Mt 9, 27-31: Jesús cura a dos ciegos

Texto Bíblico

27 Cuando Jesús salía de allí, dos ciegos lo seguían gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David». 28 Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?». Contestaron: «Sí, Señor». 29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe». 30 Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!». 31 Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Jerónimo

27. Al milagro de la hija del príncipe y al de la mujer enferma, sigue el de los ciegos, a fin de que lo que allí se demostró con ocasión de la muerte y la enfermedad, se demuestre aquí con ocasión de la ceguera. Por eso dice: “Y saliendo Jesús de allí (esto es, de la casa del príncipe), le siguieron dos ciegos clamando y diciendo: Compadeceos de nosotros, hijo de David”.

Oigan Marción, Maniqueo y todos los demás herejes, que destrozan el Antiguo Testamento y aprendan por qué el Salvador es llamado hijo de David, pues ¿cómo pudo ser llamado hijo de David, si no nació en la carne?

28. Y, sin embargo, no curaba en los caminos y como al paso, a los que se lo suplicaban (como ellos pensaban), sino después de haber llegado a sus casas y haberse acercado ellos a El para que entrara. Discute primero su fe, a fin de que puedan recibir de esta manera la luz de la verdadera fe. Por eso se dice: “Y habiendo llegado a la casa, se le aproximaron los ciegos y les dijo Jesús: ¿Creéis que yo puedo hacer esto con vosotros?”

30b. Les mandó el Señor el silencio por amor a la humildad y para evitar todo brillo y vanidad. Pero ellos agradecidos no pudieron dejar en el silencio tan grande beneficio.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,1

27. No es pequeña la acusación que aquí hace a los judíos. Mientras los que carecen de vista reciben la fe por el oído, ellos que tenían vista y presenciaban los milagros se declaraban contra la fe. Ve aquí el deseo de los ciegos, porque no se acercan simplemente a Jesús, sino que le suplican y le piden una sola cosa: que tenga misericordia de ellos. Y le llaman hijo de David; porque les parecía que con este nombre lo honraban.

Es necesario advertir, que Jesús hizo muchas veces milagros después de habérselo suplicado, a fin de que nadie creyera que se valía de los milagros como de un medio para adquirir una fama brillante.

28-31. De nuevo nos enseña Jesús en este lugar a despreciar la gloria que dan los hombres y estando próxima la casa, conduce a ella a los ciegos, para darles la salud en particular.

Y no solamente por esto, sino para hacerles ver que eran dignos de ser curados y para reprender a aquellos que pretendían que puesto que sólo la misericordia salva, todos debíamos salvarnos. Y por eso les exige la fe, para elevarlos a cosas más sublimes y puesto que le llamaron hijo de David, debían pensar de El otras cosas más elevadas, de ahí es que no dijo: ¿Creéis que yo puedo suplicar al Padre?, sino: ¿creéis que yo puedo hacer esto? y su respuesta fue: ¡Ciertamente, Señor! No le llaman otra vez hijo de David, sino que se elevan a mayor altura y confiesan su dominio y entonces El mismo les impone sus manos y les toca los ojos diciéndoles: “Hágase en vosotros según vuestra fe”. Les dijo esto para confirmarlos más en su fe y para contestar a aquellos que decían que no eran más que una adulación las palabras que dijeron al Señor. Después de esto sigue la curación: “y fueron abiertos sus ojos”. Después que fueron curados, les manda un silencio absoluto sobre este acto y, no lo manda sencillamente, sino con gran energía. Jesús les dirigió con fuerza estas palabras: “cuidad que nadie lo sepa. Pero ellos salieron de allí y lo publicaron por todo el país”.

No está en oposición con esto lo que se dice en otro lugar: “Ve y anuncia la gloria de Dios” (Lc 8,39). El nos enseña que lo que debemos impedir, es el que nos alaben a nosotros, a causa de nosotros mismos, pero no debemos impedir, sino antes al contrario, mandar el que todas las obras tengan por objeto la gloria de Dios y se hagan por El.

Remigio

27. Con razón, pues, le llaman hijo de David, porque la Virgen María trae su origen de la estirpe de David.

No ignoraba El que podía dar la vista a los ciegos, si efectivamente tenían éstos fe; sino que les hizo esa pregunta, con el objeto de que al confesar ellos de palabra su fe interior, merecieran mayor recompensa según aquello de San Pablo: “La confesión de la boca es para la salud” (Rom 10).

En sentido alegórico, los dos ciegos representan los dos pueblos, el judío y el gentil; o también las dos facciones, que se formaron en tiempo de Roboam, del pueblo judío. Cristo se dirigió a los que de uno y otro pueblo creían en El con el objeto de iluminarlos en su casa, esto es, en la Iglesia, porque fuera de la unidad de la Iglesia no puede haber salvación. Y aquellos de entre los judíos que creyeron en El, fueron los que divulgaron por toda la tierra la venida del Señor.

Rábano

28-30. La casa del príncipe es la sinagoga sujeta a Moisés y la de Jesús, la Jerusalén celestial. Los dos ciegos siguen al Señor en su paso por este mundo y de regreso a su casa. Pues muchos de entre los judíos y gentiles, después de predicado el evangelio por los Apóstoles, comenzaron a seguirle. Después que subió a los cielos, entró en su casa, esto es, en su Iglesia y los iluminó allí.

San Gregorio Magno, Moralia, 19

30-31. Debemos preguntar aquí: ¿en qué consiste que el mismo Omnipotente (para quien son una misma cosa el querer y el poder), manda que no se publiquen sus milagros y, sin embargo, son publicados como a pesar suyo, por los mismos que recibieron la luz? Da en esto un ejemplo a los discípulos, que quieren seguir sus huellas, para que oculten ellos sus propias virtudes y dejen, a pesar suyo, a los demás el que las divulguen, a fin de que se aprovechen todos de tan buenas obras. Ocúltelas, pues, el deseo y publíquelas la necesidad: sirva la ocultación para la propia salvación y su publicación para utilidad ajena.

San Hilario, in Matthaeum, 9

30. O también manda el Señor callar a los ciegos porque el ministerio de la predicación pertenece a los Apóstoles.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sermones: Dichosa por la fe

Sermón 18; PL 38, 128.

Se le abrieron los ojos

“Vendrá nuestro Dios manifiestamente, y no permanecerá en silencio” (Sal 49,3 Vulgata). En efecto, Cristo el Señor, nuestro Dios, el Hijo de Dios, vino a escondidas en su primera venida, y vendrá de forma manifiesta en la segunda. Cuando vino oculto, no fue conocido más que por sus servidores; Cuando se manifieste, se dará a conocer a buenos y malos. Cuando vino oculto, fue para ser juzgado, cuando se manifieste con claridad, será para ser él el juez. En otro tiempo fue juzgado, y se quedó en silencio, el profeta ya había predicho este silencio: “Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, no abría la boca” (Isaías 53, 7), pero “nuestro Dios vendrá manifiestamente, y no permanecerá en silencio»…
Ahora lo que llamamos felicidad en este mundo, los malos también la tienen, y lo que llamamos desgracia en este mundo, también la poseen los buenos. Si los hombres no creen en estas realidades, y no creen en las realidades futuras, es porque observan que los bienes y los males de este mundo pertenecen por igual a buenos y malos. Si ambicionan las riquezas, ven que estas arrastran a los peores hombres, así como a los buenos.
Si tienen horror a la pobreza y la miseria de esta vida, ven que éstas hacen sufrir no sólo a los malos, sino también a los buenos, y dicen en su corazón: “Dios no ve nada” (Sal 93,7), no le interesan los asuntos de los hombres. Nos deja completamente al azar, rodando en el profundo abismo de este mundo, y no nos muestra su providencia. Y desprecian a los preceptos de Dios, porque no ven que se manifieste su justicia…
Dios se reserva un montón de cosas para el juicio final, pero algunas de estas cosas, se juzgan ahora, con el fin de que aquellos que no esperan el juicio, teman y se conviertan. Porque Dios no condena, sino que salva, y por lo tanto es paciente con los malos, para que lleguen a ser buenos.

San Máximo de Turín, obispo

Homilía

Sobre el salmo 14; PL 57, 361-364.

“La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre.” (Jn 1,9)

El día que hizo el Señor (cf Sal 118,24) penetra todo, contiene todo, abarca a la vez cielo y tierra y abismos. Cristo, la luz verdadera no se detiene ante los muros ni se quebranta por los elementos, ni se oscurece ante las tinieblas. La luz de Cristo es día sin ocaso, día sin fin; por todas partes resplandece, por todas partes penetra, en todas partes permanece. Cristo es el día, según el apóstol: “La noche está muy avanzada y el día se acerca.” (Rm 13,12) La noche está avanzada, dice, precede el día. Comprended aquí que desde que la luz de Cristo aparece, las tinieblas del diablo se dispersan y la noche del pecado se desvanece; el esplendor eterno echa fuera las sombras pasadas y cesa el progreso maléfico del mal.

La Escritura afirma que la luz de Cristo ilumina el cielo, la tierra y los abismos. Brilla sobre la tierra: “El es la luz verdadera que ilumina a todo hombre.” (Jn 1,9) Brilla en los abismos: “A los que habitan en tierra de sombras una luz les ha brillado.” (cf Is 9,1) Y en los cielos, permanece la luz de este día, como lo dice David: “Su linaje será eterno; su trono como el sol en mi presencia.” (Sal 89,37)

San Anselmo, obispo

Proslógion

Libro 1: Opera omnia, ed. Schmitt, Seckau [Austria] 1938, 1, 97-100.
Liturgia de las Horas, Viernes I de Adviento Par.

El deseo de contemplar a Dios

Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: «Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro».

Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

Señor, sino estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré.

Francisco, papa

Encíclica “Lumen fidei”

n. 14.

Se abrirán vuestros ojos

La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas” (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: “Pues el Dios que dijo: “Brille la luz del seno de las tinieblas”, ha brillado en nuestros corazones” (2 Co 4,6).

Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro.

La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro “yo” aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas… Deseo hablar precisamente de esta luz de la fe para que crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz.

Hildebrand, monje cisterciense

Opúsculo sobre la contemplación

“Ten piedad de nosotros, hijo de David”

Jesús bendito, mi esperanza, mi expectativa, mi amor, tengo que decirte una cosa, algo sobre ti, una palabra llena de dolor y miseria. Tú eres el Verbo, el único engendrado del Padre no-engendrado, hecho carne por mi, Palabra salida del corazón del Padre, Palabra pronunciada por el Padre una sola vez (cf Hb 9,26), Palabra a través de la cual “en los últimos días” (Hb 1,2) tu Padre celestial me ha hablado, dígnate escuchar, tú, Palabra de Dios, la palabra que abundantes deseos hacen salir de mi corazón. Escucha y ve: mi alma está triste y turbada cuando cada día me dicen: “¿Dónde está tu Dios?” (Sl 41,4). No puedo responder nada, temo que no estés aquí, no siento tu presencia.

Mi corazón arde en deseos de ver a mi Señor. ¿Dónde están, en efecto, mi paciencia y mi constancia? Eres tú, Señor, Dios mío, y ¿qué voy a hacer? Te busco y no te encuentro; te deseo y no te veo; te persigo y no te alcanzo. ¿Cuál es mi fuerza para que te pueda tener? ¿Hasta dónde puedo soportar? ¿Hay algo más triste que mi alma? ¿Algo más miserable? ¿Algo más probado? ¿Crees tú, amor mío, que mi tristeza se cambiará en gozo cuando te veré? (Jn 16,20)… “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1S 3,9). ¡Señor, mi Dios, que yo pueda escuchar lo que tu me dices. Di a mi alma: Yo soy tu salvación! (Sl 84,9;34,3). Dime algo más, Señor, y habla de manera que yo pueda escuchar: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31). ¡Ah!, Verbo de Dios Padre, eso es lo que he querido escuchar.

San Juan Crisóstomo, obispo

Homilía

Homilías sobre Mateo, n. 32

Partido de ahí Jesús, lo seguían dos ciegos dando voces y diciendo: Ten piedad de nosotros, Hijo de David. Entrando en casa, se le acercaron los ciegos y les dijo Jesús: ¿Creéis que yo puedo hacer esto? Respondiéronle: ¡Sí, Señor! Entonces tocó sus ojos diciendo: ¡Hágase en vosotros según vuestra fe! Y se abrieron sus ojos (Mt 9,27-30).

¿Por qué a ellos que clamaban los hace esperar? Es que de nuevo nos enseña aquí a huir de la vanagloria. Como la casa estaba cerca, los llevó allá para sanarlos aparte. Y esto se hace manifiesto por lo que luego les ordenó: que a nadie lo dijeran. Y no es pequeña culpa para los judíos que quienes no podían usar de sus ojos, abrazaran la fe por sólo lo que oían; mientras que los judíos usan de sus ojos y ven sus milagros y tienen como testigos sus propias miradas, pero proceden al revés de los ciegos.

Observa el fervor de los ciegos, tanto por los clamores como por la forma de su petición. No solamente se le acercan, sino que lanzan grandes clamores. Y no dicen otra cosa sino: ¡compadécete! Y lo llaman Hijo de David, por parecerles que es un apelativo honorífico; pues muchas veces los profetas, a los reyes a quienes querían honrar y publicar como grandes, los llamaban así. Y llegados a la casa, por segunda vez los interroga Jesús. Generalmente procuraba sanar a quienes se lo pedían, para que nadie pensara que por ostentación se lanzaba a hacer milagros. Pero también para manifestar que aquellos enfermos eran dignos de ser curados. Y para que nadie dijera que, si por sola su misericordia los sanaba, tenía que sanarlos a todos. La misericordia tiene cierta medida que se toma de la fe de los que ruegan.

A estos ciegos no les exige únicamente la fe; sino que, puesto que lo habían llamado Hijo de David, para elevarlos a más altas regiones y enseñarles lo que propiamente habían de creer acerca de él, les pregunta: ¿Creéis que tengo potestad para hacer esto? No les preguntó ¿Creéis que puedo rogar a mi Padre, o que se me pueda suplicar? Sino: ¿que yo tengo potestad para hacer esto? Y ¿qué le responden ellos? ¿Sí, Señor! Ya no lo llaman Hijo de David, sino que se levantan más alto y lo confiesan como Señor. Entonces finalmente les impone la mano y les dice: Hágase en vosotros según vuestra fe. Lo hace para confirmarlos en la fe y para manifestar que ellos en parte han cooperado a la obra, y para dar testimonio de que sus palabras no provenían de adulación.

Porque no dijo: Ábranse vuestros ojos. Sino: Hágase según vuestra fe. Cosa que decía aun estando presentes muchos, queriendo confirmar en sus almas la fe antes de las curaciones corporales; y también para dar más celebridad a unos y hacer a otros más empeñosos. Así procedió en el caso del paralítico. Antes de consolidar su cuerpo, levanta su alma que yacía, diciéndole: Confía, hijo: tus pecados te son perdonados. Y a la joven que resucitó, la tomó de la mano y con darle el alimento manifestó quién le había hecho el beneficio. Y lo mismo en el caso del centurión, lo atribuyó todo a la fe. Y cuando salvó a los discípulos de la tempestad en el mar, antes que nada los liberó de su falta de firmeza en la fe. Lo mismo hace ahora. Porque conocía los secretos de sus corazones antes de que los ciegos hablaran; y para encender en otros el mismo fervor, hizo resplandecer a éstos, publicando, tras de la curación, la que en ellos se ocultaba.

Hecha la curación, les ordena que a nadie cuenten el milagro; y no se lo manda como quiera, sino que con gran vehemencia se lo prohíbe. Pues dice: Con tono severo les advirtió: Mirad que nadie lo sepa. Pero ellos, una vez fuera, divulgaron la cosa por toda aquella tierra. No pudieron contenerse y se convirtieron en pregoneros y evangelizadores; y habiéndoseles ordenado callar lo sucedido, no pudieron obedecer. Y si en otra parte dice Jesús: Anda y refiere la gloria de Dios, esto no contradice a lo dicho antes, sino que, al revés, admirablemente consuena con ello. Porque con lo de los ciegos nos enseñó a no predicarnos a nosotros mismos; más aún, a impedir a quienes quisieran celebrarnos, y aun a mandárselo.

Simeón el Nuevo Teólogo, monje griego.

Escritos

“Entonces tocó sus ojos…” (Mt 9,27)

¡Busquemos al único que nos puede devolver la libertad, sigámosle sin parar, con todo nuestro deseo, él cuya belleza toca los corazones, él que los atrae hacia su amor y los une a él para siempre! Sí, por medio de nuestras acciones corramos todos hacia él. No nos dejemos vencer por nadie ni engañarnos por nadie, ni distraernos por nadie en nuestra búsqueda.

Sobretodo, no digamos que Dios no manifiesta su presencia a los hombres. No digamos que a los hombres es imposible ver la luz de Dios….ni siquiera que es imposible verlo hoy. Gracias a Dios, nunca ha sido imposible, a condición de desearlo de veras. ¡Démonos cuenta cuál es la belleza de nuestro Maestro! No cerremos los ojos de nuestro corazón fijándolos en las realidades mundanas. Sí, que las preocupaciones por las cosas de este mundo no nos hagan esclavos de la gloria humana, hasta tal punto de abandonar a aquel que es la luz de la vida eterna.

¡Caminemos, juntos hacia él, con un solo corazón, un solo espíritu, una sola alma! Humildemente clamemos a él, nuestro Maestro bueno, nuestro Señor misericordioso, él que es el “único amigo de los hombres” (Sab 1,6) ¡Busquémosle porque se nos revelará, aparecerá, se manifestará, él que es nuestra esperanza!

Himno

La ceguedad de los hombres

[Cristo habla:]

Cuando cree a Adán, le di el don de poderme ver
y por ese don establecerse en la dignidad de los ángeles…
Con sus ojos corporales veía todo lo que yo había creado
pero también con los ojos de la inteligencia,
veía mi rostro, me veía a mí, que soy su Creador.
Contemplaba mi gloria
y conversaba conmigo en todo momento.
Pero, cuando transgrediendo mi mandamiento,
saboreó el árbol, se volvió ciego
y cayó en la oscuridad de la muerte…

Pero me apiadé de él y vine de lo alto.
Yo, el absolutamente invisible,
compartí con él la opacidad de la carne.
Recibiendo de la carne un principio, llegué a ser hombre
y fui visto por todos.

¿Por qué, pues, acepté hacer todo esto?
Porque la verdadera razón
de haber creado yo a Adán es esta: que me pudiera ver.
Cuando se volvió ciego,
y, detrás de él todos sus descendientes al mismo tiempo,
yo no podía soportar estar en la gloria divina
y abandonar… a los que había creado con mis manos;
pero me hice en todo semejante a los hombres,
corpóreo con los corpóreos,
y me uní voluntariamente a ellos.
Ves tú cuál es mi deseo de ser visto por los hombres…
¿Cómo, pues, puedes decir que me escondo de ti,
que no me dejo ver
En verdad, yo brillo, pero tú, no me miras.

San Ireneo, obispo y mártir

Tratado

Contra las herejías, Lib.4 cap.37, n. 5

El ser humano fue creado libre

Y no sólo en cuanto a las obras [el ser humano fue creado libre], sino también en cuanto a la fe, el Señor ha respetado la libertad y el libre arbitrio del hombre, cuando dijo: “Que se haga conforme a tu fe” (Mt 9,29). Esto muestra que el ser humano tiene su propia fe, porque también tiene su libre arbitrio. Y también: “Todo es posible al que cree” (Mc 9,23). Y: “Vete, que te suceda según tu fe” (Mt 8,13). Todos los textos semejantes prueban que el ser humano tiene libertad para creer. Por eso “el que cree tiene la vida eterna, mas el que no cree en el Hijo no tiene la vida eterna, sino que la cólera de Dios permanece en él” (Jn 3,36). Por este motivo el Señor mostró que el ser humano tiene su bien propio, que es su arbitrio y su libertad, como dijo a Jerusalén: “¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos como la gallina bajo sus alas, pero no quisiste! He aquí que tu casa quedará desierta” (Mt 23,37-38).

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