Mt 9, 32-38: Jesús sana toda enfermedad y toda dolencia

Texto Bíblico

32 Estaban ellos todavía saliendo cuando le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. 33 Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual». 34 En cambio, los fariseos decían: «Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios». 35 Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
36 Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». 37 Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; 38 rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Remigio

32 Después de haber dado de un modo maravilloso la vista a los ciegos, dio la palabra a un mudo y la salud al que estaba poseído del demonio: en cuyo hecho se muestra Jesús como Señor de todo poder y autor de todos los medios divinos. Ya lo dijo Isaías: “Entonces verán los ciegos, oirán los sordos y hablarán los mudos” ( Is 35,5). Por eso se dice: «Salían ellos todavía, cuando le presentaron un mudo endemoniado.»

En los que presentaron al Señor al mudo a fin de que le sanara, están representados los Apóstoles y los predicadores, porque pusieron delante de los ojos misericordiosos de Dios, al pueblo gentil con el objeto de que le salve.

32b «… le presentaron un mudo endemoniado.» Mudo estaba todo el pueblo gentil, porque no podía abrir su boca para confesar la verdadera fe, ni para alabar a su Creador y porque adorando a los ídolos mudos, se hizo semejante a ellos: estaba poseído del demonio porque quedó muerto por su infidelidad y sujeto al imperio del demonio.

34 «Pero los fariseos decían: “Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.”» Los escribas y fariseos negaban, siempre que podían, los milagros del Señor, e interpretaban de maliciosa manera los que no podían negar, según aquello: “A causa de tu gran fuerza, te mentirán tus enemigos” ( Sal 65,3).

35a «… proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando todo enfermedad y toda dolencia.» Debe entenderse [del Reino] de Dios; porque aunque habla de las promesas temporales, esto no constituye el Evangelio. De aquí es, que a la ley no se la llama Evangelio; porque no prometía bienes celestiales sino temporales, a los que la observaban.

35b «… sanando todo enfermedad y toda dolencia.» Debe tenerse presente, que a los que curaba exteriormente en el cuerpo, los curaba también interiormente en el alma: cosa que no podía hacer nadie por su propio poder, sino por consentimiento de Dios.

36 «Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella…» Se mostró en esto el Señor como un buen pastor y no como un pastor contratado. Esta es la razón que tenía para compadecerse de ellos: «… porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.» Eran maltratados por los demonios y por las diversas enfermedades y abatimientos que los consumían.

37 Desde el momento en que el Hijo de Dios miró desde el Cielo a la tierra, a fin de escuchar los lamentos de los que estaban encadenados ( Sal 101), comenzó a tomar incremento la mucha mies que había; porque si no hubiera puesto sus ojos en la tierra el autor de la salvación de los hombres, no se hubieran acercado éstos a la fe, por eso dijo a sus discípulos: «”La mies es mucha y los obreros pocos.”»

38 Pequeño era el número de los Apóstoles en comparación de mies tan extensa. Y el Salvador por esta razón exhorta a sus predicadores (esto es, a los Apóstoles y a sus discípulos), a que todos los días pidan se aumente su número, por eso añade: «”Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.”»

El Señor, dueño de la mies, aumentó los obreros de la mies cuando designó otros setenta y dos, o cuando el Espíritu Santo descendió sobre los creyentes y formó multitud de predicadores.

San Jerónimo

32 «Salían ellos todavía, cuando le presentaron un mudo endemoniado.» La palabra griega cophos ( χωφος ) significa más bien sordo que mudo, pero es costumbre de la Escritura, tomarla indiferentemente o por sordo o por mudo.

33 «Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo. Y la gente, admirada, decía: “Jamás se vio cosa igual en Israel.”» Porque así como los ciegos reciben la luz, así también se pone expedita la lengua a los mudos, para que hablen y confiesen a aquel a quien antes negaban. La admiración de las turbas representa la confesión de las naciones y la calumnia de los fariseos nos da a conocer la actual infidelidad de los judíos.

35a «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas…»Vemos cómo el Señor predica el Evangelio indistintamente en las aldeas, en las ciudades y en los pueblos, es decir, en los grandes y pequeños centros de población. Porque El no mira el poderío de los nobles sino a la salvación de los creyentes, así se dice: que enseñaba en la sinagoga, es decir, llenaba la misión que le había encomendado el Padre y satisfacía su sed de salvar por medio de su palabra a los infieles.

35b «… proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando todo enfermedad y toda dolencia.» Después de predicar y de enseñar curaba todas las tristezas y enfermedades, con el objeto de persuadir con las obras a los que no había convencido con la palabra y por esta razón se dice: “Curaba todo abatimiento y enfermedad”; con razón se dice de El: nada le es imposible.

37 «Entonces dice a sus discípulos: “La mies es mucha y los obreros pocos.”» La mucha mies significa la multitud de pueblos y los pocos operarios la escasez de maestros.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,1-3

32-33a «Salían ellos todavía, cuando le presentaron un mudo endemoniado.» No era mudo de naturaleza, sino por obra del demonio. De ahí la necesidad que tuvo de que lo llevaran a Jesús y la imposibilidad en que se encontraba de pedir por sí mismo o de suplicar a otros que lo hicieran. No tenía voz por habérsela paralizado el demonio: por esta razón no le exige Jesús la fe y le cura en seguida, por eso se dice: >«Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo.»

33b-34 «Y la gente, admirada, decía: “Jamás se vio cosa igual en Israel.”» El pueblo estimaba a Jesús más que a todos los demás, no sólo porque curaba, sino porque curaba con facilidad y prontitud todas las enfermedades, aunque fueran incurables. Esto era lo que más irritaba a los fariseos. Porque no sólo era preferido antes que todos los que vivían en Israel, sino incluso a todos los nacidos antes que El en Israel. Por esto los fariseos, movidos por malos sentimientos, procuraran infamarle, según aquellas palabras: «Pero los fariseos decían: “Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.”»

34-35a «Pero los fariseos decían: “Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.”»¿Se puede decir locura mayor que la que ellos dijeron? Porque nadie puede formarse la idea de que un demonio arroje a otro demonio, pues un demonio aplaude siempre y no destruye nunca lo que otro hace. Y Cristo no sólo arrojaba a los demonios sino que también limpiaba a los leprosos, resucitaba a los muertos, perdonaba los pecados, predicaba el reino de Dios y conducía a los hombres al Padre; cosas todas que ni podía ni quería hacer el demonio.

El Señor quiso refutar con sus acciones la acusación de los fariseos cuando decían: «”Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.”», pues el demonio no se venga haciendo bien a los que le ultrajan, sino haciéndoles daño. Y el Señor hace lo contrario; puesto que no castiga, ni aun increpa a los que le afrentan y ultrajan, sino que los colma de beneficios, por eso se dice: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando todo enfermedad y toda dolencia.»: en cuyo proceder nos enseña, no a devolver a una acusación otra acusación, sino a responder con beneficios. Aquel que después de ser acusado, deja de hacer el bien, da a entender que hace el bien por el aplauso de los hombres, pero si hiciéremos constantemente el bien a nuestros semejantes, sean quienes quieran, tendremos una grandísima recompensa.

35b-36a «… sanando todo enfermedad y toda dolencia.» No consiste en esto solamente la bondad de Cristo, sino que abriendo las entrañas de su misericordia para con aquel pueblo, les manifiesta la solicitud que tiene para con ellos, según aquellas palabras: «Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella…»

36b «… porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.» Esta es la condenación de los príncipes de los judíos, pues siendo ellos pastores se portaban como lobos, porque no sólo no corregían al pueblo, sino además le perjudicaban cuanto podían para utilidad propia, por eso el pueblo decía con admiración: “Jamás ha sucedido en Israel una cosa parecida” y los fariseos, por el contrario: “arroja al demonio en nombre del príncipe de los demonios”.

38 Jesús se declara abiertamente Señor de la mies. Si bien es cierto que manda a los Apóstoles a segar la mies que ellos no sembraron, no los manda, sin embargo, a segar mieses ajenas, sino a aquellas cuyas semillas sembró El mismo por medio de los profetas. Pero no siendo más que doce los Apóstoles, exclamó: «”Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.”». Y aun cuando El no aumentó el personal, lo multiplicó, sin embargo, no en cuanto al número, sino en cuanto al poder que les dio.

El nos manifiesta cuán grande es la gracia, esto es, la de ser llamado a predicar convenientemente la palabra de Dios, diciéndonos que a este fin debemos dirigir nuestras súplicas. Nos hace mención en este pasaje de las palabras de Juan sobre el arca, el bieldo, la paja y el grano

San Hilario, in Matthaeum, 9-10

33a «Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo.» En este acontecimiento sigue todo el procedimiento un orden natural: primero arroja el demonio y después recobran todas las partes del cuerpo sus funciones.

32b «… le presentaron un mudo endemoniado.» Podemos ver también en el hombre sordo, mudo y poseído del demonio, a todo el pueblo gentil (indigno de toda salvación), rodeado por todas partes de toda clase de males y envuelto en todos los vicios del cuerpo.

Por el conocimiento de Dios se evita todo género de locas supersticiones y se encuentra la vista, el oído y la palabra de salvación.

33b A la admiración de las turbas sigue inmediatamente la siguiente confesión: «”Jamás se vio cosa igual en Israel.”», en cuyas palabras se demuestra el poder divino, que salvó a aquel a quien la ley no pudo dar auxilio alguno.

38 «”Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.”» Una vez concedida en sentido místico la salud a las naciones, todas las ciudades y castillos quedan iluminados por el poder y presencia de Cristo y limpios de todas las enfermedades dependientes de su antigua postración. Tuvo el Señor compasión del pueblo atormentado por la violencia del espíritu inmundo y agobiado por el peso de la Ley, porque aun no tenía pastor que le volviera a la vigilancia del Espíritu Santo. El fruto de esta gracia era muy abundante y su abundancia supera a las necesidades de todos los que lo desean, porque por grande que sea la cantidad que cada uno tome, es aun mucha la que queda para dar y como hay necesidad de gran número de operarios que lo distribuyan, nos manda que pidamos al Señor de la mies que nos envíe gran número de distribuidores de este don del Espíritu Santo, porque mediante la oración nos concede el Señor esta gracia.

Rábano

32b «… le presentaron un mudo endemoniado.» En sentido místico podemos decir, que así como los dos pueblos, el judío y el gentil, estaban representados por los dos ciegos, así también todo el género humano, en general, está representado por el hombre mudo y poseído del demonio.

36b «… porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.» Eran maltratados por los distintos errores que profesaban y estaban agobiados, esto es, entorpecidos e incapaces de levantarse porque aunque tenían pastores, era como si no los tuviesen.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Santa Teresa del Niño Jesús, Carta 135

«Rogad al Dueño de la mies que mande obreros a su mies» (Mt 9,38)

Un día en el que pensaba qué podía hacer yo para salvar almas, una frase del Evangelio me dio una viva luz. En otro tiempo Jesús dijo a sus discípulos enseñándoles los campos de trigo ya maduro: «Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega». (Jn 4,35), y un poco más adelante: «En verdad, la mies es abundante pero el número de trabajadores es pequeño; pedid pues al señor de la mies que le mande trabajadores». ¡Qué misterio! ¿Acaso Jesús no es todopoderoso? ¿Las criaturas no son de quien las ha hecho? Entonces ¿por qué Jesús dice: «pedid, pues, al señor de la mies que le mande trabajadores»? ¿Por qué?

¡Ah! Es que Jesús nos tiene un amor tan incomprensible que quiere que tomemos parte con Él en la salvación de las almas. No quiere hacer nada sin nosotros. El creador del universo espera la oración de una pobre y pequeñita alma para salvar a las demás almas rescatadas, como ella, al precio de toda su sangre. Nuestra vocación no es ir a segar en los campos de trigo maduro. Jesús no nos dice: «Bajad los ojos, mirad los campos e id a segarlos». Nuestra misión [como carmelitas] es todavía más sublime. Estas son las palabras de nuestro Jesús: «¡Levantad los ojos y mirad. Mirad cómo en mi cielo hay lugares vacíos, os toca a vosotras el llenarlos; vosotras sois mis Moisés orando sobre el monte (Ex 17,8s). Pedirme obreros y yo os los enviaré, no espero otra cosa que una plegaria, un suspiro de vuestro corazón!»

Beato John Henry Newman: Presencia Invisible de Cristo

Sermón n. 21

“Viendo a la muchedumbre, sintió compasión, porque erraban como ovejas sin pastor” Mirad a vuestro alrededor, hermanos: ¿por qué hay tantos cambios y luchas, tantos partidos y sectas, tantos credos? Porque los hombres están insatisfechos e inquietos. ¿Y por qué están inquietos, cada uno con su salmo, su doctrina, su lengua, su revelación, su interpretación? Están inquietos porque no han encontrado…; todo esto todavía no les ha llevado a la presencia de Cristo que es “la plenitud de la alegría y la felicidad eterna” (Sal. 15,11). Si hubieran sido alimentados por el pan de la vida (Jn 6,35) y probado el panal de miel, sus ojos se habrían vuelto claros, como los de Jonatan (1Sm 14,27) y habrían reconocido al Salvador de los hombres. Pero no habiendo percibido estas cosas invisibles, todavía deben buscar, y están a merced de rumores lejanos…

Triste espectáculo: el pueblo de Cristo errante sobre las colinas “como ovejas sin pastor”. En lugar de buscarlo en los lugares que siempre frecuentó y en la morada que estableció, se atarean en proyectos humanos, siguen a guías extranjeros y se dejan cautivar por opiniones nuevas, se convierten en el juguete del azar o del humor del momento y víctimas de su propia voluntad.

Están llenos de ansiedad, de perplejidad, de celos y de alarma, “hechos bambolear y llevados por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres y su propia astucia que se equivoca en el error” (Ef 4,14). Todo esto porque no buscan el “Cuerpo único, el Espíritu único, la única esperanza de su llamada, el único Señor, la fe única, el bautismo único, el Dios único y Padre de todos” (Ef 4,5-6) para “encontrar el descanso de sus almas” (Mt 11,29).

Francisco, papa

Mensaje mundial de oración por las Vocaciones, 14-05-2014

1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (cf. Jn 15,5). Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

[…] 3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6,63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35)?

[…] Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis, Audiencia general (29-04-1992)

2. El primer fundamento [del Sacramento de la Unción de Enfermos] se puede descubrir en la solicitud y cuidado de Jesús por los enfermos. Los evangelistas nos relatan cómo, desde el inicio de su vida pública, trataba con gran amor y compasión sincera a los enfermos y a todos los demás necesitados y atribulados, que le pedían su intervención. San Mateo atestigua que «sanaba toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9, 35).

Para Jesús esas innumerables curaciones milagrosas eran el signo de la salvación que quería aportar a los hombres. Con frecuencia establece claramente esta relación de significado, como cuando perdona los pecados al paralítico y sólo después realiza el milagro, para demostrar que «el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar los pecados» (Mc 2, 10). Su mirada, por consiguiente, no se detenía sólo en la salud del cuerpo; buscaba también la curación del alma, la salvación espiritual.

3. Este comportamiento de Jesús pertenecía a la economía de la misión mesiánica, que la profecía del libro de Isaías había descrito en términos de curación de los enfermos y de ayuda a los pobres (cf. Is 61, 1 ss.; Lc 4, 18-19). Es una misión que, ya durante su vida terrena, Jesús quiso confiar a sus discípulos, a fin de que socorriesen a los menesterosos y, en especial, curasen a los enfermos. En efecto, el evangelista san Mateo nos asegura que Jesús, «llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia» (Mt10, 1). Y Marcos dice de ellos que «expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6, 13). Es significativo que ya en la Iglesia primitiva no sólo se subrayara este aspecto de la misión mesiánica de Jesús, al que se hallan dedicadas numerosas páginas de los evangelios, sino también la obra confiada por él a sus discípulos y apóstoles, en conexión con su misión.

4. La Iglesia ha hecho suya la atención especial de Jesús para con los enfermos. Por una parte, ha suscitado muchas iniciativas de dedicación generosa a su curación. Por otra, con el sacramento de la unción, les ha proporcionado y les proporciona el contacto benéfico con la misericordia de Cristo mismo.

Ángelus (12-08-1990)

Entre las tareas del ministerio sacerdotal está la de la visita a los enfermos, a los cuales proporciona consuelo moral y espiritual para ayudarles a soportar la prueba de la enfermedad, y a superarla…

Constatamos constantemente en el Evangelio la atención especial de Jesús hacia los enfermos. Es una característica de su actividad. “Jesús ―dice san Mateo― recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 9, 35). “Una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades” (Lc 5, 15).

A través de la compasión a los enfermos y a los que sufren, Jesús revelaba el amor divino, que se inclina con piedad infinita sobre todas las miserias humanas. Al mismo tiempo mostraba una compasión eficaz: no sólo manifestaba su simpatía, sino que procuraba la curación. Él hacía ver que la omnipotencia divina se pone al servicio de los hombres, realizando muchos milagros en favor de los enfermos.

Homilía, Ciudad de México, 07-05-1990

VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

El buen pastor no huye al momento de la prueba

[…] Ante la muchedumbre que le sigue, Jesús “sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). El Señor, a diferencia de los falsos líderes del pueblo, que como mercenarios huyen en el momento de la prueba, se presenta comoel Pastor bueno y verdadero, porque está dispuesto a dar la vida por sus ovejas. El testimonio supremo y la prueba mayor de Cristo como Buen Pastor es el dar la vida pos sus ovejas: lo cual realiza en la cruz, en la que ofrece el sacrificio de sí mismo por los pecados de todo el mundo. Esta cruz y este sacrificio son el signo que distingue radical y transparentemente al Buen Pastor de quien no lo es, de quien sólo es mercenario.

La cruz y el sacrificio, amadísimos hermanos y hermanas, nos permiten distinguir entre el Buen Pastor y los falsos pastores o mercenarios. A lo largo de la historia se han sucedido no pocos “pastores” —líderes, caudillos, jefes, ideólogos y creadores de opinión o corrientes de pensamiento— que han intentado “ pastorear ” y guiar al pueblo hacia paraísos artificiales y hacia tierras prometidas de libertad, de bienestar, de justicia de realización plena, queriendo prescindir de Dios y de su santa ley. Y uno tras otro, llegado el peligro llegada la hora de la verdad en la marcha inexorable de la historia, se han ido demostrando pastores falsos, servidores no de la verdad y del bien, sino de intereses particulares, de ideologías y sistemas que se volvían contra el hombre.

Cristo, en cambio, como Buen Pastor sale al encuentro de la cruz, porque conoce a sus ovejas y sabe que el sacrificio de sí es necesario para la salvación de ellas. Es necesario que El ofrezca su vida por las ovejas. Sí. El Buen Pastor conoce sus ovejas y las ovejas le conocen a El. Le conocen como a su Redentor.

En esta hora de la historia, en la que asistimos a profundas transformaciones sociales y a una nueva configuración de muchas regiones del planeta, es necesario proclamar que cuando pueblos enteros se veían sometidos a la opresión de ideologías y sistemas políticos de rostro inhumano, la Iglesia, continuadora de la obra de Cristo, Buen Pastor, levantó siempre su voz y actuó en defensa del hombre, de cada hombre y del hombre entero, sobre todo de los más débiles y desamparados. Defendió toda la verdad sobre el hombre, pues, “el hombre es el camino de la Iglesia”, como ya dije al inicio de mi pontificado.

La defensa de la verdad sobre el hombre le ha acarreado a la Iglesia, como le sucedió al Buen Pastor, sufrimientos, persecuciones y muerte. La Iglesia ha tenido que pagar en la persona de sus pastores, de sus sacerdotes, de sus religiosos y religiosas, de sus fieles laicos también en tiempos recientes un precio muy alto de persecución, cárcel y muerte. Ella lo ha aceptado en aras de su fidelidad a su misión y al seguimiento del Buen Pastor, consciente de que “no es el discípulo mayor que su Maestro. Si a El lo han perseguido, también a ellos los perseguirán” (cf. Jn 15, 20). Cristo, Buen Pastor, obedeciendo al Padre, ofrece su vida libre y amorosamente por la redención de los hombres (cf. Ibíd., 10, 18).

Catequesis, Audiencia general (09-11-1988)

El sufrimiento tiene sentido a la luz de la Pasión de Cristo

7. […] Todos los que sufren pueden sentirse llamados a participar en la obra de la redención realizada por medio de la cruz. Participar en la cruz de Cristo quiere decircreer en la potencia salvífica del sacrificio que todo creyente puede ofrecer junto al Redentor. Entonces el sufrimiento se libera de la sombra del absurdo, que parece recubrirlo, y adquiere una dimensión profunda, revela su significado y valor creativo. Se diría, entonces, que cambia el escenario de la existencia, del que se aleja cada vez más la potencia destructiva del mal, precisamente porque el sufrimiento produce frutos copiosos. Jesús mismo nos lo revela y promete, cuando dice: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 23-24) ¡Desde la cruz a la gloria!

8. Es necesario iluminar con la luz del Evangelio otro aspecto de la verdad del sufrimiento. Mateo nos dice que “Jesús recorría las aldeas… proclamando la Buena Nueva del reino y sanando toda enfermedad y dolencia” (Mt 9, 35). Lucas a su vez narra que cuando interrogaron a Jesús sobre el significado correcto del mandamiento del amor, respondió con la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37). De estos textos se deduce que, según Jesús, el sufrimiento debe impulsar, de forma particular, al amor al prójimo y al compromiso por prestarle los servicios necesarios. Tal amor y tales servicios, desarrollados en cualquier forma posible, constituyen un valor moral fundamental que “acompaña” al sufrimiento. Más aún, Jesús, hablando del juicio final, ha dado particular relieve al concepto de que toda obra de amor llevada a cabo en favor del hombre que sufre, se dirige al Redentor mismo: “Tuve hambre, yme disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). En estas palabras se basa toda la ética “cristiana del servicio, también el social, y la valoración definitiva del sufrimiento aceptado a la luz de la cruz.

¿No se podía sacar de aquí la respuesta que, también hoy, espera la humanidad? Esa sólo se puede recibir de Cristo crucificado, “el Santo que sufre”, que puede penetrar en el corazón mismo de los problemas humanos más tormentosos, porque ya está junto a todos los que sufren y le piden la infusión de una esperanza nueva.

Carta a los Jóvenes (31-03-1985)

CON OCASIÓN DEL AÑO INTERNACIONAL DE LA JUVENTUD

el «sígueme» de Cristo, precisamente en este sentido excepcional y carismático, se hace sentir la mayoría de las vecesya en la época de la juventud; y, a veces, se advierte incluso en la niñez.

Ésta es la razón por la que deseo decir a todos vosotros, jóvenes, en esta importante fase del desarrollo de vuestra personalidad masculina o femenina: si tal llamada llega a tu corazón, ¡no la acalles! Deja que se desarrolle hasta la madurez de una vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. «La mies es mucha»  (Mt 9, 37). Hay una gran necesidad de que muchos oigan la llamada de Cristo: «Sígueme». Hay una gran necesidad de que a muchos llegue la llamada de Cristo: «Sígueme». Hay una enormenecesidad de sacerdotes según el corazón de Dios. La Iglesia y el mundo actual tienen urgente necesidad de un testimonio de vida entregada sin reserva a Dios, del testimonio de este amor esponsal de Cristo, que de modo particular haga presente el Reino de Dios entre los hombres y lo acerque al mundo.

Permitidme pues completar aún las palabras de Cristo el Señor sobre la mies que es abundante. Sí, es abundante la mies del Evangelio, la de la salvación… «pero los obreros son pocos». Tal vez hoy se note esto más que en el pasado, especialmente en algunos países, así como también en algunos Institutos de vida consagrada y similares.

«Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37), continúa diciendo Cristo. Estas palabras, especialmente en nuestro tiempo, se convierten en un programa de oración y acción en favor de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes. Rogad también vosotros. Y si el fruto de esta oración de la Iglesia nace en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: «Sígueme».

Benedicto XVI, papa

Ángelus (03-07-2011)

[…] Cuando Jesús recorría los caminos de Galilea anunciando el reino de Dios y curando a muchos enfermos, sentía compasión de las muchedumbres, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36). Esa mirada de Jesús parece extenderse hasta hoy, hasta nuestro mundo. También hoy se posa sobre tanta gente oprimida por condiciones de vida difíciles y también desprovista de válidos puntos de referencia para encontrar un sentido y una meta a la existencia. Multitudes extenuadas se encuentran en los países más pobres, probadas por la indigencia; y también en los países más ricos son numerosos los hombres y las mujeres insatisfechos, incluso enfermos de depresión. Pensemos en los innumerables desplazados y refugiados, en cuantos emigran arriesgando su propia vida. La mirada de Cristo se posa sobre toda esta gente, más aún, sobre cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, y repite: «Venid a mí todos…».

Jesús promete que dará a todos «descanso», pero pone una condición: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». ¿En qué consiste este «yugo», que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia? El «yugo» de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos (cf. Jn 13, 34; 15, 12). El verdadero remedio para las heridas de la humanidad —sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar— es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa. También por respeto al medio ambiente es necesario renunciar al estilo agresivo que ha dominado en los últimos siglos y adoptar una razonable «mansedumbre». Pero sobre todo en las relaciones humanas, interpersonales, sociales, la norma del respeto y de la no violencia, es decir, la fuerza de la verdad contra todo abuso, es la que puede asegurar un futuro digno del hombre.

Mensaje (13-04-2008): Amor que apremia.

XLV Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.

Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque mientras recorría pueblos y ciudades, los encontraba cansados y abatidos «como ovejas que no tienen pastor» (cf. Mt 9, 36). De aquella mirada de amor brotaba la invitación a los discípulos: «Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38), y envió a los Doce «a la ovejas perdidas de Israel», con instrucciones precisas. Si nos detenemos a meditar el pasaje del Evangelio de Mateo denominado «discurso misionero», descubrimos todos los aspectos que caracterizan la actividad misionera de una comunidad cristiana que quiera permanecer fiel al ejemplo y a las enseñanzas de Jesús. Corresponder a la llamada del Señor comporta afrontar con prudencia y sencillez cualquier peligro e incluso persecuciones, ya que «un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo» (Mt 10, 24). Al hacerse una sola cosa con el Maestro, los discípulos ya no están solos para anunciar el Reino de los cielos, sino que el mismo Jesús es quien actúa en ellos: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado» (Mt 10, 40). Y además, como verdaderos testigos, «revestidos de la fuerza que viene de lo alto» (cf. Lc24, 49), predican «la conversión y el perdón de los pecados» (Lc 24, 47) a todo el mundo.

3. Precisamente porque el Señor los envía, los Doce son llamados «apóstoles», destinados a recorrer los caminos del mundo anunciando el Evangelio como testigos de la muerte y resurrección de Cristo. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: «Nosotros –es decir, los Apóstoles– predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1, 23). En ese proceso de evangelización, el libro de los Hechos de los Apóstoles atribuye un papel muy importante también a otros discípulos, cuya vocación misionera brota de circunstancias providenciales, incluso dolorosas, como el ser expulsados de la propia tierra por ser seguidores de Jesús (cf. 8, 1-4). El Espíritu Santo permite que esta prueba se transforme en ocasión de gracia, y se convierta en oportunidad para que el nombre del Señor sea anunciado a otras gentes y se ensanche así el círculo de la comunidad cristiana. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe Lucas en el libro de los Hechos, «han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo» (15, 26). El primero de todos, llamado por el mismo Señor a ser un verdadero Apóstol, es sin duda alguna Pablo de Tarso. La historia de Pablo, el mayor misionero de todos los tiempos, lleva a descubrir, bajo muchos puntos de vista, el vínculo que existe entre vocación y misión. Acusado por sus adversarios de no estar autorizado para el apostolado, recurre repetidas veces precisamente a la vocación recibida directamente del Señor (cf. Rm 1, 1; Ga 1, 11-12.15-17).

4. Al principio, como también después, lo que «apremia» a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 14) es siempre «el amor de Cristo». Fieles servidores de la Iglesia, dóciles a la acción del Espíritu Santo, innumerables misioneros han seguido a lo largo de los siglos las huellas de los primeros apóstoles. El Concilio Vaticano II hace notar que «aunque la tarea de propagar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo según su condición, Cristo Señor llama siempre de entre sus discípulos a los que quiere para que estén con Él y para enviarlos a predicar a las gentes (cf. Mc 3, 13–15)» (Decr. Ad gentes, 23). El amor de Cristo, de hecho, viene comunicado a los hermanos con ejemplos y palabras; con toda la vida. «La vocación especial de los misioneros ad vitam –escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II– conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes» (Encl. Redemptoris missio66).

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