Mt 7, 15-20 – Discurso evangélico: Los falsos profetas

Texto Bíblico

15 Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? 17 Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. 18 Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. 19 El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. 20 Es decir, que por sus frutos los conoceréis.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Agustín de Hipona

Sermón: Debemos amar todos a la Iglesia como a una madre

«Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7,15)
Sermón 37 sobre perícopas del Antiguo Testamento n. 2-3: CCL 41, 448-451

CCL

Y ahora al escuchar: Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? no penséis que se refiere a la Iglesia que está oculta, sino a aquella Iglesia que fue hallada por Uno de modo que ya no estuviera oculta para nadie. Y se nos describe para atraer sobre ella las alabanzas y la admiración, para que sea amada por todos nosotros, pues es esposa de un solo marido.

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Y ¿quién no ve a esta mujer tan hacendosa? Pero es una mujer ya hallada, eminente, conspicua, gloriosa, adornada, lúcida, y —para decirlo de una vez— difundida ya por toda la redondez de la tierra. Esta tal vale mucho más que las perlas. ¿Qué tiene de extraño que una mujer tal valga más que las perlas? Si ahora pensáis en la codicia humana, si atendemos a la calidad de las perlas, ¿qué tiene de extraño que la Iglesia sea considerada más valiosa que las perlas? No hay comparación posible.

Y en ella existen piedras preciosas. Y hasta tal punto son preciosas estas piedras que las llamamos vivas. Existen, pues, piedras preciosas que la adornan, pero la Iglesia misma es más valiosa. Respecto a estas piedras preciosas, quisiera hacer a vuestra caridad una confidencia: lo que yo entiendo, lo que vosotros entendéis, lo que yo temo, lo que vosotros debéis temer.

En la Iglesia existen y existieron siempre piedras preciosas: hombres doctos, llenos de ciencia, de elocuencia y de un profundo conocimiento de la ley. Son realmente preciosas estas piedras. Pero algunos de entre ellos fueron sustraídos del joyero de esta mujer. Por lo que se refiere a la doctrina y a la elocuencia que les da esplendor, piedra preciosa –refulgente en la doctrina del Señor– fue Cipriano, pero permaneció en el joyero de esta mujer. Piedra preciosa fue Donato, pero se sustrajo del ajuar ornamental. Toda piedra preciosa que no figura en el joyero de esta mujer, permanece en las tinieblas. Más le hubiera valido permanecer en el joyero de esta mujer, y así pertenecería a su ajuar. Y añadiría: ¡fielmente!

Se les llama piedras preciosas, porque son caras. Quien ha desertado de la caridad se ha envilecido, se ha depreciado. Ya puede seguir jactándose de su doctrina, ya puede continuar presumiendo de su elocuencia: que escuche la valoración del especialista en determinar la autenticidad de las piedras de esta matrona. Que escuche –repito– el veredicto del experto en joyas. ¿Por qué se jacta de su elocuencia una piedra ya no preciosa, sino vil? Ya podría yo hablar —dice— las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. ¿Qué se ha hecho de aquella piedra? Ya no brilla, aturde. Por tanto, aprended a apreciar las piedras, vosotros que negociáis el reino de los cielos. Que ninguna, piedra os atraiga, si no está en el joyero de esta mujer. Esta, que vale más que las perlas, es el mismo precio de su ornamento.

Francisco de Sales

Introducción a la Vida Devota: No busques el consuelo, sino al que consuela

«Por sus frutos los conoceréis... Todo árbol bueno da frutos buenos.» (Mt 7, 16-17)
4ª parte, capítulo 13, III, 322


Pero, me diréis, si hay consolaciones que vienen de Dios y que son buenas y otras que provienen de la naturaleza y que son inútiles, o sea, peligrosas, ¿cómo distinguir las unas de las otras? La regla general es ésta, mi querida Filotea: como se reconoce al árbol por sus frutos, por sus frutos se reconoce el valor de una pasión o de un afecto. El corazón es bueno cuando tiene buenos sentimientos, y los sentimientos son buenos cuando producen buenos frutos, actos buenos. Si esas consolaciones nos van haciendo más humildes, más pacientes, más caritativos, más compasivos, más ardorosos en mortificar nuestras malas tendencias, más fieles en nuestras resoluciones, más obedientes, más sencillos en nuestra manera de vivir... entonces, sin duda alguna, vienen de Dios.

Pero si esas «dulzuras» son solamente dulces para nosotros, si nos van haciendo curiosos, amargos, insoportables, impacientes, tercos, orgullosos, presuntuosos, duros para con los hermanos; si, al creernos santitos rechazamos todo consejo y advertencia... entonces, esas consolaciones indudablemente son falsas y malas, porque un árbol bueno sólo produce frutos buenos.

Recibamos con humildad esas dulzuras, no por lo que son en sí mismas, sino porque es Dios el que nos las ofrece, como hace una madre, la cual, para atraer a su hijito, le pone un caramelo en la boca. Si el niño reflexionase, debería apreciar más la dulzura de las caricias de su madre que la dulzura de los caramelos.

Y si nos faltasen los consuelos, aceptemos generosamente esta privación ya que no es el consuelo lo que debemos buscar, sino al Consolador. Y tenemos que estar dispuestos a mantenernos firmes en su amor, incluso aunque en toda nuestra vida no experimentásemos nunca su dulzura.

Tanto en el Calvario como en el Tabor, hemos de decir: Qué bien se está contigo, Señor, lo mismo si estás en la cruz, que si estás en la gloria.

Teresa de Calcuta

El Amor más grande: ¿Qué frutos da tu árbol?

«Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20)
[fr]


Si alguien siente que Dios le pide comprometerse en la reforma la sociedad, eso es una cuestión entre él y Dios. Todos debemos servir a Dios allí donde nos sintamos llamados. Personalmente me siento llamada a servir a los individuos, a amar a cada ser humano. Nunca pienso en términos de masas o de grupos, sino siempre en las personas. Si pensara en las multitudes, no empezaría nunca nada; es la persona la que cuenta para mí; creo en los encuentros cara a cara.

Nuestros actos transparentan la plenitud de nuestro corazón: según es mi comportamiento con este leproso, según es mi comportamiento con este agonizante, según me comporto con este SDF. A veces es más difícil trabajar con los vagabundos que con los moribundos de nuestros hospicios, porque estos últimos están apaciguados ante la expectativa de que pronto se encontrarán con Dios. Podemos acercarnos al enfermo, al leproso y estar convencidos que tocamos al cuerpo de Cristo. Pero cuando se trata de un borracho que chilla, es más difícil pensar que estamos delante de Jesús escondido en él. ¡Cuán puras y amorosas deben estar nuestras manos para hacer llegar a estos seres la compasión!

Ver a Jesús en la persona espiritualmente más pobre requiere un corazón puro. Cuanto más desfigurada esté la imagen de Dios en una persona, tanto más grandes deben ser la fe y la veneración en nuestra búsqueda del rostro de Jesús y nuestro ministerio de amor cerca de él... Hagámoslo con un sentimiento de profundo reconocimiento y piedad. Según el carácter repugnante del trabajo a realizar, será la medida del amor y el gozo de servir.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Miércoles XII (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Miércoles XII (Impar o Año I)



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