Mt 8, 23-27: La tempestad calmada

Texto Bíblico

23 Subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. 24 En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. 25 Se acercaron y lo despertaron gritándole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». 26 Él les dice: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. 27 Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Crisóstomo: Homilías sobre san Mateo

Hom. 28, 1-9

Cuando hubo subido a la nave, lo siguieron sus discípulos. De pronto se alborotó bravamente el mar, tanto que las olas cubrían la embarcación El, con todo eso, dormía (Mt 8,23-24).

1. LUCAS, PARA EVITAR que alguien le exigiera la cronología exacta, dice: Sucedió cierto día que subió en la navecilla con sus discípulos. Lo mismo hace Marcos. Mateo, en cambio, va siguiendo cierto orden del tiempo. Porque no todos lo cuentan todo de una misma manera, como ya anteriormente lo advertí, a fin de que nadie, por ciertas omisiones, piense que hay oposición o disonancia. Despachadas, pues, las turbas por delante, luego él tomó consigo a sus discípulos, pues así lo afirman los evangelistas Y los tomó consigo, no a la ventura y en vano, sino para que fueran testigos del futuro milagro. A la manera de un excelente ejercitador en la palestra, los ejercitaba para ambas cosas. Para que en las adversidades permanecieran impertérritos y en los honores procedieran con moderación.

2. A fin de que no se ensoberbecieran al ver que, despachadas las turbas, a ellos solos los retenía a su lado, permitió la tempestad: tanto para ese efecto, como para ejercitarlos en sobrellevar las aflicciones con fortaleza. Grandes habían sido los milagros anteriores; pero este otro les proporcionaba una especial ejercitación no despreciable, e iba a ser semejante a cierto milagro antiguo. Por tales motivos Jesús toma consigo a solos los discípulos. Antes, al hacer los milagros, permitió que el pueblo estuviera presente. Pero ahora, que iba a haber peligros y terrores, toma consigo a solos los discípulos, es decir, a los atletas de todo el orbe, con el fin de amaestrarlos.

3. Mateo dice solamente que El se durmió. Lucas añade que lo hizo en el cabezal, demostrando con esto cuan lejos estaba del fausto, y para enseñarnos gran sabiduría. Levantada, pues, la tempestad y enfurecido el mar, los discípulos lo despiertan diciéndole: ¡Señor! ¡sálvanos que perecemos! Y El increpó primero a ellos y luego al mar. Pues como ya dije, todo aquello lo permitió para ejercitarlos y era figura de las tentaciones que los habían de acometer. Porque más tarde permitió que cayeran en más terribles tempestades prácticas, pero entonces tardó en socorrerlos. Por lo cual Pablo decía: No queremos, hermanos, que ignoréis la tribulación grande que nos sobrevino, pues fue muy sobre nuestras fuerzas, tanto que ya desesperábamos de salir con vida. Y poco después: que nos sacó (Dios) de tan mortal peligro.

4. Comienza por increpar a los discípulos, para demostrar que conviene tener confianza aun cuando se levanten grandes oleadas; y que El todo lo dispone para nuestra utilidad. A ellos les fue útil padecer turbación, a fin de que el milagro pareciera mayor y quedara en perpetua memoria. Cuando va a suceder algo que no se espera, se preparan muchas cosas necesarias para conservar su recuerdo, a fin de que el inesperado y maravilloso suceso no caiga en el olvido. Así, en el caso de Moisés, éste primero tuvo miedo de la serpiente; y no sólo le tuvo miedo sino grande terror; pero enseguida contempló el estupendo milagro.

5. Lo mismo sucedió con los discípulos: cuando ya desesperaban de salir con vida, fueron liberados; para que, confesando el peligro en que estuvieron, advirtieran la magnitud del prodigio. Por lo mismo El duerme. Si esto hubiera sucedido estando El despierto, o ellos no habrían temido o les habría venido al pensamiento que Cristo no podía hacer el milagro. Duerme, pues, para darles ocasión de temer y para despertar en ellos una más poderosa sensación del peligro presente. Nadie estima lo mismo lo que ve suceder en cuerpo ajeno que lo que en el propio experimenta. Viendo todos el beneficio que todos habían recibido, pero estando cada cual como si no hubiera recibido el beneficio él en particular, andaban embobados. No estaban ellos antes cojos, ni sufrían alguna otra enfermedad semejante; pero convenía que cayeran bien en la cuenta del actual beneficio. Por esto permitió Cristo que se levantara la tempestad, para que, librados ellos de ella, tuvieran una más clara percepción del beneficio.

6. Y por tal motivo no hace el milagro delante de las turbas, para que no los fueran a condenar como hombres de poca fe, sino que allá aparte los corrige; y luego, increpándolos, antes aplaca la tempestad de sus pensamientos que la de las aguas, diciéndoles: ¿Por qué teméis, hombres de poca je? Juntamente les enseña cómo el temor no nace de la tentación misma, sino de la poca firmeza del alma. Y si alguno dijera que los discípulos habían despertado al Señor no por temor, sino por falta de fe, responderé que esto sobre todo es señal de que no tenían de Cristo la debida idea. Sabían que El, una vez despierto, podía increpar a los vientos; pero aún no les venía al pensamiento que pudiese hacerlo también estando dormido. Pero ¿por qué te admiras de que ahora teman, siendo así que después de muchos milagros todavía eran débiles? Por esto con frecuencia Cristo los increpa, como cuando les dijo: ¿Tampoco vosotros entendéis?

7. No te admires, pues, de que siendo los discípulos tan débiles en la fe, las turbas no pensaran nada grande acerca de Cristo. Ciertamente se admiraban y decían: ¿Quién es éste a quien hasta los vientos y el mar obedecen? Pero Cristo no les corrigió que pensaran de El ser sólo hombre, sino que esperó; y mientras, les iba enseñando mediante los milagros que era falsa la opinión que de él tenían. Mas ¿de dónde colegían ser El simplemente hombre? Por su aspecto, su sueño, el uso de la nave para cruzar el lago. Por esto caían en estupor y decían: ¿Quién es éste? El sueño y todas las apariencias demostraban ser El un hombre; pero el mar y la tranquilidad que en él se hizo, lo comprobaban como Dios.

8. Aun cuando en otro tiempo Moisés había hecho algo semejante, sin embargo, en este paso se demostraba la excelencia de Cristo. Aquél, como siervo, Cristo como Señor hacían los milagros. Cristo no tendió su vara, como Moisés, ni levantó sus manos al cielo, ni necesitó suplicar; pues así como es propio del Señor mandar a los esclavos y del Creador a su criatura, así Cristo con sola su palabra y precepto apaciguó y enfrenó el mar.

9. Y en tal forma y tan repentinamente se disolvió la tempestad, que no quedó ni rastro de ella. Así lo declaró el evangelista cuando dijo: Y sobrevino una gran calma. Lo que el evangelista dijo acerca del Padre como una obra excelente, eso Cristo lo llevó a cabo ahora. Pero ¿qué se dijo del Padre?: Habló y se contuvo el viento de tempestad. Lo mismo en este pasaje: Y sobrevino una gran calma. Por tales motivos, las turbas sumamente lo admiraban, pero no lo habrían admirado en tan sumo grado si hubiera procedido como Moisés.

San Agustín, obispo

Sermón: La tempestad calmada

Serm. 63

1. Con la gracia del Señor, os voy a hablar de la lectura del santo Evangelio que acabamos de oír, y en nombre del Señor mismo os exhorto a que no se duerma en vuestros corazones la fe que hace frente a las tempestades y oleajes de este mundo. En efecto, no cabe que Cristo el Señor tuviera dominio sobre su muerte (Cf Jn 10,18) y no lo tuviera sobre su sueño, ni que el sueño se apoderase del navegante omnipotente sin quererlo él. Si creéis esto, él duerme en vosotros; si, por el contrario, Cristo está despierto en vosotros, despierta está vuestra fe. Dice el Apóstol que Cristo habita en vuestros corazones por la fe ( Ef 3,17). Luego también el sueño de Cristo es signo de un misterio Los navegantes son las almas que pasan este mundo en un madero. La nave figuraba asimismo a la Iglesia. Y, en efecto, todo cristiano es templo de Dios, todo cristiano navega en su corazón y, si piensa rectamente, no naufraga.

2. Has oído una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Si sopla el viento y se encrespa el oleaje, se halla en peligro la nave, fluctúa tu corazón, fluctúa tu corazón. Oída la afrenta, deseas vengarte. Pero advierte que te vengaste y, claudicando ante el mal ajeno, naufragaste. Pero ¿cuál es la causa de ello? Que Cristo duerme en ti. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta a Cristo, pues; acuérdate de Cristo, esté Cristo despierto en ti: piensa en él. ¿Qué querías? Vengarte. ¿Se te ha pasado de la memoria que él, cuando fue crucificado, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de él. Memoria de él es su palabra; memoria de él, su precepto. Y, si Cristo está despierto en ti, dirás para ti: «¿Qué clase de hombre soy yo para querer vengarme? ¿Quién soy yo para proferir amenazas contra un hombre? Moriré quizá antes de vengarme. Y si salgo de este mundo resoplando, inflamado de ira y sediento de venganza, no me recibirá el que no quiso vengarse; no me recibirá el que dijo: Dad y se os dará, perdonad y se os perdonará (Lc 6,37-38). Por lo tanto, haré que amaine mi ira y volveré a la quietud de mi corazón». Dio órdenes Cristo al mar y se produjo la bonanza (Cf Mt 8,26).

3. Lo que he dicho respecto a la ira, retenedlo como norma para todas las tentaciones que os sobrevengan. Surgió la tentación, es el viento; te turbaste, es el oleaje. Despierta a Cristo; hable él contigo. ¿Quién es este, dado que le obedecen el viento y el mar(Mt 8,27)? ¿Quién es este a quien obedece el mar? Suyo es el mar; él lo hizo (Sal 94,5). Todo fue hecho por él (Jn 1,3). Imita más bien a los vientos y al mar; obedece al Creador. Escucha el mar la orden de Cristo ¿y tú permaneces sordo? Le escucha el mar, amaina el viento ¿y tú soplas? ¿Qué? Hablo, actúo, simulo: ¿qué es esto sino soplar y no querer ceder ante la orden de Cristo? No os venza el oleaje cuando se perturbe vuestro corazón. Pero, puesto que somos hombres, si el viento nos empuja, si nos mueve el afecto de nuestra alma, no perdamos la esperanza; despertemos a Cristo para navegar en la bonanza y llegar a la patria. Vueltos al Señor…

Meditaciones: «¡Señor, sálvanos!»

Capítulo 37

Dios mío, mi corazón es como un ancho mar siempre agitado por las tempestades: que en ti encuentre la paz y el descanso. Tú mandaste al viento y al mar que se calmaran, y al oír tu voz se apaciguaron; ven ahora a apaciguar las agitaciones de mi corazón a fin de que en mí todo sea pacífico y tranquilo y pueda yo poseerte a ti, mi único bien, y contemplarte, dulce luz de mis ojos, sin confusión ni oscuridad. Oh Dios mío, que mi alma, liberada de los pensamientos tumultuosos de este mundo «se esconda a la sombra de tus alas» (Sal 16,8). Que encuentre en ti un lugar de refrigerio y de paz; que exultante de gozo pueda cantar: «En paz me acuesto y enseguida me duermo junto a ti» (Sal 4,9).

Que mi alma descanse, te pido, Dios mío, que descanse de todo lo que hay bajo el cielo, despierta para ti sólo, como está escrito: «Duermo, pero mi corazón está en vela» (Ct 5,2). Mi alma sólo puede estar en paz y seguridad, Dios mío, bajo la protección de tus alas» (Sal 90,4). Que permanezca, pues, eternamente en ti y sea abrasada con tu fuego. Que elevándose por encima de ella misma contemple y cante tus alabanzas llena de gozo. En medio de las turbaciones que me agitan, que tus dones sean mi consolación, hasta que yo venga a ti, oh tú, la paz verdadera.

Carta a Diogneto

n. 7 : PG 2, 1174-1175

«¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?» (Mt 8,27)

Porque no fue una invención terrenal, como dije, lo que les fue encomendado, ni se preocupan de guardar tan cuidadosamente ningún sistema de opinión mortal, ni se les ha confiado la dispensación de misterios humanos. Sino que, verdaderamente, el Creador Todopoderoso del universo, el Dios invisible mismo de los cielos plantó entre los hombres la verdad y la santa enseñanza que sobrepasa la imaginación de los hombres, y la fijó firmemente en sus corazones.

No como alguien podría pensar, enviando, a la humanidad, a un subalterno, o a un ángel, o un gobernante, o uno de los que dirigen los asuntos de la tierra, o uno de aquellos a los que están confiadas las dispensaciones del cielo, sino al mismo Artífice y creador del universo, por quien Él hizo los cielos, y por quien Él retuvo el mar en sus propios límites, cuyos misterios, ordenanzas, observan todos los elementos fielmente, de quien, el sol, ha recibido incluso la medida de su curso diario para guardarlo, a quien la luna obedece cuando Él le manda que brille de noche, a quien las estrellas obedecen siguiendo el curso de la luna, por el cual fueron ordenadas todas las cosas y establecidos y puestos en sujeción, los cielos y las cosas que hay en los cielos, la tierra y las cosas que hay en la tierra, el mar y las cosas que hay en el mar, fuego, aire, abismo, las cosas que hay en las alturas, las cosas que hay en lo profundo, las cosas que hay entre los dos. A éste les envió Dios.

¿Creerás, como supondrá todo hombre, que fue enviado para establecer su soberanía, para inspirar temor y terror? En modo alguno. Sino en mansedumbre y humildad fue enviado. Como un rey podría enviar a su hijo que es rey; Él le envió como enviando a Dios; le envió a Él como, un hombre, a los hombres; le envió como Salvador, usando persuasión, no fuerza; porque la violencia no es atributo de Dios. Él le envió como invitándonos, no persiguiéndonos; Él le envió como amándonos, no juzgándonos. Porque Él enviará en juicio, y ¿quién podrá resistir su presencia?… ¿No ves, que los echan a las fieras para que nieguen al Señor, y, con todo, no lo consiguen? ¿No ves que cuanto más los castigan, tanto más abundan? Estas no son las obras del hombre; son el poder de Dios; son pruebas de su presencia.

San Charles de Foucauld

Meditación “Ocho días en Efrén”: La tempestad apaciguada

¿Por qué tener miedo?

Hijos míos, pase lo que pase, recordad que yo estoy siempre con vosotros. Acordaros que, visible o invisible, despierto o dormido, vigilo siempre, estoy por todas partes, soy todopoderoso. No tengáis jamás ningún temor, ninguna inquietud: estoy ahí, vigilo, os amo, lo puedo todo… ¿Qué más hacer por vosotros?… Acordaros de estas tempestades, cuando erais tranquilizados con una palabra, haciendo suceder una gran calma.

Tened confianza, fe, y coraje; acordaros sin inquietud por parte de vuestro cuerpo y vuestra alma, pues yo estoy ahí, todopoderoso y amándoos.

Pero que vuestra confianza no nazca de la dejadez, de la ignorancia de los peligros, ni de vuestra confianza o la de otras criaturas… Los peligros que corréis son inminentes; los demonios, enemigos fuertes y astutos, vuestra naturaleza pecadora y el mundo mismo os harán una guerra encarnizada. Y en esta vida, la tempestad es casi constante, y vuestra barca estás siempre cerca de zozobrar… Más no olvidéis, estoy ahí, contigo, ¡esta barca es insumergible! Desconfiad de todo, sobretodo de vosotros, pero tened una confianza total en mí que he desterrado toda inquietud.


Comentarios exegéticos

Antonio Rodríguez Carmona: Predicación del Evangelio de San Mateo

Comisión Episcopal del Clero, Edice (1986)

La tempestad calmada (8,18-27).

Al poner el acento en los diálogos, Mateo ofrece unas enseñanzas sobre Jesús, la fe y el discipulado. La enseñanza cristológica es la más importante: Jesús es el Mesías Salvador que libera de todo (dolor, muerte, pecado, demonios, mundo corruptible) de forma perfecta, pero en la debilidad, como compete al Siervo, que “toma nuestras flaquezas y carga nuestras enfermedades (8,17 cf Is 53,5), y en el silencio del que “no grita ni se oye en las plazas su voz” (12,19 cf Is 42,1-4). Mateo quiere llamar la atención sobre el tipo de taumaturgo que es Jesús, para evitar interpretaciones triunfalistas, paganas y milagreras: de hecho sólo realizó unos cuantos signos para mostrar el alcance del Reino de los Cielos, que comienza con su proclamación y obras, y para mostrar la presencia del poder salvador de Dios, que es garantía de la consumación final del Reino. Pero todavía no es el tiempo de la consumación final, ahora es el tiempo del comienzo y en él Jesús actúa en la debilidad del que ha asumido la condición humana. Ya es posible y se ofrece por la conversión el perdón de los pecados, algo extraordinario, que provoca la glorificación de Dios, “que ha dado tal poder a los hombres” (9,8), pero aún sigue el dolor y la muerte. No hay que buscar, pues, en Jesús al milagrero sino al Siervo, que inaugura un camino de salvación en la solidaridad, y la debilidad. Y todo esto de acuerdo con la Ley y los Profetas (Is 53,5), de los que Jesús es el cumplimiento y, por ello, este tipo de mesianismo tiene sentido y hay que superar el escándalo (cf Mt 11,2-6). Junto a esto Mateo hace una relectura de estas tradiciones a la luz de la situación de su comunidad con el fin de hacer ver que el Jesús que realizó los signos es ahora el Señor de la Iglesia, en la que está presente salvando con su poder-en-la-debilidad, especialmente con la palabra. Para ello presenta a Jesús, con el vocabulario de su comunidad, como el Señor, el Kyrios, el que ha recibido todo poder (Mt 28,18) y está presente en la comunidad (28,20), aunque parece “dormido” (8,24)…

Mt une al relato dos escenas de seguimiento y lo alegoriza, convirtiendo el relato de milagro, que presentaba a Jesús como Señor de la naturaleza, el que creará “cielos nuevos y tierra nueva”, en una enseñanza sobre el seguimiento de Jesús. Las escenas de seguimiento nos presentan las disposiciones de los que embarcan con Jesús: no saben a donde van y ponen condiciones. Jesús les invita a tomar conciencia de lo que significa seguirle, seguir a uno que no tiene seguridad humana, y a hacer del seguimiento el primer valor, por encima de todos los valores humanos. Esto es necesario para afrontar las dificultades del seguimiento: en la “barca”, seísmo provocado por las fuerzas del mal, Jesús a quien siguen está en la barca, pero “dormido”; el centro es el grito de ayuda (cf forma de “jaculatoria” cristiana) y la reprimenda de Jesús a los “poca fe”, que temen; con la palabra de Jesús viene la calma y se maravillan los “hombres” (no se les llama discípulos) y se preguntan sobre la personalidad de aquél a quien siguen. Mt invita a preguntarse sobre el carácter especial de aquél a quien se sigue (Señor-Siervo) y sobre las disposiciones en el seguimiento.

Giorgio Zevini: Lectio Divina para la Vida Diaria: El Evangelio de Mateo

Verbo Divino (2008), pp. 119-124

La palabra se ilumina

Jesus acaba de realizar numerosos milagros y le rodea una gran muchedumbre. Entonces decide alejarse…

Hay… otros discípulos que, tras haber aceptado seguirle, están con él en la barca. De improviso, se desencadena una borrasca (literalmente: un trastorno cósmico), que pone al descubierto los sentimientos secretos de los corazones. A la tranquilidad soberana de Jesús, que, abandonado en manos del Padre, descansa seguro, se contrapone el miedo de los discípulos, que le despiertan invocando: «Señor, sálvanos, que perecemos» (v. 25). Jesús les reprocha su falta de fe (oligópistoi), que les hace incapaces de aceptar el aparente silencio de Dios. Después despliega su poder y realiza el milagro de aplacar los elementos desencadenados. El verbo empleado (epetímese) proporciona al episodio el color de un exorcismo: Jesús, como ya antes YHWH en el Primer Testamento, domina de manera soberana las fuerzas maléficas, representadas aquí por el mar, considerado como dominio del mal. Surge en todos una pregunta: «¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y el lago le obedecen?». Aparecen una vez más los temas fundamentales del relato de Mateo: la fe y la figura de Cristo.

La Palabra me ilumina

La confrontación con la persona de Jesús en este fragmento evangélico es directa y radical. Por eso es decisivo para poner a prueba la calidad de nuestra fe. Los personajes que animan la escena, atraídos por él, quieren seguirle, pero al mismo tiempo ponen límites a su seguimiento. Se trata de una incongruencia que acontece a menudo, índice de una fe y de un amor todavía débiles. ¿Y nosotros? ¿Estamos dispuestos a permitir que sea el Señor quien dicte de una manera incondicional las modalidades de su seguimiento? Si él es Dios, debemos amarlo necesariamente con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, por encima de todas las cosas y personas. Ante sus requerimientos pierde sentido toda sensatez humana. El misterio de la llamada divina nos invita a dejarnos guiar por un amor puro, absoluto, total, para el que nada es demasiado exigente; un amor que no se detiene ni siquiera ante las incomprensiones; más aún, que se refuerza y se vuelve más profundo precisamente en las dificultades.

Jesús mismo, venido a la tierra para hacer la voluntad del Padre, nos ofrece el ejemplo. Su cuerpo colgado de la cruz se encuentra ante nuestra mirada como testimonio de que su amor no se detuvo ni siquiera ante el rechazo más crudo. Sólo si aceptamos entrar conscientemente en este movimiento oblativo, conoceremos la plenitud de la alegría y de la libertad de quien, por fin, ha encontrado aquello por lo que no sólo vale la pena vivir, sino también morir. La Iglesia, insinuada en la barca donde reposa Jesús, es el lugar en el que encuentra apoyo nuestra adhesión a Cristo, a veces entusiasta, a veces temerosa. Cuanto más estemos con él, más conoceremos su poder. Jesús nos recuerda hoy que no debemos dejarnos asustar por su silencio en los momentos de prueba: él está verdaderamente con nosotros hasta el final de los tiempos.

Caminar con la Palabra

Y Dios duerme. ¡Cuántas veces, en medio de las tempestades de la vida, hemos tenido la dolorosa impresión de que Dios estaba adormecido en alguna parte, lejos de nosotros! ¡Cuántas veces nuestras oraciones han volado lejos, sin que ninguna de ellas volviera atrás para traernos una respuesta! Tal vez se deba a que tenemos más necesidad de milagros que de fe. El mundo se encuentra en medio de la tempestad, en la barbarie; lucha contra la muerte y la desesperación, y Dios duerme, y Dios no hace nada mientras las criaturas que él ha hecho así, que él ha hecho débiles, hacen frente a las horas de angustia. El está presente, pero de la única manera que se pueden salvar la libertad y el amor. Sin esto deja de haber hombre; sin esto no hay ni siquiera Dios. Como ellos, también yo querría que no hubiera nunca tempestades, y, sin embargo, la vida y la muerte están en guerra también dentro de mí, y alimentan la muerte con nuestra misma respiración y sangre. Y quisiera que al menos le regañara al huracán y le dijera: «Calla, cálmate»; que le repitiera a mi angustia: «Cálmate». Quisiera ser eximido de la lucha. Quisiera un cielo siempre sereno y luces para indicar el camino. Pero sólo tengo la luz necesaria para dar el primer paso y la fuerza necesaria sólo para el primer golpe de remo.

Y participo así en el conflicto entre el caos y la vida, participo en la victoria, tal vez lejana, pero segura, del Señor de la vida.

«Señor, ¿te importo?»: es la pregunta que nace de la historia de cada uno de nosotros. Repitámosla, vivámosla; repitámosla hasta que sacuda al que duerme, hasta que podamos oír la respuesta pacificadora y tranquilizadora: «Sí, me importas». Y entonces cesarán los vientos que nos atormentan y dejará de darnos miedo el mar e iremos con él de orilla a orilla, de vida a vida, heridos, pero no rendidos, buscadores de un Dios próximo para quien tiene el corazón herido (E. M. Ronchi, Ha fatto risplendere la vita, Ed. Velar, Gorle, s. f., 161-164, passim).

Autores Varios: Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT)

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 972-974

¿Quién es éste?

El milagro debe ser entendido como predicación, anuncio del evangelio. De ahí que lo esencial en su narración no sea la reproducción mecánicamente exacta de lo ocurrido. Basta recoger el hecho en sus rasgos esenciales y descubrir su dimensión reveladora. La historia puede quedar un tanto difuminada, desaparece el cuándo y el dónde y otras circunstancias que son tan importantes en la narración histórica. Se estiliza el relato en orden a que la finalidad del evangelista logre, del mejor modo posible, su propósito. Así ocurre en nuestra narración que, esencialmente, depende del relato de Marcos.

Que Jesús haya calmado la tempestad en el mar no es lo verdaderamente importante para el evangelista. Su intención, detrás del hecho, consiste en presentarnos a Jesús, a los discípulos, a la Iglesia. Dice el texto que “sus discípulos lo siguieron”. Esta frase, que no se encuentra en Marcos, tiene una gran importancia en la narración de Mateo: presenta el rasgo esencial que define el discipulado de Jesús: seguirlo. Y, lo mismo que aquellos discípulos, todos los discípulos, la Iglesia. De hecho, el verbo “seguir” en los evangelios es utilizado únicamente cuando el objeto del mismo es Jesús. Indica la unión del discípulo con el Jesús de la historia, participar en su destino, entrar en el Reino mediante una pertenencia a Cristo por la obediencia y la confianza.

La confianza nace de la fe o, tal vez mejor, la fe tiene una esencial dimensión en la confianza. Los discípulos que se hallaban en la barca no tienen confianza, son “hombres de poca fe”. Pero la narración no recoge únicamente aquel momento, sino tiene también en cuenta el tiempo en el que escribe Mateo: la Iglesia estaba perseguida, luchaba a brazo partido, a semejanza de la barca entre las olas de un mar embravecido, para no hundirse; llegó en muchas ocasiones el desaliento, el desánimo e incluso la defección. Por ser palabra de Dios, el relato, partiendo de lo ocurrido entonces, sigue hablando en todos los tiempos y circunstancias a cada uno de los discípulos.

La actitud de los discípulos resulta desconcertante. Por un lado creen que Jesús tiene poder suficiente para calmar el mar y que no se trague la barca; por otro, temen el hundimiento. El poder de Dios está en Jesús; ellos lo saben y, sin embargo, se extrañan cuando lo manifiesta. Esto no es lo propio del discípulo. Tal vez por eso, Mateo intenta suavizar la antinomia en la conducta de los discípulos y, al terminar su relato, habla de “aquellos hombres”, no dice “discípulos”. El asombro, el desconcierto ante una cosa que no esperaban —y que, sin embargo, sabían que podía ocurrir— es la actitud no del discípulo sino, más bien, del medio creyente o del que vive alienado, prácticamente al menos, de Dios. El poder de Dios actúa en Jesús, pero ellos son hombres no abiertos a ese poder de Dios.

Lo propio del discípulo seria la fe, la confianza y la valentía de fiarse del poder de Dios que está por encima de la bravura del mar. Así este milagro afirma que Dios está presente, particularmente en y a través de Jesús, con todo su poder de victoria sobre la muerte y los peligros mortales. Es la convicción profunda que deben tener los discípulos de Jesús y la Iglesia como tal.

El interrogante final, “¿quién es éste?”, simboliza la actitud de incredulidad de quien quiere explicarlo todo racionalmente. O tal vez pretenda el evangelista que el interrogante sea contestado desde el conjunto de la narración. Sería entonces una confesión de fe.

Varios Autores: El Tesoro del Escriba: En medio de la tempestad

Guia para una lectura comunitaria del evangelio de Mateo.
La Casa de la Biblia – Verbo Divino (2001), pp.55-56

Estamos habituados a ver la imagen de Dios que acompaña a su pueblo durante el Éxodo y a lo largo de la historia. También Jesús está presente en la vida cotidiana de sus discípulos (Mt 8,23). Los pescadores conocen la fuerza destructora del lago bajo la tormenta (Sal 107,23-30) y tienen miedo. El Maestro está dormido (Mt 8,24), su descanso apacible es señal de su seguridad y su dominio. El que más tarde prometerá su presencia hasta el final de los tiempos (Mt 28,20) parece estar ausente.
La tempestad es para Mateo un símbolo de las dificultades con las que se encuentra el discípulo y la misma Iglesia. Ésta es la razón por la que Mateo ha situado este relato inmediatamente después de dos breves escenas en las que Jesús revela a sus discípulos con toda claridad cuáles son las exigencias del seguimiento (Mt 8,18-22). Seguir a Jesús supone afrontar una existencia insegura y llena de adversidades, y los discípulos pierden confianza. Cuando el miedo se hace irresistible, los discípulos, asustados, despiertan a Jesús (Mt 8,25). Se dirigen a él con un grito: “Señor, sálvanos, que perecemos”. La invocación “Señor” señala la fe de los que hablan. El grito de “sálvanos” es una petición de ayuda de esa Iglesia que se ve enfrentada con la prueba. Con esta expresión, que todo creyente puede repetir en cualquier momento de su vida, se inicia un diálogo de Jesús con sus seguidores.
El miedo de los discípulos es más fuerte que su confianza (Mt 8,25). Jesús reprocha a sus seguidores la falta de fe (Mt 6,30; 8,26; 14,31; 16,8). A pesar de ello, el Maestro les muestra su poder sobre los elementos de la naturaleza. Sólo después de esta llamada a la fe Jesús realiza el milagro.
Los discípulos que habían comenzado a seguir a Jesús, los que se embarcaron con él y que dudaron durante el camino, tras el gesto del Maestro se llenan de admiración y reconocen la autoridad de Jesús sobre la creación (Mt 8,27). La admiración de los hombres, después de este signo del poderío de Jesús, nos recuerda aquella que manifestaron los que seguían a Jesús después del sermón de la montaña (Mt 7,28) y después del último milagro que recoge Mateo en esta sección (Mt 9,33).
Al colocar este relato en un contexto de discipulado y seguimiento, Mateo viene a decir que los seguidores de Jesús se encontrarán con dificultades en el camino. Los que acepten vivir en pobreza (Mt 8,19-20), los que rompan con la leyes de este mundo (Mt 8,21-22) para seguir a Jesús, serán sacudidos por las olas, pero el Señor estará en medio de ellos para calmar la tormenta.
La comunidad a la que Mateo se dirige en su evangelio se parece a este grupo de discípulos, agarrotados por el miedo en medio del lago turbulento. Esta barca, que quiere simbolizar a esta pequeña Iglesia perseguida por los fariseos, está habitada por Jesús, que, aunque aparentemente duerme, vela constantemente por la vida de las comunidades.
A través de esta narración, Mateo enseña a los discípulos de todos los tiempos que seguir a Jesús no es una empresa fácil. Habrá tormentas en la Iglesia y no se sentirá la fuerza del Señor porque aparenta estar dormido, pero, sin embargo, él está esperando nuestro grito; nuestra fe sabrá despertarle.

Wolfgang Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): La tempestad en el lago

Herder (1980)

23-25 23 Luego subió a la barca, y lo acompañaron sus discípulos. 24 y en esto se levantó en el mar una tempestad tan grande, que las olas llegaban a cubrir la barca. Pero él estaba dormido. 25 Se le acercaron y lo despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!

«Ahora Jesús sube a la barca y sus discípulos lo acompañaron. Jesús es el primero, el que precede, los demás van detrás de él. Con el estilo del primer versículo se continúa el tema del seguimiento, y se le hace llegar al acontecimiento del lago. En medio del mar se levanta la gran tempestad, como con frecuencia se forma allí, en el lago de Genesaret circundado de montañas, y pone en peligro las pequeñas barcas de pesca, poco aptas para efectuar travesías. Las tormentas se encajonan en la hondonada, agitan profundamente el mar y hacen casi imposible el gobierno de la embarcación. Los pescadores experimentados advierten en seguida el peligro que los amenaza, mucho más cuando las olas ya saltan dentro de la barca. Jesús duerme en medio de la tormenta, en la barca que es zarandeada de un lado a otro, entre las oleadas que pasan por encima. Jesús está escondido en Dios, y no le afecta el riesgo de la vida. En recelosa inquietud y angustia mortal los discípulos dan voces al Maestro: ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos! Es un llamamiento de desesperación, pero también de confianza. La única salida que ven es el Señor, que está con ellos. Se dan por perdidos y no encuentran ayuda en su experiencia ni en las propias fuerzas. Sólo Jesús podría liberarles del peligro. La exclamación: Nos hundimos, además del significado literal, tiene un sentido más espiritual: nos vamos a pique, perecemos, estamos en un trance mortal, nuestra vida está al borde del abismo y está llegando a su fin, se ha perdido toda esperanza. Vemos el peligro de muerte de tal forma que con el riesgo exterior al mismo tiempo parece que vaya disminuyendo toda esperanza interna de la vida.

26-27 26 Pero él les dice: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. 27 Los hombres quedaron admirados y se preguntaban: ¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y la mar le obedecen?

Una vez despertado, Jesús pregunta sorprendido a los suyos: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? La fe es todavía débil en aquel que teme. La fe disipa el temor, porque llena de Dios a todo el hombre. La luz de la fe quita de todos los rincones la sombra de la preocupación y de la angustia. Son «hombres de poca fe», es decir, la fe ya existe, de lo contrario ya no hubiesen esperado que él los ayudara; pero todavía es escasa, de lo contrario no hubiesen afirmado angustiosos que estaba perdidos. En esta situación se encuentra a menudo el discípulo de Jesús. Cree, pero no íntegramente, espera ayuda de arriba, pero no toda la ayuda; no se sabe todavía enteramente a salvo en las manos sustentadoras del Padre, como Jesús ha enseñado (cf. 6,25-34). Jesús refrena las fuerzas desencadenadas y reprime la furiosa tormenta y el mar agitado. De repente el lago se queda muy tranquilo, el tumulto parece que se ha desvanecido como un fantasma. La gente pregunta sorprendida. ¿Quienes son los que preguntan: los discípulos, o los que están en la otra orilla, o en general los hombres? No es eso lo que interesa, sino solamente la pregunta acerca del hombre misterioso: ¿Qué clase de hombre es éste? Antes la gente se asombró del mensaje propuesto con autoridad (7,28), ahora se asombra de su acción poderosa, del dominio de la tormenta y del mar. Le obedecen los elementos igual que los demonios y las enfermedades. ¿No tiene que obedecerle también el hombre, si Jesús tiene tal poder? ¿No es realmente Señor y maestro, como le llaman los discípulos? ¿No es también el Señor de mi vida? El discípulo debe seguir al maestro incondicionalmente, y contar sólo con él. Deja el recogimiento de su casa («no tiene dónde reclinar la cabeza») y de su familia («deja a los muertos que entierren a sus muertos»).

El seguimiento es una llamada para dejar los compromisos terrenos y tomar un solo compromiso, a saber, el que se toma con el Señor. Eso vino a ser el acontecimiento del lago. En él tuvo lugar un tercer desprendimiento: el desprendimiento de la confianza en las propias facultades. En el lago se experimentó lo que significa en último término el seguimiento de Jesús: él está en la barca y en el centro, él sólo basta, puede suceder en torno lo que él quiera; está oculto en Dios; sólo él nos puede liberar. Vivir de estas verdades es la incumbencia de la fe, que desde los comienzos raquíticos debe llegar a la confianza ilimitada, desde la fe escasa hasta la plenitud de la fe. Esta escena puede estar con frecuencia ante nuestros ojos, aunque todas las apariencias sean de signo contrario. Sin embargo, Jesús está en la barca…

Bastin-Pinckers-Teheux: Dios cada día: Apaciguamiento

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 66-67

Génesis 19, 15-29.

Yahvé entró de incógnito en Sodoma. Esta precaución quiere, quizá, sugerir que la santidad divina no podía entrar en contacto con el pecado. En todo caso, la juventud y la belleza de los dos compañeros excitan pronto la avidez de los sodomitas, y Lot se ve obligado a realizar los mayores esfuerzos para impedir el asalto nocturno de los depravados. De hecho, el sobrino de Abraham está muy indeciso, no quiere abandonar la ciudad. Si Dios no hubiera insistido en salvarlo, quizá estaría aún en la ciudad maldita.

El alba naciente no descubre la menor presencia de inocentes en Sodoma. Lot se apresura a huir con su familia a Segor o Zoar-la-pequeña, al otro lado del mar Muerto, mientras una lluvia de petróleo y de azufre se abate sobre la región (¿recuerdo acaso de un terremoto geológico?). La mujer de Lot es transformada en estatua de sal; este hecho hace probablemente alusión a la aparición de una formación rocosa debida la erosión, pero sugiere además que el juicio divino no soporta ninguna dilación. Cuando se haga definitivamente de día, Abraham no verá ya, en el lugar que ocupaba la ciudad, más que una columna de humo. Sodoma habrá dejado de vivir; permanecerá en la memoria de los hombres como la ciudad del castigo ejemplar. Pero Lot ha sido salvado, y con él su clan, los futuros moabitas y amonitas. De este modo, la bendición universal, confiada a Abraham, está ya en marcha.

El salmo 25

Sirve como planto a un inocente que no duda en cantar su alabanza a Dios en medio de la desgracia. Si los habitantes de Sodoma se hubiesen arrepentido…

Mateo 8, 23-27

“Quién es éste, que hasta los vientos y el lago le obedecen? ” Mientras sus vecinos divinizaban a los fenómenos naturales, Israel contribuyó grandemente a la desmitologización. Ya en Gn. 1 se afirmaba que los astros no eran más que simples criaturas al servicio del hombre; en cuanto a los monstruos marinos de las leyendas mesopotámicas, no eran más que el producto del humor de Yahvé; los judíos, que no tenían pie marino, les habían atribuido por habitat el mar. Sólo Dios podía dominarlos. Así, cuando Jesús calma la agitación del mar, realiza algo más que un simple prodigio: este gesto representa también la afirmación de su igualdad con Yahvé.

¿No sería acaso capaz de vencer a la muerte? Cuando conocemos la significación que da Mateo al signo de Jonás (cfr. 12, 40), es interesante resaltar aquí el empleo del verbo que indica la resurrección (“Jesús, despertándose=resucitando), interpela vivamente a los vientos y al mar”. Lo mismo que Jonás había salvado de la tempestad a los marineros del barco en el que había embarcado, Jesús, durmiendo y despertándose (=muriendo y resucitando), salva a los hombres que le siguen de la muerte definitiva. En horas de duda y vacilación, hay que acordarse de todo esto.

La barca iba a la deriva, el viento arreciaba, el miedo de los discípulos iba en aumento… Los profetas que predicen desgracias se multiplican, se suceden las películas de catástrofes, el temor hace presa del hombre… La Iglesia misma no sabe cómo guiar su barca.

En la Biblia, el mar es símbolo de las fuerzas oscuras que asaltan al hombre y ponen su vida en peligro… Pero ¡no hay que asustarse demasiado! Nosotros, los humanos, “nunca estamos del todo en nuestra casa en este mundo que creemos haber dominado” (Rilke). Podemos multiplicar las previsiones y defender de mil maneras nuestra seguridad; de hecho, nuestra vida es de una desoladora fragilidad. Por muy escondido que esté el miedo debajo de la línea de flotación, ¡la tempestad es la compañía obligada de la travesía humana! Presa de pánico ante su porvenir, el hombre exclama: ¡”Señor, sálvanos!”.

“Jesús increpó vivamente a los vientos y al lago, y sobrevino una gran calma”. No podemos utilizar el Evangelio para cultivar nuestro miedo. Si bien Jesús no ha eliminado el misterio del mundo, ni ha dado soluciones concretas a las dificultades de nuestra existencia, sí ha levantado los ojos al cielo con una dulce seguridad y ha murmurado el nombre del Padre. No invitó a los suyos a dirigirse a tierra firme, sino a proseguir en ‘a aventura de la fe.

Sabemos que en nuestra barca va un pasajero a bordo. ¡Un polizón que ha cogido el timón y que llevará al hombre a buen puerto!

Señor, sálvanos!
Si no te interesas con pasión por nuestra pobre causa,
¿cómo podremos sobrevivir?
¡el abismo se cerrará sobre nosotros!
¡Levanta tu piedad en nuestro favor!
¡Dueño absoluto de los tiempos,
coge el timón de nuestra historia
y condúcenos a buen puerto!


Uso litúrgico de este texto (Homilías)

  • Martes XIII Tiempo Ordinario

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