidades de arriba y no las de la tierra (Col 3,2), se asemeja a esa luz celeste. Tanto en cuanto mantiene en él el resplandor de una vida santa, como una estrella muestra a los demás el camino que lleva a Dios. Tened todos esta preocupación, amados míos…; brillaréis en el Reino como hijos de la luz (Mt 13,13; Ef 5,8).

Ruperto de Deutz, monje benedictino

Tratado:

Sobre la Trinidad y sobre sus obras, I. 42: sobre Isaías, 2.

«Una luz se levanta sobre los que habitan en el país de las tinieblas y en sombras de muerte» (Mt 4,16).

Jesús se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que el Señor había dicho por boca de Isaías: «… El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto levantarse una gran luz»… Seguramente que al hablar de la visión o mejor de levantarse una gran luz, Mateo quiere hacernos comprender la luminosa predicación del Salvador, el esplendor de la Buena Noticia del Reino de Dios; antes que otras han sido las tierras de Zabulón y de Neftalí las que la oyeron de la misma boca del Señor…

En verdad es en esta tierra que el Señor empezó a predicar, es en ellas que inauguró su predicación… Y los apóstoles, que fueron los primeros en ver esta luz verdadera en los territorios de Zabulón y de Neftalí, llegaron a ser ellos mismos «luz del mundo»… «Acrecentaste la alegría, continua el texto de Isaías, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín». Esta alegría será, efectivamente, la alegría de los apóstoles, «una alegría multiplicada», cuando «vendrán como segadores trayendo sus gavillas» «como se alegran al repartirse el botín», es decir, el diablo vencido…

En efecto, eres tú Señor y Salvador, que has quitado de sus hombros «el yugo que pesaba sobre ellos», ese yugo del diablo que, en otro tiempo, cuando en el mundo reinaba sobre todas las naciones haciendo doblegar las nucas bajo el yugo de una muy pesada esclavitud… Eres tú quien, sin ejército, sin efusión de sangre, en lo secreto de tu poder, has liberado a los hombres para ponerlos a tu servicio… Sí, el diablo será «quemado, devorado por el fuego eterno» porque «nos ha nacido un niño» el humilde Hijo de Dios «que lleva sobre sus hombros la insignia de su poder» puesto que, siendo Dios, puede, por sus propias fuerzas, poseer la primacía… Y «su poder se extenderá» porque reinará no sólo sobre los judíos como David, sino que su imperio se extenderá sobre todas las naciones «desde ahora y por siempre».

San Juan Crisóstomo

Homilía:

Homilía 14, sobre Mateo.

«Habiendo oído Jesús que Juan había sido preso, se retiró a Galilea» (Mt 4,12).

¿POR QUÉ voluntariamente se retiró? Para enseñarnos que no nos pongamos voluntariamente en la tentación, sino más bien la evitemos y pasemos de largo. No es cosa culpable el no arrojarse al peligro, sino el no proceder con fortaleza cuando somos puestos en la tentación. Queriendo, pues, enseñarnos esto, cedió un poco a la envidia de los judíos y se retiró a Cafarnaúm. Cumplía al mismo tiempo con una profecía; y parecía apresurarse a coger en la pesca a los futuros doctores del universo, pues allá vivían y allá ejercitaban su oficio de pescadores. Observa cómo, puesto que ha de ir a los gentiles, toma siempre ocasión de los mismos judíos. En este caso, con andar poniendo asechanzas al Precursor y con haberlo aherrojado en la cárcel, lo obligan a retirarse a Galilea de los gentiles. No hace mención de Judá ni nombra todas las tribus, sino que designa el sitio con estas palabras: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar del otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habita en las tinieblas vio una gran luz. No se refiere aquí a las tinieblas sensibles sino al error y a la impiedad. Por esto añadió: Y para los que habitan en la región de sombras mortales, una luz se levantó.Para que entendieras que no hablaba ni de la luz ni de las sombras que perciben los sentidos, al hablar de la luz no la llamó simplemente luz, sino luz grande: esa luz que en otro sitio es llamada luz verdadera. Y al referirse a las tinieblas, las llamó sombra de muerte. Luego, para declarar que los encontró cuando no lo buscaban, sino que Dios desde las alturas se les apareció, dijo: Para ellos una luz se levantó. Quiere decir que la luz de por sí se levantó y brilló y que no tomaron ellos la delantera para ir a la luz. Antes de la venida de Cristo, la situación de los hombres se encontraba en extremo perdida; pues no caminaban entre tinieblas, sino que estaban sentados en las tinieblas, lo que era señal de que ni siquiera esperaban que serían liberados. Estaban sentados en las tinieblas, a la manera de quienes ni siquiera saben a dónde se han de dirigir; más aún, que ni siquiera podían ponerse en pie.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: Arrepentíos, porque se acerca el reino de Dios. Desde entonces: ¿pero ¿cuándo? Desde que Juan fue echado a la cárcel. ¿Por qué no les predicó desde los comienzos? ¿Ni para qué era necesario Juan, siendo así que las obras mismas daban testimonio de Jesús? Para que también por aquí conozcas la dignidad de Jesús, quien a la manera del Padre, tiene también profetas; como lo decía Zacarías: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo. Y también para quitar toda ocasión a los impudentes judíos como él mismo lo dijo: Porque vino Juan que no comía ni bebía y dicen: Está poseído del demonio. Vino el Hijo del Hombre que come y bebe y dicen: Es un comilón y un bebedor de vino, amigo de los publícanos y pecadores. Y la Sabiduría se justifica por sus obras.

Por otra parte, era necesario que lo tocante a El lo predicara otro antes que El. Pues si tras de tantos y tan grandes argumentos, todavía decían: Tú das testimonio de ti mismo y tu testimonio no es verdadero ¿qué no habrían dicho si no hubiera hablado primero Juan, sino que el mismo Jesús, saliendo al público hubiera El el primero dado testimonio de sí mismo? Por tal motivo, ni predicó antes de que lo hiciera Juan, ni hizo milagros hasta que Juan fue encarcelado. Además con el objeto de que la multitud no se dividiera en bandos.

Tampoco Juan hizo ningún milagro para no acercar la multitud a sí, sino a Jesús, cuando los milagros de éste atrajeran a las multitudes. Si tras de todo lo sucedido, tanto antes como después de que Juan fuera echado en la cárcel, los discípulos de Juan parecían moverse de alguna envidia respecto de Jesús; si muchos pensaban que no Jesús, sino Juan era el Cristo ¿qué no hubiera sucedido, si nada de eso hubiera precedido? Tal es pues el motivo de lo que dice Mateo, que Jesús comenzó a predicar al tiempo del encarcelamiento de Juan. Y al principio enseñaba lo mismo que Juan había enseñado, sin hablar de sí mismo en su predicación. Era conveniente que entretanto, las turbas admitieran lo que predicaba, ya que aún no tenían formada la debida opinión sobre la persona de Jesús.

[…] Le traían a todos los que padecían algún mal, a los atacados de diferentes enfermedades y dolores y a los endemoniados, lunáticos, paralíticos, y los curaba. Pero aquí se pregunta: ¿por qué a ninguno de los que curaba les exigía la fe? Porque no les dijo lo que cuenta el evangelio que más tarde les decía: ¿creéis que tengo poder para hacerlo? Pues fue porque aún no había demostrado en las obras su poder. Por lo demás, por el hecho mismo de que se le acercaban y le llevaban a otros, ya daban señales no pequeñas de su fe. Desde lejos le llevaban los enfermos; y no se los habrían llevado si no hubieran ya tenido grande estima de él.

Sigámoslo también nosotros, pues estamos trabajados por muchas enfermedades del alma y son éstas las que sobre todo anhela él curar. Cura las enfermedades corporales para echar de nuestras almas esas otras. Lleguémonos a él y no le pidamos nada de los bienes seculares, sino el perdón de los pecados; pues también ahora lo concede si con diligencia procedemos. Su fama había volado hasta Siria entonces; ahora vuela por todo el orbe. Aquéllos concurrían a él porque habían oído que arrojaba los demonios; y tú, tras de experimentar en mayor grado su poder ¿no te levantas, no corres a su encuentro? Aquéllos dejaron su patria, sus amigos y parientes ¿y tú no quieres siquiera salir de tu casa para acercarte a él y recibir dones mucho mayores?

Mas ni siquiera eso te pedimos. Solamente abandona tu mala costumbre y permaneciendo en tu casa y con los tuyos, fácilmente conseguirás tu salvación. Si padecemos una enfermedad corporal, todo lo hacemos, todo lo removemos para quedar libres de semejante molestia; y en cambio tenemos enferma el alma y andamos con desidia y rehusamos aplicar los medios. De aquí proviene que nunca nos libramos, porque despreciamos lo que es necesario y creemos necesario lo que es de menor importancia: dejamos intacta la fuente de nuestros males y andamos queriendo secar los arroyos que de ella dimanan. Y que la perversidad del alma sea la causa de las enfermedades corporales lo han demostrado el paralítico de treinta y ocho años y el otro que fue descolgado por el techo; y antes que ellos, Caín. Y en muchos otros casos puede cualquier constatarlo.

Suprimamos la fuente de los males y al punto se secarán los ríos de las enfermedades. Enfermedad es no la parálisis solamente, sino también el pecado: más aún, éste es peor que aquélla, tanto más cuanto el alma es mejor que el cuerpo.; Ea, pues! Acerquémonos también ahora nosotros a Jesús; roguémosle que frene nuestra alma, que descuidadamente procede; y haciendo a un lado todos los intereses del siglo, cuidemos únicamente de lo espiritual. Si esto consigues, luego podrás atender a aquéllos. No te desentiendas por el hecho de que no te dueles cuando pecas, sino más bien duélete de eso mismo sobre todo: de que no tienes dolor de tus pecados. Eso te sucede, no porque el pecado no muerda, sino porque acostumbrada el alma al pecado, ha perdido la sensibilidad del mal. Piensa cómo aquellos que sí sienten sus pecados, lloran más amargamente que si se les destrozara o quemara; y cómo gimen y sufren y sollozan, con el objeto de deponer su mala conciencia: nada de esto harían si no se dolieran grandemente de sus pecados.

Cierto que sería mejor nunca pecar; pero tras el pecado sólo queda dolerse y enmendarse. Pero si no tenemos ese dolor y deseo de la enmienda ¿cómo pediremos a Dios perdón de pecados a los que no damos ninguna importancia? Si tú que pecaste no quieres ni siquiera saber que pecaste ¿suplicarás a Dios el perdón de faltas de que no te das cuenta que cometiste? ¿Cómo apreciarás entonces la grandeza del don? Confiesa abiertamente tus pecados para que caigas en la cuenta de qué es lo que se te perdona y para que puedas así agradecer el beneficio. Cuando ofendes a un hombre, echas de por medio amigos, vecinos, porteros, gastas dineros y empleas días y días buscándolo, visitándolo, suplicándole; y aunque una y dos e infinitas veces te rechace el ofendido, no te desanimas sino que más bien se acrece tu solicitud y añades más ruegos. Y en cambio, cuando está ofendido el Dios de todo el universo ¿dudamos, descuidamos, nos damos a deliberar y a embriagarnos y procedemos en todo como si nada pasara? Pero por semejante camino ¿cuándo lo aplacaremos? ¿Acaso no lo irritamos más aún?

Porque el no dolemos de nuestros pecados es cosa que más lo provoca a ira que el mismo pecado. Convendría que nos ocultáramos bajo tierra y no viéramos el sol ni respiráramos, pues teniendo un Dios tan fácil para aplacarse, lo irritamos y tras de irritarlo no hacemos penitencia. Aunque es verdad que él, aun irritado, no nos aborrece ni se aleja de nosotros; sino que únicamente se aira, con el objeto de ver si así nos atrae. Si tras de haberlo ofendido tú él continuara sin más en hacerte beneficios, lo despreciarías más aún. Y para que esto no suceda, aparta su rostro por algún tiempo, con el objeto de tenerte siempre consigo. Confiemos, pues, en su bondad; y cuidemos solícitamente de hacer penitencia, antes de que llegue el día en que ya la penitencia de nada nos aproveche.

Porque ahora todo está en nuestras manos; pero en aquel día sólo él será Señor así del juicio como de la sentencia. Lleguémonos a él con alabanzas, aclamémoslo con cánticos. Lloremos, gimamos. Si lográremos aplacar al Juez antes del día aquel preestablecido y que nos perdone nuestros pecados, ya no necesitaremos de quien nos introduzca a su presencia. Pero si por el contrario no lo logramos, nos juzgará delante de todo el universo y no nos quedará esperanza de perdón. Ninguno de los que acá no borran sus pecados podrá huir del merecido castigo cuando el Juez se presente; sino que a la manera de los que acá sacan de la cárcel cargados de cadenas para presentarlos ante nuestros tribunales, del mismo modo las almas todas, al salir de aquí, ceñidas con las cadenas de sus pecados, serán llevadas ante el tremendo tribunal.

En realidad esta vida en nada es mejor que una cárcel. Así como cuando entramos en una cárcel a todos los vemos ceñidos de cadenas, así acá, si quitamos esas apariencia exteriores y penetramos en la vida de cada cual, veremos sus almas ceñidas con ataduras más resistentes que el hierro; en especial si entramos en las de los ricos. Cuanto de mayores riquezas los vieres rodeados, sabe que con tanto mayores cadenas se encuentran atados. Pues bien: así como cuando ves a un hombre atado por las manos y los lomos y aun con férreos grilletes en los pies y gruesas cadenas, te compadeces de él sobremanera, así cuando veas a un rico rodeado de miles de cosas, no lo creas rico, sino tenlo por eso mismo como miserable. Atado con tales cadenas, tiene además un guarda y carcelero, que es la perversa codicia de las riquezas. Esta no le permite salir de la cárcel, sino que le pone infinitos grilletes, custodios, puertas y traviesas; y aherrojándolo en el fondo de la prisión, lo persuade que se deleite con semejantes cadenas, de manera que ni siquiera queda la esperanza de poder salir de los males que lo amenazan.

Si con el pensamiento penetraras a lo íntimo de su alma, no sólo la encontrarías atada con cadenas, sino además escuálida, hedionda, cargada de grillos. Pues en nada son mejores que los grillos esos deleites voluptuosos, sino al revés son más horribles y destruyen juntamente con el alma, también el cuerpo; y a ambos les infligen infinitas heridas y les causan mil enfermedades. Por todo esto, roguemos al Redentor de nuestras almas que rompa nuestras cadenas y aparte de nosotros ese cruel carcelero; de manera que libres del peso de las férreas cadenas, ponga en nosotros pensamientos elevados y más ligeros que si estuvieran dotados de alas. Pero al mismo tiempo que le suplicamos, pongamos de nuestra parte lo que nos toca, como es la solicitud, el aliento, la presteza. Podremos así en breve tiempo quedar libres de los males que se han apoderado de nosotros y conocer nuestro prístino estado y adquirir la conveniente libertad. Ojalá que todos la consigamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis (15-09-1999): El sacramento de la penitencia: encuentro profundo con el Padre.

Audiencia General, 15 de Septiembre de 1999.

«Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado» (Mt 4,17).

1. […]el redescubrimiento del sacramento de la penitencia en su significado profundo de encuentro con él, que perdona mediante Cristo en el espíritu (cf. Tertio millennio adveniente, 50).

Son varios los motivos por los que urge en la Iglesia una reflexión seria sobre este sacramento. Lo exige, ante todo, el anuncio del amor del Padre, como fundamento del vivir y el obrar cristiano, en el marco de la sociedad actual, donde a menudo se halla ofuscada la visión ética de la existencia humana. Si muchos han perdido la dimensión del bien y del mal, es porque han perdido el sentido de Dios, interpretando la culpa solamente según perspectivas psicológicas o sociológicas. En segundo lugar, la pastoral debe dar nuevo impulso a un itinerario de crecimiento en la fe que subraye el valor del espíritu y de la práctica penitencial en todo el arco de la vida cristiana.

2. El mensaje bíblico presenta esa dimensión penitencial como compromiso permanente de conversión. Hacer obras de penitencia supone una transformación de la conciencia, que es fruto de la gracia de Dios. Sobre todo en el Nuevo Testamento la conversión es exigida como opción fundamental a aquellos a quienes se dirige la predicación del reino de Dios: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15 cf. Mt 4,17). Con estas palabras Jesús inicia su ministerio y anuncia la plenitud de los tiempos y la inminencia del reino. El «convertíos» (en griego, metanoete) es una llamada a cambiar el modo de pensar y actuar.

3. Esta invitación a la conversión constituye la conclusión vital del anuncio que hacen los Apóstoles después de Pentecostés. En él, el objeto del anuncio es explicitado plenamente: ya no es genéricamente el «reino», sino la obra misma de Jesús, insertada en el plan divino predicho por los profetas. Después del anuncio de lo que aconteció en Jesucristo muerto, resucitado y vivo en la gloria del Padre, hacen una apremiante invitación a la conversión, a la que está vinculado también el perdón de los pecados. Todo esto queda claramente de manifiesto en el discurso que Pedro hace en el pórtico de Salomón: «Dios ha dado así cumplimiento a lo que había anunciado por boca de todos los profetas, la pasión de su Ungido. Arrepentíos, pues, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» (Ac 3,18-19).

En el Antiguo Testamento, este perdón de los pecados es prometido por Dios en el marco de la nueva alianza, que él establecerá con su pueblo (cf. Jr 31,31-34). Dios escribirá la ley en el corazón. Desde esa perspectiva, la conversión es un requisito de la alianza definitiva con Dios y, a la vez, una actitud permanente de aquel que, acogiendo las palabras del anuncio evangélico, entra a formar parte del reino de Dios en su dinamismo histórico y escatológico.

4. En el sacramento de la reconciliación se realizan y hacen visibles mistéricamente esos valores fundamentales anunciados por la palabra de Dios. Ese sacramento vuelve a insertar al hombre en el marco salvífico de la alianza y lo abre de nuevo a la vida trinitaria, que es diálogo de gracia, comunicación de amor, don y acogida del Espíritu Santo.

Catequesis (30-08-2000):

Audiencia General, 30 de Agosto del 2000.

«Convertíos» (Mt 4,17).

[…] Dios busca con particular insistencia y amor al hijo rebelde que huye lejos de su mirada. Se ha introducido en las sendas tortuosas de los pecadores a través de su Hijo, Jesucristo, que precisamente al irrumpir en el escenario de la historia se presentó como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Las primeras palabras que pronuncia en público son estas: “Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 4,17). En ese texto aparece un término importante que Jesús ilustrará repetidamente con palabras y obras: “Convertíos”, en griego metanoete, es decir, llevad a cabo una metanoia, un cambio radical de la mente y del corazón. Es preciso cortar con el mal y entrar en el reino de justicia, amor y verdad, que se está inaugurando.

[…] Así pues, todos los pecadores tienen siempre abierta una puerta de esperanza. “El hombre no se queda solo para intentar, de mil modos a menudo frustrados, una imposible ascensión al cielo: hay un tabernáculo de gloria, que es la persona santísima de Jesús el Señor, donde lo humano y lo divino se encuentran en un abrazo que nunca podrá deshacerse: el Verbo se hizo carne, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado. Él derrama la divinidad en el corazón enfermo de la humanidad e, infundiéndole el Espíritu del Padre, la hace capaz de llegar a ser Dios por la gracia” (Orientale lumen, 15).


Lectura Sinóptica: en paralelo con otros evangelios

Véase: Jesús regresa a Galilea: Mt 4, 12-17; Mc 1, 14-15; Lc 4, 14-15

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