Mt 8, 5-17 – Predicación del Reino: Curaciones del criado del centurión, de la suegra de Pedro y otras

Texto Bíblico

5 Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: 6 «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». 7 Le contestó: «Voy yo a curarlo». 8 Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. 9 Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». 10 Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. 11 Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12 en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». 13 Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.
14 Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; 15 le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle. 16 Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos 17 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Ambrosio de Milán

Sobre los Salmos: Asumió Cristo la obediencia para inoculárnosla a nosotros

«Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17)
Sobre el salmo 61, 4-6: PL 14, 1224-1225

PL

Cuando nuestro Señor Jesucristo se decidió a asumir nuestra carne para purificarla en sí mismo, ¿qué es lo que primero debió abolir sino el contagio del primer pecado? Y comoquiera que la culpa había penetrado por el camino de la desobediencia, al transgredir los mandatos divinos lo primero que había que restaurar es la obediencia, para destruir de este modo el foco del error. En ella residía, en efecto, la raíz del pecado.

Por eso, como buen médico, debió proceder primeramente a amputar las raíces del mal para que los bordes de la herida pudieran percibir el saludable remedio de los medicamentos. De poco serviría curar el exterior de la herida, si en el interior campan los gérmenes del contagio; más aún, la herida empeora si se cierra en el exterior, mientras en el interior los virus desencadenan los ardores de la fiebre. Porque ¿de qué serviría el perdón del pecado, si el afecto permanece intacto? Sería como cerrar una herida sin haberla sanado.

Quiso desinfectar la herida, para sanar el afecto y no dejar alternativa alguna a la desobediencia. Asumió él la obediencia para inoculárnosla a nosotros. Esto es lo que convenía, pues ya que por la desobediencia de uno la gran mayoría se convirtió en pecadora, viceversa, por la obediencia de uno, muchos se convirtieran en justos.

De donde se deduce que yerran gravemente quienes afirman que Cristo asumió la realidad de la carne humana, pero no sus tendencias; y van contra el designio del mismo Señor Jesús, quienes intentan separar al hombre del hombre, puesto que no puede existir el hombre desposeído del afecto del hombre. Pues la carne que no es sujeto de pasiones, sería inmune tanto al premio como al castigo. Debió asumir y sanar lo que en el hombre es el hontanar de la culpa, a fin de destruir la fuente del error y cerrar aquellas puertas por las que irrumpe el delito.

¿Cómo podría yo hoy reconocer al hombre Cristo Jesús, cuya carne no veo, pero cuyas pasiones leo: cómo —repito— sabría que es hombre si no hubiera sentido hambre y sed, si no hubiera llorado, si no hubiera dicho: Me muero de tristeza? Precisamente a través de todas estas manifestaciones se nos revela el hombre, que por sus obras divinas es considerado superhombre. Hasta tal punto, siendo Dios, quería que se le reconociese como hombre, que él mismo se llamó hombre cuando dijo: ¿por qué tratáis de matarme a mí un hombre que os ha hablado de la verdad? El es, pues, ambas cosas en una única e indivisible unidad, recognoscible por la distinción de las obras, no por la variedad de personas. Pues no es un ser el nacido del Padre y otro el nacido de María; sino que el que procedía del Padre, tomó carne de la Virgen: asumió el afecto de la madre, para tomar sobre sí nuestras dolencias.

Así que, como hombre estuvo sujeto a la enfermedad y al dolor; y nosotros lo hemos visto hombre en el sufrimiento: pero como vencedor de las enfermedades, no vencido por las enfermedades, sufría por nosotros, no por él; se sometió a la enfermedad no a causa de sus pecados, sino a causa de los nuestros, para curarnos con sus cicatrices. Asumió nuestros pecados, para cargarlos sobre sí y para expiarlos. Por eso se le dará una multitud como parte y tendrá como despojo una muchedumbre.

El cargar con nuestros pecados es para perdonarlos; el expiarlos, para nuestra corrección. Asumió, pues, nuestra compasión, asumió nuestra sujeción. El someterse todas las cosas es prerrogativa de su poder, el estar sometido es propio de nuestra naturaleza.

Agustín de Hipona

Sermón: No habría dicho tales palabras si el Señor no hubiera entrado ya en su corazón

«No soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8,8)
62 A.


La fe de este centurión anuncia la fe de los gentiles, fe humilde y ferviente, como el grano de mostaza. Según habéis escuchado, su hijo estaba enfermo y yacía en casa paralítico. El centurión rogó al Salvador por la salud del mismo. El Señor prometió que iría él en persona a devolvérsela. Pero aquél, según dije, con ferviente humildad y con humilde fervor, replicó: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo (Mt 8,8-12). Se declaraba indigno de que el Señor entrase bajo su techo. Y, sin embargo, no habría dicho estas palabras si el Señor no hubiese entrado ya en su corazón. Luego añadió: «Mas dilo sólo de palabra y mi hijo quedará sano (Mt 8,8). Sé a quien me dirijo; basta que hable él y se realizará lo que deseo». Y añadió una comparación en extremo grata y verdadera. «Pues también yo, dice, soy un hombre, mientras que tú eres Dios; estoy bajo autoridad, mientras tú estás sobre toda autoridad; tengo bajo mi mando soldados, mientras tú tienes también a los ángeles, y le digo a uno «Vete» y se va, y a otro «Ven» y viene; y a mi siervo «Haz esto» y lo hace (Mt 8,9). Sierva tuya es toda criatura; sólo es preciso que mandes para que se haga lo que mandas».

Y advirtió el Señor: En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel (Mt 8, 10). Sabéis que el Señor tomó carne de Israel, del linaje de David, al que pertenecía la Virgen María, que dio a luz a Cristo. Vino a los judíos, les mostró su rostro de carne, su boca de carne se dirigió a sus oídos, la forma de su cuerpo apareció ante sus ojos. Con su presencia se había cumplido lo prometido a los judíos. La promesa se había hecho a los padres y se cumplía en los hijos. Este centurión, sin embargo, era extraño; pertenecía al pueblo romano, ejercía allí su profesión militar y su fe aventajó a la de los israelitas, de modo que el Señor hubo de decir: En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel. ¿Qué cosa, pensáis, alabó en la fe de este hombre? La humildad. No soy digno de que entres bajo mi techo. Eso alabó, y porque eso alabó, esa era la puerta por la que el Señor entró. La humildad del centurión era la puerta para el Señor, que entraba a poseer más plenamente a quien ya poseía.

Gran esperanza dio el Señor a los gentiles en esta ocasión. Aún no existíamos y ya nos había previsto, conocido de antemano, prometido. ¿Qué dice? Por esto os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente (Mt 8, 11). ¿A dónde vendrán? A la fe. Hacia ella vienen. Venir significa creer. Creyó: vino; apostató: se alejó. Vendrán, pues, de oriente y de occidente: no al templo de Jerusalén, no a parte alguna céntrica de la tierra, ni para ascender a monte alguno. Y, sin embargo, vienen al templo de Jerusalén, a una parte céntrica y a cierto monte. El templo de Jerusalén es ahora el Cuerpo de Cristo, motivo por el que había dicho: Destruid este templo y en tres días lo levantaré (Jn 2,19). El lugar céntrico a donde vienen es Cristo mismo: está en el centro porque es igual para todos. Lo que se pone en el centro es común para todos. Vienen al monte del que dice Isaías: En los últimos días será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes y será exaltado sobre todas las colinas y vendrán a él todos los pueblos (Is 2,2). Este monte fue una piedra pequeña que al crecer llenó el mundo. Así lo descubre Daniel. Acercaos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis; allí estaréis seguros y protegidos. El monte que os sirve de refugio es Cristo. ¿Y dónde está Cristo? A la derecha del Padre, pues ascendió al cielo. Muy distante se halla. ¿Quién subió allí? ¿Quién lo ha tocado? Si está lejos de vosotros, ¿cómo decimos con verdad El Señor esté con vosotros? Aunque está a la derecha del Padre, no se aleja de vuestros corazones.

Volviéndose al centurión le dice: Vete y que te suceda según has creído. Yen aquella hora quedó sano el niño (Mt 8,13). Como creyó, así sucedió. Dilo de palabra y quedará sano: lo dijo de palabra y quedó sano. Que te suceda según has creído: la pésima enfermedad se alejó de los miembros del niño. ¡Admirable la facilidad con la que el Señor de toda criatura le da órdenes!

No cuesta fatiga mandar. ¿O es tal el Señor de la criatura que da órdenes a los ángeles y no se digna dárselas a los hombres? ¡Ojalá los hombres quisieran obedecerle! Dichoso aquel a quien le da órdenes, pero no al oído carnal, sino al oído del corazón, y allí le corrige y le guía. Deducid que el Señor da órdenes a todas las cosas del hecho de que no se sustraen a su imperio ni los gusanillos. Dio órdenes a un gusano y royó la raíz de la calabaza y pereció lo que proporcionaba sombra al profeta. Dio órdenes, dice el profeta, al gusano de la mañana; éste royó la raíz de la calabaza y desapareció la sombra (Jn 4,7). El gusano matutino es Cristo. El salmo 21 que se refiere a su pasión, dice así: En favor de la recepción matutina (Sal 21,1). En hora mañanera resucitó y royó la sombra judía. Por eso dice con ternura a su esposa en el Cantar de los cantares: Hasta que respire el día y se alejen las sombras (Cant 2,17). ¿Acaso observáis carnalmente el sábado? ¿Os abstenéis, acaso, de las carnes de los animales que no rumian o que tienen la pezuña hendida? Nada de esto hacéis. ¿Por qué? Porque fue roída la calabaza, porque cesó la sombra y apareció el sol. Pedid un refresco para que no os fatiguéis bajo el calor de los mandatos.

Francisco de Sales

Carta: Humildad verdadera y sólida

«Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8,8)
A Sor M. Adrienne Fichet. XXVI, 295- 297


Nuestro Señor, siendo Dios, no tenía en sí nada por lo que humillarse, sin embargo quiso humillarse y dijo: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de Corazón y hallaréis reposo para vuestras almas.» El más alto grado de humildad es humillarse por nuestro Señor, porque Él se ha humillado por amor nuestro, para darnos ejemplo y hagamos lo que Él hizo. Tenemos que ser humildes en todos nuestros actos, volvernos a Dios, abatiéndonos y reconociendo nuestra nada, nuestra bajeza y vileza. Sed, pues, muy humilde y podréis serlo en el momento en que el Señor os lo pida.

Me estoy refiriendo a una humildad verdadera y sólida, que os haga más dócil a la corrección, más manejable y pronta a la obediencia.

Id en paz, querida hija, y manteneos humilde ante Dios. Que vuestras imperfecciones os sirvan de ayuda en esto, pero que nunca os descorazonen. Nada hay que nos pueda dañar si no es nuestra propia voluntad: por lo tanto prescindamos de ella, olvidémosla puesto que se la hemos consagrado toda a Dios. Tengamos ánimo, pero sin presunción...

Para que la gracia de Dios pueda estar en nuestro corazón lo hemos de vaciar de nuestra propia gloria y decir: Dios mío, mira a esta criatura mala y colmada de miseria y llénala de tu misericordia...

Hay que tener una dignidad de princesa, puesto que somos esposas del Hijo de Dios; pero sencilla y sin afectación; como la humildad del publicano: llena de confianza.

Cuando cometáis faltas contra la mansedumbre, humillaos; y cuando las faltas sean contra la humildad, dulcificaos... Hemos de ir siempre de la humildad a la mansedumbre y de la mansedumbre a la humildad.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Sábado XII (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Sábado XII (Impar o Año I)



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