Mt 9, 09-13 – Llamada de Leví y comida con pecadores

Texto Bíblico

9 Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. 10 Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. 11 Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
12 Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. 13 Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Beda el Venerable

Homilías: Jesús lo vio y, porque lo amó, lo eligió

«Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo ... y le dijo: 'Sígueme'» (Mt 9,9)
21: CCL 122, 149-151

CCL

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme, que quiere decir: «Imítame». Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir corno vivió él.

El
—continúa el texto sagrado— se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.

Y estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.

Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestro asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. El entra para comer con nosotros, y nosotros con él, porque, por el don de su amor, habita en el corazón de los elegidos, para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales Y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.

Agustín de Hipona

Sobre los Salmos: He venido a llamar a los pecadores a que se conviertan

«No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13)
Salmo 58, 1,7: CCL, 39, 733-734

CCL

Existe otra clase de fuertes que presumen, no de riqueza, ni de fuerza física, ni de haber temporalmente desempeñado algún cargo importante, sino de su justicia. Este tipo de fuertes ha de ser evitado, temido, rehuido, no imitado, precisamente porque presumen —repito— no de tipo, ni de bienes de fortuna, ni de estirpe, ni de honores —¿quién no ve que todos estos títulos son temporales, lábiles, caducos y pasajeros?—, sino que presumen de su propia justicia. Este tipo de fortaleza es el que impidió a los judíos pasar por el ojo de una aguja.

Pues presumiendo de justos y teniéndose por sanos, rehusaron la medicina y mataron al mismo médico. No ha venido a llamar a estos fuertes, a estos sanos, aquel que dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Estos eran los fuertes que insultaban a los discípulos de Cristo, porque su maestro entraba en casa de los enfermos y comía con los enfermos.

¿Cómo es que —dicen— vuestro maestro come con publicanos y pecadores? ¡Oh fuertes, que no tenéis necesidad de médico! Esta vuestra fortaleza no es síntoma de salud, sino de insania. ¡Dios nos libre de imitar a estos fuertes! Pues es de temer que a alguien se le ocurra imitarlos.

En cambio, el doctor de humildad, partícipe de nuestra debilidad, que nos hizo partícipes de su divinidad, y que bajó del cielo para esto: para mostrarnos el camino y hacerse él mismo camino, se dignó recomendarnos muy particularmente su propia humildad. Por eso no desdeñó ser bautizado por el siervo, para enseñarnos a confesar nuestros pecados, a aceptar nuestra debilidad para llegar a ser fuertes, prefiriendo hacer nuestras las palabras del Apóstol, que afirma: Cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Por el contrario, los que pretendieron ser fuertes, esto es, los que presumieron de su virtud teniéndose por justos, tropezaron con el obstáculo de esa Piedra: confundieron el Cordero con un cabrito, y como lo mataron como cabrito no merecieron ser redimidos por el Cordero. Estos son los mismos fuertes que arremetieron contra Cristo, alardeando de su propia justicia. Escuchad a estos fuertes: Cuando algunos de Jerusalén, enviados por ellos a prender a Cristo, no se atrevieron a ponerle la mano encima, les dijeron: ¿Por qué no lo habéis traído? Respondieron: Jamás ha hablado nadie así. Y aquellos fuertes replicaron: ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Sólo esa gente que no entiende de la ley.

Se pusieron al frente de una turba enferma que corría tras del médico; por eso, porque eran fuertes y, lo que es más grave, con su fortaleza arrastraron tras de sí también a toda la turba, acabaron por matar al médico universal. Pero él, precisamente por haber muerto, elaboró con su sangre un medicamento para los enfermos.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo Ordinario: Domingo X (Ciclo A)
Tiempo Ordinario: Viernes XIII (Par o Año II)
Tiempo Ordinario: Viernes XIII (Impar o Año I)



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