Mt 8, 5-11 — Predicación del Reino: Curación del criado del Centurión

Texto Bíblico

5 Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: 6 «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». 7 Le contestó: «Voy yo a curarlo». 8 Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. 9 Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». 10 Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. 11 Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos;

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Agustín de Hipona

Sermón: No habría dicho tales palabras si el Señor no hubiera entrado ya en su corazón

«No soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8,8)
62 A.


La fe de este centurión anuncia la fe de los gentiles, fe humilde y ferviente, como el grano de mostaza. Según habéis escuchado, su hijo estaba enfermo y yacía en casa paralítico. El centurión rogó al Salvador por la salud del mismo. El Señor prometió que iría él en persona a devolvérsela. Pero aquél, según dije, con ferviente humildad y con humilde fervor, replicó: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo (Mt 8,8-12). Se declaraba indigno de que el Señor entrase bajo su techo. Y, sin embargo, no habría dicho estas palabras si el Señor no hubiese entrado ya en su corazón. Luego añadió: «Mas dilo sólo de palabra y mi hijo quedará sano (Mt 8,8). Sé a quien me dirijo; basta que hable él y se realizará lo que deseo». Y añadió una comparación en extremo grata y verdadera. «Pues también yo, dice, soy un hombre, mientras que tú eres Dios; estoy bajo autoridad, mientras tú estás sobre toda autoridad; tengo bajo mi mando soldados, mientras tú tienes también a los ángeles, y le digo a uno «Vete» y se va, y a otro «Ven» y viene; y a mi siervo «Haz esto» y lo hace (Mt 8,9). Sierva tuya es toda criatura; sólo es preciso que mandes para que se haga lo que mandas».

Y advirtió el Señor: En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel (Mt 8, 10). Sabéis que el Señor tomó carne de Israel, del linaje de David, al que pertenecía la Virgen María, que dio a luz a Cristo. Vino a los judíos, les mostró su rostro de carne, su boca de carne se dirigió a sus oídos, la forma de su cuerpo apareció ante sus ojos. Con su presencia se había cumplido lo prometido a los judíos. La promesa se había hecho a los padres y se cumplía en los hijos. Este centurión, sin embargo, era extraño; pertenecía al pueblo romano, ejercía allí su profesión militar y su fe aventajó a la de los israelitas, de modo que el Señor hubo de decir: En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel. ¿Qué cosa, pensáis, alabó en la fe de este hombre? La humildad. No soy digno de que entres bajo mi techo. Eso alabó, y porque eso alabó, esa era la puerta por la que el Señor entró. La humildad del centurión era la puerta para el Señor, que entraba a poseer más plenamente a quien ya poseía.

Gran esperanza dio el Señor a los gentiles en esta ocasión. Aún no existíamos y ya nos había previsto, conocido de antemano, prometido. ¿Qué dice? Por esto os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente (Mt 8, 11). ¿A dónde vendrán? A la fe. Hacia ella vienen. Venir significa creer. Creyó: vino; apostató: se alejó. Vendrán, pues, de oriente y de occidente: no al templo de Jerusalén, no a parte alguna céntrica de la tierra, ni para ascender a monte alguno. Y, sin embargo, vienen al templo de Jerusalén, a una parte céntrica y a cierto monte. El templo de Jerusalén es ahora el Cuerpo de Cristo, motivo por el que había dicho: Destruid este templo y en tres días lo levantaré (Jn 2,19). El lugar céntrico a donde vienen es Cristo mismo: está en el centro porque es igual para todos. Lo que se pone en el centro es común para todos. Vienen al monte del que dice Isaías: En los últimos días será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes y será exaltado sobre todas las colinas y vendrán a él todos los pueblos (Is 2,2). Este monte fue una piedra pequeña que al crecer llenó el mundo. Así lo descubre Daniel. Acercaos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis; allí estaréis seguros y protegidos. El monte que os sirve de refugio es Cristo. ¿Y dónde está Cristo? A la derecha del Padre, pues ascendió al cielo. Muy distante se halla. ¿Quién subió allí? ¿Quién lo ha tocado? Si está lejos de vosotros, ¿cómo decimos con verdad El Señor esté con vosotros? Aunque está a la derecha del Padre, no se aleja de vuestros corazones.

Volviéndose al centurión le dice: Vete y que te suceda según has creído. Yen aquella hora quedó sano el niño (Mt 8,13). Como creyó, así sucedió. Dilo de palabra y quedará sano: lo dijo de palabra y quedó sano. Que te suceda según has creído: la pésima enfermedad se alejó de los miembros del niño. ¡Admirable la facilidad con la que el Señor de toda criatura le da órdenes!

No cuesta fatiga mandar. ¿O es tal el Señor de la criatura que da órdenes a los ángeles y no se digna dárselas a los hombres? ¡Ojalá los hombres quisieran obedecerle! Dichoso aquel a quien le da órdenes, pero no al oído carnal, sino al oído del corazón, y allí le corrige y le guía. Deducid que el Señor da órdenes a todas las cosas del hecho de que no se sustraen a su imperio ni los gusanillos. Dio órdenes a un gusano y royó la raíz de la calabaza y pereció lo que proporcionaba sombra al profeta. Dio órdenes, dice el profeta, al gusano de la mañana; éste royó la raíz de la calabaza y desapareció la sombra (Jn 4,7). El gusano matutino es Cristo. El salmo 21 que se refiere a su pasión, dice así: En favor de la recepción matutina (Sal 21,1). En hora mañanera resucitó y royó la sombra judía. Por eso dice con ternura a su esposa en el Cantar de los cantares: Hasta que respire el día y se alejen las sombras (Cant 2,17). ¿Acaso observáis carnalmente el sábado? ¿Os abstenéis, acaso, de las carnes de los animales que no rumian o que tienen la pezuña hendida? Nada de esto hacéis. ¿Por qué? Porque fue roída la calabaza, porque cesó la sombra y apareció el sol. Pedid un refresco para que no os fatiguéis bajo el calor de los mandatos.


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Adviento: Lunes I (Ciclo )



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.26,1-4

6. «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Dicen algunos que se expresó así para excusarse de no haberlo llevado consigo. No era posible traer al que sufría, porque se encontraba con las últimas angustias para expirar y yo digo que ésta es señal de una gran fe, porque, como sabía que una sola orden bastaba para curar al enfermo, estimaba superfluo conducirle hasta allí.

7. «Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Lo que nunca había hecho Jesús lo hizo ahora. En todas partes sigue la voluntad de los que suplican, aquí la excede. No sólo ofreció curarlo, sino también ir a su casa. Hizo esto para que conozcamos la virtud del centurión.

Algunos dicen que este caso y aquél no son uno mismo, lo cual no carece de probabilidad, porque del uno se ha dicho:”Construyó nuestra sinagoga y ama a la gente” (Lc 7,5), y de éste dice el mismo Jesús: “Ni en Israel hallé tanta fe”. En lo que parece que aquél era judío. A mí me parece que aquél y éste son uno mismo, y que cuando San Lucas dice que envió para que viniera, insinuó el espíritu de adulación de los judíos. Es conveniente, pues, creer que el centurión, queriendo ir, fue retraído por las instancias oficiosas de los judíos, diciéndole que irían y le traerían con ellos. Mas cuando se vio libre de la importunidad de aquéllos, entonces envió a decirle: “No creas que no he venido a buscarte por pereza, sino porque me he creído indigno de recibirte en mi casa”. En cuanto a lo que dice San Mateo de que no le mandó a decir esto

por medio de sus amigos, sino que se lo dijo por sí mismo, ninguna contradicción hay. En uno y otro caso se expresa el deseo de aquel hombre, y se manifiesta que tenía concebida una buena opinión respecto del Salvador. Es muy conveniente creer aquí que el centurión, después que mandó a sus amigos, se lo dijo por sí mismo cuando venía. Si San Lucas no dijo esto ni San Mateo dijo aquéllo, no se contradicen, sino que completan lo que habían dejado por decir uno y otro.

Ni tampoco hay contradicción entre lo que dice San Lucas de que fabricó una sinagoga, y que no era israelita, porque es posible que, sin ser judío, hubiese fabricado una sinagoga y que amase la gente.

10-11. Así como lo que había dicho el leproso, hablando de la potestad de Jesucristo: “Si quieres, puedes curarme”, se confirma con la palabra del Salvador que dice: “Quiero, sé limpio”, así también aquí, no sólo no inculpó al centurión por lo que dijo de su potestad, sino que le elogió. Hizo más todavía, y el evangelista, significando la intensidad de la alabanza, dice: «Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.»

Por lo que se dice que se admiró en presencia de todo el pueblo, para dar ejemplo a los demás, a fin de que admirasen también. Sigue, pues: Y a los que le seguían les dijo: «Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos.»

10b. «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.» No era igual que creyese un judío o que creyese un gentil.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 22

5. «Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó» Después que el Señor había enseñado a sus discípulos en el monte y sanado en la falda de éste al leproso, vino a Cafarnaúm en virtud de un misterio, porque, después de haber limpiado a los judíos, vino a donde estaban los gentiles.

Este centurión es el fruto primero de los gentiles, en comparación de cuya fe se considera como infidelidad la fe de los judíos. No había oído la predicación de Jesucristo, ni visto la curación del leproso. Pero habiendo oído contar esta curación, creyó más que lo que oyó, viniendo a ser el misterio o figura que representaba la futura conversión de los gentiles, quienes no habían leído la ley ni los profetas respecto de Cristo, ni habían visto al mismo Jesús hacer milagros. Se acercó, pues, el centurión a Jesús rogándole y diciéndole: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Veamos aquí la bondad del centurión, que tanta solicitud mostraba por la salud de su siervo, como si ningún daño de dinero, sino de salud, hubiera de experimentar con la muerte de aquél. No veía diferencia alguna entre el siervo y el señor, porque aunque la dignidad sea diferente entre ellos según el mundo, la naturaleza de ambos es igual. Veamos también aquí la fe del centurión, el cual no dijo: “Ven y sánalo”, porque, habiendo llegado allí, estaba presente en todas partes, e igualmente su sabiduría, porque no dijo: “Sánale desde aquí”. Sabía, pues, que tenía poder para hacerlo, sabiduría para comprenderle y caridad para oírle. Por lo tanto se limitó a exponer la enfermedad, dejando el remedio de la curación al arbitrio de su misericordia, diciendo: “Y es reciamente atormentado”. En esto manifiesta que le amaba, pues el que ama a uno que está enfermo, siempre cree que el mal que padece es de mayor gravedad que el que realmente tiene.

7. «Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Si El no hubiese dicho: “Yo iré y le sanaré”, el centurión no hubiera respondido: “No soy digno”. Además, prometió ir porque se pedía para un siervo, a fin de enseñarnos que no debemos complacer a los grandes y despreciar a los pequeños, sino que igualmente debemos complacer a pobres y a ricos.

8. «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.» Sabía, pues, que los ángeles estaban allí asistiéndole invisiblemente, convirtiendo en obras todas sus palabras, y que, aunque los ángeles cesasen, las enfermedades no podían resistir a sus palabras de vida.

9. «Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.» Por inspiración del Espíritu Santo insinúa el misterio del Padre y del Hijo, como si dijese: “Aun cuando yo estoy bajo el dominio de otro, sin embargo, tengo poder para mandar a los que están debajo de mí. Y así tú, aun cuando estás bajo la potestad del Padre, esto es, en cuanto hombre, tienes no obstante la potestad de mandar a los ángeles”. Pero acaso dice Sabelio, queriendo manifestar que son una misma cosa el Padre y el Hijo, que así debe entenderse esto: “Si yo que estoy bajo potestad puedo mandar, ¿cuánto más Tú que no estás bajo la potestad de otro?”. Pero esta explicación no la admite el texto, porque no dijo: “Si yo, hombre, estoy bajo potestad”, sino que dijo: “Porque también yo, hombre, sujeto a otros”. En esto manifiesta que no estableció comparación entre él y Jesucristo, sino que introdujo una razón de semejanza.

Creyó Andrés, pero diciendo San Juan: “He aquí el Cordero de Dios” (Jn 1,36); creyó San Pedro, pero evangelizándole Andrés; creyó Felipe, pero leyendo las Escrituras; y Nathanael recibió primero una prueba de la divinidad, y así ofreció la confesión de su fe.

10b. «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.» Si queremos considerar a éste como mejor creyente que los apóstoles, deben entenderse las palabras de Jesucristo en el sentido de que cualquier obra buena de un hombre se alaba según la cualidad de la persona que la hace. Es una cosa grande el que un hombre simple diga algo que parezca propio de la sabiduría, lo cual no es admirable cuando lo dice un filósofo. En ese sentido se ha dicho del centurión: “No he hallado tanta fe en Israel”.

San Jerónimo

7. Viendo el Señor la fe, la humildad y la prudencia del centurión, le ofreció inmediatamente que iría y sanaría al siervo. Por lo tanto, sigue: «Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.»

8. Así como admiramos la fe en el centurión, porque creyó que el paralítico pudo ser curado por el Salvador, así se manifiesta también su humildad, en cuanto se considera indigno de que el Señor entre en su casa, y por ello sigue: «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.»

8. «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.» La prudencia del centurión aparece en que ve a través del Cuerpo del Salvador a la divinidad que en El se encontraba oculta, y por eso añade: “Pero mándalo con tu palabra y será sano mi siervo”.

Habla de los contemporáneos, no de los pasados patriarcas y profetas.

11. Acaso en el centurión la fe de los gentiles se prefiere a la de los israelitas, y por eso añade: «Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos.»

11b. «Y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos.» Porque el Dios de Abraham, Creador del cielo, es Padre de Jesucristo. En el Reino de los Cielos se encuentra Abraham con quien descansarán las naciones que creyeron en Jesucristo, Hijo del Creador.

San Agustín

5. «Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó» Este centurión era de los gentiles: ya en la Judea había soldados del Imperio Romano (sermones 62,4).

8. «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.» Considerándose como indigno apareció como digno, no de que entrase el Verbo entre las paredes de su casa, sino en su corazón. Y no hubiera dicho esto con tanta fe y humildad si no hubiese llevado ya en su corazón a Aquel de quien temía que entrase en su casa, pues no era una gran felicidad que Jesús hubiese entrado en su casa y no en su pecho (sermones, 62,1).

9. «Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.» Si yo, que estoy bajo potestad, tengo poder de mandar, ¿cuánto podrás Tú, a quien sirven las potestades? (sermones, 62,4).

A lo que dice aquí San Mateo parece que contradice lo que dice San Lucas: “Habiendo oído de Jesús, el centurión envió a El unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a sanar a su criado” (Lc 7,3). Y más adelante: “Cuando ya estaba cerca de la casa le envió el centurión unos amigos, diciéndole: Señor, no te tomes este trabajo, que no soy digno de que entres en mi casa” (Lc 7,6) (de consensu evangelistarum, 2,20).

San Mateo, para llegar a esta alabanza que el Salvador hace del centurión: “No hallé tanta fe en Israel”, nos dio el compendio del acceso del centurión al Señor, hecho por medio de otras personas, mientras que San Lucas refiere todos los detalles del hecho tal cual tuvieron lugar, para obligarnos a comprender la manera con que el centurión se acercó al Salvador, que nos refiere San Mateo que no pudo engañarse (de consensu evangelistarum, 2,20).

«Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.» ¿Quién puede decirse que había infundido la fe en el centurión, sino el mismo que la admiraba? Y si era otro el que la había infundido, ¿cómo la admiraba Aquel que todo lo sabe? El Señor admira para enseñarnos lo que debemos admirar nosotros, que aun necesitamos ser movidos así. Por lo demás, estas emociones no anunciaban en El la perturbación del alma, sino que constituían parte de su enseñanza (super Genesim contra Manichaeos, 1, 8).

Alabó la fe de aquél, pero no le mandó dejar la milicia (contra Faustum 22, 74).

11a. «Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente…» No dice todos, sino que muchos vendrán de Oriente y de Occidente. Con estas dos partes se designa todo el mundo (sermones, 62,6).

Si, pues, Moisés no ha recomendado al pueblo de Israel otro Dios que el de Abraham, Isaac y Jacob, y Jesucristo recomienda el mismo, no puede acusársele de haber intentado apartar aquel pueblo de su Dios. Precisamente, si los amenaza con que irán a las tinieblas exteriores es porque los veía apartados de su Dios, en el reino del cual dice que todas las gentes, llamadas de todo el mundo, descansarán con Abraham, Isaac y Jacob (Ex 3), no por otro motivo que por haber tenido la fe del Dios de Abraham, de Isaac y Jacob. El testimonio que aquí les da el Salvador, no supone que no hayan sido enmendados en su muerte ni justificados después de su pasión (contra Faustum, 16, 24).

Rábano

6. «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Bajo la presión del dolor y el gemido articulaba estas palabras: “Postrado, paralítico, atormentado”, con el fin de manifestar las grandes aflicciones de su alma y conmover al Señor. Así deben compadecerse todos de sus criados y tener cuidado de ellos.

8. «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.» Sin duda creyó el centurión que más bien debía ser rechazado por el Salvador por ser gentil, que no ser complacido, porque aunque ya estaba lleno de fe, todavía no había recibido sacramentos.

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 7

6. «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» En sentido espiritual pueden llamarse gentiles los enfermos de este mundo, debilitados por las enfermedades de los pecados, cayendo de todas partes sin fuerza sus miembros, incapaces de poderse tener de pie e inútiles para la marcha. El misterio de su conversión se halla en la curación del siervo del centurión, de aquél de quien ya hemos dicho bastante que era el príncipe de las gentes que habían de creer. Quién sea este príncipe lo dice el cántico de Moisés en el Deuteronomio (Dt 32,8), donde por cierto dice: “Constituyó como término de las gentes el número de los ángeles del Señor”.

8-9. «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.» Dice también el centurión que su siervo puede ser curado solamente con la palabra, porque toda la salvación de los gentiles procede de la fe, y la vida de todos consiste en el cumplimiento de los preceptos del Señor, y por esto continúa diciendo: «Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.»

Pseudo-Orígenes, hom. in liv. 5

8. «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.»También ahora, cuando los santos y los obispos y los sacerdotes aceptos a Dios, entran en tu casa, entra Dios en ella por medio de ellos. Considéralos como si recibieses al mismo Dios. Cuando comes la Carne y bebes la Sangre del Señor, entonces el Señor entra en tu casa. Y tú, humillándote a ti mismo, di: “Señor, no soy digno”, etc. Cuando entra en el que no es digno, entra para juzgarlo.

10. «Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.» Considera qué y cuánto es lo que admira el Unigénito de Dios. El oro, las riquezas, los reinos, los principados, son en su presencia como una sombra o una flor que se cae. Ninguna de estas cosas es admirable en la presencia de Dios, como grande o preciosa, sino solamente la fe. A ésta la admira honrándola, a ésta la estima digna de su agrado.

Jairo, príncipe de Israel, pidiendo por su hija, no dijo: “Di con tu palabra”, sino: “Ven inmediatamente” (Mc 5,23). Nicodemo, oyendo hablar del misterio de la fe, dice: “¿Cómo puede ser esto?” (Jn 3,9). María y Marta dicen: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiese muerto” (Jn 11,32). Como dudando de que el poder de Dios pudiese estar presente en todas partes.

11. «Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos.» ¿Mas cómo dice en otro lugar que son pocos los escogidos? En cada generación son pocos los escogidos, pero reunidos el día del juicio se verá que son muchos. Prosigue: “Y se recostarán, no extendiendo su cuerpo, sino descansando espiritualmente; no bebiendo temporalmente, sino gozando de los fines eternos, con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, donde se encuentran la luz, la alegría, la gloria y la longevidad de la vida eterna”.

Haymo

5. Cafarnaúm -que significa villa de la abundancia, campo de la consolación- representa a la Iglesia que se había de formar de los gentiles, la cual está llena de abundancia espiritual, según aquellas palabras del Salmo: “Quede mi alma bien llena de ti como de un manjar pingüe y jugoso” (Sal 62,6). Y entre las aflicciones del mundo se consuela con las cosas del cielo, según las palabras del salmo: “Tus consuelos han alegrado mi alma” (Sal 93,18). Por lo que se dice: «Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó».

9. «Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.» Por súbditos del centurión pueden entenderse las virtudes naturales, en las que abundan muchos de los gentiles o bien los pensamientos buenos o malos. Digamos a los malos que se retiren y se retirarán, llamemos a los buenos para que vengan y vendrán, y también a nuestro siervo, esto es, a nuestro cuerpo, que se sujete a la voluntad divina.

11a. «Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente…» Vendrán del Oriente los que en el momento que son iluminados se convierten y del Occidente los que sufrían persecución por la fe hasta la muerte; o bien viene del Oriente el que empieza a servir a Dios desde la infancia y del Occidente el que se convierte a Dios en la ancianidad.

Remigio

6. «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Se consideran como semejantes al centurión los que creyeron primero de entre los gentiles y se perfeccionaron en sus virtudes. Se llama centurión el que manda a cien soldados, y el número ciento es un número perfecto. Con toda propiedad, pues, ruega el centurión por su siervo, porque las primicias de los gentiles intercedieron para con Dios por la salvación de toda la gentilidad.

San Pedro Crisólogo, serm. 102

8. «Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.» Místicamente hablando, por techo se entiende el cuerpo que cubre al alma y que encierra en sí la libertad de la inteligencia con la visión celeste. Pero Dios no se desdeña de entrar en nuestro corazón, ni de vivir bajo el techo de nuestro cuerpo.

Glosa

9. «Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.» Puedes por medio de los ángeles, sin necesidad de presentarte personalmente, decir a la enfermedad que se retire y se retirará, y a la salud que venga y vendrá.

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